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Narrativa

Narrativa

EL TECHADOR (THIS SHIT DOESN’T GO AWAY)

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Por: Luis Miguel Estrada O.

 

El techador llegó cuando afuera estaba a punto de llover. El aire mecía un canto húmedo, rajado por las ramas secas y desnudas de los árboles. La figura del inquilino, alto, de carne morena y magra, que barrió al techador de pies a cabeza con suspicacia defensiva, inquietó un poco al visitante.

Howdy! Jason W. Jeffries Roofing. I’m here to take a look at that leak o’ yours.

El inquilino miró con sus ojos enrojecidos la tarjeta de presentación que le extendieron. No la tomó. Volvió a analizar al hombre joven, de mirada estrábica y de rostro marcado por un diente prominente, que se pasaba una mano reseca por las mejillas pobladas de un vello como raspaduras de cobre, sucio.

Nice timming, boy. Look at them clouds over there, it’s gonna pour, I tell ya! That’s bad for leaks, you know?

You do what you can.

Yeah, I bet you don’t wanna get your back wet ever again!

El inquilino movió la puerta con parsimonia, cerrándola, mientras miraba fijo al techador, que estalló en una pequeña carcajada y se acercó a la puerta.

C’mon, boy! You can take a joke, can’t ya? Laugh at yourself. I wouldn’t be my own boss if I hadn’t learned to laugh at myself!

There’s a lot to laugh about.

Sweet Lord, that was a nice comeback, now we’re talkin’! So, what about that roof?

Sin convicción, el inquilino lo hizo pasar. Lo condujo en silencio hacia el piso superior. Las escaleras de la casa vieja, de madera, crujieron bajo sus pies durante el camino hacia el tercer piso.

A hell of a workout you got here, right? Lots of steps! I fucking hate these old houses, don´t ya?

El inquilino gorgoreó una afirmación cortante, mirando sobre su hombro. Al final de las escaleras torcidas dentro de la casa, que trepaban angostas y altas, el inquilino abrió una puerta chirriante y le granjeó la entrada al techador a una cocina diminuta. Estaba atestada de trastos sobre la mesa y el fregadero e inundada de un olor a fritanga y especias.

—¡Viene el techero! —rugió el inquilino a alguien en el interior de la vivienda. Adentro sonó un correr de pasos y una puerta cerrándose.

El techador y el inquilino pasaron la cocina hacia una estancia, un ático viejo, acondicionado para una modesta vida de estrechez. Dentro, el revés del techo era anguloso a causa de la inclinación de las aguas, y los pocos muebles parecían oprimidos por la cubierta baja. Un sillón junto a la ventana, una mesa de centro, un escritorio.

So, you own your company? —preguntó el inquilino, buscando dentro de sí alguna cordialidad.

More like a one-man-show kinda a thing. Where’s that leaking at?

Here —dijo el inquilino, palmeando con su mano una parte del techo, abombada y húmeda por la gotera.

Oh, boy! —dijo el techador, pasándose una mano por la cara, con preocupación experta. Se ajustó los pantalones, agujereados y embadurnados de pintura seca y mugre —. Do ya think I can get to the roof from here? —preguntó, señalando la escalera de incendios tras la ventana obstruida por el sillón.

El inquilino quitó el mueble de en medio con un movimiento veloz, casi enfadado. El techador abrió la ventana y pasó sus extremidades de músculos largos hacia el exterior manchando la pared con sus botas gastadas y sucias. Afuera, comenzó a tomar fotografías con su teléfono. Las exclamaciones de descontento, en su voz nasal y cascada, a pesar de ser un hombre joven, no cesaban.

Oh, boy! Oh, boy! This ain´t gonna be easy! Lotta trouble out here! Are you the owner? This is looking bad, boy!

Just renting.

El techador volvió al interior del edificio, pero cuando estuvo con más de medio cuerpo dentro, una de sus enormes botas industriales se atoró en el marco de la ventana y se precipitó al interior, cayendo sobre el cuerpo del inquilino. El inquilino, con velocidad, lo sujetó y lo rechazó en un movimiento continuo y fuerte. El techador, cuando sintió el envión que lo separaba del cuerpo ajeno, repelió el abrazo accidental con un movimiento rápido y preciso, combativo. El inquilino dio un salto eléctrico hacia atrás y colocó su mano izquierda hacia adelante, casi empuñada, tensa; se perfiló, bajando un poco la cadera y levantó la mano derecha a medio cerrar a la altura de su pecho. Aguzó la mirada, la clavó en el techador, que ya recuperaba el equilibrio y había tomado una posición similar, pero con ambas manos empuñadas y la derecha más cerca del mentón. Tensos, mirándose, estuvieron callados un momento.

Easy, boy! I tripped! You’re a bit too jumpy, ain’t ya?

Sorry.

El inquilino bajó las manos cuando el techador lo hizo, lento, con la claridad del que intencionalmente abandona la posición de combate.

You gotta bigger problem out there. That roof ain´t taking no more heavy rains. Jeez! It ain´t even taking any light rains! Chill, boy!

El inquilino asintió y ambos se sostuvieron la mirada.

What was that about, boy? —preguntó el techador, refiriéndose a la veloz manera del inquilino de prepararse para una pelea—. Have ya been in a lotta fights back home?

This is home now.

Gotcha! It is now, but it wasn´t before. You don’t wanna get into a fist fight with this white boy, anyhow, boy! I’ve been around, you know?

El tono del techador aún era ligero, incluso, juguetón. Caminó alrededor de la estancia tocando la pantalla de su teléfono y murmurando palabras que hacían referencia a costos, materiales y pronósticos del tiempo. Súbitamente, guardó su teléfono e hizo una finta, colocándose de nuevo en posición de combate, dejando ver a las claras que bromeaba. El inquilino reasumió su posición, con la mirada inexpresiva, siguiendo el juego y no.

One of my fellas got himself into an MMA gym, d’ya  know MMA, boy?

Mixed Martial Arts.

Atta boy! Some of the guys in the Army like that shit. Keeps ya sharp, ya know?

El techador hizo algunos movimientos, lanzó un jab y un recto, cruzó un codazo de box tailandés con el brazo izquierdo y remató con un rodillazo desde la pierna de atrás.

You should try that shit out. I can tell you need to blow some steam, boy.

Maybe just to keep it sharp.

That’s the spirit! That shit doesn’t go away you know? Come here, let’s try something, just for the heck of it.

El techador se acercó al inquilino, invitándolo con sus manos abiertas, en posición de agarre, a sujetarlo por los hombros, en un ejercicio clásico de gimnasio.

Let’s say you got me grabbed like a second ago, okay?

Se colocaron en una posición similar a la que habían tomado cuando el pequeño tropiezo del techador los contrapuso y el inquilino lo repelió. El inquilino, aún tenso, siguió el juego y sujetó al techador.

You got me like this, right? But I can get you like this!

Rápidamente, el techador sujetó los hombros del inquilino y cruzó una pierna por detrás de la de su oponente; dejó listo al inquilino para el derribo, fuera de balance. El inquilino, conociendo la situación en que lo habían colocado, cambió la posición de sus pies, saltando la zancadilla del techador, y luego lo atrajo hacia sí para envolverlo con las manos, colocando al techador en una posición de estrangulamiento.

You know your shit, boy! —gritó el techador, con una voz súbitamente excitada, risueña, que hacía resaltar su deterioro.

El inquilino percibió el tufo a aguarrás cuando lo soltó y se separó de él. Supuso que el techador percibió su tufo a resaca. Caminaron por la estancia alrededor de un centro imaginario, mirándose. El techador sonreía. Daba pequeños saltos para aflojar el cuerpo. El inquilino sacudía los brazos.

You wanna try something else, boy?

—I don’t think so.

—C’mon! Forget about grappling, how’s your striking?

Let’s give it a try some other day, okay?

El inquilino levantó las manos con las palmas abiertas, luego las dejó caer.

How soon can you get the roof fixed?

C’mon, boy! Are you quitting on me? Back in the Army we hated fucking quitters!

Back home too.

You was in the Army, boy?

Not for long.

Where was that, boy?

Back home, I told you.

I thought this was home, now.

It wasn’t home then.

But it is now, ain’t it boy? Maybe you don’t have the papers, but you have the spirit, right, boy?

El inquilino reasumió la guardia tras el chiste del techador.

—That’s more like it!

El techador marcó una combinación. Dos golpes arriba, jab y recto desde la distancia, lentos, que el inquilino desvió con las manos. Remató con una patada frontal sorpresiva, al plexo, que entró por el hueco de la defensa que los golpes habían abierto. No conectó la patada, pero se contentó con haber opuesto el argumento de autoridad. Seguía pareciendo un juego. El techador estaba divertido.

Jeez, boy! You gotta keep your game sharp! In a real fight that would’ve cost you badly!

I can take a hit. Back home nobody holds back that much.

You wanna bring it up a bit? We can do that, boy!

El techador lanzó la misma combinación. El inquilino desvió los golpes y abrió con descaro la guardia para recibir la patada. Era evidente que había retado al techador a golpearlo, pero éste se contuvo de patear en pleno, aunque conectó claro. De inmediato, el inquilino sujetó la pierna y golpeó con un codo arriba de la rodilla, cerca de los nervios del muslo; aunque también se contuvo, el techador sintió el castigo.

Damn, boy!

El techador liberó la pierna lanzando su cuerpo hacia atrás, en el camino golpeó la mesa de centro, pero apenas esperó antes de volver al ataque. Fintó con la pierna que le habían golpeado, el inquilino se comió la finta y bajó las manos, buscando sujetarla de nuevo. El techador aprovechó el descuido y saltó hacia él; lo sujetó por detrás de la cabeza con ambas manos, jalándolo hacia abajo al tiempo que lanzaba la rodilla hacia el plexo del inquilino. El inquilino cerró la guardia con los codos y sintió el rodillazo en su defensa, lanzado con más fuerza que los golpes anteriores. Sujetó al techador por detrás de la cabeza también y respondió con un rodillazo él mismo, por el costado, a las costillas, que sintió doblarse con el impacto.

Fuck you, boy! —la voz del techador, esta vez, salió con la claridad de un pequeño rugido. Rompieron el abrazo y se estudiaron mientras volvían a caminar uno alrededor del otro.

La puerta que marcaba el fondo de la estancia se abrió y salió una mujer pequeña, morena, en mallas y una blusa ceñida.

—¡Cálmate ya! ¿Qué te pasa? —increpó con autoridad.

Shit, boy! That’s a fine-looking lady you got there!

—Nada, métete. ¡Que te metas!

—Dile que se vaya, pero ya.

Does she fight, boy? She sounds like a fighter!

She would beat the fuck out you. ¡Métete!

Come on, señorita, let’s have a round. You don’t mind, right? Do you, boy?

Hey, back off.

La mujer volvió a la habitación y entornó la puerta, dubitativa.

Hey! Come back! We’re having fun! You wanna give it a try, gorgeous?

El techador fintó un par de golpes hacia ella.

—Go or I call the pólice —dijo la mujer, mirando alternadamente a los dos hombres.

El techador caminó hacia ella a grandes zancadas, ella azotó la puerta. El inquilino empujó al techador hacia la pared. El techador giró y lanzó una patada alta, a la cabeza del inquilino, que cayó sobre la mesa de centro, quebrándola.

Thought you could take a hit, boy!

El techador volteó a la puerta cerrada y la golpeó con la palma de la mano.

—The police! I will call the police! —gritó ella desde dentro.

—They’ll fucking take you in too, you know?! —le respondió el techador mientras forcejeaba con la puerta.

El inquilino se recompuso y se lanzó hacia el techador, prendiéndolo con un abrazo en la zona media. Lo levantó, metió su cadera por un lado alrededor de la cadera del techador, que pataleaba en el aire, y lo azotó contra el suelo, dejando caer su propio peso sobre él. En el piso, se trenzaron en un nudo de llaves y contrallaves; reptaron por la pequeña estancia golpeando los pocos muebles en ella. A veces uno quedaba encima, luego el otro. Sus rostros se enrojecían, ambos soltaban los bufidos cortos de una respiración contenida. Los codos, las rodillas, las caderas, sonaban con la claridad del hueso al dar contra el suelo. Sin embargo, ellos evitaban golpearse, sólo buscaban dominarse. La mujer abrió la puerta. Pedía “¡Suéltalo!”. El techador reía entre los forcejeos con una risa de hiena.

—Call them! Show them your fucking green card, comprende?!

—Enough!

—I wanna have a round with her! She looks fierce!

 La mujer saltó el nudo que eran los dos hombres, buscando el camino hacia la cocina, la calle y el auxilio, pero el techador lanzó un zarpazo que la hizo tropezar. La mujer cayó de bruces. Inmóvil. Pero el techador no soltó su tobillo.

El inquilino, al ver a su mujer derrumbada, sujeta, comenzó a golpear el rostro del techador, que soltó a la mujer para responder al fuego con fuego. El inquilino logró la posición dominante y puso la cadera del techador debajo de la suya. La mujer recuperaba el sentido lentamente. El techador seguía riendo con su risa de hiena, le respondía al inquilino con golpes a la garganta y con dedos que buscaban los ojos; escupía a través de los puños del inquilino, tiraba golpes y volvía las manos a posición de defensa. La saliva mezclada con sangre y rabia bañaba la cara del inquilino. “¡Déjalo!”. La risa seguía. La mujer estaba de pie junto a ellos. Trataba de sujetar al inquilino por los hombros, éste lanzaba un codazo hacia ella cuando se sentía inmovilizado y vulnerable; ella lo evitaba con movimientos veloces y temerosos.

All right, boy! I’m tapping out! I’m tapping out!

Pero el inquilino no se detenía. “¡Déjalo!”

Enough, boy! —la voz del techador se apagaba, entorpecida por el rostro que sangraba y se inflamaba con velocidad. “¡Suéltalo!”. Ella lo golpeaba en la cabeza, pero él no sentía los golpes; ella trataba de atrapar los puños, pero se le escapaban—. Please, boy! Please! —el techador balbucía, se callaba—. I’m beggin’ya!  

El inquilino no dejó de golpear hasta que sintió que toda respuesta se había agotado. Tenía los brazos cansados, los nudillos pelados y cuando bajó el ritmo del golpeo se dio cuenta de que las manos le dolían, pero no podía dejar de empuñarlas. Su mujer al verlo quieto, lo sujetó de los hombros y lo levantó de encima del techador. Inmóvil.

Afuera, el viento se rajaba al pasar entre las ramas desnudas de los árboles. Había enfriado y comenzaba a caer la lluvia. Primero, en lentas gotas livianas; después, en un verdadero chubasco que se colaba al interior del ático por la gotera.

 

*Publicado originalmente en la revista Rio Grande Review. (The University of Texas at El Paso). Primavera 2016. No. 49.

 

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Narrativa

Vida Extra

vida extra

Por: Édgar Omar Avilés

Pahko, al terminar la jornada de compra-venta de videojuegos en su puesto del mercado, siente el cansancio podrido en cada hueso. No fue buen día, no podrá comprarse ni un gramo. A causa de la muleta y la gordura recorre las calles lentamente. Su mirada se pierde entre algún mal recuerdo y las grietas de la acera.

La desvencijada puerta de su cuarto de vecindad chilla al ser abierta. Luego se apresta rumbo a la cama para descansar un rato, pero encuentra algo sobre la almohada.

“¿Y esta madre de dónde salió?”, piensa al ver un viejo cartucho de Atari. Abre entonces un polvoso baúl y saca la consola con la que se inició en el mundo de los videojuegos, ya dos décadas atrás.

Inserta el misterioso cartucho en el Atari y lo prende. La pantalla muestra unos prehistóricos gráficos: en contraste con la nueva tecnología resulta casi imposible admitirlos.

Se dispone a buscar las opciones del juego para elegir, como siempre, la más difícil. Después, al iniciar, se dejará perder vidas hasta que sólo le reste una, quizás así le represente reto. Pero no, aquello no tiene opciones; en el centro de la pantalla aparece la única alternativa, bajo el título Pac-Man Come Culpas: iniciar juego.

Pac-Man, controlado por manos expertas, comienza a comer todos los bloques que están a su paso. A la par, cada vez que come alguna frutilla aparece en la pantalla la nota: “Tienes más carácter”, y al hacerle lo mismo a los fantasmas —previa ingestión de una pastilla de poder— se lee: “Enfrentas tus miedos”.

“¡Ah chingá!, qué versión tan extraña”, se dice.

Al finalizar la primera fase aparece un trofeo de color amarillo intenso y al pie la nota: “No le gritaste a tu madre por teléfono que la deseabas muerta”. Pahko se frota los ojos con frenesí; aquello fue justamente lo que dijo dos semanas atrás.

“¿Qué pitos pasa?”, piensa.

Se reincorpora al álbum la foto de su familia que consumió el boiler.

El siguiente escenario es idéntico, sólo que los fantasmas y el tiempo corren un poco más deprisa.

Sin demora termina de comer todos los bloques. Aparece un trofeo igual al anterior, pero con otra nota al pie: “No mataste al perro de tu vecina”. Mientras lee, sus ojos intentan salirse de las cuencas. Él envenenó a ese animal meses atrás, por lo que tuvo muchos problemas con los vecinos. Un ladrido se escucha cercano.

Al pie del tercer trofeo: “Dos años atrás no te subiste en esa motocicleta”. Sin darse cuenta se incorpora del sillón, sin necesidad de la muleta.

Al pie del cuarto trofeo: “No caíste en la depresión que te obligó a comer hasta deformar tu cuerpo”. La ropa de pronto le escurre, ridículamente holgada.

Al pie del quinto trofeo: “No inhalaste el polvo blanco que te ofrecieron hace seis años”. Desaparecen las manchas de sangre en su almohada.

Al pie del sexto trofeo: “Aquella noche no eyaculaste adentro de María; no huiste, dejando trunco tu bachillerato”. Un certificado de ingeniero en informática aparece colgado en la pared.

Al pie del séptimo trofeo: “En la secundaria no te hiciste amigo del Macizo”. El tatuaje que se hizo en el reformatorio se borra junto con los navajazos en la cara y el abdomen.

Al pie del octavo trofeo: “Llegaste justo a tiempo; no te quedaste afuera en el estreno de Superman 3”. Una sonrisa infantil se dibuja en sus facciones.

Al concluir la novena fase, como exclusivo trofeo, un largo párrafo: “Comprueba que no es una mentira: háblale a tu madre; sal y date cuenta que el perro aún vive; no sientes el cosquilleo en nariz y paladar que te pide cocaína; asómate al espejo, ya no eres un descomunal gordo; el tendón de tu pierna no está hecho un amasijo; no hay marcas en tu cara y abdomen; tienes una casa y alguien te espera en ella, marca el teléfono que encabeza la agenda; eres ingeniero e inicias una maestría; hay una cuenta en el banco a tu nombre. Eres lo que has envidiado, lo que siempre has llamado un triunfador; los pasajes que te forjó mal el destino y tus errores decisivos están borrados. Sin embargo, el juego se gana hasta superar la fase quince, sólo entonces todo esto será en verdad parte de tu vida”.

Pahko, como autómata, sigue al pie de la letra los mandatos. El agua fría del lavabo lo convence de que no está inmerso en un sueño. Sabe que desde hace mucho tiempo ningún juego se le dificulta, de hecho pac-man come culpas le resulta bastante sencillo en comparación con otros. Seguro de sí mismo vuelve a sentarse. Un contador en la pantalla señala que sólo restan cinco segundos para que pueda continuar parchando su pasado.

—¡No hay forma de que pierda! —grita, y un látigo de electricidad recorre su columna—. ¡Tengo una segunda oportunidad en esta pinche vida!

Mira hacia arriba y da gracias a alguien, después toma con determinación el control, decidido a obtener los trofeos de las siguientes fases.

Fase diez: “En aquella broma no te equivocaste al poner ácido bórico en vez de bicarbonato en el yogurt de tu primita. No tendrás el remordimiento de verla morir de nuevo, presa de convulsiones, en tus pesadillas”. Los ojos se le nublan de alegría.

Fase once: “No te violó tu tío, jamás tendrás que bajar la mirada y llorar cuando el recuerdo se deslice”. Sólo atina a suspirar profundamente.

Fase doce: “No te regalaron en tu séptimo cumpleaños el Atari, no malgastaste tu juventud en hacerte hábil para los videojuegos; los ataques de epilepsia no pasaron de simples mareos”. Los ojos le brillan como dando un grito.

Fase trece… Pac-Man es atrapado por los fantasmas: “El juego terminó, has perdido, el juego terminó, has perdido, el juego terminó… Sigues siendo el que ha fracasado; al que violaron; tu madre te odia tanto como tus vecinos; eres el descomunal gordo que usa una muleta para compensar el tendón contrahecho de una de sus piernas; el epiléptico de frecuentes convulsiones; con quién jamás una mujer en su sano juicio compartirá su vida, ni siquiera una noche, ya ni siquiera María… Suerte para la próxima”.

El dolor en la pierna regresa, su cuerpo vuelve a engordar, su autoestima se desmorona y el teléfono en la agenda desaparece. ¡Cocaína, necesita cocaína!

—¡Puta mierda de pendejada! —grita mientras arroja el control y se muerde el labio inferior.

Pahko, desesperado y con la cara abotagada de llanto, resetea el Atari y lo intenta de nuevo.

 

*Cuento perteneciente a La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007. Mención honorífica del Premio Nacional de cuento Agustín Yáñez 2004).

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Narrativa

La muerte de Tristán

bancas

Por: Nan Martínez

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda, desde el palco balcón la orientación de las luces favorecía mi silueta. Una mujer de no menos de treinta años. La piel de mis brazos permanecía fresca. El rostro terso; la nariz afilada, casi infantil. Mis pestañas castañas y la melena rizada.

Desde su butaca un hombre muy joven me miró sin recato, mientras lo hacía atesoraba una inquietante luz en los ojos. Comencé a sentir incomodidad, una picazón detrás del cuello. El joven me pareció tan familiar, fue como viajar diez años atrás. Moví el brazo de mi esposo y le pedí un cambio de lugar para mejorar el panorama.

Wg. anheló tenerla entre sus brazos, aunque fuera en alguna vida pasada, porque en esta ninguna mujer siquiera lo volteaba a ver, era tan flacucho e inexperto. Imaginó comenzando con el cortejo y por fin ser digno del amor de aquella mujer, se soñó su marido, sonrió al sentirse dentro de un sueño de amor efímero.

Del extremo opuesto Esteban observaba con mirada dura la cara tan patética del embrutecido joven. Escondido tras la sombra de una pilastra volteó hacia el balcón y le llegó el recuerdo del desastre.

Al concluir el segundo acto cerré los ojos y recordé el par brillante. La tensión creció, una línea imaginaria en el aire unía los recuerdos que me anudaban la garganta. Salí muy rápido arguyendo un retoque en el baño. Mi butaca quedó vacía y el joven salió por el pasillo trasero.

Enseguida Esteban se levantó mientras esquivaba las butacas como un sonámbulo. Ambos se aproximaron al verla entrar al baño, como si durante los últimos diez años uno de ellos no hubiera sido un miserable.

Al entrar al baño vi mi rostro en el espejo, estaba pálido, los ojos redondos como platos, retoqué mis pestañas, empolvé mi nariz, el corazón latía demasiado rápido. El destino es cruel, pensé, los recuerdos del pasado se hacen presentes, no creí volver a encontrar una mirada tan intensa como mi amor de hace diez años. Amé con locura.

Me toqué los labios, de nuevo sentí la resistencia que opuse durante meses a sus besos. Pero el deseo y la convicción en la mirada de él encendían mi fuego interno de mujer. Fue en sus brazos que sentí conocer la protección. Con sus palabras coloreó mis tardes grises. En las fiestas reíamos con los amigos. Durante las noches dormí con una sonrisa al pensar en él, en Esteban. Al comenzar a soñar imaginaba sus manos acariciando las mías, haciéndolas sudar por el nerviosismo de la primera vez. Luego me aferraba a él con fuerza, escapábamos juntos, a mis padres no les importaba su bajo estatus social. Soñaba que iban pasando los años. Él extendía su brazo durante cada caída en cada escalón con que nos retaba la vida. Fueron tan reales los sueños, por las mañanas la sensación era la de un recuerdo.

Llegó el día en que le dije que sí, éramos novios y dábamos la vuelta a la plaza, paseábamos de la mano frente a todos. Pero comencé a alejarme de mí, vivía en una esfera de amor en donde giraba sólo pensando en él y todo giraba por él, ya no podía vivir sin la idea de pertenecerle un día completamente y luego por siempre.

Las inseguridades comenzaron a brotar en mí y Esteban se dio cuenta, perdió el interés, parecía que le era imposible dejar de coquetear con cuanta mujer de apellido y fortuna se le apareciera enfrente. Pero yo seguía cegada por la ilusión de un futuro juntos.

Una noche sentí la frialdad en su abrazo, en mí entró una desesperación al saber que algo no andaba bien. Enseguida me preguntó qué tenía, le respondí que nada con una sonrisa forzada y falsamente acarició mi frente. Aparté su mano y con dolor volví a ver sus ojos para darme cuenta de la dureza que ahora existía en ellos.

—Ya no me quieres —le dije. Al escucharme se indignó, pues no era la primera vez que se lo decía. Se molestó mucho, me hizo sentir patética al ser yo quien soltaba la primera lágrima.

De un golpe él se paró y dijo estar harto de “estas cosas”.

Apoyada en el sillón no podía aceptar el silencio sepulcral y la presencia obligada así que contesté con un “como quieras”.

—Me voy… Que seas más feliz…, otra vez —sentenció Esteban.

El peso de mi alma desplomó mi cuerpo sobre el sillón, él se marchó.

Justo igual que hacía diez años ambos saborearon sus nombres en los labios, detrás de la puerta del baño. La prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que ambos querían olvidar.
Fin del idilio.

¿Cómo pudo pensar Esteban que podría volver a tomar lo que hacía diez años había ultrajado? Ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido en sí y acababa de perder con Inés la felicidad de poseer a quien ama como la primera vez.

 

Cuento inspirado en “La muerte de Isolda”

Sinopsis de “La muerte de Isolda”: La historia cuenta la ruptura de una pareja debido a que el amor de él disminuyó. Al tratar de solucionarlo se da cuenta de que es demasiado tarde pues ella está muy dañada y años más tarde surge un reencuentro en donde es imposible la reconciliación.

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Narrativa

Despertares incómodos

reloj

Por: Magdiel Torres

De la primera vez que morí recuerdo el olor del asfalto, un dolor en las costillas y la rara sensación de saber, poco antes de despertar, que un camión me había arrojado más allá de la muerte.

Supe que estaba muerto por las mujeres que habían salido a comprar el pan por la mañana y observaban un charco de sangre que emergía de mi cráneo roto. Lo intuí por los gritos que intentaban detener al conductor que huía y lo advirtió también mi dolor que había adquirido voluntad propia para salir de mi cuerpo y susurrarme al oído que ahí estaba un camión de carga que parecía asustado ante mi cadáver.

Me entregué a la muerte como quien al llegar a casa se tira a la cama tras un día pesado de trabajo. Mi lecho estaba hecho de asfalto y de llovizna.

Después aparecieron otros dolores, sensaciones funestas que recorrían el cuerpo como si lo transformaran para la muerte. El dolor que me advirtió sobre mi nueva condición de cadáver no fue aquel que me habló de la presencia de un automotor tímido y desconfiado, sino uno en el estómago. Un padecimiento incontenible que se empeñaba en salir de mí, como el vómito que desafía la fuerza de gravedad y se prolonga irremediablemente por la nariz y la boca. Así se siente la muerte, como un vómito.

Y así como al acto de vomitar le sigue una sensación de descanso, de igual manera llegó la tranquilidad que supuse tendría el hecho de morir, la paz de no tener piernas ni brazos ni cabeza partida que cargar. Una vez que el dolor me abandonó me encontré en un lugar oscuro, sin nada. Yo era una presencia en un espacio, digamos, muerto. Suspendido ahí tuve la oportunidad de pensar en lo que me podría esperar en mi nuevo estado.

Siempre había creído que tras el último acto existía algo, la vida que tras la muerte nos habían prometido si éramos buenos y humildes. Aquella muerte consciente era lo más parecido a esa promesa. No estaba mal. Sin percibir todas las maravillas que me anunciaron en vida, mi nueva condición era al menos consoladora. Intuí que podía materializar recuerdos agradables a mi antojo y personas que jamás volvería a ver aparecerían ante mí con un simple trazo de mi memoria.

Pero después desperté con la misma nostalgia del sonido del despertador que por una oscura razón no timbró; me descubrí atrasado y apenas tuve tiempo de pensar en ese extraño juego de la muerte mientras bajaba las escaleras de casa y me precipitaba hacia la calle. Las remembranzas de las pesadillas me abandonaron por un instante para volver después con la certeza espantosa de que mi cuerpo en el asfalto no era un sueño, sino el recuerdo de la muerte primigenia.

Desde entonces he muerto cientos de veces. Esta es mi nueva vida, mi vida después de la muerte: mi limbo. Todos los días, al despertar, no importa lo que haga o deje de hacer, poco después de abrir los ojos, caigo muerto en circunstancias absurdas, paradójicas y chuscas, para volver a despertar en mi cama e iniciar un día similar al de la muerte primera. Así que los recuerdos de la muerte, instantánea y puntual, pasaron a segundo plano cuando advertí que al despertar solo tenía un escaso tiempo de vida y los dediqué a salvarme de la muerte, inútilmente. Con tan solo unos minutos salí a la calle para buscar ayuda, pero lo único que pude conseguir fue la impresión de algunos cuantos que se quedaban pasmados ante el cadáver de un hombre extraño que hablaba de un problema incomprensible antes de caer muerto.

El primero que intentó ayudarme fue un desconocido que esperaba el autobús a unos cuantos pasos de mi casa. Inicié la conversación con el pretexto de las lluvias que habían dejado en tan mal estado las calles y cuando él empezaba a hablar de las inexactitudes del servicio meteorológico le hablé de mi problema y morí.

Al despertar corrí a verle nuevamente a la parada del autobús, confiando que ya había avanzado en la explicación de mi problema y que ahora hablaríamos sobre las probables soluciones. Pero el tipo no me conocía, ni recordaba la conversación anterior, pues estaba otra vez en el primer día de mi muerte y el olvido me había devorado para colocarme nuevamente en un tiempo inalterable e inédito.

Al despertar pensé en él y lloré hasta morir.

Pero como la vida es terca y obstinada volví a la parada del autobús. Con el tiempo aquel sujeto que no me recordaba se convirtió, sin saberlo, en mi mejor amigo. Las charlas más intranscendentes se convirtieron para mí en reflexiones profundísimas sobre la naturaleza de los charcos, la insignificancia humana ante el enorme monstruo de la naturaleza que no era capaz de revelarnos siquiera la certeza de la proximidad de una llovizna simple o el sinnúmero de misterios que nos estaban velados detrás de los retrasos del servicio de autobuses urbanos.

Después no sé qué pasó. Debió ser que apestaba a muerte o que la impresión de ver morir a alguien todos los días en un tiempo circular destinado al olvido deja secuelas nunca comprensibles en la gente, pero el tipo no volvió a la parada del autobús. El día en que encontré el espacio vacío me dispuse a buscarlo con fervor. Cuando me desplomé en una calle cercana, muerto, mi rostro debió haber reflejado el rictus del desespero.

El cuerpo es una máquina de vivir que, insensible a los dolores que llamamos profundos o del alma, continúa su misión impostergable hasta la muerte; en mi caso, hacia los despertares incómodos que me colocaban en tiempos inauditos. Cuando me levanté de la cama me fui en seguida a la calle para ver si en esta ocasión tenía suerte. La parada de autobús estaba siniestramente sola. Miré alrededor en busca de alguien, pero era tan temprano que la gente seguramente estaba aún en sus casas.

Confiado de que la calle en la que el día anterior había buscado a mi amigo estaba sola, me encaminé hacia la dirección contraria y pude ver a un trío de señoras charlando en una esquina, pero morí en el intento de alcanzarlas.

Después ya no me importó mi amigo, sino entablar conversación con alguien. Cierto día pasó un chico en una bicicleta y le grité, pero no pareció escucharme. En otra ruta, durante mi búsqueda de gente, vislumbré a un hombre que salía de su casa. Corrí para darle alcance, pero debió pensar que se trataba de un ataque o algo parecido porque huyo de mí y de mi muerte.

Tras tanto intento fallido descubrí que aquel barrio, a esa hora, era particularmente intransitado. Lo irónico era que la gente que podía observar a lo lejos y que me era inalcanzable, una vez que yo moría se acercaba por su propia voluntad a ver mi cuerpo que paulatinamente se iba vaciando de vida.

Como los autobuses no pasaban con la regularidad que me convenía y la gente se encontraba fuera de mi alcance intenté llamar a las puertas cercanas. Pero los vecinos tardaban en abrir o en asomarse por la ventana desconcertados, por lo que solo alcanzaban a verme morir. Un día, al despertar, iracundo y sin temor al pudor que en mi antigua vida había sido una constante, salí de casa y grité tan fuerte a mitad de la calle, que me quedé sin voz poco antes de que la muerte llegara a la cita.

Cuando volví a despertar no lo dudé ni un minuto. Mi terror consistía en perder la capacidad de comunicarme, de olvidarme de las palabras para siempre debido a que no tenía con quien hablar de nada. Aquello no podía continuar y decidí enfrentarme a la muerte con mis propios medios: Tendí una soga en una viga del techo y me colgué. Durante algunos minutos observé mi casa desde la altura y con esa perspectiva encontré algunos objetos que creía irremediablemente perdidos. Después morí, con la puntualidad de siempre.

Desde entonces, y para evitar olvidarme de las palabras, me puse a escribir. Pero mi tiempo es insuficiente para saciar la necesidad de contar cada detalle que pasa, para hablar de esta costumbre de aferrarnos a la vida, de las infinitas posibilidades de la muerte que se vence en aras de la eternidad, de los silencios que acechan en cada predio desolado del alma, de los objetos que confabulan en cada esquina de la casa para matarme, de la noche que solamente existe como una imagen en el recuerdo, de las fotografías enmarcadas en las paredes que ya no me hablan, de la presencia de Dios en los momentos sin palabras, de las ganas a deshoras de escapar por la ventana, de saberse la imagen de un hombre entre dos espejos, del ritual de glorificar a los muertos, de los sueños que no son pesadillas, de los sortilegios que nunca comunicaron nada, de la rabia de la vida, la colección absurda de misterios, las veladas a la orilla del silencio, el coraje de los días, la imagen de una casa en el campo tras una carpeta de polvo vista desde un auto que se aleja, las correrías tras un camión escolar en algún lugar remoto de la memoria, el insomnio siniestro en que descubrí los llantos de mamá, las preguntas que mis padres nunca respondieron, la niña sin nombre que se bañaba con la lluvia tras mi ventana, el sol que acribillaba pelusas en la casa de los abuelos, la tienda de la esquina que ya no tiene nombre, la lluvia quieta de las nueve de la mañana, los tendederos taciturnos de Buenavista, sus calles preñadas de ocasos, los juegos de los besos en la infancia, los dibujos eróticos en los baños de la escuela, la borrosa imagen de la primera mujer desnuda, el olor de Mónica a la hora de la cama, su champú de hierbas, su falda sin misterios, la casa de sus padres, la carne asada, el cáncer, la náusea, la lluvia, la escuela, la tarde, los secretos, el sol, el mar, el

 

 

 

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MisceláneoNarrativa

Algunas minificciones de Inventario del crimen

inventariodelcrimen

Por: Gerardo Farías

 

Esta selección de minificciones forma parte del libro Inventario del crimen, publicado por Diablura Ediciones y la Sociedad de Escritores Michoacanos. Estos textos breves fueron escogidos por la Universidad de Nanterre-La Defensé de París para aparecer en el libro electrónico “Lectures su Mexique 2“. Aquí les compartimos el link para que conozcan esta traducción y la de otros escritores seleccionados: Lectures d’ailleurs

 

 

Vocaciones

I

El niño quería ser artista, pero fue educado por narcos. Entonces, pintó todo su país de rojo.

 

II

El hacedor de pájaros renegaba de la falta de disciplina de sus alumnos. Tiraba todas sus malas creaciones a la basura. ¡Así no se hace un pájaro! Les gritaba.

Los aprendices iban luego al basurero y rescataban a sus pingüinos, pavorreales, gallinas y avestruces.

 

III

Se hacía pasar por un pordiosero. Su enorme joroba provocaba asombro y lástima: todos los peatones siempre le daban algo.

En la noche, cuando llegaba a su humilde hogar bajo el puente, se quitaba la gruesa gabardina de encima y estiraba sus alas de tres metros; sentía alivio después de tenerlas todo el día hechas bola.

«Sigo cumpliendo con mi tarea y nada ha cambiado», dice todas las noches mientras mira el cielo, como reclamando, pero no recibe respuesta alguna.

 

IV

Quería ser un poeta de verdad: escupir versos, cagar metáforas, exprimirse sonetos de la cara. Pero en lugar de eso, escupía gargajos, cagaba mierda y se exprimía espinillas de la cara: su verdadera vocación era ser un hombre común y corriente.

 

Ajedrez correccional

En una cultura recóndita se dice que existió este castigo sádico para los agresores sexuales. Cada vez que un oponente perdía una de sus piezas, un verdugo le cortaba una parte de su cuerpo, la cual debía ser análoga al tipo de pieza perdida. El rey, por supuesto, era la cabeza; las torres, las piernas; los caballos, los brazos; los peones, los dedos de la mano; y la reina, un ojo, la lengua o una oreja, el jugador podía escoger.

Sin embargo, el público celebraba con especial algarabía cuando alguien perdía un alfil.

 

Deseos

Dejaba abierta la ventana por la noche. Esperaba que Peter Pan entrara y se la llevara para ser siempre una niña. Una noche, por fin, alguien entró. Y ella jamás regresó al país de la infancia.

 

Entramado

El torero es un descendiente de Teseo, pero es el toro el que busca su hilo de Ariadna para poder salir del laberinto.

 

Maniquí

Ya había pasado su adolescencia y nada. Había cruzado la barrera de los treinta y nada. No tenía novia ni dinero ni amigos. Las muñecas inflables aún no se inventaban. Era hacer esto o suicidarse.

Usó un serrucho para abrir la hendidura necesaria. La desesperación de una virginidad tan prolongada le nubló la lógica. Olvidó pulir los bordes.

Se desangró unas horas después de su único y fantástico orgasmo.

 

Arte en el siglo XXI

Le dijeron que para el posmoderno todo era válido, que podía reciclar lo que quisiera. Era pintor de media brocha pero también poeta frustrado y un pésimo músico.

Compró un delfín en el mercado negro y lo crucificó sobre una pared blanca. Pintó un mar violento con sus vísceras, sampleó sus chillidos y reprodujo el loop en las salas de todo el museo. Finalmente, usando Google Translator, tradujo al esperanto El cementerio marino de Paul Valéry y recitó los versos hincado frente a su altar.

 

La intensión

La flama sobre la vela observaba con atención a los amantes. Nunca se había fijado en los detalles de los cuerpos, siempre le habían bastado las sombras. Las texturas la maravillaron por primera vez. Sintió celos de la piel, de los labios, de las manos, de los sexos y de las lenguas.

Se lanzó a la cama y mientras los acariciaba loca de placer, los amantes comenzaron a gritar como nunca lo habían hecho.

 

Arrepentimiento

Platón sufre en uno de los círculos del infierno de Dante. Vive atormentado porque nadie entendió su cuento de hadas llamado «El alma».

 

Las puertas

La niña empujada por la curiosidad abrió la puerta. Miró las sombras amalgamadas de sus padres penetrándose. Cuando creció, abrir puertas se convirtió en su religión.

 

Tortura milenaria

Los árboles son los seres más estoicos; a pesar de que los talan, los queman, los marcan y los trituran, jamás han revelado su secreto a los humanos.

 

Bully universal

La luz golpea todo a su paso, el color es la sangre de las cosas

 

 

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Narrativa

El viejo del veintinueve

viejix

Por: José Martín García Campos

 

Todos conocían a Egidio, aunque realmente no lo hicieran, pero es que no había mucho que encontrar en su día a día. En la mañana, antes de que el gato de la señora Montés la hiciera de gallo (muchos dicen que fue a raíz de que se comió un huevo con un feto adentro, como si el animalucho sin vida se hubiera apoderado de él, pues cuando el sol empezaba a acariciar la punta del edificio, el felino maullaba al ritmo de canto de gallo, de esos que se escuchan en las granjas o ranchos antes de las cinco y media de la madrugada) en fin, decía que antes de eso, Egidio ya estaba despierto. Lo sabían por el ruido de la licuadora: dos huevos, una cucharada de germen de trigo, un plátano casi podrido (pues decía que los nutrientes estaban a lo máximo que daban en ese estado) y una pizca de canela.

Después ocurría lo que los vecinos denominaron más tarde como “El par de horas muertas”, porque eran las únicas en las que no sabían realmente qué hacía el hombre. Desde luego, no faltaron las acusaciones que contenían el adjetivo chismoso provenientes de otros inquilinos quienes acusaban de improperio y fisgonería a los desdichados que en el accionar del viejo depositaban su plática del día, aunque ésta resultara la misma de siempre. De hecho, eso era lo que la hacía interesante: la expectación de que en algún momento se relatara algo que no le sabían a Egidio. Sin embargo, la docena de hombres y mujeres y el perro Chucho que se juntaban a platicar pasadas las noticas del once, se disolvía con un común “Buenas noches”.

Al culminar las horas muertas, el viejo salía de su departamento y caminaba exactamente cinco pasos, pues ese número era suficiente como para mantener la fuerza en las piernas, no fuera a ser que por dar de más se le designara a una asquerosa silla de ruedas. Al terminar de caminar esa cifra, tocaba la puerta del primer vecino, para continuar con la siguiente y así seguir con el vendaval mañanero para concluir con la puerta uno. Rara vez le abrían; Margarita Chávez, la del doce, tuvo un día la decencia de invitarlo a pasar a su casa, a lo que el viejo respondió que sería un honor aceptarle un vaso con agua después de terminar de tocarle a los demás. Rosita Duarte, más o menos de la edad pero con la mala suerte de aparentar diez años más, le ofrecía el periódico: era lo único que Egidio aceptaba de alguien sin pagar.

Egidio solo leía veintiséis hojas del diario, las razones solo él las sabía. Un día decidió prenderles fuego al montón de papeles pues la página veintisiete  normalmente contenía el crucigrama, y debido a la muerte de una tal estúpida Rosario Zaldívar, la cual quién sabe quién demonios era, una página entera del periódico estaba ocupada con su noticia lo cual impidió al viejo realizar una de sus actividades favoritas. Alguna vez escuchó de un concurso de crucigramas. Cada vez que terminaba uno, se preguntaba si todavía lo seguirían haciendo y lamentaba no poder recordar la información que pertenecía al lugar y hora de su realización.

Vestía de negro, muchos aseguraban que siempre portaba el mismo traje hasta que Robertito, un chiquillo lampiño que vendía chicles en la esquina, divulgó que había visto al viejo lavando la ropa diariamente, lo que contribuyó a la acertada idea de que efectivamente no era el mismo traje, sino una copia exacta. Su camisa era blanca, solía no abrocharse los dos últimos botones, lo que le ocasionó, según Margarita Chávez, un atrevido bronceado en forma de triángulo.

Los lentes se los ponía solo para leer, cosa que hacía con el periódico y con El viejo y el mar, obra que leía de inicio a fin acompañado de una botella de agua natural sin etiqueta. Una de las tragedias que contaban acerca del viejo, era la que se remitía al día en que la obra de Hemingway quedó empapada gracias a las tormentas de primavera; porque sí, aunque el cielo llorara, Egidio no perdonaba su sesión con los pescadores; es más, se le veía más contento, como si estuviera contemplando la marea alta, sintiendo las gotas salinas y dirigiéndose a una nueva aventura. Al ver el libro prácticamente en coma, Susana Mendoza, que en aquel tiempo debió haber tenido siete años y que de vez en cuando pasaba por las calles aledañas a su hogar de la infancia, le compró un nuevo ejemplar de la obra. Después de llamar a su puerta, Susana le ofreció el regalo que con tanta inocencia y bondad le había comprado. Sin embargo, Egidio la recibió arrugando la frente para después decirle que era una niña estúpida que no entendía de tesoros familiares; tomó el texto ofrecido y lo escupió en la portada. La niña lloró por una semana hasta que prefirió leer lo que le habían rechazado. Susana, cuando pasa por las calles cercanas a su hogar de la infancia, siempre recuerda el día en el que decidió ser escritora. De ese hecho solo Margarita Chávez sabía, aunque la mañana en la que había ocurrido, ella tuvo el antojo de un jugo de naranja del mercado de Santo Niño; por suerte, su hermana Casemira, que había muerto hacía dos años, le había contado del inverosímil hecho.

El momento designado a la comida, era en el que Egidio tomaba su libro para comenzar su camino siempre por la acera derecha de la avenida; la izquierda, para su disgusto, tenía una serie de desperfectos representados en las múltiples fisuras del concreto. Llegaba a las tres a la fonda de doña Lupe, justo cuando el último comensal de la tarde se había devorado el par de albóndigas bañadas en salsa de tomate que el viejo nunca escogía. Para él había algo diferente: un plato de arroz, plátano casi echado a perder, frijoles de la olla y tortitas de papa; su comida solo cambiaba cuando en vez de arroz era sopa de pasta o cuando a los frijoles los sustituía un pedazo de machaca. Lupe jamás lo había visto comer otra cosa de lunes a sábado, pues el domingo iba a misa y no había tiempo para preparar la comida, no vaya ser que Dios le hiciera la travesura de dejarla sin clientes por no dedicarle ese sagrado día. El domingo, por lo mismo, Egidio se compraba un helado de pistache servido en cazuelita. Una vez, cuando le informaron que la heladería dejaría de servir cazuelas porque nadie las prefería en lugar de los barquillos, el viejo amenazó con demandarlos. El dueño, seguro de que ese hombre significaba todo menos que una amenaza, se burló ofreciéndole el helado de pistache servido en barquillo. Egidio lo aceptó, los buenos modales se vinieron abajo cuando volteó el postre y con el pico del cono, descontó el ojo del dueño haciéndole usar lentes por el resto de su vida y un parche de pirata por dos semanas. La heladería siguió ofreciendo cazuelitas.

En un punto de la tarde, los vecinos apagaban la radio o le ponían mudo a la televisión porque sabían que al viejo no le gustaba ser molestado mientras escuchaba a Javier Solís, en primer lugar, para luego sustituirlo con lo que Saúl Trejo, el del veinte, identificó como blues. Una hora duraba el concierto, y solo una canción era acompañada por la tosca voz del viejo: “No sé, qué tienen tus ojos…”; unos decían que la acompañaba con whiskey, otros con brandy, y algunos alegaban que estaba muy anciano como para poder seguir ingiriendo alcohol, hasta que Margarita les dijo que cuando uno es borracho lo es toda su vida. A todos les quedó claro que no debían mezclar la música de Egidio con la suya cuando Ramón Zenteno, un joven de cabello largo y obscuro, medio moreno, de sonrisa tímida y perforaciones como accesorios, se atrevió a subirle a su, según la mayoría de los vecinos, música del infierno, la cual no entendían, porque no había cómo entender el montón de gritos y ruido injustificado de las canciones. La Totis, hija de Saúl, un día pensó que estaban matando cerdos al escuchar la música del infierno y le preguntó a su papá si ese día iban a comer carnitas. Al tercer día de interrumpir la hora musical de Egidio, el viejo hizo llamar a la policía acusando a Ramón de intento de homicidio, pues para él Javier Solís seguía vivo y ese muchacho lo estaba matando con sus escándalos. La ley, al escuchar la razón, le deseó un buen día al viejo y a su compadre Javier. Tras su fallida acusación, intentó razonar con el joven, tocó su puerta más de doscientas veces, las contó, y se dio cuenta de que era suficiente cuando encontró sangre en sus nudillos. Los vecinos se preocuparon, ellos sentían lo mismo que el viejo con respecto a la música del infierno, pero los más paranoicos e ignorantes no se atrevían a hablarle al joven por miedo a que les hiciera una brujería; otros se lo pidieron amablemente, a lo que el muchacho les respondió que le bajaría a la música pero no lo hizo. Cuando por fin se dieron por vencidos sintiendo que el diablo había ganado llegó una muchacha similar físicamente a Zenteno, pero con sus partes de mujer. Traía consigo una criatura en brazos, que en sus ojos encontró a los de su padre haciéndose uno mismo al instante en el que éste lo vio. Aunque la aceptación de su parentesco llegó después de una semana de discusiones, al final comenzaron a vivir como una familia bendecida por Dios y la música del infierno desapareció del edificio.

Al caer el lienzo de la noche, Egidio subía cuidadosamente las escaleras de caracol que llevaban a la azotea; lo hacía subiendo primero la pierna izquierda escalón por escalón, para que la derecha, cuando la otra se manifestara vieja, estuviera como nueva. El viejo se sentaba en un banquito de madera que nadie se había atrevido a mover aunque obstaculizara el colgar de la ropa en el tendedero. Un puro cubano presumía su belleza de cantina fina al ser encendido; Egidio sabía que los humanos eran incapaces de no tener alguna adicción, por eso él escogió una que por lo menos disfrutara y lo hiciera sentir tranquilo. Al consumir la mitad del puro el viejo lo desechaba, pues estaba seguro que el buen sabor no podía mantenerse por completo y no soportaría comprobarlo. Le gustaba ver el barrio, las luces, algunos autos olvidados, otros presumiendo su novatez. Escuchar. Nunca entendía a ciencia cierta los susurros, pero los disfrutaba, como si fueran parte de él. Se perdía dos horas en las bondades de sus recuerdos.

Joaquín Trejo, el inquilino más esperado de la noche, llegaba anunciando las piezas de pan que le habían quedado del día. En la lista figuraban conchas, cuernitos, almohadas, cocoles y bolillo. Uno por uno, los vecinos tomaban su pieza por solo tres pesos; al panadero le convenía, pues más valía un pan en el estómago de un cliente que en el basurero. Joaquín siempre apartaba un pan especial: una concha de vainilla, la cual dejaba en la puerta del viejo, quien siempre ofrecía una moneda de diez pesos y se rehusaba a quedarse con el cambio. El panadero aprendió eso de mala gana. Un día esperó a Egidio para entregarle los siete pesos que le correspondían, el viejo al verlo negó con la cabeza y le pidió que se retirara; Joaquín tomó la decisión de la insistencia. Egidio entonces arrugó el rostro, tomó la bolsa con el pan y la arrojó por la ventana. Jamás se volvió a ver al panadero esperando regresar el cambio de nuevo.

Al entrar con el pan a su departamento, el viejo se despedía de los quehaceres del día, los cuales todos los inquilinos conocían y no se atrevían a deshacer o inventar algo más que hiciese después de esa hora, pues un hombre como él seguramente cenaría y se iría a la cama; o eso comentaban cuando se juntaban a hablar después del noticiero de las once.

La muerte de Egidio llegó de la forma más inesperada, pues a pesar de su edad, para todos él era como algo implícito, algo que jamás se acabaría y que se mantendría de pie para recordarles que los años llegan, pero nunca terminan. Margarita Chávez le lloró todo un día, era la que más lo conocía, aunque jamás lo hubiera hecho del todo; recordó esa vez que vio entrar al edificio a un hombre de cuarenta años, solo, con la vida resumida en sus tristes ojos negros, con una pena que jamás compartiría y que ella intentaría remediar en balde, encontrando en él una perdición que solo ella conocía, un amor que jamás confesaría, porque los amores imposibles nunca se confiesan. Los inquilinos pagaron el féretro, lo velaron esperando que en algún punto alguien se apareciera diciendo que era familiar de aquel viejo, cosa que nunca sucedió.

Se dieron cuenta de que algo estaba mal cuando eso que todos habían estado esperando sucedió. Algo fuera de lo común en el día a día de Egidio: su ausencia. A pesar del temor a molestarle que había instaurado el viejo, los inquilinos forzaron su puerta después de tocarla por más de diez minutos. Se encontraron con un departamento perfectamente ordenado, una mesa de madera, una alacena con café, galletas, azúcar y botellas de agua, una sala con grabados de barcos azul marino, un orden exacto en el librero de acuerdo al año de edición de los ejemplares, una mesita con un tablero de ajedrez presumiendo un jaque mate, una limpieza exuberante y un viejo tirado, boca abajo en el suelo, con la respiración ausente.

La Totis fue quien descubrió el misterio de las horas muertas cuando entró a una habitación, cuya puerta era especial, pues no se asemejaba a todas las demás; parecía como mandada a hacer para ocultar lo que había ahí. La niña encontró el interruptor de la luz entre la sugerente oscuridad, la sorpresa se mostró en su boca abierta cuando la imposibilidad se hizo presente: había un auto, un Ford negro de esos que ella solo había visto en fotos. Se dio cuenta que el vehículo estaba incompleto, pues le faltaban un par de llantas, vidrios y algo que cubriera la serie de cajas y compartimientos que tenía enfrente. La Totis encontró en las paredes una serie de fotografías de lo que parecía un periódico antiguo: “Accidente en carretera deja a tres muertos”. A su lado, había otra foto de un hombre de ojos pequeños, al lado de una mujer sonriente sosteniendo en sus brazos a un bebé que aún no distinguía la realidad.

Los inquilinos jugaban con la imposibilidad de encontrar un carro dentro de uno de los departamentos, unos sugerían que Egidio había mandado a construir su departamento y que el auto había sido trasladado como los pianos, con un par de cuerdas bien macizas. Margarita lo desmintió al instante. Otros decían que el carro siempre había estado ahí; era una explicación que permitía la tranquilidad por su simplicidad. Pero fue Ramón Zenteno quien encontró la verdad contada a partir de las fotografías pegadas en la pared: Egidio tuvo una esposa y un bebé en algún tiempo hasta que un fatal accidente se los llevó; según la noticia, el viejo también había muerto en aquel suceso, pero aunque Ramón fuera el portador de la música del infierno, no creía en fantasmas, ni en la locura. Por último, resolvió la complejidad que suponía encontrar un auto en un departamento: el auto en el que el viejo había perdido a su familia era ese que estaba ahí, o bueno, parte de él, porque lo que hacía Egidio durante las horas muertas era reconstruirlo desde cero como si eso le pudiera traer a su esposa e hijo de vuelta.

La mayoría de los inquilinos aceptaron esta explicación, aunque algunos seguían fantaseando y le atribuían al viejo cualidades fantásticas. Los más centrados hicieron lo posible por bajar el vehículo, aunque esto sucedió diez años después, cuando la tecnología y la amabilidad se hicieron presentes. El viejo Ford fue llevado hasta al cementerio convirtiéndose en parte del mobiliario, cerca de la tumba del que alguna vez fue su dueño.

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Narrativa

Historia cíclica de la muerte

fernando

Por: Fernando Salgado

La miraba sin distinguir en sus ojos el miedo que nos rodeaba. Cuando estábamos en casa, veíamos una película de terror mientras el ambiente nebuloso salía de los resquicios poco a poco. Ella estaba tirada en la cama con su blusa azul ocultando sus lunas cafés, y entre el cobijo nuestros pies que se cuidaban del cansancio. Todo el vecindario se encontraba suspendido en el tiempo, y yo mirándola a ella, moviendo mi mano, serpiente de tierra, que se deslizaba dejando signos de piel; y sin otra forma de ver su cara, que se contraía llorando por los diálogos de los personajes de la película, sin otra manera de ver la realidad de sus piernas y su cabello planchado; su piel, que al contacto con el terror era dulce para diabético, me convertía en oscuridad a partir de lo negro de mi nombre.

Soltábamos las riendas de nuestros animales casi siempre por designio del placer. En ocasiones recibíamos visitas, las cuales se hospedaban en casa, y a propósito, solíamos encontrarnos más animales. En los siguientes días se incluían parejas o solitarios, para jugar a crear historias de suspenso que nos excitaran a todo lo largo y ancho del relato. Ella y yo salíamos de casa en dirección al centro, íbamos y regresábamos entre las calles para buscar algún videoclub. Ante tanto título quedábamos anonadados en ese pequeño lugar. La mayoría de los días nos buscábamos con menos intuición y más razón en asilo íntimo, muy parecido a caminar a ciegas o enamorarse de una forma instantánea.

Éramos cotidianos, a veces, cuando buscábamos bajar lo más fácil de desabrochar. Ambos tirados en la cama, sabíamos de la historia que nuestras bocas narraban al ver las cicatrices que recorren relampagueantes nuestros cuerpos. Entre los ruidos y juegos que circulaban en casa, estábamos aposentados en el cuarto final que lleva al pasillo. En ocasiones, ella me aventaba de la cama al piso con sus pies o se escondía detrás de las puertas para azotarlas en mi nariz cuando estaba desprotegido; en venganza de mi sangre escurriendo, escondía su calzado, también sus cosméticos para que mostrara su verdadera cara y se sintiera desnuda cuando caminara las calles sin su máscara de polvo, donde la vergüenza le daba achaques con cada mirada de las personas.

Tantas historias de espanto, que había en tantas bocas, nos atraían con un mismo idioma sensible, pareciéndose a un hilo conductor que nos jalara lentamente hacia lo inesperado. Al igual que los otros, nos empleamos en uno de esos trabajos lineales de oficina, llenos de papeles y datos que nos llenaban la cabeza de toda esa estadística que se asemeja a una colina de basura por toda su inoperancia. Era difícil abrir los ojos en las madrugadas, pero terminábamos calentando el café, para desayunar en silencio todos los días, como una tregua, igual o peor que una costumbre, en nuestra cocina compuesta de una mesita de madera multifuncional y tres sillas. Al cruzar la puerta de la casa, acostumbrábamos aplicar doble seguro y doble despreocupación a esa entrada para asegurar nuestra dignidad de no ser robados. La madrugada era a veces tan insegura con sus matices en el horizonte de las calles, donde caminábamos a un paso acelerado. En el trayecto nos encontrábamos con personas cargando su pasado en grandes cobijas, conservando el humor de los errores en sus ropas. Mirábamos igual que el que está frente al televisor, mientras pasaba debajo de nosotros el metro, con su luz blanquecina frenando en la estación subterránea. Cambiábamos de canal sin sentir lo que esos bultos, de huesos y sangre, vivían.

En las horas laborales dejábamos de lado el toqueteo y nos concentrábamos en escuchar; mirarnos y callarnos las faldas que llevaban las compañeras o los pantalones ajustados que uno u otro percibía en la oficina, para sentirnos intactos e inmunes a lo extremadamente normal, porque no se puede ser normal y sexual al mismo tiempo. Entonces optábamos por lo correcto, aunque fuera lo contrario para nosotros. Había leyendas de pánico que surgían de las personas del mercado, de cualquier autobús, de las salas de espera, del vértigo de los que se acercan unos a otros susurrándose… Lo sentíamos al pasar por estas partes somnolientas de la ciudad y al paso de los días: en nuestra casa, las vibras cambiaban igual que la temperatura. Lo que atrajo nuestra atención eran las risitas que en las noches se escuchaban detrás de la puerta de nuestra habitación, después habían sombras oscuras moviéndose en el pasillo que se detenían en la entrada de nuestra habitación para observarnos. En la bañera nos apagaban las luces, uno podía sentir una serpiente subiendo desde las piernas, lo que hacía que saliéramos corriendo. Una noche, la cortina del baño se abrió, se asomó un joven detrás de mí cuando me veía en el espejo, con su cara tiznada y sonriente, y me indujo literalmente un paro cardiaco.

Cuando nos cansábamos de estar juntos, yo iba a comer a la iglesia por su tranquilidad y porque nadie objetaba algo en contra; ella se quedaba en la oficina disfrutando de todo el cubículo, con toda la libertad espacial que podía encontrar.

Al principio del año las contingencias ambientales se habían disparado en la mayoría de las principales ciudades del mundo. La baja calidad del aire se podía notar a la vista y el agua era insuficiente, lo que ya se veía venir desde años atrás. Era cierto que ya comenzaban las amenazas de una nueva guerra donde revivirían a los muertos con el poder de la Divina Providencia, la cual, ya comprobada su existencia, comenzó una guerra campal acompañada de una búsqueda casi traumatizante. En cualquier lugar uno se podía dar cuenta por la gravedad que estaba pasando la humanidad, una crisis para los escépticos o una provocación del fin del mundo. En casa, por la noche, llegaba el final de cada día y cuando por primera vez vimos la tristeza y la inmutabilidad del entorno social, comenzamos a orar en silencio, para que el fin del mundo no nos alcanzara, e indiscretamente cruzábamos los dedos.

Caminaban los días y la seguridad espiritual no estaba siendo protegida por ninguna autoridad, ni tomada como un asunto relevante por ninguno de nosotros, me refiero a casi todos los habitantes de la ciudad o del mundo entero. De por sí ni a nuestros vecinos del edificio conocíamos; en realidad, la cantidad de nuestros amigos rondaban la veintena, y a los cuales casi nunca frecuentábamos; solo a los compañeros de trabajo que eran más de diez, y a algunos nunca les conocimos la voz porque siempre estaban empecinados en su trabajo. De manera que pensé que si estábamos tan alejados de las amistades, también habría personas en la misma situación o en una mucho peor. Esto no nos servía para protegernos como comunidad, pero tampoco estábamos obligados a hacerlo.

Lo más viral en las redes sociales eran los temas místicos, aparecían desde hechos realmente aterradores hasta otros que solo eran una farsa. Recuerdo el último vídeo de un hombre corriendo en la calle a altas horas de la noche, decía que lo estaban siguiendo y que sentía mucho miedo; paró por un momento su marcha, entonces enfocó la cámara hacia atrás y solo se mostró una calle deficiente de luz y una sombra que no se distinguía si era de una persona o una lámpara; el hombre le gritaba que se mostrara y volvió a enfocar hacia el mismo lugar; la sombra que se encontraba estática se movió y se mostró como un payaso corriendo hacia él. En ese instante terminó la grabación. Yo no podía creer que algo así sucediera, pero este mundo era tan imprevisible.

Nosotros siempre tuvimos agudeza para ver la ceguera de la vida. Las personas a lo largo de sus aprendizajes, están propensas a ver sombras que son provocadas por el temor, a veces, la tradición familiar hace creer la existencia de otras vidas que caminan, se confunden y nos hablan, pero lo nuestro es distinto. Si toda la vida hubiéramos visto a los fantasmas que las personas llevan encima, la locura nos habría comido, porque nadie creería que tiene a su padre colgado de su cuello. Lo que sí, es que tuvimos suerte para los sustos, se nos aparecían en cualquier momento, en cualquier lugar. Nos acostumbramos, nos excitamos, pero todo llega a un límite.

Las apariciones que no tenían ningún parentesco con nosotros, se entrometían en nuestra forma de hablar la verdad, nos hacían tartamudear en las juntas y al pasar unos días estábamos en un estado de shock. Al llegar a la entrada de la casa, bajábamos la mirada y no hacíamos más que afirmar que estábamos excitados por tantas figuras que surgían, y a la vez aturdidos porque esto no era un juego, y por más que nuestros gustos fetichistas nos mantuvieran soportando la realidad, sentíamos miedo.

La adrenalina se dispersaba en la cama fluyendo por placer en nuestros pechos. Nos era cercana la muerte. También las historias de asesinatos, de mujeres que arrastraban amarrados con lazos a sus hijos; de demonios que se llevaban la virginidad de las niñas sacrificando a esas vírgenes sin hijo milagroso. El miedo era un ambiente que suspendía toda idea normal; el pan de cada día. Ella me abrazaba y acercaba sus senos redondos a mi pecho; le hablaba a Dios moviendo sus labios detenidamente y sus manos se postraban en las mías para comenzar a rezar: Padre nuestro…

A ella, ya no le gustaba este juego tan bien elaborado que le hacía dudar de la realidad. Sentíamos que la habitación era un refugio contra todo lo extraordinario que nos pudiese habitar, contra el fin de lo que conocemos, el fin del noticiario y el otro fin: cuando terminábamos cansados en la cama.

Con constancia intuíamos el respiro de lo misterioso como si fuera un soplo azaroso en las orejas. Los días no eran para escribir una carta de suicidio ni mucho menos para saber que nuestra vida era una historia de terror; estaban para darnos la oportunidad de disfrutar de nuestros cuerpos y sentir, a cada instante, cómo nuestras emociones se manifestaban en los días de descanso, y después esas vacaciones se postergaron porque ya no había trabajo. Por eso la desnudaba y me desnudaba, entrábamos juntos a la bañera para que corriera el agua en cada parte de nosotros. Mis manos se convertían en río poseedor de una corriente exhaustiva que subía por sus senos y después desembocaba en la presa de su cadera. Un día cuando la cargaba hacia la cama para humedecer sus tierras, la aventé al colchón y al lado de ella había una persona partida a la mitad que comenzó a gritar; le tomé de la mano y salimos corriendo de la habitación para descansar en la cocina. Aunque la sensualidad era una erupción, poco a poco las grandes tormentas nos iban fundiendo hasta que toda práctica sexual nos causó asco.

No es que hayamos leído demasiado a Lovecraft por las noches, es que en realidad estaban surgiendo figuras que no comprendíamos; no era un susto normal, ¿eran demonios, fantasmas, muertos vivientes? Ahora, eran nuestras historias las que nos quitarían las ganas de ver la tevé y los programas paranormales, y también eran las que no podrían contarse ya en otro tiempo.

Sin pedirlo, un hombre obeso apareció en la bañera cuando la buscaba a ella para recordar el coqueteo. La casa, solitaria, sin olor a comida, oscurecía en silencio. Di los primeros pasos, cuando escuché el suave sonido del cierre del grifo sabiendo que era del baño. Me acerqué, bajé mis pantalones con cuidado para sorprenderla y entrar. Al llegar al cancel sentí el aire frío, tan parecido al que hubo cuando ella abortó en la cama a nuestro hijo. Recorrí la puerta y allí estaba el gordo hurgando en la repisa. Olía a muerte. No había ruido y mis nervios inquietaban mi pulso. El hombre era la muerte y no sabía que yo estaba mirándolo. Al verme se cortó el cuello con una navaja para rasurar, lo hizo fuerte y seguro haciendo que su piel comenzara a tirar chorros de sangre. Vi su cara hasta que un tropiezo mío lo hizo voltear. Di la vuelta para correr con mis pantalones abajo, sentía que perdía la vida en un instante sin siquiera asimilar lo sucedido. Con el cuello desollado corría ante mí con cara de susto, con cara de regalar temor sin medida. Sin pensarlo dos veces, fui a protegerme dando brincos a la primera habitación. La casa se llenó de gritos y de noche.

En el cuarto la encontré. Allí estaba ella asustada, con cara de terror. Asombrada, se acercó a mí golpeándome la cara por haber llegado tan tarde para ayudarla a salir de casa. Después comprendió que si seguía, nada valdría la pena y comenzó a recorrer el sofá hacia la puerta. Juntamos más muebles y otras cosas para atrancarla con seguridad mientras el hombre la golpeaba con violencia.

¿Qué estaba pasando?, ¿por qué en todas las casas se escuchaban gritos? Yo solo la miré y volteé callado hacia la ventana; la historia del mundo se caía a suspiros. Entonces ella comenzó a suspirar sentada en la cama, reflexionaba algo profundo o tal vez intentaba reaccionar ante aquellas absurdas situaciones que parecían temas exclusivos de cine de terror. Yo no tenía palabras para dar una explicación a lo evidente, estaba tan asustado como ella. La luz estaba cortada en el edificio y la calle solo contaba con el alumbrado público, amarillento y titilante, que volvía ese instante más tétrico. Mi cuerpo temblaba y el de ella estaba hermoso…

Raúl, dime algo, ¿por qué hay un tipo intentando entrar al cuarto? Lo mismo me pregunto, le respondí. Contesté con el edificio vacío que tengo dentro haciendo escuchar el eco de mi inseguridad. Cuando llegué pensé que me estabas esperando en la bañera y lo encontré allí. ¡Me atacó! Le decía eso al momento de tomarla de los hombros. Así es como llegué aquí contigo. Y ahora ¿qué vamos hacer? Le dije que el mal estaba desatado. Bajo la luz de la calle que llegaba con poca intensidad, me acerqué a ella y la abracé; ella estaba en ropa interior. Así que en silencio comencé a deslizar sus bragas hasta sus rodillas mojando mis dedos del miedo que nos rodeaba. Le dije que la quería, mientras sentía que su piel sudaba. Levanté la vista y vi su cara con lágrimas en sus mejillas. Ella asentía, sin disgustarse; solo asentía en el combate de esta situación fatal. Mis dedos tocaban sin culpa sus areolas, otros se metían entre sus labios y comenzaron a hacerle el amor. Mientras la tocaba, ese fantasma estaba golpeando la puerta como loco. En ese momento, la cara de ella era la de un antílope muriendo en el bosque del cazador herido.

El edificio parecía desolado. Solo con oír los lejanos gritos sentía que nosotros también estábamos lejos de la vida. La noche transcurría sin miedo. Cada hora era un ladrido o un quejido, era el lamento de las flores de este campo marchito.

Cuando surgió la mañana, tenía una buena carta de presentación y cierta tristura que se respiraba en el suspenso evidente. Nunca nos cobijábamos cuando dormíamos con el calor incómodo de la primavera y ese día no fue la excepción. Abrí los ojos, ella estaba en la ventana; parecía haber tenido mucho tiempo viendo el desastre de la noche anterior. Tenía su cabello despeinado y una blusa que no tapaba sus hombros. Los ruidos se habían disipado por completo, sin darnos razón para seguir vivos. Estábamos los dos juntos hasta que la muerte nos separase.

Después de creer lo que vimos, comenzamos a hablar y en la primera sílaba de ella, alguien tocó la puerta, luego comenzaron a tocar en los demás departamentos del edificio. Eran golpes que sonaban como una alarma, que se extendían por todo el lugar.

Alguien comenzó a susurrar nuestros nombres. Yo le preguntaba a ella si lo escuchaba y ella me decía que no la nombrara, que le daba miedo. Nos encontrábamos en la boca de algo siniestro. Era una señal parecida al cambio de temperatura que da paso a una catástrofe. En verdad se estaba terminando el mundo.

De nuevo comenzaron a escucharse gritos y los golpes en las puertas cesaron. La vi con cara de alegría diciendo con los ojos que había más personas. La observaba mientras los gritos daban paso a un movimiento brusco en el suelo que tiraba las cosas de las paredes. Pensamos que sería corto el movimiento telúrico, pero el miedo se transformó en paranoia e instinto de supervivencia. La tomé de la mano y la acerqué a la ventana; agarré una silla metálica y destrocé la estructura para poder salir. Con el impacto de los golpes el vidrio cayó en pedazos al piso.

Claro que la muerte era un acto natural, pero nosotros nos empecinábamos en sobrevivir. Corrimos a la ventana sin precauciones y de nuevo nos quedamos asombrados. La calle estaba plagada de figuras maniáticas; el cielo infestado de demonios con sus alas planeando el aire; el aire sucio. Antes de que nos cayera un mueble de gran peso, la agarré a ella y la aventé al vacío. Yo tuve algunas complicaciones porque el edificio comenzaba a desgajarse. Pude aferrarme a la ventana, pero no salté, caí con toda la pared desde el cuarto piso.

La forma de acabar con todo era ésta, fácil y dinámica. Fue un acto que parecía fotografía del año. Mientras saltaba, otras personas lo hacían desde sus ventanas con el cielo que se había tornado rojizo. El miedo nos daba más segundos en el aire. Nos movíamos con todo el derecho a morir mientras veíamos las sombras que se movían en el cielo. Ya no nos encontraríamos en otra situación hollywoodense, ni en la central de autobuses, ni en el aeropuerto. El impacto no fue lo decepcionante. Sí morimos, sí salió sangre a chorros, sí cerramos los ojos al morir. Pero despertamos muertos, salimos de los escombros y nos encontramos en el mismo lugar.

Yo estaba mirándola a ella acostada en la cama. Me levanté con dificultad y salí de la habitación. En el pasillo me percaté que el edificio estaba partido, destrozado. Regresé a mi cama, me eché las sábanas encima y comencé a reanudar mi sueño, en el que estábamos vivos.

 

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Narrativa

Cuento – Los mensú

universo

Por: Norma Maritza Vázquez Domínguez

A los cuatro años, Úrsula, una niña de ojos grandes y mirada inquisidora, se preguntaba quién había hecho el cielo, la tierra y todas las cosas. Durante su infancia, ni las respuestas de sus padres ni las de la iglesia lograron responder a su curiosidad. Luego, quiso saber quién había hecho a Dios. Sus preguntas la llevaron al mundo de los libros y la ciencia. Todos los adultos a su alrededor trataron de disuadirla, pero ella insistió empujada por el fuego de su curiosidad.

A los 19 años ingresó a la universidad para estudiar una carrera en la cual podría emplear un nuevo sistema para indagar sobre el origen del universo. Sus profesores le enseñaron cómo, a partir de un método de cálculos matemáticos, era posible crear galaxias sintéticas. En el laboratorio había una galaxia que llamaba especialmente la atención de Úrsula porque contenía un planeta similar a la Tierra. Ese planeta semiesférico y azulado estaba habitado por seres artificiales apodados los mensú, eran unos modelos antropomorfos, un tipo evolucionado de los primates, de complexión robusta y un tamaño promedio de un metro setenta centímetros. Para alguien no iniciado, resultaban idénticos a los humanos.

Con un lenguaje propio y costumbres repetitivas, los mensú solían realizar trabajos en unas minas para extraer carbón. Empleaban sólo su fuerza bruta, que tenía un bajo costo, lo cual les permitía vivir con lo mínimo; su comportamiento era predecible. Trabajaban sin descanso siete días a la semana y, cada nueve meses, cuando recibían su pago, les esperaban las urú en casa. Las urú eran una versión femenina de su especie, quienes con algarabía satisfacían su sed, su hambre y la urgencia de su locura. A los mensú se les daba bien derrochar más dinero de lo que ganaban, bebían alcohol de manera desmedida y compraban lujos que les duraban poco o perdían en las apuestas.

Una tarde en que Úrsula se quedó escondida en el laboratorio descubrió dos mensús que le parecieron especiales. Les dio nombres y los siguió a lo largo de su jornada. Manuel y Esteban habían llegado juntos pero se separaron al llegar al poblado, con su ganancia Manuel se compró un revolver 44, una urú llamada Malena, y un collar de perlas para ella. Esteban compró una barrica de alcohol de caña y tabaco, luego se embebió con el mayordomo (una especie de ser artificial que no había tenido éxito en el planeta) y otros mensú en un juego de baraja que duró hasta el momento de su regreso a la mina, y en el cual perdió toda su ganancia.

Manuel caminó con Malena por el sendero hasta internarse en el bosque, ella lo guío a una gruta, ahí dentro lo amó por siete noches y sus días, se olvidaron de las responsabilidades para las que estaban programados. En el séptimo amanecer, Manuel salió sin su naturaleza brutal, con un lúcido brillo en los ojos, al igual que Malena; Úrsula se dio cuenta de que ese brillo representaba su libertad, algo que no conocían, algo para lo que no estaban programados. No tenían por qué regresar, se fugarían.

Hasta entonces, Úrsula ignoraba que un error en el programa de esta galaxia había creado algunas especies con un DNA distinto, Manuel y Malena eran dos de estos seres, su fuga alteraba las fórmulas del sistema con el que se regulaba la sincronicidad del programa, el cual, en forma automática reinició una secuencia que matizó la imagen de la galaxia de color azul índigo. Úrsula observó la imagen, analizó los datos y supo que algo distinto estaba ocurriendo.

La vida de los mensú no había sido programada para tener iniciativas ni pasiones, mucho menos para preguntarse sobre el orden de ese universo ni desear la libertad, eran seres artificiales, algo diferente había sucedido en la configuración de esos seres en ese planeta tan parecido al nuestro.

En el valle donde los campos se tornan tranquilos, sobre un tronco caído, se sostenía el cuerpo de Manuel, el único entre miles de mineros que había escapado de la esclavitud. Aún inconsciente, su cuerpo mostraba la fuerza de un instinto indomable, durante cinco días había caminado con Malena entre la espesura de las montañas.

Los árboles de alturas impresionantes tocaban el cielo con sus brazos, reían con tono burlesco, eran sordos y ciegos ante la miseria de un ser que desde su nacimiento estaba destinado a una vida artificial.

De manera alucinatoria, Manuel pudo verse a sí mismo como un ser engendrado en el vientre de un planeta mordaz, desde sus pies sintió un cosquilleo que le carcomía la piel y los huesos. No tenía ninguna posesión, excepto la brutal fortaleza de su instinto que había soportado los trabajos y la inhumanidad de la bestia que gobernaba las minas. Diecinueve años eran ocultados por las arrugas de un rostro carcomido por el polvo del carbón.

Una convulsión le devolvió el aliento, de tajo abrió los ojos como quien nace en un nuevo mundo, intentó moverse pero fue imposible, sintió la pesadez del cielo en su cuerpo. Malena, acercándole un cuenco, le mojó los labios con agua y rezó (¿cómo habían aprendido aquello los mensú?).

Tuvieron que pasar varías décadas para que Úrsula descubriera que un error en la ecuación que describía el movimiento de los cuerpos celestes de aquella galaxia, estaba relacionada con la configuración casi humana de algunos modelos artificiales que poblaban aquel planeta. Ella escribió una tesis explicando esas anomalías, pero sus resultados no fueron aceptados inicialmente por la comunidad científica. Sin embargo, permitieron demostrar, mucho tiempo después, que la galaxia en la que nosotros vivimos también está llena de anomalías.

Al mismo tiempo en que Úrsula observaba y analizaba a los mensú, alguien más, en otra galaxia un poco menos sintética, escribía una tesis sobre Úrsula y cómo el virus curiosidad, con el que había sido infectada desde pequeña, la había hecho comportarse de esa manera.

 

 

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Narrativa

Cuento – El origen

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Por: Selene Maldonado López

Desperté empapada en llanto, tenía entonces sólo nueve años. Corrí al cuarto de mi madre y le conté mi sueño todavía vivo, que por unos segundos me mantuvo contenida en una apnea justo antes de despertar. Soñaba que con violencia rompían puertas y ventanas, vaciaban nuestra casa, nos perseguían. Yo corría mientras observaba la ciudad incendiada, por todos lados veía rostros con miedo y hambre. Entonces, mi madre me acogió en la cama a su lado, me envolvió en sus brazos tibios, y me narró la historia de Helena, su hermana mayor que murió cuando mamá apenas empezaba a entender el mundo.

Hija, antes de que Helena falleciera tenía varios días sin lograr dormir bien, decía que algunas noches cerraba los ojos y entonces se abrían las pesadillas. Un día, así nada más, se quedó como atrapada en un profundo sueño. En ese momento pensamos que su muerte era lo peor y mas extraño que nos había pasado. No hallábamos explicación ni consuelo. Todos alrededor de su cama observamos por largos minutos su cuerpo aún flexible. Luego clavamos la mirada al suelo como si la gravedad hubiera sido hecha sólo para nuestros ojos. Yo trataba de formular las preguntas correctas para después encontrar respuestas.

De pronto, nuestras miradas húmedas fueron atraídas por el espacio que iba ocupando el vientre de Helena mientras se hinchaba rápidamente. Y como si sus delirios nocturnos estuvieran a punto de materializarse, ocurrió lo mismo con sus extremidades y su cabeza. Algo parecía moverse dentro de ella, de su cuerpo salía un rumor como de mandíbulas y dientes. Sin poder desviar la mirada vimos cómo de su vagina y ano comenzaron a salir, como gusanos, lo que parecían ser extremidades de otro cuerpo, que enseguida se reconocieron y se unieron formando un nuevo ser, de corta estatura, magro, envuelto en una piel clara, lisa, casi aterciopelada. Ese cuerpo era coronado con una cabeza de nariz prominente y ojos pequeños que se abrieron después de parecer recobrar consciencia de que estaba ahí. De reojo vi el cuerpo de Helena, la piel estirada hasta el extremo ahora totalmente flácida como un globo sin aire, como si dentro de ella no hubiera quedado nada, ni carne, ni huesos.

Los ojos de la criatura nos recorrieron uno a uno, yo apenas me podía sostener  por el temblor de mis piernas. Nadie se movió por un buen rato, hasta que Raúl rompió nuestro estado pétreo dando el primer movimiento, de lado avanzó unos pasos hasta llegar a la puerta para salir del cuarto, con menos lentitud lo seguimos los demás, y al final, el pequeño cuerpo nos siguió. Nadie sabía qué hacer, incluso aquella criatura tampoco parecía saber por qué estaba ahí. Esperaba a que nosotros hiciéramos algún movimiento, alguna acción, para realizar la misma, como si fuera un espejo.

Después de un tiempo lo dejamos de percibir como un intruso, o siquiera como algo vivo, más bien nos empezó a parecer como una sombra. Al principio ese ser pequeño y mudo no salía de la casa, y cuando regresábamos estaba en la misma posición de cuando nos fuimos.

Tiempo después comenzamos a ver mas de esos seres en la calle, les decíamos los imitadores. Vivían poco y se reproducían mucho. Todos nos acostumbramos, de manera que no nos dimos cuenta cuándo parecieron tomar conciencia propia. Aprendieron a hablar nuestras lenguas, nuestros oficios, luego formaron sus propias costumbres y hogares. Con el tiempo impusieron sus leyes, hasta someternos, para entonces nosotros ya éramos menos. Nos hicieron la guerra, hasta desterrarnos. Entonces se proclamaron la especie humana, los habitantes de la Tierra.

Mi madre respiró profundo, luego soltó el aire como quien se deshace de un gran peso y continúa, nosotros colonizamos el mundo subterráneo, éste ahora es nuestro hogar, pero es sabido que todos los seres permanecemos conectados por medio de los sueños. Nos derrotaron en la tierra, pero en realidad, ellos siguen siendo los imitadores, pero ahora de nuestros sueños. Tus pesadillas y sueños más estremecedores alguien más los vive allá arriba. Sus paisajes están hechos de nuestra más desbordada imaginación, sus guerras de nuestros rencores, sus muertes de nuestra ira, el movimiento de sus cuerpos son nuestras ideas.

Me acaricia mi cabeza escamosa y continúa, olvida esa pesadilla, duerme tranquila, tu realidad es que estás aquí conmigo ahora, todo está bien, tu sueño es la realidad de otros. Me quedé callada por varios minutos,  cuando entendí lo que me decía sonreí con todo el cuerpo. Tomé su mano de escamas obscuras y surcos espesos, y entre sus brazos me volví a dormir.

Mientras tanto, en el mundo existente debajo de los subterráneos, una niña sueña que muere una mujer de cuerpo extraño cubierto de escamas; y que de su vagina y ano salen, como gusanos, lo que parecen ser extremidades de otro cuerpo que enseguida se reconocen y forman un nuevo ser. Entonces despierta de súbito con la cara empapada de llanto.

 

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Narrativa

Cuento – La marcha roja

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Por: Karen Silva Maldonado

Para Rogelio y Marina

que dejaron sonar

la marcha roja mientras duró la oscuridad.

Mi hermana me advirtió en reiteradas ocasiones que no usara su avalancha, para ello utilizaba argumentos como: “Eres muy pequeña”, “Es peligroso, hasta podrías morir”. Pero todos los días los miraba a ella y a su clan de camaradas, conformado por mis primos y un par de vecinos, lanzarse a vertiginosa velocidad desde la cuesta que se forma en la calle donde está la casa de mis abuelos y que todos llamaban “de Rómulo”. Aquel cachivache verde seco que no se parecía en nada a una nave, cohete o cualquier otra máquina que se pudiera calificar de aerodinámica, volaba sobre el pavimento vibrando con un sonido mecánico que yo percibía desde la banqueta, sentada esperando a que se diera la oportunidad de tomar un turno clandestino en el juego.

Muchas veces fui atrapada in fraganti, como bien lo indicaba mi tía cuando regresaba llorando derrotada, en mis intentos por secuestrar la avalancha. No sé de qué estaba hecha, pero yo la creía de hierro forjado, el material más resistente que conocía.

Una vez mi abuelo, que fue rural, me mostró una foto de un tanque de hierro forjado que su compadre le regaló en una de esas noches de vigilia que pasaban entre los maizales cuidando las fronteras del pueblo. El compadre Tiberio fue a Moscú, encontró la foto tirada en la misma avenida en la que fue tomada, la única diferencia que había entre el lugar donde se encontraba parado y el de la fotografía era un gran tanque en el centro del panorama. Nunca conocí al señor Tiberio, pero mi abuelo me regaló la fotografía. Mi tía alimentaba mi fascinación por la estampa leyéndome historias de zares, guerras, nieve; mostrándome ilustraciones de Siberia, Leningrado, los dorados campos; proyectando para mí películas sobre aquella tierra helada del otro lado del mundo donde los hombres vestían con pieles que los hacían parecer bestias, pero que en interiores estaban cubiertas de telas claras y finas como si hubieran pintado la primavera sobre sus ropas.

Aquel día era nueve de mayo, encontré la avalancha sola en medio de la calle. Su abandono fue ocasionado por la euforia sembrada al paso del carrito de los helados que se había detenido un par de calles abajo. Caminé lentamente hacia ella, como si cada paso que diera pudiera desgajar el piso con un sonido de derrumbe que delatara mis intenciones frente a mis potenciales captores. Tomaría la avalancha como se sitiaría una ciudad, en cuestión de metros consumaría mi operación Barbarroja.

El aire alrededor se sentía frío, para protegerme de él me imaginé con un abrigo de telas rígidas, guantes y un sobrero que pareciera un pequeño oso dormido sobre mi cabeza. A punto de subir a la avalancha me sentí sobre aquel tanque soviético como una generala en busca de la conquista, con una multitud vitoreando en el desfile y del megáfono se anunciaría “la primera niña al mando de un T-34-85”, mientras Stalin me saludaba desde su balcón presidencial, las novias llevaban sus ramos a la torre del Kremlin y ante mí se extendía la cuesta de Rómulo.

El corazón me latía en las sienes, diminutas perlas de sudor se mecían sobre mi labio superior, sentí un leve hormigueo debajo del vientre, un olor a kasha flotó desde lo más bajo de la avenida. Cerré los ojos y ya en el asiento, quité el freno. Si hubiera muerto ese día, habría sido el mejor día para morir de todos los que recuerdo haber vivido.

Las luces se apagaron y las sirenas hicieron de obertura para la marcha marcial del Ejército Rojo que sonó mientras duró la oscuridad.

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