close

Ensayo

Ensayo

Ensayo sobre la esperanza

mark-olsen-231157

Por: Selene Maldonado López

La esperanza es un insecto, avanza por el haz de una hoja, llega al borde para enseguida continuar por el envés esperando encontrar algo vital. La recorre hasta llegar al otro extremo y al no encontrar nada, sus esperanzas caducan por un segundo. Avanza por otro camino mientras se van dilatando de nuevo sus esperanzas. Porque la esperanza siempre está presente, es instinto, es movimiento.

Pero la esperanza también es duda, por lo que Spinoza dice, es una alegría insegura, y agrega que su fundamento es la certeza de que no hay orden en el universo que habitamos. Formamos parte de un mundo arrojado al caos, a la incertidumbre. Pero esa incertidumbre tiene ritmo, tiene armonía. Si el orden se cumpliera, no se esperaría.

Es un lago donde se decantan todas las tristezas, de modo que siguen ahí, pero solo si te sumerges. Melancolía gozosa, virtud, deseo. Entusiasmo que espera. Significa que existe un ideal. Nos hace vivir a pesar de todo. Es por eso que se han formulado fábricas de ideales, invención de deseos que le llenan la boca y los ojos a las masas, saturan nuestros sentidos. Creadora de sonámbulos. Esperanza que condena por más de una razón. Porque no hay desesperanza real sin la esperanza. La desesperación, la peor de las prisiones. Estar en un pozo muy profundo desde donde ves todo el tiempo la salida que no logras alcanzar, aún.

Porque todos esperamos. La espera requiere técnica, método. Ella espera que después de ésta aspiración su cigarro siga existiendo. Él espera su llegada. La ciencia vive de la esperanza de encontrar la verdad. El cristiano vierte sus esperanzas en la oración. La victima en su deseo de venganza. El victimario en su poder. Porque espera significa deseo, necesidad. El que se sabe culpable espera el perdón. Es un arma de un dios que miente. Ancla del alma. La esperanza viene de la promesa. Le da temple a la vida del hombre. ¿Un futuro mejor que el presente? Significa algo mejorable. Tú esperas porque crees en la posibilidad. El desahuciado espera la muerte. La esperanza de un nuevo comienzo, cuando en realidad somos continuidad.

¿Qué estoy autorizada esperar? eso depende de tu geografía.

Es verbo, es sensación, es un lugar. Es un estado de la existencia.

Es un sustantivo femenino, por lo tanto es incubadora de vida, creadora de energía. Es una mujer descalza que anda de puntillas por la tierra húmeda, avanza cautelosa  trazando el camino.

El todo es más que la suma de sus partes y ese todo puede ser la esperanza. Lo que llena el vacío entre la materia que nunca se toca. Es vida misma. Un medio de la evolución para perpetuar el deseo de estar vivos, a pesar de todo. Porque la esperanza es lo último que muere.

Leer más
Ensayo

Caer hacia uno mismo o, ¿para qué le sirve la literatura a Adriana Dorantes?

clarice

Por: Gerardo Farías

Si el mundo fuese claro no existiría el arte.- Albert Camus

Hay una autora brasileña que no mucha gente conoce. Su nombre es Clarice Lispector. Cuando entré a la maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Guanajuato (allá por el 2011), hubo una clase en la que analizaríamos la obra de Lispector. Sólo Adriana la conocía. Y no sólo la conocía, era fan. A casi nadie le gustó la brasileña porque era muy intimista, poco narrativa, no había historias en sus libros: no había trama y no había acciones. Sus “novelas” tenían sólo un personaje: yo, yo, yo. Pero recuerdo que al leerla, me daban muchas granas de estar subrayando las copias (porque claro, los libros de la autora intimista-brasileña-que-no-cuenta-historias eran muy difíciles de conseguir y caros; había que leer copias)… Decía, me daban ganas de subrayar porque tenía frases muy buenas. Frases matonas. Era poesía puesta en prosa. Y con mucho de filosofía.

Creo que es posible llegar a conocer a las personas, y más a los escritores, por lo que leen, a veces de una mejor forma que por lo que escriben. Así me pasó con Adriana. Con ella aprendí a leer a Rosario Castellanos, a Sylvia Plath, a Xavier Villaurrutia, y a Clarice Lispector, entre otros. Y con ellos, aprendí de qué iba su propia literatura. Aprendí que hay un valor vivencial muy valioso en la literatura azotada. Disculpen, si la palabra “azotada” no figura en los términos literarios acostumbrados. Explico: la literatura azotada es aquella que en un principio parece estar solamente quejándose. Pero no se engañen, siempre hay algo más detrás de la queja. A la literatura azotada, los académicos y los escritores que se toman muy en serio le llaman literatura existencialista. Se oye mejor. Gracias a Adriana, aprendí a disfrutar de este tipo de literatura. Porque hay algo fundamental en la azotadera con lo que todos nos podemos identificar: estar vivo es difícil. Nacemos sin saber nada de la vida y vamos a tientas tratando de encontrar la cura a esta herida enorme. Nacemos despojados. La mayoría de la gente dice que hay una cura y le llaman: felicidad. Pero no la venden en las farmacias. O, bueno, quizás.

Pensándolo bien, de hecho la venden en todos lados. Hay gente que compra su felicidad en las vinaterías, en los cines, en los grupos de autoayuda, en las iglesias, en el matrimonio, en los negocios, en las escuelas, con el aguinaldo, con la jubilación, con los hijos, con las mascotas. A veces es gratis, como en los Viernes de Escritores. El problema de esta medicina, la felicidad, es que siempre se nos acaba muy pronto. Hay que seguirle buscando, nunca estamos satisfechos. Hay aquí una gran paradoja. Si estuviéramos plenamente satisfechos, nos moriríamos. Y la muerte nos deprime: ¿ven?, la tristeza está en todos lados, nos acecha, y llega sin darnos cuenta, sin pedirla. A la felicidad hay que andarla correteando. ¿Cierto? Si están de acuerdo, entonces he logrado comprobar esta pequeña verdad: todos somos algo azotados. Y está bien. Porque darse cuenta de esta gran idea triste, nos pone en movimiento, nos hace esforzarnos. O al menos, nos paraliza…  y eso sirve para pensar. Pensar, por ejemplo, en esta pregunta: ¿para qué hacemos las cosas que hacemos todos los días?

Antes de empezar a escribir este texto, me puse a hojear las copias que todavía tengo del libro de Clarice Lispector, la escritora-brasileña-intimista-que-no-hace-historias. Y al hacerlo, encontré una frase que anoté en una hoja del engargolado. No sé si esa frase la leí en la “novela” o si se la escuché a Adriana, pero me hizo pensar en Adriana y su relación con la literatura. La frase, subrayable, matona, que valdría la pena compartir en Twitter o en Facebook, es ésta:

“Lo que estoy escribiendo no es para leer, es para ser”

Y entonces, dije, ¡claro! De eso se trata. De eso se trata todo esto: de escribir para ser. La lectura es un daño colateral, algo casi como un accidente. Lo importante es buscarse sin saber qué se va a encontrar. Esta frase de Lispector es una vuelta de tuerca a otra frase mucho más famosa, de Cortázar, esa sí muy conocida, hipertwiteable y ultraposteada en Facebook: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. El escritor, al contrario de los personajes de Rayuela, siempre anda buscando y no sabe qué va a encontrar. Lo que buscamos siempre es a nosotros mismos. Pero esa búsqueda nunca termina. Pues nosotros nunca somos los mismos.

Adriana me enseñó con sus recomendaciones y con sus escritos que para eso sirve el desasosiego, la zozobra, el azote: para encontrarnos.

Adriana Dorantes siempre ha escrito con esa idea muy clara. Quizás para sus sinodales y su asesora de tesis, esa idea no estaba tan clara en su proyecto de investigación. Quizás esa idea no estaba tan clara para los jurados de los premios y las becas que Adriana no ha ganado. Pero ella siempre lo ha tenido claro, y por eso me da mucho gusto que haya venido a Morelia con su tercer libro publicado.

Para ser escritor, no hay que ganarse premios ni ser parte del Sistema Nacional de Creadores o tener una beca del FONCA. Claro, ayudan mucho. A nadie le molestaría ganar algo de dinero por hacer lo que le fascina. Eso creo. Pero lo realmente importante, la prueba de fuego, es la terquedad. A pesar de las contrariedades, hay que seguir haciéndolo. Un día tras otro. Y eso es muy respetable y, sobre todo, inspirador. Adriana es una de las escritoras más tercas que conozco. Insiste e insiste en cargar su piedra hasta la cima de la montaña, sí, como Sísifo, y no le importa ver caer la piedra una y otra vez para bajar de nuevo porque ella lo hace sonriendo, a pesar de todo.

 

Leer más
EnsayoMisceláneo

Lectores y bibliófilos: mi experiencia como librera

Lectores-y-Bibliofilos

Por Berenice Hernández

Desde que era una niña me gustaron los libros. Lo he dicho siempre: tenía una fascinación por aquellos que hablaran de científicos famosos, de experimentos y de niños que tenían que enfrentar problemas y resolverlos con ingenio. Me sentía identificada con Tom Sawyer y estaba enamorada de Galileo Galilei a los nueve años. A pesar de mi gusto por la lectura, eran pocos los ejemplares que tenía en mi biblioteca, así que leía y releía las enciclopedias que mi padre tenía en su librero y me emocionaba cuando respondía correctamente los “¿Sabías qué?” y las trivias que incluían algunas de ellas. Ya en secundaria, mi hambre lectora se fue saciando con libros prestados y textos escolares, al igual que en la preparatoria, donde pasé mucho de mi tiempo encerrada en la biblioteca leyendo, escribiendo o haciendo tareas.

Con el tiempo y la educación que me dieron en la escuela y en casa comprendí que los libros y la lectura pueden dejarte un gran sabor de boca y un conocimiento infinito, pero también tienen su lado oscuro: gracias a ellos se plantaron frente a mí algunos problemas que ni el más quijotesco personaje podría ayudarme a resolver, o quizá simplemente en aquellas ocasiones no tenía ni la fuerza ni la valentía suficientes para enfrentarlos. Ahora pienso que si hubiera sido Jean Valjean mis problemas serían otros.

Después de la universidad comencé a trabajar en una librería donde me sentí arropada. Quien es lector sabe que tener montones de estantes, libros alrededor y conocer gente con quien compartir las lecturas es lo máximo. Supongo que algo igual lo han de pasar los pamboleros o los coleccionistas de sellos postales, pero la cosa es que no conozco a ninguno. Pues bien, durante mi estancia en la librería aprendí más de lo que mi cerebro hubiera querido almacenar: conocí desde niños a los que no los dejaban ver los libros, hasta profesores de historia del arte que los tocaban como un entomólogo acariciando a sus insectos.

Tras meses ahí, me fui acostumbrando a que llegaran clientes que no saben identificar lo que es una librería. El problema de la poca lectura en México se dejaba ver en pequeños detalles como ese: entraban preguntando si había copias, lapiceros y hojas de colores. Incluso una vez un hombre me preguntó si vendía candelabros. Por increíble o cómico que parezca, situaciones así hablan del desconocimiento que se tiene en cuanto a la función “real” de una librería y más aún de un libro.

Se cree, de manera equivocada, que librería y papelería son sinónimos y que esta última tiene fines más “prácticos” para la vida. Enfrentarse al mundo con unas tijeras en la mano siempre será más funcional que conocer la Tarumba de Sabines o los Hombres necios de Sor Juana.

Las ventajas de un trabajo como el que tuve (hace unos meses ya no laboro ahí) son muchas, además de la posibilidad de leer los ejemplares que por economía te resulta imposible adquirir. Pude ayudar y lo digo sin presunción, a mucha gente que no tenía idea de lo que estaba buscando pero su mente le “exigía” leer. Pude completar bibliografías que algunos clientes requerían para sus tesis o colecciones, y pude ayudarme a mí misma a saber en qué quería enfocar mi conocimiento literario. Supe, gracias a tantos y tantos clientes que se atravesaban en mi camino, que eso de los spots a favor de la lectura, que más que invitar te enjuician por no saber leer o no hacerlo, es igual a gritarle a un mueble que se acaba de plantar enfrente tuyo y te impide el paso. Los no lectores hacen oídos sordos a las peroratas que “los otros” les hacemos. Ni el maestro ni los padres ni los libreros podemos obligarlos a que se apasionen con algo que no les llama la atención en lo más mínimo. Y es que sí, si dejamos de lado el toque mágico y cursi que se le da a la lectura, en afán de ser más objetivos nos daremos cuenta que “ellos” nos ven como individuos con mucho tiempo de vida desperdiciado en hojas y hojas llenas de tinta.

Leer, también lo aprendí, no nos hace ni mejores ni peores personas. Tuve clientes muy ricos que gastaban más de 2mil pesos en una visita a la librería y sin embargo de su boca no salió un “buenos días” o un “gracias”. Otros que, por ejemplo, llegaban con aires de eruditos y exigían que mis lecturas fueran las mismas que las suyas, que mis conocimientos y los suyos partieran de un solo cerebro bifurcado. Y hubo los peores (porque las cosas siempre pueden ir de mal en peor, diría Rulfo), aquellos lectores frustrados que no estaban interesados en hablar con una empleada que además era mujer, que además no era la dueña, que además no sabía lo mismo que ellos y que para colmo no estaba autorizada a hacer rebajas. La misoginia y el clasismo se vivían más de una vez al día en aquel lugar, a pesar de la imagen culta y respetuosa que se ha querido vender de los lectores.

Hay algo que nadie menciona respecto a las librerías y que Héctor Yánover, considerado por muchos el mejor librero del mundo, aclara muy bien en sus Memorias: lo que menos puede hacer un librero es leer, y al igual que el caso de la papelería, librero y vendedor de libros no funcionan como sinónimos. Muchos podrán considerar que son la misma cosa y su papel en la librería no tiene razón de ser: las portadas, los autores y las contraportadas nos lo dicen todo, así que no necesitamos que un sujeto que dice saber de libros venga y nos presuma sus conocimientos, al contrario, su presencia altera el orden natural de la visita a la librería. Esto quizá suceda más frecuentemente con los vendedores. Para ellos vender libros o empanadas es lo mismo. Pero se les olvida que el cerebro y el estómago son órganos diferentes. Lo importante para ellos es sacar la mayor cantidad de dinero posible al día. Esto también pude aprenderlo observando el trabajo de “la competencia” y las reacciones de los clientes. Hay librerías que tratan a sus ejemplares como si fueran cacharros, y lo mismo sucede con casas editoriales que se dedican a ofrecer libros que no tienen calidad ni en forma ni en contenido.

El papel del librero, ese ente que sabe adivinar qué cosa buscas desde que entras, es mucho más complejo que el del vendedor. Un librero antepone la satisfacción del cliente a la ganancia. El librero, al igual que “Mendel el de los libros”, del afamado Stefan Zweig, se apasiona y emprende la búsqueda de los ejemplares precisos que sabe necesita su lector. Lo atiende bien porque comparte con él un vínculo más allá de una transacción monetaria: se identifica, se refleja en aquel que tiene hambre voraz de conocimiento y de papeles, aunque a estas alturas esas personas son las menos.

El interés por la lectura (el librero y el vendedor y las casas editoriales lo saben) ha ido en detrimento de una manera tan rápida que basta dar una vuelta a la página para darnos cuenta de que estamos produciendo más de lo que se puede consumir. Hay tantos libros en el mundo para tan pocos lectores, ya sea por analfabetismo real o funcional (los peores, según mi opinión) que probablemente millones de ejemplares nunca verán abiertas sus hojas gracias a que nosotros y las campañas de fomento a la lectura ignoraremos ese detalle.

Si algo extrañaré de haber cruzado ese sendero será descubrir quién está detrás de la creación y distribución de libros, y las experiencias que me llevé luego de un año de leer, seleccionar, etiquetar, acomodar y sacudir ejemplares que muy probablemente se llenarán de polvo y morirán en las bocas hambrientas de las polillas. Porque la situación es trágica: cada vez hay menos lectores por placer, y más polillas que se intentan alimentar de la lectura.

 

Texto publicado en la Revista “Archipiélago de canteras”, #26 Verano de 2016

 

Leer más
1 2
Page 2 of 2