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Monociclos: Antología de Monólogos para teatro

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Por: Luis Bracamontes

En este mes del orgullo LGBTQ, he decidido publicar mi primera antología de monólogos para teatro “Monociclos” de manera completamente gratuita. Este proyecto fue escrito en un lapso de cinco años, entre el 2013 y el 2018. Estos unipersonales de teatro abordan temas sobre la condición humana y viajes de transformación y cada pieza habla de un escalón de la condición humana en la pirámide de necesidades de Maslow.
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Las historias fueron escritas para habitar en un mismo universo y se entrelazan entre ellas de maneras sutiles pero que a la vez se sostienen por su cuenta. Y cada escrito fue un proceso de aprendizaje e introspección que llevó a plasmar estas palabras en las historias de cinco personajes que encuentran en la meditación de sus soliloquios un vistazo a todas las versiones de sí mismos en las que se pueden convertir.
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He decidido publicar en línea de manera gratuita para invitar a compañías y colectivos teatrales a abrir espacios de diálogo para la diversidad a través de sus textos.
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 Monociclos: Monólogos de transformación y ciclos viciosos
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1. Caminando Bajo la Lluvia
2. Víktor: Silencios que Asfixian
3. El Jardín de las Medusas
4. Cazando Nubes
5. Circo de Pulgas
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“Monociclos” puede ser descargado en el siguiente link: http://ge.tt/5sLRvEq2
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MisceláneoNarrativa

Algunas minificciones de Inventario del crimen

inventariodelcrimen

Por: Gerardo Farías

 

Esta selección de minificciones forma parte del libro Inventario del crimen, publicado por Diablura Ediciones y la Sociedad de Escritores Michoacanos. Estos textos breves fueron escogidos por la Universidad de Nanterre-La Defensé de París para aparecer en el libro electrónico “Lectures su Mexique 2“. Aquí les compartimos el link para que conozcan esta traducción y la de otros escritores seleccionados: Lectures d’ailleurs

 

 

Vocaciones

I

El niño quería ser artista, pero fue educado por narcos. Entonces, pintó todo su país de rojo.

 

II

El hacedor de pájaros renegaba de la falta de disciplina de sus alumnos. Tiraba todas sus malas creaciones a la basura. ¡Así no se hace un pájaro! Les gritaba.

Los aprendices iban luego al basurero y rescataban a sus pingüinos, pavorreales, gallinas y avestruces.

 

III

Se hacía pasar por un pordiosero. Su enorme joroba provocaba asombro y lástima: todos los peatones siempre le daban algo.

En la noche, cuando llegaba a su humilde hogar bajo el puente, se quitaba la gruesa gabardina de encima y estiraba sus alas de tres metros; sentía alivio después de tenerlas todo el día hechas bola.

«Sigo cumpliendo con mi tarea y nada ha cambiado», dice todas las noches mientras mira el cielo, como reclamando, pero no recibe respuesta alguna.

 

IV

Quería ser un poeta de verdad: escupir versos, cagar metáforas, exprimirse sonetos de la cara. Pero en lugar de eso, escupía gargajos, cagaba mierda y se exprimía espinillas de la cara: su verdadera vocación era ser un hombre común y corriente.

 

Ajedrez correccional

En una cultura recóndita se dice que existió este castigo sádico para los agresores sexuales. Cada vez que un oponente perdía una de sus piezas, un verdugo le cortaba una parte de su cuerpo, la cual debía ser análoga al tipo de pieza perdida. El rey, por supuesto, era la cabeza; las torres, las piernas; los caballos, los brazos; los peones, los dedos de la mano; y la reina, un ojo, la lengua o una oreja, el jugador podía escoger.

Sin embargo, el público celebraba con especial algarabía cuando alguien perdía un alfil.

 

Deseos

Dejaba abierta la ventana por la noche. Esperaba que Peter Pan entrara y se la llevara para ser siempre una niña. Una noche, por fin, alguien entró. Y ella jamás regresó al país de la infancia.

 

Entramado

El torero es un descendiente de Teseo, pero es el toro el que busca su hilo de Ariadna para poder salir del laberinto.

 

Maniquí

Ya había pasado su adolescencia y nada. Había cruzado la barrera de los treinta y nada. No tenía novia ni dinero ni amigos. Las muñecas inflables aún no se inventaban. Era hacer esto o suicidarse.

Usó un serrucho para abrir la hendidura necesaria. La desesperación de una virginidad tan prolongada le nubló la lógica. Olvidó pulir los bordes.

Se desangró unas horas después de su único y fantástico orgasmo.

 

Arte en el siglo XXI

Le dijeron que para el posmoderno todo era válido, que podía reciclar lo que quisiera. Era pintor de media brocha pero también poeta frustrado y un pésimo músico.

Compró un delfín en el mercado negro y lo crucificó sobre una pared blanca. Pintó un mar violento con sus vísceras, sampleó sus chillidos y reprodujo el loop en las salas de todo el museo. Finalmente, usando Google Translator, tradujo al esperanto El cementerio marino de Paul Valéry y recitó los versos hincado frente a su altar.

 

La intensión

La flama sobre la vela observaba con atención a los amantes. Nunca se había fijado en los detalles de los cuerpos, siempre le habían bastado las sombras. Las texturas la maravillaron por primera vez. Sintió celos de la piel, de los labios, de las manos, de los sexos y de las lenguas.

Se lanzó a la cama y mientras los acariciaba loca de placer, los amantes comenzaron a gritar como nunca lo habían hecho.

 

Arrepentimiento

Platón sufre en uno de los círculos del infierno de Dante. Vive atormentado porque nadie entendió su cuento de hadas llamado «El alma».

 

Las puertas

La niña empujada por la curiosidad abrió la puerta. Miró las sombras amalgamadas de sus padres penetrándose. Cuando creció, abrir puertas se convirtió en su religión.

 

Tortura milenaria

Los árboles son los seres más estoicos; a pesar de que los talan, los queman, los marcan y los trituran, jamás han revelado su secreto a los humanos.

 

Bully universal

La luz golpea todo a su paso, el color es la sangre de las cosas

 

 

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MisceláneoPoesía

Desbordarse

desbordarse

Por: Luis Bracamontes

12/08/2016

Parte del poemario “Roto pero con cinta adhesiva” (Inédito)

Lo que te voy a decir ahora no es una verdad universal. Son pedazos de tiempo atrapados en una opinión, que puede que no compartas, aunque puede que siempre sí. Te digo esto para que sepas si ofenderte mucho o poco.

A algunos de nosotros se nos enseñó a sentir culpa cuando sentimos placer. Ya sea la cantidad de calorías que consumimos en el desayuno, o las siestas que nos hemos tomado, los momentos que hemos pasado sin hacer nada o incluso la cantidad de personas con las que nos hemos acostado.

Sentir placer es un acto de autonomía y poder. Es sentirse digno de experimentar dicha y llevar nuestro sistema nervioso a otro terreno.

Aprendimos que el placer es algo que debe ser ganado o algo en lo que hay que ser mesurado.

Luego llegaste tú y me enseñaste a desbordarme.

Fuiste la grieta decisiva que rompió la presa de mis mariposas. Inundación instantánea.

Te vi y lo primero que pensé fue:
“Me gustas como para ver un maratón de clásicos de Disney juntos”, que no se lo digo a cualquiera. Y así lo hicimos.

Luego me dije: “Necesito a alguien con quien pueda ser feo en las mañanas y sentirme bien al respecto”. Y tú estabas más feo, así que me sentía con ventaja.

Nunca hice caso a mis amigos. No me quería hundir con ellos. Ellos me decían que esto era pasajero. Pero ¿no todo lo es? ¿No al final de cuentas todos morimos y cada aliento que cobramos es uno menos de los que nos dio el destino?

Al principio, no quería dejarte entrar. Es mi espacio personal y no lo comparto. No me hiciste caso. Y te hiciste la Shakira. Sí, la Shakira.
Bruta, ciega, sordomuda. Torpe, traste y testaruda.
Necio. Avanzando en una avalancha de bisontes a través de mis paredes.
Hasta que tuve que ceder y admitir que me tenías.

Y me tuviste. Y me rendí. Y caí de rodillas. Y también volví a sentir. Y también volví a llorar, pero esta vez para sanar. Y reímos. Y me apapachaste. Y nos acurrucamos. Y luego, me hartaste. Y luego ya no. Y luego me fui.

Me tuve que ir. Porque mis amigos tuvieron razón y sí fue pasajero. Se rompió la inercia de la magia. Nos extirpamos del momento.

Pero aquí no se acabó la historia. Porque la vida nos hizo coincidir otra vez. Y nosotros decidimos tomar el relevo y seguir haciéndonos coincidir.

Me hace feliz saber que sigues latiendo… lejos… pero… sigues latiendo.

Y ahora busco un camino que me lleve a ti desde cualquier lado. Y lo estoy encontrando.

Porque vale la pena luchar por ciertas cosas. Porque nunca me había sentido así. Porque sigo inundado de tus mariposas. Porque derribaste toda excusa que podía tener.

Pero sobre todo, porque me enseñaste más de lo que una enciclopedia podía. Más de lo que en todo Wikipedia encontraría. Algo que no podría aprender ni en el mejor de los diplomados o cursos en línea del Gobierno del Estado.

Me enseñaste mucho, mucho más. Me enseñaste el sutil placer de compartir toda una vida. Y de ese placer sí que me desbordaría.

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MisceláneoPoesía

De vuelta al laberinto de la Poesía Mexicana

poesia mexicana

Por: José Agustín Solórzano

Hace un par de meses escribí un artículo titulado “¿Y la poesía, apá?”, que publiqué en un par de medios electrónicos e impresos, en el mismo invitaba a contestar una encuesta sobre  hábitos lectores referentes a la poesía. La intención era, tal cual lo dije en aquel entonces, “reunir los datos y la información suficientes para hacer un artículo sobre el tema de la poesía y sus lectores en México”. No creo que los datos reunidos sean los suficientes para hablar con superlativa autoridad sobre el tema en nuestro país; sin embargo, considero que sí lo son para realizar un texto que, a partir de ciertas suposiciones surgidas de las respuestas dadas a esta encuesta, pueda poner en mesa de discusión varios tópicos referentes a quién lee poesía, qué poesía lee y, claro, por qué la lee.

Contestaron la encuesta un total de 123 personas, entre ellas estudiantes universitarios de filosofía, de literatura, normalistas; así como libreros, escritores, profesores de preparatoria y de universidad, una repostera, un ingeniero químico, un arquitecto, y un par de diseñadores, además de algunos grupos de preparatoria y secundaría pública que hicieron el total de 76 alumnos. Respondieron 18 preguntas que iré enumerando a lo largo de este artículo y en las que me detendré para analizar y reflexionar acerca de los resultados obtenidos.

Antes me parece necesario comentar que me fue difícil conseguir que estas 123 personas contestaran la encuesta; para la mayoría, incluso para las que leen poesía, es innecesario responder un cuestionario sobre sus hábitos lectores. Algunos mencionaron que les daba güeva, otros simplemente me dijeron que no veían la necesidad de una encuesta cuando ya sabemos que en México nadie lee poesía. Ya lo sé, les dije, pero sondearlo puede ser divertido; puede, incluso, que nos llevemos una sorpresa. Adelantándome un poco debo decir que no nos sorprenderemos mucho con los resultados, efectivamente nadie o –para no ser apocalípticos- casi nadie lee poesía. La poesía le interesa a poquísimas personas y a esas poquísimas personas es difícil hacerlas hablar del género como si fuera algo de lo que valiera la pena. Tal vez no necesitemos profundizarlo mucho, el lector como ser antisocial, arisco, es también egoísta y prefiere no dialogar con quien no lee. Pensémoslo un poco: las campañas en pro de la lectura las llevan a cabo los no lectores en su mayoría: las instituciones, los políticos, las organizaciones de bienestar social, las editoriales. Los lectores, incluso los escritores, son ariscos y más de uno prefiere encerrarse en su casa, con sus libros y despreocuparse por los otros que no leen. ¿Y si todos leyéramos no dejaría el libro de ser un espacio de culto, un sitio de exclusividad para los superdotados y los intelectuales?, ¿leemos para diferenciarnos de la chusma no lectora? A mí qué me importa saber los motivos del que no lee, si yo sí lo hago.

En fin que para conseguir que 123 personas contestaran mis preguntas tuve que ir más allá de las redes sociales y de mis conocidos –en su mayoría escritores y lectores habituales-, realicé el cuestionario a jóvenes con diferentes intereses a quienes les di un curso sobre fomento a la lectura y narrativa; también me ayudaron compartiendo la encuesta con algunos chicos de prepa y secundaría, más los que respondieron a través del correo electrónico, algunos conocidos y otros no. La idea era obtener no sólo respuestas de gente interesada en la poesía, sino también de gente que la lee de vez en cuando o que rara vez ha escuchado de ella; así, a pesar de que 123 no es un número suficientemente amplio para hablar de una generalidad en los hábitos lectores de nuestro país, sí nos permite –tomando en cuenta que no todos los encuestados son lectores consuetudinarios- darnos una idea y plantearnos más de una pregunta interesante sobre la poesía en México.

 

1.- ¿Lees poesía?

            47 dijeron que sí, mientras que 76 dijeron que no. A pesar de que el 76 coincide con el número de estudiantes de preparatoria y secundaria que respondieron la encuesta, hay que decir que algunos de ellos (menos de 10) dijeron sí leer poesía; mientras que algunas de las personas con intereses literarios comentaron “ya no leerla”, o “leer muy poco”.  Es importante resaltar también que la gran mayoría de quienes respondieron la encuesta por medios electrónicos lo hicieron afirmativamente, pues sería muy raro que, por este medio, la encuesta llegara a alguien que no estuviera interesado en la literatura o que, simplemente, no leyera.

 

2.- ¿Has leído poesía mexicana, podrías mencionar a algún autor?

            69 dijeron que sí, mientras que 54 dijeron que no. Podría parecernos curioso que la mayoría haya respondido afirmativamente, más si tomamos en cuenta que en la primera pregunta fueron más los que dijeron no leer poesía; sin embargo, esta segunda cuestión se refiere a si en algún momento de su vida la han leído, por ello fueron más los sí. En cuanto a los autores, se mencionaron un total de 32; entre los que destacan Octavio Paz, con 9 menciones; Sor Juana, con 8; Jaime Sabines, con 10, y Rosario Castellanos, con 5.

Entre los otros poetas hay clásicos mexicanos como Villaurrutia (1), Efraín Huerta (3), José Emilio Pacheco (3), Amado Nervo (4), Gilberto Owen (1) o Pellicer (1); pero también se mencionó a poetas contemporáneos como Marco Antonio Campos (1), Francisco Hernández (1), Eduardo Lizalde (1), Julia Santibáñez (1), Armando Salgado (3), Cecilia Juárez (1), entre otros. Es importante comentar que quienes hicieron mención de los escritores más jóvenes fueron del grupo de encuestados que contestaron por medio de Facebook o por correo electrónico; es decir, del grupo de los lectores habituales de poesía, y también es importante hacer notar que quienes mencionaron a poetas jóvenes se encuentran en un círculo cercano a los mismos, y la mayoría incluso los conoce personalmente. Éste comportamiento se repite en varias de las preguntas subsecuentes: el encuestado nombra a los pocos poetas que conoce o a quienes conoce personalmente o de manera cercana. Lo anterior no incluye un juicio de valor, pero ya lo comentaré más adelante con detenimiento.

En lo que respecta a los poetas que más menciones obtuvieron hay que decir que los resultados son evidentes y tienen que ver, por ejemplo, en el caso de Paz -a quien muchos estudiantes de preparatoria y secundaria mencionaron- o Sor Juana -con quien sucedió lo mismo- con que se trata de arquetipos del poeta, personajes que se relacionan con “El Poeta” o con “La Poesía”; de sobra está decir que la gran mayoría de los estudiantes que mencionaron a alguno de ellos ni siquiera los ha leído, y para comprobarlo basta ver que entre las otras respuestas de los encuestados de nivel medio o medio superior se encontraba Frida Kahlo, Miguel de Cervantes, “el del himno nacional”, Pablo Neruda, Juan Rulfo; casos todos que nos permiten acercarnos a la concepción de poeta que manejan estos jóvenes. ¿Frida, Cervantes? Es decir, todo lo que entra en su esfera semántica de “cultura” puede bien relacionarse con el subconjunto de “poesía”. Viendo lo anterior no podemos pedirles que sepan que Neruda a pesar de ser poeta no es mexicano, o que Juan Rulfo fue narrador aunque a su prosa comúnmente se le agregue el adjetivo de poética.

Con Sabines fue diferente, todas las menciones vinieron de los encuestados por medios electrónicos, y un par de los estudiantes normalistas. Es más que interesante este resultado pues, primero, Jaime Sabines fue quien se refirió mayor número de veces, 10, lo que evidencia lo que todos creemos saber: que se trata de un poeta popular, pero ¿por qué los jóvenes estudiantes no lo ubicaban ni de nombre?, ¿será que a pesar de ser popular sigue sin ser institucional? Además, como veremos en la siguiente pregunta, fue Sabines también el más mencionado como poeta mexicano favorito, las menciones vinieron en su mayoría de personas con intereses literarios y escritores, ¿entonces? ¿Qué no se dice en el mundo literario que el chiapaneco es un poeta que apenas y gusta a los adolescentes, y que una vez se crece se deja de lado? ¿Será falso el mito del Sabines iniciático?, ¿estaremos olvidando que la poesía de Sabines sigue siendo poderosa no sólo para los jóvenes que intentan acercarse a la poesía, sino también para los lectores de cualquier edad que siguen leyéndolo y mencionándolo como un referente de la poesía mexicana?

 

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3.- ¿Quién es tu poeta mexicano favorito?

             En esta pregunta sólo hubo 19 respuestas diferentes, pues la mayoría de los estudiantes contestaron que no lo tenían. La lista de los más mencionados es casi idéntica: Sabines (11), Octavio Paz (9), Rosario Castellanos (5), en este caso Sor Juana fue mencionada sólo dos veces, mientras que Xavier Villaurrutia empata con Castellanos; le siguen José Emilio Pacheco (4) y Eduardo Lizalde (3).

Los poetas más jóvenes mencionados fueron A.E. Quintero (2), Fabio Morábito (1), Julián Herbert (1), quienes ya superan los 40 años de edad; también hubo una mención a Christian Peña, quien sería el más joven referido.

Sabines encabeza la lista de los poetas favoritos y creo que esta pequeña muestra puede no estar tan alejada de los gustos reales de los lectores de poesía en nuestro país. Octavio Paz también recupera territorio luego de su muerte, y no es raro rescatar a un autor que se consideraba institucional a casi 20 años de que falleció. Paz y Sabines siguen representando dos caras de la poesía mexicana, lo popular contra lo “culto”, lo transparente frente a lo críptico, la revelación frente a la búsqueda, y los lectores de poesía siguen divididos entre estas dos formas, pero lo más interesante es que a pesar de que ha pasado más de medio siglo de que estos dos autores estuvieran en su auge, las personas siguen mencionándolos como favoritos, ¿será que preferimos los clásicos imprescindibles que las arriesgadas novedades, o más bien será síntoma de nuestra apatía por la lectura de nuevos poetas, de nuestra pereza en cuanto a la poesía contemporánea? Los poetas más jóvenes que se mencionaron tienen más de 40 años (a excepción de Peña) y todos han obtenido premios muy importantes a nivel nacional e internacional; siguen luchando por un lugar en la biblioteca de los nuevos clásicos mexicanos, pero ¿cuántos años debe esperar un poeta para llegar al nicho de Paz y Sabines?

En este sentido un caso a mencionar es el de Lizalde, quien podría ser el poeta mexicano vivo más “popular”, no sé si más leído, pero quien sigue siendo sólo mencionado por los lectores de poesía consuetudinarios, por quienes sí leen poesía. ¿Cuándo un poeta será mencionado también por quienes no leen poemas, como sucede con Paz o con Sabines, así como con Sor Juana?, y por último: ¿Servirá de algo que te mencione quien no te lee ni te leerá?

 

4.- ¿Has leído poesía mexicana reciente –escrita de 1990 a la fecha-?

A pesar de lo tramposa que pudiera resultar la pregunta, porque quién diablos va a fijarse si lo que lee fue escrito luego de esta fecha o no; en fin, lo importante no es la fecha en sí, sino saber si los lectores son conscientes de –más o menos- dónde se ubica temporalmente el autor o el poema que lee. Si pensamos que los poetas mencionados son en su mayoría personas muertas deberíamos empezar a preguntarnos si tiene sentido escribirla cuando al parecer a nadie le interesa la “nueva” poesía. Pero vamos a las respuestas:

De los 123 encuestados 86 respondieron que no, mientras que sólo 37 dijeron que sí. Del 90 a la fecha han pasado ya –y sí, aunque algunos jóvenes eternos nos aterroricemos- 27 años. Cualquier poeta joven que haya publicado a inicios de aquella década hoy debe rondar los 50 años, desde aquí nos es fácil ver que más de dos terceras partes de los encuestados dijeron no haber leído poesía reciente, o sea escrita hace 27 años por tipos que hoy tendrían cerca o más de 50 años. Esto nos deja sólo a 37 personas, entre las que no hubo un solo estudiante de prepa o secundaria, que dijeron leer o haber leído a poetas “jóvenes”. Y quiénes son estos lectores, sí: escritores o aspirantes a ello; pero incluso encuestados pertenecientes al grupo de los intereses literarios respondieron negativamente.

 

5.- ¿Cuántos libros de poesía tienes en casa aproximadamente?

            Ya otras encuestas sobre hábitos lectores en nuestro país nos han comprobado que los mexicanos nos sentimos incómodos con libros en casa, sean de los que sean. Si ya los que nos obligan a llevar a la escuela nos estorban, imagínense todavía agregar mamotretos con historias ficticias, o peor: libros de poesía. A pesar de esto la pregunta no está de más, primero, porque la gente acostumbra a mentir cuando quiere quedar bien y, segundo, porque el hecho de tener libros no significa que los leamos y por supuesto tampoco es sinónimo de que hayan llegado a casa por nuestra voluntad.

48 personas dijeron que ninguno; 49, entre 1 y 10; 9 contestaron que más de 10; sólo 5 personas tienen más de 50 libros de poesía, y 7 más de 100. Los otros dijeron no saber o no contestaron.

En su generalidad estas respuestas son proporcionales a los hábitos lectores de quienes respondieron. Son los que tienen más de 10 libros los que leen poesía de manera cotidiana, pero prácticamente fueron los que tenían más de 50 los que respondieron afirmativamente cuando se les preguntó si conocían autores recientes, y estos mismos también mencionaron más nombres de poetas jóvenes en las preguntas subsecuentes.

Pero la cuestión aquí es ¿cómo llegan esos libros a sus manos? Por poner un ejemplo: yo tengo más de 100 libros de poesía en casa –cantidad muy inferior al espacio que ocupan géneros como la novela o el ensayo en mis estantes-; sin embargo, menos de la mitad los he comprado yo mismo, muchos me los han regalado: en diversos eventos literarios, los poetas entusiastas que enjaretan su ópera prima a la menor provocación, amigos míos que me dan sus libros o me presentan a un poeta que, según ellos, debería leer, etcétera. Algunos los he leído y me han gustado, otros no los he leído, muchos no me han gustado. ¿Qué pasa con ellos? Los olvido, se vuelven tan inútiles como el polvo que acumulan. Yo también respondería que sí, que sí he leído poesía reciente, mucha para mi desgracia. También diría que tengo más de 100 libros de poesía en casa, que leo más de 30 al año, pero eso no significaría en ningún caso que 1) esté apoyando al mercado poético mexicano (ja!), porque son raros los ejemplares que compro, 2) que me guste la poesía mexicana actual y 3) que tenga la calidad moral e incluso la capacidad intelectual para juzgar lo que es o no buena poesía en este país.

6.- ¿Cuántos libros de poesía lees al año, aproximadamente?

            58 personas respondieron que ninguno; eso quiere decir que hay 10 que sí tienen libros del género en casa pero no los leen, o los leyeron y no volvieron a comprar uno más; como quien mantiene la foto del ex en su buró para recordar el daño que le hizo. 40 dijeron leer entre 1 y 10 ejemplares, y 16 encuestados leen más de 10.

En este punto tendríamos que mencionar que la poesía es el género más fácil y más difícil de leer. Y sí, nunca falta el gracioso que dice que escribir poemas es muy fácil porque ni siquiera hay que llenar la página completa; tampoco va a faltar el entusiasta que dicta que el verso es una unidad de significado que puede contener más belleza que una novela entera. No seamos exagerados y por supuesto tampoco nos volvamos unos fanáticos de la miniatura. Leer 10 poemarios, salvo alguna rara excepción, nunca será igual a leer 10 novelas; el esfuerzo físico será siempre menor en el primer caso y el ojo tardará más en leer una página entera que una sucesión de versos que “ni siquiera llenan la página”. Sin embargo la complejidad de la poesía no radica en leerla sino en entenderla (y uso este término sólo para facilitar la cuestión a la que voy); el poema, como bien dicen los entusiastas, trabaja con significados complejos y un verso debería ser una construcción semiótica de una potencia estética mayor a la de una línea de un cuento o una narración; lamentablemente la complejidad de la poesía no siempre radica en la potencia de su carga semiótica, sino en su pretensiosa oscuridad y su abigarrado encriptamiento –sí, así como suena-, cosa que, digámoslo, no es culpa de la poesía sino de los poetas. Leer a Nicanor Parra, a Sabines, disfrutar con Szymborska o reír con las Odas elementales de Neruda no nos tomará tanto tiempo como leer una novela, pero seguirá siendo igual o más disfrutable.

Varios de los encuestados, lectores frecuentes de otros géneros, mencionaron que no les gustaba leer poesía, que incluso la evitaban siempre que podían. ¿Por qué? Porque la consideran pretensiosa y aburrida, porque “no hay una historia”, porque “conozco a un par de poetas y son unos mamones”. La poesía es un género marginado, incluso entre marginados. Triste pero cierto y ¿justo?

 

7.- ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por un libro de poesía mexicana y actual?

            28 personas respondieron que 100 pesos o menos, sólo 24 dijeron que más de 100 pesos; pero la sorprendente cantidad de 61 encuestados respondió que pagaría más de 200 (los demás no respondieron o dijeron que dependía de varios factores).

¿Quiénes fueron estas 61 personas? ¿Entusiastas amantes de la poesía? ¿Dilapidadores? ¿Benefactores públicos? Nada de eso, todos fueron estudiantes de secundaria, preparatoria y algunos estudiantes normalistas. Mientras que los que pagarían menos de 200, incluso 100 como límite, fueron los encuestados con intereses literarios. El factor común de los primeros es que no tienen idea de lo que cuestan los libros; consideran que “pagarían lo que fuera siempre y cuando me gustara”, pero ¿realmente lo harían?, ¿o sólo lo dicen porque es algo que nos han enseñado? El valor de los libros, nos dicen, el valor del conocimiento va más allá del dinero: el saber no tiene precio. Y qué pasa con el segundo grupo: los que sí leen pagarían poco o menos por un libro de poesía mexicana actual porque como conocedores no se arriesgan con un producto nuevo. Más vale malo por conocido que bueno por conocer, parecen decirse y basta pensar en las ediciones de Conaculta, en la colección de poesía joven de Tierra Adentro, ¿cuánto tarda en acabarse una edición de 1000 ejemplares cuando estos cuestan 60 pesos, 30 a veces? ¿10 años, 15?

Ni los que dijeron tener más de 100 libros, ni los que respondieron que leían más de 50 poemarios al año, estarían dispuestos a pagar más de 200 pesos por un ejemplar de poesía reciente.

 

8.- ¿Qué poetas mexicanos actuales –vivos- recomendarías leer?

Se mencionaron 32 autores distintos. Quienes los nombraron fueron los 37 que en la pregunta cuatro dijeron sí haber leído poesía contemporánea. La cantidad de respuestas y el número de autores son peligrosamente cercanos, 37 encuestados que mencionan a 32 autores. Sólo algunos coincidieron en los nombres, la mayoría de los nombrados tienen sólo una mención.

Y aquí viene lo mejor, y que ya había adelantado un poco: los escritores mencionados lo fueron en su gran mayoría por parte de personas que están cercanas al medio literario (estudiantes de literatura, escritores) y por sus propios conocidos. Sí, varios poetas fueron agregados a la lista por personas que los conocen personalmente, que han convivido con ellos o con quienes al menos han coincidido un par de ocasiones. En ese sentido podríamos tener dos suposiciones principales: 1.- que los poetas no se montan a su nube y son tan accesibles que todos sus fans los conocen “de mano”, como se dice; o 2.- que nada más sus amigos, conocidos y un puñado más de lectores casuales saben de su existencia. Creo, dejándome llevar por un sentido común no muy bien intencionado, que la opción correcta es la segunda. Conozco a más de 5 encuestados y sé que mencionaron a los poetas no porque sean sus favoritos, sino porque sólo han leído a esos.

Antes de pasar a los nombres debería ejemplificar lo anterior con el caso del sujeto que más menciones recibió: yo. Dejaré que el lector llegue a sus propias conclusiones, pero ¿acaso no es obvio que hay demasiados poetas para tan pocos lectores?

El siguiente, luego de las fabulosas 12 menciones de mi nombre, fue Armando Salgado, con 8; le siguió Francisco Hernández, con 4; luego están A.E. Quintero, Ricardo Castillo, Fabio Morábito, Eduardo Lizalde y Christian Peña, todos ellos con 2 menciones, y al final vienen otros 24 autores referidos, todos sólo con una mención: Saúl Ordoñez, Jesús Bartolo Bello, Neri Tello, Laura Rojas, Álvaro Cancino, Omar García, Nadia Escalante, Gabriel Aguilar, Julia Santibáñez, Verónica González Arredondo, Marco Antonio Campos, Alí Calderón, Karen Plata, Ricardo Yáñez, Livier Fernández, Balam Rodrigo, Raúl Aníbal Sánchez, Julián Herbert, Manuel Recillas, Lucía Rivadeneyra, Eduardo Casar, Carlos Rojas y María Baranda.

Vamos con las varias anotaciones.

El caso de Armando Salgado sigue la lógica que planteé anteriormente, de las 37 personas que respondieron sí leer poesía contemporánea, al menos alrededor de 20 conocen o han coincidido con el autor –algunos escritores, otros compañeros oriundos de Michoacán o alumnos-. Lo mismo que pasa con las 12 menciones de mi nombre. Con esto no menoscabo la calidad de la poesía de Salgado (o la mía, ¡ja!), más bien explico el porqué de la amplia diferencia entre las 8 y 12 menciones de los michoacanos y la apenas 1 de otros autores con más trayectoria que nosotros.

Si seguimos observando las respuestas podemos especular y tal vez acertaríamos al decir que si siguiéramos haciendo la misma pregunta a lectores casuales o consuetudinarios del género, seguramente la cantidad de nombres crecería; los lectores de Guadalajara mencionarían autores tapatíos, los de Monterrey harían lo propio con los regios; en la CDMX no faltaría quien mencionara al poeta olvidado de los arrabales, y así en cada rincón del país. Sin embargo, la mayoría de menciones seguiría manteniendo porcentajes bajos, si no fueran 37 los que respondieran sino 100, no me sorprendería que se mencionaran 90 poetas diferentes.

¿Qué quiero decir?, que en la literatura y más aún en la poesía, la popularidad de los autores contemporáneos es cosa risible. Hay una mínima cantidad de lectores casuales del género, una aún más pequeña cantidad de lectores habituales, y éstos tienen tantos poetas entre los cuales escoger que eligen, como tantas cosas en la vida, la ley del menor esfuerzo y se quedan con lo más cercano, con lo que tienen a la mano o con lo que les es más accesible.

Ahora, si la popularidad de los escritores del género depende de factores que nada o poco tienen que ver con la calidad de su poesía, seguimos buscando el hilo negro: ¿cómo se mide la calidad de un poema? Los certámenes de poesía abundan en nuestro país, hay más de 100 concursos en los que se ponen en juego cantidades que van desde los mil pesos hasta los 500 mil. ¿Un poeta mexicano puede recibir 500 mil pesos y ser leído por menos de mil personas? Sí. ¿Un poeta mexicano puede haber ganado miles de pesos con su poesía y aun así no aparecer en una encuesta y ser considerado mal poeta? Sí. Si, supongamos, hay 100 certámenes al año, entonces hay hasta 100 poetas galardonados al año; es decir: poetas que ya son reconocidos como tales. ¿Y qué pasa con todos esos  condecorados, y con sus poemas, con sus libros? Ni dios lo sabe.

Discutimos por la calidad de la poesía mexicana pero es como discutir por la calidad del grano de maíz que cosechamos cuando no tenemos un granero suficientemente grande para almacenarlo y luego ¿cómo vamos a distribuirlo? Con los poetas pasa lo mismo, apenas y podríamos leer la cantidad enorme de poemas que se producen y, aunque se publican menos, sigue habiendo una cantidad de paja enorme en medio de la cual buscamos la aguja: el verso matador. ¿No sería entendible que, por cansancio o por comodidad, termináramos confundiendo un hilo de paja con la aguja de oro?

 

9.- ¿Qué libros de poesía -de mexicanos vivos- recomendarías leer?

            Si en el caso de los poetas no lográbamos ponernos de acuerdo, en el caso de los libros estamos peor. Se mencionaron 24 títulos diferentes, obviando a los que contestaron: “cualquiera de los autores que mencioné”. Sin embargo, a pesar de que las respuestas vienen de este mismo grupo de los 37 que sí leen poesía contemporánea, y de que al ser sólo 24 títulos podríamos suponer que habrá más repeticiones en los nombres, todos tienen una sola mención. [1]

De los autores nombrados en la pregunta anterior aparecen los libros: De lunes todo el año (Morábito), Cuenta regresiva y Almendras (A.E. Quintero), Los dones subterráneos (Raúl Aníbal), Vertebraciones del silencio (Neri Tello), Este cuerpo no soy (Verónica González), Malandra (Laura Rojas), Nueva memoria del tigre (Lizalde), Fiebrerías (Armando Salgado)[2], El corazón y el avispero, Mar de fondo, Antojo de trampa (Francisco Hernández)[3], El pobrecito señor X (Ricardo Castillo), Me llamo Hokusai (Christian Peña).

No obstante otros mencionados no reaparecen con sus obras, mientras que aparecen libros de autores antes no referidos, como: Muerte en la Rua (López Mills), Jaws (Xitlalitl Rodríguez), No sé andar en bicicleta (Rocío Franco), Todavía es mañana (Adrián González) y Xenankó (Adán Echeverría).

Entre los poemarios enlistados hay algunos con premios importantes, como Me llamo Hokusai (Premio Poesía Aguascalientes) o Jaws (Premio Ignacio Manuel Altamirano); también hay otros que, aunque no premiados, fueron escritos por autores con una trayectoria importante, como Francisco Hernández o Lizalde; pero resaltan libros de autores poco conocidos, ¿será que quienes los mencionaron los conocen personalmente?, ¿que la calidad de los libros no responde a si han o no obtenido algún reconocimiento institucional? Otra vez son pocos los mencionados y más las preguntas que las respuestas. Dejo al lector las conclusiones de tamaña incertidumbre.

 

10.- ¿Podrías mencionar cinco editoriales que publiquen poesía en nuestro país?

Está bien que un grupo de marginados con pretensiones estéticas cometa la locura de escribir versos, pero cuando una empresa editorial se embarca en la demencial aventura de publicarlos es cuando habría que poner pausa a lo que estamos haciendo y voltear hacia ellos para saber qué diablos está sucediendo. Hace unos días hablé con una pareja de escritores que me decía que ahora todos los que escribían también querían tener su propia editorial; lo gracioso fue que luego de decirme aquello me soltaron que ellos tenían una y que, claro, publicaban poesía. La primera respuesta que se me viene a la mente para solucionar el asunto de que algún loco quiera publicar y vender libros del género menos vendible sobre la faz de la tierra es que ese loco es, además, productor de dicho género. ¿Quién publica a los poetas? Pues los poetas.

Luego de analizar las respuestas obtenidas en esta pregunta debo agregar, en defensa de los bienintencionados editores-aedos, que no sólo los bardos publican a los bardos, también las instituciones públicas lo hacen, y un par de editoriales más o menos independientes que deben cubrir una especie de cuota de género (literario), porque si no terminarían siendo como todas las otras, comerciales y alejadas de las élites intelectuales y cultísimas que, obvio, sí leen poesía.

Se mencionaron 28 editoriales diferentes –sin contar algunas que a pesar de haberse nombrado no publican poesía-, las menciones vinieron, primero del grupo de los que sí leen poesía actual y, luego, de los que leen habitualmente pero casi nada de poesía. Los jóvenes universitarios y de nivel medio y medio superior no tenían idea alguna de lo que era una editorial. Primero las editoriales institucionales: Conaculta (3), Fondos de los Estados o instituciones públicas (5), SEP (1) y Fondo de Cultura Económica (8); luego vienen las editoriales independientes, entre las que hay desde las que publican ejemplares artesanales (casi siempre había relación directa entre quienes las mencionaron y los editores o autores publicados en las mismas) hasta las que siguen una dinámica más parecida a la de las editoriales comerciales: Simiente (1), Diablura Ediciones (7), El Naranjo (1), Abismos (2), Paraíso Perdido (1),  Mantis (3), Ditoria (1), Arlequín (1), Jitanjáfora (2),  Coyoacán (1), Taberna Libraria (1), Resistencia (1), Verdehalago (2), El Ermitaño (1), Bonobos (1), La Sonámbula (1) y Atrasalante (1). De éstas puedo decir que al menos Diablura Ediciones, Abismos, Paraíso Perdido y Mantis son lideradas por escritores, cumpliéndose lo que mencionaba en el párrafo anterior; también vale mencionar que Paraíso Perdido ya no publica poesía, aunque sí llegó a hacerlo. Además, es interesante saber que más de la mitad de estas editoriales han publicado apoyadas por estímulos o apoyos institucionales: Paraíso Perdido, Mantis, Arlequín –todas de Jalisco- editan usualmente libros galardonados en algún certamen, en el formato de coedición con las secretarías o institutos de cultura de los estados; asimismo ha sucedido con ediciones de Resistencia, Abismos o Atrasalante, además de editoriales ya ni tan independientes y que también fueron mencionadas en la encuesta, como Almadía (4) o Sexto Piso (2). Una suposición evidente en este caso es que la única manera de publicar poesía en México, incluso si eres una editorial más o menos consolidada, es la subvención del Estado; ni modo, seguimos siendo un pueblo paternalista.[4]

¿Por qué se publica tanta poesía si nadie la compra?, ¿los poetas creen en los poetas, en la poesía o en sí mismos? Las razones son varías y complejas, desde la hiperegotrofia de los poetas hasta los beneficios de un negocio redondo. Pensemos: el Estado debe aparentar –porque ése es su trabajo- que existe cultura, la poesía es cultura, le han dicho. Crea certámenes, da estímulos económicos a los creadores –como quien apoya a un grupo vulnerable, a una minoría marginada-, y luego, llegamos los poetas y los editores vivos y abuzados, a decirle que para terminar de hacer bien su trabajo hay que publicar a todos esos talentos nacionales, que hay que hacer llegar la poesía a todos los rincones del país, y cómo, pues muy fácil míster président, yo le hago una edición chingona de mil ejemplares por una módica cantidad y luego ya vemos cómo los distribuimos. El resultado, no sólo alimentamos a los poetas, sino también a los editores y de paso encajonamos 500 ejemplares de libros de Juanito de Los Versos Rotos en las bodegas, y los otros 500 se van a los estantes de las librerías –si tienen suerte- a empolvarse. Nada de esto está mal, que para eso es el dinero. Lo malo es que carecemos de estrategias de distribución, que el Estado se limita a aparentar, a realizar encuestas tan inútiles como ésta, pero no ha generado un verdadero proyecto para “crear” lectores y, a todo esto, ¿será tarea del míster président y de sus amiguitos crear lectores?, ¿de quién es esa obligación?, ¿es una obligación leer?, ¿y poesía? El Estado fomenta la lectura para simular, ya lo sabemos, pero para qué lo hacemos nosotros, los poetas, los editores, los académicos, ¿para tener amigos con quien conversar?, ¿para mantener vivo un dinosaurio que evidentemente está desapareciendo?, ¿porque es lo único que sabemos hacer y ni modo de morirnos de hambre? Yo no sé.

 

11.- ¿Podrías mencionar un poema que te haya marcado, cuál sería?

            Todos tenemos una canción que nos marcó, ésa que cuando escuchamos nos echamos a llorar o pedimos una cerveza, pero y ¿el poema? Uno no va por la vida recitando su poema favorito o pidiéndolo en las fiestas o en las cantinas, como si fuera una de Chente o del JuanGa. Sin embargo, claro que existimos los desadaptados y hubo un total de 23 poemas mencionados. Los que se llevaron las palmas fueron el “Poema XX”, de Pablo Neruda (3); “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”(2) y “Los amorosos”(2), de Jaime Sabines. Todos los demás tuvieron una sola mención. Sólo una persona, por ejemplo, mencionó “Muerte sin fin”, un poema que se supone representativo, y sólo una también dijo que lo había marcado “Los heraldos negros”, igual pasó con “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Nadie, ni siquiera los del grupo que lee poesía contemporánea, mencionó el poema de un autor actual. Los jóvenes de preparatoria y de secundaria, a excepción de un par que dijo que uno de Neruda u alguno de Benedetti que no recordaba, dijeron nombres de poemas o “poesías” que se usan para declamar en las escuelas, lo que nos habla, una vez más, de la idea de poesía que aún tienen los adolescentes de educación media.

¿Por qué los lectores de poesía contemporánea no mencionaron a ningún autor vivo?, ¿será que habría que morirse para que nuestros poemas sean más fuertes e intensos?, ¿los poemas de hoy son peores que los de ayer?, ¿para que un poema me marque debe estar legitimado por el tiempo?, ¿por las élites?, ¿por cuántos lectores? ¿Los textos que se mencionan marcaron a estos lectores por su calidad estrictamente literaria o por las experiencias vitales por las que estuvo rodeada su lectura?, y si la respuesta correcta es la segunda –que yo lo creo-, ¿cuál es la necesidad de escribir un poema exacto, perfecto, si para que éste marque al lector se requieren de factores que de ninguna manera pueden estar en nuestras manos?

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Omitiré el análisis de las siguientes dos preguntas, pues una tiene que ver con la edad de los encuestados y la otra con su profesión, y ya he comentado estos aspectos al principio de este artículo.

 

Las siguientes cuestiones voy a analizarlas en un solo bloque, pues no son cuantitativas en su mayoría y se dirigen a una misma dirección.

14.- ¿Has asistido a algún evento literario? 15.- ¿Cómo te has sentido en esos eventos? 16.- ¿Qué propondrías para mejorar este tipo de actividades? 17.- ¿Qué propondrías para que los libros de poesía llegaran a más lectores? 18.- ¿Qué debería hacer el escritor para acercar su obra a los lectores?

A la primera pregunta hubo 64 personas que dijeron que sí y 55 que respondieron que no. Los 55 son todos del grupo de los estudiantes.

La mayoría de los encuestados respondieron genéricamente a las siguientes preguntas:  15.- Bien. Me gustan. Debería haber más eventos así en la ciudad. No he asistido a muchos pero a los que sí me han gustado. Depende del evento. Hay unos chidos y otros no.

En respuestas de este tipo se agotaron las opciones. ¿Qué veo? Respuestas programadas, sin un análisis previo. No dudo que haya a quienes sí les gusten los eventos literarios, pero siguen siendo muy pocos y a éstos les gusta no por el evento en sí, sino porque este tipo de espectáculos suponen una salida de la cotidianidad, una excepción a la regla y, en muchos casos, la entrada al mundo de la exclusividad. Siempre, en ciertos círculos, es mejor decir que se fue a la ópera, a un concierto de cámara o a la presentación de un libro que a un antro o a los XV años de Fulana de Tal. Los estudiantes de prepa y secundaria que respondieron sí haber ido, también dijeron que les había gustado; ¿realmente les gustaba? Claro que no, es la respuesta correcta políticamente. Si algo te gusta lo buscas, te acercas, vas aunque en el camino se interpongan obstáculos. He asistido, la mayoría de las veces más por obligación, a casi un centenar de eventos literarios, y los he visto brillar por el vacío de sus bancas, por la soledad en la que el eco amplifica los menudos y aflojerados aplausos. No digo que en todos los casos sea así, pero si dejamos fuera las pocas excepciones, hablamos de eventos gratuitos y solitarios donde no veo a esas personas que piden a la menor provocación más cultura en su ciudad, llegar a sentarse en las sillas. Creo que hay que decirlo con todas sus letras, la mayoría de los eventos literarios son aburridísimos, incluso para los que leemos poesía. Uno de los encuestados, librero de la ciudad y lector habitual, respondió: “Por lo general (voy) por trabajo y si soy sincero la mayoría son aburridas, hasta pretensiosas resultan. Noto que la gente que está ahí o es por compromiso o porque es su cuate y si el ponente es writer-star pues nada más van por la selfie y el autógrafo”.

16.- Más publicidad para que fuera más gente. Que hubiera nuevos formatos. Que se regalaran libros. Que fueran multidisciplinarios, con música o actuación.

17.- Que les hicieran más publicidad. Que se regalaran. Que se les hicieran entrevistas a los escritores y aparecieran en los medios de comunicación.

18.- No sé. Dar entrevistas. Vender en la calle y en el transporte público. No es trabajo del escritor.

¿Qué notamos en todas estas respuestas? Yo veo que la mayoría de los encuestados habla sin tener conocimiento de causa, como es obvio, no tendrían por qué tenerlo. Es como si me preguntaran a mí cómo mejorar las ventas de los productos de la agricultura local. Tengo una opinión, claro; pero seguramente no será acertada. Con la literatura pasa que todos podemos e, incluso, nos sentimos en el deber de opinar. Alguna vez escuché de una persona que estudió mercadotecnia que lo que las librerías necesitaban eran vendedores y no libreros; es decir gente que supiera vender y administrar, no gente que leyera. También alguien alguna vez me dijo que se podían vender libros sin haber leído uno; tal vez, no lo dudo, pero ¿para qué? Los venderás como pisapapeles, como un producto ornamental, y luego, cuando el cliente se dé cuenta que ni para eso sirven, ¿qué va a pasar entonces con el libro? Nada, se desecha. Pero eso al vendedor no le importa, porque como su nombre lo dice su trabajo es vender y ya lo hizo. El problema con los libros o, mejor dicho, con quienes estamos interesados en “vender” este tipo de producto intelectual, es que lo más importante es lo que viene luego de la venta, luego, incluso, de la lectura del ejemplar. Nos interesa lo que produce el producto, el libro no es –o no debería ser- perecedero.

No voy a profundizar en este tema, sólo me interesa para demostrar que la mayoría de las propuestas de los encuestados son deficientes por superficiales, y porque no atacan el problema real: las personas no leen poesía. Podemos hacer que vayan a los eventos literarios, pero ¿leerán poesía luego?, podemos regalarles los libros pero ¿los leerán?, y luego de ése, ¿seguirán leyendo? ¿Eventos multidisciplinarios? Los hay, muchos, demasiados diría yo, tristes, ridículos en muchos casos. ¿Leerá la gente cuando le quites la música, la voz, la imagen a la poesía? Entrevistas, videoblogs, columnas periodísticas, reseñas en medios de comunicación, transmisiones en vivo por medios virtuales, promociones como si de comida se tratara. Las editoriales, los escritores, los libreros y algunos entusiastas de la lectura lanzan flechas a mansalva y, a veces, cuando el azar y el esfuerzo coinciden, nace un lector.

Para mejorar la calidad de la poesía un estudiante de filosofía propone eliminar los premios literarios; mientras que para que la obra llegue a más lectores otro encuestado dice que la muerte es una alternativa que asegura una mejor distribución. Dos coinciden en que la poesía no es ni debería ser para las multitudes, que “el lugar de la poesía es y será siempre marginal. La poesía es anticapitalista, sería una contradicción esperar un best seller de este género”. Alguien más, poeta, dice que “la poesía llega de casualidad”.

 

A manera de conclusión:

Si partimos de la premisa de que la poesía no es un producto de consumo, de que jamás será para las multitudes, como mencionó uno de los encuestados, ¿por qué los poetas nos aferramos en publicarla en papel, en aparecer en tal o cual editorial, en tener la mayor distribución posible? ¿Por qué no simplemente publicamos nuestros textos en la web, aprovechamos las facilidades de los medios electrónicos, grabamos videos, hacemos poemas sonoros, compartimos todo en las redes sociales y listo, que llegue a quien tenga que llegar?

Porque el escritor busca la legitimación, y en ese sentido nuestra idílica suposición de que la poesía es para algunos iluminados, para los contados lectores que han llegado a tocar la sustancia del espíritu, se mantiene desfasada con la realidad; porque la legitimación –al menos la de primer impacto, la que alcanza a ver el poeta antes de morir- no viene de los lectores, o viene pero en segundo término. Al poema, al poeta y a su poesía lo legitiman primero las instituciones, las elites culturales, las editoriales, y para ello sigue siendo preciso un libro en papel, avalado por alguien o algo que nos diga que eso, lo que tenemos en las manos, es poesía, que alguien tuvo la confianza de invertirle unos pesos a su publicación y, si bien va, a su distribución.

Eso sucede, la mayoría de los libros de poesía contemporánea que circulan por el país llegan avalados por instituciones o grupos editoriales con poca o mucha, no importa, credibilidad en cuanto a su selección; no obstante siguen sin venderse, la circulación de este género editorial se mantiene en un circuito muy reducido: los mismos poetas, quienes aspiran a serlo, algunos académicos especializados y los amigos y conocidos de los escritores; claro que siempre habrá alguna excepción, pero éstas no mantienen un mercado editorial.

Como pudimos ver en este ejercicio, la poesía contemporánea sigue siendo tema de conversación sólo de algunos cuantos; a pesar de los intentos de editoriales independientes o de instituciones públicas, la distribución más efectiva de este género es de mano en mano. A los poetas llegamos por casualidad, como también mencionó otro encuestado, no hay otra forma de allegarse a la poesía sino por error.

Definitivamente no nos vamos con muchas respuestas luego de esta pequeña encuesta, al contrario. Me resta decir que a pesar de que los libros de poesía son para algunos cuantos, de que los poemas se mantendrán al margen en los mercados editoriales, la poesía sigue estando en todos lados y eso, para mí, es su verdadero logro, que se ha colado en todos los rincones sin que siquiera lo notemos, ya lo dijo el viejo Parra: “Todo es poesía, menos la poesía”.

Quien quiera leer que lea; quien no, que lea.

 

[1] Omito mencionar dos libros de mi autoría que tuvieron más de una mención, otra vez por el caso que ya reflexionamos anteriormente.

[2] Es interesante comentar que el libro que se menciona de Salgado es el único de su autoría que no ha merecido un premio literario.

[3] Único autor del que se nombran 3 libros.

[4] Se mencionaron también Valparaiso (3), Losada (1) y Porrúa (4).

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Misceláneo

Gioconda

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Por: Norma Maritza Vázquez

 

Mona se despertó cansada, más de cinco siglos de no decir la tenían harta, una vida rutinaria, mantener una sonrisa inoxidable, la depilación frecuente, y un pesado velo de castidad, su imagen estaba desgastada, desde hacía tiempo había empezado a odiar ser esa, la que estaba pintada. Definitivamente tendría que hacer algo, limpió la cocina después del desayuno, luego se acercó a Leonardo, quien en ese momento leía el diario, él giró la mirada y le sonrió con ternura, Leonardo seguía siendo un genio barroco, aunque ahora se dedicaba a los negocios. Quiero dejar Paris, quiero dejar de ser un cuadro en Louvre, dijo Mona. Leonardo la miró sorprendido: ¿De qué estás hablando?

Ven, le dijo ella, y lo tomó de la mano para conducirlo por el pasillo. Desde su creación hasta ahora, La Salpêtrière ha cambiado, sin embargo, no termino por sentirme cómoda, me molesta que sólo me autoricen las salidas al museo y que la mayor parte de las regalías sean en beneficio de este recinto, de la hospitalidad y la atención, no me quejo, de hecho el cocinero que contrataron actualmente ha mejorado los menús, adoro sus Big Steamed Mussels pero bien sabes que puedo durar meses sin probar bocado, por lo que una buena cocina no es una razón suficiente para quedarme, espero que mi sinceridad no te ofenda, sé que desde mi llegada a Francia te has hecho cargo de mí y me has procurado  extremos cuidados con la temperatura ambiental, la luz y el nivel de humedad para conservarme en perfecto estado, no obstante espero que mi fama haya retribuido tu generosidad con el reconocimiento merecido y una buena cantidad en tu bolsillo. Extrañaré tu buen sentido del humor, aunque sabes que mi sonrisa enigmática tiene más origen en el rubor que te causaba mirarme las piernas. Por otro lado, no dije nunca, las reglas aquí son ofensivas. Me he preguntado ¿por qué tanta rigidez en los horarios?, ¿por qué las puertas se cierran a las seis de la tarde?, ¿por qué las paredes tan frías? Si no fuera por ti, no permitiría que me tomaran como parte del decorado de tu cuarto. ¡Ah!, cuánta vida la de los residentes del pabellón de neurología, pero son arrogantes, sus voces son imperativas, no soporto su actitud en las consultas, temo que un día me salgan con que me trasladarán con el neurocirujano, espero entiendas cómo me siento, me iré, salta a la vista que no te agrada lo que te estoy diciendo, lo sé por la manera en que frunces el ceño, nada podemos ocultarnos, Leonardo, lo nuestro desde un inicio fue una especie de amor profundo, un amor cortés, una conexión telepática entre el artista y su obra. Siempre fuiste perfeccionista, pero eso nada te costaba, es tu naturaleza, en cambio a mí, llevo siglos con este mismo gesto, pero, sobre todo, este no decir es el que ha terminado por colmar mi paciencia, te confesaré algo, Paris no es mi sitio, nunca lo fue, pero lo que más quiero es que la gente deje de mirarme enmarcada, irme de aquí, ser una mujer anónima, decir lo que se me dé la gana, me voy, Leonardo, pero debes guardar el secreto o empezarán a buscarme, dame tiempo de llegar a la Parodia del Bosque sagrado, ahí decidiré lo que sigue, a ti quizá te haría bien volver a pintar, no lo sé, es un decir.

Por minutos, se hizo un silencio, luego entró el enfermero: Bon jour, Monsieur, ¿cómo se siente? Le tomaremos la presión arterial, hoy es un lindo día, abriré las ventanas.

Un brillante sol matutino entró e iluminó un cuadro vacío frente a la cama.

 

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EnsayoMisceláneo

El anhelo de la escritura

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Por: Laura Karina “Puerquito”

Sólo tengo dos recuerdos de mi bisabuela. En el primero aparece ella en su silla de ruedas, con sus piernas blanquísimas llenas de venas moradas. Ella estaba junto a la ventana en casa de mi tía. Yo tendría unos cinco años, por lo que apenas mi altura llegaba a los reposabrazos de su silla. Fue la primera anciana que yo vi, seria y maquillada, con un porte que definitivamente no le heredé.

Lo segundo que recuerdo, también alrededor de los cinco años, es cuando me llevaron al asilo a visitarla. Mientras mi madre y mi bisabuela conversaban, me puse a caminar sobre unas jardineras de concreto que había en el patio. Acto seguido, yo brincaba de una a otra. Lo siguiente fue mi cara azotando contra la esquina de la jardinera, tronándome las encías. Entonces, mi madre me llevó al baño y me lavó la cara ensangrentada mientras yo lloraba viéndome al espejo. No sé si mi bisabuela ayudó en algo en mi curación, pero sé que estaba ahí, sentada en su silla, probablemente mirando mi sangrar desde algún rincón de su habitación. Obviamente no le dio gusto mi desgracia, pero, ¿le habrá importado? No sé si yo le significaba algo, ni lo sabré nunca. Ella falleció poco tiempo después y se llevó consigo cualquier interpretación fidedigna que yo pueda darle al asunto.

Y eso es lo que pasa cuando la gente muere; uno se queda a solas con las dudas.  En ese momento de mi niñez no tuve preguntas, pero conforme me convertía en una joven, mis tías y mi madre me dijeron en varias ocasiones que yo me parecía a la bisabuela.

“Ella era muy dramática, teatrera… siempre buscó ser el centro de atención”

Para la clase de niña-muchacha que yo era, tan errante y problemática, las comparaciones no me quedaban claras. Más bien, no me aportaban nada. Lo único que se me venía a la cabeza al imaginarla era esa escena de ella sentada totalmente erguida con el peinado perfecto y un arreglo que no pretendía esconder su edad, sino realzar esa belleza que se forma con los años. O al menos eso creía yo. Mi visión era tan limitada como lo puede ser la visión de cualquiera que no haya tenido oportunidad de conocer a quien está juzgando.

Hace poco mi tío-abuelo, quien fue su hijo, también murió, 20 años después que su madre. Ayudando a arreglar sus pertenencias, encontré algo. Algo que sigo sin entender por qué mi familia no mencionó antes, cuando hacían las comparaciones.

Mi bisabuela era escritora.

O más bien intentó serlo. Quienes piensen que escribir es solo un hobby, lo creen porque no se han sentido atrapados por el yugo enorme del deseo que conlleva. Ahora sé que mi bisabuela quiso con todas sus fuerzas ser algo que logró a medias, pues murió después de decenas de años de ser una burócrata. Digno sí, pero sin más que eso.

No sé qué fue lo que no le alcanzó. No sé si fue la vida, la disciplina o la voluntad. Y no saberlo me asusta. Porque, aunque acepto racionalmente que no puedo hacer nada más por entenderla, mis emociones ahora sí me dictan que hay mucho en común entre nosotras… y lo que temo es que yo haya sacado de ella el impulso artístico, sí, pero que sea una pulsión sucia y llena de defectos.

Y esto lo presiento porque, desde que aprendí a escribir, e intenté hacerlo de una forma más-o-menos-seria, he tenido una desagradable y constante sensación de inadecuación. Es como si no lo mereciera, como si la vida no pudiera ser lo suficientemente amable como para concedérmelo. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor simplemente sería incapacidad. Ansia sin dotes.

Pero aun con todas estas quejas, todo ha cambiado y tiene que ser forzosamente así, ya que ha caído sobre mi una nueva responsabilidad. Ahora sé y estoy segura de que el anhelo escritoril que he tenido desde siempre no me vino de la nada, no surgió conmigo. Lo heredé. Latía en mi bisabuela y ahora está vivo en mí. Y este deseo de honrar lo que fue de ella y que ahora sin querer me pertenece, es lo que me trajo aquí, a este instante en el que decido asumir la obligación de que tengo de hacer lo que me toca.

Y lo que me toca es escribir. Aunque la vida, la disciplina o la voluntad tampoco me alcancen. Pese a que se me reviente una y otra vez, ya no la encía, sino el corazón contra el pavimento. No hay más, no me queda de otra. Y si al final resulto inadecuada, al menos la sangre que derrame en el intento estará repleta con la esencia de ella. Y eso, más que consuelo, me brinda una tibia alegría.

 

ANEXOS, O UN PAR DE LOS TEXTOS QUE ENCONTRÉ

 

Ella era mi bisabuela, con su hijo.

Esta es la carta que le escribió cuando se supo embarazada de él.

Y aquí un concurso que ganó, recorte que su hijo guardó hasta el día de su muerte.

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EnsayoMisceláneo

La mirada en las esferas

MC Portada

Por: Gerardo Farías

A las personas nos gustan las cosas redondas. Hay un placer muy peculiar en la simetría de los círculos. Si encimas varios círculos, obtendrás un disco, quizás una moneda. Gira un círculo (una moneda) y tendrás una esfera.

No es gratuito que la esfera haya sido considerada como la forma geométrica perfecta por las civilizaciones antiguas. Con esa forma incluso concebimos nuestro hogar, el planeta Tierra, aunque no sea en realidad perfecta. Ya los  griegos (algunos, no todos) concebían al universo como una esfera celeste inmensa que contenía a los demás astros —el Sol, la Luna y las estrellas, también en forma esférica— girando alrededor de la Tierra. Leonardo da Vinci encerró en un gran círculo a su hombre de Vitruvio, ese hombre que al mirarnos con sus proporciones perfectas, ¿nos invita o nos reta a imitarlo? M. C. Escher dibujó un autorretrato en el cual se ve su mano sosteniendo una bola de cristal que lo refleja sosteniendo su propio rostro. Todos lo hemos hecho alguna vez: mirar nuestro rostro a través de dos espejos y disfrutar de la repetición: eso nos hace sentirnos infinitos.

La forma aparece en un sinnúmero de creaciones humanas: en el transporte, en el arte, en el deporte, en nuestros sueños y pesadillas. Y cuando la hallamos en la naturaleza, nos sorprende tanto que dudamos de que sean “naturales”.

Por eso las esferas navideñas nos hipnotizan en la infancia: es una forma perfecta que está al alcance de nuestra mano. A las esferas las escogemos sin prisa a través de un cristal, las transportamos con mucho cuidado en una caja, y las sacamos con la supervisión de los ojos de nuestros padres o abuelos. Mientras nuestra mano va de la caja a la rama indicada, nuestro rostro se acerca y se aleja en el reflejo de una superficie tan frágil que da miedo destruirla con un pequeño apretón de nuestros dedos emocionados y nerviosos.

A pesar de no ser un gran fanático de la navidad, reconozco que necesito de los rituales —como cualquier otro ser humano— porque necesitamos que la vida esté rodeada por ciclos que se abren y se cierran. Poder reconocer el inicio y el fin de las cosas nos causa satisfacción, nos relaja y nos anima a seguir (¿hacia dónde?); es la única manera de darle sentido a nuestras vidas: dibujar círculos sobre el caos.

Hay en nuestro país gente experta en el arte de dibujar círculos en el espacio, son capaces de hacer esferas perfectas. Hacia el noreste de Michoacán, enclavado entre montañas y niebla, existe un pueblo mágico en el que se dice que siempre es navidad, donde con algo de suerte uno puede ver duendes, y donde se respira una mezcla de nostalgia e inocencia que el aire helado empuja dentro de nuestro cuerpo. No exhalamos humo, exhalamos añoranza. Tlalpujahua significa “tierra esponjosa”,  se forma de las palabras Tlalli (tierra) y Poxohuac (esponja). Quien ha estado ahí no necesita de la etimología para entenderlo. Este lugar se estableció sobre un pasado prehispánico que persiste hasta nuestros días. Sus primeros pobladores eran indígenas mazahuas cuyas tradiciones y leyendas siempre han hecho referencia, entre otros temas recurrentes, al de la mirada. Cuenta la historia que antes de la llegada de los españoles, este pueblo fue un punto de conflicto, ya que estaba en medio de lo que fueron dos grandes imperios: el tarasco y el azteca. Los mazahuas observaron el conflicto y lo comprendieron, pero sabían que el conflicto no era de ellos, sabían que la respuesta no estaba afuera.

Hay una leyenda mazahua que habla de un viejo sabio que pasaba la mayor parte de las horas del día sentado a la orilla de un lago, mucha gente acudía a él para pedirle consejos sobre varios problemas relacionados con la cosecha, los hijos desobedientes, los desacuerdos en la pareja, qué hacer ante la guerra, y muchos otros asuntos. A todos les daba el mismo consejo. Les decía: “La solución a tus problemas está dentro de ti mismo” y las personas se marchaban sin entenderlo muy bien. Dicen que aún ahora, a pesar de que murió hace mucho tiempo, se le ve sentado a la orilla del lago, dando consejos a las personas que tienen problemas y repite siempre el mismo consejo: “La solución está en ti mismo”. Imagino la mirada del viejo clavada en el agua buscando su rostro reflejado.

Las tradiciones mexicanas, como todas en el mundo, están conformadas por mezclas de otras tradiciones provenientes de culturas anteriores. Nuestros festejos están llenos de puentes y de espejos. La misma navidad es un sincretismo de creencias paganas nórdicas y credos cristianos. Nada hay que sea puro y original, pero he ahí la satisfacción de encontrar puentes y espejos. Así como Tlalpujahua hay otros pueblos en el mundo que pueden presumir de tener una navidad siempre viva. Mientras escogemos nuestro árbol de navidad, millones de otras personas hacen lo mismo: un árbol natural plantado en la tierra o uno talado y puesto dentro de la casa o uno artificial, los hay verdes, blancos y hasta azules. Todos buscamos la perennidad a través de los ritos, buscamos sentirnos felices. Justo como el zorro en El Principito que le pide siempre regresar a la misma hora, para que así él pueda sentir la emoción de la espera: su felicidad se irá conformando y creciendo mientras llega la hora acordada. Así nos acercamos a las fechas decembrinas, la felicidad no nace de ver a nuestra familia en la noche del 24 de diciembre, sino de la espera. Contamos los días, compramos adornos, preparamos la comida. ¿Qué buscamos y en dónde?

Antes de terminar, permítanme tender un puente más, miremos otro espejo, otro lago. Un escritor sueco casi desconocido en español, Stig Dagerman, escribió un cuento llamado “La mirada en las esferas”. En ese breve texto de no más de dos páginas se relata la fascinación de una niña mientras observa su rostro reflejado en una esfera de cristal que está por poner en su árbol. Cuando la esfera es colocada en su lugar, la niña es ya una anciana. La transformación ocurre mientras su rostro es descrito lentamente, pero hay un detalle inmenso: sus ojos nunca cambian. A pesar de todo, sigue o quiere seguir siendo la misma.

Repetimos ciclos empeñándonos en no morir y sentimos que somos siempre la misma persona, el mismo ser pequeño fascinado por la redondez de las esferas, pero hay una premisa flagrante en la historia y en la vida: el tiempo pasa, sin que le importe nada.

Las esferas navideñas nos ayudan a olvidar eso. Buscamos en su reflejo la mirada que se quedó adentro. La forma geométrica perfecta debe ser capaz de guardar nuestros mejores momentos.

Distinto a lo que se dice normalmente del significado de las esferas, no creo en la supuesta representación de los pecados en ellas, ni tampoco siento ya que haya relación con los dones o virtudes que hemos cultivado a lo largo de un año más. Para mí, las esferas siempre representarán la posibilidad de encontrar la mirada de un niño que ya no soy, pero presiento que está en alguna esfera, esperando para saludarme desde lejos.

Ustedes, queridos lectores, estoy seguro que también buscan lo mismo. ¿Por qué no ir a la Tierra Esponjosa llena de nostalgia a encontrar la esfera indicada?

 

*Texto publicado en el suplemento turístico INNBUS del diario Provincia el 1 de diciembre de 2016.

 

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Hexágono literario

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Por: Berenice Hernández

 

Antes que todo, extiendo una felicitación a La Gualdra por su sexto aniversario, y agradezco esta oportunidad para hablar de seis lecturas que han marcado mi camino literario. Comenzaré diciendo que la cosa empezó, sí, a los SEIS años: mi padre me obsequió Las aventuras de Tom Sawyer, mismo que aún conservo, y que fue un hito en mi formación. Si no fuera por él tal vez nunca me hubiese interesado por la escritura. Un tiempo después me descubrí hojeando Gazapo, obra que tuve la fortuna de encontrar en una librería de viejo a los DIECISÉIS. Gracias a ella supe que la juventud se abría un espacio en la literatura mexicana, que la onda llevaba algo fuerte consigo y podía decirse adiós a la mesura y formalidad. Fue divertido mientras duró.

Debo confesar que en mi camino literario ha habido poquísimas mujeres. Por indeterminadas circunstancias, procuré alejarme de los textos escritos por autoras, ya que ninguna de las pocas que conocía lograba convencerme. Esto cambió cuando me presentaron Pétalos, y otras historias incómodas, de Guadalupe Nettel. Los SEIS cuentos de este libro derrumbaron mis prejuicios absurdos y gracias a ello he hallado escritoras con trabajos sumamente interesantes que me estaba perdiendo. Seis cuentos con una calidad asombrosa.

Uno de mis libros favoritos será el cuarto en el conteo: 2666, la novela total de Roberto Bolaño. Me parece evidente su relación con el número seis, así que me limitaré a decir que es una de las novelas más importantes en mi vida: Hay un antes y un después de mí, todo gracias a ella. La atmósfera que crea Roberto me parece perfecta, ya sea viéndola como lectora o como escritora. Esto pasa también con la obra de Alessandro Baricco. Justo ahora leo Esta historia, pero tengo como magnífico antecedente cinco obras más del italiano.

Finalmente, dejo hasta aquí al más arbitrario: Hace un año, en 2016, me informaron de la publicación de mi primer libro, Cementerio paquidermo. Aunque esto parezca un anuncio (que sí lo es),  no deja de intrigarme cómo hasta que me piden este texto reconozco lo importante que ha sido el seis en mi camino.

No cabe duda que los números y los libros nunca dejarán de sorprendernos.

 

*Texto publicado en el número 296 de La Gualdra; en su sexto aniversario

 

 

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Misceláneo

Gendarmería

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Por: Berenice Hernández

Llegó la Gendarmería. Pasan y pasan puñados de policías acá afuera. Voltean y siguen su camino. No les importo. Se asoman unos quince, una sola mujer, cabello platinado. Van pellizcándole la panza unos dos, jalándole los pelos otros. Ella ríe y la sonrisa provoca que se muevan las orejas y se deslicen los pasadores que apresan su boina. Yo la miro. Tuerce las caderas porque le hacen cosquillas. Se dobla toda. No deja de reír. Su risa es melódica, parece enamorar a sus compañeros, todos tras ella. Es la líder. Ellos también sonríen e interrumpen su canto. Por fin me notan, descubren la librería. Descubren, también, mis ojos impávidos atravesándoles los poros. “Vénganse, muchachos, hay que ser cultos”, dice uno, y los invita a plantarse con sus botas, a germinar acá adentro. Los miro. Inspecciono su espalda ancha, su manera de quitarse la gorra. Me muestran sus costumbres. Recorren el sendero trazado gracias a las mesas. Pienso a cuánta gente habrán pateado esas botas, cómo se llamaba aquel al que replegaron. Doy los buenos días. Responden brusco, parece que me escupen sus voces en la cara. Adiós a las cosquillas y al reír bonito. Ni ella ni los machos se interesan en nada. Los libros tienen miedo. A quién engaño: Los libros, la rubia y yo tenemos miedo. La Gendarmería sale cuidando sus espaldas, sin miramientos. De a poco los hombres se instalan en la calle. Sólo queda uno conmigo. Voltea. En la mano derecha trae su arma, en la otra El arte de la guerra. Lo veo hecha un nudo en la garganta. El cabrón me sonríe.

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