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Poesía

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Poesía – Desnudez cortada en mar

mar

Por: Armando Salgado

Del libro Fiebrerías (Diablura Ediciones, 2014)

 

    Ella se desnuda en el paraíso

de su memoria.

 Alejandra Pizarnik

 

 

1

Mi nariz escamea cierta humedad. Un algodón la descansa. Sofoqué la hemorragia y no el regreso. El estrés goteó mis dientes. Dentro de mi corazón hay un ciervo rojo sin pastizal. Un rastro de alfileres surcando nuestra sangre.

Hace calor.

Abrir. Guardar como… Disparos. Gritos. Rewind. Limpié mi sudor ¾mar eclipsado¾. Las venas como albatros en nariz escurriendo olas sin click. Descuartizas la niebla, la cama, la escollera. El mar es un animal con historias de sal bajo la piel.


 

 

2

 

Nada sucede mientras el hecho ocurre.

 Salvador Elizondo

 

En otras líneas el café se encaja en la mesa y te desnudas al latir un Nothing Else Matters. Subo el volumen de la hiedra. Agito los cuartos en  z i g  z a g, el barco cruzando mis brazos. Cuelgo la camisa, me quito la cabeza, entierro mis manos junto a ti. Nace la deriva —tu ropa interior inhalando mi nariz—. Te dije que dejaras Farabeuf, el Marqués de Sade era suficiente. Me arropaste con tus velas. Ante la serenidad, bajaste el cristal de mi pantalón y abriste la música del cierre. El mar escurría por tus piernas. Sabíamos que lo más importante en la cama era la posición del olor: “…los pasos de Farabeuf subiendo la escalera…”.

 

3

Limpio mi nariz. El océano con forma de cangrejos entra por mi fosa nasal. Elizondo muerde tu escote. En Valparaíso arrancó la raíz de nuestra orgía —mar con cuatro cabezas—: tú, yo, Farabeuf y tu proyecto de izquierda. El Hostal Ultramarino era el cuartel para desnudarnos. Cayeron cristales y la portada de este libro nos cortó. Ni Elizondo ni tú pudieron salvarse. Te escribí varada en mi saliva, a un nudo del puerto lejos de mi fiebre. Él se escribió delante del hecho para confesar las corrientes que citan lo invisible: un disparo de tu vientre en mi nariz. Quemaste mis barcos. Con los restos tracé una línea de mar y las partes que resguardan el sudor “…y es que la naturaleza del hecho es más importante que el hecho mismo…”. Elizondo partió su arribo: “…Farabeuf cruzó el umbral de la puerta, ella, sentada al fondo del pasillo…” y tú, al otro lado del malecón, descasada, destazada.

 

 

4

Leo mi sangre como adivinando las coordenadas de una ouija o el futuro o “…l impossibilité de l instant”. Leo las manos del mar para saber el peso de la encrucijada: “…¿no alude este hecho a la dualidad antagónica del mundo que expresan las líneas continuas y las líneas rotas…?”. Nos empapamos con la tabla de la decisión. Forramos con fusil nuestros cuerpos, en cruz los pezones. Abrí el soundtrack de la fiebre y colgaste sobre la estufa un cuadro del MST. Te fuiste a Sao Paulo. Ideóloga, desnuda, activista. La utopía de liberar aire dentro de una bolsa de plástico simplemente se tronó: “…como si su verdadera naturaleza no fuera otra que la de acontecer, sin más…” como línea de la vida —del mar y de ti— rumbo a este acantilado.   


 

5

Abro la nevera, caen tus piernas, tu lengua, tus ojos, —los devoro—: “…el nombre fue lo que ella dijo…” Leo Presente de Infinitivo y cito su pezón en partes. Antes de perderte dejaste Farabeuf debajo de mi cama, bajo llave entre mi sueño. Nunca regresarías al contexto de mi boca —unidad de tus pechos— para decir un orgasmo. Flash back. Guardar como… Otra vez. Tú. Respiro el mar de cabeza y su exhalación. Vislumbro tus senos que se desvanecen como barcos en el horizonte. Antes de partir escribiré otra nota para el refrigerador:

 

Hay que darle color a lo morido. 

 

 

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Tres Poemas

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Por: Moisés García Hernández

 

Cada oficina se ordena

de acuerdo a las jerarquías terminantes

de la sensibilidad no confesada

de las biografías escondidas

Cada adepto del tiempo

atesora su universo límite

En el instante de la muerte

todo aquello implosiona.

 

 

 

En el alero del tiempo

tus pendones cuelgas a secar

Te miraré a través de la ventana

y veré al otro lado de ti mismo

como vería

como siempre he mirado

al gato posado en el alero

ensuciando tus pendones

Es mi gato

soy su cómplice

pero

sin tus pendones

¿qué podrías protestar?

 

 

 

Los perros mueren

como relámpagos en noche

sin advertencia

sin reflujo

sin estruendo

sin gota de atmósfera tétrica en derredor

Mueren y mueren

mueren y reviven

Y no hay diferencia

entre los que mueren y reviven

Son perros

todos

plantas

gatos

hombres

en la inmensa dimensión del cosmos.

 

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Poema – Lindo Gatito

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Por: Emilio Andrade Álvarez

Fui a buscar mi cena con don Rigo

en el camino me encontré con un gato

había flores en el jardín del vecino

 

Dejando atrás el lugar escuché un colibrí

vuelan asombrosamente segundo a segundo al alimentarse

comer tacos es cacofonía / nada de poesía

 

Adquirí mi cena y regresaba a casa / vi al gato muy atento

los que viven junto a ellos maúllan su naturaleza

nosotros sólo por ser gatos tontos y más fuertes no nos comen

 

El gato brincó de pronto, diciéndome así se cena, humano

sus garras son arte/ pintó frío en la belleza del colibrí

al final es un felino y no ternura de lindo gatito.

 

 

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Poesía

Taza de café

taza cafe

Por: Mario Emilio Andrade

 

Veo una taza de café en compañía de su cuchara
la envidio porque mi novia no está / le ocupa su tesis
no te mentiré Soledad, eres hermosa / no tanto como ella

Hubo punto y aparte en mi vida al convivir con semejantes

Los candelabros de mis velas derriten en la silla vacía deseos
dejé de ser Valjean & Magdalena que litiga soltería en caridad

Estallan mis lecturas pausas al ver parejas desayunándose

Un motín dentro envaino / afilo la novela de Cosette
si no estoy con ella me ahorca tu joroba, Soledad
repique de campanas escribe mi soga

Ella es Esmeralda para el solitario / brilla de nobleza

Jamás pescando lectura tras lectura cavilé sentir olas
mis estanterías me leen por la noche brisas del poeta Rumi

“…Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche
cuando no estás, no puedo dormir
¡que Dios bendiga estas dos insomnias!
y la diferencia entre ellas…”

No descarto ninguna página / leemos juntos un libro
ninguna pintura / pincelamos juntos un Renoir
bailar con ella deseo / danzar juntos un tango

Veo una taza de café en compañía de su cuchara
la envidio porque mi novia no está / le ocupa su tesis
no te mentiré Soledad, eres hermosa / no tanto como ella

La taza de café se enfrió al escribir por Mascabada
Soledad, compartirás la silla vacía
cuando ella se titule nuestro tiempo vivirá la fe de Víctor Hugo.

 

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Dos versiones del libro que no escribí de José Agustín Solórzano

mapa

Por: Mariana Orantes

Un día cualquiera regresé de trabajar, abrí la puerta de mi deteriorado departamento y ahí estaban José Agustín y Raúl (quien por cierto escribió la cuarta de forros). Debatían si era ético cogerse un pollo muerto. Llevaban toda la noche dándole vueltas al asunto con charanda, creo. Eso fue hace ya seis años. Chepis, como le digo de cariño, había publicado un libro por aquél entonces y yo me hice su amiga de inmediato, porque me gustan que mis amigos sean así: directos, borrachos empedernidos, alegres y tristes al mismo tiempo, un poco cínicos y tan apasionados al grado de poder discutir toda la noche si es ético cogerse un pollo muerto.

El libro que aquí nos ha reunido es un trozo del hígado de José Agustín. Y usted, señor, señora, damita, caballero, podrá llevarse por la módica cantidad de X pesos un trozo sanguinolento y palpitante del poeta, una herida abierta, un órgano achacoso, cansado y risueño, afligido por la belleza.

Quiero resaltar dos cosas que encontré en el libro de Chepis. Primero: la terrible alegría que desborda. Tal sentimiento a primera vista contradictorio, es una de las tantas dicotomías que han acompañado desde siempre al arte. Dice Pietro Citati: “Con su inagotable amor por la antítesis y las contradicciones, los griegos contrapusieron a los dos dioses (…) Si Apolo era trágico, Hermes era cómico; si a Apolo le gustaba la nobleza del gesto, Hermes tenía una pasión incontenible por todo lo turbio, lo obsceno, lo vulgar (…) Muchas cosas separaban a Apolo y a Hermes, pero al menos una los unía (…) Al poeta que prefiere Apolo lo nutre la luz absoluta y la absoluta tiniebla. El poeta de Hermes es un pequeño demonio nocturno, prefiere la comedia, la ternura, la ligereza, el Eros y puede hacernos sucumbir con un encantamiento melódico más terrible que cualquier muerte”.

En el libro de José Agustín, se encuentra tal tensión: luz, ternura, tiniebla, ligereza.

La segunda cosa es que a lo largo del libro, como idea secundaria, se habla del cuerpo como una ciudad que se habita: en el interior existen cafés, calles, cantinas, borrachos e incluso, mapas.

 

“Yo exhibo mis ruinas

Me paseo dentro de mi piedra

Sonrío y persigo mis propias palomas

En mi propia plaza, no ésta

Y me bebo un café, no éste”.

 

La entrada al cuerpo y el goce se complementan a través de los orificios, en una suerte de escatología, de fin último, de más allá. Una forma de paliar la soledad, el aislamiento que da estar encerrado en ese cuerpo:

“Deja tú que compartamos la cama, hoy vamos a compartir los mismos muertos, las mismas ganas, los mismos agujeros; porque yo no voy a entrar solo a tu cuerpo, tú vas a venir conmigo.”

En ese sentido, sucede la magia de la intimidad donde conocemos a José Agustín y su visión del mundo. Ahí está su poética, recordándonos que lo pequeño es hermoso, que lo poético no está en lo intangible, que un foco es un millón de estrellas.

Una confesión: cuando tengo un amigo o amiga a quien quiero mucho, me entra una especie de enamoramiento. Es decir, me enamoro de mis amigos y los veo brillantes, admirables, guapísimos y únicos. El enamoramiento de la amistad es una cosa fantástica y muy noble, pues no aspira a nada carnal ni sexual. Y Chepis no es la excepción. Cuando leí la parte del Conquistador de cantina me descubrí emocionada, con el corazón latiendo muy fuerte por tener la oportunidad de asomarme a un momento íntimo del poeta, como cuando un niño espía a su maestra favorita. Me reía como si hubiera descubierto una carta que, aunque no sea para ti, te da el morbo y el jijiji adolescente.

Ojalá de verdad que se den el tiempo de leer y disfrutar este libro de poesía tan singular. Para terminar esta breve intervención, quiero decir que me siento afortunada por ser amiga de Chepis, porque este libro haya sido publicado y por invitarme a presentarlo. No sé cuánta poesía más vamos a compartir, cuántas pláticas y debates, cuánta amistad. Lo que sí sé es que hoy al menos tenemos una cerveza.

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Anatema

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Por: Ignacio Torres

Te hablé de mi vida

y me condenaste a muerte.

Te dije lo que sentía,

lo que por mucho había callado,

eso que me pesaba,

y tú,

lo primero que hiciste,

lo primero que se te ocurrió,

fue matarme.

 

Vivías convencido

de que a los problemas primero se les ataca

y luego,

si queda tiempo,

se les analiza.

Matar el origen del mal,

acabarlo,

matar al portador de la rabia,

acabarlo,

aniquilarlo,

aniquilarlo,

aniquilarlo sin piedad,

era siempre tu reacción.

No te imaginaste,

o quizá sí,

que algún día

yo sería la rabia,

yo sería el perro,

el problema,

el mal

al que era menester liquidar.

 

Me mataste,

tus palabras me mataron,

tu boca terrible disparó seis balas.

y me dio seis machetazos,

y seis puñaladas,

y seis,

y seiscientas

y seis mil tajadas

en mi pecho descubierto.

 

“Te vas a morir de Sida”,

fue tu aviso.

Ésa tu sentencia,

ésa tu respuesta,

cuando decidí

dar un paso afuera de la cárcel

en la que yo mismo me había metido.

 

“Papá, soy gay”,

te dije.

Y me mataste.

¿Tan malo fue que lo hiciera?

Me mataste.

¿Hubieras preferido que callara?

Me mataste.

¿Querías que me anulara?

Me mataste.

¿Que cerrara la boca eternamente?

Me mataste.

¿Eso querías?

Me mataste.

Nunca me dijiste,

nunca lo sabré.

Tu boca ya no dice,

ya no habla,

ya no dispara,

ya no mata.

 

Era un perro,

y tenía rabia, sí,

pero no por ser gay,

me enfermaba

ver cómo te referías a esos,

en los que me incluías,

que estaban contagiados,

que supuraban,

que pululaban,

que eran grotescos,

que eran infames,

que pecaban,

que ensuciaban todo

con su existencia que,

insistías,

sería mejor que escondieran.

 

Enfermos y proscritos

de las casas decentes.

Enfermos y proscritos

de la salvación eterna.

Enfermos y proscritos

del solaz de la familia.

Enfermos y proscritos

de la vida y la belleza.

Enfermos y proscritos

de la fecundidad,

Enfermos y proscritos,

enfermos y malditos

para siempre.

 

Príncipes ingenuos

que al luchar por el placer,

abdicaron a la corona.

 

Ahí estaba yo,

el perro rabioso,

muerto por el filo

de tus palabras.

Ahí estaba yo,

enfermo y proscrito.

En llamas por dentro

y abrazado

a un bidón de gasolina.

Príncipe ingenuo

desterrado de su reino.

Tú, el rey,

me proscribiste para siempre.

Me acompañaste

a donde inicia el desierto,

y esperaste,

impasible,

a que diera el primer paso.

 

Hablamos por teléfono,

no tuve el valor

de decírtelo de frente.

Preví tu reacción,

te conocía.

Ahora ya no,

aunque me esfuerce,

ya no te conozco.

 

La línea telefónica

fue la recámara,

la bocina el cañón,

tu enojo el gatillo,

y tus seis palabras,

una a una,

las balas alojadas

para siempre en mi cabeza.

 

Después de los disparos

el silencio.

Uno que podría dejar sordo

a cualquiera.

Me hubiera quedado sordo

de no haber sido

por el constante

“ti, ti, ti, ti, ti”,

con el que el teléfono,

consciente de lo que acababa de pasar,

me anunciaba que todo

había terminado.

“Esto llegó a su fin”,

me dijo.

No supe

qué responder.

No supe cómo.

Mis impulsos eléctricos

son de otro voltaje.

Colgué.

De no hacerlo

me habría colgado

con la espiral del cable.

 

Ahí estaba yo,

enfermo y proscrito,

el príncipe desterrado,

el perro rabioso,

ya sin dueño,

que le hiciera la merced

de matarlo.

Pero no era necesario,

ya me habías matado.

No con tus manos

sobre mi cuello,

como quizá hubieras querido,

pero sí ahogado por el plomo

de tu maldición,

reducido a nada

por tu flamígera anatema.

Aplastado

por las toneladas

de tu sentencia.

 

Pese a todo

me pude mover.

Me alejé del teléfono

y volví a mi cama.

Aún tenía

dónde descansar la cabeza

que me pesaba.

¿Te pesaba a ti?

No lo sé,

nunca me dijiste,

tampoco te pregunté.

El silencio escandaloso

del teléfono

se había instalado

entre los dos.

Ese abismo

no había forma de superarlo.

No quisiste,

o no pudiste,

¿o yo no quise?

No lo sé,

ya no tengo forma de saber,

tu silencio

es ya más profundo,

más escandaloso,

que el del teléfono.

 

Tu sentencia me pesaba.

Tu maldición me postró.

El resto del día estuve en la cama,

ese el último reducto de mi reino,

el baluarte final del príncipe repudiado

en que me había convertido.

Pero esa cama,

que era ya todo mi mundo,

no tenía las repuestas.

No tenía ninguna.

No me decía nada.

Las sábanas, mudas,

me abrazaban,

las almohadas, sin dar consejo,

sólo me acunaban.

Dormía y despertaba

a un mundo igual de reducido,

siempre árido,

con la misma soledad

y la misma maldición.

¿Podría conjurarla?

¿Quería conjurarla?

Tus palabras

abrieron un abismo frente a mis pies,

era fácil dar un paso,

me sentía tentado.

La oscuridad me llamaba

–insistente–,

tanto como el placer abismal e insondable

que me daba él.

 

Pablo de Tarso dijo

que lo que yo hacía era perverso,

se los dijo a los Romanos

y a ti también, papá.

Escrito estaba en su epístola

que, por yacer con él, mi cuerpo sufriría el castigo.

Por eso me maldijiste, papá.

“Te vas a morir de Sida”,

anunciaste,

mi cuerpo, castigándome,

tú condenándome.

Me desterraste,

me mataste

pero me dejaste vivir

para que me consumiera

la espera

y la certeza de mi inminente final,

de la revancha divina por mi perversión.

Tú estabas tranquilo,

            ¿lo estabas?,

habías extirpado ya

el tumor que amenazaba

la decencia de tu casa,

poco importaba

lo que pasara con ese ente maligno,

dañino,

rabioso,

mortal,

(yo).

 

Salí de la cama,

dejé, tambaleante, lo que quedaba de mi reino.

Nadie allá afuera sabía

que acababa de perder mi raíz,

que la certeza de mi origen

era solo un recuerdo.

Nadie se imaginaba

que cuando eres gay

estas solo,

completamente solo,

y debes empezar a caminar para encontrar,

tal vez,

a otros en soledad.

O quizá sí lo sabían,

sí, algunos lo sabían,

pero callaban.

Quizá veían en mí al perro rabioso,

al enfermo y proscrito,

al príncipe sin dinastía.

Lo sabían por la forma en que caminaba,

por la manera en que veía,

por el:

“Te vas a morir de Sida”,

escrito en la frente.

Sabían, veían y callaban.

Me dejaban avanzar,

condenado por el Santo Oficio de tus costumbres

y tus creencias,

y tu fé, papá,

portando mi vergüenza,

mi perversión, según Pablo de Tarso.

Ellos sabían,

los que sabían,

que de eso no se habla.

No en voz alta.

 

En silencio iba gritando.

Acababa de dejar mi cama,

mi reino en llamas,

y el mundo de afuera

no tenía nada para mí.

Eso pensé,

eso creí,

cuando vi las miradas esquivas,

los silencios burlones,

las sonrisas a medias,

y las invitaciones al placer,

previo pago.

¿Dónde estaba él cuando más lo necesitaba?

¿También la certeza de su piel

estaba perdida?

Mi Norte estaba

al Sur, muy al Sur, de su corazón.

Pero el mapa, perdido…

 

II

El perro rabioso,

(yo)

empezó a vagar.

Husmeando en la basura,

con el morro plagado de moscas,

oteaba el panorama de los olores

sin encontrar nada.

Se relamía.

La basura de otros

era su manjar,

y enseñaba los dientes,

para defender con sus gruñidos,

las pequeñas victorias

que arrebataba

a otros perros rabiosos

que también poblaban

los callejones oscuros.

 

Pronto se dio cuenta,

el perro rabioso,

(yo)

que comida y placer eran vecinos,

que vivían uno junto al otro,

que las moscas los acompañaban,

que se daban a desear

pero siempre,

irremediablemente,

terminaban por ceder

ante el más tenaz de sus perseguidores.

 

Con la insistencia de un perro,

azuzado por la rabia,

lo busqué a él.

Rabioso de dolor,

con la desesperanza sobre el cuello,

la espalda azotada por el abandono,

el vientre horadado por el deseo,

di el siguiente paso

y me adentré en el desierto.

 

El príncipe desterrado

(yo)

avanzó sobre el suelo movedizo.

Los granos de arena caliente

le recordaban el tiempo,

una masa informe

que se le metía entre los dedos de los pies,

le abrasaba las plantas

y se las hería

para luego huir rauda

como un torrente abrasivo,

y perderse otra vez en la vastedad

de un tiempo sin horas.

 

El Sol

se burlaba desde lo alto,

sus rayos se movían, ondulantes,

señalando al príncipe,

(señalándome)

para luego reírse

con su aliento hirviente y soporífero.

 

Una de sus amplias carcajadas

reveló algo inesperado.

Ahí, en el horizonte,

olía a comida y a placer.

El príncipe rabioso,

el perro desterrado,

(yo)

aguzaron el olfato,

el morro se crispó

y las moscas lo abandonaron.

Volaron presurosas

hacia donde estaba la esperanza.

 

Paso a paso,

con el tiempo escurriéndole

entre los dedos

y las plantas de los pies,

el príncipe,

rabioso de hambre y sed,

el perro,

desterrado de los callejones y sus manjares,

(yo)

llegaron al oasis de su cuerpo.

Ahí estaba él,

con un manto de agua sobre el vientre

que se desbordaba

por el peñasco de su pubis.

Una cascada invitante,

voluptuosa,

insinuante,

deliciosa, que,

llena de vida,

y placer,

esperaba a que el príncipe

y el perro

(y yo)

hundieran el morro.

 

Los ojos,

deslumbrados por el destello

del agua al Sol

se cerraron

antes de hundirse en él,

en la cascada,

en el pubis,

en la promesa del placer.

 

La oscuridad,

el silencio de esos ojos cerrados,

abonó al desconcierto de la nada

que el morro encontró.

La lengua afuera,

anhelante apéndice,

se hundió en la aridez

de una cascada desconocida,

de un torrente abrasivo

que solo se ofrecía

a quien pagaba para consumirlo.

 

El Sol

se rió otra vez,

el estruendo de su carcajada hirviente

desterró al príncipe de su ensoñación,

agravó la rabia del perro

y me hizo darme cuenta

de que aún no lo encontraba.

Que la única certeza que me quedaba

era el “Te vas a morir de Sida”

sentenciado por mi padre.

El Norte del placer

que él me había dado

también parecía perdido para siempre.

 

Tu maldición,

papá, era fuerte,

por tu boca habló Pablo de Tarso y dijo:

“Ni los fornicarios,

ni los idólatras,

ni los adúlteros,

ni los afeminados,

ni los homosexuales (…)

heredarán el reino de Dios”.

Hablaste tú,

habló Pablo de Tarso,

se los dijo a los Corintios

y tú me lo dijiste a mí.

Tu destierro,

tu anatema,

lo abarcaba todo.

 

Cuando viví en ese reino,

tu reino,

que creí algún día heredar,

la comida y el placer

me eran dados en bandeja de plata.

Ahí estaba yo,

el príncipe heredero,

complacido por la comida

pero disgustado por el placer.

Si no hubiera abdicado

la bandeja que ponías a mis pies

se habría quedado a medias,

siempre a medias.

Yo sin saciarme

y las moscas haciendo su festín.

 

Estuve cautivo,

durante años,

de tus sueños que alguna vez creí míos.

Pero no era yo tu sucesor,

no había princesa para mí

sólo un príncipe me hubiera podido salvar

pero no,

no había salvación posible para mí, papá,

el único sortilegio que había,

el único,

en ese tu reino, papá,

es el que se lee en lo escrito por Pablo de Tarso,

y por los Levitas,

y en el Deuteronomio,

y en el libro de los Jueces

y en el de los Reyes

y en el de Timoteo…

Folios sangrantes

que describen un mundo

en el que no hay espacio para príncipes

que rescatan a otros príncipes

porque es una abominación.

No hay lugar para los perros rabiosos

que yacen con sus pares

porque es perverso.

No hay nombre, siquiera,

en esos folios,

en esa tu ley,

para describir el nauseabundo encuentro,

nauseabundo para ti,

entre él y yo.

 

Me tenía que ir, papá,

pero no lo entendiste,

preferiste matarme

antes que ver cómo me desviaba

de ese camino que trazaba

el libro en el que tanto confiabas.

 

Hacía mucho que tu reino

ya no era mi hogar,

pero el clóset,

la prisión de sus paredes,

me había seguido hasta donde estaba.

Tenía que romperlo,

salir de ahí.

Di el primer paso

y me mataste.

“Te vas a morir de Sida”.

Me mataste.

Me atreví,

y me mataste.

Tus palabras se quedaron grabadas

y las escuchaba

crueles,

insistentes,

sin tregua,

ardientes,

lacerantes,

filosas,

burlonas,

lapidarias,

apocalípticas,

cada que pasaba junto a un teléfono.

 

Me sentía roto,

creo que lo estaba.

Esas seis palabras con las que declaraste

cuál sería

mi final,

agrietaron mi voluntad.

 

Azotado,

asolado,

emasculado,

indolente,

noqueado,

rabioso,

desterrado,

hambriento,

doliente,

ofuscado,

por tus seis mil,

seiscientas,

seis palabras,

me refugié en eso que tú,

y Pablo,

y los Levitas

y el Deuteronomio

y  los Reyes

y Timoteo,

consideraban

pecado.

 

La transgresión de mi placer

fue lo que me salvó.

La rabia que quisiste erradicar

matando al perro

(a mí)

se convirtió en goce,

en orgasmo,

en delirio,

en cascada,

en pubis,

en erección,

en redención,

en carne turgente

que puede con las embestidas del deseo

y soporta las del prejuicio

y las del juicio final.

 

Me mataste en vida,

querías que la espera del final

me consumiera,

me extirpara del mundo,

como habías hecho tú conmigo,

de la fastuosidad de tu reino.

Pero me cansé de esperar,

el ángel de la muerte

que habías enviado tras de mí,

el Sida,

no llegó,

sus alas negras no surcaron mi cielo

y aprendí a vivir con las seis,

seiscientas,

seis mil,

balas que me disparaste

y pude ver

que hay placer sin previo pago,

manjares sin moscas

y victorias

fuera de los callejones oscuros.

 

El perro

(yo)

dejó de vagar,

de hurgar en la basura,

las moscas abandonaron su morro,

y la rabia,

trocada de enfermedad en motivación,

cortó la cadena que lo ahorcaba,

que lo contenía.

 

El príncipe

dejó atrás las arenas sin tiempo,

la aridez

y los espejismos

del placer previo pago.

Trepó hasta la torre más alta,

ahí donde estaban sus miedos,

para salvarse de la prisión

en la que

por propio pie

había entrado.

La torre estaba vacía,

¿o no?

El dragón lo esperaba,

luchó denodado,

con el miedo en el estómago

y la determinación entre las manos.

Cerró los ojos,

deslumbrado por las llamas

gritadas por la bestia

que lo habitaba.

Avanzó espada en ristre

y dio seis,

y seiscientas,

y seis mil tajadas

en la carne verde,

áspera,

escamosa,

dura,

ruda,

del dragón

y lo venció.

Lo mató.

Un líquido espeso,

negro, nauseabundo

que olía a miedo,

a llanto,

a mentira,

a prejuicio,

a abominación,

a perversidad,

a dolor,

a condena

a juicio final,

se desbordó por las ventanas de la torre

manchándolo todo

pero limpiándolo también.

Después de la batalla

el Sol dejó de burlarse,

las arenas sin tiempo

abandonaron para siempre

los pies del príncipe y,

contenidas en relojes cristalinos,

grano a grano le anunciaron

que la espera estaba por terminar.

 

Ya no lo viste, papá,

no quisiste,

o yo no quise que lo vieras,

ya no sé

y ya no me importa.

Te había decepcionado una vez,

no quería reincidir

al mostrarte que no,

no había muerto de Sida.

Me mataste

pero sobreviví.

La rabia no se acaba

matando al perro.

La rabia,

la ira

y el coraje,

fueron apenas los primeros pasos

para salir de la enfermedad

que me habías preconizado.

Me mataste

pero sigo aquí.

 

¿Te acuerdas del abismo telefónico, papá?

Lo cavaste con tu silencio

y yo me quedé mirando en el borde.

La oscuridad del precipicio

ya no me llama,

la invitación para saltar está conjurada,

la espiral del cable es flexible

si me hubiera colgado en ella

tampoco estaría muerto.

Tu mutismo total

y atroz

y gigantesco

no fue certero,

no fue mortal,

no fue.

 

Tu boca ya no dice,

ya no habla,

ya no dispara.

No salen de ella ni seis mil,

ni seiscientas,

ni seis palabras.

Un abismo mayor te cubre ahora,

la muerte te alcanzó

sin que encontraras sucesor para tu reino,

tu dinastía quedó trunca

pero tu maldición,

tu sentencia,

tu anatema,

sigue vigente.

El dedo flamígero con el que me señalaste

aún arde en el recuerdo

de seis,

seiscientas,

seis mil personas,

(en mí)

pero ya no quema.

Las balas,

las cuchilladas,

los azotes,

y las tajadas que me diste

son parte de mí,

de mi proscripción,

de mi exilio.

Estarán por siempre

conmigo

y ya no duelen.

¿Te dolía a ti haberme disparado?

Me mataste.

¿Te arrepentiste?

Me mataste.

“Te vas a morir de Sida”.

Me mataste

pero viví para contradecirte

otra vez.

 

De mi transgresión

no me arrepiento.

A mi placer

no abdicaré.

Las batallas que he ganado,

en callejones,

en basureros,

en desiertos,

en espejismos,

en castillos,

            (en mí)

son sólo mías,

así como tus seis balas, papá,

son parte de mí.

Yo soy,

me mataste

pero soy,

me mataste

pero estoy,

me mataste

pero existo.

 

Tal vez yo te maté

con mi silencio

o éste se volvió contra ti.

No hay manera de saberlo.

Me mataste,

te maté.

 

Me mataste

pero existo,

y amo,

y él volvió,

no él, otro él,

encontramos el Norte verdadero,

al Sur,

muy al Sur, de su corazón

y del mío.

A él también lo mataron,

sentenciado

lo encontré,

proscrito,

me amó,

rabiosos

nos curamos.

Sobrevivimos.

 

No sabías, papá,

ya no supiste,

que el amor,

cualquier amor

inmenso,

real,

generoso,

(mío)

puede trocar

una anatema

en ofrenda.

 

 

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PoesíaReseñas

La poesía como insecto o ¿qué cosas son los poemas de José Agustín Solórzano?

insectos

Por: Gerardo Farías

INTRO

Un poeta. Vaya usted a saber qué cosa es un poeta.

La verdad es que nosotros llamamos a las cosas con muchas palabras y de muchas maneras, y nunca atinamos a nombrarlas como se debe. Siempre hay algo que se nos escapa, algo que no queda claro.

El poeta, empecemos por ahí, lo sabe muy bien: él sabe que no se puede: él está consciente de no saber cómo decir las cosas.

¿Cómo decir algo, cualquier cosa, de la forma más precisa? No lo sabe y es entonces cuando nace su curiosidad. Un poeta es alguien que es nuevo al lenguaje. No es cierto que un poeta conozca el lenguaje a la perfección. Lo que sucede es que el poeta se enfrenta al lenguaje como un arqueólogo o un antropólogo que está descubriendo algo donde los demás veían cosas comunes.

Donde la mayoría de la gente ve una piedra, el arqueólogo ve un hueso, una nueva especie, un pedazo de historia. Pero, dejemos esto en claro, nunca sabe qué cosa es exactamente, al menos no a primera vista. Habrá de pasar su escobetilla sobre el polvo y limpiar la pieza, excavar, extraer; sacarla, pesarla y medirla.

Así, el poeta se enfrenta a las palabras: como cosas nuevas y desconocidas. Las des-cubre. Y luego, nos muestra su hallazgo.

 

1

Conocí a Agustín en una zona arqueológica donde abundan los poetas: en un bar. Estoy seguro de haberlo visto antes, pero para mí esa ocasión fue cuando lo dejé de ver como un borracho más y, por un breve momento, no sé si le vi el aura o fue un olor medio fétido… Vaya usted a saber cómo huele un poeta… pero por un breve instante algo me dijo que estaba tomándome una cerveza con un hombre de esa calaña. Después de los tres segundos de revelación, lo volví a ver como lo que es: un hombre chistoso, enojón y que le gusta tomar.

Qué clase de arqueólogo es Agustín, me pregunto. Después de haber leído sus cinco libros, creo que he llegado a una pequeña conclusión: me disculpo. Él es un entomólogo.

La palabra insecto viene de la palabra latina que significa “incisión”. Esto por la forma en que parecen estar divididos los insectos: en varias partes. Muchos insectos tienen exoesqueletos, es decir, están invertidos, los huesos los tienen de fuera. Los poemas de Agustín muestran cosas de él, del ser humano, de cualquiera de nosotros, que nos emocionan y molestan.

Todos —siendo honestos— nacemos poetas y científicos, todo nos causa curiosidad: las cosas y las palabras. Agarramos el reloj de papá y lo rompemos para ver qué tiene adentro, ¿de dónde viene ese tic-tac?; agarramos el lenguaje y hacemos malabares, ¿qué cosa es el amor y cuánto pesan sus letras?

Agustín escribe para las cosas nimias y la gente nimia, por eso me gusta su poesía. Después de que nos muestra un bicho raro, nos lo permite ver e incluso tocar, no se detiene en los tecnicismos ni en las etimologías (así como yo). A veces, los bichos son interesantes y magnéticos, en otras, son espeluznantes o viscosos. A ratos, sus poemas-insecto nos hacen cosquillas, nos dan ternura pero seguimos arrugando la nariz.

 

2

En su primer libro, Versos, moscas y poetas, Agustín nos deja muy claro cómo es su poesía. Se le nota a leguas que es su primer libro. El libro tiene prólogo y epílogo. Sólo los escritores muy conscientes o muy temerosos o los falsos modestos prologan o epilogan sus propios libros. Ahí está Borges, ¿no? (Y siendo honesto, yo mismo he cometido el mismo feliz atrevimiento).

Su prólogo tiene tres poemas: “Acto preparatorio”, “Advertencia” y “Advertencia II”. ¿Por qué hace esto? Quiere preparar al lector. El lector que tiene este poeta en la mente es un lector ñoño y desenfadado, un lector que le gusta leer hasta las notas al pie, pero que reniega de ellas. Porque sí, hay notas al pie en este poemario.

Me sorprende que sea un estudiante de letras no titulado. Bien que le gusta lo académico, pero le gusta lo lúdico de la academia. Esa palabra le revolotea en la cara como una mosca, de vez en cuando, y lo molesta. Se la espanta con burlas o versos agresivos o, como en su último libro, con un verso de Shakira. Tengo entendido que esos poemas, los del último libro, los escribió por el mismo tiempo que el de Versos, moscas y poetas, pero fue hasta hace poco que encontraron lugar en una editorial.

Leer su último libro es como leer el primero; eso está bien, así es en la literatura, porque es falso eso de que la escritura de uno evolucione. Los mejores insectos no han cambiado su morfología en siglos, qué vamos a andar nosotros transformando unos cuantos balbuceos finitos.

Así como las hormigas nos remiten a un ejército pero sin las matanzas masivas. O así como la mosca nos recuerda a las palabras aburridas y molestas. O así como las cucarachas nos recuerdan nuestros mayores temores (más si vuelan). Así se aparecen los poemas de José Agustín en nuestro rostro y se quedan revoloteando en la mente un buen rato.

En “Adán y Edén”, la primera parte de Versos, moscas y poetas, encontramos una voz lírica (Adán) que se encuentra solo en su “paraíso” y no le queda otra que pensar en la soledad, en la tristeza, en la muerte, en el silencio….todo esto mientras se rasca las pelotas. La ironía le hace cosquillas a la melancolía. Como lo hace cualquier otro hombre o mujer cuando están solos y se ponen a pensar. Casi todos sus poemas parten de ahí: de una voz solitaria que se rasca las ideas y luego se las saca de la nariz, las hace bolita y las avienta en la página.

El soliloquio reaparecerá en su Monomanía del autómata. Un hombre solo que se mira hacia ADENTRO y hacia AFUERA. Es un poema de largo aliento, así se les dice a los poemas que tienen muchísimas páginas. El aliento de ese poema es entrecortado, la verdad, como que a ratos no puede respirar bien, a ratos bosteza, tose, escupe, tararea o murmura.

Sin embargo, hay tres voces claras: es un diálogo extraño entre tres entes. El yo lírico que puede ser o no el poeta, un tú lírico que es una tal B, que puede ser o no Berenice, su pareja, y un ente abstracto que es la libertad.

3

En Ni las flores del mal ni las flores del bien pasan dos cosas muy interesantes.

Es gracioso usar la palabra “pasan” para hablar de un poemario. Normalmente en los poemarios no pasan cosas, hay imágenes, hay metáforas, hay perplejidad, hay meditación, hay contemplación del mundo. Todo eso se puede encontrar en la poesía de Agustín, no se espante ávido lector, pero pasan también cosas. Y eso se agradece.

La primera es que los muertos regresan de sus tumbas y se ponen a escuchar lo que Agustín les tiene que decir: los muertos son poetas. A veces les reclama y en otras les pide perdón. Pasa que Agustín no tiene con quién jugar a cazar bichos y se pone a jugar con sus amigos del cementerio poético. Y ahí salen Neruda, Paz, Nogueras, Baudelaire, pero también algunos amigos vivos que, como él, son o tratan ser poetas y borrachos: Armando Salgado y Alejandro Ontiveros, entre otros no mentados. Al leer, compartimos unas trasnochadas conversaciones con todos ellos.

La otra cosa que pasa es que los poemas nos hablan de una cotidianidad inmediata, que no podemos evadir y que traemos todos encima. Ahí aparecen las redes sociales: el Facebook, el Twitter, el OXXO, el videojuego, el cajero.  Eso mal llamado “posmodernidad”. Todas esas cosas que vemos diariamente como cosas comunes y aburridas. Bueno, pues Agustín, arqueólogo-entomólogo las des-cubre como animales que nos pueden hacer pensar en los fósiles del pasado. Así como un avestruz nos puede hacer pensar en un velociráptor; así, un videojuego nos hace pensar en las dudas existenciales.

Agustín nos habla de su vida diaria y la va convirtiendo en un poema, escribe listas para el supermercado y la lista se le convierte en poema. O le pasa al revés: quiere escribirle un poema de amor a su mujer y le sale un chiste.

 

4

En su más reciente libro, Dos versiones del libro que no escribí, nos encontramos con otro juego que me permite extender la analogía del investigador de campo que va pasando su escobetilla sobre unos pedacitos de pasado. Este libro es un manuscrito comprado. “El compilador” nos dice que se lo agenció gracias a un poco de dinero, y que el poeta le dio sus poemas sin chistar, casi gustoso por deshacerse de ellos.

Es un libro que es dos en uno, como un casete con sus lados A y B. El primer lado, Antología de papeles rotos, tiene poemas varios en verso y en prosa, algunos con título y otros sin él, con el primer verso en negritas; algunos empiezan con mayúscula y otros no. Efectivamente, uno siente que está leyendo poemas hechos en papeles rotos. Ése es el tono, muy bien logrado por Agustín: melancolía echa bolas de papel. De todo lo que quiso tirar en el 2012, hubo varias cosas que valían la pena y las rescató.

La segunda parte, como su título lo dice, es una crónica cantinera, El lado alcohólico del corazón. Tiene más de treinta pequeños textos escritos en prosa que simulan la conversación del poeta con una mujer que conoció en una cantina. Me parece una burla genial del Mario Benedetti de “El lado oscuro del corazón” y sus intentos por ligarse a una mujer en un bar, recitando uno de sus poemas más cursis, “Corazón coraza”, y, además, en alemán (¡!).

Creo que a José Agustín le pasó lo mismo que a mí: no nos gusta la película argentina por cómo echa a perder la poesía de Oliverio Girondo. La poesía no sirve para comprar comida ni para salvarte de la muerte. Eso no lo entendieron quienes hicieron el filme. Pero la poesía sí nos puede servir para crear empatía con las aversiones, ¿por qué no?

En este libro aparece de nuevo un soliloquio, porque nunca leemos lo que la mujer dice, pero lo entendemos, está sugerido en el “hablar” del poeta borracho. Este poeta borracho, a pesar de que sabe que la poesía no le servirá para ligar, insiste. Y es, precisamente, en la negación de la poesía como herramienta para conquistar a la dama con lo que se forman poemas divertidos, sorprendentemente profundos y que a cualquiera lo pueden llegar a conmover; como cuando uno está crudo y ve el atardecer, y llora. La ridiculez asumida de lo cursi, la autoparodia, eso es lo que salva a estos poemas.

Es un intento por borrarse a sí mismo. José Agustín reniega del “joven poeta” que alguna vez fue. Lo interesante es que al renegar de sí mismo, no hace otra cosa que devolverse, reiterarse, ¿renovarse?, ¿acaso eso se puede? Para no contradecirme diré que no, que no hay renovación, sólo juego, trucos y jiribillas. De eso va la poesía y cualquier arte, como la magia: va de hacer creer al espectador que siente (ve, huele, toca, oye o prueba) algo que no está ahí. El lector hace un pacto y de eso depende que haya o no poesía. La poesía es el elogio de una ausencia.

Quiero citar, para concluir este texto, las líneas finales que ese “compilador” hace para presentar el libro:

En parte traición, en parte homenaje, Antología de papeles rotos y Crónica de un conquistador de cantina —ambos títulos míos— son los vestigios de un hombre que hoy sólo nos queda en palabra.

Esa madrugada, antes de irme de su casa le pregunté si estaba seguro de darme sus textos y él me dijo:

“Cuando abras la puerta asegúrate de que el perro no se escape”

En este libro el perro sigue adentro.

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EnsayoPoesía

¿Y la poesía, apá?

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Por: José Agustín Solórzano

 

Bukowski, ese borracho sobrevalorado por los dipsómanos y vilipendiado por los poetas, escribió: “pero como dijo Dios/ cruzando las piernas/: ‘veo que he creado muchos poetas/ pero muy poca poesía’”. Ahora, bastantes años después de que Charles escribiera lo anterior, podríamos asegurar que sigue habiendo más poetas que poesía, que abundan los jóvenes veinteañeros interesados en escribir versos, o los ya no tan jóvenes treinteañeros, con un par de publicaciones bajo el brazo, que organizan lecturas de poesía, encuentros de poetas, antologías; y entre todo este torbellino de amantes de la poesía es difícil las más de las veces encontrar a la susodicha.

Lo he mencionado en anteriores notas y otros ensayos: la poesía no vende, no genera ganancias, no tiene un “público”, entonces, ¿quiénes leen poesía?, ¿quiénes compran poesía? Fácil: los poetas, tal vez algunos académicos, especialistas en literatura. Encerrados en un círculo vicioso, los escritores de poemas ven lejana la salida. Son pocos los que logran hacerse de verdaderos lectores, y con verdaderos me refiero a lectores que te leen porque realmente les gusta lo que escribes; es decir: los conmueve, empatizan con lo que leen. Estos idílicos seres escasean cada vez más, no eligen leer un libro porque quieran “aprender” a escribir, o porque les interese conocer al autor, hacerse su amigo para que luego lo ayude a publicar; vamos, ni siquiera es que tengan una verdadera razón para leer poesía. Lo hacen porque lo disfrutan, porque por error o accidente se toparon con aquellos versos y éstos terminaron atrapándolos.

Increíble, ¿no? Pero muy difícil, porque para fomentar ese tropiezo, el accidente entre la lectura y estos seres maravillosos que son los verdaderos lectores, hace falta mayor distribución de los libros de poesía que se producen en este país. Atrapados en las librerías institucionales o, peor, en las bodegas de las secretarías y los institutos de cultura, son pocos los ejemplares que llegan a las manos de su consumidor final.

Por otro lado están los festivales poéticos; éstos, lejos de generar “nuevos públicos” (como políticamente los llamamos), o acercar la poesía a los potenciales lectores, lo que hacen es mostrar a los escritores como animales divinos, sentarlos en una mesa y ponerlos a leer cosas que para el común de los mortales son inentendibles –y hay que decirlo: aburridas-. La gran mayoría de estos eventos carece de humildad y claro, también de público. Los lectores acuden casi siempre a una fiesta privada a la que, por lo que se ve, no están invitados. El poeta lee, responde un par de preguntas, luego firma algunos libros y al final regresa con sus colegas y sale del recinto rumbo a la parranda nocturna que los espera. Otra vez el círculo vicioso: los festivales y los encuentros de poesía son para los poetas, ahí ellos se re-conocen, se odian, se aman, se leen, evitan leerse, se aplauden, se critican, pero sí: entre ellos.

¿Dónde está la poesía entonces? En el poema. No en todos, claro. Pero encontrarla es como buscar la aguja del pajar. No es que el poeta hoy esté subordinado a la poesía, sino que la poesía, hoy, se subordina a los caprichos del poeta, a su ego, a sus amistades, a las necesidades sociales, histéricas de sus coetáneos. La poesía pareciera la mujer sobria que busca escapar de aquel bacanal de adolescentes donde lo que importa es ver quién se pone borracho primero.

En fin, éstas son mis conjeturas. La finalidad de esta nota es precisamente empezar a ponerlas en duda. Dejo a continuación una serie de preguntas que constituye una encuesta que realizaré para reunir los datos y la información suficientes para hacer un artículo sobre el tema de la poesía y sus lectores en México. Quien sea puede contestar el cuestionario, aunque me gustaría que la mayoría de los encuestados fueran lectores “comunes y corrientes”, alejados del círculo literario.

 

Puedes enviar las respuestas a mi correo: agustinsolorzano@semich.com.mx

1.- ¿Lees poesía?

2.- ¿Has leído poesía mexicana?, ¿podrías mencionar algún autor?

3.- ¿Quién es tu poeta mexicano favorito?

4.- ¿Has leído poesía mexicana reciente –escrita de 1990 a la fecha-?

5.- ¿Cuántos libros de poesía tienes en casa aproximadamente?

6.- ¿Cuántos libros de poesía lees al año aproximadamente?

7.- ¿Cuánto estarías dispuesto a gastar en un libro de poesía –mexicana, actual-?

8.- ¿Qué poetas mexicanos actuales –vivos- recomendarías leer?

9.- ¿Qué libros de poesía –de mexicanos vivos- recomendarías leer?

10.- ¿Podrías mencionar 5 editoriales que publiquen poesía en nuestro país?

11.- ¿Podrías mencionar un poema que te haya marcado, cuál sería?

12.- ¿Cuántos años tienes?

13.- ¿A qué te dedicas?

14.- ¿Has asistido a algún evento literario –lectura, presentación de libro, charla-?

15.- ¿Cómo te has sentido en esos eventos?

16.- ¿Qué propondrías para mejorar este tipo de actividades?

17.- ¿Qué propondrías para que los libros de poesía llegaran a más lectores?

18.- Qué debería hacer el escritor para acercar su obra a más lectores?

 

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