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Narrativa

Narrativa

Instantes

guerra

Por: Berenice Hernández

 

Dirá que me voy a morir y no le creeré hasta que sienta sus manos intentando asfixiarme. Al ver que eso no funciona, me golpeará con un martillo en la cabeza y mi sangre escurrirá manchando las sábanas. Dirá que todo es mi culpa; no debí estar antes que él en la vida de mamá. Me echará en cara que recibo más atención de la necesaria, que ha gastado demasiado dinero en mí y ahora tendrá que cobrármelo.

Abriré la puerta, veré sus ojos y su pene asomándose, hinchados y furiosos. Gritaré fuerte pero me tomará del brazo, comenzará a escupir, me lanzará sobre la cama para luego amarrarme. Antes de que lo haga, me zafaré e intentaré escapar por la ventana. Me tomará de los cabellos, arrancando unos cuantos y mostrándome que son igual de frágiles que el resto de mi cuerpo.

Mamá tardará más de lo habitual haciendo las compras. Para cuando llegue, yo estaré en la cajuela del coche y él dirá que me fui otra vez con esos vagos, con las zorras de mis amigas. Pero nada opacará la alegría de mamá. Confiará en él porque nunca le ha mentido, porque me ha cuidado como si fuera su hija, porque ahora más que nunca lo necesita a su lado.

Sabré que siempre me odió y recordaré cuando mamá decía que era un buen tipo, que me iba a querer mucho y que ya habría un hombre en la casa, cuidándonos. Me burlaré de lo estúpida que fue al enamorarse de él e intentar suplantar a mi padre. Hasta entonces, con el mechón de cabello arrancado frente a mi rostro, me daré cuenta de que yo también caí en su trampa.

Me golpeará con el martillo, repitiendo la faena insistentemente hasta que mi sangre se confunda con el sudor de su cuerpo. Mis uñas rasgarán su ropa con lo que me quedará de fuerza. Cambiará las sábanas y limpiará el desastre. Me llevará al auto, acomodará mi cuerpo en posición fetal, cepillará los contados cabellos que tendré y sobre ellos lanzará, después de olerlo, el mechón que sus dedos ensangrentados sostenían con ternura.

Todo en instantes, luego de haber visto un poco de televisión y de que mamá  haya ido a comprar una prueba de embarazo, sin que él siquiera lo imagine.

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Narrativa

Ensayo para perderlo todo

preciosa

Por: Berenice Hernández

Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. Eso dijo mi padre cuando lo hallamos tirado en las escaleras de su casa. Graciela y yo habíamos ido a la visita trimestral y lo que menos esperábamos era encontrarnos con el bulto inconsciente adornando la escalera de caracol. Nada más verlo corrí hacia él y le pregunté qué le pasaba, cuánto tiempo llevaba en ese estado. Su respuesta fue esa: “Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. No siento la pierna”.

Graciela puso en el comedor lo que habíamos llevado para almorzar, mientras yo cargaba en brazos a mi padre, como lo había hecho él varias veces conmigo. Subimos al auto y nos fuimos al hospital, donde el médico nos explicó que la pierna estaba fracturada, pero de ahí en fuera mi padre era un hombre muy sano a sus setenta y dos. Él, sin embargo, no dejó de argüir que se sentía muy mal, que su pierna había desaparecido, y le insistía al médico que lo revisara con mayor profundidad antes de que su cuerpo se fuera por completo.

La única opción que nos quedó a Graciela y a mí fue llevarnos a papá con nosotros. Yo me sentía sumamente apenado por haber abandonado a mi padre al punto de que empezara a perder la cordura, o fingiera ese hecho para llamar mi atención. Graciela no se sentía muy cómoda con la decisión que tomé, había sugerido que inscribiéramos a papá en un asilo que vio en un folleto del hospital, pero no logró convencerme.

Volver a vivir con mi padre fue una experiencia que sinceramente me incomodaba. Lejos habían quedado los tiempos en que el viejo y yo nos entendíamos y nos procurábamos cariño. A pesar de ello hice mi mejor esfuerzo para que se sintiera querido y se recuperara de su fractura. Los primeros días en casa continuó con la perorata de que se estaba volviendo invisible y que su pierna era más transparente que su mirada llena de legañas. Procuré convencerlo más de una vez de que las cosas no eran así, que simplemente estaba un poco lastimado. Le mostré los vendajes y los medicamentos que le habían recetado para su recuperación pero todo fue en vano.

El colmo de la invisibilidad de la pierna fueron mis discusiones con Graciela. Veía cómo se esforzaba pero llegaba un punto en que, desesperada, me pedía que al menos por un día dejara a mi padre solo y la llevara a bailar o al cine. No entendía que yo tenía que concentrar mis cuidados en él, que no era tanto porque estuviera mal físicamente, sino porque me preocupaba la estabilidad emocional y los sentimientos de fantasma que parecía tener. Ella dijo que entendía, soportaría estar en casa y ayudaría a cuidarlo con la condición de que en cuanto aquello terminara fuéramos a pasear y su suegro regresara a su casa.

En cuanto la fractura de mi padre sanó fuimos al hospital para que lo revisaran y con ello asegurar la vuelta a su casa y un día de diversión con Graciela. Inmediatamente después de que le hubieron quitado el yeso, comenzó a llorar y a decir que su pierna había desaparecido por completo, que ahora sí estaba totalmente seguro. Graciela y yo tratamos de controlarlo pero no quiso prestarnos atención. Sus lágrimas seniles ocuparon su rostro y sus manos nos empujaron para que saliéramos del consultorio.

Lo dejamos solo con el médico. Graciela, su mala cara y yo nos sentamos en los sillones grises de la sala de espera. Intenté tomar la mano de mi esposa para no sentirme tan miserable, pero ella la esquivó de un solo movimiento. No intenté decir nada porque no quería empeorar las cosas entre nosotros, así que fingí no darme cuenta de su rechazo y hundí la mirada en las manchas de aquel viejo sillón.

El doctor cambió el medicamento de mi padre. Ahora tenía que darle unos antidepresivos y pasar todavía más tiempo con él. Sería difícil cubrir los huecos que nuestra relación familiar tenía desde que yo me había ido de la casa y mi madre había muerto. Nunca me imaginé que mi padre estaría tan mal, tan a la deriva. Salimos de ahí llevándolo en una silla de ruedas; esa fue la sugerencia que nos habían hecho: el hombre, una vez acoplado y querido por Graciela y por mí volvería a la normalidad y andaría sin necesidad de un artefacto.

Una vez que entramos a la casa nos reunimos en el comedor. Graciela y yo intentamos hablar con mi padre y pedirle que se sacara de la cabeza la idea de que estaba solo y que no se podía mover. Quise decirle que su pierna seguía ahí, que la supuesta pérdida estaba afectándonos a todos. Mi esposa insistió de nuevo con lo del asilo, lo que provocó que mi padre se ofendiera y apesadumbrara aun más. Calmado, con la resignación moviéndose de un lado a otro, asida de su cuello, atinó a contestarnos que ya tampoco sentía la mano derecha. Graciela se echó a reír, enfadada, y salió de la casa dejándome solo frente al hombre que me había dado la vida. Admito que en ese momento compadecí a mi padre porque me embargaron unas ganas inmensas de desaparecer y dejarlo de verdad solo.

Graciela pasó unos días con sus padres. No tenía ánimos para las ridiculeces del mío. Por teléfono me echó la culpa de una situación que, según ella, se me había salido de las manos. ¿A mí? Si lo único que hacía era buscar lo mejor para mi padre, darle el apoyo que necesitaba. Discutí con ella muchas veces antes de convencerla de volver a casa. Es verdad que mi padre había estado un poco más tranquilo en su ausencia e incluso se había levantado de la silla un par de veces, pero no estaba dispuesto a decidir entre la salud de mi padre y mi matrimonio. Los tres éramos lo suficientemente adultos para llegar a un acuerdo, a pesar de la lucidez de mi padre, todavía puesta en duda.

Al volver Graciela papá no quiso salir más de la habitación. Pensé que tal vez se había dado cuenta de que lo que estaba haciendo era ridículo. Pensé que también estaría avergonzado y no sabía cómo pedir disculpas y enfrentarse al mundo. Era un como un niño indefenso que se ha quedado solo en medio del bosque. Más de una semana pasé dejándole comida en la puerta del cuarto y recogiendo el plato vacío horas más tarde, más de siete días continuando la rutina de subir a dejar los alimentos y el periódico para que papá no se desconectara del mundo, y no me había preocupado por verificar que tomara su medicamento. Me di cuenta de mi error hasta que Graciela y él se quedaron solos en casa, y al volver me preguntó con qué pulverizaba yo las pastillas. Me le quedé mirando y ambos, por instinto, subimos a verificar que mi padre siguiera con vida.

Tocamos a la puerta para mostrar la mayor parsimonia posible y que mi padre no reaccionara de forma violenta. No contestó. No intentó abrir a pesar de que le dije lo mucho que lo amaba. De no haber sido por Graciela, que se había hecho una copia de la llave, no habríamos podido entrar y apreciar el espectáculo que mi padre había preparado: lo hallamos echado en la silla de ruedas, traía puesta la ropa que usaba cuando lo encontramos en las escaleras y estaba hecho una mancha de mierda y orines. Graciela se tapó la nariz y dijo que buscaría con qué limpiar, mientras unas gotas amarillas se escurrían aún por las piernas de papá.

Lo primero que hizo fue pedir disculpas. Estaba completamente consciente de su aspecto pero, según sus palabras, los miembros no le respondían. Apenas era capaz de mover la boca, y lo hacía como si una parálisis hubiera atacado su cuerpo. Le pedí que se levantara y se dejara de ridiculeces. Insistió que no podía hacerlo, que en verdad estaba pasando: sus extremidades no eran más que un accesorio. Desesperado, sólo atiné a decirle que mi madre estaría avergonzada de su actitud, pero no pareció reaccionar. “Está pasando, hijo, estoy desapareciendo. Quisiera llorar pero ni siquiera eso puedo hacer. Lo único mío que queda aquí es esta voz, no soy más que un bulto”. Se aferraba a la estúpida idea. Mirándolo a los ojos le grité a Graciela que nos íbamos de ahí, ya se encargaría el viejo de limpiar aquel desastre. No podía más con la actitud infantil de papá, así que lo dejamos ahí, a expensas de la mierda que le decoraba las piernas y sin poder moverse, como su desbordante imaginación suponía.

Graciela ya me esperaba en el auto cuando salió el último “No puedo moverme” de los labios de mi padre. Le pedí que se callara y se olvidara de ese juego exasperante. “Gracias a tus estupideces estoy a punto de perder a mi mujer, papá”, le escupí en la cara, esperando que por una vez dejara de ser tan egoísta. Salí de ahí, deseando que de verdad desapareciera y nos dejara en paz.

Cuando volví, otra vez sin Graciela, mi padre ya no estaba. La silla y los orines seguían donde los dejamos. Todavía estaba molesto por su actitud, y porque pudo irse de la casa pero no limpiar. Sin embargo, también me preocupaba que fuera a hacer una locura. Subí de nuevo al coche y me dirigí a su casa, pensando en qué palabras serían las adecuadas para disculparme y pedirle cuentas por su comportamiento. Improvisé un discurso en el umbral de la puerta, y enseguida pasé, con la esperanza de verlo. Sólo me recibió el vacío que sentía mi padre gracias a mi abandono. En el comedor todavía permanecía el almuerzo que habíamos llevado aquella vez que originó todo. Estaba podrido y unas cuantas moscas sobrevolaban a su alrededor.

Todavía hoy pienso en mi padre. Recuerdo que luego de nuestra pelea lo busqué en hospitales, asilos, y pegué carteles con su fotografía en toda la ciudad sin obtener respuesta sobre su paradero. De vez en cuando discuto con Graciela y salgo a buscarlo; no me resigno a creer que era verdad aquello que me decía. Mi mujer dice que olvide todo eso, que mi padre ahora forma parte de nuestro pasado. No insistiré más en mi exploración. Caminar tanto me fatiga, y ya empiezan a dolerme las piernas.

 

 

 

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Narrativa

Patíbulo de masajes

film

Por: Víctor Manuel López Ortega

No puedes retrasarte para la cita de esta mañana en la Plaza de la Concordia. Miles de personas te esperan en las calles para gritar cuánto te desprecian y ser testigos del momento en que dejes el cuerpo en el patíbulo. “No quiero morir, soy inocente”, lamentas.

Los guardias te levantaron temprano. Uno de ellos cortó tu largo y frondoso cabello con afiladas cuchillas, fue tal su descuido que te tasajeó en repetidas ocasiones. Tus hombros, espalda y cuello están muy tensos, te duelen como si algo te hubiese estado pinchando toda la noche. Apenas sientes las extremidades.

Con las manos atadas hacia atrás con una soga, los custodios te agarran de los brazos y te conducen al patio de la prisión en donde has vivido por nueve meses. Arrastras los pies sobre la arcilla. Haces esfuerzos sobrehumanos para mantenerte erguido. Agachas la mirada y te observas trasquilado en un charco, identificas la muerte en tu rostro. Tu cuerpo tiembla, estás a punto de desfallecer. “Levántate y sé hombre”, te ordenan los guardias mientras te alzan con brusquedad del lodo.

A las afueras de la Conciergerie encuentras el carruaje destinado a los sentenciados a muerte. Te entristece que los malditos jacobinos se empeñen en vejarte como si fueras el criminal más vulgar de tu nuevo país, surgido a partir de los retazos de una Francia monárquica derribada desde los cimientos. Quisieras llorar de impotencia, pero decides no dar a tus enemigos el placer de verte denigrado; aun en tus últimos instantes de vida mantendrás la dignidad intacta.

Te sientan sobre una tabla rígida de la carreta y aferras las manos de manera que no te ladees por el efecto de la sinuosidad del camino. La mandíbula sigue temblándote. Odias sentir esta angustia. Cierras los ojos, relajas las piernas, los brazos y los músculos de la cara. Separas las comisuras de los labios ligeramente. Respiras profundo, concentrándote en el canto de las aves y el ruido del agua que brota de las fuentes. Te enfocas en estos sonidos e ignoras los insultos de la muchedumbre enardecida. Inhalas y mantienes el aire durante unos segundos. Exhalas despacio por la boca. Lo haces de nuevo: inhalas por la nariz, retienes la respiración por cinco segundos y exhalas lentamente por la boca.

Abre los ojos. ¿Cómo te sientes? Tranquilo, estás en mi consultorio. Sé lo que has sufrido, más de una vez mis manos te han sanado. Percibes el olor a sangre, humo y pudrición. Me pides que cierre la ventana y prenda una varilla de incienso. Necesitas un masaje para relajar tus músculos y descansar.

Te dejo solo en la habitación por unos instantes para que te quites la camisa, te descalces y te pongas la bata sin amarrar los nudos.

¿Estás listo?

Sube en el banquillo y acuéstate bocabajo en la cama de masajes. Despacio, con las palmas de tus manos y las rodillas apoyadas para que tu espalda no lo resienta. Pon la cara sobre el cabezal. Lleva atrás las manos, en la posición que te sientas más cómodo. Coloco un cojín bajo tus empeines. Cierra los ojos. No los abras bajo ningún motivo, déjate consentir. Concéntrate en tu respiración. Inhala y exhala por la nariz. Relájate con la música oriental que pongo para ti. Eso es…

Aceite de bebé cae sobre tu espalda, comienzo a masajearte con mis manos, hago movimientos circulares, abriendo y cerrando las palmas, estirando tu piel. Oyes una manifestación popular a lo lejos, pero no comprendes lo que las personas dicen. Ignora… Inhala… Exhala… Recorro tu dorso de arriba hacia abajo con los codos y con los brazos. Me detengo en tu zona lumbar. Tu cuerpo aún está tenso. Relájate.

Respira profundo…

Invadido por el terror das un sobresalto. Tus glúteos son bombos, mis nudillos baquetas. Imaginas el filo de la guillotina ensangrentada. Sales del trance al que ya habías logrado entrar. Abres los ojos. Escuchas el sonido de los tambores y vuelves a aterrarte ante el pensamiento de muerte. Me llamas a gritos, pero me he perdido entre la multitud.

Miras a los palurdos que han acudido a la Plaza de la Concordia para presenciar tu ejecución. Contemplas la guillotina con horror mientras un verdugo te ajusta los dos cinturones de cuero clavados en una tabla de madera: el primero en el pecho, para inmovilizar tus brazos; y el otro en las pantorrillas. Cierras tus ojos y tratas de recordar la sensación de cuando yo recorría tu espalda de abajo hacia arriba con mis hipotenares deslizándose lentamente. Visualizas mis manos en tu cuerpo, reproduces la sensación de mis caricias, pero no logras relajarte.

Los verdugos te acuestan en una báscula apoyada sobre el riel que te deslizará hacia tu último recuerdo: la canasta de mimbre sobre la que rodará tu cabeza. Te apoyan el cuello sobre un borde húmedo y espeso. Quisieras pensar que he untado esencia de pino o lavanda sobre tu frente, mentón y el surco del filtrum, pero tu olfato no engaña, es la sangre de algún infeliz decapitado antes que tú y que nadie, nadie, ha limpiado. Otra vez sientes mareo y te desvaneces.

Aunque sepas que no puedes escapar de la muerte, tu mente intenta fugarse de aquel fatídico 8 de mayo de 1794. Inhalas y exhalas una y otra vez, añoras el aroma de la esencia de tomillo y el sonido de la música tibetana. Ignoras las acusaciones que un jacobino lee ante el pueblo congregado. Te indigna escuchar la misma pamplina: “La República no necesita ni científicos ni químicos, el curso de la justicia no puede ser detenido”.

Imaginas mis manos haciéndote cosquillas en el cuello, pero no es más que el roce de tu piel con la picota. Has cometido el error de abrir los ojos, no podrás cerrarlos y fingir que este no es el final. Nadie recordará tu nombre dentro de cien años, menos aún dentro de doscientos veinte años de distancia, pero no olvidarán el invento que hoy te dará muerte: la guillotina, símbolo del terror francés.

Jalan la cuerda, la cuchilla oblicua baja con soltura. De un solo tajo, tu cabeza se desprende de tu cuerpo, rueda y se impacta contra la canasta. Sigues parpadeando. Tu verdugo la agarra de los cabellos y la exhibe a la muchedumbre que con júbilo aclama tu muerte. Vuelves a encontrarme, necesitas palabras de aliento antes de perder la consciencia del tiempo espacio terrestre.

Deja de parpadear. Tu anonimato empezará cuando te reúnas con los que han compartido el mismo destino que tú y te empareden a cientos de metros bajo el suelo, junto a miles de decapitados en la Plaza de la Concordia. Relájate, has hecho lo que tenías que hacer en este mundo y no puede ser de otro modo. Cierra los ojos para siempre. Descansa en paz.

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Narrativa

El primero

film

Por: Karen Silva Maldonado

 

No sé si comportarse como un idiota en una sala de cine sea razón suficiente para merecer que le corten a alguien la garganta en un estacionamiento. Aún así, eso fue exactamente lo que sucedió.

Había corrido los años sin ninguna novedad. Cada tantos meses me mudaba con lo indispensable dentro de una maleta, sin haber entablado relación con nadie que se preguntara qué habría sido de mí al llegar ese día. Siempre estuve atenta al dar la vuelta en cada esquina, antes de abrir la puerta de mi casa, al sentarme a leer en algún café; esperando que Él estuviera acechándome, pero no sucedió.

La vida que dejé atrás volvió a mí de la mano de un indigente que se acercó cuando estaba por cruzar la calle: “Hécate, sí, eres tú. Nos tienes que ayudar”. Cuando dijo “nos” se refirió a la humanidad. Al parecer hay ciertas consecuencias inherentes al ritual de la inmortalidad -además de la de destrozar la maldita vida del convertido, dejas frío al inframundo, que es el centro de la Tierra, y cuando éste se enfría se acaba la vida en ella, así de simple.

Bueno, tal revelación me convertía en la parcial responsable de la potencial extinción de la humanidad. Eso me hizo sentir culpable, pero lo que realmente me motivó a hacer algo al respecto fue el hecho de que, si se extinguían todas las formas de vida del planeta, solo quedaríamos Él y yo. He escuchado que todos tienen un ex al que detestan. Para fines prácticos, diré que esto es algo así, ¿me entiendes?

En fin, el inframundo se alimenta de almas, y para contrarrestar el efecto de mi conversión, estas debían provenir de sacrificios humanos. Estaba impactada, sí, tenía la misma cara que tú ahora. Le dije al mendigo que sí ayudaría y me fui. Solo se me ocurrió ir a algún lugar donde pudiera pensar. Era mucho por asimilar, incluso para mí.

Compré un boleto para la última función de la noche. Era una película belga o algo así, independiente, con una fotografía notable y un soundtrack imperdible, o eso dijo la chica de la taquilla, yo ni siquiera me acuerdo del nombre. Éramos cinco personas en la sala; ahí fue donde vi a este imbécil con sus gritos, flatulencias, eructos y además acosando a las dos chicas de la fila de adelante, incluso les lanzó un condón, todos dejaron la sala y solo nos quedamos él y yo.

Se levantó, me miró y dijo: “¿Quieres un poco de esto?”. Salí de la sala y él también lo hizo tras de mí. En el sótano me cortó el paso con su auto. Todo un imbécil: postura de imbécil, auto de imbécil y frases de imbécil. “¿Eres mudita? Te llevo a donde quieras”. No había ningún otro auto estacionado, ni cámaras; solo unas cuantas botellas rotas a un costado de su llanta. Tomé una, subí a su auto y, bueno, ya tú viste lo que sucedió después.

Se movía mucho, pateé la guantera por accidente y salieron todas aquellas fotos, el cuchillo y la cuerda; entonces te miré por el parabrisas apuntándole. No me ibas a disparar a mí; hasta pensaste que estabas por salvarme, ¿cierto? ¿Es algo relacionado con las fotos?

 

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Narrativa

Debes recordar esto

morelia

Por: Víctor Manuel López Ortega

En septiembre de 1978 Agustín Avilés me contó una anécdota que acababa de sucederle en la hoy desaparecida Sala Eréndira II, que estaba en la Avenida Madero Oriente, a un costado del Palacio Legislativo de Morelia. Su historia me hizo gracia, pues no la creí cierta.

Meses después supe que Agustín había renunciado a su plaza de profesor en la escuela normal y ya nadie lo había vuelto a ver en la ciudad. Pensé que había muerto, pero treinta y cinco años después lo encontré en un establecimiento de libros antiguos al aire libre, en el mercado de la calle Brancion de París.

Al reconocerme y saludarnos, le pregunté qué hacía ahí y por qué había desaparecido sin avisar. Agustín Avilés me dijo que, después de la última vez que nos vimos, había decidido alejarse de la ciudad que le había arrebatado su afición al séptimo arte.

Invité a mi viejo amigo a que tomáramos un café en el Lapin Agile, el cabaret más antiguo de París. Ahí, amenizados por la música de un pianista, Agustín me recordó aquella anécdota.

Hojeando el periódico la mañana del 26 de agosto de 1978, Agustín se enteró de que iban a pasar su película favorita, Casablanca, en la Sala Eréndira II, un cine de reestreno. Había funciones cada dos horas, comenzando desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche, pero sólo ese día. Debido a la premura, mi amigo decidió ir solo a la última función, pues creyó que a esa hora se disfrutaba más una película romántica.

Compró su boleto en la taquilla faltando cinco minutos. Entró a la sala sin detenerse en la dulcería y tomó asiento en la butaca más céntrica. Agustín no recuerda haber visto a nadie mientras las luces estaban encendidas.

Llegada la hora, la sala quedó en la más completa oscuridad. Entonces, el proyeccionista pasó avances de otras películas viejas que se exhibirían próximamente en aquella sala. La primera fue El planeta de los simios, que estaba programada para el día siguiente. A continuación, Agustín comenzó a ver tomas aéreas de Nueva York que mostraban la Estatua de la Libertad, el río Hudson, la Quinta Avenida, la calle Broadway y los rascacielos más emblemáticos de la ciudad, incluyendo el Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que hoy sólo son recuerdos. Ignoraba de qué podría tratar dicha película. A los pocos segundos, miró caminar a Julie Andrews con su vestido de novicia por una de las esquinas del Flatiron Building. Cuando la cámara hizo close-up, ella cantó: “The hills are alive with the sound of music, with songs they have sung for a thousand years…”.

            Agustín despreció aquella adaptación del mal; sin embargo, los demás espectadores no estuvieron de acuerdo. Al término del tráiler de La Novicia rebelde contra los gángsters, en vez de los nazis, oyó aullidos de gorila que de momento no supo de dónde provenían. El siguiente avance de cine tampoco tenía ninguna relación: mi amigo recuerda que fue el de Espartaco rebelándose contra la esclavitud en Estados Unidos durante la Guerra de Secesión.

Otra vez Agustín escuchó los chillidos de los monos al término del tráiler de Espartaco, pero esta vez observó cómo, filas más adelante, varios de ellos se pararon de manos sobre las butacas y se pusieron a dar maromas.

Casablanca no puede ser víctima de estas alteraciones. No me hagan esto”, mi amigo repitió  preocupado hacia sus adentros. Empezaba a tener ganas de abandonar la sala de cine.

Justo cuando apareció el viejo logotipo del estudio Warner Bros. en la pantalla, un simio se paró de su lugar y vociferó:

—Estúpidos humanos, no fueron capaces de hacer nada inteligente aun en su época de mayor esplendor, nunca debieron haber tenido cerebro. La lobotomía aplicada en humanos es lo de hoy.

Entonces, Agustín ya no tenía más duda: él era el único humano en la sala.

Incapaz de hablar, amparado por la oscuridad del cine, mi amigo permaneció inmóvil. Si alguien prendía las luces, los simios lo descubrirían y de seguro lo hubieran llevado preso a su planeta para dejarlo tan vegetativo como a los compañeros de Taylor.

Callado, Agustín Avilés comenzó a creer que la película que estaban exhibiendo no era Casablanca, porque en la pantalla reconoció locaciones por las que él caminaba a menudo: la Catedral, la Plaza de Armas, el Jardín de Villalongín, la Fuente de las Tarascas a todo color y el Mercado de San Francisco. ¡Todo en Morelia y a colores, como extraído de los Traveltalks producidos por la Metro-Goldwyn-Mayer en 1943!

Al poco tiempo, descubriría que Rick Blaine era refugiado en Morelia, junto a españoles y personas de otras nacionalidades, a causa de las guerras europeas. El Rick’s Café Americain no era el que él reconocía, ¡era la sala de billares del Hotel Casino, frente a la Catedral!

Si de por sí Agustín ya estaba decepcionado y odiaba cada instante de filme alterado que estaba viendo, el tiro de gracia vino cuando le llegó el turno a su adorada Ilsa Lund de regresar a la vida de Rick. Mi amigo añoraba que por lo menos Ingrid Bergman siguiera en el casting de la película, pero en su lugar apareció una actriz rubia, voluptuosa y sensual, que contoneaba las caderas al caminar. Tan pronto ella apareció en pantalla, Agustín se estremeció al darse cuenta que su Ilsa Lund, a la que Ingrid Bergman había interpretado con exquisitez, había sido reemplazada por ¡Marilyn Monroe!

—¡No! Esto es más de lo que puedo soportar. ¿Qué le han hecho a Casablanca? —Agustín lanzó un grito desesperado en la sala, sin importarle lo que pudiera ser de él en ese instante, despreciando el peligro al que su vida se exponía. Quería volverse chango. Aquello no podía ser.

Para acabar de arruinar la película, cuando Ilsa le pide a Sam, pianista del café de Rick, que vuelva a tocar su canción favorita, él la complace con “Diamonds are a girl’s best friend“.

Minutos después, mi amigo reconoció partes del argumento de la película Niágara entrometidas en Casablanca: Rick e Ilsa planearon el asesinato del esposo de ella para quedarse los dos juntos y huir a Estados Unidos. Plan que ellos pusieron en práctica; pero las cosas no salieron bien. En lugar de matar a su mujer y al amante, el marido de Ilsa -que tanto amaba a su esposa- la perdonó con la condición de que lo acompañara a su exilio al mismo país que él antes tramaba visitar con Ilsa. Rick aceptó su derrota por temor a ir a la cárcel y cedió el boleto de avión a su rival.

Fin de la película. Se desató la tormenta en Morelia. Agustín pensó que estando dentro del cine se protegería del agua, pero en un abrir y cerrar de ojos estaba hecho una sopa. Las luces se encendieron y vio que la sala había quedado con palomitas de maíz, cáscaras de plátano y otras inmundicias regadas por el suelo. Al mirar arriba, descubrió que el aberrante público se había marchado por el techo, no sin antes destrozarlo, dejándolo solo.

Nunca antes Agustín se había sentido tan decepcionado por una función de cine, tanto por los espectadores como por la basura de película y los avances tan raros que había visto. Fue por eso que decidió largarse de Morelia para siempre y no volver a asistir a ninguna sala de cine en lo que le quedara de vida. Por eso se fue a París y ahí ha permanecido. Ha vivido en la nostalgia, buscando a la Ilsa Lund perdida que pudo haberse hospedado en algún hotel de la ciudad. Tal vez Rick la alcanzó en los Estados Unidos y por fin se deshicieron del marido que les estorbaba para su romance.

Nunca lo sabremos. Mientras tanto, no nos queda más que pensar que siempre tendremos París.

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Narrativa

De los dobles

fisica

Por: Gerardo Farías

Perdí un cuento de Borges. La explicación de su desaparición es fantástica. Todo está en mi diario. Pero es necesario aclarar que esto comenzó con un cuento que quería escribir. Cuando escribo ficción, lo hago siempre a manera de una nota en mi diario, así logro engañarme: hago como si estuviera simplemente relatando hechos de mi vida cotidiana, pero muy en el fondo me quema la esperanza de hallar una historia que valga la pena ser contada.

 

13 de Octubre, 2012

Así como Borges, repudio los espejos y a los hombres porque ambos multiplican la identidad. Entrar en un laberinto de espejos que reproducen infinitamente la imagen de mi cuerpo me parece horroroso. Las ferias que osan instalar estas cámaras de tortura psicológica deberían estar prohibidas. Desde pequeño, he sido incapaz de entrar en un lugar de esos. La idea de que haya seres idénticos o incluso parecidos a mí me revuelve el estómago. Cuando escucho hablar sobre nacimientos múltiples, me mareo y mi piel exuda una sustancia helada y pegajosa. Tengo que respirar lentamente para recobrar la tranquilidad. Si por desgracia conociera a alguien con mi mismo nombre, me daría un tiro, estoy seguro. Afortunadamente, Aurelio no es un nombre común. Es lo único bueno que me dio mi padre. Es casi perfecto: tiene las cinco vocales y no se repite ninguna letra. A-u-r-e-l-i-o. Contiene dos de las consonantes más sonoras, una es líquida y la otra vibrante, esto le da movimiento y vida; es antiguo y valioso como el oro; es un nombre que suena y se saborea al pronunciarlo y eso me encanta. Aurelio. No cabe duda, es un nombre casi perfecto.

Para mí, hay un orden en todas las cosas —lo debería de haber siempre— y no se necesita mucho seso para entenderlo. Es cierto, me molesto cuando no es así, pero siempre termino convenciéndome de que hay una causa para todo efecto; eso me genera paz. Sería aún más feliz, quizá, si las vocales de mi nombre estuvieran alfabéticamente ordenadas, pero sería pedir demasiado. Soy un tipo puntilloso pero no irracional.

No creo en las casualidades, como dije, porque siempre hay forma de encontrar el orden. El diseño inteligente de este mundo está siempre ahí, pleno ante la vista. No hay misterio, sólo mentes opacas. No entiendo cómo no lo ven.

Muchos pesimistas hablan de la teoría del caos y de la futilidad de la existencia. Todo es relativo, dicen… ¡son unos idiotas! Esas ideas deprimentes a mí no me vienen.

El otro día leí que los físicos cuánticos han demostrado que hay partículas subatómicas que mantienen una interdependencia en relación con sus movimientos, incluso si están separadas por millones de años luz. Esto significa que mientras la partícula “A” gira hacia la derecha, la partícula “B” lo hace siempre hacia la izquierda, sin importar cuán alejadas estén, y si alguna de las dos llega a cambiar de dirección su giro, la otra instantáneamente lo sabe y comienza a girar en dirección opuesta.

Todo tiende al equilibrio. Es uno de los descubrimientos más bellos que jamás se haya hecho.

Dios salve a los físicos.

 

14 de octubre, 2012

Ayer, justo después de escribir sobre las partículas subatómicas, me levanté para buscar la cita exacta que abre el cuento, porque sentí que la había parafraseado mal y no estaba debidamente escrita.

Me dirigí hacia mi biblioteca y busqué “Tlön, Uqbar Orbis Tertus” dentro de mi edición de bolsillo de Ficciones. Para mi gran sorpresa el cuento no estaba. Conozco muy bien mis libros, pero esta vez dudé y revisé el índice miles de veces y el cuento que siempre estaba en la página 13, justo después del prólogo, había desaparecido. Es decir, el primer cuento enlistado era el espléndido “Pierre Menard, autor del Quijote”, página 39.

Me paralicé ante la idea de haber perdido un cuento de Borges. Al dar la vuelta a la página 12, el final del prólogo, me encontré con la brutalidad: había veintiséis páginas en blanco. ¡Veintiséis!

Tratar de escribir sobre una hoja en blanco asusta, pero tratar de leer veintiséis hojas en blanco es una locura. Mis ojos se arrastraron desesperadamente a través de ese desierto de veintiséis páginas vacías en búsqueda de una cita, de un cuento inolvidable, de un mundo sostenido nada más que por la pura imaginación… y no tuvieron ningún éxito, desfallecieron.

Mis manos temblorosas perdieron toda su fuerza y el libro cayó al suelo, y se callaron para mí las palabras más hermosas jamás escritas.

 

18 de octubre, 2012

No he podido encontrar la causa de lo que ha pasado. Estoy anonadado (esta palabra la aprendí de mi tía Rita, la que me cuidaba de niño, y siempre me ha parecido un enigma, una especie de criptograma onomatopéyico; es como nadar en la nada.

Sí, estoy anonadado.

Han pasado ya varios días y no he podido dormir bien, no he comido y tampoco he salido a la calle. He sobrevivido bebiendo mate. No he hecho nada más, apenas he flotado en la nada, solamente le he dado vueltas al asunto. Ya leí todos los cuentos de Borges, esperando que sus palabras me guiaran hacia la respuesta.

Es sólo otro juego borgesiano, pienso. Quizás hay una pista en el número 13 de la página del libro: el día que el cuento desapareció fue precisamente 13. Pero no soy supersticioso. Sin embargo, urge una explicación lógica para este embrollo.

Escribir no me ha servido de mucho.

Volveré a la nada.

 

19 de octubre, 2012

Casi no pude dormir anoche. No he encontrado la solución a mi dilema. Hay una cosa que me atormenta: la imagen de mi amigo y una de sus mayores afrentas hacia mí. Estoy hablando de Jorge, no Luis ni Borges sino Jorge Alberto, quien olvidó su libro de El hacedor aquí, en mi casa. Hace un mes, aproximadamente, vino a visitarme y pasamos un excelente rato hablando de libros, películas y música.

No sé por qué dejó su libro aquí, ¿en qué estaba pensando? Recuerdo que lo trajo para demostrarme que El hacedor era un libro únicamente de poesía y que no encontraba el cuento que yo le había recomendado para defender su tesis sobre el “Borges platónico”. Sin embargo, el cuento del que le hablé sí está ahí, y cualquiera puede verificarlo: se llama “Delia Elena San Marco”, página 29.

Como siempre ha sucedido en nuestros encuentros, nunca hablamos de lo que habíamos acordado en un principio. Aquella vez hablamos sobre los uniformes como una forma de control, una impostura ideológica; él les llamó “heterodumentarias” inspirándose en Michel Foucault. Por supuesto, los dos coincidimos en que la idea no era nada novedosa.

¿Por qué me dejó su libro? Sabe perfectamente que, al igual que él, poseo la obra completa de Borges en la edición de pasta dura editada por Emecé (mantengo estos libros bajo llave, en una caja fuerte lejos de mi departamento, y los saco sólo una vez al año; quiero pensar que Alberto hace lo mismo). Y, además, ambos la tenemos completa también en edición de bolsillo —que es la que usamos para realizar anotaciones, por supuesto—, pequeña y portátil. Aún así, él mismo colocó su libro justo al lado del mío en el librero. Tuve un sobresalto al ver dos ejemplares idénticos de una misma obra y no supe qué hacer. No lo puede tolerar: dos hacedores, dos Borges repetidos simétricamente, tocándose sin vergüenza.

Una cosa es leer sus cuentos de dobles, otra muy distinta tener un libro idéntico repetido. Me armé de valor y hojeé su libro; con asombro vi que tenía las mismas anotaciones que yo había hecho, las mismas frases subrayadas e incluso un breve comentario al final del cuento de Delia San Marcos.

Esto es abominable. “Dos de dos”, dice la gente sin pudor en el puesto de tacos y a mí me da tirria.

Nada puedo decir, nada puede ser articulado y mucho menos escrito.

Han pasado unas horas desde que abrí mi libretita roja para seguir escribiendo y, por primera vez, leí todo lo que he plasmado aquí. La lectura ha sido reveladora. El problema del cuento desaparecido está íntimamente relacionado con la duplicación del otro libro, ¡por supuesto! Aquí está la gran ventaja que tiene el que lee frente al que sólo escribe.

Como sea, aquí la explicación de todo este embrollo: la obra borgesina está perfectamente equilibrada pues nada le falta y nada le sobra. Entonces, cuando Jorge, mi amigo, insertó —no sé si intencional pero sí muy irrespetuosamente, porque él conoce de mis padecimientos— un doble más en el universo de Borges, su perfección se vio alterada. El desequilibrio fue compensado por la mente matemática de los libros.  Siempre he dicho que uno debe confiar en sus libros, nunca en su memoria. Así que, ante la aparición de un hacedor más, un mundo entero tuvo que desaparecer, en este caso Tlön.

No puedo perder más el tiempo.

Decidí salir corriendo con el ejemplar de El hacedor de Jorge en mis manos directo hacia su departamento, que está justo enfrente del mío.

Toqué efusivamente. Él abrió en bata, con un mate en la mano y fumando. Traía puesta la misma bata que yo. No le expliqué nada, solamente le grité que estaba loco y le di el libro. No le di tiempo para hablar.

Regresé tosiendo, porque correr mientras uno fuma es muy difícil, y al entrar lancé el mate al suelo. Estaba efusivo por encontrar de nuevo equilibrio en mi vida y en el mundo.  Abrí Ficciones en la página 13 y leí con una sonrisa enorme: Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento…

¡El cuento había regresado!

Una paz inconmensurable me invadió.

Mi cerebro regresó a su lugar, pero lo más importante volvió a su lugar: la frase exacta y precisa que necesito para comenzar a escribir el cuento que quiero dedicarle a mi gran amigo que, dicho sea de paso, tiene dos nombres horribles, Jorge Alberto. Dos fricativas velares excesivamente cercanas en el primero, cacofonía vocálica en ambos y una dental oclusiva y ¡sorda!, lo que al final revienta lo único rescatable de su segundo nombre: esa serie vocálica, líquida y labial que es alber. Ahora recuerdo que una vez me confesó que le encantaría tener mi nombre. Es claro que él también lo detesta.

Pero bueno, la cita: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.

Ahora, necesito replantear toda la idea original del cuento porque mi cita es incorrecta y releyéndola, además, me doy cuenta de que yo no repudio en absoluto la cópula. Así que pensaré en otra cita y de paso en un mejor nombre para mi amigo.

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Narrativa

Bola de pelos

bola de pelos

Por: Édgar Omar Avilés

Besa a su esposa, lleva a su hijo al jardín de niños y se dirige a la universidad donde es profesor.

En la cafetería, como todos los jueves a la hora del almuerzo, pide albóndigas y un café americano. Una vez que le sirven, toma la charola y se encamina a una mesa en la que sus colegas platican sobre la importancia de inyectar capital al país. Pero al bajar la vista ve su platillo preferido, compuesto de cuatro bolitas, una de ellas de pelos… ¿Pelos?, su rostro se retuerce, rojo de ira. ¡Es el colmo de la suciedad!, y se dispone a encarar al cocinero, pero de pronto se detiene para examinar eso que parece un ratón hecho ovillo.

Lo toca con un dedo: le parece tan desagradable, asqueroso, inmundo. Lo hace rodar con el tenedor para descubrirle la cabeza; no la encuentra. Tampoco las patas, la cola, los ojos, el hocico o las orejas. Es una uniforme bola de pelos. Lleno de curiosidad científica sale de la cafetería y en un rincón, cuidándose de no ser visto por los demás profesores, ni por los alumnos, la observa con detenimiento.

¡Palpita!, por dentro algo se contrae, aunque sutilmente. La avienta al suelo para aplastarla con el zapato, pero, para su propia sorpresa, la recoge y la acuna entre sus manos. Los ojos se le arrasan abruptamente de extrañeza, luego de sentimiento, al final de lágrimas. Le dice con ternura:

—Eres la cosita más rara que he visto.

La misma frase que él pronunciaba en un sueño que se le repitió una docena de veces, cuando tenía nueve años. En aquel pasaje de su inconsciente todo olía a sándalo y al final se encontraba a un ser no muy distinto.

Usa su pañuelo para limpiar con delicadeza el pelaje marrón y la mete en un bolsillo de su saco.

Al mismo tiempo que imparte clases, o cuando recoge a su hijo en la escuela, o rumbo a casa, no deja de buscar explicaciones: una broma de mis alumnos o de mis colegas, una coincidencia, radiactividad, locura, un sueño… o tal vez sólo tengo nueve años… Concluye: es el destino, sólo el destino.

Su esposa intenta recibirlo con un beso, pero él no tiene tiempo: va al cuarto-estudio y saca a su nueva mascota. Juega con él —decide que es él— haciéndolo rodar y, luego, lo baño con agua tibia y jabón de tocador. Mientras lo perfuma con esencia de sándalo piensa en que sería conveniente llevarlo a un laboratorio, pero ahora haré lo que quiero, no lo que pienso.

Alfonso sonríe como un bebé. Su hijo abre la puerta y se acerca para averiguar y compartir el motivo de la alegría.

—¡No lo toques, lárgate! —le da un manotazo.

Es la primera vez que le pega y el niño sale del cuarto sorbiendo el llanto. Así comienza la ruptura de Alfonso con su vida pasada.

En la universidad deja de frecuentar a los colegas. Sus alumnos casi no pueden reconocerlo, le tienen miedo. Pero eso no le preocupa. La auténtica lucha es contra la razón, que hace preguntas: ¿de dónde salió?, ¿qué es?, pero interrumpe las dudas silbando una canción que su abuela le cantaba.

A la hora del almuerzo, solitario, va a una esquina de la cafetería, abre su portafolios y le platica algo. Se rumora mucho acerca de su creciente desequilibrio, aunque nadie pone en duda la calidad de su cátedra. Al término de las clases no se dirige a casa; quizás al cine, al teatro o a la alameda para disfrutar de mi nueva compañía. Su esposa le resulta indiferente. No importa si ella le recrimina, lo insulta o lo abofetea. Su hijo aún intenta abrazarlo, pero él lo aparta.

Llega a su cuarto-estudio: su dormitorio desde hace seis meses. El tiempo que lleva de conocer a la bola de pelos. Lo beso, le digo una frase tierna y nos dormimos. Sus ojos encontraron un brillo que se había perdido en los laberintos de la cotidianidad.

Poco a poco su mundo se vuelca en la bola de pelos, todo lo externo pierde significado. El hombre práctico, serio, reflexivo, se difumina entre poemas cursis y hasta entra a una iglesia a dar gracias: ¿por la evolución? No. Por la vida.

Los meses se suceden. La dicha lo abarca tanto como los radicales cambios.

Hace tiempo que fracturó relaciones con su familia. Está obligado a darles una pensión. Renta un minúsculo departamento. Falta con frecuencia al trabajo. La cordura casi está enterrada y cuando quiere resucitar, aún la sociedad puede perdonarme, suspira, silba y se pone en posición fetal.

Ya no usa pantalones de vestir y sacos, sino jeans ajustados y playeras holgadas. Pasa horas con la mirada fija en aquél al que llama mi amor, y arrullo. En esa bola de pelos vierte todo su afecto: el de padre, de madre, de hijo, de esposo, de amigo, incluso el de maestro. Sólo a él debo de querer.

Compra una máquina de coser para confeccionarle trajecillos de una curiosa forma esférica. Los primeros son un desastre, pero con la práctica realiza verdaderas prendas de diseñador.

Ahora no sólo le escribe poemas, sino que copia versos, se los recita y al final se da por autor. A la par, pululan en sus sueños pesadillas terribles que lo despiertan con sudores y lágrimas entretejidos. Un mal sueño, sólo fue eso, se repite convencido.

Hasta que las primeras arrugas marcan sus gestos la sociedad aprende a aceptarlo, aunque en ocasiones algunas miradas todavía me reprochan. Alfonso camina por las calles como anheló de adolescente: con un bolso rojo de mujer al hombro que en ocasiones utiliza para trasportar a su amado.

Pierde la cátedra en la universidad por sus extravagancias, según se le argumenta.

—¡Qué importa!, para educar a la gente mejor vendo enciclopedias de casa en casa —le grita al rector, mientras imagina que es su padre.

Compra el periódico y luego de consultar el horóscopo busca la cartelera. Sin embargo, su vista se detiene en el obituario. No le extraña que su madre no le comunicara sobre la muerte del viejo. Decide ir al teatro.

Un vestigio del hombre que antes era le escupe pervertido, quebraste tu vida y a los tuyos, pero el vestigio obtiene por respuesta la frase que se apresura a escribir con lápiz labial rosa en la ventana de su cuarto:

 Tengo derecho a amar a alguien que no me mienta, que no me exija lo que no soy, que no me destruya; querer con todos los sentidos aunque el otro no tenga ninguno.

Sabe que lo consiguió, que por fin ha logrado el universo, el paraíso que me toca. Por eso ríe, canta, suspira, llora, reza, baila sin soltar a su bola de pelos.

Aquella tarde, cuando regresa del supermercado, se dirige a platicarle:

—Hola, chiquito, ya llegué, el calor está insoportable…

Pero lo nota extraño. Cierra los ojos en busca de tranquilidad, encuentra una poca. Lo toma entre sus manos, traga la escasa saliva que hay en su seca garganta y confirma la sospecha: ya no late.

Cuántas pesadillas lo presagiaron. Sus rodillas flaquean, cae al suelo; mi llanto riega su diminuto cadáver; escupe un grito gutural de esperanza desgarrada. Sabe las opciones: enterrar con la dignidad que se merece al ser que más ha amado y no enterarse de sus sospechas o…

Se sabe débil y elige la segunda. Las manos le tiemblan, los labios se le cuartean, su mirada se pierde. Hace acopio de carácter y palpa meticulosamente, como siempre cuidó de no hacer, cada milímetro del peludo cuerpo en busca de algo que esté mal. En efecto, no podía ser de otro modo, se carcajea la razón; da con lo tantas veces negado: la tapa de las baterías. La abre con un desarmador. La sangre se agolpa en sus pies, quizás estos hubieran explotado de no traer zapatos. Mi universo recién nacido se colapsa.

No quiere perder tiempo y con el relleno de un seno escapándosele por el escote va a una relojería que sabe cercana para comprar la pequeña pila de plata de 7.5 voltios. Rápido, por favor

Una vez en casa, la inserta. El sencillísimo mecanismo de un micro-motor y un par de engranes vuelven a funcionar.

Está apunto de preguntarse: ¿por qué?, ¿qué es?, ¿quién?, ¿cómo llegó a mi almuerzo?, pero comienza a silbar fuerte, muy fuerte.

Esa noche lo acicala con esencia de sándalo y le platica de lo mucho que sufrió cuando su pequeño corazón dejó de latir.

—También el mío; afortunadamente sé dar masajes cardiacos —y le da un par de palmaditas.

Lo viste con un traje de casimir pardo que considera bien coqueto y por último le ajusta una pequeña corbata gris que tejió durante la mañana; después busca un acetato y al ritmo de A mi manera lo abraza, tierno, y bailan, despacio. Le da un beso que deja marcado labial rojo en el pelambre marrón, luego abre la ventana y lo arroja tan fuerte como su brazo le permite. Las lágrimas lo embisten, alguna se rompe en el vello que nace nuevamente de su rostro. Grita para intentar matar la frustración, la desesperanza, el no-futuro. Quizá sólo tengo nueve años, piensa mientras sigue gritando.

Mirada perdida en la noche, en la incertidumbre. Tal vez mañana irá a disculparse con su esposa y con el rector, o tal vez el jueves irá a la cafetería para pedir albóndigas… Tal vez.

 

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Narrativa

Pasajero en trance

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Por: Alfredo Carrera

A fin de huir; y
huir y huir y huir.
César Vallejo
Se marchan siempre sin
pagar los inquilinos de mi vida
y el patio queda nuevamente
solo en este hotel de paso
donde siempre es de noche.
Federico Díaz–Granados

 

No quiero irme de nuevo, quisiera regresar a mi ciudad. Que no me digan que no puedo entrar a la sala de espera sin pase de abordar. ¿Cómo explicarles que desde hace meses me dedico a eso, a esperar? No he concretado ningún encuentro, sigo a la expectativa. ¿Para qué abandoné mi ciudad? Comprar otro pase de salida a fin de huir, y huir y huir, tantas veces sin llegar a ningún lado… Llegar a otra urbe con el ya veremos en la boca, ver las miradas de los que no entienden esto de aguardar en movimiento.

Recuerdo a mi hermano, gritaba desde los andenes que no era necesario huir de esa forma, que la vida sería distinta. ¿Cómo explicarle que ya no había vida en mí, que esa despedida necesitaba algo mayor? Ni siquiera lo volteé a ver cuando, desesperado, gritaba y seguía al autobús. Guardo gratitud hacia mi hermano por su preocupación y también al chofer, que ni siquiera titubeó. «Seguro que le pasa en cada ciudad», pensé; me entristeció ser parte de un conjunto de personas que huyen. Se lo pregunté a la mitad del trayecto, pero ni siquiera lo había escuchado, de lo contrario se habría detenido al instante: le encantan esas películas en las que un personaje detiene un autobús por el amor de su vida o por su hermano, como en mi caso. Hasta mencionó películas de Bruno Martí en las que éste salta a los vehículos para detenerlos, con los pasajeros impactados y molestos por los besos, los abrazos y los te amo. Después de una hora regresé a mi asiento. Saber que la persona que me llevaba a mi destino se hubiera detenido sin pensarlo, que yo no era capaz de dar la vuelta atrás… era como aceptar un mal agüero.

La primera salida fácil provocó que cada salida fuera más difícil, y me refiero al peso que contenía cada trasbordo. Cada vez huía de lo que ya había escapado y no me quedaba claro qué era lo que, entonces, me provocaba hacer tantos viajes. Los retenes en carretera, cuando los soldados rasos suben al autobús buscando droga —esas pausas infortunadas de las que nunca vi resultados—, me recordaban siempre el retén que mi hermano buscó montar y que no había logrado. Lo imaginaba a él como militar, disfrazado con las botas y el casco que siempre ha repudiado. En esa revisión no habría búsqueda de armas ni drogas, sino una pesquisa por sacarme culpas que guardaba dentro. Seguro hubiera querido estar escarbando en mí para que yo me diera cuenta que tantas despedidas, de las que sólo me enteraba al no ser correspondido, no eran culpa de nadie. Las personas, ya me lo habían dicho, a veces huyen por su protección y no de uno; huyen por lo que ellos son a nuestro lado. Cada semana estaría diciendo adiós a una nueva persona que, simplemente, no me toleraría más: un chofer, una cajera, una mesera…

La vida de viaje me parecía lo más adecuado, ser yo el que se despidiera de la ciudad y despedirme, además, de las personas que estuvieran en las terminales. Hacerle plática a una mujer o a cualquier joven en un bar o café o plaza pública, decirle pronto, a media hora de iniciado el diálogo, que partiría, que ojalá no hubiera sido importante aquello porque no se podría repetir más. Quedaba pendiente, además del desplazamiento en sí, terminar de administrar los ahorros con los que pretendía ir marcando el itinerario de viaje. Evitar comprar diarios que no me aportarían nada, limitarme en la comida y esperar a que las líneas de autobuses me alimentaran. Algunas veces tener el mayor cinismo posible para pedir un segundo cuernito con jamón, antes hacerle alguna señal a la mujer de los boletos y asientos, que interpretara como un interés del pobre diablo en el que, seguramente, me podría convertir.

«Pasajeros, favor de abordar» era una frase cierta conmigo; pasajero, me convertí más en ello que en persona. La cartera pronto se me inundó de boletos de viaje, no los quise tirar porque conservarlos era la forma en que mantendría cierto vínculo con las ciudades a las que les decía adiós, como si guardara fotos de las personas que prefirieron no hablarme más. Como si fueran las mujeres que pasaron por mi vida, marcándome, sin conocerlas del todo, sabiendo apenas cómo se llamaban, cómo recibían el sol cada día, cómo eran indiferentes a este forastero en el que me convertía. Decirle adiós a tantas era como una soledad anunciada para un final conmigo, nada más.

Con tantos viajes, aunque no podría establecer cuántos, de algunas ciudades sí quise deshacerme, me daba terror encontrarme a alguien conocido en el asiento de al lado y entonces fue cuando dejé de desplazarme todos los días. El miedo es una raya que separa al mundo: de un lado, los cobardes; del otro, aquellos que son capaces de enfrentarlo.

Encontrarme con el chofer que no titubeó en la primera salida habría sido desastroso. Me preguntaría, estoy seguro, si continúo huyendo, si prosigo haciendo oídos sordos al pasado. Quiero volver a mi ciudad el día que no sea la misma, puede ser hoy, cuando pueda entrar a ella entendiendo que, como un río, ya no es la de antes. Ser el cobarde no me provoca problema alguno, pero sí me causa dificultades el llegar a la misma ciudad, saber desde el principio que todo podría volver a ser igual, que las personas que ya no me toleraban seguirían allí, en cada esquina, que en cada caminata a cualquier lugar me encontraría a alguien cuestionándome sobre mi partida a ningún lado. Tenía y tengo miedo de volver sin haberme ido nunca, me da miedo volver como un ente que, después del viaje, habla de aquello como si fuera la mejor escuela del mundo, ese estarse trasladando de aquí para allá sin itinerario claro, como si en la vida las decisiones se tomaran sin que tuvieran sentido.

Me detengo entonces ante este lugar adonde ya no puedo entrar: la sala de espera. En esta ciudad de paso no está permitido hacer escalas; extraño, pero no doy pie con bola. Veo a las mujeres que están frente a mí, entiendo que pronto se irán, que algunas han llegado junto a la expectativa de los parientes ansiosos de verlas. Sé, y en eso confío, que llegará el día en que alguien me detenga, y me da miedo comprender que el día de hoy haya sido las ganas de ya no moverme más, de esperar, como siempre lo hago, a que alguien llegue a confundirme con algún conocido o pariente lejano. Hace algunas horas saludé a una mujer que me pareció familiar, quizá en algún viaje anterior, aunque ahora pienso que no la había visto antes y llego al límite de confundir a las personas con otras que, al igual que las primeras, no conozco.

Espero a que mi hermano venga por mí, hace algunas horas le hablé, no sé si deba volver a mi ciudad para hacerme de una vida real, pero, sin duda, no quiero volver como me fui de allí.

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Narrativa

Cinco microrrelatos

micro

Por: Moisés García Hernández

Confesión póstuma

Papá, una voz me decía que te mate. Pensé que al hacerlo se callaría. Pero ahora me pide que haga lo mismo con la sirvienta.

 

 

El ciclo

Mientras Mañana juega en el jardín, Mediodía sale de fiesta, Tarde se queja de artritis y Noche recibe flores en su tumba.

 

 

En el umbral

Toc-toc.

―¿Quién?

―Soy yo… Ábreme.

Trrrrcht, grrrrrt, ¡trac!

―Pasa. ¡No!

¡Bang! ¡Bang!

 

 

Gajes del oficio

Subí al coche atestado de sus pequeños cuerpos: torsos, piernas, zapatos. Había un fuerte olor a aglutinamiento. Tenía que llevarlos antes de que amaneciera. La fosa común estaba a quince kilómetros de mi casa.

 

 

Genésica

Reinaba la paz en la Tierra. Hasta que un día se originó la Vida.

 

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Narrativa

Mi padre el pescador

padrepescador

Por: Laura Karina “Puerquito”

Mi abuela le pegó a mi padre por no llevar la cena a la casa. Lo llamó “inútil”, “el gran perdedor”. Mi tío presumió orgulloso los pescados que trajo desde el muelle. Mi abuela y mi tío cenaron mientras mi padre los veía con el plato vacío. Mi padre ideó un plan.

Al día siguiente fue al muelle donde construyó su propia caña con una vara y las agujetas de sus tenis. Estuvo allí toda la mañana, toda la tarde, pero no pescó nada. No vio a mi tío  ni en la playa ni en el muelle. “Al menos nos golpearán a ambos” pensó. Volvió a casa y un olor a pescado frito le caló en lo profundo del alma. Mi padre fue azotado con el sartén caliente mientras mi tío picaba el ojo del pescado en su plato con un tenedor. Mi padre odiaba a mi tío, más de lo que odiaba pescar. Mi padre volvió al muelle al día siguiente, al siguiente del siguiente y al que le siguió. Jamás vio a mi tío excepto en las noches, cuando él, con su caña vacía, tenía que verlo comer. Mi padre enflaqueció, sus huesos se violentaban contra su carne mientras mi tío crecía y engordaba, tragando cada vez más. Nunca le pidió a mi abuela que lo perdonara, porque se sabía culpable de su ineptitud pesquera.

Mi padre murió por el esfuerzo, no por haber sido lanzado por las escaleras, como todos pensaron. Mi tío murió atragantado con la espina de un róbalo.

Mi tío compraba sus pescados en el mercado y mi abuela siempre lo supo.

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