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Narrativa

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Cuento – Los mensú

universo

Por: Norma Maritza Vázquez Domínguez

A los cuatro años, Úrsula, una niña de ojos grandes y mirada inquisidora, se preguntaba quién había hecho el cielo, la tierra y todas las cosas. Durante su infancia, ni las respuestas de sus padres ni las de la iglesia lograron responder a su curiosidad. Luego, quiso saber quién había hecho a Dios. Sus preguntas la llevaron al mundo de los libros y la ciencia. Todos los adultos a su alrededor trataron de disuadirla, pero ella insistió empujada por el fuego de su curiosidad.

A los 19 años ingresó a la universidad para estudiar una carrera en la cual podría emplear un nuevo sistema para indagar sobre el origen del universo. Sus profesores le enseñaron cómo, a partir de un método de cálculos matemáticos, era posible crear galaxias sintéticas. En el laboratorio había una galaxia que llamaba especialmente la atención de Úrsula porque contenía un planeta similar a la Tierra. Ese planeta semiesférico y azulado estaba habitado por seres artificiales apodados los mensú, eran unos modelos antropomorfos, un tipo evolucionado de los primates, de complexión robusta y un tamaño promedio de un metro setenta centímetros. Para alguien no iniciado, resultaban idénticos a los humanos.

Con un lenguaje propio y costumbres repetitivas, los mensú solían realizar trabajos en unas minas para extraer carbón. Empleaban sólo su fuerza bruta, que tenía un bajo costo, lo cual les permitía vivir con lo mínimo; su comportamiento era predecible. Trabajaban sin descanso siete días a la semana y, cada nueve meses, cuando recibían su pago, les esperaban las urú en casa. Las urú eran una versión femenina de su especie, quienes con algarabía satisfacían su sed, su hambre y la urgencia de su locura. A los mensú se les daba bien derrochar más dinero de lo que ganaban, bebían alcohol de manera desmedida y compraban lujos que les duraban poco o perdían en las apuestas.

Una tarde en que Úrsula se quedó escondida en el laboratorio descubrió dos mensús que le parecieron especiales. Les dio nombres y los siguió a lo largo de su jornada. Manuel y Esteban habían llegado juntos pero se separaron al llegar al poblado, con su ganancia Manuel se compró un revolver 44, una urú llamada Malena, y un collar de perlas para ella. Esteban compró una barrica de alcohol de caña y tabaco, luego se embebió con el mayordomo (una especie de ser artificial que no había tenido éxito en el planeta) y otros mensú en un juego de baraja que duró hasta el momento de su regreso a la mina, y en el cual perdió toda su ganancia.

Manuel caminó con Malena por el sendero hasta internarse en el bosque, ella lo guío a una gruta, ahí dentro lo amó por siete noches y sus días, se olvidaron de las responsabilidades para las que estaban programados. En el séptimo amanecer, Manuel salió sin su naturaleza brutal, con un lúcido brillo en los ojos, al igual que Malena; Úrsula se dio cuenta de que ese brillo representaba su libertad, algo que no conocían, algo para lo que no estaban programados. No tenían por qué regresar, se fugarían.

Hasta entonces, Úrsula ignoraba que un error en el programa de esta galaxia había creado algunas especies con un DNA distinto, Manuel y Malena eran dos de estos seres, su fuga alteraba las fórmulas del sistema con el que se regulaba la sincronicidad del programa, el cual, en forma automática reinició una secuencia que matizó la imagen de la galaxia de color azul índigo. Úrsula observó la imagen, analizó los datos y supo que algo distinto estaba ocurriendo.

La vida de los mensú no había sido programada para tener iniciativas ni pasiones, mucho menos para preguntarse sobre el orden de ese universo ni desear la libertad, eran seres artificiales, algo diferente había sucedido en la configuración de esos seres en ese planeta tan parecido al nuestro.

En el valle donde los campos se tornan tranquilos, sobre un tronco caído, se sostenía el cuerpo de Manuel, el único entre miles de mineros que había escapado de la esclavitud. Aún inconsciente, su cuerpo mostraba la fuerza de un instinto indomable, durante cinco días había caminado con Malena entre la espesura de las montañas.

Los árboles de alturas impresionantes tocaban el cielo con sus brazos, reían con tono burlesco, eran sordos y ciegos ante la miseria de un ser que desde su nacimiento estaba destinado a una vida artificial.

De manera alucinatoria, Manuel pudo verse a sí mismo como un ser engendrado en el vientre de un planeta mordaz, desde sus pies sintió un cosquilleo que le carcomía la piel y los huesos. No tenía ninguna posesión, excepto la brutal fortaleza de su instinto que había soportado los trabajos y la inhumanidad de la bestia que gobernaba las minas. Diecinueve años eran ocultados por las arrugas de un rostro carcomido por el polvo del carbón.

Una convulsión le devolvió el aliento, de tajo abrió los ojos como quien nace en un nuevo mundo, intentó moverse pero fue imposible, sintió la pesadez del cielo en su cuerpo. Malena, acercándole un cuenco, le mojó los labios con agua y rezó (¿cómo habían aprendido aquello los mensú?).

Tuvieron que pasar varías décadas para que Úrsula descubriera que un error en la ecuación que describía el movimiento de los cuerpos celestes de aquella galaxia, estaba relacionada con la configuración casi humana de algunos modelos artificiales que poblaban aquel planeta. Ella escribió una tesis explicando esas anomalías, pero sus resultados no fueron aceptados inicialmente por la comunidad científica. Sin embargo, permitieron demostrar, mucho tiempo después, que la galaxia en la que nosotros vivimos también está llena de anomalías.

Al mismo tiempo en que Úrsula observaba y analizaba a los mensú, alguien más, en otra galaxia un poco menos sintética, escribía una tesis sobre Úrsula y cómo el virus curiosidad, con el que había sido infectada desde pequeña, la había hecho comportarse de esa manera.

 

 

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Cuento – El origen

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Por: Selene Maldonado López

Desperté empapada en llanto, tenía entonces sólo nueve años. Corrí al cuarto de mi madre y le conté mi sueño todavía vivo, que por unos segundos me mantuvo contenida en una apnea justo antes de despertar. Soñaba que con violencia rompían puertas y ventanas, vaciaban nuestra casa, nos perseguían. Yo corría mientras observaba la ciudad incendiada, por todos lados veía rostros con miedo y hambre. Entonces, mi madre me acogió en la cama a su lado, me envolvió en sus brazos tibios, y me narró la historia de Helena, su hermana mayor que murió cuando mamá apenas empezaba a entender el mundo.

Hija, antes de que Helena falleciera tenía varios días sin lograr dormir bien, decía que algunas noches cerraba los ojos y entonces se abrían las pesadillas. Un día, así nada más, se quedó como atrapada en un profundo sueño. En ese momento pensamos que su muerte era lo peor y mas extraño que nos había pasado. No hallábamos explicación ni consuelo. Todos alrededor de su cama observamos por largos minutos su cuerpo aún flexible. Luego clavamos la mirada al suelo como si la gravedad hubiera sido hecha sólo para nuestros ojos. Yo trataba de formular las preguntas correctas para después encontrar respuestas.

De pronto, nuestras miradas húmedas fueron atraídas por el espacio que iba ocupando el vientre de Helena mientras se hinchaba rápidamente. Y como si sus delirios nocturnos estuvieran a punto de materializarse, ocurrió lo mismo con sus extremidades y su cabeza. Algo parecía moverse dentro de ella, de su cuerpo salía un rumor como de mandíbulas y dientes. Sin poder desviar la mirada vimos cómo de su vagina y ano comenzaron a salir, como gusanos, lo que parecían ser extremidades de otro cuerpo, que enseguida se reconocieron y se unieron formando un nuevo ser, de corta estatura, magro, envuelto en una piel clara, lisa, casi aterciopelada. Ese cuerpo era coronado con una cabeza de nariz prominente y ojos pequeños que se abrieron después de parecer recobrar consciencia de que estaba ahí. De reojo vi el cuerpo de Helena, la piel estirada hasta el extremo ahora totalmente flácida como un globo sin aire, como si dentro de ella no hubiera quedado nada, ni carne, ni huesos.

Los ojos de la criatura nos recorrieron uno a uno, yo apenas me podía sostener  por el temblor de mis piernas. Nadie se movió por un buen rato, hasta que Raúl rompió nuestro estado pétreo dando el primer movimiento, de lado avanzó unos pasos hasta llegar a la puerta para salir del cuarto, con menos lentitud lo seguimos los demás, y al final, el pequeño cuerpo nos siguió. Nadie sabía qué hacer, incluso aquella criatura tampoco parecía saber por qué estaba ahí. Esperaba a que nosotros hiciéramos algún movimiento, alguna acción, para realizar la misma, como si fuera un espejo.

Después de un tiempo lo dejamos de percibir como un intruso, o siquiera como algo vivo, más bien nos empezó a parecer como una sombra. Al principio ese ser pequeño y mudo no salía de la casa, y cuando regresábamos estaba en la misma posición de cuando nos fuimos.

Tiempo después comenzamos a ver mas de esos seres en la calle, les decíamos los imitadores. Vivían poco y se reproducían mucho. Todos nos acostumbramos, de manera que no nos dimos cuenta cuándo parecieron tomar conciencia propia. Aprendieron a hablar nuestras lenguas, nuestros oficios, luego formaron sus propias costumbres y hogares. Con el tiempo impusieron sus leyes, hasta someternos, para entonces nosotros ya éramos menos. Nos hicieron la guerra, hasta desterrarnos. Entonces se proclamaron la especie humana, los habitantes de la Tierra.

Mi madre respiró profundo, luego soltó el aire como quien se deshace de un gran peso y continúa, nosotros colonizamos el mundo subterráneo, éste ahora es nuestro hogar, pero es sabido que todos los seres permanecemos conectados por medio de los sueños. Nos derrotaron en la tierra, pero en realidad, ellos siguen siendo los imitadores, pero ahora de nuestros sueños. Tus pesadillas y sueños más estremecedores alguien más los vive allá arriba. Sus paisajes están hechos de nuestra más desbordada imaginación, sus guerras de nuestros rencores, sus muertes de nuestra ira, el movimiento de sus cuerpos son nuestras ideas.

Me acaricia mi cabeza escamosa y continúa, olvida esa pesadilla, duerme tranquila, tu realidad es que estás aquí conmigo ahora, todo está bien, tu sueño es la realidad de otros. Me quedé callada por varios minutos,  cuando entendí lo que me decía sonreí con todo el cuerpo. Tomé su mano de escamas obscuras y surcos espesos, y entre sus brazos me volví a dormir.

Mientras tanto, en el mundo existente debajo de los subterráneos, una niña sueña que muere una mujer de cuerpo extraño cubierto de escamas; y que de su vagina y ano salen, como gusanos, lo que parecen ser extremidades de otro cuerpo que enseguida se reconocen y forman un nuevo ser. Entonces despierta de súbito con la cara empapada de llanto.

 

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Cuento – La marcha roja

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Por: Karen Silva Maldonado

Para Rogelio y Marina

que dejaron sonar

la marcha roja mientras duró la oscuridad.

Mi hermana me advirtió en reiteradas ocasiones que no usara su avalancha, para ello utilizaba argumentos como: “Eres muy pequeña”, “Es peligroso, hasta podrías morir”. Pero todos los días los miraba a ella y a su clan de camaradas, conformado por mis primos y un par de vecinos, lanzarse a vertiginosa velocidad desde la cuesta que se forma en la calle donde está la casa de mis abuelos y que todos llamaban “de Rómulo”. Aquel cachivache verde seco que no se parecía en nada a una nave, cohete o cualquier otra máquina que se pudiera calificar de aerodinámica, volaba sobre el pavimento vibrando con un sonido mecánico que yo percibía desde la banqueta, sentada esperando a que se diera la oportunidad de tomar un turno clandestino en el juego.

Muchas veces fui atrapada in fraganti, como bien lo indicaba mi tía cuando regresaba llorando derrotada, en mis intentos por secuestrar la avalancha. No sé de qué estaba hecha, pero yo la creía de hierro forjado, el material más resistente que conocía.

Una vez mi abuelo, que fue rural, me mostró una foto de un tanque de hierro forjado que su compadre le regaló en una de esas noches de vigilia que pasaban entre los maizales cuidando las fronteras del pueblo. El compadre Tiberio fue a Moscú, encontró la foto tirada en la misma avenida en la que fue tomada, la única diferencia que había entre el lugar donde se encontraba parado y el de la fotografía era un gran tanque en el centro del panorama. Nunca conocí al señor Tiberio, pero mi abuelo me regaló la fotografía. Mi tía alimentaba mi fascinación por la estampa leyéndome historias de zares, guerras, nieve; mostrándome ilustraciones de Siberia, Leningrado, los dorados campos; proyectando para mí películas sobre aquella tierra helada del otro lado del mundo donde los hombres vestían con pieles que los hacían parecer bestias, pero que en interiores estaban cubiertas de telas claras y finas como si hubieran pintado la primavera sobre sus ropas.

Aquel día era nueve de mayo, encontré la avalancha sola en medio de la calle. Su abandono fue ocasionado por la euforia sembrada al paso del carrito de los helados que se había detenido un par de calles abajo. Caminé lentamente hacia ella, como si cada paso que diera pudiera desgajar el piso con un sonido de derrumbe que delatara mis intenciones frente a mis potenciales captores. Tomaría la avalancha como se sitiaría una ciudad, en cuestión de metros consumaría mi operación Barbarroja.

El aire alrededor se sentía frío, para protegerme de él me imaginé con un abrigo de telas rígidas, guantes y un sobrero que pareciera un pequeño oso dormido sobre mi cabeza. A punto de subir a la avalancha me sentí sobre aquel tanque soviético como una generala en busca de la conquista, con una multitud vitoreando en el desfile y del megáfono se anunciaría “la primera niña al mando de un T-34-85”, mientras Stalin me saludaba desde su balcón presidencial, las novias llevaban sus ramos a la torre del Kremlin y ante mí se extendía la cuesta de Rómulo.

El corazón me latía en las sienes, diminutas perlas de sudor se mecían sobre mi labio superior, sentí un leve hormigueo debajo del vientre, un olor a kasha flotó desde lo más bajo de la avenida. Cerré los ojos y ya en el asiento, quité el freno. Si hubiera muerto ese día, habría sido el mejor día para morir de todos los que recuerdo haber vivido.

Las luces se apagaron y las sirenas hicieron de obertura para la marcha marcial del Ejército Rojo que sonó mientras duró la oscuridad.

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Cuento – Instante distante

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Por: Alejandro Báez

 

We built this city, we built this city on rock and roll

Built this city, we built this city on rock and roll

—“We Built This City”, Starship

A Sergio El Frenético Flores

 

 

Las sillas, dispuestas en el patio del Centro Universitario México, frente al escenario, estaban vacías. Las puertas de la preparatoria, aunque ya abiertas, no significaban nada. Eran las cinco de la tarde. El póster que invitaba al concierto de recaudación de fondos para los damnificados era muy claro: a las siete, como telonero, tocaría Felix and The Cats. A las ocho, empezaba el gran toquín con Ritmo Peligroso; después Luzbel y de cierre, El Tri. Faltaban dos horas. En letra pequeña, muy pequeña, el cartel decía que a las cinco tocaría El Umbral, la banda anfitriona de la prepa. Pero no se veía. Resaltaban las chidas. La local era una cagaturra de mosca ilegible.

—El rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí —se decía Rodrigo, el guitarrista, letrista y vocalista de El Umbral, sentado en el suelo del escenario, abandonado por su banda—. Son las rentas de la crisis de su civilización.

Dos meses antes, el sismo del 19 de septiembre había destruido buena parte del Distrito Federal. Con los edificios también se había ido otro gran Rodrigo, el Profeta del Nopal, Rockdrigo González, quien había muerto de un pasón de cemento. A los adolescentes de El Umbral, el fallecimiento del tamaulipeco los impactó más que la devastación de la ciudad. Lo habían conocido un año antes cuando grabó, frente a la catedral metropolitana, el videoclip de “Balada del asalariado” y le habían pedido su autógrafo.

—También somos músicos —le habían dicho.

—Ser joven y no ser roquero es una contradicción hasta biológica —contestó.

Cotorrearon sobre las bandas que se escuchaban y sobre los grandes del rock. De los Beatles pasaban a los Doors; de Led Zepellin a Def Leppard; de Mecano a Botellita de Jerez; de Bob Dylan a Jaime López. De lo que escuchaban en Rock101 como los Talking Heads, a-ha y rolas de otras bandas.

—Se ven bien fresas, chavos. Neta, ¿son roqueros?

Simón —exclamaron los muchachos.

Pus echémonos un palomazo rupestre y mentémosle la madre a De la Madrid, por hojaldra y puñal.

Y allí, en la calle de José María Pino Suárez, frente a las rejas de la catedral, coreado por los desempleados y desesperados, cantaron, entre risas y desafinos, “Este es un asalto chido / saquen las carteras ya / bájense los pantalones / que los vamos a basculear.

“Presten medallas y aretes / anillos y pulseras también / somos vagos gandalletes / y nadie nos va a detener…”.

Rieron a carcajadas. Rockdrigo los invitó a quedarse a ver cómo grababa el video. Allí está El Umbral, en medio de la gente que ve cantar al Profeta del Nopal la crisis económica que agobiaba a México.

—Recuerden —les dijo— que los rupestres no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio.

Esa noche se corrieron con Rockdrigo una parranda fenomenal. Los llevó del Zócalo a un hoyo funky colindante con el metro Balderas, donde escucharon a los Dugs Dugs, a Javier Bátiz y a Cecilia Toussaint.

Bailaron, bebieron cerveza, gritaron y se pusieron como locos con el sudor, el patchuli, el chemo y la mota que flotaba en el ambiente encerrado de ese galerón que ni ventanas tenía; aunque sí se cortaron de meterse algo más fuerte, disparado por Rockdrigo.

Por eso ahora, abandonado, Rodrigo suspiraba por el que hubiera sido su primer concierto y que El Umbral no daría. Con todo el daño al DF, los prepos decidieron hacer una tocada para recaudar dinero para el albergue que el CUM mantenía. Para él y su banda era el gran homenaje a Rockdrigo, quien les enseñó que el rock no es música sino una actitud ante la vida.

— ¿Qué tan bien sabes tocar la guitarra? —le había preguntado Rockdrigo esa noche— ¿Eres un clásico como Chuck Berry, un diletante como Jimmy Page o juegas con las cuerdas como Eddy van Halen?

— Sólo me sé el círculo de sol —contestó apenado.

— ¡Excelente! Para tocar rock hay que alocarse aunque los recursos sean pocos. Hay que ser rupestre. La estética viene después. Primero, la pasión, la locura, las letras desgarradas. Todo debe nacer del ritmo; después, los arpegios y los rifs.

El Umbral se había citado temprano en el CUM para ver el escenario armado. Pero nadie llegó. “Mi mamá no me dejó ir —fue el pretexto que dio uno, al cabo de los días— pues va a haber muchos mariguanos locos”. “Me dijeron que si no me cambio de ropa ya no puedo ir a tocar pues tengo un mes con el mismo pantalón”, argumentó el otro. “Yo me quedé dormido”, fue la excusa del tercero.

—¿Por qué quieren ser roqueros? —preguntó Rockdrigo envuelto en una nube de la verde.

Esa vez no hubo respuesta de nadie. Todos se miraron a los ojos. Solo se juntaban para tocar covers de Lennon y de los Rolling. Rodrigo llevaba, a veces, sus letras y medio las armaban.

—El rock debe devolverles la fe perdida y saber quiénes son cada uno de ustedes. Pero cuidado, chavitos, porque el rock puede traerles eso tras lo que están, como chicas atractivas. Deben ser siempre unos chicos ordinarios que solo incendian su casa.

En ese momento no le entendieron. Sentado en el escenario vacío, frente a un montón de sillas vacían, Rodrigo tarareaba “Burning down the house” de Talking Head y captaba el testamento que Rockdrigo le había heredado esa noche, entre vasos de cerveza y rechidas.

Cambió de rola y se cantó la entrada de “Psycho Killer”: “Can’t seem to face up to the facts / I’m tense and nervous and I / Can’t relax / I can’t sleep ‘cause my bed’s on fire / Don’t touch me I’m a real live wire”. Sabía perfectamente qué debía hacer.

Se levantó. Se posicionó en el escenario vacío. Tomó su guitarra y ante el micrófono aún apagado, dijo al aire:

—Ahora que ya nos conocemos, sé que yo soy yo. Somos los chavos floreros viajando en trineo como hombres de las nieves: en verano sobre el pasto, en otoño sobre un arcoíris, en invierno sobre una flor especial. Sé que yo soy yo. Me gusta llegar arriba de cualquier montaña pero lo que más me gusta, lo que más me gusta, y no me asusta es la velocidad ¡Simón!

Rodrigo cantó esa tarde sus mejores canciones. Rasgueó la guitarra como un poseso. Gritó. Alucinó. Nadie lo escuchaba. Tocaba para su alma y para que el Profeta del Nopal lo escuchara.

Fue su primer y único concierto.

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Cuento – Dataniel Merrick

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Por: Édgar Omar Avilés

I

El gato Zak ha escapado de los brazos del niño Dataniel Merrick, que lo persigue hasta al desván por cuyo ventanal gótico entra un murmullo de Luna.

Libros con tratados de alquimia, muebles cuajados de polillas mimetizadas, óleos con sonrisas muertas; todo lo que en algún momento dejó de servir. Entre las sombras, Dataniel voltea a todas partes, sorprendido con las cosas que por generaciones los Merrick han ido olvidando.

Un maullido descubre a Zak: está en una esquina arañando el cristal de un polvoso espejo con marco de latón. Dataniel va por el gato y, mientras lo agarra, se asoma al reflejo: los mismos muebles, los óleos, los relojes de péndulo… Pero todo burdamente confeccionado con retazos de tela zurcidos con puntadas desiguales, como si un Dios pordiosero intentara hacer pasar aquello por un reflejo. También hay un Dataniel, aunque es un tosco muñeco con pelo de estambre y dos cruces de hilo por ojos. Zak es un guiñapo al que le sale borra por entre las costuras.

Dataniel observa muy extrañado al muñeco de trapo, y éste lo mira muy fijamente también. Están consternados por el encuentro. Cada uno empieza a caminar hacia atrás, lento, cuidando de no dar la espalda, abrazando muy fuertemente a su gato.

 

II

Los párpados del niño Dataniel Merrick se abren prestos, como el telón de un espectáculo de monstruos de feria. La puerta de su cuarto cruje, sierva del viento que se cuela por los ventanales rotos del caserón, cerrando y abriendo el intersticio por donde el niño ve el cuarto de baño, muy al fondo del pasillo: necesita orinar, pero sabe que el monstruo que habita bajo la cama lo agarrará de un pie tan pronto toque suelo. Temeroso, Dataniel se aplica con la cobija un torniquete al cuerpo, lo que bloquea los flujos de lágrimas y orina. Al final se cubre el rostro, orejas y hasta el último pelo, sabedor que ningún monstruo puede dañar a quien se guarece por completo con una cobija.

Las ganas de orinar crecen con cada tic tac del reloj cucú que anida sobre la cabecera. Las lágrimas bajan por sus mejillas rojas de miedo, y mejor que sea llanto lo que escurre, porque lo que papá y mamá le digan, si descubren que mojó la cama, será peor que aquel monstruo que lo tomará de un pie, arrastrándolo a su guarida donde le sorberá las venas como espaguetti. Resignado, Dataniel saca su cuerpecillo enfundado en camisón blanco y calcetines rojos. Hay un ulular de lechuzas, un frío que se filtra hasta el esqueleto y Zak, su gato, maúlla nervioso en el tejado.

Mientras su pie, esclavo de los riñones, baja tembloroso, sus ojos, a través del ventanal, miran la espesa madrugada donde flota la Luna. Entonces ve que una enorme pierna de trapo, enfundada en calcetín rojo, baja temblorosa del tejado: algo siente el niño Dataniel en las entrañas y de un manotazo abre el ventanal y rabioso la atrapa del tobillo; a la par la Luna, con antifaz de nubes negras, parece sonreír mientras bajo la cama surgen unas manos de trapo que rabiosas apresan a Dataniel del tobillo.

 

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Narrativa

Cuento – Lupe, stripper y Laura

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Por: José Martín García Campos

Los autos son escasos en la colonia, los últimos vestigios de vida vespertina se terminan al caer la noche, y en la esquina, en la casa pintada de marrón, empieza a tejerse el engaño.

Pinche Roberto, si ya lo sabía, cabrón, mi mamá me lo advirtió desde que te conoció: “ese hombre es de los que engaña”. Ay mami, ojalá no te hubieras muerto para que te contara lo que estoy a punto de hacer.

Conque “nos vemos a las ocho, Lupe” y a mí me dices que tienes una reunión importante con un socio, mis nalgas qué, si bien que te la has de estar pasado con Lupita… pinche Roberto.

Pero te la voy a armar buena, no sabes con quién te metiste, “tu tesoro”, sí cómo no… ay, me acordé de la primera vez que me dijiste así, en la playa, acostados en la arena, viéndome a los ojos, con esa hermosa mirada tuya… ay si no fueras tan cabrón, te juro que te lo hacía como esa vez.

¿Bueno?

—Laura, soy yo, ¿estás segura de esto?

—Ya te dije que sí, vi el mensaje en la mañana.

—Pero…

—Pero nada, Mari, ese cabrón me las va a pagar, ya sospechaba de todos modos. ¿No te acuerdas lo que te conté de la ofrecida del otro día? Estoy segura que ya se acostó con esa también.

—Lau, era su prima…

—Ay tú crees que voy a tragarme eso, ¿me vas a ayudar o no?

—Yo le marco, espero no te arrepientas.

—Nunca, Mari. Gracias. Que esté bueno, eh.

La que se te va a armar, Robertito, ya hasta me imaginé tu cara cuando me encuentres bien acá con… cómo se llame, da igual. ¿Qué irás a decir? ¿Serás tan sin vergüenza como para reclamarme?

—¿Bueno?

—Llega en media hora a tu casa, se llama Miguel.

—¿Está bueno? ¿Guapo?

—Sí, lo he visto bailar y la verdad es que tiene unas nalgas que…

—¿Y de frente?

—Pues nunca se lo he visto sin el calzón, pero se ve bien lleno el paquete.

—Gracias otra vez, Mari, eres la mejor amiga que pude pedir.

—Ay, Lau, ojalá no te arrepientas.

Las ocho y media, en lo que llega dan las nueve, a qué hora me dijiste que llegarías… a las diez, creo, lo suficiente como para divertirme un rato con Miguel.

Pinche Mari, si de persignada nada más tiene la cara, quién iba a decir que te vas al tugurio a ver pe…ndeja que soy, cómo pude permitir que pasara esto. ¿Cuándo dejaste de amarme, Roberto? ¿Cuándo? ¿Por qué? Si he sido una esposa ejemplar, tú mismo me lo has dicho, no es justo que me trates de esta manera, yo tanto que te amo y aprecio.

Me va a abandonar, cuando me encuentre me va a gritar, igual y hasta mata a Miguel. No, no, él no es así, es un ángel, un hombre muy diferente a todos, por eso me enamoré, porque es único. Pero sí me va a dejar, jamás me perdonaría, y con justa razón, porque soy una estúpida por hacerle esto. Dios, cómo pude siquiera pensarlo.

—¿Bueno?

—Mi amor, ¿cómo estás?

—Eh, bien… ¿Y tú? ¿Cómo va la junta?

—Para eso te llamo, no ha llegado mi socio, yo creo que voy a llegar más tarde.

—No te preocupes, aquí te espero.

—Gracias.

Hijo de la chingada, ¿más tarde?, cabrón, no te bastan dos horas para cogértela, no, tú me pides más, y encima tienes el cinismo de llamarme. Eres un cabrón, Roberto, no me cabe la menor duda y te mereces lo que te voy a hacer; ah cómo quiero que ya llegues, me veas bien entrada, loca, hasta voy a gemir más para que te ardan los oídos.

¿Qué me pondré? Si vas a llegar tarde igual primero le pido a Miguel que me baile, hasta nos tomamos un café, deja ver si hay.

Apenas alcanza, lo que ya me acabé fueron mis chocolates, debería llamarle a Roberto y pedirle que me los traiga, ¿si verdad? Imagínate: abre la puerta del cuarto, me encuentra con otro y el pendejo con los chocolates en la mano. Sí, bien merecido se lo tiene.

—Tesoro, ¿todo bien?

—Sí, no te preocupes, te quería pedir un favor, ¿me puedes traer chocolates cuando regreses?

—Sí, igual y ya voy de regreso, este cabrón de Lupe no vino, pinche informal… ¿Tesoro? ¿Estás ahí?

Ay no, ay no, soy una estúpida, me va a odiar, jamás me va a perdonar. Soy una puta, la peor. Cómo me pudo pasar por la cabeza que me estaba engañando, si es tan bueno conmigo, siempre hace lo que le pido, me hace reír cuando estoy enojada, me cumple mis caprichos, es el mejor cuando lo hacemos. Me voy a quedar sin nada, sin su amor, su cariño, sus palabras, me voy a morir. Tal vez aún pueda impedir que Miguel llegue aquí.

—¿Hola?

—Mari, Mari, dile a Miguel que ya no venga, por favor.

—¿Cómo crees? No, no puedo, Lau.

—Cómo chingados no vas a poder, solamente llámalo y ya.

—No es que… es que no tengo su número.

—¿Qué? Tengo cara de pendeja, ¿o qué?

—No, Lau, es que yo le llamé al dueño del Esteroides y él me dijo que Miguel estaba disponible, es como… pues, el representante de todos.

Pinche mundo, pinches feministas, no se conformaron con igualar el número de diputadas con diputados, sino que también tenían que convertir a las putas en hombres con representante y todo.

Qué voy a hacer, ¿qué hora es? Ocho cincuenta, ay no mames, ¿cuánto va a tardar Roberto en llegar? ¿Qué hago? Deja voy al baño que me estoy haciendo.

No manches, parezco un pinche fantasma, estoy más pálida que nada, Roberto va a dudar, qué dudar, si va a ver otro hombre aquí, ¿qué le voy a inventar? ¿Qué es esto? “Pastillas para dormir” ¿Y si me encuentra dormida? Que llegue Miguel y no le abro, cuando llegue Roberto igual y ya no está,  y si lo ve, ¿qué le va a decir? Ya deja me tomo una mejor. Pues lo que sea, ¿no? Al cabo le digo que no sé de qué me habla y ya. Esto no hace efecto, otra, ni que me fuera hacer daño. Perdóname, mi Roberto, jamás debí dudar de ti, pero es que debes de entenderme, ¿Lupe? Pinches hombres, se les acabaron los nombres, ¿o qué? Ya, hagan efecto chingaderas, otra, ya es la última. Eres un cabrón de cualquier modo, no porque esta vez me haya equivocado significa que con las otras no te hayas acostado, aunque no, yo sé que no, tú jamás me harías eso. Ni modo que con otras dos no me quede bien dormida. Ay mi cabeza, esto está fuerte. El timbre, es Miguel, sí, le voy a decir que…que…se vaya…y…no…di…ga…

Un hombre de mirada curiosa observa el acabado marrón de la casa mientras espera que le abran la puerta, sonríe. Un auto ocupa el cajón del estacionamiento, de él se baja un tipo de tez morena, vestido de traje, adopta un semblante recio, ¿quién es ese güey? Adentro, en la casa, la mujer que ambos esperaban ver está entrando en estado de coma.

 

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Narrativa

Cuento – Señorito Milo

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Fotografía vía: Expedia

Por: Mario Emilio Andrade Álvarez

 

FIN DE SEMANA I

Estoy en espera de que sean las tres para dejar la oficina; pero llaman por teléfono. Contesto:

—Juzgado Tercero Civil.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—Señorita, ¿se encontrará Juan López?

—No, se acaba de ir.

—Bueno, gracias, le marcaré a su cel, y oiga, perdóneme, ¿usted es hombre, verdad?, es que tiene una voz exquisita, hermosa, pero bueno, gracias, adiós.

Sonrío brevemente y con un tono varonil, digo: ¡Soy hombre, sí señor! En eso dan las tres y me voy a Las Rosas. Escuché a Vivaldi, leí un buen libro y degusté de mi brandy. Qué buen fin de semana tuve.

 

FIN DE SEMANA II

Nuevamente es viernes, pero por el trabajo son las tres y media, todavía sigo aquí; ni modo, ya casi termino. Escucho que suena el teléfono, levanto el auricular y digo:

—Juzgado Tercero Civil.

—Hola señorita, ¿me puede comunicar con Sofía?

—Ah, sí, permítame.

¿Otra vez señorita? recuerdo el comentario de la vez pasada; voz exquisita, o sea femenina… ¿será? mientras sólo sea eso no habrá problema, aunque… ¡aquella tarde!… con… No, no, ya llama a Sofía y regresa a tu escritorio a terminar lo que te falta. Acabé, vámonos a Las Rosas.

Llegué, menos mal que no está ocupada mi mesa porque, cuando oscurece, me gusta mirar como la luz baña la cantera de la Nueva Valladolid; bueno, ve a tu lugar, no te lo vayan a ganar esos “güeyitos y güeyitas” amantes de Justin Bieber y vampiros fresas de Meyer; pero antes saluda a toda una eminencia de la república de las letras.

—Hola, Sir Cervantes, me quito la boina ante usted, toda una deidad, que sí existe. Ahora bien, sé que no soy digno de dirigirle la palabra pero como un humilde lector, ferviente seguidor de sus líneas buscando ser un gran escritor como usted, oso preguntarle:

 

¿Verdad que soy hombre? o ¿me veo afeminado y con voz… exquisita?

 

No contesta y le agradezco porque, si se levantará de su silla y no me desmayara en el acto, aguardaría que me recriminara por no comprender del todo su magna obra, aunque pensándolo bien yo lo intento, otros no y deberían temer su ira; hay habitantes de la Nueva España que osan desconocerle, si no fuera por esa placa que señala su identidad, claro, si es que no se la roban de nuevo. Bueno, ya hablé demasiado, me retiro. No irrumpo más la plática que pueda tener con su compañero sacerdote que está sentado en la silla de enfrente; permiso.

Ya en mi lugar, pido mi brandy pero sigo intrigado por lo de señorita. En fin, la tarde es joven. A volar por el mundo de la literatura.

Ya ha pasado tiempo y luego de varios capítulos y brandys sin coca ni nada, mi mente no deja de cavilar sobre esas llamadas; ve al baño y revísate. Ves, abajo, mi gran amigo fuerte y vigoroso acompañado con sus escuderos de épicas batallas, en esos lugares a orillas de la ciudad entre Macondo y la Mancha. Bueno, ya viste que tienes dos bolas y un palo como todo macho; falta revisar lo de arriba; todo en orden, dos pezones masculinos normales no están hinchados; regresa a tu mesa.

Chin, ya van como 20 minutos desde que me revisé y sigo dudando de mi hombría, ha de ser por tanto brandy; por eso le doy demasiada importancia a lo que dijeron esas… déjeme le digo que tiene una voz exquisita, esas…esas… sí ¡Pendejas viejas que no saben distinguir! Cuya mayor tragedia ha de ser salir a la calle sin maquillarse; su padre nuestro ha de ser: Sombra, aquí, y sombra allá, maquíllate, maquíllate, un espejo de cristal y mírate y mírate.

Por eso no ponen atención a mi voz, por estarse arreglando el pelo y pintarse los labios mientras atienden el teléfono; son devotas de Sandro de América y si sus labios no son de “rubí de rojo carmesí”, no tendrán un príncipe azul que les diga: “Rosa, Rosa, dame de tu boca, esa furia loca, que mi amor provoca, que me causa llanto, por quererte tanto solo a… ti”. ¡Ay, qué romántico era Sandro! Y guapo… pero ¿qué estoy diciendo? calla… deja… de… mejor ¡ponte a leer!, ¡cabrón éste!

Interesante, la República de Platón, Sócrates refiere la premisa de la gimnasia y la música, como dos circunstancias que debe desarrollar en equilibrio todo hombre, de no ser así, es malo, no es lo justo en la naturaleza masculina, por ende un hombre que se esmere por la música y descuide la gimnasia, terminará siendo muy espiritual, femenino, marica en estos tiempos; por eso será qué…

 

¿Pudiera llegar a ser yo un marica de voz exquisita?

 

En mi tiempo libre interpreto el Ave María de Schuberth, en karaokes. Por otro lado, sueño bailar el cascanueces de Tchaikovsky y me gusta escuchar más a Vivaldi, ¿será entonces bueno dejar de escucharlo? ¿Estaré amariconándome por eso? ¿Qué hago?

No renunciaré a él, concluyo, porque si por el presto roso dejo de ser macho, Vivaldi es Vivaldi; perdóname cura rojo por pensamientos herejes, pediré otra copa a tu salud, pero acompañada de coca y agua mineral.

¡Maldita sea! Este divagar de mi mente no me deja en paz, deja leer y mira a los hombres que estén cerca de tu mesa; sí, son guapos, unos con apariencia de escritores, barbas, bigotes, anteojos, gorros fuera de época, tomando café, leyendo un libro, igual hay músicos con tatuajes artísticos, rastras y playeras de Metallica; no me atraen. ¡Ah! Respiro aliviado.

Ya mejor enfócate en la mujer que está pasando, ¡uy, viene un remolino! Su falda se ha levantado, ¿pero por qué lo mío no? Está bien dormido el canijo, en fin, ya deja de ser sádico contigo mismo, esa vista femenina fue muy placentera. Te calentaste al ver ese culito, cabrón; ¡eres hombre, macho! No dudes más y pide un café para que se te baje el brandy, ¡cabrón este! Y ponte a leer.

Interesante, Dickens refiere que todo joven y soltero es señorito, por lo tanto, cuando llamen al trabajo y piensen que soy mujer les diré, no soy señorita, más sí señorito, pero no homosexual, ideas machistas erradas, y si alguien piensa que por escuchar música clásica, leer Romeo y Julieta de Shakespeare, me dicen marica, están equivocados, pero en eso Miguel viene a mi mesa y le guiño un ojo.

 

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Narrativa

Cuento – Fábrica de colchones

colchon

Por: Alfredo Carrera

El cuarto está a oscuras. Me quité los zapatos y los aventé sin pensar en dónde caían. Cerré las cortinas y puse el cerrojo. Desde que me descalcé sólo he pensado en matarme. La cama es suave. Me gusta pensar cómo es que hacen las cosas que veo todos los días. Me imaginó cómo fue que hicieron este colchón. No era un lugar limpio de dónde salió. Cierro los ojos y veo una inmensa nave industrial, yo estoy en ella. Tengo un uniforme que es una pieza café que me cubre toda, como el de los presos, pero soy una obrera, me pagan por hacer colchones. Cargo en un montacargas un rollo de tela y lo acerco a la máquina dónde dos hombres lo colocarán en su sitio. Cuando se acabe el rollo que ahora está puesto ya estará el otro a espera de ser colocado y yo llevaré para entonces otro más. La fábrica es enorme, los colchones que salen de aquí se les llaman hoteleros. La gente espera que duren más.

Abro los ojos. Me doy cuenta que no sé cómo se hacen los colchones, ni siquiera sé si adentro de ellos todavía hay resortes y vuelvo a la habitación. En la mochila traigo comida, nada para suicidarse. Vuelvo a cerrar los ojos y estoy otra vez en la fábrica. Decido cambiar de puesto, soy supervisora de calidad. Me doy cuenta qué elegí y me río y abro los ojos. Hace mucho que no me reía. Hace mucho que no me sentía tranquila. Hace mucho tiempo, y por eso estoy aquí, no quería matar a Esmeralda. Apenas cerré la puerta del cuarto y me olvidé que en el camión cerraba los ojos a momentos; que a ella la empujaba al suelo para que suplicara que la dejara en paz, para que la dejara de golpear. Nos rodearon otras mujeres, pero ni una sola dijo algo para detenerme. Las que observaban sabían que yo traía una navaja y había amenazado a varias sobre meterse en mi pleito. Al girar la llave, al abrir el cuarto, todavía me dolían los nudillos. Siguen rojos ahora, no importa.

La aventé contra un poste. Se puso a llorar. Estaba enamorada de mí, tal vez estaría feliz aquí conmigo. Me acerqué para comprobar que lloraba y le di una patada en la entrepierna. Si fuéramos obreras la pelea hubiera sido afuera de la fábrica; las dos estaríamos enamoradas del capataz, a lo mejor tendríamos sexo con él en los descansos. Pero no, el timbre de salida era el de la preparatoria. No se defendió. Cuando era chica me imaginaba que cada poste de luz era un árbol que habían cortado. Si después de haber chocado Esmeralda hubiera corrido no hubiera tenido que golpearla. Me levanto un poco, alzo la cadera y las piernas en el colchón para quitarme la ropa. Primero me quito la falda. La aviento sin cuidar dónde caiga. Sé que la encontraré antes de irme. Después la blusa. El sostén. El calzón. Me duelen los brazos. Veo los zapatos acostado en el rincón a lado de la puerta.

Antes quería a Esmeralda, cuando era más lista. O yo más tonta. No nos separábamos, las personas pensaban que éramos hermanas o novias. No le dije nunca que la quería cerca porque olía bonito, lo dicen en tantas películas que me sentía estúpida. La razón para tenerla a mi lado siempre era esa. Yo no sé porqué estaba conmigo. Nos abrazábamos, pero yo abrazo a todas. También a todas las que me han insultado las he pateado. Ojalá hubiera sido como lo soñé. Después de golpearla en la entrepierna se quedó en posición fetal y no pensé. La pateé cuanto pude. Ojalá se hubiera puesto a suplicarme y nos hubieran rodeado tantas que no me hubiera atrevido a clavarle la navaja, a dejarla ahí sangrando como no quería.

En la fábrica ni se hubieran inmutado, el capataz se hubiera conseguido a otra para cogérsela también, como sucede en la vida. Esmeralda se equivocó. Las mejores amigas no deben acostarse con el hombre de la otra. Sólo que fuera con permiso o por petición, o en un trío. Siempre encima de un colchón. Nada de ir a coger al baño como si fuéramos putas. De tener que trabajar ahora no podría apretar las palancas, ni dar vuelta al volante. Ni podría irme con Juan, el capataz, a coger en el descanso.

Siento en mis pies mi pulso. Toco las rodillas y están hirviendo. Sigo desnuda y quisiera tener al que era mi hombre encima, antes de que lo encontrara con Esmeralda en el baño de mujeres. Aunque no cogiéramos me estaría acariciando el pubis. Yo escurriendo. Él chupándose los dedos. Yo acariciándome los pezones. Le pediría que me dejara acariciarlo. Nada. El jefe de la fábrica me llamaría a su oficina para mostrarme videos. En los videos se me verían nada más las nalgas moviéndose. Él diría algo muy sexual, después se reiría. Yo me vería saliendo de la fábrica, sin empleo y sin hombre y sin amiga. Voltearía a ver su entrepierna, en la que su pantalón de vestir se humedecería. Tendría mi problema resuelto, pero él no es mi hombre. Saldría del lugar. Me amenazaría el jefe con mostrar los videos en cualquier lado. “Sólo se ven las nalgas, pendejo”.

Aprieto más los ojos y siento las manos sucias, llenas de sangre: Esmeralda. Me faltó matarlo a él también. A mi hombre y a Juan y al jefe. Practicar con un colchón y clavar y desclavar la navaja. Meter mis dedos en los hoyos. Conocerlos y descubrir cómo se sienten, como si fueran vaginas que van naciendo. Imaginar que una de ellas es la de Esmeralda llena del semen de Juan. La navaja entrando y saliendo. Siento que me humedezco más. Chupo mis dedos índice y medio, los introduzco imaginando que quién lo hace es Esmeralda. Levanto la cara. En el baño hay un espejo enorme. Me levanto para verme y me es difícil reconocerme. Imagino que la policía está en mi casa unos días después del incidente en la fábrica y también puedo ver una patrulla que va a alta velocidad en dirección al hotel. Puedo ver a la mujer de la recepción espantada al descubrir la sangre en mis manos y más espantada al decirle que cuando me masturbaba me vino la regla. Al entrar al elevador la vi tomar el teléfono.

Desnudo el colchón y lo acaricio. Me gustaría ser parte de él, me sostiene y toca, pero no siente, no importa que le pase. Escucho los golpes en la puerta, a la recepcionista diciendo mi nombre y asegurando que estoy sola. Intento llegar a los interiores del colchón. Clavo mis uñas sin lograr hacerle daño. Saco el encendedor de mi mochila. Afuera siguen los gritos. Quieren entrar a la habitación como hubieran entrado a mi casa buscando a la mujer de las nalgas en los videos, a la que desapareció a su compañera de trabajo, a la que se acostaba con Juan y está embaraza. Le prendo fuego a la etiqueta del colchón, no pasa nada. Escuchó a los policías diciendo mi nombre y el de Esmeralda. Me acuesto. Me pongo las sábanas encima y se llena de humo el cuarto. No hay alarmas contra fuego.

 

 

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Narrativa

Cuento – Depredador

fisher

Por: Selene Maldonado López

De nuevo se sentía observado por esos ojos de felino acuático. Recordó la primera vez que los sintió sobre su espalda y que luego buscó mientras avanzaba en su barca rompiendo la tensión del agua. Esculcó con los ojos hasta donde la neblina lo dejó ver, y los encontró justo donde el agua se fundía con la niebla en un mismo horizonte, en una sola cosa, como el bien y el mal, pensaba.

Él sólo era un pescador en un pueblo donde era el principal oficio. Donde abundaban leyendas de los seres del mar, historias sobre los caprichos del agua, de su furia. Pero lo que él veía era real. Era real que había entrado a su cuerpo como una enfermedad, una infección del alma, se le había metido a cada célula, lo reconocía dentro de él.

La vida se le fue yendo, primero fue su tacto. Cada día se le confundían más las sensaciones del cuerpo, hasta que casi desaparecieron. Dejó de sentir hambre, sed. Ya no necesitaba cercanía humana, no se reconocía como parte de ellos. Los ojos se le convirtieron en cielo. Caminaba dando pasos como sin orientación. Tropezaba con los muebles de su casa como si no la reconociera. Parecía ya no conocer las dimensiones de los objetos de este mundo. Sus palabras se redujeron a monosílabos y después simplemente dejó de hablar.

Sus cuatro hijos y su esposa decían que le había caído una maldición. Que en la noche mientras dormía, su cuerpo se transformaba en lagarto, luego cambiaba a una enorme rana humanoide, después a un perro, a un pez. Toda la noche parecía sufrir una metamorfosis que no tenía fin, hasta que despertaba.

El último día que entró al agua no dijo nada antes de irse, simplemente se despertó en la madrugada como cualquier pescador del pueblo, se dirigió al muelle y subió todo lo necesario en Mariana, su lancha que había bautizado con el nombre de su primera hija.

Entonces se hizo leyenda el pescador que se convirtió en quimera por capricho del mar y luego se lo tragó. La pesca fue abundante por un buen tiempo. El mar sería generoso con el pueblo, el agua estaría furiosa sólo por las noches, para recibir a los pescadores de madrugada ya serena. Hasta que otro pescador del pueblo entre al mar y sienta sobre su espalda el peso de esos ojos de felino acuático, y al voltear los encuentre justo donde parece fundirse el cielo con el mar.

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Narrativa

Relato – Los Hombres

hombres

Por: Moisés García Hernández

En el fatal impacto de su coche, un hombre pierde a su amada esposa y a sus amados tres hijos. En el velorio masivo, mientras sus parientes naufragan en el llanto, él permanece con un rostro de hierro, imperturbable. Este hombre ha sido siempre templado, lo menos ofensivo que su naturaleza mansa le ha permitido ser, siempre al tanto de sus actos y sus gestos mínimos para con los demás.

De repente, entre el barullo del velorio, otro hombre se acerca a él, un hombre al que nuestro hombre jamás había visto hasta ahora. Aquel hombre, el recién llegado, coloca una mano en su hombro y lo mira a los ojos, simplemente lo mira a los ojos, pero en su mirada hay un brillo, demasiado sutil, casi imperceptible, en el que refulge un lacerante destello de burla. Nuestro hombre, con el rostro impasible, está mirando a aquel hombre a su vez, mirándolo sosegadamente, tranquilo, inalterable, urdiendo en su corazón la manera de asesinarlo.

 

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