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Ensayo

EnsayoReseñas

Releer/reescribir a Borges: un regalo

borges

Por: Gerardo Farías

Cada lenguaje es una tradición,

cada palabra, un símbolo compartido;

es baladí lo que un innovador es capaz de alterar

JLB

 

Si hay algo por lo que admiro a Jorge Luis Borges es por la forma en la que me enseñó a leer. Fue el primer autor que me hizo entender que la lectura es un fenómeno activo, que es el lector el que crea la obra literaria y que los escritores a lo que más pueden aspirar es a contar la misma historia una y otra vez de una forma auténtica. Ser auténtico no es lo mismo que ser original. No hay casi nada original en la creación artística.

Jim Jarmush, el cineasta estadounidense, lo explica en el último de sus consejos para hacer cine:

 

Nada es original. Roba de cualquier lugar que te inspire y nutra tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones azarosas, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, cuerpos acuáticos, luces y sombras. Elige para robar solamente cosas que le hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en cubrir tus robos -celébralos si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: “No importa de dónde tomas las cosas –lo importante es hacia dónde las llevas”.

 

Esto lo dice también Jonathan Lethem en su ensayo Contra la originalidad: “Los lectores son como nómadas recolectores por campos que no les pertenecen”. Borges antes que autor fue un gran lector, de hecho sin sus lecturas no habría podido escribir casi nada de su obra. Sus cuentos, poemas y ensayos se basan en la reapropiación de las literaturas que poblaron su biblioteca y su mente.

La literatura, como todas las demás artes, está ahí frente al espectador como un regalo. De ahí que la idea de propiedad privada se desvanezca en el ámbito artístico. Para Lethem, la diferencia principal entre el intercambio de mercancías y el de los regalos es que los regalos establecen un lazo sentimental entre dos personas, crean una conexión; y el arte es recibido casi siempre como un regalo y no como una mercancía (o así debería ser) porque su objetivo principal apunta a conmovernos, reanimarnos, trastocarnos e infundirnos, sobre todo, una esencia diferente en nuestras vidas. Cosas, definitivamente, invaluables.

Es por ello que a manera de homenaje me he apropiado y rescrito un poema del escritor argentino, con lo cual intento poner en su poema mi propio horizonte vivencial; trato, pues, de reflejar lo que mi lectura ha puesto en su obra.

Y lo ofrezco aquí como un regalo y una invitación a que el lector pruebe a hacer su propia versión de las cosas que son relevantes en su vida y lo dejarán de ser en su muerte.

 

Las cosas

(1969)

Jorge Luis Borges

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

 

Las cosas

(2016)

Gerardo Farías

 Los lentes, la cama, los tatuajes,
el difícil andar de mi auto, las frías
cervezas que ya no tomarán mis días,
los dados, el dominó y los naipes,
un libro que tenía el sentido de mi vida
y que nunca llegué a leer, un atardecer
inolvidable que ya se borra de mi mente,
el espejo que rompí en mi adolescencia,
el alebrije hecho con mis manos de casado.

Cuántas cosas, canicas, puertas, mapas,
botellas, cuadros, plumas, llaves,
me sirvieron como esclavos,
misteriosas en una rebelión muda.

Durarán más allá de esta lectura,
de tus ojos sobre estas líneas,
mas nunca sabrán de este homenaje
y tampoco que ya no estamos.

 

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Ensayo

No se crea ni se destruye, sólo se transforma

ciencia

Por: José Agustín Solórzano

En 1748, el científico Mijaíl Lomonósov envió al matemático Leonard Euler una carta en la que describía la ley de la conservación de la masa. Casi cuarenta años más tarde, Antoine Lavoisier hizo lo propio y enunció la ley de la conservación de la materia. A principios del siguiente siglo, retomando las ideas de Demócrito y Epicuro de Samos, John Dalton propondría su teoría atómica, una que se adecuaba perfectamente a la ley de conservación de la materia e incluso se basaba en ella. La aportación de Dalton fue tan importante para el pensamiento científico que no sólo serviría para pesar los átomos, sino que “heredaba” problemas químicos a los físicos. Fue luego de casi cien años que pudo demostrarse la existencia real del átomo, con el famoso artículo de Einstein sobre el movimiento Browniano. Él mismo, al enunciar la ecuación más famosa del siglo XX: E=mc2, demostraba que la masa y la energía eran una misma cosa. Actualmente sabemos que el átomo no es indivisible, como planteaban los griegos, y se conocen, gracias a la física cuántica, entre 150 y 200 partículas elementales más “pequeñas” que el átomo.

Así hoy, la Ley de Conservación de la Materia también se llama Ley de Lomonósov-Lavoisier, pues se reconoce a ambos la elaboración de la misma. En el campo científico no sólo se comprende, sino que se considera natural que los grandes descubrimientos no surjan por “generación espontánea”, sino que sean parte de un recorrido que comenzó hace muchos años y que seguirá por muchísimos años más. El conocimiento científico se ve como un flujo constante. El átomo no es una aportación de Dalton, como tampoco lo es de Demócrito o de Lucrecio, quien rescató mucho del trabajo filosófico del griego; la gravedad no fue “creada” por Newton, ni la relatividad espacio-temporal por Einstein, ellos sólo fueron “descubridores”, supieron detener unos segundos el río del conocimiento para apreciarlo y sacar de él un poco de lucidez frente a la incertidumbre que era y sigue siendo el Universo para el ser humano. El discurso científico es una construcción colectiva, y entre más penetramos en el flujo del conocimiento más nos es necesario la participación de los otros para generar “grandes hallazgos”. El hombre de ciencia siempre muere inmerso en una frustración insalvable, sabiendo que todavía no lo ha dicho todo; pero también entiende que sus aportaciones serán la piedra angular de nuevos descubrimientos. Quizás, quien ha resumido mejor lo anterior fue el mismo Isaac Newton, quien en una carta a Hooke escribió: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado en hombros de gigantes”.

Pero Lomonósov también fue un hombre de letras, fue el creador de la primera retórica adaptada al ruso y de la primera gramática rusa, que combinaba el eslavo antiguo religioso con la lengua vulgar. Fue poeta oficial, bajo el reinado de la emperatriz Isabel I de Rusia, y compuso odas, epístolas y tragedias. También investigó los idiomas eslavos. En 1760 publicó la primera historia de Rusia, y reglamentó la forma de escribir en los modelos oficiales y temas religiosos. Creó la Universidad de Moscú y, además, sus investigaciones sobre los efectos químicos de los minerales sobre el color lo llevaron a involucrarse en el arte pictórica del mosaico.

Mijaíl Lomonósov, al igual que otros de sus coetáneos, englobaban la búsqueda del conocimiento y la creatividad en una misma esfera. Para este científico ruso, crear arte en mosaico era una consecuencia de sus investigaciones científicas, así como la gramática de una lengua o la belleza de la poesía eran tan necesarias como el estudio geográfico. Lomonósov no sólo nos ofreció una ley de la conservación de la masa, que posteriormente se convertiría también en una de conservación de energía, sino que nos enseñó que el conocimiento es también movimiento, flujo y energía, y que al igual que la materia, tampoco éste se crea ni se destruye. El conocimiento, al igual que la creatividad, al ser movimiento, sólo sufre transformaciones.

Alberto Manguel escribe: “Cualquier gran libro incluye en sus páginas todas las lecturas anteriores, de forma que, después de una primera incursión, la historia […] diluye su sorprendente final, asimila su conclusión a su principio y se reescribe a sí misma en la mente del lector, […] de forma que ya no podemos leer la novela [tal como la leímos antes], sino tal como la leyeron los victorianos, los lectores pre y post-freudianos, los modernistas y postmodernistas y así sucesivamente.” En este fragmento del ensayo “La pantalla de Hal”, Manguel se refiere a la novela  Dr. Jekyll y y Mr. Hyde, de Stevenson, pero bien puede aplicarse a toda obra literaria. ¿No es El Quijote una obra llena de lecturas anteriores? En ella no sólo leemos a Cervantes, sino a todos los comentaristas, anónimos o no, que han pasado por sus páginas. Al abrir esta obra, fundadora de la literatura española, nos hallamos frente a un sinfín de lecturas y de interpretaciones previas a la nuestra, pues al contrario de Cervantes, El Quijote y Sancho Panza no han muerto y siguen transformándose a cada encuentro con cada lector diferente.

El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha ya desde el momento de comenzar a escribirse era una construcción colectiva, la literatura es un intento por sincronizar y sincretizar la realidad; la novela de Cervantes es, en un principio, el retrato de un momento histórico real: la España del siglo XV, y también el diálogo del autor con sus coetáneos, una sátira de las novelas de caballería que los románticos convertirían en un elogio a la libertad, pero también fue una mirada nostálgica de los autores españoles de la generación del 98, entre otras muchas cosas; para hoy, más de 400 cientos años después, considerarse como una obra indispensable en la Literatura Universal.

Borges, uno de los escritores que mejor entendió la literatura como movimiento, escribió un homenaje magistral al Quijote y a lo que significa realmente escribir. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, el argentino nos presenta a un personaje que re-escribe, línea por línea, palabra por palabra, la obra de Cervantes, la vuelve a crear, en un tiempo y en un lugar diferente; pero no es más la misma novela, es otra, porque ésta ha sido vuelta a hacer, no se ha reciclado (como sí pasa con mucha literatura actual), sino que se ha re-inventado, y la diferencia es que Menard no es sólo un copista, sino que es un lector y, para Borges, quien lee crea. En esta brillante e intelectual broma de Borges queda claro que la transformación ha sucedido. La materia literaria se vuelve otra, se transforma a través de la energía de la verdadera lectura.

Al respecto Manguel dice: “La distinción irónica que hace Borges tiene una aplicación práctica. Toda lectura es interpretación, toda lectura revela las circunstancias del lector y depende de ellas.” Y es que la triada escritor-libro-lector, que conecta sus vértices a través de la lectura, no es unidireccional. El libro es el campo físico donde la transformación sucede a partir de la lectura, pero el escritor funge como el primer lector de la obra, mientras que el lector es a su vez el segundo escritor de la misma y así sucesivamente. Tal vez desde esta perspectiva nos quede más claro lo que Manguel escribía sobre que cualquier libro incluye en sus páginas todas las lecturas anteriores, y es que en ese campo de pruebas han sucedido y siguen sucediendo todos los encuentros entre lectores y escritores que invariablemente son uno y otro a la vez. El autor primero se difumina hasta casi desaparecer y queda sólo la lectura, el personaje que se reinventa, como una materia original convertida en energía que volverá, en algún momento a ser materia. “Todos (aun quienes no han leído el libro) saben quién es don Quijote. A su lado Cervantes es casi fantasmagórico, un personaje mucho menos importante en la obra, un intruso que de vez en cuando comenta u opina…”.

Actualmente vivimos en un mundo donde el copyright se impone y la originalidad se oferta en los escaparates, no sólo en las librerías, sino en la mayoría de los proscenios públicos. Ser original parece ser una de las obsesiones de los nuevos artistas y de la gente común que busca sobresalir, no sólo escribir un gran libro “original”, sino cometer la mayor estupidez “original” para ser trending topic o llegar a las millones de visualizaciones en el YouTube, pero la verdadera originalidad no rechaza lo anterior, sino que lo incorpora. La única manera de ser original es asumiéndose parte de un diálogo constante, de una transformación permanente, y generando desde ahí un collage  que integre una propuesta personal con una necesidad compartida, pues la literatura ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

 

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EnsayoMisceláneo

El anhelo de la escritura

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Por: Laura Karina “Puerquito”

Sólo tengo dos recuerdos de mi bisabuela. En el primero aparece ella en su silla de ruedas, con sus piernas blanquísimas llenas de venas moradas. Ella estaba junto a la ventana en casa de mi tía. Yo tendría unos cinco años, por lo que apenas mi altura llegaba a los reposabrazos de su silla. Fue la primera anciana que yo vi, seria y maquillada, con un porte que definitivamente no le heredé.

Lo segundo que recuerdo, también alrededor de los cinco años, es cuando me llevaron al asilo a visitarla. Mientras mi madre y mi bisabuela conversaban, me puse a caminar sobre unas jardineras de concreto que había en el patio. Acto seguido, yo brincaba de una a otra. Lo siguiente fue mi cara azotando contra la esquina de la jardinera, tronándome las encías. Entonces, mi madre me llevó al baño y me lavó la cara ensangrentada mientras yo lloraba viéndome al espejo. No sé si mi bisabuela ayudó en algo en mi curación, pero sé que estaba ahí, sentada en su silla, probablemente mirando mi sangrar desde algún rincón de su habitación. Obviamente no le dio gusto mi desgracia, pero, ¿le habrá importado? No sé si yo le significaba algo, ni lo sabré nunca. Ella falleció poco tiempo después y se llevó consigo cualquier interpretación fidedigna que yo pueda darle al asunto.

Y eso es lo que pasa cuando la gente muere; uno se queda a solas con las dudas.  En ese momento de mi niñez no tuve preguntas, pero conforme me convertía en una joven, mis tías y mi madre me dijeron en varias ocasiones que yo me parecía a la bisabuela.

“Ella era muy dramática, teatrera… siempre buscó ser el centro de atención”

Para la clase de niña-muchacha que yo era, tan errante y problemática, las comparaciones no me quedaban claras. Más bien, no me aportaban nada. Lo único que se me venía a la cabeza al imaginarla era esa escena de ella sentada totalmente erguida con el peinado perfecto y un arreglo que no pretendía esconder su edad, sino realzar esa belleza que se forma con los años. O al menos eso creía yo. Mi visión era tan limitada como lo puede ser la visión de cualquiera que no haya tenido oportunidad de conocer a quien está juzgando.

Hace poco mi tío-abuelo, quien fue su hijo, también murió, 20 años después que su madre. Ayudando a arreglar sus pertenencias, encontré algo. Algo que sigo sin entender por qué mi familia no mencionó antes, cuando hacían las comparaciones.

Mi bisabuela era escritora.

O más bien intentó serlo. Quienes piensen que escribir es solo un hobby, lo creen porque no se han sentido atrapados por el yugo enorme del deseo que conlleva. Ahora sé que mi bisabuela quiso con todas sus fuerzas ser algo que logró a medias, pues murió después de decenas de años de ser una burócrata. Digno sí, pero sin más que eso.

No sé qué fue lo que no le alcanzó. No sé si fue la vida, la disciplina o la voluntad. Y no saberlo me asusta. Porque, aunque acepto racionalmente que no puedo hacer nada más por entenderla, mis emociones ahora sí me dictan que hay mucho en común entre nosotras… y lo que temo es que yo haya sacado de ella el impulso artístico, sí, pero que sea una pulsión sucia y llena de defectos.

Y esto lo presiento porque, desde que aprendí a escribir, e intenté hacerlo de una forma más-o-menos-seria, he tenido una desagradable y constante sensación de inadecuación. Es como si no lo mereciera, como si la vida no pudiera ser lo suficientemente amable como para concedérmelo. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor simplemente sería incapacidad. Ansia sin dotes.

Pero aun con todas estas quejas, todo ha cambiado y tiene que ser forzosamente así, ya que ha caído sobre mi una nueva responsabilidad. Ahora sé y estoy segura de que el anhelo escritoril que he tenido desde siempre no me vino de la nada, no surgió conmigo. Lo heredé. Latía en mi bisabuela y ahora está vivo en mí. Y este deseo de honrar lo que fue de ella y que ahora sin querer me pertenece, es lo que me trajo aquí, a este instante en el que decido asumir la obligación de que tengo de hacer lo que me toca.

Y lo que me toca es escribir. Aunque la vida, la disciplina o la voluntad tampoco me alcancen. Pese a que se me reviente una y otra vez, ya no la encía, sino el corazón contra el pavimento. No hay más, no me queda de otra. Y si al final resulto inadecuada, al menos la sangre que derrame en el intento estará repleta con la esencia de ella. Y eso, más que consuelo, me brinda una tibia alegría.

 

ANEXOS, O UN PAR DE LOS TEXTOS QUE ENCONTRÉ

 

Ella era mi bisabuela, con su hijo.

Esta es la carta que le escribió cuando se supo embarazada de él.

Y aquí un concurso que ganó, recorte que su hijo guardó hasta el día de su muerte.

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EnsayoMisceláneo

La mirada en las esferas

MC Portada

Por: Gerardo Farías

A las personas nos gustan las cosas redondas. Hay un placer muy peculiar en la simetría de los círculos. Si encimas varios círculos, obtendrás un disco, quizás una moneda. Gira un círculo (una moneda) y tendrás una esfera.

No es gratuito que la esfera haya sido considerada como la forma geométrica perfecta por las civilizaciones antiguas. Con esa forma incluso concebimos nuestro hogar, el planeta Tierra, aunque no sea en realidad perfecta. Ya los  griegos (algunos, no todos) concebían al universo como una esfera celeste inmensa que contenía a los demás astros —el Sol, la Luna y las estrellas, también en forma esférica— girando alrededor de la Tierra. Leonardo da Vinci encerró en un gran círculo a su hombre de Vitruvio, ese hombre que al mirarnos con sus proporciones perfectas, ¿nos invita o nos reta a imitarlo? M. C. Escher dibujó un autorretrato en el cual se ve su mano sosteniendo una bola de cristal que lo refleja sosteniendo su propio rostro. Todos lo hemos hecho alguna vez: mirar nuestro rostro a través de dos espejos y disfrutar de la repetición: eso nos hace sentirnos infinitos.

La forma aparece en un sinnúmero de creaciones humanas: en el transporte, en el arte, en el deporte, en nuestros sueños y pesadillas. Y cuando la hallamos en la naturaleza, nos sorprende tanto que dudamos de que sean “naturales”.

Por eso las esferas navideñas nos hipnotizan en la infancia: es una forma perfecta que está al alcance de nuestra mano. A las esferas las escogemos sin prisa a través de un cristal, las transportamos con mucho cuidado en una caja, y las sacamos con la supervisión de los ojos de nuestros padres o abuelos. Mientras nuestra mano va de la caja a la rama indicada, nuestro rostro se acerca y se aleja en el reflejo de una superficie tan frágil que da miedo destruirla con un pequeño apretón de nuestros dedos emocionados y nerviosos.

A pesar de no ser un gran fanático de la navidad, reconozco que necesito de los rituales —como cualquier otro ser humano— porque necesitamos que la vida esté rodeada por ciclos que se abren y se cierran. Poder reconocer el inicio y el fin de las cosas nos causa satisfacción, nos relaja y nos anima a seguir (¿hacia dónde?); es la única manera de darle sentido a nuestras vidas: dibujar círculos sobre el caos.

Hay en nuestro país gente experta en el arte de dibujar círculos en el espacio, son capaces de hacer esferas perfectas. Hacia el noreste de Michoacán, enclavado entre montañas y niebla, existe un pueblo mágico en el que se dice que siempre es navidad, donde con algo de suerte uno puede ver duendes, y donde se respira una mezcla de nostalgia e inocencia que el aire helado empuja dentro de nuestro cuerpo. No exhalamos humo, exhalamos añoranza. Tlalpujahua significa “tierra esponjosa”,  se forma de las palabras Tlalli (tierra) y Poxohuac (esponja). Quien ha estado ahí no necesita de la etimología para entenderlo. Este lugar se estableció sobre un pasado prehispánico que persiste hasta nuestros días. Sus primeros pobladores eran indígenas mazahuas cuyas tradiciones y leyendas siempre han hecho referencia, entre otros temas recurrentes, al de la mirada. Cuenta la historia que antes de la llegada de los españoles, este pueblo fue un punto de conflicto, ya que estaba en medio de lo que fueron dos grandes imperios: el tarasco y el azteca. Los mazahuas observaron el conflicto y lo comprendieron, pero sabían que el conflicto no era de ellos, sabían que la respuesta no estaba afuera.

Hay una leyenda mazahua que habla de un viejo sabio que pasaba la mayor parte de las horas del día sentado a la orilla de un lago, mucha gente acudía a él para pedirle consejos sobre varios problemas relacionados con la cosecha, los hijos desobedientes, los desacuerdos en la pareja, qué hacer ante la guerra, y muchos otros asuntos. A todos les daba el mismo consejo. Les decía: “La solución a tus problemas está dentro de ti mismo” y las personas se marchaban sin entenderlo muy bien. Dicen que aún ahora, a pesar de que murió hace mucho tiempo, se le ve sentado a la orilla del lago, dando consejos a las personas que tienen problemas y repite siempre el mismo consejo: “La solución está en ti mismo”. Imagino la mirada del viejo clavada en el agua buscando su rostro reflejado.

Las tradiciones mexicanas, como todas en el mundo, están conformadas por mezclas de otras tradiciones provenientes de culturas anteriores. Nuestros festejos están llenos de puentes y de espejos. La misma navidad es un sincretismo de creencias paganas nórdicas y credos cristianos. Nada hay que sea puro y original, pero he ahí la satisfacción de encontrar puentes y espejos. Así como Tlalpujahua hay otros pueblos en el mundo que pueden presumir de tener una navidad siempre viva. Mientras escogemos nuestro árbol de navidad, millones de otras personas hacen lo mismo: un árbol natural plantado en la tierra o uno talado y puesto dentro de la casa o uno artificial, los hay verdes, blancos y hasta azules. Todos buscamos la perennidad a través de los ritos, buscamos sentirnos felices. Justo como el zorro en El Principito que le pide siempre regresar a la misma hora, para que así él pueda sentir la emoción de la espera: su felicidad se irá conformando y creciendo mientras llega la hora acordada. Así nos acercamos a las fechas decembrinas, la felicidad no nace de ver a nuestra familia en la noche del 24 de diciembre, sino de la espera. Contamos los días, compramos adornos, preparamos la comida. ¿Qué buscamos y en dónde?

Antes de terminar, permítanme tender un puente más, miremos otro espejo, otro lago. Un escritor sueco casi desconocido en español, Stig Dagerman, escribió un cuento llamado “La mirada en las esferas”. En ese breve texto de no más de dos páginas se relata la fascinación de una niña mientras observa su rostro reflejado en una esfera de cristal que está por poner en su árbol. Cuando la esfera es colocada en su lugar, la niña es ya una anciana. La transformación ocurre mientras su rostro es descrito lentamente, pero hay un detalle inmenso: sus ojos nunca cambian. A pesar de todo, sigue o quiere seguir siendo la misma.

Repetimos ciclos empeñándonos en no morir y sentimos que somos siempre la misma persona, el mismo ser pequeño fascinado por la redondez de las esferas, pero hay una premisa flagrante en la historia y en la vida: el tiempo pasa, sin que le importe nada.

Las esferas navideñas nos ayudan a olvidar eso. Buscamos en su reflejo la mirada que se quedó adentro. La forma geométrica perfecta debe ser capaz de guardar nuestros mejores momentos.

Distinto a lo que se dice normalmente del significado de las esferas, no creo en la supuesta representación de los pecados en ellas, ni tampoco siento ya que haya relación con los dones o virtudes que hemos cultivado a lo largo de un año más. Para mí, las esferas siempre representarán la posibilidad de encontrar la mirada de un niño que ya no soy, pero presiento que está en alguna esfera, esperando para saludarme desde lejos.

Ustedes, queridos lectores, estoy seguro que también buscan lo mismo. ¿Por qué no ir a la Tierra Esponjosa llena de nostalgia a encontrar la esfera indicada?

 

*Texto publicado en el suplemento turístico INNBUS del diario Provincia el 1 de diciembre de 2016.

 

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Severiana o el turismo literario

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Por: Berenice Hernández 

 

Cuando somos niños es complicado que viajemos solos. Por lo general nuestros padres nos llevan con ellos para todos lados: viajamos en coche, en transporte público o en autobús, siempre asidos de la mano de alguien mayor, que de algún modo coarta nuestra independencia en un afán de protegernos del ruido de allá afuera, de las ciudades monstruo y la sociedad misma. Esto pasa no sólo en la realidad, sino también en la ficción. Claro ejemplo de ello es Severiana, novela juvenil del mexicano Ricardo Chávez Castañeda.

Severiana es una utopía. Una isla a la que llega un grupo de amigos para protegerse de la catástrofe que azota la ciudad en la que viven. Son niños que utilizan los libros como un puente para comunicarse en un espacio seguro: el de las páginas. Cuando la realidad los apabulla y el ánimo decae, descubren que sumergiéndose en las palabras son capaces de encontrarse, siempre y cuando lean el mismo libro, la misma página, el mismo párrafo e igual línea. Se encuentran, así, en un constante ir y venir por el papel, y sortean los mismos caminos que personajes de Harry Potter o Las crónicas de Narnia.

Es difícil que un niño viaje solo, es cierto. Eso lo saben los personajes de esta novela, en la que el miedo los ha petrificado a todos. Por eso recorren la isla sin prisas pero con cautela, como debieran recorrerse todas las ciudades a las que viajamos: siempre alertas y disfrutando como la primera vez.

Crecer no significa que debamos dejar de ilusionarnos con la lectura por concentrarnos en el viaje. Al contrario. ¿Qué hay mejor que acomodarse en el asiento y sacar de la maleta aquel libro que ha sido nuestro acompañante durante semanas? Los libros, como nuestra familia, están ahí, fielmente a nuestro lado, a pesar de que no siempre nos descubramos hojeándolos. ¿Quién sino un viajero-lector se llena de la mayor dicha cuando lee la última página un par de kilómetros antes de llegar a su destino?

Con Severiana, Ricardo Chávez nos invita a explorar, a no permitir que nadie –ni los niños desaparecidos, ni los seres más malvados, ni una urbe en decadencia- se interponga en nuestro camino, impidiéndonos con ello hacer lo que deseamos: movernos, ser libres, viajar en las palabras, la imaginación o los autobuses.

 

**Texto publicado en el Suplemento INNBUS, en abril de 2017

 

 

 

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La ucronía del narco

oscar

Reseña de La vida de un muerto de Óscar de la Borbolla

(1998; Grupo Editorial Patria/Nueva Imagen)

 

Por: Gerardo Farías

Óscar de la Borbolla es un autor raro. No pertenece a su generación. Creo que nunca fue conocido como “autor joven”, no se le considera tampoco un “referente clásico” de la literatura mexicana. Pero cualquier persona que lo haya leído sabe que es un escritor especial, entrañable, un sabio que no se toma muy en serio. La mayoría de la gente que conozco que lo ha leído siempre cree que es un chaval.

No sé si sea tan leído como lo merece. Sin embargo, es imposible ser indiferente a su literatura una vez que se le conoce. Es un autor que se divierte con las historias y que apuesta siempre por algún experimento literario. El ejemplo más famoso de esto es su libro de cuentos Las vocales malditas que contiene cinco cuentos, cada uno escrito con una sola vocal: “El hereje rebelde” y “Los locos somos otro cosmos” son definitivamente los mejores; es un gran logro creativo y el mismo autor confiesa que esa obra es por la que le gustaría ser recordado.

Ha publicado más de veinte libros. Su formación académica lo llevó a escribir libros de filosofía para rebeldes, inconformes y, sobre todo, pensando en los jóvenes. Lo mismo ocurre con sus cuentos, novelas y el único poemario que publicó. De la Borbolla tiene probablemente más de 60 años, pero nadie sabe a ciencia cierta cuántos; en cada semblanza que he encontrado aparece un año distinto para su nacimiento: 1939, 1949, 1958, 1956, 1961, 1971; su edad es un misterio. Cada uno de sus libros publicados en Grupo Editorial Patria/Nueva Imagen también tiene un año distinto. Esto no es un error editorial, es deliberado: Óscar de la Borbolla no pertenece a ningún movimiento literario de México, a ninguna generación, por lo tanto, no tiene edad, él mismo es ucrónico.

Y ucrónica es también su novela La vida de un muerto; es una gran apuesta que renueva el género de la llamada “narcoliteratura”. Fue publicada en 1998; muchos autores de este género y sobre todo los lectores harían bien en regresar sus ojos a este libro que desde hace más de 20 años ya le había dado un vuelco la típica historia de narcos. Desgraciadamente, ha pasado desapercibida, tanto en el público lector como en la academia especializada. Estamos, probablemente, frente a un autor de culto moderno.

El término ucronía es utilizado por el mismo autor para definir unas crónicas ficticias que publicó durante muchos años en un diario de distribución nacional (es conocido que tuvo varios problemas con los lectores, pues muchos creyeron que sus textos eran realidad). La novela es, por supuesto, una tomadura de pelo pero que va en serio, y es también una novela picaresca posmoderna. Vamos por partes.

Lo ucrónico es lo que no tiene tiempo, un tiempo imposible, así como la utopía que es un no-lugar, así la ucronía es un no-tiempo. La ucronía especula sobre realidades alternativas ficticias, en las cuales los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos. El acontecimiento común que separa a la realidad histórica conocida de la realidad ucrónica se llama punto Jonbar. Un punto Jonbar  es un acontecimiento singular y relevante que determina la historia futura. Se denominan así en honor a John Barr, personaje de una novela de Jack Williamson de 1930, donde una decisión minúscula del personaje —escoger entre recoger un guijarro o un imán del suelo— determina la creación de dos mundos totalmente distintos: uno de esos mundos es la civilización utópica llamada Jonbar. Las ucronías son una rama completa de la ciencia ficción que especulan acerca de las posibles consecuencias de que un punto Jonbar hubiera tenido un resultado diferente al que tuvo en nuestra línea temporal. La vida de un muerto juega con esta herramienta ficcional de una forma sorprendente.

También es una novela picaresca posmoderna porque su personaje principal es un antihéroe y toda la novela habla sobre sus aventuras. Está en la misma línea que las novelas El lazarillo de Tormes, El guardián entre el centeno, Las aventuras de Tom Sawyer o, más recientemente, Diablo guardián. Mi ejemplo fílmico predilecto para ejemplificar la picaresca posmoderna es la película de Danny Boyle, Trainspotting, basada en la novela homónima de Irving Welsh. La película, al ser más lineal que la novela, muestra mejor el viaje del antihéroe.

Sin embargo, es también una tomadura de pelo por todo lo que pone en juego. Desde la primera página, nos encontramos con el rompimiento del típico pacto con el lector: La vida de un muerto no pretende convencernos de que lo que se lee es verdad; al contrario, nos dice desde el principio que todo es un engaño, un mero invento.

Benito Correa, el antihéroe, es un hombre mediocre que trata de suicidarse, pero no lo logra y en el éxtasis de su resurrección termina en la cárcel; para sobrevivir, comienza a contar su vida con la finalidad de convencer a los otros reos de que él es el más peligroso de los maleantes, el más grande delincuente que hayan conocido, el jefe de toda la mafia del narcotráfico. Y ahí comienza toda la invención del personaje: crea una ficción que poco a poco, a lo largo de toda la novela, se irá apoderando de la realidad.

Por supuesto, hay un guiño a Las mil y una noches; es una puesta en abismo, es la vieja técnica confiable de las cajas chinas o de las matrushkas, las muñecas rusas: una historia dentro de otra y dentro de otra.

Es una novela desparpajada que carece de cualquier tufillo intelectual o formal. Va de las escenas más realistas y crudas hasta las más irónicas y ridículas. Está empapada de erotismo y de crítica social que no se toman en serio, pero que golpean al lector seriamente. Y es precisamente ese no tomarse en serio lo que hace de esta historia una de las más memorables que se hayan escrito sobre este tema en el siglo XX. Es laberíntica como un buen cuento de Borges, pero es irreverente como un poema de Bukowski; es entretenida como las novelas de Mark Twain y profunda como una novela de Camus. La filosofía y la trama se dan la mano en toda la literatura de Óscar de la Borbolla. No tiene desperdicio. Igual emociona al lector desinteresado, consumidor de best sellers, como al lector acucioso y selectivo. Esa es la gran virtud de esta novela.

En La vida de un muerto, Óscar de la Borbolla crea la génesis y regeneración de un imperio, el del narcotráfico en México; pero esto lo hace sin imitar ni recrear la vida de algún conocido mafioso, y así como pasa en México podría pasar en cualquier otra parte del mundo. Benito Correa, desde la cárcel, crea varios universos ficticios paralelos que se desbordan y se van contagiando mutuamente. Todas esas historias tienen su punto de enlace en la materialización de las anécdotas secundarias (que poco a poco ganan fuerza e importancia en la trama principal). El giro sorprendente está en que todos los personajes inventados por Correa ya existían en su realidad antes de que el los imaginara. Óscar de la Borbolla le juega una gran broma a su personaje y al lector al mismo tiempo. Y es por ello que soltar la carcajada mientras se avanza en la lectura de esta novela es casi imposible.

 

*Texto publicado en 2016 en el Diario Provincia como parte del proyecto “200 años de la novela mexicana”

 

 

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EnsayoPoesía

¿Y la poesía, apá?

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Por: José Agustín Solórzano

 

Bukowski, ese borracho sobrevalorado por los dipsómanos y vilipendiado por los poetas, escribió: “pero como dijo Dios/ cruzando las piernas/: ‘veo que he creado muchos poetas/ pero muy poca poesía’”. Ahora, bastantes años después de que Charles escribiera lo anterior, podríamos asegurar que sigue habiendo más poetas que poesía, que abundan los jóvenes veinteañeros interesados en escribir versos, o los ya no tan jóvenes treinteañeros, con un par de publicaciones bajo el brazo, que organizan lecturas de poesía, encuentros de poetas, antologías; y entre todo este torbellino de amantes de la poesía es difícil las más de las veces encontrar a la susodicha.

Lo he mencionado en anteriores notas y otros ensayos: la poesía no vende, no genera ganancias, no tiene un “público”, entonces, ¿quiénes leen poesía?, ¿quiénes compran poesía? Fácil: los poetas, tal vez algunos académicos, especialistas en literatura. Encerrados en un círculo vicioso, los escritores de poemas ven lejana la salida. Son pocos los que logran hacerse de verdaderos lectores, y con verdaderos me refiero a lectores que te leen porque realmente les gusta lo que escribes; es decir: los conmueve, empatizan con lo que leen. Estos idílicos seres escasean cada vez más, no eligen leer un libro porque quieran “aprender” a escribir, o porque les interese conocer al autor, hacerse su amigo para que luego lo ayude a publicar; vamos, ni siquiera es que tengan una verdadera razón para leer poesía. Lo hacen porque lo disfrutan, porque por error o accidente se toparon con aquellos versos y éstos terminaron atrapándolos.

Increíble, ¿no? Pero muy difícil, porque para fomentar ese tropiezo, el accidente entre la lectura y estos seres maravillosos que son los verdaderos lectores, hace falta mayor distribución de los libros de poesía que se producen en este país. Atrapados en las librerías institucionales o, peor, en las bodegas de las secretarías y los institutos de cultura, son pocos los ejemplares que llegan a las manos de su consumidor final.

Por otro lado están los festivales poéticos; éstos, lejos de generar “nuevos públicos” (como políticamente los llamamos), o acercar la poesía a los potenciales lectores, lo que hacen es mostrar a los escritores como animales divinos, sentarlos en una mesa y ponerlos a leer cosas que para el común de los mortales son inentendibles –y hay que decirlo: aburridas-. La gran mayoría de estos eventos carece de humildad y claro, también de público. Los lectores acuden casi siempre a una fiesta privada a la que, por lo que se ve, no están invitados. El poeta lee, responde un par de preguntas, luego firma algunos libros y al final regresa con sus colegas y sale del recinto rumbo a la parranda nocturna que los espera. Otra vez el círculo vicioso: los festivales y los encuentros de poesía son para los poetas, ahí ellos se re-conocen, se odian, se aman, se leen, evitan leerse, se aplauden, se critican, pero sí: entre ellos.

¿Dónde está la poesía entonces? En el poema. No en todos, claro. Pero encontrarla es como buscar la aguja del pajar. No es que el poeta hoy esté subordinado a la poesía, sino que la poesía, hoy, se subordina a los caprichos del poeta, a su ego, a sus amistades, a las necesidades sociales, histéricas de sus coetáneos. La poesía pareciera la mujer sobria que busca escapar de aquel bacanal de adolescentes donde lo que importa es ver quién se pone borracho primero.

En fin, éstas son mis conjeturas. La finalidad de esta nota es precisamente empezar a ponerlas en duda. Dejo a continuación una serie de preguntas que constituye una encuesta que realizaré para reunir los datos y la información suficientes para hacer un artículo sobre el tema de la poesía y sus lectores en México. Quien sea puede contestar el cuestionario, aunque me gustaría que la mayoría de los encuestados fueran lectores “comunes y corrientes”, alejados del círculo literario.

 

Puedes enviar las respuestas a mi correo: agustinsolorzano@semich.com.mx

1.- ¿Lees poesía?

2.- ¿Has leído poesía mexicana?, ¿podrías mencionar algún autor?

3.- ¿Quién es tu poeta mexicano favorito?

4.- ¿Has leído poesía mexicana reciente –escrita de 1990 a la fecha-?

5.- ¿Cuántos libros de poesía tienes en casa aproximadamente?

6.- ¿Cuántos libros de poesía lees al año aproximadamente?

7.- ¿Cuánto estarías dispuesto a gastar en un libro de poesía –mexicana, actual-?

8.- ¿Qué poetas mexicanos actuales –vivos- recomendarías leer?

9.- ¿Qué libros de poesía –de mexicanos vivos- recomendarías leer?

10.- ¿Podrías mencionar 5 editoriales que publiquen poesía en nuestro país?

11.- ¿Podrías mencionar un poema que te haya marcado, cuál sería?

12.- ¿Cuántos años tienes?

13.- ¿A qué te dedicas?

14.- ¿Has asistido a algún evento literario –lectura, presentación de libro, charla-?

15.- ¿Cómo te has sentido en esos eventos?

16.- ¿Qué propondrías para mejorar este tipo de actividades?

17.- ¿Qué propondrías para que los libros de poesía llegaran a más lectores?

18.- Qué debería hacer el escritor para acercar su obra a más lectores?

 

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Ensayo

Ensayo sobre la esperanza

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Por: Selene Maldonado López

La esperanza es un insecto, avanza por el haz de una hoja, llega al borde para enseguida continuar por el envés esperando encontrar algo vital. La recorre hasta llegar al otro extremo y al no encontrar nada, sus esperanzas caducan por un segundo. Avanza por otro camino mientras se van dilatando de nuevo sus esperanzas. Porque la esperanza siempre está presente, es instinto, es movimiento.

Pero la esperanza también es duda, por lo que Spinoza dice, es una alegría insegura, y agrega que su fundamento es la certeza de que no hay orden en el universo que habitamos. Formamos parte de un mundo arrojado al caos, a la incertidumbre. Pero esa incertidumbre tiene ritmo, tiene armonía. Si el orden se cumpliera, no se esperaría.

Es un lago donde se decantan todas las tristezas, de modo que siguen ahí, pero solo si te sumerges. Melancolía gozosa, virtud, deseo. Entusiasmo que espera. Significa que existe un ideal. Nos hace vivir a pesar de todo. Es por eso que se han formulado fábricas de ideales, invención de deseos que le llenan la boca y los ojos a las masas, saturan nuestros sentidos. Creadora de sonámbulos. Esperanza que condena por más de una razón. Porque no hay desesperanza real sin la esperanza. La desesperación, la peor de las prisiones. Estar en un pozo muy profundo desde donde ves todo el tiempo la salida que no logras alcanzar, aún.

Porque todos esperamos. La espera requiere técnica, método. Ella espera que después de ésta aspiración su cigarro siga existiendo. Él espera su llegada. La ciencia vive de la esperanza de encontrar la verdad. El cristiano vierte sus esperanzas en la oración. La victima en su deseo de venganza. El victimario en su poder. Porque espera significa deseo, necesidad. El que se sabe culpable espera el perdón. Es un arma de un dios que miente. Ancla del alma. La esperanza viene de la promesa. Le da temple a la vida del hombre. ¿Un futuro mejor que el presente? Significa algo mejorable. Tú esperas porque crees en la posibilidad. El desahuciado espera la muerte. La esperanza de un nuevo comienzo, cuando en realidad somos continuidad.

¿Qué estoy autorizada esperar? eso depende de tu geografía.

Es verbo, es sensación, es un lugar. Es un estado de la existencia.

Es un sustantivo femenino, por lo tanto es incubadora de vida, creadora de energía. Es una mujer descalza que anda de puntillas por la tierra húmeda, avanza cautelosa  trazando el camino.

El todo es más que la suma de sus partes y ese todo puede ser la esperanza. Lo que llena el vacío entre la materia que nunca se toca. Es vida misma. Un medio de la evolución para perpetuar el deseo de estar vivos, a pesar de todo. Porque la esperanza es lo último que muere.

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Ensayo

Caer hacia uno mismo o, ¿para qué le sirve la literatura a Adriana Dorantes?

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Por: Gerardo Farías

Si el mundo fuese claro no existiría el arte.- Albert Camus

Hay una autora brasileña que no mucha gente conoce. Su nombre es Clarice Lispector. Cuando entré a la maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Guanajuato (allá por el 2011), hubo una clase en la que analizaríamos la obra de Lispector. Sólo Adriana la conocía. Y no sólo la conocía, era fan. A casi nadie le gustó la brasileña porque era muy intimista, poco narrativa, no había historias en sus libros: no había trama y no había acciones. Sus “novelas” tenían sólo un personaje: yo, yo, yo. Pero recuerdo que al leerla, me daban muchas granas de estar subrayando las copias (porque claro, los libros de la autora intimista-brasileña-que-no-cuenta-historias eran muy difíciles de conseguir y caros; había que leer copias)… Decía, me daban ganas de subrayar porque tenía frases muy buenas. Frases matonas. Era poesía puesta en prosa. Y con mucho de filosofía.

Creo que es posible llegar a conocer a las personas, y más a los escritores, por lo que leen, a veces de una mejor forma que por lo que escriben. Así me pasó con Adriana. Con ella aprendí a leer a Rosario Castellanos, a Sylvia Plath, a Xavier Villaurrutia, y a Clarice Lispector, entre otros. Y con ellos, aprendí de qué iba su propia literatura. Aprendí que hay un valor vivencial muy valioso en la literatura azotada. Disculpen, si la palabra “azotada” no figura en los términos literarios acostumbrados. Explico: la literatura azotada es aquella que en un principio parece estar solamente quejándose. Pero no se engañen, siempre hay algo más detrás de la queja. A la literatura azotada, los académicos y los escritores que se toman muy en serio le llaman literatura existencialista. Se oye mejor. Gracias a Adriana, aprendí a disfrutar de este tipo de literatura. Porque hay algo fundamental en la azotadera con lo que todos nos podemos identificar: estar vivo es difícil. Nacemos sin saber nada de la vida y vamos a tientas tratando de encontrar la cura a esta herida enorme. Nacemos despojados. La mayoría de la gente dice que hay una cura y le llaman: felicidad. Pero no la venden en las farmacias. O, bueno, quizás.

Pensándolo bien, de hecho la venden en todos lados. Hay gente que compra su felicidad en las vinaterías, en los cines, en los grupos de autoayuda, en las iglesias, en el matrimonio, en los negocios, en las escuelas, con el aguinaldo, con la jubilación, con los hijos, con las mascotas. A veces es gratis, como en los Viernes de Escritores. El problema de esta medicina, la felicidad, es que siempre se nos acaba muy pronto. Hay que seguirle buscando, nunca estamos satisfechos. Hay aquí una gran paradoja. Si estuviéramos plenamente satisfechos, nos moriríamos. Y la muerte nos deprime: ¿ven?, la tristeza está en todos lados, nos acecha, y llega sin darnos cuenta, sin pedirla. A la felicidad hay que andarla correteando. ¿Cierto? Si están de acuerdo, entonces he logrado comprobar esta pequeña verdad: todos somos algo azotados. Y está bien. Porque darse cuenta de esta gran idea triste, nos pone en movimiento, nos hace esforzarnos. O al menos, nos paraliza…  y eso sirve para pensar. Pensar, por ejemplo, en esta pregunta: ¿para qué hacemos las cosas que hacemos todos los días?

Antes de empezar a escribir este texto, me puse a hojear las copias que todavía tengo del libro de Clarice Lispector, la escritora-brasileña-intimista-que-no-hace-historias. Y al hacerlo, encontré una frase que anoté en una hoja del engargolado. No sé si esa frase la leí en la “novela” o si se la escuché a Adriana, pero me hizo pensar en Adriana y su relación con la literatura. La frase, subrayable, matona, que valdría la pena compartir en Twitter o en Facebook, es ésta:

“Lo que estoy escribiendo no es para leer, es para ser”

Y entonces, dije, ¡claro! De eso se trata. De eso se trata todo esto: de escribir para ser. La lectura es un daño colateral, algo casi como un accidente. Lo importante es buscarse sin saber qué se va a encontrar. Esta frase de Lispector es una vuelta de tuerca a otra frase mucho más famosa, de Cortázar, esa sí muy conocida, hipertwiteable y ultraposteada en Facebook: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. El escritor, al contrario de los personajes de Rayuela, siempre anda buscando y no sabe qué va a encontrar. Lo que buscamos siempre es a nosotros mismos. Pero esa búsqueda nunca termina. Pues nosotros nunca somos los mismos.

Adriana me enseñó con sus recomendaciones y con sus escritos que para eso sirve el desasosiego, la zozobra, el azote: para encontrarnos.

Adriana Dorantes siempre ha escrito con esa idea muy clara. Quizás para sus sinodales y su asesora de tesis, esa idea no estaba tan clara en su proyecto de investigación. Quizás esa idea no estaba tan clara para los jurados de los premios y las becas que Adriana no ha ganado. Pero ella siempre lo ha tenido claro, y por eso me da mucho gusto que haya venido a Morelia con su tercer libro publicado.

Para ser escritor, no hay que ganarse premios ni ser parte del Sistema Nacional de Creadores o tener una beca del FONCA. Claro, ayudan mucho. A nadie le molestaría ganar algo de dinero por hacer lo que le fascina. Eso creo. Pero lo realmente importante, la prueba de fuego, es la terquedad. A pesar de las contrariedades, hay que seguir haciéndolo. Un día tras otro. Y eso es muy respetable y, sobre todo, inspirador. Adriana es una de las escritoras más tercas que conozco. Insiste e insiste en cargar su piedra hasta la cima de la montaña, sí, como Sísifo, y no le importa ver caer la piedra una y otra vez para bajar de nuevo porque ella lo hace sonriendo, a pesar de todo.

 

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EnsayoMisceláneo

Lectores y bibliófilos: mi experiencia como librera

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Por Berenice Hernández

Desde que era una niña me gustaron los libros. Lo he dicho siempre: tenía una fascinación por aquellos que hablaran de científicos famosos, de experimentos y de niños que tenían que enfrentar problemas y resolverlos con ingenio. Me sentía identificada con Tom Sawyer y estaba enamorada de Galileo Galilei a los nueve años. A pesar de mi gusto por la lectura, eran pocos los ejemplares que tenía en mi biblioteca, así que leía y releía las enciclopedias que mi padre tenía en su librero y me emocionaba cuando respondía correctamente los “¿Sabías qué?” y las trivias que incluían algunas de ellas. Ya en secundaria, mi hambre lectora se fue saciando con libros prestados y textos escolares, al igual que en la preparatoria, donde pasé mucho de mi tiempo encerrada en la biblioteca leyendo, escribiendo o haciendo tareas.

Con el tiempo y la educación que me dieron en la escuela y en casa comprendí que los libros y la lectura pueden dejarte un gran sabor de boca y un conocimiento infinito, pero también tienen su lado oscuro: gracias a ellos se plantaron frente a mí algunos problemas que ni el más quijotesco personaje podría ayudarme a resolver, o quizá simplemente en aquellas ocasiones no tenía ni la fuerza ni la valentía suficientes para enfrentarlos. Ahora pienso que si hubiera sido Jean Valjean mis problemas serían otros.

Después de la universidad comencé a trabajar en una librería donde me sentí arropada. Quien es lector sabe que tener montones de estantes, libros alrededor y conocer gente con quien compartir las lecturas es lo máximo. Supongo que algo igual lo han de pasar los pamboleros o los coleccionistas de sellos postales, pero la cosa es que no conozco a ninguno. Pues bien, durante mi estancia en la librería aprendí más de lo que mi cerebro hubiera querido almacenar: conocí desde niños a los que no los dejaban ver los libros, hasta profesores de historia del arte que los tocaban como un entomólogo acariciando a sus insectos.

Tras meses ahí, me fui acostumbrando a que llegaran clientes que no saben identificar lo que es una librería. El problema de la poca lectura en México se dejaba ver en pequeños detalles como ese: entraban preguntando si había copias, lapiceros y hojas de colores. Incluso una vez un hombre me preguntó si vendía candelabros. Por increíble o cómico que parezca, situaciones así hablan del desconocimiento que se tiene en cuanto a la función “real” de una librería y más aún de un libro.

Se cree, de manera equivocada, que librería y papelería son sinónimos y que esta última tiene fines más “prácticos” para la vida. Enfrentarse al mundo con unas tijeras en la mano siempre será más funcional que conocer la Tarumba de Sabines o los Hombres necios de Sor Juana.

Las ventajas de un trabajo como el que tuve (hace unos meses ya no laboro ahí) son muchas, además de la posibilidad de leer los ejemplares que por economía te resulta imposible adquirir. Pude ayudar y lo digo sin presunción, a mucha gente que no tenía idea de lo que estaba buscando pero su mente le “exigía” leer. Pude completar bibliografías que algunos clientes requerían para sus tesis o colecciones, y pude ayudarme a mí misma a saber en qué quería enfocar mi conocimiento literario. Supe, gracias a tantos y tantos clientes que se atravesaban en mi camino, que eso de los spots a favor de la lectura, que más que invitar te enjuician por no saber leer o no hacerlo, es igual a gritarle a un mueble que se acaba de plantar enfrente tuyo y te impide el paso. Los no lectores hacen oídos sordos a las peroratas que “los otros” les hacemos. Ni el maestro ni los padres ni los libreros podemos obligarlos a que se apasionen con algo que no les llama la atención en lo más mínimo. Y es que sí, si dejamos de lado el toque mágico y cursi que se le da a la lectura, en afán de ser más objetivos nos daremos cuenta que “ellos” nos ven como individuos con mucho tiempo de vida desperdiciado en hojas y hojas llenas de tinta.

Leer, también lo aprendí, no nos hace ni mejores ni peores personas. Tuve clientes muy ricos que gastaban más de 2mil pesos en una visita a la librería y sin embargo de su boca no salió un “buenos días” o un “gracias”. Otros que, por ejemplo, llegaban con aires de eruditos y exigían que mis lecturas fueran las mismas que las suyas, que mis conocimientos y los suyos partieran de un solo cerebro bifurcado. Y hubo los peores (porque las cosas siempre pueden ir de mal en peor, diría Rulfo), aquellos lectores frustrados que no estaban interesados en hablar con una empleada que además era mujer, que además no era la dueña, que además no sabía lo mismo que ellos y que para colmo no estaba autorizada a hacer rebajas. La misoginia y el clasismo se vivían más de una vez al día en aquel lugar, a pesar de la imagen culta y respetuosa que se ha querido vender de los lectores.

Hay algo que nadie menciona respecto a las librerías y que Héctor Yánover, considerado por muchos el mejor librero del mundo, aclara muy bien en sus Memorias: lo que menos puede hacer un librero es leer, y al igual que el caso de la papelería, librero y vendedor de libros no funcionan como sinónimos. Muchos podrán considerar que son la misma cosa y su papel en la librería no tiene razón de ser: las portadas, los autores y las contraportadas nos lo dicen todo, así que no necesitamos que un sujeto que dice saber de libros venga y nos presuma sus conocimientos, al contrario, su presencia altera el orden natural de la visita a la librería. Esto quizá suceda más frecuentemente con los vendedores. Para ellos vender libros o empanadas es lo mismo. Pero se les olvida que el cerebro y el estómago son órganos diferentes. Lo importante para ellos es sacar la mayor cantidad de dinero posible al día. Esto también pude aprenderlo observando el trabajo de “la competencia” y las reacciones de los clientes. Hay librerías que tratan a sus ejemplares como si fueran cacharros, y lo mismo sucede con casas editoriales que se dedican a ofrecer libros que no tienen calidad ni en forma ni en contenido.

El papel del librero, ese ente que sabe adivinar qué cosa buscas desde que entras, es mucho más complejo que el del vendedor. Un librero antepone la satisfacción del cliente a la ganancia. El librero, al igual que “Mendel el de los libros”, del afamado Stefan Zweig, se apasiona y emprende la búsqueda de los ejemplares precisos que sabe necesita su lector. Lo atiende bien porque comparte con él un vínculo más allá de una transacción monetaria: se identifica, se refleja en aquel que tiene hambre voraz de conocimiento y de papeles, aunque a estas alturas esas personas son las menos.

El interés por la lectura (el librero y el vendedor y las casas editoriales lo saben) ha ido en detrimento de una manera tan rápida que basta dar una vuelta a la página para darnos cuenta de que estamos produciendo más de lo que se puede consumir. Hay tantos libros en el mundo para tan pocos lectores, ya sea por analfabetismo real o funcional (los peores, según mi opinión) que probablemente millones de ejemplares nunca verán abiertas sus hojas gracias a que nosotros y las campañas de fomento a la lectura ignoraremos ese detalle.

Si algo extrañaré de haber cruzado ese sendero será descubrir quién está detrás de la creación y distribución de libros, y las experiencias que me llevé luego de un año de leer, seleccionar, etiquetar, acomodar y sacudir ejemplares que muy probablemente se llenarán de polvo y morirán en las bocas hambrientas de las polillas. Porque la situación es trágica: cada vez hay menos lectores por placer, y más polillas que se intentan alimentar de la lectura.

 

Texto publicado en la Revista “Archipiélago de canteras”, #26 Verano de 2016

 

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