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Narrativa

Narrativa

Patíbulo de masajes

film

Por: Víctor Manuel López Ortega

No puedes retrasarte para la cita de esta mañana en la Plaza de la Concordia. Miles de personas te esperan en las calles para gritar cuánto te desprecian y ser testigos del momento en que dejes el cuerpo en el patíbulo. “No quiero morir, soy inocente”, lamentas.

Los guardias te levantaron temprano. Uno de ellos cortó tu largo y frondoso cabello con afiladas cuchillas, fue tal su descuido que te tasajeó en repetidas ocasiones. Tus hombros, espalda y cuello están muy tensos, te duelen como si algo te hubiese estado pinchando toda la noche. Apenas sientes las extremidades.

Con las manos atadas hacia atrás con una soga, los custodios te agarran de los brazos y te conducen al patio de la prisión en donde has vivido por nueve meses. Arrastras los pies sobre la arcilla. Haces esfuerzos sobrehumanos para mantenerte erguido. Agachas la mirada y te observas trasquilado en un charco, identificas la muerte en tu rostro. Tu cuerpo tiembla, estás a punto de desfallecer. “Levántate y sé hombre”, te ordenan los guardias mientras te alzan con brusquedad del lodo.

A las afueras de la Conciergerie encuentras el carruaje destinado a los sentenciados a muerte. Te entristece que los malditos jacobinos se empeñen en vejarte como si fueras el criminal más vulgar de tu nuevo país, surgido a partir de los retazos de una Francia monárquica derribada desde los cimientos. Quisieras llorar de impotencia, pero decides no dar a tus enemigos el placer de verte denigrado; aun en tus últimos instantes de vida mantendrás la dignidad intacta.

Te sientan sobre una tabla rígida de la carreta y aferras las manos de manera que no te ladees por el efecto de la sinuosidad del camino. La mandíbula sigue temblándote. Odias sentir esta angustia. Cierras los ojos, relajas las piernas, los brazos y los músculos de la cara. Separas las comisuras de los labios ligeramente. Respiras profundo, concentrándote en el canto de las aves y el ruido del agua que brota de las fuentes. Te enfocas en estos sonidos e ignoras los insultos de la muchedumbre enardecida. Inhalas y mantienes el aire durante unos segundos. Exhalas despacio por la boca. Lo haces de nuevo: inhalas por la nariz, retienes la respiración por cinco segundos y exhalas lentamente por la boca.

Abre los ojos. ¿Cómo te sientes? Tranquilo, estás en mi consultorio. Sé lo que has sufrido, más de una vez mis manos te han sanado. Percibes el olor a sangre, humo y pudrición. Me pides que cierre la ventana y prenda una varilla de incienso. Necesitas un masaje para relajar tus músculos y descansar.

Te dejo solo en la habitación por unos instantes para que te quites la camisa, te descalces y te pongas la bata sin amarrar los nudos.

¿Estás listo?

Sube en el banquillo y acuéstate bocabajo en la cama de masajes. Despacio, con las palmas de tus manos y las rodillas apoyadas para que tu espalda no lo resienta. Pon la cara sobre el cabezal. Lleva atrás las manos, en la posición que te sientas más cómodo. Coloco un cojín bajo tus empeines. Cierra los ojos. No los abras bajo ningún motivo, déjate consentir. Concéntrate en tu respiración. Inhala y exhala por la nariz. Relájate con la música oriental que pongo para ti. Eso es…

Aceite de bebé cae sobre tu espalda, comienzo a masajearte con mis manos, hago movimientos circulares, abriendo y cerrando las palmas, estirando tu piel. Oyes una manifestación popular a lo lejos, pero no comprendes lo que las personas dicen. Ignora… Inhala… Exhala… Recorro tu dorso de arriba hacia abajo con los codos y con los brazos. Me detengo en tu zona lumbar. Tu cuerpo aún está tenso. Relájate.

Respira profundo…

Invadido por el terror das un sobresalto. Tus glúteos son bombos, mis nudillos baquetas. Imaginas el filo de la guillotina ensangrentada. Sales del trance al que ya habías logrado entrar. Abres los ojos. Escuchas el sonido de los tambores y vuelves a aterrarte ante el pensamiento de muerte. Me llamas a gritos, pero me he perdido entre la multitud.

Miras a los palurdos que han acudido a la Plaza de la Concordia para presenciar tu ejecución. Contemplas la guillotina con horror mientras un verdugo te ajusta los dos cinturones de cuero clavados en una tabla de madera: el primero en el pecho, para inmovilizar tus brazos; y el otro en las pantorrillas. Cierras tus ojos y tratas de recordar la sensación de cuando yo recorría tu espalda de abajo hacia arriba con mis hipotenares deslizándose lentamente. Visualizas mis manos en tu cuerpo, reproduces la sensación de mis caricias, pero no logras relajarte.

Los verdugos te acuestan en una báscula apoyada sobre el riel que te deslizará hacia tu último recuerdo: la canasta de mimbre sobre la que rodará tu cabeza. Te apoyan el cuello sobre un borde húmedo y espeso. Quisieras pensar que he untado esencia de pino o lavanda sobre tu frente, mentón y el surco del filtrum, pero tu olfato no engaña, es la sangre de algún infeliz decapitado antes que tú y que nadie, nadie, ha limpiado. Otra vez sientes mareo y te desvaneces.

Aunque sepas que no puedes escapar de la muerte, tu mente intenta fugarse de aquel fatídico 8 de mayo de 1794. Inhalas y exhalas una y otra vez, añoras el aroma de la esencia de tomillo y el sonido de la música tibetana. Ignoras las acusaciones que un jacobino lee ante el pueblo congregado. Te indigna escuchar la misma pamplina: “La República no necesita ni científicos ni químicos, el curso de la justicia no puede ser detenido”.

Imaginas mis manos haciéndote cosquillas en el cuello, pero no es más que el roce de tu piel con la picota. Has cometido el error de abrir los ojos, no podrás cerrarlos y fingir que este no es el final. Nadie recordará tu nombre dentro de cien años, menos aún dentro de doscientos veinte años de distancia, pero no olvidarán el invento que hoy te dará muerte: la guillotina, símbolo del terror francés.

Jalan la cuerda, la cuchilla oblicua baja con soltura. De un solo tajo, tu cabeza se desprende de tu cuerpo, rueda y se impacta contra la canasta. Sigues parpadeando. Tu verdugo la agarra de los cabellos y la exhibe a la muchedumbre que con júbilo aclama tu muerte. Vuelves a encontrarme, necesitas palabras de aliento antes de perder la consciencia del tiempo espacio terrestre.

Deja de parpadear. Tu anonimato empezará cuando te reúnas con los que han compartido el mismo destino que tú y te empareden a cientos de metros bajo el suelo, junto a miles de decapitados en la Plaza de la Concordia. Relájate, has hecho lo que tenías que hacer en este mundo y no puede ser de otro modo. Cierra los ojos para siempre. Descansa en paz.

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Narrativa

El primero

film

Por: Karen Silva Maldonado

 

No sé si comportarse como un idiota en una sala de cine sea razón suficiente para merecer que le corten a alguien la garganta en un estacionamiento. Aún así, eso fue exactamente lo que sucedió.

Había corrido los años sin ninguna novedad. Cada tantos meses me mudaba con lo indispensable dentro de una maleta, sin haber entablado relación con nadie que se preguntara qué habría sido de mí al llegar ese día. Siempre estuve atenta al dar la vuelta en cada esquina, antes de abrir la puerta de mi casa, al sentarme a leer en algún café; esperando que Él estuviera acechándome, pero no sucedió.

La vida que dejé atrás volvió a mí de la mano de un indigente que se acercó cuando estaba por cruzar la calle: “Hécate, sí, eres tú. Nos tienes que ayudar”. Cuando dijo “nos” se refirió a la humanidad. Al parecer hay ciertas consecuencias inherentes al ritual de la inmortalidad -además de la de destrozar la maldita vida del convertido, dejas frío al inframundo, que es el centro de la Tierra, y cuando éste se enfría se acaba la vida en ella, así de simple.

Bueno, tal revelación me convertía en la parcial responsable de la potencial extinción de la humanidad. Eso me hizo sentir culpable, pero lo que realmente me motivó a hacer algo al respecto fue el hecho de que, si se extinguían todas las formas de vida del planeta, solo quedaríamos Él y yo. He escuchado que todos tienen un ex al que detestan. Para fines prácticos, diré que esto es algo así, ¿me entiendes?

En fin, el inframundo se alimenta de almas, y para contrarrestar el efecto de mi conversión, estas debían provenir de sacrificios humanos. Estaba impactada, sí, tenía la misma cara que tú ahora. Le dije al mendigo que sí ayudaría y me fui. Solo se me ocurrió ir a algún lugar donde pudiera pensar. Era mucho por asimilar, incluso para mí.

Compré un boleto para la última función de la noche. Era una película belga o algo así, independiente, con una fotografía notable y un soundtrack imperdible, o eso dijo la chica de la taquilla, yo ni siquiera me acuerdo del nombre. Éramos cinco personas en la sala; ahí fue donde vi a este imbécil con sus gritos, flatulencias, eructos y además acosando a las dos chicas de la fila de adelante, incluso les lanzó un condón, todos dejaron la sala y solo nos quedamos él y yo.

Se levantó, me miró y dijo: “¿Quieres un poco de esto?”. Salí de la sala y él también lo hizo tras de mí. En el sótano me cortó el paso con su auto. Todo un imbécil: postura de imbécil, auto de imbécil y frases de imbécil. “¿Eres mudita? Te llevo a donde quieras”. No había ningún otro auto estacionado, ni cámaras; solo unas cuantas botellas rotas a un costado de su llanta. Tomé una, subí a su auto y, bueno, ya tú viste lo que sucedió después.

Se movía mucho, pateé la guantera por accidente y salieron todas aquellas fotos, el cuchillo y la cuerda; entonces te miré por el parabrisas apuntándole. No me ibas a disparar a mí; hasta pensaste que estabas por salvarme, ¿cierto? ¿Es algo relacionado con las fotos?

 

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Narrativa

Debes recordar esto

morelia

Por: Víctor Manuel López Ortega

En septiembre de 1978 Agustín Avilés me contó una anécdota que acababa de sucederle en la hoy desaparecida Sala Eréndira II, que estaba en la Avenida Madero Oriente, a un costado del Palacio Legislativo de Morelia. Su historia me hizo gracia, pues no la creí cierta.

Meses después supe que Agustín había renunciado a su plaza de profesor en la escuela normal y ya nadie lo había vuelto a ver en la ciudad. Pensé que había muerto, pero treinta y cinco años después lo encontré en un establecimiento de libros antiguos al aire libre, en el mercado de la calle Brancion de París.

Al reconocerme y saludarnos, le pregunté qué hacía ahí y por qué había desaparecido sin avisar. Agustín Avilés me dijo que, después de la última vez que nos vimos, había decidido alejarse de la ciudad que le había arrebatado su afición al séptimo arte.

Invité a mi viejo amigo a que tomáramos un café en el Lapin Agile, el cabaret más antiguo de París. Ahí, amenizados por la música de un pianista, Agustín me recordó aquella anécdota.

Hojeando el periódico la mañana del 26 de agosto de 1978, Agustín se enteró de que iban a pasar su película favorita, Casablanca, en la Sala Eréndira II, un cine de reestreno. Había funciones cada dos horas, comenzando desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche, pero sólo ese día. Debido a la premura, mi amigo decidió ir solo a la última función, pues creyó que a esa hora se disfrutaba más una película romántica.

Compró su boleto en la taquilla faltando cinco minutos. Entró a la sala sin detenerse en la dulcería y tomó asiento en la butaca más céntrica. Agustín no recuerda haber visto a nadie mientras las luces estaban encendidas.

Llegada la hora, la sala quedó en la más completa oscuridad. Entonces, el proyeccionista pasó avances de otras películas viejas que se exhibirían próximamente en aquella sala. La primera fue El planeta de los simios, que estaba programada para el día siguiente. A continuación, Agustín comenzó a ver tomas aéreas de Nueva York que mostraban la Estatua de la Libertad, el río Hudson, la Quinta Avenida, la calle Broadway y los rascacielos más emblemáticos de la ciudad, incluyendo el Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que hoy sólo son recuerdos. Ignoraba de qué podría tratar dicha película. A los pocos segundos, miró caminar a Julie Andrews con su vestido de novicia por una de las esquinas del Flatiron Building. Cuando la cámara hizo close-up, ella cantó: “The hills are alive with the sound of music, with songs they have sung for a thousand years…”.

            Agustín despreció aquella adaptación del mal; sin embargo, los demás espectadores no estuvieron de acuerdo. Al término del tráiler de La Novicia rebelde contra los gángsters, en vez de los nazis, oyó aullidos de gorila que de momento no supo de dónde provenían. El siguiente avance de cine tampoco tenía ninguna relación: mi amigo recuerda que fue el de Espartaco rebelándose contra la esclavitud en Estados Unidos durante la Guerra de Secesión.

Otra vez Agustín escuchó los chillidos de los monos al término del tráiler de Espartaco, pero esta vez observó cómo, filas más adelante, varios de ellos se pararon de manos sobre las butacas y se pusieron a dar maromas.

Casablanca no puede ser víctima de estas alteraciones. No me hagan esto”, mi amigo repitió  preocupado hacia sus adentros. Empezaba a tener ganas de abandonar la sala de cine.

Justo cuando apareció el viejo logotipo del estudio Warner Bros. en la pantalla, un simio se paró de su lugar y vociferó:

—Estúpidos humanos, no fueron capaces de hacer nada inteligente aun en su época de mayor esplendor, nunca debieron haber tenido cerebro. La lobotomía aplicada en humanos es lo de hoy.

Entonces, Agustín ya no tenía más duda: él era el único humano en la sala.

Incapaz de hablar, amparado por la oscuridad del cine, mi amigo permaneció inmóvil. Si alguien prendía las luces, los simios lo descubrirían y de seguro lo hubieran llevado preso a su planeta para dejarlo tan vegetativo como a los compañeros de Taylor.

Callado, Agustín Avilés comenzó a creer que la película que estaban exhibiendo no era Casablanca, porque en la pantalla reconoció locaciones por las que él caminaba a menudo: la Catedral, la Plaza de Armas, el Jardín de Villalongín, la Fuente de las Tarascas a todo color y el Mercado de San Francisco. ¡Todo en Morelia y a colores, como extraído de los Traveltalks producidos por la Metro-Goldwyn-Mayer en 1943!

Al poco tiempo, descubriría que Rick Blaine era refugiado en Morelia, junto a españoles y personas de otras nacionalidades, a causa de las guerras europeas. El Rick’s Café Americain no era el que él reconocía, ¡era la sala de billares del Hotel Casino, frente a la Catedral!

Si de por sí Agustín ya estaba decepcionado y odiaba cada instante de filme alterado que estaba viendo, el tiro de gracia vino cuando le llegó el turno a su adorada Ilsa Lund de regresar a la vida de Rick. Mi amigo añoraba que por lo menos Ingrid Bergman siguiera en el casting de la película, pero en su lugar apareció una actriz rubia, voluptuosa y sensual, que contoneaba las caderas al caminar. Tan pronto ella apareció en pantalla, Agustín se estremeció al darse cuenta que su Ilsa Lund, a la que Ingrid Bergman había interpretado con exquisitez, había sido reemplazada por ¡Marilyn Monroe!

—¡No! Esto es más de lo que puedo soportar. ¿Qué le han hecho a Casablanca? —Agustín lanzó un grito desesperado en la sala, sin importarle lo que pudiera ser de él en ese instante, despreciando el peligro al que su vida se exponía. Quería volverse chango. Aquello no podía ser.

Para acabar de arruinar la película, cuando Ilsa le pide a Sam, pianista del café de Rick, que vuelva a tocar su canción favorita, él la complace con “Diamonds are a girl’s best friend“.

Minutos después, mi amigo reconoció partes del argumento de la película Niágara entrometidas en Casablanca: Rick e Ilsa planearon el asesinato del esposo de ella para quedarse los dos juntos y huir a Estados Unidos. Plan que ellos pusieron en práctica; pero las cosas no salieron bien. En lugar de matar a su mujer y al amante, el marido de Ilsa -que tanto amaba a su esposa- la perdonó con la condición de que lo acompañara a su exilio al mismo país que él antes tramaba visitar con Ilsa. Rick aceptó su derrota por temor a ir a la cárcel y cedió el boleto de avión a su rival.

Fin de la película. Se desató la tormenta en Morelia. Agustín pensó que estando dentro del cine se protegería del agua, pero en un abrir y cerrar de ojos estaba hecho una sopa. Las luces se encendieron y vio que la sala había quedado con palomitas de maíz, cáscaras de plátano y otras inmundicias regadas por el suelo. Al mirar arriba, descubrió que el aberrante público se había marchado por el techo, no sin antes destrozarlo, dejándolo solo.

Nunca antes Agustín se había sentido tan decepcionado por una función de cine, tanto por los espectadores como por la basura de película y los avances tan raros que había visto. Fue por eso que decidió largarse de Morelia para siempre y no volver a asistir a ninguna sala de cine en lo que le quedara de vida. Por eso se fue a París y ahí ha permanecido. Ha vivido en la nostalgia, buscando a la Ilsa Lund perdida que pudo haberse hospedado en algún hotel de la ciudad. Tal vez Rick la alcanzó en los Estados Unidos y por fin se deshicieron del marido que les estorbaba para su romance.

Nunca lo sabremos. Mientras tanto, no nos queda más que pensar que siempre tendremos París.

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Narrativa

De los dobles

fisica

Por: Gerardo Farías

Perdí un cuento de Borges. La explicación de su desaparición es fantástica. Todo está en mi diario. Pero es necesario aclarar que esto comenzó con un cuento que quería escribir. Cuando escribo ficción, lo hago siempre a manera de una nota en mi diario, así logro engañarme: hago como si estuviera simplemente relatando hechos de mi vida cotidiana, pero muy en el fondo me quema la esperanza de hallar una historia que valga la pena ser contada.

 

13 de Octubre, 2012

Así como Borges, repudio los espejos y a los hombres porque ambos multiplican la identidad. Entrar en un laberinto de espejos que reproducen infinitamente la imagen de mi cuerpo me parece horroroso. Las ferias que osan instalar estas cámaras de tortura psicológica deberían estar prohibidas. Desde pequeño, he sido incapaz de entrar en un lugar de esos. La idea de que haya seres idénticos o incluso parecidos a mí me revuelve el estómago. Cuando escucho hablar sobre nacimientos múltiples, me mareo y mi piel exuda una sustancia helada y pegajosa. Tengo que respirar lentamente para recobrar la tranquilidad. Si por desgracia conociera a alguien con mi mismo nombre, me daría un tiro, estoy seguro. Afortunadamente, Aurelio no es un nombre común. Es lo único bueno que me dio mi padre. Es casi perfecto: tiene las cinco vocales y no se repite ninguna letra. A-u-r-e-l-i-o. Contiene dos de las consonantes más sonoras, una es líquida y la otra vibrante, esto le da movimiento y vida; es antiguo y valioso como el oro; es un nombre que suena y se saborea al pronunciarlo y eso me encanta. Aurelio. No cabe duda, es un nombre casi perfecto.

Para mí, hay un orden en todas las cosas —lo debería de haber siempre— y no se necesita mucho seso para entenderlo. Es cierto, me molesto cuando no es así, pero siempre termino convenciéndome de que hay una causa para todo efecto; eso me genera paz. Sería aún más feliz, quizá, si las vocales de mi nombre estuvieran alfabéticamente ordenadas, pero sería pedir demasiado. Soy un tipo puntilloso pero no irracional.

No creo en las casualidades, como dije, porque siempre hay forma de encontrar el orden. El diseño inteligente de este mundo está siempre ahí, pleno ante la vista. No hay misterio, sólo mentes opacas. No entiendo cómo no lo ven.

Muchos pesimistas hablan de la teoría del caos y de la futilidad de la existencia. Todo es relativo, dicen… ¡son unos idiotas! Esas ideas deprimentes a mí no me vienen.

El otro día leí que los físicos cuánticos han demostrado que hay partículas subatómicas que mantienen una interdependencia en relación con sus movimientos, incluso si están separadas por millones de años luz. Esto significa que mientras la partícula “A” gira hacia la derecha, la partícula “B” lo hace siempre hacia la izquierda, sin importar cuán alejadas estén, y si alguna de las dos llega a cambiar de dirección su giro, la otra instantáneamente lo sabe y comienza a girar en dirección opuesta.

Todo tiende al equilibrio. Es uno de los descubrimientos más bellos que jamás se haya hecho.

Dios salve a los físicos.

 

14 de octubre, 2012

Ayer, justo después de escribir sobre las partículas subatómicas, me levanté para buscar la cita exacta que abre el cuento, porque sentí que la había parafraseado mal y no estaba debidamente escrita.

Me dirigí hacia mi biblioteca y busqué “Tlön, Uqbar Orbis Tertus” dentro de mi edición de bolsillo de Ficciones. Para mi gran sorpresa el cuento no estaba. Conozco muy bien mis libros, pero esta vez dudé y revisé el índice miles de veces y el cuento que siempre estaba en la página 13, justo después del prólogo, había desaparecido. Es decir, el primer cuento enlistado era el espléndido “Pierre Menard, autor del Quijote”, página 39.

Me paralicé ante la idea de haber perdido un cuento de Borges. Al dar la vuelta a la página 12, el final del prólogo, me encontré con la brutalidad: había veintiséis páginas en blanco. ¡Veintiséis!

Tratar de escribir sobre una hoja en blanco asusta, pero tratar de leer veintiséis hojas en blanco es una locura. Mis ojos se arrastraron desesperadamente a través de ese desierto de veintiséis páginas vacías en búsqueda de una cita, de un cuento inolvidable, de un mundo sostenido nada más que por la pura imaginación… y no tuvieron ningún éxito, desfallecieron.

Mis manos temblorosas perdieron toda su fuerza y el libro cayó al suelo, y se callaron para mí las palabras más hermosas jamás escritas.

 

18 de octubre, 2012

No he podido encontrar la causa de lo que ha pasado. Estoy anonadado (esta palabra la aprendí de mi tía Rita, la que me cuidaba de niño, y siempre me ha parecido un enigma, una especie de criptograma onomatopéyico; es como nadar en la nada.

Sí, estoy anonadado.

Han pasado ya varios días y no he podido dormir bien, no he comido y tampoco he salido a la calle. He sobrevivido bebiendo mate. No he hecho nada más, apenas he flotado en la nada, solamente le he dado vueltas al asunto. Ya leí todos los cuentos de Borges, esperando que sus palabras me guiaran hacia la respuesta.

Es sólo otro juego borgesiano, pienso. Quizás hay una pista en el número 13 de la página del libro: el día que el cuento desapareció fue precisamente 13. Pero no soy supersticioso. Sin embargo, urge una explicación lógica para este embrollo.

Escribir no me ha servido de mucho.

Volveré a la nada.

 

19 de octubre, 2012

Casi no pude dormir anoche. No he encontrado la solución a mi dilema. Hay una cosa que me atormenta: la imagen de mi amigo y una de sus mayores afrentas hacia mí. Estoy hablando de Jorge, no Luis ni Borges sino Jorge Alberto, quien olvidó su libro de El hacedor aquí, en mi casa. Hace un mes, aproximadamente, vino a visitarme y pasamos un excelente rato hablando de libros, películas y música.

No sé por qué dejó su libro aquí, ¿en qué estaba pensando? Recuerdo que lo trajo para demostrarme que El hacedor era un libro únicamente de poesía y que no encontraba el cuento que yo le había recomendado para defender su tesis sobre el “Borges platónico”. Sin embargo, el cuento del que le hablé sí está ahí, y cualquiera puede verificarlo: se llama “Delia Elena San Marco”, página 29.

Como siempre ha sucedido en nuestros encuentros, nunca hablamos de lo que habíamos acordado en un principio. Aquella vez hablamos sobre los uniformes como una forma de control, una impostura ideológica; él les llamó “heterodumentarias” inspirándose en Michel Foucault. Por supuesto, los dos coincidimos en que la idea no era nada novedosa.

¿Por qué me dejó su libro? Sabe perfectamente que, al igual que él, poseo la obra completa de Borges en la edición de pasta dura editada por Emecé (mantengo estos libros bajo llave, en una caja fuerte lejos de mi departamento, y los saco sólo una vez al año; quiero pensar que Alberto hace lo mismo). Y, además, ambos la tenemos completa también en edición de bolsillo —que es la que usamos para realizar anotaciones, por supuesto—, pequeña y portátil. Aún así, él mismo colocó su libro justo al lado del mío en el librero. Tuve un sobresalto al ver dos ejemplares idénticos de una misma obra y no supe qué hacer. No lo puede tolerar: dos hacedores, dos Borges repetidos simétricamente, tocándose sin vergüenza.

Una cosa es leer sus cuentos de dobles, otra muy distinta tener un libro idéntico repetido. Me armé de valor y hojeé su libro; con asombro vi que tenía las mismas anotaciones que yo había hecho, las mismas frases subrayadas e incluso un breve comentario al final del cuento de Delia San Marcos.

Esto es abominable. “Dos de dos”, dice la gente sin pudor en el puesto de tacos y a mí me da tirria.

Nada puedo decir, nada puede ser articulado y mucho menos escrito.

Han pasado unas horas desde que abrí mi libretita roja para seguir escribiendo y, por primera vez, leí todo lo que he plasmado aquí. La lectura ha sido reveladora. El problema del cuento desaparecido está íntimamente relacionado con la duplicación del otro libro, ¡por supuesto! Aquí está la gran ventaja que tiene el que lee frente al que sólo escribe.

Como sea, aquí la explicación de todo este embrollo: la obra borgesina está perfectamente equilibrada pues nada le falta y nada le sobra. Entonces, cuando Jorge, mi amigo, insertó —no sé si intencional pero sí muy irrespetuosamente, porque él conoce de mis padecimientos— un doble más en el universo de Borges, su perfección se vio alterada. El desequilibrio fue compensado por la mente matemática de los libros.  Siempre he dicho que uno debe confiar en sus libros, nunca en su memoria. Así que, ante la aparición de un hacedor más, un mundo entero tuvo que desaparecer, en este caso Tlön.

No puedo perder más el tiempo.

Decidí salir corriendo con el ejemplar de El hacedor de Jorge en mis manos directo hacia su departamento, que está justo enfrente del mío.

Toqué efusivamente. Él abrió en bata, con un mate en la mano y fumando. Traía puesta la misma bata que yo. No le expliqué nada, solamente le grité que estaba loco y le di el libro. No le di tiempo para hablar.

Regresé tosiendo, porque correr mientras uno fuma es muy difícil, y al entrar lancé el mate al suelo. Estaba efusivo por encontrar de nuevo equilibrio en mi vida y en el mundo.  Abrí Ficciones en la página 13 y leí con una sonrisa enorme: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento…

¡El cuento había regresado!

Una paz inconmensurable me invadió.

Mi cerebro regresó a su lugar, pero lo más importante volvió a su lugar: la frase exacta y precisa que necesito para comenzar a escribir el cuento que quiero dedicarle a mi gran amigo que, dicho sea de paso, tiene dos nombres horribles, Jorge Alberto. Dos fricativas velares excesivamente cercanas en el primero, cacofonía vocálica en ambos y una dental oclusiva y ¡sorda!, lo que al final revienta lo único rescatable de su segundo nombre: esa serie vocálica, líquida y labial que es alber. Ahora recuerdo que una vez me confesó que le encantaría tener mi nombre. Es claro que él también lo detesta.

Pero bueno, la cita: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.

Ahora, necesito replantear toda la idea original del cuento porque mi cita es incorrecta y releyéndola, además, me doy cuenta de que yo no repudio en absoluto la cópula. Así que pensaré en otra cita y de paso en un mejor nombre para mi amigo.

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Narrativa

Bola de pelos

bola de pelos

Por: Édgar Omar Avilés

Besa a su esposa, lleva a su hijo al jardín de niños y se dirige a la universidad donde es profesor.

En la cafetería, como todos los jueves a la hora del almuerzo, pide albóndigas y un café americano. Una vez que le sirven, toma la charola y se encamina a una mesa en la que sus colegas platican sobre la importancia de inyectar capital al país. Pero al bajar la vista ve su platillo preferido, compuesto de cuatro bolitas, una de ellas de pelos… ¿Pelos?, su rostro se retuerce, rojo de ira. ¡Es el colmo de la suciedad!, y se dispone a encarar al cocinero, pero de pronto se detiene para examinar eso que parece un ratón hecho ovillo.

Lo toca con un dedo: le parece tan desagradable, asqueroso, inmundo. Lo hace rodar con el tenedor para descubrirle la cabeza; no la encuentra. Tampoco las patas, la cola, los ojos, el hocico o las orejas. Es una uniforme bola de pelos. Lleno de curiosidad científica sale de la cafetería y en un rincón, cuidándose de no ser visto por los demás profesores, ni por los alumnos, la observa con detenimiento.

¡Palpita!, por dentro algo se contrae, aunque sutilmente. La avienta al suelo para aplastarla con el zapato, pero, para su propia sorpresa, la recoge y la acuna entre sus manos. Los ojos se le arrasan abruptamente de extrañeza, luego de sentimiento, al final de lágrimas. Le dice con ternura:

—Eres la cosita más rara que he visto.

La misma frase que él pronunciaba en un sueño que se le repitió una docena de veces, cuando tenía nueve años. En aquel pasaje de su inconsciente todo olía a sándalo y al final se encontraba a un ser no muy distinto.

Usa su pañuelo para limpiar con delicadeza el pelaje marrón y la mete en un bolsillo de su saco.

Al mismo tiempo que imparte clases, o cuando recoge a su hijo en la escuela, o rumbo a casa, no deja de buscar explicaciones: una broma de mis alumnos o de mis colegas, una coincidencia, radiactividad, locura, un sueño… o tal vez sólo tengo nueve años… Concluye: es el destino, sólo el destino.

Su esposa intenta recibirlo con un beso, pero él no tiene tiempo: va al cuarto-estudio y saca a su nueva mascota. Juega con él —decide que es él— haciéndolo rodar y, luego, lo baño con agua tibia y jabón de tocador. Mientras lo perfuma con esencia de sándalo piensa en que sería conveniente llevarlo a un laboratorio, pero ahora haré lo que quiero, no lo que pienso.

Alfonso sonríe como un bebé. Su hijo abre la puerta y se acerca para averiguar y compartir el motivo de la alegría.

—¡No lo toques, lárgate! —le da un manotazo.

Es la primera vez que le pega y el niño sale del cuarto sorbiendo el llanto. Así comienza la ruptura de Alfonso con su vida pasada.

En la universidad deja de frecuentar a los colegas. Sus alumnos casi no pueden reconocerlo, le tienen miedo. Pero eso no le preocupa. La auténtica lucha es contra la razón, que hace preguntas: ¿de dónde salió?, ¿qué es?, pero interrumpe las dudas silbando una canción que su abuela le cantaba.

A la hora del almuerzo, solitario, va a una esquina de la cafetería, abre su portafolios y le platica algo. Se rumora mucho acerca de su creciente desequilibrio, aunque nadie pone en duda la calidad de su cátedra. Al término de las clases no se dirige a casa; quizás al cine, al teatro o a la alameda para disfrutar de mi nueva compañía. Su esposa le resulta indiferente. No importa si ella le recrimina, lo insulta o lo abofetea. Su hijo aún intenta abrazarlo, pero él lo aparta.

Llega a su cuarto-estudio: su dormitorio desde hace seis meses. El tiempo que lleva de conocer a la bola de pelos. Lo beso, le digo una frase tierna y nos dormimos. Sus ojos encontraron un brillo que se había perdido en los laberintos de la cotidianidad.

Poco a poco su mundo se vuelca en la bola de pelos, todo lo externo pierde significado. El hombre práctico, serio, reflexivo, se difumina entre poemas cursis y hasta entra a una iglesia a dar gracias: ¿por la evolución? No. Por la vida.

Los meses se suceden. La dicha lo abarca tanto como los radicales cambios.

Hace tiempo que fracturó relaciones con su familia. Está obligado a darles una pensión. Renta un minúsculo departamento. Falta con frecuencia al trabajo. La cordura casi está enterrada y cuando quiere resucitar, aún la sociedad puede perdonarme, suspira, silba y se pone en posición fetal.

Ya no usa pantalones de vestir y sacos, sino jeans ajustados y playeras holgadas. Pasa horas con la mirada fija en aquél al que llama mi amor, y arrullo. En esa bola de pelos vierte todo su afecto: el de padre, de madre, de hijo, de esposo, de amigo, incluso el de maestro. Sólo a él debo de querer.

Compra una máquina de coser para confeccionarle trajecillos de una curiosa forma esférica. Los primeros son un desastre, pero con la práctica realiza verdaderas prendas de diseñador.

Ahora no sólo le escribe poemas, sino que copia versos, se los recita y al final se da por autor. A la par, pululan en sus sueños pesadillas terribles que lo despiertan con sudores y lágrimas entretejidos. Un mal sueño, sólo fue eso, se repite convencido.

Hasta que las primeras arrugas marcan sus gestos la sociedad aprende a aceptarlo, aunque en ocasiones algunas miradas todavía me reprochan. Alfonso camina por las calles como anheló de adolescente: con un bolso rojo de mujer al hombro que en ocasiones utiliza para trasportar a su amado.

Pierde la cátedra en la universidad por sus extravagancias, según se le argumenta.

—¡Qué importa!, para educar a la gente mejor vendo enciclopedias de casa en casa —le grita al rector, mientras imagina que es su padre.

Compra el periódico y luego de consultar el horóscopo busca la cartelera. Sin embargo, su vista se detiene en el obituario. No le extraña que su madre no le comunicara sobre la muerte del viejo. Decide ir al teatro.

Un vestigio del hombre que antes era le escupe pervertido, quebraste tu vida y a los tuyos, pero el vestigio obtiene por respuesta la frase que se apresura a escribir con lápiz labial rosa en la ventana de su cuarto:

 Tengo derecho a amar a alguien que no me mienta, que no me exija lo que no soy, que no me destruya; querer con todos los sentidos aunque el otro no tenga ninguno.

Sabe que lo consiguió, que por fin ha logrado el universo, el paraíso que me toca. Por eso ríe, canta, suspira, llora, reza, baila sin soltar a su bola de pelos.

Aquella tarde, cuando regresa del supermercado, se dirige a platicarle:

—Hola, chiquito, ya llegué, el calor está insoportable…

Pero lo nota extraño. Cierra los ojos en busca de tranquilidad, encuentra una poca. Lo toma entre sus manos, traga la escasa saliva que hay en su seca garganta y confirma la sospecha: ya no late.

Cuántas pesadillas lo presagiaron. Sus rodillas flaquean, cae al suelo; mi llanto riega su diminuto cadáver; escupe un grito gutural de esperanza desgarrada. Sabe las opciones: enterrar con la dignidad que se merece al ser que más ha amado y no enterarse de sus sospechas o…

Se sabe débil y elige la segunda. Las manos le tiemblan, los labios se le cuartean, su mirada se pierde. Hace acopio de carácter y palpa meticulosamente, como siempre cuidó de no hacer, cada milímetro del peludo cuerpo en busca de algo que esté mal. En efecto, no podía ser de otro modo, se carcajea la razón; da con lo tantas veces negado: la tapa de las baterías. La abre con un desarmador. La sangre se agolpa en sus pies, quizás estos hubieran explotado de no traer zapatos. Mi universo recién nacido se colapsa.

No quiere perder tiempo y con el relleno de un seno escapándosele por el escote va a una relojería que sabe cercana para comprar la pequeña pila de plata de 7.5 voltios. Rápido, por favor

Una vez en casa, la inserta. El sencillísimo mecanismo de un micro-motor y un par de engranes vuelven a funcionar.

Está apunto de preguntarse: ¿por qué?, ¿qué es?, ¿quién?, ¿cómo llegó a mi almuerzo?, pero comienza a silbar fuerte, muy fuerte.

Esa noche lo acicala con esencia de sándalo y le platica de lo mucho que sufrió cuando su pequeño corazón dejó de latir.

—También el mío; afortunadamente sé dar masajes cardiacos —y le da un par de palmaditas.

Lo viste con un traje de casimir pardo que considera bien coqueto y por último le ajusta una pequeña corbata gris que tejió durante la mañana; después busca un acetato y al ritmo de A mi manera lo abraza, tierno, y bailan, despacio. Le da un beso que deja marcado labial rojo en el pelambre marrón, luego abre la ventana y lo arroja tan fuerte como su brazo le permite. Las lágrimas lo embisten, alguna se rompe en el vello que nace nuevamente de su rostro. Grita para intentar matar la frustración, la desesperanza, el no-futuro. Quizá sólo tengo nueve años, piensa mientras sigue gritando.

Mirada perdida en la noche, en la incertidumbre. Tal vez mañana irá a disculparse con su esposa y con el rector, o tal vez el jueves irá a la cafetería para pedir albóndigas… Tal vez.

 

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Narrativa

Pasajero en trance

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Por: Alfredo Carrera

A fin de huir; y
huir y huir y huir.
César Vallejo
Se marchan siempre sin
pagar los inquilinos de mi vida
y el patio queda nuevamente
solo en este hotel de paso
donde siempre es de noche.
Federico Díaz–Granados

 

No quiero irme de nuevo, quisiera regresar a mi ciudad. Que no me digan que no puedo entrar a la sala de espera sin pase de abordar. ¿Cómo explicarles que desde hace meses me dedico a eso, a esperar? No he concretado ningún encuentro, sigo a la expectativa. ¿Para qué abandoné mi ciudad? Comprar otro pase de salida a fin de huir, y huir y huir, tantas veces sin llegar a ningún lado… Llegar a otra urbe con el ya veremos en la boca, ver las miradas de los que no entienden esto de aguardar en movimiento.

Recuerdo a mi hermano, gritaba desde los andenes que no era necesario huir de esa forma, que la vida sería distinta. ¿Cómo explicarle que ya no había vida en mí, que esa despedida necesitaba algo mayor? Ni siquiera lo volteé a ver cuando, desesperado, gritaba y seguía al autobús. Guardo gratitud hacia mi hermano por su preocupación y también al chofer, que ni siquiera titubeó. «Seguro que le pasa en cada ciudad», pensé; me entristeció ser parte de un conjunto de personas que huyen. Se lo pregunté a la mitad del trayecto, pero ni siquiera lo había escuchado, de lo contrario se habría detenido al instante: le encantan esas películas en las que un personaje detiene un autobús por el amor de su vida o por su hermano, como en mi caso. Hasta mencionó películas de Bruno Martí en las que éste salta a los vehículos para detenerlos, con los pasajeros impactados y molestos por los besos, los abrazos y los te amo. Después de una hora regresé a mi asiento. Saber que la persona que me llevaba a mi destino se hubiera detenido sin pensarlo, que yo no era capaz de dar la vuelta atrás… era como aceptar un mal agüero.

La primera salida fácil provocó que cada salida fuera más difícil, y me refiero al peso que contenía cada trasbordo. Cada vez huía de lo que ya había escapado y no me quedaba claro qué era lo que, entonces, me provocaba hacer tantos viajes. Los retenes en carretera, cuando los soldados rasos suben al autobús buscando droga —esas pausas infortunadas de las que nunca vi resultados—, me recordaban siempre el retén que mi hermano buscó montar y que no había logrado. Lo imaginaba a él como militar, disfrazado con las botas y el casco que siempre ha repudiado. En esa revisión no habría búsqueda de armas ni drogas, sino una pesquisa por sacarme culpas que guardaba dentro. Seguro hubiera querido estar escarbando en mí para que yo me diera cuenta que tantas despedidas, de las que sólo me enteraba al no ser correspondido, no eran culpa de nadie. Las personas, ya me lo habían dicho, a veces huyen por su protección y no de uno; huyen por lo que ellos son a nuestro lado. Cada semana estaría diciendo adiós a una nueva persona que, simplemente, no me toleraría más: un chofer, una cajera, una mesera…

La vida de viaje me parecía lo más adecuado, ser yo el que se despidiera de la ciudad y despedirme, además, de las personas que estuvieran en las terminales. Hacerle plática a una mujer o a cualquier joven en un bar o café o plaza pública, decirle pronto, a media hora de iniciado el diálogo, que partiría, que ojalá no hubiera sido importante aquello porque no se podría repetir más. Quedaba pendiente, además del desplazamiento en sí, terminar de administrar los ahorros con los que pretendía ir marcando el itinerario de viaje. Evitar comprar diarios que no me aportarían nada, limitarme en la comida y esperar a que las líneas de autobuses me alimentaran. Algunas veces tener el mayor cinismo posible para pedir un segundo cuernito con jamón, antes hacerle alguna señal a la mujer de los boletos y asientos, que interpretara como un interés del pobre diablo en el que, seguramente, me podría convertir.

«Pasajeros, favor de abordar» era una frase cierta conmigo; pasajero, me convertí más en ello que en persona. La cartera pronto se me inundó de boletos de viaje, no los quise tirar porque conservarlos era la forma en que mantendría cierto vínculo con las ciudades a las que les decía adiós, como si guardara fotos de las personas que prefirieron no hablarme más. Como si fueran las mujeres que pasaron por mi vida, marcándome, sin conocerlas del todo, sabiendo apenas cómo se llamaban, cómo recibían el sol cada día, cómo eran indiferentes a este forastero en el que me convertía. Decirle adiós a tantas era como una soledad anunciada para un final conmigo, nada más.

Con tantos viajes, aunque no podría establecer cuántos, de algunas ciudades sí quise deshacerme, me daba terror encontrarme a alguien conocido en el asiento de al lado y entonces fue cuando dejé de desplazarme todos los días. El miedo es una raya que separa al mundo: de un lado, los cobardes; del otro, aquellos que son capaces de enfrentarlo.

Encontrarme con el chofer que no titubeó en la primera salida habría sido desastroso. Me preguntaría, estoy seguro, si continúo huyendo, si prosigo haciendo oídos sordos al pasado. Quiero volver a mi ciudad el día que no sea la misma, puede ser hoy, cuando pueda entrar a ella entendiendo que, como un río, ya no es la de antes. Ser el cobarde no me provoca problema alguno, pero sí me causa dificultades el llegar a la misma ciudad, saber desde el principio que todo podría volver a ser igual, que las personas que ya no me toleraban seguirían allí, en cada esquina, que en cada caminata a cualquier lugar me encontraría a alguien cuestionándome sobre mi partida a ningún lado. Tenía y tengo miedo de volver sin haberme ido nunca, me da miedo volver como un ente que, después del viaje, habla de aquello como si fuera la mejor escuela del mundo, ese estarse trasladando de aquí para allá sin itinerario claro, como si en la vida las decisiones se tomaran sin que tuvieran sentido.

Me detengo entonces ante este lugar adonde ya no puedo entrar: la sala de espera. En esta ciudad de paso no está permitido hacer escalas; extraño, pero no doy pie con bola. Veo a las mujeres que están frente a mí, entiendo que pronto se irán, que algunas han llegado junto a la expectativa de los parientes ansiosos de verlas. Sé, y en eso confío, que llegará el día en que alguien me detenga, y me da miedo comprender que el día de hoy haya sido las ganas de ya no moverme más, de esperar, como siempre lo hago, a que alguien llegue a confundirme con algún conocido o pariente lejano. Hace algunas horas saludé a una mujer que me pareció familiar, quizá en algún viaje anterior, aunque ahora pienso que no la había visto antes y llego al límite de confundir a las personas con otras que, al igual que las primeras, no conozco.

Espero a que mi hermano venga por mí, hace algunas horas le hablé, no sé si deba volver a mi ciudad para hacerme de una vida real, pero, sin duda, no quiero volver como me fui de allí.

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Narrativa

Cinco microrrelatos

micro

Por: Moisés García Hernández

Confesión póstuma

Papá, una voz me decía que te mate. Pensé que al hacerlo se callaría. Pero ahora me pide que haga lo mismo con la sirvienta.

 

 

El ciclo

Mientras Mañana juega en el jardín, Mediodía sale de fiesta, Tarde se queja de artritis y Noche recibe flores en su tumba.

 

 

En el umbral

Toc-toc.

―¿Quién?

―Soy yo… Ábreme.

Trrrrcht, grrrrrt, ¡trac!

―Pasa. ¡No!

¡Bang! ¡Bang!

 

 

Gajes del oficio

Subí al coche atestado de sus pequeños cuerpos: torsos, piernas, zapatos. Había un fuerte olor a aglutinamiento. Tenía que llevarlos antes de que amaneciera. La fosa común estaba a quince kilómetros de mi casa.

 

 

Genésica

Reinaba la paz en la Tierra. Hasta que un día se originó la Vida.

 

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Narrativa

Mi padre el pescador

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Por: Laura Karina “Puerquito”

Mi abuela le pegó a mi padre por no llevar la cena a la casa. Lo llamó “inútil”, “el gran perdedor”. Mi tío presumió orgulloso los pescados que trajo desde el muelle. Mi abuela y mi tío cenaron mientras mi padre los veía con el plato vacío. Mi padre ideó un plan.

Al día siguiente fue al muelle donde construyó su propia caña con una vara y las agujetas de sus tenis. Estuvo allí toda la mañana, toda la tarde, pero no pescó nada. No vio a mi tío  ni en la playa ni en el muelle. “Al menos nos golpearán a ambos” pensó. Volvió a casa y un olor a pescado frito le caló en lo profundo del alma. Mi padre fue azotado con el sartén caliente mientras mi tío picaba el ojo del pescado en su plato con un tenedor. Mi padre odiaba a mi tío, más de lo que odiaba pescar. Mi padre volvió al muelle al día siguiente, al siguiente del siguiente y al que le siguió. Jamás vio a mi tío excepto en las noches, cuando él, con su caña vacía, tenía que verlo comer. Mi padre enflaqueció, sus huesos se violentaban contra su carne mientras mi tío crecía y engordaba, tragando cada vez más. Nunca le pidió a mi abuela que lo perdonara, porque se sabía culpable de su ineptitud pesquera.

Mi padre murió por el esfuerzo, no por haber sido lanzado por las escaleras, como todos pensaron. Mi tío murió atragantado con la espina de un róbalo.

Mi tío compraba sus pescados en el mercado y mi abuela siempre lo supo.

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Narrativa

EL TECHADOR (THIS SHIT DOESN’T GO AWAY)

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Por: Luis Miguel Estrada O.

 

El techador llegó cuando afuera estaba a punto de llover. El aire mecía un canto húmedo, rajado por las ramas secas y desnudas de los árboles. La figura del inquilino, alto, de carne morena y magra, que barrió al techador de pies a cabeza con suspicacia defensiva, inquietó un poco al visitante.

Howdy! Jason W. Jeffries Roofing. I’m here to take a look at that leak o’ yours.

El inquilino miró con sus ojos enrojecidos la tarjeta de presentación que le extendieron. No la tomó. Volvió a analizar al hombre joven, de mirada estrábica y de rostro marcado por un diente prominente, que se pasaba una mano reseca por las mejillas pobladas de un vello como raspaduras de cobre, sucio.

Nice timming, boy. Look at them clouds over there, it’s gonna pour, I tell ya! That’s bad for leaks, you know?

You do what you can.

Yeah, I bet you don’t wanna get your back wet ever again!

El inquilino movió la puerta con parsimonia, cerrándola, mientras miraba fijo al techador, que estalló en una pequeña carcajada y se acercó a la puerta.

C’mon, boy! You can take a joke, can’t ya? Laugh at yourself. I wouldn’t be my own boss if I hadn’t learned to laugh at myself!

There’s a lot to laugh about.

Sweet Lord, that was a nice comeback, now we’re talkin’! So, what about that roof?

Sin convicción, el inquilino lo hizo pasar. Lo condujo en silencio hacia el piso superior. Las escaleras de la casa vieja, de madera, crujieron bajo sus pies durante el camino hacia el tercer piso.

A hell of a workout you got here, right? Lots of steps! I fucking hate these old houses, don´t ya?

El inquilino gorgoreó una afirmación cortante, mirando sobre su hombro. Al final de las escaleras torcidas dentro de la casa, que trepaban angostas y altas, el inquilino abrió una puerta chirriante y le granjeó la entrada al techador a una cocina diminuta. Estaba atestada de trastos sobre la mesa y el fregadero e inundada de un olor a fritanga y especias.

—¡Viene el techero! —rugió el inquilino a alguien en el interior de la vivienda. Adentro sonó un correr de pasos y una puerta cerrándose.

El techador y el inquilino pasaron la cocina hacia una estancia, un ático viejo, acondicionado para una modesta vida de estrechez. Dentro, el revés del techo era anguloso a causa de la inclinación de las aguas, y los pocos muebles parecían oprimidos por la cubierta baja. Un sillón junto a la ventana, una mesa de centro, un escritorio.

So, you own your company? —preguntó el inquilino, buscando dentro de sí alguna cordialidad.

More like a one-man-show kinda a thing. Where’s that leaking at?

Here —dijo el inquilino, palmeando con su mano una parte del techo, abombada y húmeda por la gotera.

Oh, boy! —dijo el techador, pasándose una mano por la cara, con preocupación experta. Se ajustó los pantalones, agujereados y embadurnados de pintura seca y mugre —. Do ya think I can get to the roof from here? —preguntó, señalando la escalera de incendios tras la ventana obstruida por el sillón.

El inquilino quitó el mueble de en medio con un movimiento veloz, casi enfadado. El techador abrió la ventana y pasó sus extremidades de músculos largos hacia el exterior manchando la pared con sus botas gastadas y sucias. Afuera, comenzó a tomar fotografías con su teléfono. Las exclamaciones de descontento, en su voz nasal y cascada, a pesar de ser un hombre joven, no cesaban.

Oh, boy! Oh, boy! This ain´t gonna be easy! Lotta trouble out here! Are you the owner? This is looking bad, boy!

Just renting.

El techador volvió al interior del edificio, pero cuando estuvo con más de medio cuerpo dentro, una de sus enormes botas industriales se atoró en el marco de la ventana y se precipitó al interior, cayendo sobre el cuerpo del inquilino. El inquilino, con velocidad, lo sujetó y lo rechazó en un movimiento continuo y fuerte. El techador, cuando sintió el envión que lo separaba del cuerpo ajeno, repelió el abrazo accidental con un movimiento rápido y preciso, combativo. El inquilino dio un salto eléctrico hacia atrás y colocó su mano izquierda hacia adelante, casi empuñada, tensa; se perfiló, bajando un poco la cadera y levantó la mano derecha a medio cerrar a la altura de su pecho. Aguzó la mirada, la clavó en el techador, que ya recuperaba el equilibrio y había tomado una posición similar, pero con ambas manos empuñadas y la derecha más cerca del mentón. Tensos, mirándose, estuvieron callados un momento.

Easy, boy! I tripped! You’re a bit too jumpy, ain’t ya?

Sorry.

El inquilino bajó las manos cuando el techador lo hizo, lento, con la claridad del que intencionalmente abandona la posición de combate.

You gotta bigger problem out there. That roof ain´t taking no more heavy rains. Jeez! It ain´t even taking any light rains! Chill, boy!

El inquilino asintió y ambos se sostuvieron la mirada.

What was that about, boy? —preguntó el techador, refiriéndose a la veloz manera del inquilino de prepararse para una pelea—. Have ya been in a lotta fights back home?

This is home now.

Gotcha! It is now, but it wasn´t before. You don’t wanna get into a fist fight with this white boy, anyhow, boy! I’ve been around, you know?

El tono del techador aún era ligero, incluso, juguetón. Caminó alrededor de la estancia tocando la pantalla de su teléfono y murmurando palabras que hacían referencia a costos, materiales y pronósticos del tiempo. Súbitamente, guardó su teléfono e hizo una finta, colocándose de nuevo en posición de combate, dejando ver a las claras que bromeaba. El inquilino reasumió su posición, con la mirada inexpresiva, siguiendo el juego y no.

One of my fellas got himself into an MMA gym, d’ya  know MMA, boy?

Mixed Martial Arts.

Atta boy! Some of the guys in the Army like that shit. Keeps ya sharp, ya know?

El techador hizo algunos movimientos, lanzó un jab y un recto, cruzó un codazo de box tailandés con el brazo izquierdo y remató con un rodillazo desde la pierna de atrás.

You should try that shit out. I can tell you need to blow some steam, boy.

Maybe just to keep it sharp.

That’s the spirit! That shit doesn’t go away you know? Come here, let’s try something, just for the heck of it.

El techador se acercó al inquilino, invitándolo con sus manos abiertas, en posición de agarre, a sujetarlo por los hombros, en un ejercicio clásico de gimnasio.

Let’s say you got me grabbed like a second ago, okay?

Se colocaron en una posición similar a la que habían tomado cuando el pequeño tropiezo del techador los contrapuso y el inquilino lo repelió. El inquilino, aún tenso, siguió el juego y sujetó al techador.

You got me like this, right? But I can get you like this!

Rápidamente, el techador sujetó los hombros del inquilino y cruzó una pierna por detrás de la de su oponente; dejó listo al inquilino para el derribo, fuera de balance. El inquilino, conociendo la situación en que lo habían colocado, cambió la posición de sus pies, saltando la zancadilla del techador, y luego lo atrajo hacia sí para envolverlo con las manos, colocando al techador en una posición de estrangulamiento.

You know your shit, boy! —gritó el techador, con una voz súbitamente excitada, risueña, que hacía resaltar su deterioro.

El inquilino percibió el tufo a aguarrás cuando lo soltó y se separó de él. Supuso que el techador percibió su tufo a resaca. Caminaron por la estancia alrededor de un centro imaginario, mirándose. El techador sonreía. Daba pequeños saltos para aflojar el cuerpo. El inquilino sacudía los brazos.

You wanna try something else, boy?

—I don’t think so.

—C’mon! Forget about grappling, how’s your striking?

Let’s give it a try some other day, okay?

El inquilino levantó las manos con las palmas abiertas, luego las dejó caer.

How soon can you get the roof fixed?

C’mon, boy! Are you quitting on me? Back in the Army we hated fucking quitters!

Back home too.

You was in the Army, boy?

Not for long.

Where was that, boy?

Back home, I told you.

I thought this was home, now.

It wasn’t home then.

But it is now, ain’t it boy? Maybe you don’t have the papers, but you have the spirit, right, boy?

El inquilino reasumió la guardia tras el chiste del techador.

—That’s more like it!

El techador marcó una combinación. Dos golpes arriba, jab y recto desde la distancia, lentos, que el inquilino desvió con las manos. Remató con una patada frontal sorpresiva, al plexo, que entró por el hueco de la defensa que los golpes habían abierto. No conectó la patada, pero se contentó con haber opuesto el argumento de autoridad. Seguía pareciendo un juego. El techador estaba divertido.

Jeez, boy! You gotta keep your game sharp! In a real fight that would’ve cost you badly!

I can take a hit. Back home nobody holds back that much.

You wanna bring it up a bit? We can do that, boy!

El techador lanzó la misma combinación. El inquilino desvió los golpes y abrió con descaro la guardia para recibir la patada. Era evidente que había retado al techador a golpearlo, pero éste se contuvo de patear en pleno, aunque conectó claro. De inmediato, el inquilino sujetó la pierna y golpeó con un codo arriba de la rodilla, cerca de los nervios del muslo; aunque también se contuvo, el techador sintió el castigo.

Damn, boy!

El techador liberó la pierna lanzando su cuerpo hacia atrás, en el camino golpeó la mesa de centro, pero apenas esperó antes de volver al ataque. Fintó con la pierna que le habían golpeado, el inquilino se comió la finta y bajó las manos, buscando sujetarla de nuevo. El techador aprovechó el descuido y saltó hacia él; lo sujetó por detrás de la cabeza con ambas manos, jalándolo hacia abajo al tiempo que lanzaba la rodilla hacia el plexo del inquilino. El inquilino cerró la guardia con los codos y sintió el rodillazo en su defensa, lanzado con más fuerza que los golpes anteriores. Sujetó al techador por detrás de la cabeza también y respondió con un rodillazo él mismo, por el costado, a las costillas, que sintió doblarse con el impacto.

Fuck you, boy! —la voz del techador, esta vez, salió con la claridad de un pequeño rugido. Rompieron el abrazo y se estudiaron mientras volvían a caminar uno alrededor del otro.

La puerta que marcaba el fondo de la estancia se abrió y salió una mujer pequeña, morena, en mallas y una blusa ceñida.

—¡Cálmate ya! ¿Qué te pasa? —increpó con autoridad.

Shit, boy! That’s a fine-looking lady you got there!

—Nada, métete. ¡Que te metas!

—Dile que se vaya, pero ya.

Does she fight, boy? She sounds like a fighter!

She would beat the fuck out you. ¡Métete!

Come on, señorita, let’s have a round. You don’t mind, right? Do you, boy?

Hey, back off.

La mujer volvió a la habitación y entornó la puerta, dubitativa.

Hey! Come back! We’re having fun! You wanna give it a try, gorgeous?

El techador fintó un par de golpes hacia ella.

—Go or I call the pólice —dijo la mujer, mirando alternadamente a los dos hombres.

El techador caminó hacia ella a grandes zancadas, ella azotó la puerta. El inquilino empujó al techador hacia la pared. El techador giró y lanzó una patada alta, a la cabeza del inquilino, que cayó sobre la mesa de centro, quebrándola.

Thought you could take a hit, boy!

El techador volteó a la puerta cerrada y la golpeó con la palma de la mano.

—The police! I will call the police! —gritó ella desde dentro.

—They’ll fucking take you in too, you know?! —le respondió el techador mientras forcejeaba con la puerta.

El inquilino se recompuso y se lanzó hacia el techador, prendiéndolo con un abrazo en la zona media. Lo levantó, metió su cadera por un lado alrededor de la cadera del techador, que pataleaba en el aire, y lo azotó contra el suelo, dejando caer su propio peso sobre él. En el piso, se trenzaron en un nudo de llaves y contrallaves; reptaron por la pequeña estancia golpeando los pocos muebles en ella. A veces uno quedaba encima, luego el otro. Sus rostros se enrojecían, ambos soltaban los bufidos cortos de una respiración contenida. Los codos, las rodillas, las caderas, sonaban con la claridad del hueso al dar contra el suelo. Sin embargo, ellos evitaban golpearse, sólo buscaban dominarse. La mujer abrió la puerta. Pedía “¡Suéltalo!”. El techador reía entre los forcejeos con una risa de hiena.

—Call them! Show them your fucking green card, comprende?!

—Enough!

—I wanna have a round with her! She looks fierce!

 La mujer saltó el nudo que eran los dos hombres, buscando el camino hacia la cocina, la calle y el auxilio, pero el techador lanzó un zarpazo que la hizo tropezar. La mujer cayó de bruces. Inmóvil. Pero el techador no soltó su tobillo.

El inquilino, al ver a su mujer derrumbada, sujeta, comenzó a golpear el rostro del techador, que soltó a la mujer para responder al fuego con fuego. El inquilino logró la posición dominante y puso la cadera del techador debajo de la suya. La mujer recuperaba el sentido lentamente. El techador seguía riendo con su risa de hiena, le respondía al inquilino con golpes a la garganta y con dedos que buscaban los ojos; escupía a través de los puños del inquilino, tiraba golpes y volvía las manos a posición de defensa. La saliva mezclada con sangre y rabia bañaba la cara del inquilino. “¡Déjalo!”. La risa seguía. La mujer estaba de pie junto a ellos. Trataba de sujetar al inquilino por los hombros, éste lanzaba un codazo hacia ella cuando se sentía inmovilizado y vulnerable; ella lo evitaba con movimientos veloces y temerosos.

All right, boy! I’m tapping out! I’m tapping out!

Pero el inquilino no se detenía. “¡Déjalo!”

Enough, boy! —la voz del techador se apagaba, entorpecida por el rostro que sangraba y se inflamaba con velocidad. “¡Suéltalo!”. Ella lo golpeaba en la cabeza, pero él no sentía los golpes; ella trataba de atrapar los puños, pero se le escapaban—. Please, boy! Please! —el techador balbucía, se callaba—. I’m beggin’ya!  

El inquilino no dejó de golpear hasta que sintió que toda respuesta se había agotado. Tenía los brazos cansados, los nudillos pelados y cuando bajó el ritmo del golpeo se dio cuenta de que las manos le dolían, pero no podía dejar de empuñarlas. Su mujer al verlo quieto, lo sujetó de los hombros y lo levantó de encima del techador. Inmóvil.

Afuera, el viento se rajaba al pasar entre las ramas desnudas de los árboles. Había enfriado y comenzaba a caer la lluvia. Primero, en lentas gotas livianas; después, en un verdadero chubasco que se colaba al interior del ático por la gotera.

 

*Publicado originalmente en la revista Rio Grande Review. (The University of Texas at El Paso). Primavera 2016. No. 49.

 

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Narrativa

Vida Extra

vida extra

Por: Édgar Omar Avilés

Pahko, al terminar la jornada de compra-venta de videojuegos en su puesto del mercado, siente el cansancio podrido en cada hueso. No fue buen día, no podrá comprarse ni un gramo. A causa de la muleta y la gordura recorre las calles lentamente. Su mirada se pierde entre algún mal recuerdo y las grietas de la acera.

La desvencijada puerta de su cuarto de vecindad chilla al ser abierta. Luego se apresta rumbo a la cama para descansar un rato, pero encuentra algo sobre la almohada.

“¿Y esta madre de dónde salió?”, piensa al ver un viejo cartucho de Atari. Abre entonces un polvoso baúl y saca la consola con la que se inició en el mundo de los videojuegos, ya dos décadas atrás.

Inserta el misterioso cartucho en el Atari y lo prende. La pantalla muestra unos prehistóricos gráficos: en contraste con la nueva tecnología resulta casi imposible admitirlos.

Se dispone a buscar las opciones del juego para elegir, como siempre, la más difícil. Después, al iniciar, se dejará perder vidas hasta que sólo le reste una, quizás así le represente reto. Pero no, aquello no tiene opciones; en el centro de la pantalla aparece la única alternativa, bajo el título Pac-Man Come Culpas: iniciar juego.

Pac-Man, controlado por manos expertas, comienza a comer todos los bloques que están a su paso. A la par, cada vez que come alguna frutilla aparece en la pantalla la nota: “Tienes más carácter”, y al hacerle lo mismo a los fantasmas —previa ingestión de una pastilla de poder— se lee: “Enfrentas tus miedos”.

“¡Ah chingá!, qué versión tan extraña”, se dice.

Al finalizar la primera fase aparece un trofeo de color amarillo intenso y al pie la nota: “No le gritaste a tu madre por teléfono que la deseabas muerta”. Pahko se frota los ojos con frenesí; aquello fue justamente lo que dijo dos semanas atrás.

“¿Qué pitos pasa?”, piensa.

Se reincorpora al álbum la foto de su familia que consumió el boiler.

El siguiente escenario es idéntico, sólo que los fantasmas y el tiempo corren un poco más deprisa.

Sin demora termina de comer todos los bloques. Aparece un trofeo igual al anterior, pero con otra nota al pie: “No mataste al perro de tu vecina”. Mientras lee, sus ojos intentan salirse de las cuencas. Él envenenó a ese animal meses atrás, por lo que tuvo muchos problemas con los vecinos. Un ladrido se escucha cercano.

Al pie del tercer trofeo: “Dos años atrás no te subiste en esa motocicleta”. Sin darse cuenta se incorpora del sillón, sin necesidad de la muleta.

Al pie del cuarto trofeo: “No caíste en la depresión que te obligó a comer hasta deformar tu cuerpo”. La ropa de pronto le escurre, ridículamente holgada.

Al pie del quinto trofeo: “No inhalaste el polvo blanco que te ofrecieron hace seis años”. Desaparecen las manchas de sangre en su almohada.

Al pie del sexto trofeo: “Aquella noche no eyaculaste adentro de María; no huiste, dejando trunco tu bachillerato”. Un certificado de ingeniero en informática aparece colgado en la pared.

Al pie del séptimo trofeo: “En la secundaria no te hiciste amigo del Macizo”. El tatuaje que se hizo en el reformatorio se borra junto con los navajazos en la cara y el abdomen.

Al pie del octavo trofeo: “Llegaste justo a tiempo; no te quedaste afuera en el estreno de Superman 3”. Una sonrisa infantil se dibuja en sus facciones.

Al concluir la novena fase, como exclusivo trofeo, un largo párrafo: “Comprueba que no es una mentira: háblale a tu madre; sal y date cuenta que el perro aún vive; no sientes el cosquilleo en nariz y paladar que te pide cocaína; asómate al espejo, ya no eres un descomunal gordo; el tendón de tu pierna no está hecho un amasijo; no hay marcas en tu cara y abdomen; tienes una casa y alguien te espera en ella, marca el teléfono que encabeza la agenda; eres ingeniero e inicias una maestría; hay una cuenta en el banco a tu nombre. Eres lo que has envidiado, lo que siempre has llamado un triunfador; los pasajes que te forjó mal el destino y tus errores decisivos están borrados. Sin embargo, el juego se gana hasta superar la fase quince, sólo entonces todo esto será en verdad parte de tu vida”.

Pahko, como autómata, sigue al pie de la letra los mandatos. El agua fría del lavabo lo convence de que no está inmerso en un sueño. Sabe que desde hace mucho tiempo ningún juego se le dificulta, de hecho pac-man come culpas le resulta bastante sencillo en comparación con otros. Seguro de sí mismo vuelve a sentarse. Un contador en la pantalla señala que sólo restan cinco segundos para que pueda continuar parchando su pasado.

—¡No hay forma de que pierda! —grita, y un látigo de electricidad recorre su columna—. ¡Tengo una segunda oportunidad en esta pinche vida!

Mira hacia arriba y da gracias a alguien, después toma con determinación el control, decidido a obtener los trofeos de las siguientes fases.

Fase diez: “En aquella broma no te equivocaste al poner ácido bórico en vez de bicarbonato en el yogurt de tu primita. No tendrás el remordimiento de verla morir de nuevo, presa de convulsiones, en tus pesadillas”. Los ojos se le nublan de alegría.

Fase once: “No te violó tu tío, jamás tendrás que bajar la mirada y llorar cuando el recuerdo se deslice”. Sólo atina a suspirar profundamente.

Fase doce: “No te regalaron en tu séptimo cumpleaños el Atari, no malgastaste tu juventud en hacerte hábil para los videojuegos; los ataques de epilepsia no pasaron de simples mareos”. Los ojos le brillan como dando un grito.

Fase trece… Pac-Man es atrapado por los fantasmas: “El juego terminó, has perdido, el juego terminó, has perdido, el juego terminó… Sigues siendo el que ha fracasado; al que violaron; tu madre te odia tanto como tus vecinos; eres el descomunal gordo que usa una muleta para compensar el tendón contrahecho de una de sus piernas; el epiléptico de frecuentes convulsiones; con quién jamás una mujer en su sano juicio compartirá su vida, ni siquiera una noche, ya ni siquiera María… Suerte para la próxima”.

El dolor en la pierna regresa, su cuerpo vuelve a engordar, su autoestima se desmorona y el teléfono en la agenda desaparece. ¡Cocaína, necesita cocaína!

—¡Puta mierda de pendejada! —grita mientras arroja el control y se muerde el labio inferior.

Pahko, desesperado y con la cara abotagada de llanto, resetea el Atari y lo intenta de nuevo.

 

*Cuento perteneciente a La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007. Mención honorífica del Premio Nacional de cuento Agustín Yáñez 2004).

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