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Narrativa

Bola de pelos

Por: Édgar Omar Avilés

Besa a su esposa, lleva a su hijo al jardín de niños y se dirige a la universidad donde es profesor.

En la cafetería, como todos los jueves a la hora del almuerzo, pide albóndigas y un café americano. Una vez que le sirven, toma la charola y se encamina a una mesa en la que sus colegas platican sobre la importancia de inyectar capital al país. Pero al bajar la vista ve su platillo preferido, compuesto de cuatro bolitas, una de ellas de pelos… ¿Pelos?, su rostro se retuerce, rojo de ira. ¡Es el colmo de la suciedad!, y se dispone a encarar al cocinero, pero de pronto se detiene para examinar eso que parece un ratón hecho ovillo.

Lo toca con un dedo: le parece tan desagradable, asqueroso, inmundo. Lo hace rodar con el tenedor para descubrirle la cabeza; no la encuentra. Tampoco las patas, la cola, los ojos, el hocico o las orejas. Es una uniforme bola de pelos. Lleno de curiosidad científica sale de la cafetería y en un rincón, cuidándose de no ser visto por los demás profesores, ni por los alumnos, la observa con detenimiento.

¡Palpita!, por dentro algo se contrae, aunque sutilmente. La avienta al suelo para aplastarla con el zapato, pero, para su propia sorpresa, la recoge y la acuna entre sus manos. Los ojos se le arrasan abruptamente de extrañeza, luego de sentimiento, al final de lágrimas. Le dice con ternura:

—Eres la cosita más rara que he visto.

La misma frase que él pronunciaba en un sueño que se le repitió una docena de veces, cuando tenía nueve años. En aquel pasaje de su inconsciente todo olía a sándalo y al final se encontraba a un ser no muy distinto.

Usa su pañuelo para limpiar con delicadeza el pelaje marrón y la mete en un bolsillo de su saco.

Al mismo tiempo que imparte clases, o cuando recoge a su hijo en la escuela, o rumbo a casa, no deja de buscar explicaciones: una broma de mis alumnos o de mis colegas, una coincidencia, radiactividad, locura, un sueño… o tal vez sólo tengo nueve años… Concluye: es el destino, sólo el destino.

Su esposa intenta recibirlo con un beso, pero él no tiene tiempo: va al cuarto-estudio y saca a su nueva mascota. Juega con él —decide que es él— haciéndolo rodar y, luego, lo baño con agua tibia y jabón de tocador. Mientras lo perfuma con esencia de sándalo piensa en que sería conveniente llevarlo a un laboratorio, pero ahora haré lo que quiero, no lo que pienso.

Alfonso sonríe como un bebé. Su hijo abre la puerta y se acerca para averiguar y compartir el motivo de la alegría.

—¡No lo toques, lárgate! —le da un manotazo.

Es la primera vez que le pega y el niño sale del cuarto sorbiendo el llanto. Así comienza la ruptura de Alfonso con su vida pasada.

En la universidad deja de frecuentar a los colegas. Sus alumnos casi no pueden reconocerlo, le tienen miedo. Pero eso no le preocupa. La auténtica lucha es contra la razón, que hace preguntas: ¿de dónde salió?, ¿qué es?, pero interrumpe las dudas silbando una canción que su abuela le cantaba.

A la hora del almuerzo, solitario, va a una esquina de la cafetería, abre su portafolios y le platica algo. Se rumora mucho acerca de su creciente desequilibrio, aunque nadie pone en duda la calidad de su cátedra. Al término de las clases no se dirige a casa; quizás al cine, al teatro o a la alameda para disfrutar de mi nueva compañía. Su esposa le resulta indiferente. No importa si ella le recrimina, lo insulta o lo abofetea. Su hijo aún intenta abrazarlo, pero él lo aparta.

Llega a su cuarto-estudio: su dormitorio desde hace seis meses. El tiempo que lleva de conocer a la bola de pelos. Lo beso, le digo una frase tierna y nos dormimos. Sus ojos encontraron un brillo que se había perdido en los laberintos de la cotidianidad.

Poco a poco su mundo se vuelca en la bola de pelos, todo lo externo pierde significado. El hombre práctico, serio, reflexivo, se difumina entre poemas cursis y hasta entra a una iglesia a dar gracias: ¿por la evolución? No. Por la vida.

Los meses se suceden. La dicha lo abarca tanto como los radicales cambios.

Hace tiempo que fracturó relaciones con su familia. Está obligado a darles una pensión. Renta un minúsculo departamento. Falta con frecuencia al trabajo. La cordura casi está enterrada y cuando quiere resucitar, aún la sociedad puede perdonarme, suspira, silba y se pone en posición fetal.

Ya no usa pantalones de vestir y sacos, sino jeans ajustados y playeras holgadas. Pasa horas con la mirada fija en aquél al que llama mi amor, y arrullo. En esa bola de pelos vierte todo su afecto: el de padre, de madre, de hijo, de esposo, de amigo, incluso el de maestro. Sólo a él debo de querer.

Compra una máquina de coser para confeccionarle trajecillos de una curiosa forma esférica. Los primeros son un desastre, pero con la práctica realiza verdaderas prendas de diseñador.

Ahora no sólo le escribe poemas, sino que copia versos, se los recita y al final se da por autor. A la par, pululan en sus sueños pesadillas terribles que lo despiertan con sudores y lágrimas entretejidos. Un mal sueño, sólo fue eso, se repite convencido.

Hasta que las primeras arrugas marcan sus gestos la sociedad aprende a aceptarlo, aunque en ocasiones algunas miradas todavía me reprochan. Alfonso camina por las calles como anheló de adolescente: con un bolso rojo de mujer al hombro que en ocasiones utiliza para trasportar a su amado.

Pierde la cátedra en la universidad por sus extravagancias, según se le argumenta.

—¡Qué importa!, para educar a la gente mejor vendo enciclopedias de casa en casa —le grita al rector, mientras imagina que es su padre.

Compra el periódico y luego de consultar el horóscopo busca la cartelera. Sin embargo, su vista se detiene en el obituario. No le extraña que su madre no le comunicara sobre la muerte del viejo. Decide ir al teatro.

Un vestigio del hombre que antes era le escupe pervertido, quebraste tu vida y a los tuyos, pero el vestigio obtiene por respuesta la frase que se apresura a escribir con lápiz labial rosa en la ventana de su cuarto:

 Tengo derecho a amar a alguien que no me mienta, que no me exija lo que no soy, que no me destruya; querer con todos los sentidos aunque el otro no tenga ninguno.

Sabe que lo consiguió, que por fin ha logrado el universo, el paraíso que me toca. Por eso ríe, canta, suspira, llora, reza, baila sin soltar a su bola de pelos.

Aquella tarde, cuando regresa del supermercado, se dirige a platicarle:

—Hola, chiquito, ya llegué, el calor está insoportable…

Pero lo nota extraño. Cierra los ojos en busca de tranquilidad, encuentra una poca. Lo toma entre sus manos, traga la escasa saliva que hay en su seca garganta y confirma la sospecha: ya no late.

Cuántas pesadillas lo presagiaron. Sus rodillas flaquean, cae al suelo; mi llanto riega su diminuto cadáver; escupe un grito gutural de esperanza desgarrada. Sabe las opciones: enterrar con la dignidad que se merece al ser que más ha amado y no enterarse de sus sospechas o…

Se sabe débil y elige la segunda. Las manos le tiemblan, los labios se le cuartean, su mirada se pierde. Hace acopio de carácter y palpa meticulosamente, como siempre cuidó de no hacer, cada milímetro del peludo cuerpo en busca de algo que esté mal. En efecto, no podía ser de otro modo, se carcajea la razón; da con lo tantas veces negado: la tapa de las baterías. La abre con un desarmador. La sangre se agolpa en sus pies, quizás estos hubieran explotado de no traer zapatos. Mi universo recién nacido se colapsa.

No quiere perder tiempo y con el relleno de un seno escapándosele por el escote va a una relojería que sabe cercana para comprar la pequeña pila de plata de 7.5 voltios. Rápido, por favor

Una vez en casa, la inserta. El sencillísimo mecanismo de un micro-motor y un par de engranes vuelven a funcionar.

Está apunto de preguntarse: ¿por qué?, ¿qué es?, ¿quién?, ¿cómo llegó a mi almuerzo?, pero comienza a silbar fuerte, muy fuerte.

Esa noche lo acicala con esencia de sándalo y le platica de lo mucho que sufrió cuando su pequeño corazón dejó de latir.

—También el mío; afortunadamente sé dar masajes cardiacos —y le da un par de palmaditas.

Lo viste con un traje de casimir pardo que considera bien coqueto y por último le ajusta una pequeña corbata gris que tejió durante la mañana; después busca un acetato y al ritmo de A mi manera lo abraza, tierno, y bailan, despacio. Le da un beso que deja marcado labial rojo en el pelambre marrón, luego abre la ventana y lo arroja tan fuerte como su brazo le permite. Las lágrimas lo embisten, alguna se rompe en el vello que nace nuevamente de su rostro. Grita para intentar matar la frustración, la desesperanza, el no-futuro. Quizá sólo tengo nueve años, piensa mientras sigue gritando.

Mirada perdida en la noche, en la incertidumbre. Tal vez mañana irá a disculparse con su esposa y con el rector, o tal vez el jueves irá a la cafetería para pedir albóndigas… Tal vez.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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