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Narrativa

Polvareda

polvo

Por: Berenice Hernández

 

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre”, repite para sí mientras el rocío le escurre por la frente. Hace calor y no tiene agua cerca; el viaje le llevará poco tiempo pero el lugar al que se dirige es tan remoto y desconocido que lo mejor hubiera sido acercarse algunas provisiones. Así se hacía antes, en otras generaciones, en otras culturas.

Cómo iba a saberlo si nunca había salido de ese pueblo. Desde que la memoria se lo permitía, era consciente de que su lugar era ése, entre la tierra y el calor quemante, con su madre y el mirar de ojos vidriosos de ambos, cansados de ver siempre la misma pintura y resignados a observar cómo el polvo se llevaba los pasos antes dados, cómo borraba las señales de que ahí, en esa pequeña casa perdida en algún lugar del mundo, vivían dos personas que sin decirlo se reprochaban su modo de existencia.

“Vine porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, y el eco de su nombre desde antaño no me deja dormir tranquilo. Trajo con su resonar el acecho de la muerte, carcomiendo todo lo que se encontraba alrededor: las tierras, los callos de las manos con que cosechaba mi madre, y la esperanza de un futuro mejor, feliz, de uno en que los días venideros no serían boca de lobo, pero lo fueron”. Habla desde la soledad con la figura de polvo que se posa a su lado, como queriendo escudriñar sus pensamientos o deseando abrir la boca para interpelarlo, decirle que cada vez está más cerca de su destino, pedirle que no se impaciente porque lo mejor está por venir, allá, en el lugar que está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno.

Intenta en vano ponerse de pie, el cuerpo no le responde más que para avisarle que está agotado de la faena diaria y de la extenuante paciencia que ha tenido para con todas las cosas. “Ya no más, te lo imploro” le dice al hombre, pero aquél en su afán de continuar el sendero le contesta que “otro poquito, ya casi llegamos”, y hace un esfuerzo por levantarse que no da resultados.

La figurilla de polvo por momentos se disuelve y luego regresa. Juega a volverse aire, a no estarse quieta para evitar el soliloquio del hombre que se burla de su tragedia, esforzándose por llegar rápido a donde sea. Mientras tanto, continúa la conversación. Nunca ha estado tan lúcido y se da cuenta de ello. Aprovecha el momento y sigue la plática, considerando que a alguien allá afuera, ahí cerca, acá adentro debe interesarle su desgracia. “A quién, Juan, si tu alma está más sola que tu suelo cuando vino a ti la capitana” resuena una voz que le hace recordar la historia y tener otro tema para hablar: “La capitana llegó al pueblo por órdenes de mi padre, el que dicen que es mi padre porque llevamos en las venas la misma sangre, pero es lo único Páramo que tengo”. Y ahora sí, al escuchar ese nombre la silueta se hace estatua para que el hombre se sienta comprendido, escuchado por lo más humano de ese pueblo. Ese puño de tierra.

“Les dijimos que acá no pueden estar, su caravana no cabía en este pueblo chico, pero son como una plaga que amenaza con invadirlo todo y se escudan en lo que están obligados a hacer. Pero a nosotros quién nos pregunta si estamos de acuerdo. Nadie. Vienen y caminan sobre nuestras tierras y se expropian nuestros animales. Así fue siempre, pero mira ahora, las justificaciones suenan huecas y lo poco que quedaba se los dimos. Llévense lo que quieran pero váyanse a otro lado, dijo mi madre, quien entonces todavía vivía”.

En el recuerdo, el aire llena el tiempo de polvo y envuelve con él a la capitana, incapaz de echar una mirada hacia atrás, donde los hombres son de carne y no de hierba seca por el sol. Recostado, ya sin pensar siquiera en pararse y echar un último vistazo, el hombre no tiene más que esa boca seca; a Dios gracias porque todavía le permite conversar, echar para afuera la vida entera convertida en palabras. Para qué, si a un huérfano nadie lo espera ni aquí ni cruzando la línea.

Luego del umbral hay otra habitación donde se revuelve la memoria. La silueta se vuelve dispersa nuevamente y él, para aplacarla, para decirle que lo espere tantito, le escupe un discurso que bien podría hablar sobre él en este momento, pero sólo dice y no razona: “Dicen, figúrate, que uno no debe remover el pasado, que para eso Dios dispone de lo que es su santa voluntad, pero yo creo que se equivoca a veces y nos pone cruces más pesadas de lo que podemos cargar. Luego nos acomoda en el lugar equivocado, para que veamos cómo nuestros seres se sorben la vida en un suspiro, se curan las heridas del alma a lengüetazos”.

“Nadie más que uno sabe cuánto duele ver la tristura en los ojos de alguien que se está muriendo, y reflejado en el espejo yo llenaba los cuartos de nostalgia. Apenas un chamaco y ya me daba cuenta de que algo me dolería más que el clavo enterrado en el pie, de que algo daba más miedo que las ratas aprovechando la oscuridad para treparse al cuerpo y acomodarse en lo caliente de uno, abandonado a las cobijas roídas, a la mugre haciendo costra en el piso que no nos pertenece”.

La figura no responde, se mantiene quieta, en silencio. Nada se le puede contestar a un hombre que no siente lo que habla. Él, con las piernas hinchadas y el dolor en los huesos, se repasa la lengua por los labios, intentando exprimir lo poco que le queda de saliva, que ahora sí es tan poca como la lucidez. Ambas se van perdiendo para acompañarlo, instándolo a rendirse y afrontar lo que le espera lejos, en el pueblo que no es de nadie pero es de todos los que, como él, no son eternos.

Aprieta sus ropas con ligera fuerza y canta, en su mente canta. Desconoce que la música, en este instante, sólo sirve para demostrar que no es quien era, que su madre ha venido. Y entonces con ella el agua y la lengua desértica. Con su madre las palabras llanas y la melodía implorando que inunde el cuerpo, que lo haga líquido porque el calor hirviente no lo deja pensar de manera clara. “Ven, agüita, ven, déjate caer hasta que te canses, inunda este pueblo seco. Haz que los vivos canten como antes, sácalos de debajo de las piedras. Tráete a los ruiseñores y al caballo de Miguel. Que canten las mujeres y se fundan con la tierra. Ven agüita, ven, que tengo sed y doña Eduviges está más muerta que el llano, no puede darme de beber…” Implora donde no existe Dios, en el sitio que alimenta al polvo; se mira las manos, cuarteadas, viejas, mordidas por la tierra, y por un tiempo, entonces, sabe que la figura de polvo no está, que tal vez nunca ha estado.

“¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? Yo sí, es como oír chillar a las ratas cuando las pateas acostado y van a dar al techo. ¿De veras que no las has escuchado? Es como el ruido de la madera cuando le cae el agua y se esponja. Se hincha tanto que tiene que llorar para curarse de las aguas. Cómo no vas a saber del quejido de los muertos, si es igualito al chillar de los grillos, pero más profundo…” “Déjalo, Rosalía, es que no todos lloramos a los mismos muertos”. Y apenas, después de tantas preguntas sabe contestar que sí, que lo está sintiendo. Ruega que le ayuden, por el amor de Dios, que no lo dejen en el desamparo. O mejor sí, pero que sea ya, sin tanta sed y sin quemarse. El cuerpo le arde como si estuviera en llamas. “Sí escucho al muerto, Rosalía, es como el polvo, como el polvo aquí a mi lado. Y ya se me fue, por eso lo oigo. Él es el quejido que lleva cargando el viento, Rosita… Rosa”.

Presiona las manos contra su pecho y reza, como no lo hace desde que murió su madre. El último aliento del hombre, postrado en la cama. Del que sabe que no ha realizado ningún viaje y está solo, en el lugar de siempre, porque los animales de hábitos no saben más que permanecer quietos, en la comodidad de lo conocido. Parpadea, y ese ligero movimiento es lo último que logra hacer. Es la señal de retirada.

*

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, mi madre me lo dijo”.

“Pero ahí está, mamacita, ya lo ve usted así, que uno no debe preocuparse de los ausentes, sino de los presentes. Y usted y yo nos vinimos y lo dejamos solo. Ya ve, Doloritas, que como tal padre tal hijo y yo no soporté la ausencia. Cómo no recordar cuando uno está más solo que un perro. Triste, nomás mirando la media luna, blanca como esa sonrisita suya, y a la espera de quién sabe qué. Acá estamos mejor, Doloritas, no ve que hasta frío hace…”

*

Todos somos hijos de Pedro Páramo, pero él no es padre. La escoria no puede reproducirse. La sangre negra del hombre se resume en un moño oscuro colgando de la puerta. Quién necesita una cruz cuando se ha echado tantas ratas muertas a cuestas. Para redimirse no hacen falta clavos ni ríos de agua pura que atraviesen la humanidad de la tierra; basta ver el polvo e imaginar caballos en el calor hirviente. Pedro Páramo es hijo de Comala y está tan muerto como la última polvareda que envuelve el cuerpo del hombre.

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guerra
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Narrativa

Ensayo para perderlo todo

preciosa

Por: Berenice Hernández

Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. Eso dijo mi padre cuando lo hallamos tirado en las escaleras de su casa. Graciela y yo habíamos ido a la visita trimestral y lo que menos esperábamos era encontrarnos con el bulto inconsciente adornando la escalera de caracol. Nada más verlo corrí hacia él y le pregunté qué le pasaba, cuánto tiempo llevaba en ese estado. Su respuesta fue esa: “Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. No siento la pierna”.

Graciela puso en el comedor lo que habíamos llevado para almorzar, mientras yo cargaba en brazos a mi padre, como lo había hecho él varias veces conmigo. Subimos al auto y nos fuimos al hospital, donde el médico nos explicó que la pierna estaba fracturada, pero de ahí en fuera mi padre era un hombre muy sano a sus setenta y dos. Él, sin embargo, no dejó de argüir que se sentía muy mal, que su pierna había desaparecido, y le insistía al médico que lo revisara con mayor profundidad antes de que su cuerpo se fuera por completo.

La única opción que nos quedó a Graciela y a mí fue llevarnos a papá con nosotros. Yo me sentía sumamente apenado por haber abandonado a mi padre al punto de que empezara a perder la cordura, o fingiera ese hecho para llamar mi atención. Graciela no se sentía muy cómoda con la decisión que tomé, había sugerido que inscribiéramos a papá en un asilo que vio en un folleto del hospital, pero no logró convencerme.

Volver a vivir con mi padre fue una experiencia que sinceramente me incomodaba. Lejos habían quedado los tiempos en que el viejo y yo nos entendíamos y nos procurábamos cariño. A pesar de ello hice mi mejor esfuerzo para que se sintiera querido y se recuperara de su fractura. Los primeros días en casa continuó con la perorata de que se estaba volviendo invisible y que su pierna era más transparente que su mirada llena de legañas. Procuré convencerlo más de una vez de que las cosas no eran así, que simplemente estaba un poco lastimado. Le mostré los vendajes y los medicamentos que le habían recetado para su recuperación pero todo fue en vano.

El colmo de la invisibilidad de la pierna fueron mis discusiones con Graciela. Veía cómo se esforzaba pero llegaba un punto en que, desesperada, me pedía que al menos por un día dejara a mi padre solo y la llevara a bailar o al cine. No entendía que yo tenía que concentrar mis cuidados en él, que no era tanto porque estuviera mal físicamente, sino porque me preocupaba la estabilidad emocional y los sentimientos de fantasma que parecía tener. Ella dijo que entendía, soportaría estar en casa y ayudaría a cuidarlo con la condición de que en cuanto aquello terminara fuéramos a pasear y su suegro regresara a su casa.

En cuanto la fractura de mi padre sanó fuimos al hospital para que lo revisaran y con ello asegurar la vuelta a su casa y un día de diversión con Graciela. Inmediatamente después de que le hubieron quitado el yeso, comenzó a llorar y a decir que su pierna había desaparecido por completo, que ahora sí estaba totalmente seguro. Graciela y yo tratamos de controlarlo pero no quiso prestarnos atención. Sus lágrimas seniles ocuparon su rostro y sus manos nos empujaron para que saliéramos del consultorio.

Lo dejamos solo con el médico. Graciela, su mala cara y yo nos sentamos en los sillones grises de la sala de espera. Intenté tomar la mano de mi esposa para no sentirme tan miserable, pero ella la esquivó de un solo movimiento. No intenté decir nada porque no quería empeorar las cosas entre nosotros, así que fingí no darme cuenta de su rechazo y hundí la mirada en las manchas de aquel viejo sillón.

El doctor cambió el medicamento de mi padre. Ahora tenía que darle unos antidepresivos y pasar todavía más tiempo con él. Sería difícil cubrir los huecos que nuestra relación familiar tenía desde que yo me había ido de la casa y mi madre había muerto. Nunca me imaginé que mi padre estaría tan mal, tan a la deriva. Salimos de ahí llevándolo en una silla de ruedas; esa fue la sugerencia que nos habían hecho: el hombre, una vez acoplado y querido por Graciela y por mí volvería a la normalidad y andaría sin necesidad de un artefacto.

Una vez que entramos a la casa nos reunimos en el comedor. Graciela y yo intentamos hablar con mi padre y pedirle que se sacara de la cabeza la idea de que estaba solo y que no se podía mover. Quise decirle que su pierna seguía ahí, que la supuesta pérdida estaba afectándonos a todos. Mi esposa insistió de nuevo con lo del asilo, lo que provocó que mi padre se ofendiera y apesadumbrara aun más. Calmado, con la resignación moviéndose de un lado a otro, asida de su cuello, atinó a contestarnos que ya tampoco sentía la mano derecha. Graciela se echó a reír, enfadada, y salió de la casa dejándome solo frente al hombre que me había dado la vida. Admito que en ese momento compadecí a mi padre porque me embargaron unas ganas inmensas de desaparecer y dejarlo de verdad solo.

Graciela pasó unos días con sus padres. No tenía ánimos para las ridiculeces del mío. Por teléfono me echó la culpa de una situación que, según ella, se me había salido de las manos. ¿A mí? Si lo único que hacía era buscar lo mejor para mi padre, darle el apoyo que necesitaba. Discutí con ella muchas veces antes de convencerla de volver a casa. Es verdad que mi padre había estado un poco más tranquilo en su ausencia e incluso se había levantado de la silla un par de veces, pero no estaba dispuesto a decidir entre la salud de mi padre y mi matrimonio. Los tres éramos lo suficientemente adultos para llegar a un acuerdo, a pesar de la lucidez de mi padre, todavía puesta en duda.

Al volver Graciela papá no quiso salir más de la habitación. Pensé que tal vez se había dado cuenta de que lo que estaba haciendo era ridículo. Pensé que también estaría avergonzado y no sabía cómo pedir disculpas y enfrentarse al mundo. Era un como un niño indefenso que se ha quedado solo en medio del bosque. Más de una semana pasé dejándole comida en la puerta del cuarto y recogiendo el plato vacío horas más tarde, más de siete días continuando la rutina de subir a dejar los alimentos y el periódico para que papá no se desconectara del mundo, y no me había preocupado por verificar que tomara su medicamento. Me di cuenta de mi error hasta que Graciela y él se quedaron solos en casa, y al volver me preguntó con qué pulverizaba yo las pastillas. Me le quedé mirando y ambos, por instinto, subimos a verificar que mi padre siguiera con vida.

Tocamos a la puerta para mostrar la mayor parsimonia posible y que mi padre no reaccionara de forma violenta. No contestó. No intentó abrir a pesar de que le dije lo mucho que lo amaba. De no haber sido por Graciela, que se había hecho una copia de la llave, no habríamos podido entrar y apreciar el espectáculo que mi padre había preparado: lo hallamos echado en la silla de ruedas, traía puesta la ropa que usaba cuando lo encontramos en las escaleras y estaba hecho una mancha de mierda y orines. Graciela se tapó la nariz y dijo que buscaría con qué limpiar, mientras unas gotas amarillas se escurrían aún por las piernas de papá.

Lo primero que hizo fue pedir disculpas. Estaba completamente consciente de su aspecto pero, según sus palabras, los miembros no le respondían. Apenas era capaz de mover la boca, y lo hacía como si una parálisis hubiera atacado su cuerpo. Le pedí que se levantara y se dejara de ridiculeces. Insistió que no podía hacerlo, que en verdad estaba pasando: sus extremidades no eran más que un accesorio. Desesperado, sólo atiné a decirle que mi madre estaría avergonzada de su actitud, pero no pareció reaccionar. “Está pasando, hijo, estoy desapareciendo. Quisiera llorar pero ni siquiera eso puedo hacer. Lo único mío que queda aquí es esta voz, no soy más que un bulto”. Se aferraba a la estúpida idea. Mirándolo a los ojos le grité a Graciela que nos íbamos de ahí, ya se encargaría el viejo de limpiar aquel desastre. No podía más con la actitud infantil de papá, así que lo dejamos ahí, a expensas de la mierda que le decoraba las piernas y sin poder moverse, como su desbordante imaginación suponía.

Graciela ya me esperaba en el auto cuando salió el último “No puedo moverme” de los labios de mi padre. Le pedí que se callara y se olvidara de ese juego exasperante. “Gracias a tus estupideces estoy a punto de perder a mi mujer, papá”, le escupí en la cara, esperando que por una vez dejara de ser tan egoísta. Salí de ahí, deseando que de verdad desapareciera y nos dejara en paz.

Cuando volví, otra vez sin Graciela, mi padre ya no estaba. La silla y los orines seguían donde los dejamos. Todavía estaba molesto por su actitud, y porque pudo irse de la casa pero no limpiar. Sin embargo, también me preocupaba que fuera a hacer una locura. Subí de nuevo al coche y me dirigí a su casa, pensando en qué palabras serían las adecuadas para disculparme y pedirle cuentas por su comportamiento. Improvisé un discurso en el umbral de la puerta, y enseguida pasé, con la esperanza de verlo. Sólo me recibió el vacío que sentía mi padre gracias a mi abandono. En el comedor todavía permanecía el almuerzo que habíamos llevado aquella vez que originó todo. Estaba podrido y unas cuantas moscas sobrevolaban a su alrededor.

Todavía hoy pienso en mi padre. Recuerdo que luego de nuestra pelea lo busqué en hospitales, asilos, y pegué carteles con su fotografía en toda la ciudad sin obtener respuesta sobre su paradero. De vez en cuando discuto con Graciela y salgo a buscarlo; no me resigno a creer que era verdad aquello que me decía. Mi mujer dice que olvide todo eso, que mi padre ahora forma parte de nuestro pasado. No insistiré más en mi exploración. Caminar tanto me fatiga, y ya empiezan a dolerme las piernas.

 

 

 

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Por: Selene Maldonado Durante mi infancia recorrí con mi familia la misma carretera cada fin de semana al lugar de origen de mis padres. En
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