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Poesía

Anatema

Por: Ignacio Torres

Te hablé de mi vida

y me condenaste a muerte.

Te dije lo que sentía,

lo que por mucho había callado,

eso que me pesaba,

y tú,

lo primero que hiciste,

lo primero que se te ocurrió,

fue matarme.

 

Vivías convencido

de que a los problemas primero se les ataca

y luego,

si queda tiempo,

se les analiza.

Matar el origen del mal,

acabarlo,

matar al portador de la rabia,

acabarlo,

aniquilarlo,

aniquilarlo,

aniquilarlo sin piedad,

era siempre tu reacción.

No te imaginaste,

o quizá sí,

que algún día

yo sería la rabia,

yo sería el perro,

el problema,

el mal

al que era menester liquidar.

 

Me mataste,

tus palabras me mataron,

tu boca terrible disparó seis balas.

y me dio seis machetazos,

y seis puñaladas,

y seis,

y seiscientas

y seis mil tajadas

en mi pecho descubierto.

 

“Te vas a morir de Sida”,

fue tu aviso.

Ésa tu sentencia,

ésa tu respuesta,

cuando decidí

dar un paso afuera de la cárcel

en la que yo mismo me había metido.

 

“Papá, soy gay”,

te dije.

Y me mataste.

¿Tan malo fue que lo hiciera?

Me mataste.

¿Hubieras preferido que callara?

Me mataste.

¿Querías que me anulara?

Me mataste.

¿Que cerrara la boca eternamente?

Me mataste.

¿Eso querías?

Me mataste.

Nunca me dijiste,

nunca lo sabré.

Tu boca ya no dice,

ya no habla,

ya no dispara,

ya no mata.

 

Era un perro,

y tenía rabia, sí,

pero no por ser gay,

me enfermaba

ver cómo te referías a esos,

en los que me incluías,

que estaban contagiados,

que supuraban,

que pululaban,

que eran grotescos,

que eran infames,

que pecaban,

que ensuciaban todo

con su existencia que,

insistías,

sería mejor que escondieran.

 

Enfermos y proscritos

de las casas decentes.

Enfermos y proscritos

de la salvación eterna.

Enfermos y proscritos

del solaz de la familia.

Enfermos y proscritos

de la vida y la belleza.

Enfermos y proscritos

de la fecundidad,

Enfermos y proscritos,

enfermos y malditos

para siempre.

 

Príncipes ingenuos

que al luchar por el placer,

abdicaron a la corona.

 

Ahí estaba yo,

el perro rabioso,

muerto por el filo

de tus palabras.

Ahí estaba yo,

enfermo y proscrito.

En llamas por dentro

y abrazado

a un bidón de gasolina.

Príncipe ingenuo

desterrado de su reino.

Tú, el rey,

me proscribiste para siempre.

Me acompañaste

a donde inicia el desierto,

y esperaste,

impasible,

a que diera el primer paso.

 

Hablamos por teléfono,

no tuve el valor

de decírtelo de frente.

Preví tu reacción,

te conocía.

Ahora ya no,

aunque me esfuerce,

ya no te conozco.

 

La línea telefónica

fue la recámara,

la bocina el cañón,

tu enojo el gatillo,

y tus seis palabras,

una a una,

las balas alojadas

para siempre en mi cabeza.

 

Después de los disparos

el silencio.

Uno que podría dejar sordo

a cualquiera.

Me hubiera quedado sordo

de no haber sido

por el constante

“ti, ti, ti, ti, ti”,

con el que el teléfono,

consciente de lo que acababa de pasar,

me anunciaba que todo

había terminado.

“Esto llegó a su fin”,

me dijo.

No supe

qué responder.

No supe cómo.

Mis impulsos eléctricos

son de otro voltaje.

Colgué.

De no hacerlo

me habría colgado

con la espiral del cable.

 

Ahí estaba yo,

enfermo y proscrito,

el príncipe desterrado,

el perro rabioso,

ya sin dueño,

que le hiciera la merced

de matarlo.

Pero no era necesario,

ya me habías matado.

No con tus manos

sobre mi cuello,

como quizá hubieras querido,

pero sí ahogado por el plomo

de tu maldición,

reducido a nada

por tu flamígera anatema.

Aplastado

por las toneladas

de tu sentencia.

 

Pese a todo

me pude mover.

Me alejé del teléfono

y volví a mi cama.

Aún tenía

dónde descansar la cabeza

que me pesaba.

¿Te pesaba a ti?

No lo sé,

nunca me dijiste,

tampoco te pregunté.

El silencio escandaloso

del teléfono

se había instalado

entre los dos.

Ese abismo

no había forma de superarlo.

No quisiste,

o no pudiste,

¿o yo no quise?

No lo sé,

ya no tengo forma de saber,

tu silencio

es ya más profundo,

más escandaloso,

que el del teléfono.

 

Tu sentencia me pesaba.

Tu maldición me postró.

El resto del día estuve en la cama,

ese el último reducto de mi reino,

el baluarte final del príncipe repudiado

en que me había convertido.

Pero esa cama,

que era ya todo mi mundo,

no tenía las repuestas.

No tenía ninguna.

No me decía nada.

Las sábanas, mudas,

me abrazaban,

las almohadas, sin dar consejo,

sólo me acunaban.

Dormía y despertaba

a un mundo igual de reducido,

siempre árido,

con la misma soledad

y la misma maldición.

¿Podría conjurarla?

¿Quería conjurarla?

Tus palabras

abrieron un abismo frente a mis pies,

era fácil dar un paso,

me sentía tentado.

La oscuridad me llamaba

–insistente–,

tanto como el placer abismal e insondable

que me daba él.

 

Pablo de Tarso dijo

que lo que yo hacía era perverso,

se los dijo a los Romanos

y a ti también, papá.

Escrito estaba en su epístola

que, por yacer con él, mi cuerpo sufriría el castigo.

Por eso me maldijiste, papá.

“Te vas a morir de Sida”,

anunciaste,

mi cuerpo, castigándome,

tú condenándome.

Me desterraste,

me mataste

pero me dejaste vivir

para que me consumiera

la espera

y la certeza de mi inminente final,

de la revancha divina por mi perversión.

Tú estabas tranquilo,

            ¿lo estabas?,

habías extirpado ya

el tumor que amenazaba

la decencia de tu casa,

poco importaba

lo que pasara con ese ente maligno,

dañino,

rabioso,

mortal,

(yo).

 

Salí de la cama,

dejé, tambaleante, lo que quedaba de mi reino.

Nadie allá afuera sabía

que acababa de perder mi raíz,

que la certeza de mi origen

era solo un recuerdo.

Nadie se imaginaba

que cuando eres gay

estas solo,

completamente solo,

y debes empezar a caminar para encontrar,

tal vez,

a otros en soledad.

O quizá sí lo sabían,

sí, algunos lo sabían,

pero callaban.

Quizá veían en mí al perro rabioso,

al enfermo y proscrito,

al príncipe sin dinastía.

Lo sabían por la forma en que caminaba,

por la manera en que veía,

por el:

“Te vas a morir de Sida”,

escrito en la frente.

Sabían, veían y callaban.

Me dejaban avanzar,

condenado por el Santo Oficio de tus costumbres

y tus creencias,

y tu fé, papá,

portando mi vergüenza,

mi perversión, según Pablo de Tarso.

Ellos sabían,

los que sabían,

que de eso no se habla.

No en voz alta.

 

En silencio iba gritando.

Acababa de dejar mi cama,

mi reino en llamas,

y el mundo de afuera

no tenía nada para mí.

Eso pensé,

eso creí,

cuando vi las miradas esquivas,

los silencios burlones,

las sonrisas a medias,

y las invitaciones al placer,

previo pago.

¿Dónde estaba él cuando más lo necesitaba?

¿También la certeza de su piel

estaba perdida?

Mi Norte estaba

al Sur, muy al Sur, de su corazón.

Pero el mapa, perdido…

 

II

El perro rabioso,

(yo)

empezó a vagar.

Husmeando en la basura,

con el morro plagado de moscas,

oteaba el panorama de los olores

sin encontrar nada.

Se relamía.

La basura de otros

era su manjar,

y enseñaba los dientes,

para defender con sus gruñidos,

las pequeñas victorias

que arrebataba

a otros perros rabiosos

que también poblaban

los callejones oscuros.

 

Pronto se dio cuenta,

el perro rabioso,

(yo)

que comida y placer eran vecinos,

que vivían uno junto al otro,

que las moscas los acompañaban,

que se daban a desear

pero siempre,

irremediablemente,

terminaban por ceder

ante el más tenaz de sus perseguidores.

 

Con la insistencia de un perro,

azuzado por la rabia,

lo busqué a él.

Rabioso de dolor,

con la desesperanza sobre el cuello,

la espalda azotada por el abandono,

el vientre horadado por el deseo,

di el siguiente paso

y me adentré en el desierto.

 

El príncipe desterrado

(yo)

avanzó sobre el suelo movedizo.

Los granos de arena caliente

le recordaban el tiempo,

una masa informe

que se le metía entre los dedos de los pies,

le abrasaba las plantas

y se las hería

para luego huir rauda

como un torrente abrasivo,

y perderse otra vez en la vastedad

de un tiempo sin horas.

 

El Sol

se burlaba desde lo alto,

sus rayos se movían, ondulantes,

señalando al príncipe,

(señalándome)

para luego reírse

con su aliento hirviente y soporífero.

 

Una de sus amplias carcajadas

reveló algo inesperado.

Ahí, en el horizonte,

olía a comida y a placer.

El príncipe rabioso,

el perro desterrado,

(yo)

aguzaron el olfato,

el morro se crispó

y las moscas lo abandonaron.

Volaron presurosas

hacia donde estaba la esperanza.

 

Paso a paso,

con el tiempo escurriéndole

entre los dedos

y las plantas de los pies,

el príncipe,

rabioso de hambre y sed,

el perro,

desterrado de los callejones y sus manjares,

(yo)

llegaron al oasis de su cuerpo.

Ahí estaba él,

con un manto de agua sobre el vientre

que se desbordaba

por el peñasco de su pubis.

Una cascada invitante,

voluptuosa,

insinuante,

deliciosa, que,

llena de vida,

y placer,

esperaba a que el príncipe

y el perro

(y yo)

hundieran el morro.

 

Los ojos,

deslumbrados por el destello

del agua al Sol

se cerraron

antes de hundirse en él,

en la cascada,

en el pubis,

en la promesa del placer.

 

La oscuridad,

el silencio de esos ojos cerrados,

abonó al desconcierto de la nada

que el morro encontró.

La lengua afuera,

anhelante apéndice,

se hundió en la aridez

de una cascada desconocida,

de un torrente abrasivo

que solo se ofrecía

a quien pagaba para consumirlo.

 

El Sol

se rió otra vez,

el estruendo de su carcajada hirviente

desterró al príncipe de su ensoñación,

agravó la rabia del perro

y me hizo darme cuenta

de que aún no lo encontraba.

Que la única certeza que me quedaba

era el “Te vas a morir de Sida”

sentenciado por mi padre.

El Norte del placer

que él me había dado

también parecía perdido para siempre.

 

Tu maldición,

papá, era fuerte,

por tu boca habló Pablo de Tarso y dijo:

“Ni los fornicarios,

ni los idólatras,

ni los adúlteros,

ni los afeminados,

ni los homosexuales (…)

heredarán el reino de Dios”.

Hablaste tú,

habló Pablo de Tarso,

se los dijo a los Corintios

y tú me lo dijiste a mí.

Tu destierro,

tu anatema,

lo abarcaba todo.

 

Cuando viví en ese reino,

tu reino,

que creí algún día heredar,

la comida y el placer

me eran dados en bandeja de plata.

Ahí estaba yo,

el príncipe heredero,

complacido por la comida

pero disgustado por el placer.

Si no hubiera abdicado

la bandeja que ponías a mis pies

se habría quedado a medias,

siempre a medias.

Yo sin saciarme

y las moscas haciendo su festín.

 

Estuve cautivo,

durante años,

de tus sueños que alguna vez creí míos.

Pero no era yo tu sucesor,

no había princesa para mí

sólo un príncipe me hubiera podido salvar

pero no,

no había salvación posible para mí, papá,

el único sortilegio que había,

el único,

en ese tu reino, papá,

es el que se lee en lo escrito por Pablo de Tarso,

y por los Levitas,

y en el Deuteronomio,

y en el libro de los Jueces

y en el de los Reyes

y en el de Timoteo…

Folios sangrantes

que describen un mundo

en el que no hay espacio para príncipes

que rescatan a otros príncipes

porque es una abominación.

No hay lugar para los perros rabiosos

que yacen con sus pares

porque es perverso.

No hay nombre, siquiera,

en esos folios,

en esa tu ley,

para describir el nauseabundo encuentro,

nauseabundo para ti,

entre él y yo.

 

Me tenía que ir, papá,

pero no lo entendiste,

preferiste matarme

antes que ver cómo me desviaba

de ese camino que trazaba

el libro en el que tanto confiabas.

 

Hacía mucho que tu reino

ya no era mi hogar,

pero el clóset,

la prisión de sus paredes,

me había seguido hasta donde estaba.

Tenía que romperlo,

salir de ahí.

Di el primer paso

y me mataste.

“Te vas a morir de Sida”.

Me mataste.

Me atreví,

y me mataste.

Tus palabras se quedaron grabadas

y las escuchaba

crueles,

insistentes,

sin tregua,

ardientes,

lacerantes,

filosas,

burlonas,

lapidarias,

apocalípticas,

cada que pasaba junto a un teléfono.

 

Me sentía roto,

creo que lo estaba.

Esas seis palabras con las que declaraste

cuál sería

mi final,

agrietaron mi voluntad.

 

Azotado,

asolado,

emasculado,

indolente,

noqueado,

rabioso,

desterrado,

hambriento,

doliente,

ofuscado,

por tus seis mil,

seiscientas,

seis palabras,

me refugié en eso que tú,

y Pablo,

y los Levitas

y el Deuteronomio

y  los Reyes

y Timoteo,

consideraban

pecado.

 

La transgresión de mi placer

fue lo que me salvó.

La rabia que quisiste erradicar

matando al perro

(a mí)

se convirtió en goce,

en orgasmo,

en delirio,

en cascada,

en pubis,

en erección,

en redención,

en carne turgente

que puede con las embestidas del deseo

y soporta las del prejuicio

y las del juicio final.

 

Me mataste en vida,

querías que la espera del final

me consumiera,

me extirpara del mundo,

como habías hecho tú conmigo,

de la fastuosidad de tu reino.

Pero me cansé de esperar,

el ángel de la muerte

que habías enviado tras de mí,

el Sida,

no llegó,

sus alas negras no surcaron mi cielo

y aprendí a vivir con las seis,

seiscientas,

seis mil,

balas que me disparaste

y pude ver

que hay placer sin previo pago,

manjares sin moscas

y victorias

fuera de los callejones oscuros.

 

El perro

(yo)

dejó de vagar,

de hurgar en la basura,

las moscas abandonaron su morro,

y la rabia,

trocada de enfermedad en motivación,

cortó la cadena que lo ahorcaba,

que lo contenía.

 

El príncipe

dejó atrás las arenas sin tiempo,

la aridez

y los espejismos

del placer previo pago.

Trepó hasta la torre más alta,

ahí donde estaban sus miedos,

para salvarse de la prisión

en la que

por propio pie

había entrado.

La torre estaba vacía,

¿o no?

El dragón lo esperaba,

luchó denodado,

con el miedo en el estómago

y la determinación entre las manos.

Cerró los ojos,

deslumbrado por las llamas

gritadas por la bestia

que lo habitaba.

Avanzó espada en ristre

y dio seis,

y seiscientas,

y seis mil tajadas

en la carne verde,

áspera,

escamosa,

dura,

ruda,

del dragón

y lo venció.

Lo mató.

Un líquido espeso,

negro, nauseabundo

que olía a miedo,

a llanto,

a mentira,

a prejuicio,

a abominación,

a perversidad,

a dolor,

a condena

a juicio final,

se desbordó por las ventanas de la torre

manchándolo todo

pero limpiándolo también.

Después de la batalla

el Sol dejó de burlarse,

las arenas sin tiempo

abandonaron para siempre

los pies del príncipe y,

contenidas en relojes cristalinos,

grano a grano le anunciaron

que la espera estaba por terminar.

 

Ya no lo viste, papá,

no quisiste,

o yo no quise que lo vieras,

ya no sé

y ya no me importa.

Te había decepcionado una vez,

no quería reincidir

al mostrarte que no,

no había muerto de Sida.

Me mataste

pero sobreviví.

La rabia no se acaba

matando al perro.

La rabia,

la ira

y el coraje,

fueron apenas los primeros pasos

para salir de la enfermedad

que me habías preconizado.

Me mataste

pero sigo aquí.

 

¿Te acuerdas del abismo telefónico, papá?

Lo cavaste con tu silencio

y yo me quedé mirando en el borde.

La oscuridad del precipicio

ya no me llama,

la invitación para saltar está conjurada,

la espiral del cable es flexible

si me hubiera colgado en ella

tampoco estaría muerto.

Tu mutismo total

y atroz

y gigantesco

no fue certero,

no fue mortal,

no fue.

 

Tu boca ya no dice,

ya no habla,

ya no dispara.

No salen de ella ni seis mil,

ni seiscientas,

ni seis palabras.

Un abismo mayor te cubre ahora,

la muerte te alcanzó

sin que encontraras sucesor para tu reino,

tu dinastía quedó trunca

pero tu maldición,

tu sentencia,

tu anatema,

sigue vigente.

El dedo flamígero con el que me señalaste

aún arde en el recuerdo

de seis,

seiscientas,

seis mil personas,

(en mí)

pero ya no quema.

Las balas,

las cuchilladas,

los azotes,

y las tajadas que me diste

son parte de mí,

de mi proscripción,

de mi exilio.

Estarán por siempre

conmigo

y ya no duelen.

¿Te dolía a ti haberme disparado?

Me mataste.

¿Te arrepentiste?

Me mataste.

“Te vas a morir de Sida”.

Me mataste

pero viví para contradecirte

otra vez.

 

De mi transgresión

no me arrepiento.

A mi placer

no abdicaré.

Las batallas que he ganado,

en callejones,

en basureros,

en desiertos,

en espejismos,

en castillos,

            (en mí)

son sólo mías,

así como tus seis balas, papá,

son parte de mí.

Yo soy,

me mataste

pero soy,

me mataste

pero estoy,

me mataste

pero existo.

 

Tal vez yo te maté

con mi silencio

o éste se volvió contra ti.

No hay manera de saberlo.

Me mataste,

te maté.

 

Me mataste

pero existo,

y amo,

y él volvió,

no él, otro él,

encontramos el Norte verdadero,

al Sur,

muy al Sur, de su corazón

y del mío.

A él también lo mataron,

sentenciado

lo encontré,

proscrito,

me amó,

rabiosos

nos curamos.

Sobrevivimos.

 

No sabías, papá,

ya no supiste,

que el amor,

cualquier amor

inmenso,

real,

generoso,

(mío)

puede trocar

una anatema

en ofrenda.

 

 

SEMICH

Autor SEMICH

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