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Ensayo

Caer hacia uno mismo o, ¿para qué le sirve la literatura a Adriana Dorantes?

Por: Gerardo Farías

Si el mundo fuese claro no existiría el arte.- Albert Camus

Hay una autora brasileña que no mucha gente conoce. Su nombre es Clarice Lispector. Cuando entré a la maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Guanajuato (allá por el 2011), hubo una clase en la que analizaríamos la obra de Lispector. Sólo Adriana la conocía. Y no sólo la conocía, era fan. A casi nadie le gustó la brasileña porque era muy intimista, poco narrativa, no había historias en sus libros: no había trama y no había acciones. Sus “novelas” tenían sólo un personaje: yo, yo, yo. Pero recuerdo que al leerla, me daban muchas granas de estar subrayando las copias (porque claro, los libros de la autora intimista-brasileña-que-no-cuenta-historias eran muy difíciles de conseguir y caros; había que leer copias)… Decía, me daban ganas de subrayar porque tenía frases muy buenas. Frases matonas. Era poesía puesta en prosa. Y con mucho de filosofía.

Creo que es posible llegar a conocer a las personas, y más a los escritores, por lo que leen, a veces de una mejor forma que por lo que escriben. Así me pasó con Adriana. Con ella aprendí a leer a Rosario Castellanos, a Sylvia Plath, a Xavier Villaurrutia, y a Clarice Lispector, entre otros. Y con ellos, aprendí de qué iba su propia literatura. Aprendí que hay un valor vivencial muy valioso en la literatura azotada. Disculpen, si la palabra “azotada” no figura en los términos literarios acostumbrados. Explico: la literatura azotada es aquella que en un principio parece estar solamente quejándose. Pero no se engañen, siempre hay algo más detrás de la queja. A la literatura azotada, los académicos y los escritores que se toman muy en serio le llaman literatura existencialista. Se oye mejor. Gracias a Adriana, aprendí a disfrutar de este tipo de literatura. Porque hay algo fundamental en la azotadera con lo que todos nos podemos identificar: estar vivo es difícil. Nacemos sin saber nada de la vida y vamos a tientas tratando de encontrar la cura a esta herida enorme. Nacemos despojados. La mayoría de la gente dice que hay una cura y le llaman: felicidad. Pero no la venden en las farmacias. O, bueno, quizás.

Pensándolo bien, de hecho la venden en todos lados. Hay gente que compra su felicidad en las vinaterías, en los cines, en los grupos de autoayuda, en las iglesias, en el matrimonio, en los negocios, en las escuelas, con el aguinaldo, con la jubilación, con los hijos, con las mascotas. A veces es gratis, como en los Viernes de Escritores. El problema de esta medicina, la felicidad, es que siempre se nos acaba muy pronto. Hay que seguirle buscando, nunca estamos satisfechos. Hay aquí una gran paradoja. Si estuviéramos plenamente satisfechos, nos moriríamos. Y la muerte nos deprime: ¿ven?, la tristeza está en todos lados, nos acecha, y llega sin darnos cuenta, sin pedirla. A la felicidad hay que andarla correteando. ¿Cierto? Si están de acuerdo, entonces he logrado comprobar esta pequeña verdad: todos somos algo azotados. Y está bien. Porque darse cuenta de esta gran idea triste, nos pone en movimiento, nos hace esforzarnos. O al menos, nos paraliza…  y eso sirve para pensar. Pensar, por ejemplo, en esta pregunta: ¿para qué hacemos las cosas que hacemos todos los días?

Antes de empezar a escribir este texto, me puse a hojear las copias que todavía tengo del libro de Clarice Lispector, la escritora-brasileña-intimista-que-no-hace-historias. Y al hacerlo, encontré una frase que anoté en una hoja del engargolado. No sé si esa frase la leí en la “novela” o si se la escuché a Adriana, pero me hizo pensar en Adriana y su relación con la literatura. La frase, subrayable, matona, que valdría la pena compartir en Twitter o en Facebook, es ésta:

“Lo que estoy escribiendo no es para leer, es para ser”

Y entonces, dije, ¡claro! De eso se trata. De eso se trata todo esto: de escribir para ser. La lectura es un daño colateral, algo casi como un accidente. Lo importante es buscarse sin saber qué se va a encontrar. Esta frase de Lispector es una vuelta de tuerca a otra frase mucho más famosa, de Cortázar, esa sí muy conocida, hipertwiteable y ultraposteada en Facebook: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. El escritor, al contrario de los personajes de Rayuela, siempre anda buscando y no sabe qué va a encontrar. Lo que buscamos siempre es a nosotros mismos. Pero esa búsqueda nunca termina. Pues nosotros nunca somos los mismos.

Adriana me enseñó con sus recomendaciones y con sus escritos que para eso sirve el desasosiego, la zozobra, el azote: para encontrarnos.

Adriana Dorantes siempre ha escrito con esa idea muy clara. Quizás para sus sinodales y su asesora de tesis, esa idea no estaba tan clara en su proyecto de investigación. Quizás esa idea no estaba tan clara para los jurados de los premios y las becas que Adriana no ha ganado. Pero ella siempre lo ha tenido claro, y por eso me da mucho gusto que haya venido a Morelia con su tercer libro publicado.

Para ser escritor, no hay que ganarse premios ni ser parte del Sistema Nacional de Creadores o tener una beca del FONCA. Claro, ayudan mucho. A nadie le molestaría ganar algo de dinero por hacer lo que le fascina. Eso creo. Pero lo realmente importante, la prueba de fuego, es la terquedad. A pesar de las contrariedades, hay que seguir haciéndolo. Un día tras otro. Y eso es muy respetable y, sobre todo, inspirador. Adriana es una de las escritoras más tercas que conozco. Insiste e insiste en cargar su piedra hasta la cima de la montaña, sí, como Sísifo, y no le importa ver caer la piedra una y otra vez para bajar de nuevo porque ella lo hace sonriendo, a pesar de todo.

 

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Autor SEMICH

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