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Poesía

Poesía

Recuerdos blancos

recuerdos blancos

Por: Mario Emilio Andrade

El cadáver de un beso luna sobre mi noche

al caminar sobre la colonia rumbo a casa

y gravitar mi cráter recuerdos blancos

 

Más duermo mis lágrimas por un rato

hasta que el silencio barre mis escaleras

y trapeo ideas de darme anillo

 

Es paño amar sabiendo que fui ventana

airé su balcón y al declararle mis cortinas

secó sus besos y abrazos

 

Sin embargo fue bueno sentirme parisina

recordando sus telares tarro a tarro

con la letra “no hay otro camino que adorarlas”

y gravitar mi cráter recuerdos blancos.

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Poesía

Caótico Cerbero

freny herrera garcia

Por: Frenily Herrera García

 

Posible es verte

arrastrar tus cuatro patas

y el ondular de tu serpiente

mirada oscura

de tres pares de ojos fuego

que deja sin aliento

a este espectador.

Levantando tus cabezas

una, dos, tres

precavido y certero

de que ningún muerto

se escabulla por la puerta de Hades

Y que ningún vivo valiente

atraviese  tu reino.

 

Gran Cerbero

cuidador de la entrada de los infiernos

pintado en acuarela

por William Blake.

 

Posible es escucharte

distinguir tu gruñido rabioso

de entre las llamas abrazadoras

quemando pecadores

de entre los gritos de los que ya

han muerto

tus dientes castañean ansiosos

por los huesos de los maliciosos.

 

Posible es olfatear tu rastro

con aroma del azufre y del carbón crocante

que ha quedado de los exóticos esqueletos

tu rastro se distingue del olor a podredumbre

humana.

 

 

Y por mil años más

seguirás posado a los pies del Dios Hades

que éste no deje de acariciar tu fiel pelaje

que aguardes pasivamente

a recibir millares

de próximos transeúntes

a tu glorioso reino.

 

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Poesía

Cofre de pájaro muerto

pajaro

 

Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida, UNAM, 2014;

Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza para obra publicada 2015),

los cuales fueron traducidos al inglés por Stephanie Crayne.

 

Por: Armando Salgado

 

LIMONERO CON PENTAGRAMA ENTERRADO

 Llevo cinco perros en los ojos

sepultados bajo la sombra del árbol

a quince milímetros del pecho.

También una casa de adobe

y una estampa del río Cupatitzio.

Así de fácil regresar.

Como sintonizar en las venas: Infinity de Guru Josh

y el Remember na na na hey en los ojos de Elva.

Así de sencillo, así la rueca

y el cruce de caminos en la mano.

Ahora, antes de fundar

relámpagos en sangre

levanto el rostro y miro el polvo en las huellas.

Mis ojos saben

que ante el respiro y la distancia

los hombres somos los mismos.    

 

RED LABEL

Mi gusto por el whisky es el mismo por los perros.

Los veo por la sala a través del vaso

y al hurgar su rastro recuerdo dónde están.

Afuera el árbol cruje y la ceniza

desentume el patio.

Yacen un metro bajo tierra.

Son gerberas que la abuela cosecha.

Durante las tormentas

sueñan morder la parte inferior de los relámpagos.

Para soñarlos duermo sin camisa sobre el piso.

Mi hijo los dibuja aunque no los conoció.

El recuerdo los arde y con sus restos

escribo mis párpados.

 

AUTORRETRATO CON TRES PUNTADAS

Tenía un año cuando quise recoger el silencio de un perro.

Debajo del ojo izquierdo

una cicatriz me crece como olvido.

Moriré de una pulmonía o de un paro cardiaco.

Mi madre cree en mí y bebe el río

que sembró bajo mi frente.

Mi padre es hierba que creció sin nombre.

En tiempos de melancolía mi sollozo

recuerda la obra de Wolf Erlbruch.

Aprendí a robarle respiros al asma

y tuve que dejar mis manos

en el neumático la primera vez que me ahogué.

Encontré en Baja California

la forma de atrapar el sol en un vaso de vino.

Nunca arrinconaré el nombre de mis difuntos

ni el aroma de un cempasúchil.

Escucho Wizard motor y me dan ganas de llorar.

Mi cabeza no tiene bastilla

y por eso el mar se derrama a veces.

No tendría gatos aunque devoren mis pesadillas.

La sangre me desmaya.

No sé leer las manos de Gorety

pero adivino su tacto aún sin mi aliento.

Mi paz pende de un hilo

y la angustia

y la ansiedad duermen bajo mi almohada.

Aprendo del desencanto

y reconstruyo el muro de mis creencias.

Un día, no muy lejano

mi padre me abrazará fuerte y podrá sonreír.

Creo en el sonido de la locomotora.

Sé que al cerrar los ojos

no evitaré el arrullo de los rieles.

La poesía me despierta y veo el borde del precipicio.

Mi prioridad, no dejar de creer.

 

LEO EL PATO Y LA MUERTE

 Los libros de Barbara Fiore me gustan.

En voz alta los leo y los regreso al viento

para que mis hijos puedan escucharlos al nacer.

Uno en especial truena focos y lágrimas.

Tiene la textura de un zorro rondando como frío

y la ternura de un libro recién hallado.

Desde entonces los patos son diferentes.

Pienso en la cuerda delgada que nos separa del precipicio

y en el agua debajo de los pies:

por eso las huellas humedecen el corazón

por ello el surco debajo del llanto.

Porque la tierra donde yacen nuestros perros

absorbe toda la melancolía.

A lo lejos, la muerte lo lleva entre sus brazos.

Lo recuesta en el gran río.

Incluso ella sintió tristeza al ver cómo se perdió a lo lejos.

Así la vida, así los cuentos que quiebran.

 

 80`S

Algunos describen esta generación

y no hacen otra cosa que vernos como perros ciegos.

No conozco los límites del olfato

pero intuyo que lejos de la calle

la mierda de los otros canes sigue oliendo

igual que nuestro excremento.

Lo importante de escribir no es el color de los desechos

ni la forma ni la corriente estética.

Lo mejor de este camino

es tener la certeza de asir guadaña y corazón.

Cortar latidos de la mala hierba.

Latir como locomotora ante la vida.

Al final hojearemos nuestros libros

y quizá podremos sonreír.

 

EL MAR

¿Tendrá el mar

un cementerio de perros ahogados?

¿No llegarán de la alcantarilla ni los arrastrará el río?

Son barcos de hueso en depresión:

creencias hundidas.

*

Teo López es amigo de Kelly Slater. Surfean. La espuma de las olas es flor de nube, desbaratándose, disgregada por la orilla de la playa. Teo vive en el Sauzal de Rodríguez en Ensenada, Baja California. Por la boca del mar cruzan el cilindro de la vida. La segunda ola más grande del mundo está en San Juanico, Comondú, en la Bahía Escorpión. En este lugar la melancolía y las ballenas cruzan por el ojo de la aguja. El color turquesa en la arena es huella del mar que anda descalzo todos los días.

 

¿El miedo crece en las entrañas del mar?

¿Es un tiburón blanco

leñando la sombra de los peces?

¿Tendrá cobalto esparcido en su coraza?

No es miedo, es la mordida de un perro.

*

La ola más grande del mundo está en DungeonsSudáfrica.

Los tiburones son pesadillas que llegan muertas a la costa de Ciudad del Cabo. Mastico una crásula y siento cómo el otoño se enrosca en mi lengua para florecer, entonces, mis dientes caen uno tras otro como tiburones desprendidos de un árbol de jade. Los cuento. Son los mismos surfistas que está mañana encontraron sin vida en la costa. Sus cuerpos incompletos tenían el cielo gris y la mordida de una blanca tempestad.

 

¿El mar es un perro con rabia?

¿Un potro desbocado,

perseguido por la niebla?

El rastro de sus pesadillas

son legañas en los ojos de la muerte.

*

Teo López nos dice que Mike Parsons logró montar la ola más grande de la historia, midió 23.4 metros. También nos contó que estudió Oceanografía en la UABC. Su padre fue pescador. Sufrieron juntos el embargo atunero que impuso Estados Unidos en 1980 y 1990. El mar es una cicatriz en las viejas calles del Sauzal. A pesar de que las cortes internacionales de La Haya apoyaron a la industria atunera de México, el bloqueo económico y la difamación fueron arpones diestros. Teo ha surfeado junto a delfines. Sabe que ellos no tienen pesadillas y que ningún pescador de su pueblo les provocó daño alguno. Algún día estará en la costa de Sudáfrica. Recordará los desechos de los barcos y la forma en que un tiburón devora a su presa, tan fácil. Tenemos que vivir, nos dice antes de romper los huesos del océano —al surfear con su tabla— en la bahía de El Vizcaíno.

 


 

 

LEMONTREE WITH BURIED PENTAGRAM

I have before my eyes five dogs

beneath the shade of a tree interred

fifteen millimeters deep in my chest.

Likewise an adobe house
and a vignette of the river Cupatitzio.

So easy to return to.

As is auscultating in my veins: Infinity by Guru Josh
and Remember na na na hey in my Elva’s eyes.

So simple, like a distaff
and a crossroads at hand.

Now, before loosing
lightning in blood
I lift my face and examine the dust in my fingerprints.

My eyes know
that in light of breath and distance
we men are the same.    

 

RED LABEL

My taste for whiskey is the same for dogs.
I see them in the room through my glass
and upon tracing their trail I remember where they are.
Outside the tree creaks and ashes
rejuvenate the yard.
They lie a meter underground.
They are gerbera daisies that a grandmother harvests.
During tempests
they dream of biting the underbelly of lightning bolts.
To dream with them I sleep shirtless on the floor.
My son draws them even though he did not know them.
Memory of them smolders and their ghosts
I write upon my eyelids.

 

SELF-PORTRAIT WITH THREE STITCHES
I was a year old when I yearned to mirror the silence of a dog.
Beneath my left eye
a scar grows like amnesia.
I will die of pneumonia or heart attack.
My mother believes in me and drinks the river
flowing from my forehead.
My father is grass that sprouted namelessly.
In times of melancholy my weeping
is like a work by Wolf Erlbruch.
I learned to steal breaths from asthma
and I had to leave my hands
on the tire the first time I drowned.
I found in Baja California
how to catch the sun in a glass of wine.
I will never pin down the names of my dead
nor the fragrance of an Aztec marigold.
I listen to Motor Wizard and it makes me want to cry.
My mind is unhemmed
and that’s why the sea spills over sometimes.
I would not have cats though they might devour my nightmares.
Blood makes me faint.
I cannot read my Gorety’s hands
yet I can still feel her touch when I am dispirited.
My peace hangs in the balance
and anguish
and anxiety sleep beneath my pillow.
I learn from disenchantment
and rebuild the bulwark of my beliefs.
One day soon
my father will hug me tightly and be able to smile.
I believe in the sound of the locomotive.
I know when I close my eyes
I will not avoid the murmuring of the rails.
Poetry awakens me and I see the edge of the precipice.
My priority, is to not stop believing.

 

UPON READING DUCK, DEATH AND THE TULIP
Barbara Fiore’s books I like.
I read them aloud and return them to the wind
so that my children might hear them as they blossom.
One especially trumpets spotlights and tears.
It has the texture of a fox prowling like the cold
and the tenderness of a newly discovered book.
Since then ducks seem different.
I think of the thin cord that separates us from the precipice
and in the water beneath our feet:
therefore tracks bedew the heart
therein the furrow that underlies the weeping.
Because the grounds where our dogs lie
absorb all melancholy.
In the distance, death carries it away in her arms.
She lays it down in the mighty river.
Even she felt sad to see it fade in the distance.
Thus is life, thus the tales that cleave us.

 

 80`S

Some describe this generation
and they see us as nothing more than blind dogs.
I do not know the limits of scent
but I sense that far from the street
the shit of other dogs still reeks
just like our own excrement.
The important thing to write about is neither the color of offal
nor the form or the aesthetic trend.
The best thing about walking this path
is having the determination to seize scythe and heart.
To carve heartbeats from weeds.
Pulsing like a locomotive coming to life.
In the end we will riffle through our books
and perhaps we might smile.

 

THE SEA

Will the sea
have a cemetery of drowned dogs?
Will they float out from the gutters or be carried by the river?
They are bone boats in depression:
sunken beliefs.

 

*

Teo López is friends with Kelly Slater. They surf. The foam of the waves is cloud flower, falling apart, it disintegrates along the shore of the beach. Teo lives in Sauzal de Rodríguez in Ensenada, Baja California. From the mouth of the sea they cross the cylinder of life. The second largest wave in the world is in San Juanico, Comondú, in Scorpion Bay. In this place despondency and whales pass through the eye of the needle. The turquoise color in the sand is the sea’s footprint, who walks barefoot every day.

 

Does fear grow in the bowels of the sea?
Is a white shark
mincing the shadows of shoals?
Will he have cobalt diffused throughout his armor?
It is not fear, it is the bite of a dog.

*

The largest wave in the world is in Dungeons, South Africa.
Sharks are nightmares that arrive dead at the coast of Cape Town. I chew a crassula and feel how the autumn coils on my tongue to bloom, and then, my teeth fall one after the other like sharks detaching from a jade tree. I count them. They are the same surfers that were found this morning lifeless on the coast. Their incomplete bodies evidenced a gray sky and the bite of a white storm. 

 

Is the sea a rabid hound?
A runaway colt,
haunted by the fog?
The trace of your nightmares
Are rheum in the eyes of death.

 

*

Teo Lopez tells us that Mike Parsons was able to ride the biggest wave in history, measuring 23.4 meters. He also said that he studied Oceanography at the UABC. His father was a fisherman. Together they suffered through the tuna embargo imposed by the United States in 1980 and 1990. The sea is a scar on the old streets of Sauzal. Although the international courts in The Hague supported the Mexican tuna industry, the economic blockade and defamation were adroit harpoons. Teo has surfed alongside dolphins. He knows that they have no nightmares and that no fisherman in his village has ever caused them harm. Someday he will reach the coast of South Africa. He will remember the flotsam of ships and the way a shark devours his prey, so easily. We have to live, he tells us before breaking the bones of the ocean – surfing with his board – in the bay of El Vizcaíno.

 

 

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PoesíaReseñas

El acto poético como descenso al infierno en la obra escrita de Jorge Arturo Reyes

riocupa

A Jorge Arturo Reyes y a Rosario Reyes… por la confianza.

 

Por: Pedro Mata Mendoza

 

Todo acto de escritura poética implica descender al infierno. Todo poeta debe descender al infierno. Pero ¿porqué descender al infierno?, ¿qué es el infierno?, ¿para qué abandonar la tranquila superficie terrestre en dirección a las entrañas del submundo?, ¿tiene sentido dicho recorrido?, y en caso de haber respondido afirmativamente ¿qué esconde el infierno?, ¿qué es tan valioso para el poeta que asume la terrible labor de dirigirse a las puertas del Hades reconociendo la posibilidad de no ascender a la vida terrestre? Las respuestas a dichas preguntas se encuentran tanto en la obra del poeta Jorge Arturo Reyes como en otra obra que funge como antecedente: los Himnos Órficos.

Así pues, para esclarecer las interrogantes planteadas, tomemos por punto de partida al aedo griego. ¿Quién es Orfeo?, ¿por qué desciende al Hades el cantor griego? Aún más, ¿puede haber relación entre el poeta heleno y el poeta michoacano?

Respecto la pregunta que interroga por la identidad de Orfeo, hay que recordar que éste es el brote místico de unión amorosa entre el rey Eagro y Calíope, la más profunda de las nueve musas, la musa poética por antonomasia. De ahí le viene a su hijo el don de las artes. Ahora bien, siendo Orfeo hijo de musa e hijo de rey ¿por qué desciende al submundo?, ¿qué le obliga?, ¿puede regresar del infierno?

Antes de abordar dichas interrogantes como punto de partida, veamos brevemente cómo se entendía el submundo según la mentalidad greco-antigua. La tradición del descenso al infierno nos viene de antaño. Es en la Grecia primitiva de la era de acuario donde hay que buscar uno de los primeros registros al antro de Hades; antro que por razones de distancia histórica y  diferencia cultural tomó el nombre de infierno, ínfero, en lengua latina. Emily Vermeule, en la obra La muerte en la poesía y en el arte de Grecia, nos dice lo siguiente: “Para este lóbrego lugar de reunión, la tradición épica esboza lo que parece esencialmente un reino de la Edad de Bronce, una tierra provista de murallas y puertas, un palacio central y un gran vestíbulo. Las puertas del Hades son difíciles de penetrar y más difíciles de franquear a la salida, con un mastín de afilados colmillos para vigilarlas y un amo experto en cerrar las hojas, Hades”. Así pues, según la conciencia religiosa griega, habiendo descendido al mundo subterráneo nadie puede regresar al mundo de los vivos. Sin embrago, Orfeo desciende al Hades y asciende del Hades. ¿Por qué desciende? ¡Por amor! Por amor a Eurídice. ¿Por qué asciende? ¡Por amor a Eurídice! Es menester recordar que para poder entrar al Hades hubo de poner en juego no sólo sus habilidades musicales sino también un alto sentido de piedad. Sin la piedad jamás hubiera podido descender al infierno. Sólo a los piadosos les es dado conocer el infierno. Ahora bien, el descenso de Orfeo termina en tragedia. Después de haber conmovido al Dios Hades con canto y lira, éste le permite regresar al mundo terrestre con la condición de no volver la mirada, debiendo confiar que Eurídice irá tras él y podrán reencontrarse después de salir de los dominios infernales; pero si Orfeo desconfía y vuelve la mirada perderá a Eurídice para siempre. Sabido es el final del mito: Orfeo desconfía de la palabra de Hades y vuelve la mirada para ver si Eurídice lo sigue. Al verla, ésta queda desvanecida para toda la eternidad, perdiendo la posibilidad de reencontrarse con su amado. Por su parte, la vida del poeta griego termina en homicidio. Las bacantes tracias, ofendidas por el rechazo de Orfeo, lo desmiembran y esparcen por diversos lugares las distintas partes de su cuerpo. Sin embargo, su voz sigue cantando melodías que en el pasado conmovieron por el igual el corazón de animales, hombres y dioses.

Llegados a este punto se vuelve necesario preguntar ¿qué tiene que ver Orfeo con Jorge Arturo Reyes?, ¿existe punto de vinculación entre el aedo griego y el poeta michoacano? El pensamiento filosófico de la española María Zambrano responde afirmativamente esa cuestión. Sí, sí se hay punto de encuentro entre el cantor griego y el poeta uruapense, y la relación es de nivel ontológico. Ahora bien, de todos los entes estudiados por la rama de la filosofía denominada ontología, ¿a qué ente se refiere María Zambrano?, ¿cuál es la entidad que rompe la distancia mito-histórica y posibilita la afirmación identitaria de ambos poetas? La entidad humana, el ser humano. Así pues, el ente humano es el ser por mor del cual se rompen las barreras tempo-históricas. El ser humano es el ente por causa del cual se acorta la distancia histórica que nos separa de los ya sidos, de los que ya existieron.

¿Qué significa esto en relación a la obra Beethoven le habla al río Cupatitzio? Significa que tanto Orfeo como Jorge Arturo Reyes están movidos por el impulso estético que establece semejanza creadora entre ambos autores a pesar de la distancia temporal. ¿Se registra descenso o una manifestación del infierno en la obra del poeta michoacano? Veamos:

“Cupatitzio,

¿te has incendiado

cuando caen sobre ti

las ramas del sol,

o te has dormido

bajo la luna hinchada?

-El diablo se arrodilló

En la frente de tu grandeza-”

Efectivamente, ese piadoso reconocimiento diabólico al Cupatitzio, nivela al poeta michoacano con uno de los maestros del descenso al infierno.

Otro aspecto fundamental para sostener diálogo con Orfeo es la musicalidad, ¿existe sentido de musicalidad en la obra de Jorge Arturo?

“Una sonata es un árbol que crece

Hasta rasgar las costillas del cielo.

Mi música está exenta del silencio divino.

Mi mayor plegaria, partituras danzando.

Dialogué con Dios, lo convencí de llevarme con él.

Me confesó:

De la mezcla entre poesía y música hice la carne del hombre”.

Ahora bien, ¿por qué Jorge Arturo desciende al infierno?, ¿qué entraña el submundo para él?, ¿qué es el descenso al infierno? La respuesta a dichas interrogantes implica la retoma del pensamiento de María Zambrano. La filósofa española no entiende el infierno como infernus cristiano; lugar de castigo y tortura de los muertos que no vivieron conforme la Palabra Revelada; la filósofa no habla de ese espacio de perene ejecución de sufrimiento del que Dante tiene mucho que decirnos. Ella trasciende la cristiana maquinaria de dolor. No parte del término infernus sino de su derivación: inferus, es decir, ínfero, es decir, lo que se encuentra abajo, lo inferior. Ahora bien, ¿qué significa ínfero en términos filosóficos?

El descenso al infierno es la experiencia radical del ser humano por vía de la cual se revela todo lo excluido por la cultura dominante. El descenso revela toda una región fundamental del hombre que había sido ocultada impiadosamente por el pensamiento hegemónico. En las profundidades del infierno yace entrañado todo lo que el hombre de cultura media no puede decir. ¿Qué es lo que no puede decirse?, ¿qué es lo que no puede decir el hombre que vive en constante condición de mediocría y que, al contrario, el poeta sí puede decir?

“En el primer movimiento me puse la soga.

En el segundo, ajusté el nudo.

En el tercer movimiento liberé mi cuello,

No pude cerrar la puerta de mis ojos,

Preferí componer música

Y escuchar partituras con los oídos de la piel”.

Debido a la cantidad significativa de aspectos constitutivos del ser humano que yacen entrañados en la región del ínfero, la labor del poeta consiste en desocultar por medio del habla y de la escritura poética todo aquello que ha quedado cancelado por el pensamiento dominante. De todas las verdades que Jorge Arturo desentraña del infierno y plasma por escrito en su obra Beethoven le habla al río Cupatitzio; sólo será mencionada la siguiente, que afirma el infinito; la necesidad de partir no de lo ya dicho, sino de lo no dicho todavía:

“En este breviario que nombra el silencio

no existe la última página. (Nunca se

escribirá, ni aunque todos estemos en

un rincón del infierno).

El futuro no es de la Voz,

sino del silencio”.

 

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Poesía

Supernova

supernova

Por: Cristina Bustamente

Fuimos niños
con telescopios recién desempacados
cohetes de gran kilometraje
y libretas sin márgenes

Fuimos
viajamos en el tiempo sin pasaporte
con trajes de astronauta en la maleta
fuimos
rompimos la base del globo terráqueo
para jugar con el perro
fuimos
todavía no me quedan los zapatos de mi madre
y ayer

se fue a la guerra
qué dolor
qué dolor
qué pena
no sé cuando vendrá

jugamos a ser grandes
y hoy
las rutas del mapa
sólo llegan a fin de mes

Me da un boleto, por favor
a meses sin intereses
sólo uno
sencillo
ventana
tengo prisa de no volver

No aborde ese cohete
crecer es una trampa

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MisceláneoPoesía

Desbordarse

desbordarse

Por: Luis Bracamontes

12/08/2016

Parte del poemario “Roto pero con cinta adhesiva” (Inédito)

Lo que te voy a decir ahora no es una verdad universal. Son pedazos de tiempo atrapados en una opinión, que puede que no compartas, aunque puede que siempre sí. Te digo esto para que sepas si ofenderte mucho o poco.

A algunos de nosotros se nos enseñó a sentir culpa cuando sentimos placer. Ya sea la cantidad de calorías que consumimos en el desayuno, o las siestas que nos hemos tomado, los momentos que hemos pasado sin hacer nada o incluso la cantidad de personas con las que nos hemos acostado.

Sentir placer es un acto de autonomía y poder. Es sentirse digno de experimentar dicha y llevar nuestro sistema nervioso a otro terreno.

Aprendimos que el placer es algo que debe ser ganado o algo en lo que hay que ser mesurado.

Luego llegaste tú y me enseñaste a desbordarme.

Fuiste la grieta decisiva que rompió la presa de mis mariposas. Inundación instantánea.

Te vi y lo primero que pensé fue:
“Me gustas como para ver un maratón de clásicos de Disney juntos”, que no se lo digo a cualquiera. Y así lo hicimos.

Luego me dije: “Necesito a alguien con quien pueda ser feo en las mañanas y sentirme bien al respecto”. Y tú estabas más feo, así que me sentía con ventaja.

Nunca hice caso a mis amigos. No me quería hundir con ellos. Ellos me decían que esto era pasajero. Pero ¿no todo lo es? ¿No al final de cuentas todos morimos y cada aliento que cobramos es uno menos de los que nos dio el destino?

Al principio, no quería dejarte entrar. Es mi espacio personal y no lo comparto. No me hiciste caso. Y te hiciste la Shakira. Sí, la Shakira.
Bruta, ciega, sordomuda. Torpe, traste y testaruda.
Necio. Avanzando en una avalancha de bisontes a través de mis paredes.
Hasta que tuve que ceder y admitir que me tenías.

Y me tuviste. Y me rendí. Y caí de rodillas. Y también volví a sentir. Y también volví a llorar, pero esta vez para sanar. Y reímos. Y me apapachaste. Y nos acurrucamos. Y luego, me hartaste. Y luego ya no. Y luego me fui.

Me tuve que ir. Porque mis amigos tuvieron razón y sí fue pasajero. Se rompió la inercia de la magia. Nos extirpamos del momento.

Pero aquí no se acabó la historia. Porque la vida nos hizo coincidir otra vez. Y nosotros decidimos tomar el relevo y seguir haciéndonos coincidir.

Me hace feliz saber que sigues latiendo… lejos… pero… sigues latiendo.

Y ahora busco un camino que me lleve a ti desde cualquier lado. Y lo estoy encontrando.

Porque vale la pena luchar por ciertas cosas. Porque nunca me había sentido así. Porque sigo inundado de tus mariposas. Porque derribaste toda excusa que podía tener.

Pero sobre todo, porque me enseñaste más de lo que una enciclopedia podía. Más de lo que en todo Wikipedia encontraría. Algo que no podría aprender ni en el mejor de los diplomados o cursos en línea del Gobierno del Estado.

Me enseñaste mucho, mucho más. Me enseñaste el sutil placer de compartir toda una vida. Y de ese placer sí que me desbordaría.

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Poesía

Tanque de tormentas

tormenta

Por: Cristina Bustamante

 

I
La lluvia es un performance.
Se escurre lenta por las ciudades golpeadas, sucias, malditas, arrastrándose por las paredes llenas de huecos y mordeduras de ratas. Se resbala hasta los estanques donde se funden los líquidos de todos y los limpia, les pone sal y los duerme. Se escurre inquieta por las ciudades malditas, sucias, suicidas, arrastrándose por las paredes de vidrio que son cajas que guardan oficinistas en ayunas.

Se escurre sobre sí misma, se invade a sí misma.
Canta la banda sonora de los desvelos.

 
II
La lluvia es una hipótesis.
Supongo lo imposible para sacar de ello una o más consecuencias.
Hay en las grietas de las ciudades cúmulos de besos perdidos, besos escurridos con la lluvia que pegó en la cara de los transeúntes, de las sombras ambulantes, de panes que no esponjaron, de anticongelante que no quitó el frío, de tiempo que corrió muy rápido y no compitió con nadie porque no hubo nadie a su lado.
El primer elemento A es la causa del segundo B. Lloviste encima (A), entonces refrescaste (B) la capa de asfalto quemado por los pasos de los transeúntes, de las sombras ambulantes, la marcha hirviente del tiempo que corrió muy rápido y no advirtió sus planes, las arrugas que comenzaron a asomarse y pusieron entre paréntesis la sonrisa, la boca hinchada por tu lluvia, dilatada por tu lluvia. Tú (A) y la lluvia (B).

 
III
La lluvia fue un vapor.
Traigo los ojos empañados y los mapas desteñidos.
Me tallo los párpados para quitar el polvo de los días pasados y encender las luces. No veo nada pero te supongo, puedo olerte desde el otro lado de la habitación, puedo sentir el pulso de tu silencio.
Puedo.

El agua amplifica los sonidos, la noche amplifica los vacíos, la lluvia amplifica los aullidos. El aliento no se atrapa con las manos pero las entibia. Como tú.

Los relámpagos son la clave morse del cielo.
– Dile que lo quiero -le digo. Espero que me entienda.

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MisceláneoPoesía

De vuelta al laberinto de la Poesía Mexicana

poesia mexicana

Por: José Agustín Solórzano

Hace un par de meses escribí un artículo titulado “¿Y la poesía, apá?”, que publiqué en un par de medios electrónicos e impresos, en el mismo invitaba a contestar una encuesta sobre  hábitos lectores referentes a la poesía. La intención era, tal cual lo dije en aquel entonces, “reunir los datos y la información suficientes para hacer un artículo sobre el tema de la poesía y sus lectores en México”. No creo que los datos reunidos sean los suficientes para hablar con superlativa autoridad sobre el tema en nuestro país; sin embargo, considero que sí lo son para realizar un texto que, a partir de ciertas suposiciones surgidas de las respuestas dadas a esta encuesta, pueda poner en mesa de discusión varios tópicos referentes a quién lee poesía, qué poesía lee y, claro, por qué la lee.

Contestaron la encuesta un total de 123 personas, entre ellas estudiantes universitarios de filosofía, de literatura, normalistas; así como libreros, escritores, profesores de preparatoria y de universidad, una repostera, un ingeniero químico, un arquitecto, y un par de diseñadores, además de algunos grupos de preparatoria y secundaría pública que hicieron el total de 76 alumnos. Respondieron 18 preguntas que iré enumerando a lo largo de este artículo y en las que me detendré para analizar y reflexionar acerca de los resultados obtenidos.

Antes me parece necesario comentar que me fue difícil conseguir que estas 123 personas contestaran la encuesta; para la mayoría, incluso para las que leen poesía, es innecesario responder un cuestionario sobre sus hábitos lectores. Algunos mencionaron que les daba güeva, otros simplemente me dijeron que no veían la necesidad de una encuesta cuando ya sabemos que en México nadie lee poesía. Ya lo sé, les dije, pero sondearlo puede ser divertido; puede, incluso, que nos llevemos una sorpresa. Adelantándome un poco debo decir que no nos sorprenderemos mucho con los resultados, efectivamente nadie o –para no ser apocalípticos- casi nadie lee poesía. La poesía le interesa a poquísimas personas y a esas poquísimas personas es difícil hacerlas hablar del género como si fuera algo de lo que valiera la pena. Tal vez no necesitemos profundizarlo mucho, el lector como ser antisocial, arisco, es también egoísta y prefiere no dialogar con quien no lee. Pensémoslo un poco: las campañas en pro de la lectura las llevan a cabo los no lectores en su mayoría: las instituciones, los políticos, las organizaciones de bienestar social, las editoriales. Los lectores, incluso los escritores, son ariscos y más de uno prefiere encerrarse en su casa, con sus libros y despreocuparse por los otros que no leen. ¿Y si todos leyéramos no dejaría el libro de ser un espacio de culto, un sitio de exclusividad para los superdotados y los intelectuales?, ¿leemos para diferenciarnos de la chusma no lectora? A mí qué me importa saber los motivos del que no lee, si yo sí lo hago.

En fin que para conseguir que 123 personas contestaran mis preguntas tuve que ir más allá de las redes sociales y de mis conocidos –en su mayoría escritores y lectores habituales-, realicé el cuestionario a jóvenes con diferentes intereses a quienes les di un curso sobre fomento a la lectura y narrativa; también me ayudaron compartiendo la encuesta con algunos chicos de prepa y secundaría, más los que respondieron a través del correo electrónico, algunos conocidos y otros no. La idea era obtener no sólo respuestas de gente interesada en la poesía, sino también de gente que la lee de vez en cuando o que rara vez ha escuchado de ella; así, a pesar de que 123 no es un número suficientemente amplio para hablar de una generalidad en los hábitos lectores de nuestro país, sí nos permite –tomando en cuenta que no todos los encuestados son lectores consuetudinarios- darnos una idea y plantearnos más de una pregunta interesante sobre la poesía en México.

 

1.- ¿Lees poesía?

            47 dijeron que sí, mientras que 76 dijeron que no. A pesar de que el 76 coincide con el número de estudiantes de preparatoria y secundaria que respondieron la encuesta, hay que decir que algunos de ellos (menos de 10) dijeron sí leer poesía; mientras que algunas de las personas con intereses literarios comentaron “ya no leerla”, o “leer muy poco”.  Es importante resaltar también que la gran mayoría de quienes respondieron la encuesta por medios electrónicos lo hicieron afirmativamente, pues sería muy raro que, por este medio, la encuesta llegara a alguien que no estuviera interesado en la literatura o que, simplemente, no leyera.

 

2.- ¿Has leído poesía mexicana, podrías mencionar a algún autor?

            69 dijeron que sí, mientras que 54 dijeron que no. Podría parecernos curioso que la mayoría haya respondido afirmativamente, más si tomamos en cuenta que en la primera pregunta fueron más los que dijeron no leer poesía; sin embargo, esta segunda cuestión se refiere a si en algún momento de su vida la han leído, por ello fueron más los sí. En cuanto a los autores, se mencionaron un total de 32; entre los que destacan Octavio Paz, con 9 menciones; Sor Juana, con 8; Jaime Sabines, con 10, y Rosario Castellanos, con 5.

Entre los otros poetas hay clásicos mexicanos como Villaurrutia (1), Efraín Huerta (3), José Emilio Pacheco (3), Amado Nervo (4), Gilberto Owen (1) o Pellicer (1); pero también se mencionó a poetas contemporáneos como Marco Antonio Campos (1), Francisco Hernández (1), Eduardo Lizalde (1), Julia Santibáñez (1), Armando Salgado (3), Cecilia Juárez (1), entre otros. Es importante comentar que quienes hicieron mención de los escritores más jóvenes fueron del grupo de encuestados que contestaron por medio de Facebook o por correo electrónico; es decir, del grupo de los lectores habituales de poesía, y también es importante hacer notar que quienes mencionaron a poetas jóvenes se encuentran en un círculo cercano a los mismos, y la mayoría incluso los conoce personalmente. Éste comportamiento se repite en varias de las preguntas subsecuentes: el encuestado nombra a los pocos poetas que conoce o a quienes conoce personalmente o de manera cercana. Lo anterior no incluye un juicio de valor, pero ya lo comentaré más adelante con detenimiento.

En lo que respecta a los poetas que más menciones obtuvieron hay que decir que los resultados son evidentes y tienen que ver, por ejemplo, en el caso de Paz -a quien muchos estudiantes de preparatoria y secundaria mencionaron- o Sor Juana -con quien sucedió lo mismo- con que se trata de arquetipos del poeta, personajes que se relacionan con “El Poeta” o con “La Poesía”; de sobra está decir que la gran mayoría de los estudiantes que mencionaron a alguno de ellos ni siquiera los ha leído, y para comprobarlo basta ver que entre las otras respuestas de los encuestados de nivel medio o medio superior se encontraba Frida Kahlo, Miguel de Cervantes, “el del himno nacional”, Pablo Neruda, Juan Rulfo; casos todos que nos permiten acercarnos a la concepción de poeta que manejan estos jóvenes. ¿Frida, Cervantes? Es decir, todo lo que entra en su esfera semántica de “cultura” puede bien relacionarse con el subconjunto de “poesía”. Viendo lo anterior no podemos pedirles que sepan que Neruda a pesar de ser poeta no es mexicano, o que Juan Rulfo fue narrador aunque a su prosa comúnmente se le agregue el adjetivo de poética.

Con Sabines fue diferente, todas las menciones vinieron de los encuestados por medios electrónicos, y un par de los estudiantes normalistas. Es más que interesante este resultado pues, primero, Jaime Sabines fue quien se refirió mayor número de veces, 10, lo que evidencia lo que todos creemos saber: que se trata de un poeta popular, pero ¿por qué los jóvenes estudiantes no lo ubicaban ni de nombre?, ¿será que a pesar de ser popular sigue sin ser institucional? Además, como veremos en la siguiente pregunta, fue Sabines también el más mencionado como poeta mexicano favorito, las menciones vinieron en su mayoría de personas con intereses literarios y escritores, ¿entonces? ¿Qué no se dice en el mundo literario que el chiapaneco es un poeta que apenas y gusta a los adolescentes, y que una vez se crece se deja de lado? ¿Será falso el mito del Sabines iniciático?, ¿estaremos olvidando que la poesía de Sabines sigue siendo poderosa no sólo para los jóvenes que intentan acercarse a la poesía, sino también para los lectores de cualquier edad que siguen leyéndolo y mencionándolo como un referente de la poesía mexicana?

 

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3.- ¿Quién es tu poeta mexicano favorito?

             En esta pregunta sólo hubo 19 respuestas diferentes, pues la mayoría de los estudiantes contestaron que no lo tenían. La lista de los más mencionados es casi idéntica: Sabines (11), Octavio Paz (9), Rosario Castellanos (5), en este caso Sor Juana fue mencionada sólo dos veces, mientras que Xavier Villaurrutia empata con Castellanos; le siguen José Emilio Pacheco (4) y Eduardo Lizalde (3).

Los poetas más jóvenes mencionados fueron A.E. Quintero (2), Fabio Morábito (1), Julián Herbert (1), quienes ya superan los 40 años de edad; también hubo una mención a Christian Peña, quien sería el más joven referido.

Sabines encabeza la lista de los poetas favoritos y creo que esta pequeña muestra puede no estar tan alejada de los gustos reales de los lectores de poesía en nuestro país. Octavio Paz también recupera territorio luego de su muerte, y no es raro rescatar a un autor que se consideraba institucional a casi 20 años de que falleció. Paz y Sabines siguen representando dos caras de la poesía mexicana, lo popular contra lo “culto”, lo transparente frente a lo críptico, la revelación frente a la búsqueda, y los lectores de poesía siguen divididos entre estas dos formas, pero lo más interesante es que a pesar de que ha pasado más de medio siglo de que estos dos autores estuvieran en su auge, las personas siguen mencionándolos como favoritos, ¿será que preferimos los clásicos imprescindibles que las arriesgadas novedades, o más bien será síntoma de nuestra apatía por la lectura de nuevos poetas, de nuestra pereza en cuanto a la poesía contemporánea? Los poetas más jóvenes que se mencionaron tienen más de 40 años (a excepción de Peña) y todos han obtenido premios muy importantes a nivel nacional e internacional; siguen luchando por un lugar en la biblioteca de los nuevos clásicos mexicanos, pero ¿cuántos años debe esperar un poeta para llegar al nicho de Paz y Sabines?

En este sentido un caso a mencionar es el de Lizalde, quien podría ser el poeta mexicano vivo más “popular”, no sé si más leído, pero quien sigue siendo sólo mencionado por los lectores de poesía consuetudinarios, por quienes sí leen poesía. ¿Cuándo un poeta será mencionado también por quienes no leen poemas, como sucede con Paz o con Sabines, así como con Sor Juana?, y por último: ¿Servirá de algo que te mencione quien no te lee ni te leerá?

 

4.- ¿Has leído poesía mexicana reciente –escrita de 1990 a la fecha-?

A pesar de lo tramposa que pudiera resultar la pregunta, porque quién diablos va a fijarse si lo que lee fue escrito luego de esta fecha o no; en fin, lo importante no es la fecha en sí, sino saber si los lectores son conscientes de –más o menos- dónde se ubica temporalmente el autor o el poema que lee. Si pensamos que los poetas mencionados son en su mayoría personas muertas deberíamos empezar a preguntarnos si tiene sentido escribirla cuando al parecer a nadie le interesa la “nueva” poesía. Pero vamos a las respuestas:

De los 123 encuestados 86 respondieron que no, mientras que sólo 37 dijeron que sí. Del 90 a la fecha han pasado ya –y sí, aunque algunos jóvenes eternos nos aterroricemos- 27 años. Cualquier poeta joven que haya publicado a inicios de aquella década hoy debe rondar los 50 años, desde aquí nos es fácil ver que más de dos terceras partes de los encuestados dijeron no haber leído poesía reciente, o sea escrita hace 27 años por tipos que hoy tendrían cerca o más de 50 años. Esto nos deja sólo a 37 personas, entre las que no hubo un solo estudiante de prepa o secundaria, que dijeron leer o haber leído a poetas “jóvenes”. Y quiénes son estos lectores, sí: escritores o aspirantes a ello; pero incluso encuestados pertenecientes al grupo de los intereses literarios respondieron negativamente.

 

5.- ¿Cuántos libros de poesía tienes en casa aproximadamente?

            Ya otras encuestas sobre hábitos lectores en nuestro país nos han comprobado que los mexicanos nos sentimos incómodos con libros en casa, sean de los que sean. Si ya los que nos obligan a llevar a la escuela nos estorban, imagínense todavía agregar mamotretos con historias ficticias, o peor: libros de poesía. A pesar de esto la pregunta no está de más, primero, porque la gente acostumbra a mentir cuando quiere quedar bien y, segundo, porque el hecho de tener libros no significa que los leamos y por supuesto tampoco es sinónimo de que hayan llegado a casa por nuestra voluntad.

48 personas dijeron que ninguno; 49, entre 1 y 10; 9 contestaron que más de 10; sólo 5 personas tienen más de 50 libros de poesía, y 7 más de 100. Los otros dijeron no saber o no contestaron.

En su generalidad estas respuestas son proporcionales a los hábitos lectores de quienes respondieron. Son los que tienen más de 10 libros los que leen poesía de manera cotidiana, pero prácticamente fueron los que tenían más de 50 los que respondieron afirmativamente cuando se les preguntó si conocían autores recientes, y estos mismos también mencionaron más nombres de poetas jóvenes en las preguntas subsecuentes.

Pero la cuestión aquí es ¿cómo llegan esos libros a sus manos? Por poner un ejemplo: yo tengo más de 100 libros de poesía en casa –cantidad muy inferior al espacio que ocupan géneros como la novela o el ensayo en mis estantes-; sin embargo, menos de la mitad los he comprado yo mismo, muchos me los han regalado: en diversos eventos literarios, los poetas entusiastas que enjaretan su ópera prima a la menor provocación, amigos míos que me dan sus libros o me presentan a un poeta que, según ellos, debería leer, etcétera. Algunos los he leído y me han gustado, otros no los he leído, muchos no me han gustado. ¿Qué pasa con ellos? Los olvido, se vuelven tan inútiles como el polvo que acumulan. Yo también respondería que sí, que sí he leído poesía reciente, mucha para mi desgracia. También diría que tengo más de 100 libros de poesía en casa, que leo más de 30 al año, pero eso no significaría en ningún caso que 1) esté apoyando al mercado poético mexicano (ja!), porque son raros los ejemplares que compro, 2) que me guste la poesía mexicana actual y 3) que tenga la calidad moral e incluso la capacidad intelectual para juzgar lo que es o no buena poesía en este país.

6.- ¿Cuántos libros de poesía lees al año, aproximadamente?

            58 personas respondieron que ninguno; eso quiere decir que hay 10 que sí tienen libros del género en casa pero no los leen, o los leyeron y no volvieron a comprar uno más; como quien mantiene la foto del ex en su buró para recordar el daño que le hizo. 40 dijeron leer entre 1 y 10 ejemplares, y 16 encuestados leen más de 10.

En este punto tendríamos que mencionar que la poesía es el género más fácil y más difícil de leer. Y sí, nunca falta el gracioso que dice que escribir poemas es muy fácil porque ni siquiera hay que llenar la página completa; tampoco va a faltar el entusiasta que dicta que el verso es una unidad de significado que puede contener más belleza que una novela entera. No seamos exagerados y por supuesto tampoco nos volvamos unos fanáticos de la miniatura. Leer 10 poemarios, salvo alguna rara excepción, nunca será igual a leer 10 novelas; el esfuerzo físico será siempre menor en el primer caso y el ojo tardará más en leer una página entera que una sucesión de versos que “ni siquiera llenan la página”. Sin embargo la complejidad de la poesía no radica en leerla sino en entenderla (y uso este término sólo para facilitar la cuestión a la que voy); el poema, como bien dicen los entusiastas, trabaja con significados complejos y un verso debería ser una construcción semiótica de una potencia estética mayor a la de una línea de un cuento o una narración; lamentablemente la complejidad de la poesía no siempre radica en la potencia de su carga semiótica, sino en su pretensiosa oscuridad y su abigarrado encriptamiento –sí, así como suena-, cosa que, digámoslo, no es culpa de la poesía sino de los poetas. Leer a Nicanor Parra, a Sabines, disfrutar con Szymborska o reír con las Odas elementales de Neruda no nos tomará tanto tiempo como leer una novela, pero seguirá siendo igual o más disfrutable.

Varios de los encuestados, lectores frecuentes de otros géneros, mencionaron que no les gustaba leer poesía, que incluso la evitaban siempre que podían. ¿Por qué? Porque la consideran pretensiosa y aburrida, porque “no hay una historia”, porque “conozco a un par de poetas y son unos mamones”. La poesía es un género marginado, incluso entre marginados. Triste pero cierto y ¿justo?

 

7.- ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por un libro de poesía mexicana y actual?

            28 personas respondieron que 100 pesos o menos, sólo 24 dijeron que más de 100 pesos; pero la sorprendente cantidad de 61 encuestados respondió que pagaría más de 200 (los demás no respondieron o dijeron que dependía de varios factores).

¿Quiénes fueron estas 61 personas? ¿Entusiastas amantes de la poesía? ¿Dilapidadores? ¿Benefactores públicos? Nada de eso, todos fueron estudiantes de secundaria, preparatoria y algunos estudiantes normalistas. Mientras que los que pagarían menos de 200, incluso 100 como límite, fueron los encuestados con intereses literarios. El factor común de los primeros es que no tienen idea de lo que cuestan los libros; consideran que “pagarían lo que fuera siempre y cuando me gustara”, pero ¿realmente lo harían?, ¿o sólo lo dicen porque es algo que nos han enseñado? El valor de los libros, nos dicen, el valor del conocimiento va más allá del dinero: el saber no tiene precio. Y qué pasa con el segundo grupo: los que sí leen pagarían poco o menos por un libro de poesía mexicana actual porque como conocedores no se arriesgan con un producto nuevo. Más vale malo por conocido que bueno por conocer, parecen decirse y basta pensar en las ediciones de Conaculta, en la colección de poesía joven de Tierra Adentro, ¿cuánto tarda en acabarse una edición de 1000 ejemplares cuando estos cuestan 60 pesos, 30 a veces? ¿10 años, 15?

Ni los que dijeron tener más de 100 libros, ni los que respondieron que leían más de 50 poemarios al año, estarían dispuestos a pagar más de 200 pesos por un ejemplar de poesía reciente.

 

8.- ¿Qué poetas mexicanos actuales –vivos- recomendarías leer?

Se mencionaron 32 autores distintos. Quienes los nombraron fueron los 37 que en la pregunta cuatro dijeron sí haber leído poesía contemporánea. La cantidad de respuestas y el número de autores son peligrosamente cercanos, 37 encuestados que mencionan a 32 autores. Sólo algunos coincidieron en los nombres, la mayoría de los nombrados tienen sólo una mención.

Y aquí viene lo mejor, y que ya había adelantado un poco: los escritores mencionados lo fueron en su gran mayoría por parte de personas que están cercanas al medio literario (estudiantes de literatura, escritores) y por sus propios conocidos. Sí, varios poetas fueron agregados a la lista por personas que los conocen personalmente, que han convivido con ellos o con quienes al menos han coincidido un par de ocasiones. En ese sentido podríamos tener dos suposiciones principales: 1.- que los poetas no se montan a su nube y son tan accesibles que todos sus fans los conocen “de mano”, como se dice; o 2.- que nada más sus amigos, conocidos y un puñado más de lectores casuales saben de su existencia. Creo, dejándome llevar por un sentido común no muy bien intencionado, que la opción correcta es la segunda. Conozco a más de 5 encuestados y sé que mencionaron a los poetas no porque sean sus favoritos, sino porque sólo han leído a esos.

Antes de pasar a los nombres debería ejemplificar lo anterior con el caso del sujeto que más menciones recibió: yo. Dejaré que el lector llegue a sus propias conclusiones, pero ¿acaso no es obvio que hay demasiados poetas para tan pocos lectores?

El siguiente, luego de las fabulosas 12 menciones de mi nombre, fue Armando Salgado, con 8; le siguió Francisco Hernández, con 4; luego están A.E. Quintero, Ricardo Castillo, Fabio Morábito, Eduardo Lizalde y Christian Peña, todos ellos con 2 menciones, y al final vienen otros 24 autores referidos, todos sólo con una mención: Saúl Ordoñez, Jesús Bartolo Bello, Neri Tello, Laura Rojas, Álvaro Cancino, Omar García, Nadia Escalante, Gabriel Aguilar, Julia Santibáñez, Verónica González Arredondo, Marco Antonio Campos, Alí Calderón, Karen Plata, Ricardo Yáñez, Livier Fernández, Balam Rodrigo, Raúl Aníbal Sánchez, Julián Herbert, Manuel Recillas, Lucía Rivadeneyra, Eduardo Casar, Carlos Rojas y María Baranda.

Vamos con las varias anotaciones.

El caso de Armando Salgado sigue la lógica que planteé anteriormente, de las 37 personas que respondieron sí leer poesía contemporánea, al menos alrededor de 20 conocen o han coincidido con el autor –algunos escritores, otros compañeros oriundos de Michoacán o alumnos-. Lo mismo que pasa con las 12 menciones de mi nombre. Con esto no menoscabo la calidad de la poesía de Salgado (o la mía, ¡ja!), más bien explico el porqué de la amplia diferencia entre las 8 y 12 menciones de los michoacanos y la apenas 1 de otros autores con más trayectoria que nosotros.

Si seguimos observando las respuestas podemos especular y tal vez acertaríamos al decir que si siguiéramos haciendo la misma pregunta a lectores casuales o consuetudinarios del género, seguramente la cantidad de nombres crecería; los lectores de Guadalajara mencionarían autores tapatíos, los de Monterrey harían lo propio con los regios; en la CDMX no faltaría quien mencionara al poeta olvidado de los arrabales, y así en cada rincón del país. Sin embargo, la mayoría de menciones seguiría manteniendo porcentajes bajos, si no fueran 37 los que respondieran sino 100, no me sorprendería que se mencionaran 90 poetas diferentes.

¿Qué quiero decir?, que en la literatura y más aún en la poesía, la popularidad de los autores contemporáneos es cosa risible. Hay una mínima cantidad de lectores casuales del género, una aún más pequeña cantidad de lectores habituales, y éstos tienen tantos poetas entre los cuales escoger que eligen, como tantas cosas en la vida, la ley del menor esfuerzo y se quedan con lo más cercano, con lo que tienen a la mano o con lo que les es más accesible.

Ahora, si la popularidad de los escritores del género depende de factores que nada o poco tienen que ver con la calidad de su poesía, seguimos buscando el hilo negro: ¿cómo se mide la calidad de un poema? Los certámenes de poesía abundan en nuestro país, hay más de 100 concursos en los que se ponen en juego cantidades que van desde los mil pesos hasta los 500 mil. ¿Un poeta mexicano puede recibir 500 mil pesos y ser leído por menos de mil personas? Sí. ¿Un poeta mexicano puede haber ganado miles de pesos con su poesía y aun así no aparecer en una encuesta y ser considerado mal poeta? Sí. Si, supongamos, hay 100 certámenes al año, entonces hay hasta 100 poetas galardonados al año; es decir: poetas que ya son reconocidos como tales. ¿Y qué pasa con todos esos  condecorados, y con sus poemas, con sus libros? Ni dios lo sabe.

Discutimos por la calidad de la poesía mexicana pero es como discutir por la calidad del grano de maíz que cosechamos cuando no tenemos un granero suficientemente grande para almacenarlo y luego ¿cómo vamos a distribuirlo? Con los poetas pasa lo mismo, apenas y podríamos leer la cantidad enorme de poemas que se producen y, aunque se publican menos, sigue habiendo una cantidad de paja enorme en medio de la cual buscamos la aguja: el verso matador. ¿No sería entendible que, por cansancio o por comodidad, termináramos confundiendo un hilo de paja con la aguja de oro?

 

9.- ¿Qué libros de poesía -de mexicanos vivos- recomendarías leer?

            Si en el caso de los poetas no lográbamos ponernos de acuerdo, en el caso de los libros estamos peor. Se mencionaron 24 títulos diferentes, obviando a los que contestaron: “cualquiera de los autores que mencioné”. Sin embargo, a pesar de que las respuestas vienen de este mismo grupo de los 37 que sí leen poesía contemporánea, y de que al ser sólo 24 títulos podríamos suponer que habrá más repeticiones en los nombres, todos tienen una sola mención. [1]

De los autores nombrados en la pregunta anterior aparecen los libros: De lunes todo el año (Morábito), Cuenta regresiva y Almendras (A.E. Quintero), Los dones subterráneos (Raúl Aníbal), Vertebraciones del silencio (Neri Tello), Este cuerpo no soy (Verónica González), Malandra (Laura Rojas), Nueva memoria del tigre (Lizalde), Fiebrerías (Armando Salgado)[2], El corazón y el avispero, Mar de fondo, Antojo de trampa (Francisco Hernández)[3], El pobrecito señor X (Ricardo Castillo), Me llamo Hokusai (Christian Peña).

No obstante otros mencionados no reaparecen con sus obras, mientras que aparecen libros de autores antes no referidos, como: Muerte en la Rua (López Mills), Jaws (Xitlalitl Rodríguez), No sé andar en bicicleta (Rocío Franco), Todavía es mañana (Adrián González) y Xenankó (Adán Echeverría).

Entre los poemarios enlistados hay algunos con premios importantes, como Me llamo Hokusai (Premio Poesía Aguascalientes) o Jaws (Premio Ignacio Manuel Altamirano); también hay otros que, aunque no premiados, fueron escritos por autores con una trayectoria importante, como Francisco Hernández o Lizalde; pero resaltan libros de autores poco conocidos, ¿será que quienes los mencionaron los conocen personalmente?, ¿que la calidad de los libros no responde a si han o no obtenido algún reconocimiento institucional? Otra vez son pocos los mencionados y más las preguntas que las respuestas. Dejo al lector las conclusiones de tamaña incertidumbre.

 

10.- ¿Podrías mencionar cinco editoriales que publiquen poesía en nuestro país?

Está bien que un grupo de marginados con pretensiones estéticas cometa la locura de escribir versos, pero cuando una empresa editorial se embarca en la demencial aventura de publicarlos es cuando habría que poner pausa a lo que estamos haciendo y voltear hacia ellos para saber qué diablos está sucediendo. Hace unos días hablé con una pareja de escritores que me decía que ahora todos los que escribían también querían tener su propia editorial; lo gracioso fue que luego de decirme aquello me soltaron que ellos tenían una y que, claro, publicaban poesía. La primera respuesta que se me viene a la mente para solucionar el asunto de que algún loco quiera publicar y vender libros del género menos vendible sobre la faz de la tierra es que ese loco es, además, productor de dicho género. ¿Quién publica a los poetas? Pues los poetas.

Luego de analizar las respuestas obtenidas en esta pregunta debo agregar, en defensa de los bienintencionados editores-aedos, que no sólo los bardos publican a los bardos, también las instituciones públicas lo hacen, y un par de editoriales más o menos independientes que deben cubrir una especie de cuota de género (literario), porque si no terminarían siendo como todas las otras, comerciales y alejadas de las élites intelectuales y cultísimas que, obvio, sí leen poesía.

Se mencionaron 28 editoriales diferentes –sin contar algunas que a pesar de haberse nombrado no publican poesía-, las menciones vinieron, primero del grupo de los que sí leen poesía actual y, luego, de los que leen habitualmente pero casi nada de poesía. Los jóvenes universitarios y de nivel medio y medio superior no tenían idea alguna de lo que era una editorial. Primero las editoriales institucionales: Conaculta (3), Fondos de los Estados o instituciones públicas (5), SEP (1) y Fondo de Cultura Económica (8); luego vienen las editoriales independientes, entre las que hay desde las que publican ejemplares artesanales (casi siempre había relación directa entre quienes las mencionaron y los editores o autores publicados en las mismas) hasta las que siguen una dinámica más parecida a la de las editoriales comerciales: Simiente (1), Diablura Ediciones (7), El Naranjo (1), Abismos (2), Paraíso Perdido (1),  Mantis (3), Ditoria (1), Arlequín (1), Jitanjáfora (2),  Coyoacán (1), Taberna Libraria (1), Resistencia (1), Verdehalago (2), El Ermitaño (1), Bonobos (1), La Sonámbula (1) y Atrasalante (1). De éstas puedo decir que al menos Diablura Ediciones, Abismos, Paraíso Perdido y Mantis son lideradas por escritores, cumpliéndose lo que mencionaba en el párrafo anterior; también vale mencionar que Paraíso Perdido ya no publica poesía, aunque sí llegó a hacerlo. Además, es interesante saber que más de la mitad de estas editoriales han publicado apoyadas por estímulos o apoyos institucionales: Paraíso Perdido, Mantis, Arlequín –todas de Jalisco- editan usualmente libros galardonados en algún certamen, en el formato de coedición con las secretarías o institutos de cultura de los estados; asimismo ha sucedido con ediciones de Resistencia, Abismos o Atrasalante, además de editoriales ya ni tan independientes y que también fueron mencionadas en la encuesta, como Almadía (4) o Sexto Piso (2). Una suposición evidente en este caso es que la única manera de publicar poesía en México, incluso si eres una editorial más o menos consolidada, es la subvención del Estado; ni modo, seguimos siendo un pueblo paternalista.[4]

¿Por qué se publica tanta poesía si nadie la compra?, ¿los poetas creen en los poetas, en la poesía o en sí mismos? Las razones son varías y complejas, desde la hiperegotrofia de los poetas hasta los beneficios de un negocio redondo. Pensemos: el Estado debe aparentar –porque ése es su trabajo- que existe cultura, la poesía es cultura, le han dicho. Crea certámenes, da estímulos económicos a los creadores –como quien apoya a un grupo vulnerable, a una minoría marginada-, y luego, llegamos los poetas y los editores vivos y abuzados, a decirle que para terminar de hacer bien su trabajo hay que publicar a todos esos talentos nacionales, que hay que hacer llegar la poesía a todos los rincones del país, y cómo, pues muy fácil míster président, yo le hago una edición chingona de mil ejemplares por una módica cantidad y luego ya vemos cómo los distribuimos. El resultado, no sólo alimentamos a los poetas, sino también a los editores y de paso encajonamos 500 ejemplares de libros de Juanito de Los Versos Rotos en las bodegas, y los otros 500 se van a los estantes de las librerías –si tienen suerte- a empolvarse. Nada de esto está mal, que para eso es el dinero. Lo malo es que carecemos de estrategias de distribución, que el Estado se limita a aparentar, a realizar encuestas tan inútiles como ésta, pero no ha generado un verdadero proyecto para “crear” lectores y, a todo esto, ¿será tarea del míster président y de sus amiguitos crear lectores?, ¿de quién es esa obligación?, ¿es una obligación leer?, ¿y poesía? El Estado fomenta la lectura para simular, ya lo sabemos, pero para qué lo hacemos nosotros, los poetas, los editores, los académicos, ¿para tener amigos con quien conversar?, ¿para mantener vivo un dinosaurio que evidentemente está desapareciendo?, ¿porque es lo único que sabemos hacer y ni modo de morirnos de hambre? Yo no sé.

 

11.- ¿Podrías mencionar un poema que te haya marcado, cuál sería?

            Todos tenemos una canción que nos marcó, ésa que cuando escuchamos nos echamos a llorar o pedimos una cerveza, pero y ¿el poema? Uno no va por la vida recitando su poema favorito o pidiéndolo en las fiestas o en las cantinas, como si fuera una de Chente o del JuanGa. Sin embargo, claro que existimos los desadaptados y hubo un total de 23 poemas mencionados. Los que se llevaron las palmas fueron el “Poema XX”, de Pablo Neruda (3); “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”(2) y “Los amorosos”(2), de Jaime Sabines. Todos los demás tuvieron una sola mención. Sólo una persona, por ejemplo, mencionó “Muerte sin fin”, un poema que se supone representativo, y sólo una también dijo que lo había marcado “Los heraldos negros”, igual pasó con “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Nadie, ni siquiera los del grupo que lee poesía contemporánea, mencionó el poema de un autor actual. Los jóvenes de preparatoria y de secundaria, a excepción de un par que dijo que uno de Neruda u alguno de Benedetti que no recordaba, dijeron nombres de poemas o “poesías” que se usan para declamar en las escuelas, lo que nos habla, una vez más, de la idea de poesía que aún tienen los adolescentes de educación media.

¿Por qué los lectores de poesía contemporánea no mencionaron a ningún autor vivo?, ¿será que habría que morirse para que nuestros poemas sean más fuertes e intensos?, ¿los poemas de hoy son peores que los de ayer?, ¿para que un poema me marque debe estar legitimado por el tiempo?, ¿por las élites?, ¿por cuántos lectores? ¿Los textos que se mencionan marcaron a estos lectores por su calidad estrictamente literaria o por las experiencias vitales por las que estuvo rodeada su lectura?, y si la respuesta correcta es la segunda –que yo lo creo-, ¿cuál es la necesidad de escribir un poema exacto, perfecto, si para que éste marque al lector se requieren de factores que de ninguna manera pueden estar en nuestras manos?

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Omitiré el análisis de las siguientes dos preguntas, pues una tiene que ver con la edad de los encuestados y la otra con su profesión, y ya he comentado estos aspectos al principio de este artículo.

 

Las siguientes cuestiones voy a analizarlas en un solo bloque, pues no son cuantitativas en su mayoría y se dirigen a una misma dirección.

14.- ¿Has asistido a algún evento literario? 15.- ¿Cómo te has sentido en esos eventos? 16.- ¿Qué propondrías para mejorar este tipo de actividades? 17.- ¿Qué propondrías para que los libros de poesía llegaran a más lectores? 18.- ¿Qué debería hacer el escritor para acercar su obra a los lectores?

A la primera pregunta hubo 64 personas que dijeron que sí y 55 que respondieron que no. Los 55 son todos del grupo de los estudiantes.

La mayoría de los encuestados respondieron genéricamente a las siguientes preguntas:  15.- Bien. Me gustan. Debería haber más eventos así en la ciudad. No he asistido a muchos pero a los que sí me han gustado. Depende del evento. Hay unos chidos y otros no.

En respuestas de este tipo se agotaron las opciones. ¿Qué veo? Respuestas programadas, sin un análisis previo. No dudo que haya a quienes sí les gusten los eventos literarios, pero siguen siendo muy pocos y a éstos les gusta no por el evento en sí, sino porque este tipo de espectáculos suponen una salida de la cotidianidad, una excepción a la regla y, en muchos casos, la entrada al mundo de la exclusividad. Siempre, en ciertos círculos, es mejor decir que se fue a la ópera, a un concierto de cámara o a la presentación de un libro que a un antro o a los XV años de Fulana de Tal. Los estudiantes de prepa y secundaria que respondieron sí haber ido, también dijeron que les había gustado; ¿realmente les gustaba? Claro que no, es la respuesta correcta políticamente. Si algo te gusta lo buscas, te acercas, vas aunque en el camino se interpongan obstáculos. He asistido, la mayoría de las veces más por obligación, a casi un centenar de eventos literarios, y los he visto brillar por el vacío de sus bancas, por la soledad en la que el eco amplifica los menudos y aflojerados aplausos. No digo que en todos los casos sea así, pero si dejamos fuera las pocas excepciones, hablamos de eventos gratuitos y solitarios donde no veo a esas personas que piden a la menor provocación más cultura en su ciudad, llegar a sentarse en las sillas. Creo que hay que decirlo con todas sus letras, la mayoría de los eventos literarios son aburridísimos, incluso para los que leemos poesía. Uno de los encuestados, librero de la ciudad y lector habitual, respondió: “Por lo general (voy) por trabajo y si soy sincero la mayoría son aburridas, hasta pretensiosas resultan. Noto que la gente que está ahí o es por compromiso o porque es su cuate y si el ponente es writer-star pues nada más van por la selfie y el autógrafo”.

16.- Más publicidad para que fuera más gente. Que hubiera nuevos formatos. Que se regalaran libros. Que fueran multidisciplinarios, con música o actuación.

17.- Que les hicieran más publicidad. Que se regalaran. Que se les hicieran entrevistas a los escritores y aparecieran en los medios de comunicación.

18.- No sé. Dar entrevistas. Vender en la calle y en el transporte público. No es trabajo del escritor.

¿Qué notamos en todas estas respuestas? Yo veo que la mayoría de los encuestados habla sin tener conocimiento de causa, como es obvio, no tendrían por qué tenerlo. Es como si me preguntaran a mí cómo mejorar las ventas de los productos de la agricultura local. Tengo una opinión, claro; pero seguramente no será acertada. Con la literatura pasa que todos podemos e, incluso, nos sentimos en el deber de opinar. Alguna vez escuché de una persona que estudió mercadotecnia que lo que las librerías necesitaban eran vendedores y no libreros; es decir gente que supiera vender y administrar, no gente que leyera. También alguien alguna vez me dijo que se podían vender libros sin haber leído uno; tal vez, no lo dudo, pero ¿para qué? Los venderás como pisapapeles, como un producto ornamental, y luego, cuando el cliente se dé cuenta que ni para eso sirven, ¿qué va a pasar entonces con el libro? Nada, se desecha. Pero eso al vendedor no le importa, porque como su nombre lo dice su trabajo es vender y ya lo hizo. El problema con los libros o, mejor dicho, con quienes estamos interesados en “vender” este tipo de producto intelectual, es que lo más importante es lo que viene luego de la venta, luego, incluso, de la lectura del ejemplar. Nos interesa lo que produce el producto, el libro no es –o no debería ser- perecedero.

No voy a profundizar en este tema, sólo me interesa para demostrar que la mayoría de las propuestas de los encuestados son deficientes por superficiales, y porque no atacan el problema real: las personas no leen poesía. Podemos hacer que vayan a los eventos literarios, pero ¿leerán poesía luego?, podemos regalarles los libros pero ¿los leerán?, y luego de ése, ¿seguirán leyendo? ¿Eventos multidisciplinarios? Los hay, muchos, demasiados diría yo, tristes, ridículos en muchos casos. ¿Leerá la gente cuando le quites la música, la voz, la imagen a la poesía? Entrevistas, videoblogs, columnas periodísticas, reseñas en medios de comunicación, transmisiones en vivo por medios virtuales, promociones como si de comida se tratara. Las editoriales, los escritores, los libreros y algunos entusiastas de la lectura lanzan flechas a mansalva y, a veces, cuando el azar y el esfuerzo coinciden, nace un lector.

Para mejorar la calidad de la poesía un estudiante de filosofía propone eliminar los premios literarios; mientras que para que la obra llegue a más lectores otro encuestado dice que la muerte es una alternativa que asegura una mejor distribución. Dos coinciden en que la poesía no es ni debería ser para las multitudes, que “el lugar de la poesía es y será siempre marginal. La poesía es anticapitalista, sería una contradicción esperar un best seller de este género”. Alguien más, poeta, dice que “la poesía llega de casualidad”.

 

A manera de conclusión:

Si partimos de la premisa de que la poesía no es un producto de consumo, de que jamás será para las multitudes, como mencionó uno de los encuestados, ¿por qué los poetas nos aferramos en publicarla en papel, en aparecer en tal o cual editorial, en tener la mayor distribución posible? ¿Por qué no simplemente publicamos nuestros textos en la web, aprovechamos las facilidades de los medios electrónicos, grabamos videos, hacemos poemas sonoros, compartimos todo en las redes sociales y listo, que llegue a quien tenga que llegar?

Porque el escritor busca la legitimación, y en ese sentido nuestra idílica suposición de que la poesía es para algunos iluminados, para los contados lectores que han llegado a tocar la sustancia del espíritu, se mantiene desfasada con la realidad; porque la legitimación –al menos la de primer impacto, la que alcanza a ver el poeta antes de morir- no viene de los lectores, o viene pero en segundo término. Al poema, al poeta y a su poesía lo legitiman primero las instituciones, las elites culturales, las editoriales, y para ello sigue siendo preciso un libro en papel, avalado por alguien o algo que nos diga que eso, lo que tenemos en las manos, es poesía, que alguien tuvo la confianza de invertirle unos pesos a su publicación y, si bien va, a su distribución.

Eso sucede, la mayoría de los libros de poesía contemporánea que circulan por el país llegan avalados por instituciones o grupos editoriales con poca o mucha, no importa, credibilidad en cuanto a su selección; no obstante siguen sin venderse, la circulación de este género editorial se mantiene en un circuito muy reducido: los mismos poetas, quienes aspiran a serlo, algunos académicos especializados y los amigos y conocidos de los escritores; claro que siempre habrá alguna excepción, pero éstas no mantienen un mercado editorial.

Como pudimos ver en este ejercicio, la poesía contemporánea sigue siendo tema de conversación sólo de algunos cuantos; a pesar de los intentos de editoriales independientes o de instituciones públicas, la distribución más efectiva de este género es de mano en mano. A los poetas llegamos por casualidad, como también mencionó otro encuestado, no hay otra forma de allegarse a la poesía sino por error.

Definitivamente no nos vamos con muchas respuestas luego de esta pequeña encuesta, al contrario. Me resta decir que a pesar de que los libros de poesía son para algunos cuantos, de que los poemas se mantendrán al margen en los mercados editoriales, la poesía sigue estando en todos lados y eso, para mí, es su verdadero logro, que se ha colado en todos los rincones sin que siquiera lo notemos, ya lo dijo el viejo Parra: “Todo es poesía, menos la poesía”.

Quien quiera leer que lea; quien no, que lea.

 

[1] Omito mencionar dos libros de mi autoría que tuvieron más de una mención, otra vez por el caso que ya reflexionamos anteriormente.

[2] Es interesante comentar que el libro que se menciona de Salgado es el único de su autoría que no ha merecido un premio literario.

[3] Único autor del que se nombran 3 libros.

[4] Se mencionaron también Valparaiso (3), Losada (1) y Porrúa (4).

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PoesíaReseñas

La fiebre y los gatos. Un comentario sobre Fiebrerías, de Armando Salgado.

fiebreriassssss

Por: Cecilia Juárez *

 

¿Me extravié en la fiebre?, se pregunta Oliverio Girondo en el poema “¿Dónde?”. Es una pregunta que nos habrá atacado a todos en cierto momento, robándonos el sueño y dejándonos caer desde lo alto: la fiebre como un planeta donde viven las versiones tormentosas de nosotros, ese lugar donde las cosas crecen, ese instante del espacio donde se invocan dioses que se esfuman de un segundo a otro. Y puede ser que alguien se pierda. O se encuentre. Ambas posibilidades aparecen de la mano de Fiebrerías, la diablura número trece de la colección nacional de poetas de esta editorial en crecimiento.

La obra de Armando Salgado está detenida en ese escalón antes de llegar al culmen de la carne que dice su nombre y deja de ser lo físico para transmutar en algo mucho más allá, algo cercano a un pliegue divino. El riesgo de recorrer esa fiebre como un viajante existe siempre y va de la mano con el telón de fondo de los Los autonautas de la cosmopista, ese libro de viaje que Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop hiciesen antes de morir, recorriendo la autopista de París a Marsella.

Fiebrerías está compuesto por dos partes: “Fiebrerías de un gatopista” y “Desnudez cortada en mar”. En el comienzo encontraremos un cajón de imágenes sólidas:

Juego a la ruleta rusa. Agito el ruido del océano: mi cabeza gira como un revólver y el mar se inhala tan rojo al reventar mis venas frente al despeñadero.

 ¿Acaso no es esa la sensación? ¿Dar vueltas como algo no vivo que, además, tampoco obedece a la voluntad? En todo caso, la semántica de Salgado es percutiva, agitada, nos recuerda el estado de febrilidad que evoca en la cabeza paisajes surrealistas. La fiebre tiene vastos territorios (Peggy Lee cantaba que le daba fiebre cada vez que su hombre la apretaba fuerte o la besaba):

 

La fiebre palpita

Soy un gato que pernocta (ola de tus muslos)

 

La fiebre y sus vastos territorios –además del de la enfermedad, la respuesta inmunológica del cuerpo ante un ataque– se van desvelando en una danza de tantos velos como páginas; el velo del erotismo, por ejemplo:

 

Ser poeta. Calentar cada instante:
manos
cama
coxis
pantorrillas

 

Junto a la fiebre, está escondido un gato. La “gatopista” de Salgado, ese entramado inspirado en la cosmopista de Cortázar, parece ser un átopo, un país sin lugar geográfico, un reino que vive sólo en el sonido que produce el roce entre dos cuerpos y que está inspirado en la figura del gato, ese animal amado y odiado, perseguido y cobijado. El gato, a diferencia del perro, se autodomesticó, nunca fue atraído hasta los territorios humanos por la mano de un amo benefactor, sino por su propio instinto de sobrevivencia (donde había humanos había agricultura, por lo tanto grano, por lo tanto roedores, por lo tanto, alimento); el gato, símbolo de la fertilidad para los escandinavos, de la divinidad para los egipcios, del nacimiento para los hindúes, implica también a nivel semántico, sensualidad, independencia:

 

Gata, la mía. Te dejo mi plato, mis cuadernos,
mi bola de estambre. No soporto verte mirándote
las uñas. Extrañaré tu flexibilidad, tu tacto de espuma
los rasguños que afilabas con mi espalda…

 

Lo nocturno se identifica con el tiempo del acecho, el sueño, el lado oscuro, el silencio, la cópula felina. La noche ha sido también momento para amar, por tanto, la carne del otro en el intento infinito de llegar a lo sagrado, a ese momento en el que suenan las campanas como bien nos lo enseñó Linda Lovelace en Garganta profunda… “La iglesia de tu cuerpo/ tiene campanas con forma de pezón…”.

En la segunda parte del libro que Salgado bautizó como “Desnudez cortada en mar”, el autor se mueve cómodamente a través de la prosa poética. Si bien en “Fiebrerías de un gatopista”, la primera parte de este libro, el tono coqueteaba con la secrecía lúdica, con el soplo de lo privado y el momento de lo sensorial, en esta segunda parte hay una manera más pública de decir las cosas, algo parecido al acoplamiento matutino. El lenguaje va descubriendo surcos distintos y la voz parece moverse cómodamente entre sorpresas semánticas:

 

Cuelgo la camisa, me quito la cabeza, entierro mis manos junto a ti. Nace la deriva –tu ropa interior inhalando mi nariz–. Te dije que dejaras Farabeuf, el Marqués de Sade era suficiente…

 

Anamari Gomís escribió en alguna ocasión en “Erotismo y escritura en Farabeuf” que Elizondo mostró en esta obra un claro interés por el lado oscuro de las cosas humanas y, además, hizo lo erótico subversivo con un concepto clínico de lo sexual. La distancia que habría que recorrer entre la subversión y la perversión contenida en los textos de Donatien Alphonse François de Sade es larga, por lo menos cuando hablamos de resignificar una relación amorosa entre cualquiera de esos dos sitios abismales.

Por supuesto, en esta segunda parte se une a la lista otro símbolo, el mar:

 

El océano en forma de cangrejos entra por mi fosa nasal. Elizondo muerde tu escote. En Valparaíso arrancó la raíz de nuestra orgía –mar con cuatro cabezas–…

 

Jean Chevalier dice en su Diccionario de los símbolos que el mar está asociado con el origen de la vida, todo sale de él y hacia él vuelve; es el lugar del nacimiento, la transformación y el renacimiento. Al igual que los viajes, las aguas móviles guardan en su naturaleza la propiedad de cambiar la estructura de las cosas. Salgado oferta este libro como su forma de arrancarse una piel vieja y atraer con ello el nacimiento de la nueva piel que habrá de cubrirlo durante un tiempo indefinido, ese tiempo en el que tendrá que completar un libro distinto y un proceso similar. Otro viaje. Otro cosmos.

 

* Cecilia Juárez nació en México, en 1980. Estudió literatura en la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha publicado: Muerte para el coño dorado de Lavernia, (Mirabilis, 2006); No te desanimes, mátate (Diabluras, 2013); Bar Karaoke (Mirabilis, 2014); Lobos en un corral de lobos, (Mantra, 2016), la plaquette No estoy lista (El Humo, 2016) y “Fábulas serie B” (Diablura, 2017). Ha sido incluida en diversas antologías de poesía. Poemas suyos han aparecido en revistas como Vice y Picnic. Es locutora, guionista y productora de radio.

 

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