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Crítica a la novela El nombre de la Rosa de Umberto Eco

rosa

Por: Víctor Manuel López Ortega

El nombre de la rosa bien podría ser una novela del género negro porque tiene casi todos los elementos para serlo, a excepción de que está ambientada en una abadía del norte de Italia en el año 1327, durante el periodo histórico de la humanidad conocido como la Baja Edad Media (época de supuesto oscurantismo). La narración está escrita por el anciano Adso de Melk, a manera de memorias, y protagonizada por dos monjes: Fray Guillermo de Baskerville, un fraile franciscano inglés de cincuenta y tantos años de edad, y Adso, quien en ese tiempo era un joven novicio benedictino que se encontraba bajo la tutela de Guillermo. Esta pareja de religiosos terminan desempeñando inadvertidamente los roles de detective y ayudante, ya que investigan una serie de crímenes interrelacionados en los que hay un asesino oculto entre los monjes, y el modo de encontrarlo no parece en absoluto sencillo.

Su autor, Umberto Eco, más allá de enfrentar al bien contra el mal (recurso recurrente en la mayoría de las historias), plantea una interesante lucha antagónica entre el pensamiento científico (encabezado por Fray Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk) y el pensamiento místico-religioso (representado por el inquisidor Bernardo Gui, personaje siniestro que en verdad existió y nos legó un tratado sobre este tipo de juicios —fragmentos de esta obra son transcritos por el propio Eco—, y el perverso Jorge de Burgos, quien teme a la filosofía de Aristóteles y se ha propuesto impedir la difusión de su conocimiento). Los frailes que hojearon el Libro Segundo de Poética de Aristóteles y que luego murieron envenenados por llevarse el dedo índice a la boca son víctimas circunstanciales de los planes siniestros de Jorge. Los pasados heréticos de Remigio de Varagine y de Salvatore son tramas secundarias que no tienen mucho que ver con los asesinatos que se cometieron en la abadía; sus historias sirven como referencia para ilustrar la crisis que vivía la Iglesia Cristiana Romana desde el siglo XIII, la cual fue reprimida precisamente por el implacable tribunal de la Santa Inquisición.

Bernardo Gui hace una investigación muy superficial sobre los acontecimientos macabros que suceden en la abadía y castiga lo más evidente, una verdad que la mayoría de los frailes benedictinos ya sabía; es por eso que Gui fracasa en su intento por esclarecer los acontecimientos; se basó en su vaga idea de la veracidad de las declaraciones de los testigos (sin intentar cuestionarlas), en la superstición (el gallo muerto y el gato negro como signos del Maligno) y en su concepto de justicia divina para amedrentar a los acusados con la posibilidad de la tortura. De esta manera obtuvo la confesión que quería oír, pero realmente no descubrió una verdad absoluta.

En franca oposición a los métodos de conocimiento utilizados por Bernardo Gui, Fray Guillermo de Baskerville, un personaje ficticio creado por Umberto Eco, es indudablemente representado como alguien que se adelantó a su tiempo, porque supo ser un hombre de Dios y sobre todo de ciencia (lo cual daba lugar a sospechas heréticas a inicios del siglo XIV), ya que utiliza el razonamiento deductivo y el método científico para llegar a una verdad confiable, objetiva y verificable. A partir de la constante observación, planteamiento y elaboración de varias hipótesis, experimentación, errores y deducciones, Guillermo logra explicar los siniestros hechos que se están produciendo en la abadía y que en absoluto tienen que ver con un supuesto fin del mundo. Durante los siete días que dura su investigación es asistido por su pupilo Adso de Melk quien es muy inteligente pero todavía inocente y un poco ingenuo; sin embargo, hacia el final del libro, agudiza su mente y hace deducciones que sorprenden a su maestro y le ayudan a descubrir claves para resolver el misterio que encierran los crímenes de la abadía.

Sin embargo, al final del libro, ambos bandos pierden algo: por una parte, los científicos pierden la biblioteca y, en contraposición, los místicos ven desmoronado su centro de recogimiento espiritual.

La novela, a lo largo de todo su desarrollo, da claras muestras de haber sido una concepción de Umberto Eco, ya que está cargada de simbolismo (en especial de semiótica, la disciplina en la cual él ha destacado). Haciendo uso de sus sorprendentes conocimientos de semiótica, Umberto Eco elaboró perfiles completos de todos sus personajes, incluyendo el de la campesina sin nombre de quien Adso se enamora. Sin embargo, me cautivaron aún más sus sincretismos. Por ejemplo, Fray Jorge de Burgos atemoriza a los monjes de la abadía cada vez que ocurre un crimen, les recuerda el fin de los tiempos y asocia cada muerte con una de las trompetas que menciona San Juan Evangelista en el Apocalipsis, cada una de estas trompetas tiene un signo asociado: la primera se relaciona con nieve, la segunda tiene que ver con sangre, la tercera con agua, etc. Eco relaciona estos elementos con las posiciones en las que los monjes muertos son hallados: Adelmo se suicida al arrojarse de una torre y su cadáver es encontrado en la nieve; el ilustrador Venancio muere envenenado al leerle el libro Poética de Aristóteles a Fray Jorge y a Berengario; movido por la culpa de su pasión homosexual hacia este monje, arrastra su cadáver a los chiqueros donde lo sumerge en sangre de cerdo; al día siguiente, Berengario aparece muerto en un baño de lima; el médico Severino es asesinado de un fuerte golpe en la cabeza por custodiar el libro prohibido en su herbario; quien lo mata, el bibliotecario Malaquías, muere envenenado al hojear ese libro; el abad Abbone muere asfixiado al tratar de encontrar en la laberíntica biblioteca a Fray Jorge y finalmente, el malvado Jorge muere envenenado al tragarse pedazos de las páginas del libro de Aristóteles entre las llamas del incendio que él mismo provocó. Esta fue la séptima trompeta apocalíptica, la séptima muerte; por lo tanto, la destrucción del mundo: su propio mundo. El incendio de la biblioteca se propagó a las demás áreas de la abadía y lo consumió todo en tres días, quemando la biblioteca más grande de la cristiandad (según palabras de Guillermo de Baskerville) y terminando con el estilo de vida de toda una comunidad.

Opino que fue todo un acierto bautizar este libro como El nombre de la rosa en lugar de La abadía del crimen, la única pista que el autor da de ello a lo largo de la obra es durante una conversación en el scriptorium entre Guillermo y uno de los monjes, en la que Guillermo recita el último verso de un poema de Bernard de Morlais, el cual dice: “Todo lo que queda de una rosa muerta es el nombre”. Esta frase me despierta la curiosidad por saber el significado que Eco quiso darle a esta figura literaria: ¿Cuál es el nombre de esa rosa? ¿A qué elemento de la historia alude esa rosa muerta?, ¿al segundo libro de Poética de Aristóteles cuyo último ejemplar conocido se perdió en ese incendio?, ¿a la biblioteca de la abadía, la más grande del mundo cristiano, de la cual nosotros únicamente conocemos el nombre, al igual que el de la desaparecida Biblioteca de Alejandría?, ¿al conjunto de edificios y moradores de la abadía, cuyos relatos de herejía y crímenes hacen que nosotros los tengamos en la memoria?

Definitivamente es mucho más rico en contenido el libro que la película, aunque Eco se exceda ligeramente en darnos a conocer los acontecimientos históricos acerca de la crisis del cristianismo, los mecanismos utilizados por el poder religioso para mantener sometida a la religión general por medio de un temor irracional al infierno y al final de los tiempos, las descripciones de la arquitectura de la abadía, el modo de pensar de cada uno de los monjes y las conversaciones tan extensas que ellos sostienen en latín; las cuales, por una parte, provocan la sensación de que eso que el autor está contando pudo haber sido verdad, aunque sitúa al lector en un nivel de intelectualidad elevado. A pesar de estos elementos, que en ocasiones dificultan la agilidad de la narración, considero que el libro está estupendamente escrito y es admirable la cantidad de información que Eco puso en juego para brindarnos este resultado final; él deja muy claro que es un sabio y un genio.

La película más o menos respeta el contenido del libro hasta que cae en el juego típico de Hollywood del “Happy ending”. Annaud aumenta la participación a dos personajes secundarios (Bernardo Gui y la campesina), derrocha sexualidad innecesaria para atraer más dinero a la taquilla (la campesina nunca le dice a Adso que es bello), elimina el caballo Brunello y a Fray Alinardo. Creo que Umberto Eco tenía bien definida la función de cada uno de sus personajes en la historia, sus propósitos, el momento en que cada uno tenía que morir (si ése era el caso) y su importancia. La novela de Eco no aclara si los herejes murieron en la hoguera o no, sólo se sabe que se les condujo a Avignon para continuar con su proceso, lo único que Gui obtuvo de Salvatore y Remigio fue la confesión, de la campesina no se sabe más (el último dato que Eco proporciona de ella es que fue encerrada en una celda distinta a la de Salvatore); en la película se queman a dos de los herejes al mismo tiempo que la biblioteca se consume en llamas y la multitud se enardece ante Bernardo Gui y lo matan. La película tiene el acierto de respetar escrupulosamente el contexto histórico en el cual se desarrolla la trama, otorgarle a Sean Connery y a Franklin Murray Abraham (dos actores maravillosos) los papeles de Guillermo de Baskerville y Bernardo Gui, y a pesar de sus omisiones y malas decisiones al momento de la adaptación, la versión cinematográfica entretiene y funciona como un thriller religioso.

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Releer/reescribir a Borges: un regalo

borges

Por: Gerardo Farías

Cada lenguaje es una tradición,

cada palabra, un símbolo compartido;

es baladí lo que un innovador es capaz de alterar

JLB

 

Si hay algo por lo que admiro a Jorge Luis Borges es por la forma en la que me enseñó a leer. Fue el primer autor que me hizo entender que la lectura es un fenómeno activo, que es el lector el que crea la obra literaria y que los escritores a lo que más pueden aspirar es a contar la misma historia una y otra vez de una forma auténtica. Ser auténtico no es lo mismo que ser original. No hay casi nada original en la creación artística.

Jim Jarmush, el cineasta estadounidense, lo explica en el último de sus consejos para hacer cine:

 

Nada es original. Roba de cualquier lugar que te inspire y nutra tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones azarosas, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, cuerpos acuáticos, luces y sombras. Elige para robar solamente cosas que le hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en cubrir tus robos -celébralos si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: “No importa de dónde tomas las cosas –lo importante es hacia dónde las llevas”.

 

Esto lo dice también Jonathan Lethem en su ensayo Contra la originalidad: “Los lectores son como nómadas recolectores por campos que no les pertenecen”. Borges antes que autor fue un gran lector, de hecho sin sus lecturas no habría podido escribir casi nada de su obra. Sus cuentos, poemas y ensayos se basan en la reapropiación de las literaturas que poblaron su biblioteca y su mente.

La literatura, como todas las demás artes, está ahí frente al espectador como un regalo. De ahí que la idea de propiedad privada se desvanezca en el ámbito artístico. Para Lethem, la diferencia principal entre el intercambio de mercancías y el de los regalos es que los regalos establecen un lazo sentimental entre dos personas, crean una conexión; y el arte es recibido casi siempre como un regalo y no como una mercancía (o así debería ser) porque su objetivo principal apunta a conmovernos, reanimarnos, trastocarnos e infundirnos, sobre todo, una esencia diferente en nuestras vidas. Cosas, definitivamente, invaluables.

Es por ello que a manera de homenaje me he apropiado y rescrito un poema del escritor argentino, con lo cual intento poner en su poema mi propio horizonte vivencial; trato, pues, de reflejar lo que mi lectura ha puesto en su obra.

Y lo ofrezco aquí como un regalo y una invitación a que el lector pruebe a hacer su propia versión de las cosas que son relevantes en su vida y lo dejarán de ser en su muerte.

 

Las cosas

(1969)

Jorge Luis Borges

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

 

Las cosas

(2016)

Gerardo Farías

 Los lentes, la cama, los tatuajes,
el difícil andar de mi auto, las frías
cervezas que ya no tomarán mis días,
los dados, el dominó y los naipes,
un libro que tenía el sentido de mi vida
y que nunca llegué a leer, un atardecer
inolvidable que ya se borra de mi mente,
el espejo que rompí en mi adolescencia,
el alebrije hecho con mis manos de casado.

Cuántas cosas, canicas, puertas, mapas,
botellas, cuadros, plumas, llaves,
me sirvieron como esclavos,
misteriosas en una rebelión muda.

Durarán más allá de esta lectura,
de tus ojos sobre estas líneas,
mas nunca sabrán de este homenaje
y tampoco que ya no estamos.

 

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Reseñas

Jugando con los hechos

guerra

Por: Felipe Gómez Jacobo

“Juego: Acción y efecto de jugar por entretenimiento”.
Real Academia Española

Recientemente finalicé de leer una novela histórica. Dicho subgénero literario aún está en constante debate: hay quienes la definen como una trama ficticia desarrollada en un momento histórico real y quienes la conciben como una reinvención de un suceso real a partir de una construcción literaria. En esta última perspectiva centraré mi atención.

La primera novela es El nazi y el psiquiatra de Jack El-Hai; la segunda, En el jardín de las bestias, de Erik Larson. ¿Por qué utilizar el verbo jugar? Sencillo, porque sus autores usan los hechos reales para entretener.

El primer título cuenta la historia del Dr. Douglas M. Kelley, psiquiatra a cargo del exmariscal del Tercer Reich; éste último, jefe de la Luftwaffe Herman Göring y uno de los arquitectos del genocidio judío que en el momento de la novela se encuentra detenido para ser juzgado en Nüremberg por sus crímenes en la Segunda Guerra Mundial. El segundo libro narra la historia del Embajador de los Estados Unidos, William E. Dodd, como emisario en la floreciente Alemania Nazi, y las relaciones románticas y políticas de su hija Martha Dodd con la jerarquía alemana.

Mi afición por la Segunda Guerra Mundial me orilló a explorar ambos títulos y me surgió una inquietud: ¿hasta dónde le es permitido a un autor jugar con los hechos para recrear un suceso histórico a modo literario?

Una respuesta fácil podría ser que es una cuestión creativa: encontrar una forma más atractiva de seducir al público contando un evento histórico. Pero no podemos quedarnos en una superficial conclusión. Hay que escarbar un poco más.

El-Hai se enfoca en un argumento periodístico; construye su novela como si fuese un reportaje. No obstante, pone el destino del protagonista en un constante vaivén de suspenso que termina atrayendo al lector hasta su inminente final, como cualquier texto de ficción. El autor destaca literariamente el inicio, el clímax y el desenlace de Kelley. Aprovecha al máximo el tópico “basado en hechos reales” que no resulta exclusivo del cine.

Por otra parte, Larson se va a un extremo que resulta interesante, al grado de visitar los lugares de aquel Berlín estremecido que creía en todo y a la vez en nada. Capta en su mente cada diminuto detalle de lo que ve con ojos propios, fotografías y videos, hasta el grado de sentir que vive en la época con sólo cerrar los ojos.

Lo que es un hecho en ambas obras es la capacidad de recrear el ambiente con base en los documentos y diarios de quienes lo protagonizan; ese partir de una simple línea o textos en los que todos parecen literatos al detallar sus vivencias en una época que agitaba la civilización. Lo que viene a constatar que no está prohibido jugar con los hechos, redefinirlos en la grandiosa literatura que todo ve y atestigua. Muchos de los protagonistas sufrieron el horrible destino que los nazis maquinaron, pero antes de ello dejaron el manifiesto de sus tiempos, mismo que aprovechan autores contemporáneos para echar una mirada a la historia.

Aunque pareciese que nadie puede cerciorase por completo de que eso haya pasado realmente, la balanza siempre se inclinará hacia quien presente las pruebas.

En el fondo, la novela histórica agrada por su realidad, palabras fantasiosas que cuentan hechos innegables. No solo representa una perspectiva creativa, sino también la maravilla de plasmar el deseo de haber vívido ahí y contarlo todo.

Y si bien no es posible viajar en el tiempo, sí podemos explorar el laberinto de la novela histórica, un subgénero poco conocido, pero que siempre resulta un referente de la buena literatura. Estas dos novelas contienen cada una un final que invita a reflexionar sobre qué hubiésemos hecho nosotros en aquellas épocas, para redefinir o aceptar el curso actual de la historia.

No serán las primeras ni las últimas que leo. ¿Conoces alguna otra?

 

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Caminos

neil

Por: Karen Silva

 

Damas y caballeros, apunten sus narices hacia arriba: una tormenta se avecina y en una cárcel como cualquiera de los Estados Unidos, los prisioneros -mortales y divinos- sienten la electricidad en el ambiente que anuncia la obertura de algo más que un par de rayos y nubes en el cielo.

Estamos en una tierra que es lo contrario a lo sagrado, no se refiere a lo maldito sino a aquella en la que no existe la fe, en la que los dioses son vulnerables, tanto como los mortales. Neil Gaiman habla así de Estados Unidos en su celebrada novela American Gods, en la que nos lleva por las carreteras actuales de Illinois en la travesía de Wednesday -un viejo dios nórdico- y Sombra -un ex convicto misterioso del que tendrás mucho por descubrir a lo largo de la lectura- para encontrar a los dioses que fueron traídos a América hace siglos por los inmigrantes, o por lo menos a aquellos que aún no han sido olvidados.

En la novela, Gaiman nos embarca en distintos viajes, el de los escoceses, rusos, griegos, eslavos, africanos y hombres de distintas latitudes convertidos en esclavos, que por distintos destinos se embarcan rumbo al Nuevo Mundo, llevando consigo su folclor, su fe y sus panteones como única ancla asida a lo que alguna vez fue su hogar. Aquellos dioses se vuelven entes errantes en una tierra extranjera en la que lentamente sus adeptos se olvidan de ellos, mueren o comienzan a adorar a otros dioses: los nuevos mesías de América.

American Gods es una guía de la geografía y el folclor americanos que muchas veces se encuentran sumergidos en la segunda capa de la tierra, esa que ha sido sepultada por el peso de la modernidad y de la historia. En sus páginas aparecen, como referencias directas a los dioses quienes se revelan como habitantes locales, ciudades reales de Illinois que fueron nombradas en honor a sus homónimas del Viejo Mundo: Tebas y el Cairo principalmente; un interesante experimento narrativo para trasladarte de la carretera al pasado, al presente y a los sitios de visita obligada para el curioso turista.

Al leer esta novela tuve la incontenible sensación de tomar carretera para conocer los parajes que se describen en ella, moteles, dinners, centros comerciales y pueblos que conforman el retrato de una América resultado de un pasado, que aunque determina el presente, se desdibuja en su camino hacia el futuro con cada generación. Neil tiene un talento especial para fusionar lo fantástico y lo onírico con la rutina diaria de cualquier ciudad con la finalidad de volver cada capítulo un retrato de colores vivos de las distintas realidades que se superponen en sus universos.

Definitivamente considero a esta novela una lectura altamente recomendada para quienes tengan en mente un viaje largo en carretera por Norteamérica. También puede servir como un reto para visitar ciudades y monumentos en un road trip de aventura, solo o con amigos. Si decides salir a carretera con American Gods como guía de turista, ¡cuéntame sobre tu experiencia! Envíame un correo a: lin.karensilva@gmail.com.

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Venganza sin sentido

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Por: Nan Martínez

 

-MUNICH-

El 5 de septiembre de 1972 miembros del grupo terrorista Septiembre Negro, tomaron como rehén un equipo deportivo israelí durante los juegos olímpicos en Munich, Alemania. A cambio de mantenerlos con vida, solicitaron la liberación de 234 presos políticos árabes. Pero Israel no estaba dispuesto a negociar y el ejército Alemán decidió no participar por ideales políticos conservadores. Golda Meir, primer ministro de Israel, junto con un pequeño grupo de funcionarios, respondió a los asesinatos organizando la Operación Cólera de Dios con el objetivo de eliminar a todos los que habían contribuido de alguna manera con la masacre.

El protagonista de la película es un joven agente secreto israelí, Avner (ERIC BANA), quien debe dejar atrás la ciudad en la que reside, su identidad y a su esposa embarazada. Avner será el líder de un equipo de cinco miembros con diferentes habilidades: Steve (DANIEL CRAIG), un sudafricano muy visceral, quien es el conductor; Hans (HANNS ZISCHLER), un judío alemán experto en falsificar documentos; Robert (MATHIEU KASSOVITZ), un fabricante belga de juguetes convertido en fabricante de explosivos; y Carl (CIARÁN HINDS), un hombre silencioso y metódico que se encarga de “limpiar” cuando los demás se van.

Steven Spielberg toma un hecho verídico y demuestra que la violencia acarrea más violencia hasta formar una espiral interminable con la que no se llega a ninguna parte. Logró transmitirme la angustia y la tristeza que vivieron los once rehenes asesinados, mediante flashbacks sumamente violentos y una dirección artística que capta a detalle los años setenta. La atmósfera, la banda sonora, los autos y el vestuario logran transportarnos a esa época.

Janusz Kaminski visualizó la historia a través de un mapa mundial. “Hay ocho países diferentes en la película y decidí que cada uno tendría diferencias sutiles, que los colores serían algo diferentes. Era una forma de dar una personalidad a cada país, a pesar de que la mayoría de escenas se rodaron en Malta y en Hungría”, explica. “La acción que transcurre en Oriente Próximo tiene colores más fuertes, con mucho más sol. Pero cuando llegamos a París, Frankfurt, Londres, los colores son más fríos, menos saturados. Incluso cada ciudad europea tiene un carácter y colores propios”

Desde Ginebra, Frankfurt, Roma, París, Chipre, Londres y hasta Beirut, Avner y su equipo viajan de incógnito buscando a cada uno de los objetivos incluidos en una lista negra y secreta y luego asesinándolos uno a uno. Obligados a trabajar fuera de la ley, siempre de un lado a otro, sin hogar ni familia, la única conexión que entablan con otros seres humanos es la que sostienen con los miembros de su equipo.

Lo que más me gustó de la película fue el estilo fílmico setentero y la banda sonora.

Lo que menos me gustó fue la linealidad de la historia y el final.

 

Cinco nominaciones a los Premios Oscar: Película, Director, Guion adaptado, Montaje y Banda Sonora.

Año: 2005

País: Estados Unidos

Director: Steven Spielberg

Reparto: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Geoffrey Rush, …

Género: Thriller. Drama. Intriga | Basado en hechos reales. Años 70. Conflicto árabe-israelí. Terrorismo. Política. Juegos olímpicos

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Mover los astros – Reseña de Efecto Vudú

efecto vudú

Por: Iliana Vargas

 

Poner en juego el bien y el mal, la ley que rige el universo, un universo en donde no hay una sola materialidad, sino una cantidad inmensa de existencias posibles, es lo que el lector habrá de hacer al convertirse en el explorador que busca este libro.

Una novela sobre mundos fantásticos, sí, pero ¿qué mundos y qué tan fantásticos, o fantásticos en qué sentido?, habrá de preguntarse quien lea el lema que acompaña a Efecto vudú, cuya enigmática portada suscita una idea oscura sobre los personajes que ahí habitan. Sin embargo, en este caso lo fantástico no obedece a una sola definición; acaso, la transgresión de los límites de lo natural y lo sobrenatural sea el modus operandi, las reglas que Édgar Omar Avilés plantea para cada uno de los territorios en los que sus personajes deben encontrar la manera de sobrevivir.

¿Quién suele pensar en el origami, por ejemplo? ¿Y a quién se le ocurriría relacionar el significado de esa palabra con la idea de expansión, doblez, línea y arruga que constituye también el destino no sólo de un individuo, sino del cosmos entero?

¿Qué fuerzas, qué universo, qué ley rige a qué mundo? Si nos ponemos a pensar un poco sobre las cantidades de universos y soles y leyes que nos rodean, que nos preceden y se desarrollan de manera paralela a la nuestra, sabremos que sería imposible delimitar nuestro cambio de visión incluso hacia un punto de fuga en el infinito. No hay límites conocidos sobre aquello que vemos y mucho menos sobre lo que no percibimos con nuestra visión humana. Y sobre estos límites, que figuran a líneas y dobleces en un gran pliego de papel que podría ser el universo, es que se desarrolla una historia múltiple, como lo son las posibilidades de doblar y desdoblar ese inmenso papel. El cosmos que plantea Édgar Omar Avilés en esta novela es un entramado de tiempos y materialidades, de leyes que hablan de la naturaleza pero también del instinto mágico innato del ser humano y de cualquier otra entidad viva: la capacidad de invocar a lo desconocido y de darle poder con el canto y la palabra. Porque qué es una oración, un embrujo, un rezo, un lema, sino un encadenamiento de palabras y sonidos que llevan un ritmo, que imantan a quien lo escucha ejerciendo un poder mesmérico en la voluntad y en el presagio:

Papa Legba, con el universo a mis pies, Damballah, modifiquemos el pasado, Mama Wánga, movamos los astros. Soy tuya y eres mío, Grand MaÎtre Nzambi. Zarabanda, vudú Cósmico para Ychi, Inôssi Mucumbe, que pague la humanidad, Kalunga, por mi error de convertir a Ychi en zombi, Barón Samedi, para que nunca ocurriera la desgracia. N’ganga, vudú Cósmico. Loas, cambiemos el presente y el futuro moviendo los astros. Exijo vudú Cósmico, vudú Cósmico, vudú Cósmico para Ychi.

La manera en que se dibuja esta novela va de la mano con su estructura: Édgar Omar Avilés hace una cartografía de multiuniversos para plantear las posibilidades de existencia de Ychi en dimensiones paralelas de nuestro propio planeta, aunque en temporalidades distintas: Haití [donde sucede la historia de los padres de Ychi, y de alguna forma se determina su destino]; Rusia [donde coexisten personajes hechos de origami]; Japón [una especie de limbo en el que Ychi dialoga con un fantasma llamado LiPo, a la espera de la muerte o la resurrección]; España [en la época de 1820, donde Ychi es un mago y científico] y un espacio virtual, innombrado, en el que siempre es Invierno, y los personajes que lo habitan son partícipes de un juego en el que, al parecer, sólo uno de ellos sobrevivirá. En todas ellas hay una misión en común cuyos participantes funcionan a manera de piezas en un tablero cósmico: sin saberlo, sus actos servirán para restaurar el orden de los astros a los que la madre de Ychi acudió en un acto de furia contra la infidelidad de su esposo, convirtiendo a su hijo en un zombi.

En estos cinco mundos confluyen la magia, la enfermedad, la realidad virtual, la metafísica, la filosofía, las atmósferas etéreas, y llama la atención, particularmente, el Mundo de Papel, pues cada que entramos a esa esfera vital, por llamarlo de alguna manera, impera la exploración de los sentidos: los colores, las texturas, la fragilidad o la persistencia de la gran diversidad matérica con que Édgar Omar Avilés la construye, le da una riqueza orgánica que además se relaciona con la identidad de cada personaje.

Dentro de esta estructura, en donde cada capítulo está ligado a otro por saltos para contar un momento distinto en la historia de Ychi, hay un elemento narrativo que me parece relevante: Édgar se preocupa por determinar con un lenguaje específico cada modalidad de tiempo y espacio, tomando en cuenta no sólo los juegos con el uso de distintas personas gramaticales, sino incluyendo recursos dramáticos, como los momentos en los que se dirige al público como si uno fuera espectador real y siguiera, en vivo, los actos misteriosos de Ychi en su faceta de mago y resucitador de muertos:

Miren ustedes a ese anciano. Se llama Ychi y viste un saco arrugado y un sombrero de copa roto. Vean cómo sonríe mientras recibe un real de cada obrero que busca olvidar su infortunio por un par de horas.

A la vez, como si esto no fuera suficiente para hacernos vislumbrar la poliexistencia del personaje, hay un elemento que da un tono distinto al libro como conjunto. Si bien su esqueleto obedece al de una novela, hay, como división de cada capítulo, una propuesta de minificción en la que se plantea, a manera de viñeta, otra forma de asomar, justamente, a Las otras vidas de Ychi: pincelazos sutiles, a veces poéticos y juguetones; a veces concretos y descarnados, llenos de elementos que quizá parezcan nimios pero determinantes para que el destino de un cangrejo, del humo de un cigarrillo, o incluso la transfiguración de entidades de naturaleza diversa, se lleve a cabo o no.

Sin temor a estropear la sorpresa o el asombro del lector, me atreveré a sugerir que esta historia, enhebrada en un enigma que se resuelve al unir los puntos de cada uno de los pasillos de sus apartados, formula una delicada pregunta al final del laberinto: ¿cuál es la verdadera vida de Ychi?

 

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It (2017): el análisis de una adaptación que divide al público

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Por: Felipe Gómez Jacobo

(SPOILER ALERT)

 

Aunque el propio Stephen King declaró lo terrorífica que le pareció la nueva adaptación de su novela It (1986), a muchos de los seguidores del libro y de la mini serie de los 90 no les agradó totalmente. Pero analicemos el asunto con mayor detenimiento.

La crítica parece apreciar favorablemente el filme de Andy Muschietti, alumno de Guillermo del Toro, a quien el primero encantó con su anterior filme de terror Mama (2013) y que catapultó a la actriz Jessica Chastain al estrellato. It tiene un 70% de aceptación por parte de los críticos especializados, según Metascore; mientras que la fanaticada, hasta ahora, le da una calificación de 8 en un rango 10 en IMBD y Rotten Tomatoes.

La película nos presenta a “Eso”; un ente malévolo y ancestral que llegó a la Tierra durante la prehistoria y se asentó en Derry, Maine, donde durante siglos ha masacrado a adultos y a niños por igual hasta que se topa con el Club de los Perdedores, quienes le hacen frente en dos etapas: este film muestra solamente la primera, cuando son niños.

Una marcada diferencia en este sentido es que la novela no hace mucho énfasis en una de las formas de It, la cual es el payaso bailarín Pennywise, sino que explora los miedos de los niños y muestra al ente metamorfoseado en las fobias de éstos como si fuera un ser camaleónico. Por el contrario, la película de este año, aunque también se centra en los niños y en sus fobias, pone de principal antagonista a Pennywise y le da un papel preponderante.

A criterio personal, Bill Skargard hace un prominente y excelente papel interpretando al payaso asesino. En efecto (y a diferencia de los trailers y los posters) no es del todo terrorífico como el payaso de Tim Curry. Tendríamos que preguntarle a niños menores de 15 años qué les pareció esta nueva película para ser justos con toda una generación que vio la mini serie siendo aún niños y hoy día no sienten el mismo pavor (¿por qué crecieron?).

Pennywise de Bill Skargard cumple con ser burlón y despiadado, y aunque Indiewire señaló queentre más aparecía el payaso, menos miedo daba, el portal crítico de Roger Ebert calificaba el papel del actor como: “…él (Skargard) no parece estar trabajando tan duro para asustarnos… Él es tímido -juega con estos niños- haciendo que sus estallidos repentinos de hostilidad de payaso insano sean mucho más impactantes”. Es decir, primero les da risa y después se los come.

 Como ejemplo está la escena en la que It pretende devorar a Eddie Kaspbrak tras éste haberse roto el brazo, donde Pennywise tras un letal “Es hora de flotar”, se acerca a él bailando y juega con su brazo como si se lo fuera a comer. (Me pregunto a qué niño no le asustaría ver a un payaso de apariencia malévola intentando comer su brazo). Lo mismo sucede casi al final, cuando se presenta como el Payaso Bailarín ante Beverly. El papel de Skargard pesa en ese sentido.

En contraparte, hay detalles que hacen ver a la película como una más del montón en cuanto a su género. The Guardian la aplaude, pero la señala como “lo típico de las últimas películas de terror: casas abandonadas, payasos malévolos, etc.”, si bien Muschietti no utilizó mucho el recurso del elemento sorpresa para asustar. Si acaso, 3 escenas lucen de esa forma, por ejemplo en la parte donde Beberly noquea a su padre y Pennywise la secuestra. Por momentos la película sí se asemeja a lo típico de estos filmes, y eso repercute al final.

Sucede también con el asunto de los efectos que si bien el presupuesto de la película era limitado, se pudieron explotar de mejor forma aunándolos a la actuación del payaso y el resto de los perdedores. Véase el caso de Kubrick en El Resplandor (1980). Con un presupuesto cómodo creó una obra maestra y explotó el ingenio literario de King en la pantalla grande.

En conclusión, el filme es lúcido, generó una expectativa publicitaria enorme que no les pareció a muchos pero que a otros muchos sí nos gustó. Al fin de cuentas, el cine se trata de eso, de generar discusión sobre un filme y su historia, y más cuando se trata de una adaptación literaria.

La segunda parte saldrá el 6 de septiembre de 2019. Se rumora que Jessica Chastain ocupará el papel de Beverly y que Daniel Kaluuya interpretará a Mike (Daniel es la estrella del aclamado thriller psicológico Get Out (2017) que con un presupuesto tímido de 4.5 millones de dólares hizo más de 200 millones). Hasta Jake Gyllenhaal (Nocturnal Animals) suena como Bill en la pantalla grande.

Habrá que esperar. Esperar flotando.

 

 

 

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Reseñas

¡Qué Madre es esto!

madre

Por: Víctor Manuel López Ortega

Desde el viernes 22 de septiembre, está en cartelera la película ¡Madre! (Mother), del director Darren Aronofsky, reconocido por grandes filmes como Réquiem por un Sueño (2000), El Luchador (2008) y El Cisne Negro (2010), cintas que destacan por sus sorprendentes retratos psicológicos y grandes actuaciones por parte de sus actores principales, que en todos los casos anteriores han significado (mínimo) nominaciones para ellos (Ellen Burstyn, Mickey Rourke, Marisa Tomei, Natalie Portman).

Ahora Aronofsky está de regreso con ¡Madre!, una película que, desde su estreno en la más reciente edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, ha generado tanto el elogio de aproximadamente dos terceras partes de la crítica especializada, como el desprecio y el repudio por parte de una porción de ella. En Estados Unidos, la audiencia le dio calificación de F, la más baja posible. Incluso hay críticos que la han nombrado “la película más WTF desde La Naranja Mecánica”.

En mi opinión, si uno como espectador ve ¡Madre! esperando una película con narrativa convencional, contada de manera lineal, donde hay un personaje protagonista con un deseo intenso, un personaje antagónico, una lucha entre ellos y un desenlace coherente y lógico, podrá pensar que ¡Madre! es una de las peores películas, no sólo del año, sino de todos los tiempos. Desde mi experiencia como espectador, pienso que ¡Madre! está concebida y estructurada como una alegoría, en donde los símbolos ayudan a la audiencia a buscar en el fondo -que se asoma en las escenas- para interpretar (y esto depende de cada uno de nosotros) el mensaje que el director (y también guionista) pretende comunicarnos con su obra artística.

A continuación les comparto una parte de mis interpretaciones:

El personaje de Jennifer Lawrence y la casa son el mismo personaje, ambos simbolizan la Tierra, el Paraíso Terrenal, la Madre y la Virgen María. Su esposo, Javier Bardem, que es un escritor, simboliza un Dios Creador, que ama la Tierra y las criaturas que lo alaban, que lo necesitan; los admite en su casa, pero toma distancia de todos y permite que sucedan tragedias en la casa.

Durante la primera hora de la película, la “armonía” de la casa en construcción se rompe por la llegada de dos desconocidos, un Hombre (interpretado por el actor nominado a 4 Premios Oscar, Ed Harris) y su esposa, una Mujer (interpretada por la actriz 3 veces nominada al Oscar, Michelle Pfeiffer) y que simbolizan a Adán y Eva respectivamente. Ambos disfrutan de la generosidad de ese Dios y de esa Tierra, en lo que podría ser una comunión perfecta, pero, por su desobediencia y por su curiosidad de explorar terrenos prohibidos, lo arruinan todo y son expulsados del Paraíso.

Pero a pesar de la falta e indefensión de éstos últimos, el personaje de Javier Bardem no los desampara. La prueba está más adelante, cuando los hijos de este matrimonio entran a la casa en una acción que alude a la rivalidad bíblica entre los hermanos Caín y Abel y que conduce a la muerte del segundo. En ¡Madre!, los personajes de Ed Harris y Michelle Pfeiffer se muestran agradecidos solamente de palabra con el personaje de Bardem que les ha permitido hacer un funeral a su hijo muerto en la sala de su casa, pero son ingratos en sus gestos y acciones. Los invitados a la ceremonia son aún peores, desobedientes, abusivos, destructores e irrespetuosos.

La primera hora de la película da la pauta para comprender el aparente caos de la segunda mitad, que nos conduce a situaciones más extremas, serias problemáticas que la humanidad actual enfrenta: sobrepoblación, guerra, muerte, destrucción, violación, abuso de confianza, nulo respeto hacia la autoridad y hacia todo; la caída en el pleno libertinaje. Los símbolos de Dios, la casa, la madre y la Virgen María, siguen presentes en los personajes protagónicos hasta el final de la película, sumándosele el de Jesús y la renovación del ciclo de la vida.

Sin contar más, yo les recomiendo que vayan al cine a ver esta película. Un filme para espectadores activos y de amplio criterio, que permite varias interpretaciones y que, sin duda, resultará provocadora para muchas personas. Yo he proporcionado una interpretación lo más sintetizada posible (ocultando información a propósito) de la línea argumental principal.

En mi opinión, ¡Madre! se suma a las obras maestras de Darren Aronofsky, ya que tiene grandes valores de producción, como la música, la fotografía y la edición; pero su principal fuerte son las actuaciones de sus cuatro histriones principales: Lawrence, Bardem, Harris y Pfeiffer. Entre ellos, mi actuación favorita es la de Michelle Pfeiffer, que realmente nos presenta una faceta nunca antes vista en ella y logra transformarse en una mujer verdaderamente incisiva y detestable.

Espero que ¡Madre! reciba el reconocimiento que merece a finales de este año y principios del próximo.

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PoesíaReseñas

El acto poético como descenso al infierno en la obra escrita de Jorge Arturo Reyes

riocupa

A Jorge Arturo Reyes y a Rosario Reyes… por la confianza.

 

Por: Pedro Mata Mendoza

 

Todo acto de escritura poética implica descender al infierno. Todo poeta debe descender al infierno. Pero ¿porqué descender al infierno?, ¿qué es el infierno?, ¿para qué abandonar la tranquila superficie terrestre en dirección a las entrañas del submundo?, ¿tiene sentido dicho recorrido?, y en caso de haber respondido afirmativamente ¿qué esconde el infierno?, ¿qué es tan valioso para el poeta que asume la terrible labor de dirigirse a las puertas del Hades reconociendo la posibilidad de no ascender a la vida terrestre? Las respuestas a dichas preguntas se encuentran tanto en la obra del poeta Jorge Arturo Reyes como en otra obra que funge como antecedente: los Himnos Órficos.

Así pues, para esclarecer las interrogantes planteadas, tomemos por punto de partida al aedo griego. ¿Quién es Orfeo?, ¿por qué desciende al Hades el cantor griego? Aún más, ¿puede haber relación entre el poeta heleno y el poeta michoacano?

Respecto la pregunta que interroga por la identidad de Orfeo, hay que recordar que éste es el brote místico de unión amorosa entre el rey Eagro y Calíope, la más profunda de las nueve musas, la musa poética por antonomasia. De ahí le viene a su hijo el don de las artes. Ahora bien, siendo Orfeo hijo de musa e hijo de rey ¿por qué desciende al submundo?, ¿qué le obliga?, ¿puede regresar del infierno?

Antes de abordar dichas interrogantes como punto de partida, veamos brevemente cómo se entendía el submundo según la mentalidad greco-antigua. La tradición del descenso al infierno nos viene de antaño. Es en la Grecia primitiva de la era de acuario donde hay que buscar uno de los primeros registros al antro de Hades; antro que por razones de distancia histórica y  diferencia cultural tomó el nombre de infierno, ínfero, en lengua latina. Emily Vermeule, en la obra La muerte en la poesía y en el arte de Grecia, nos dice lo siguiente: “Para este lóbrego lugar de reunión, la tradición épica esboza lo que parece esencialmente un reino de la Edad de Bronce, una tierra provista de murallas y puertas, un palacio central y un gran vestíbulo. Las puertas del Hades son difíciles de penetrar y más difíciles de franquear a la salida, con un mastín de afilados colmillos para vigilarlas y un amo experto en cerrar las hojas, Hades”. Así pues, según la conciencia religiosa griega, habiendo descendido al mundo subterráneo nadie puede regresar al mundo de los vivos. Sin embrago, Orfeo desciende al Hades y asciende del Hades. ¿Por qué desciende? ¡Por amor! Por amor a Eurídice. ¿Por qué asciende? ¡Por amor a Eurídice! Es menester recordar que para poder entrar al Hades hubo de poner en juego no sólo sus habilidades musicales sino también un alto sentido de piedad. Sin la piedad jamás hubiera podido descender al infierno. Sólo a los piadosos les es dado conocer el infierno. Ahora bien, el descenso de Orfeo termina en tragedia. Después de haber conmovido al Dios Hades con canto y lira, éste le permite regresar al mundo terrestre con la condición de no volver la mirada, debiendo confiar que Eurídice irá tras él y podrán reencontrarse después de salir de los dominios infernales; pero si Orfeo desconfía y vuelve la mirada perderá a Eurídice para siempre. Sabido es el final del mito: Orfeo desconfía de la palabra de Hades y vuelve la mirada para ver si Eurídice lo sigue. Al verla, ésta queda desvanecida para toda la eternidad, perdiendo la posibilidad de reencontrarse con su amado. Por su parte, la vida del poeta griego termina en homicidio. Las bacantes tracias, ofendidas por el rechazo de Orfeo, lo desmiembran y esparcen por diversos lugares las distintas partes de su cuerpo. Sin embargo, su voz sigue cantando melodías que en el pasado conmovieron por el igual el corazón de animales, hombres y dioses.

Llegados a este punto se vuelve necesario preguntar ¿qué tiene que ver Orfeo con Jorge Arturo Reyes?, ¿existe punto de vinculación entre el aedo griego y el poeta michoacano? El pensamiento filosófico de la española María Zambrano responde afirmativamente esa cuestión. Sí, sí se hay punto de encuentro entre el cantor griego y el poeta uruapense, y la relación es de nivel ontológico. Ahora bien, de todos los entes estudiados por la rama de la filosofía denominada ontología, ¿a qué ente se refiere María Zambrano?, ¿cuál es la entidad que rompe la distancia mito-histórica y posibilita la afirmación identitaria de ambos poetas? La entidad humana, el ser humano. Así pues, el ente humano es el ser por mor del cual se rompen las barreras tempo-históricas. El ser humano es el ente por causa del cual se acorta la distancia histórica que nos separa de los ya sidos, de los que ya existieron.

¿Qué significa esto en relación a la obra Beethoven le habla al río Cupatitzio? Significa que tanto Orfeo como Jorge Arturo Reyes están movidos por el impulso estético que establece semejanza creadora entre ambos autores a pesar de la distancia temporal. ¿Se registra descenso o una manifestación del infierno en la obra del poeta michoacano? Veamos:

“Cupatitzio,

¿te has incendiado

cuando caen sobre ti

las ramas del sol,

o te has dormido

bajo la luna hinchada?

-El diablo se arrodilló

En la frente de tu grandeza-”

Efectivamente, ese piadoso reconocimiento diabólico al Cupatitzio, nivela al poeta michoacano con uno de los maestros del descenso al infierno.

Otro aspecto fundamental para sostener diálogo con Orfeo es la musicalidad, ¿existe sentido de musicalidad en la obra de Jorge Arturo?

“Una sonata es un árbol que crece

Hasta rasgar las costillas del cielo.

Mi música está exenta del silencio divino.

Mi mayor plegaria, partituras danzando.

Dialogué con Dios, lo convencí de llevarme con él.

Me confesó:

De la mezcla entre poesía y música hice la carne del hombre”.

Ahora bien, ¿por qué Jorge Arturo desciende al infierno?, ¿qué entraña el submundo para él?, ¿qué es el descenso al infierno? La respuesta a dichas interrogantes implica la retoma del pensamiento de María Zambrano. La filósofa española no entiende el infierno como infernus cristiano; lugar de castigo y tortura de los muertos que no vivieron conforme la Palabra Revelada; la filósofa no habla de ese espacio de perene ejecución de sufrimiento del que Dante tiene mucho que decirnos. Ella trasciende la cristiana maquinaria de dolor. No parte del término infernus sino de su derivación: inferus, es decir, ínfero, es decir, lo que se encuentra abajo, lo inferior. Ahora bien, ¿qué significa ínfero en términos filosóficos?

El descenso al infierno es la experiencia radical del ser humano por vía de la cual se revela todo lo excluido por la cultura dominante. El descenso revela toda una región fundamental del hombre que había sido ocultada impiadosamente por el pensamiento hegemónico. En las profundidades del infierno yace entrañado todo lo que el hombre de cultura media no puede decir. ¿Qué es lo que no puede decirse?, ¿qué es lo que no puede decir el hombre que vive en constante condición de mediocría y que, al contrario, el poeta sí puede decir?

“En el primer movimiento me puse la soga.

En el segundo, ajusté el nudo.

En el tercer movimiento liberé mi cuello,

No pude cerrar la puerta de mis ojos,

Preferí componer música

Y escuchar partituras con los oídos de la piel”.

Debido a la cantidad significativa de aspectos constitutivos del ser humano que yacen entrañados en la región del ínfero, la labor del poeta consiste en desocultar por medio del habla y de la escritura poética todo aquello que ha quedado cancelado por el pensamiento dominante. De todas las verdades que Jorge Arturo desentraña del infierno y plasma por escrito en su obra Beethoven le habla al río Cupatitzio; sólo será mencionada la siguiente, que afirma el infinito; la necesidad de partir no de lo ya dicho, sino de lo no dicho todavía:

“En este breviario que nombra el silencio

no existe la última página. (Nunca se

escribirá, ni aunque todos estemos en

un rincón del infierno).

El futuro no es de la Voz,

sino del silencio”.

 

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Reseñas

Los días con el otro

nan

Por: Nan Martínez

Estos últimos días los he vivido con el otro, fuera de mí, pensando que sólo los más intelectuales pueden entender la poesía, angustiándome por no lograr una imagen en mi mente. Sin embargo, no necesité grandes referencias literarias para reír, enojarme y recordar ciertas cosas desde mi experiencia al leer el libro de poesía Los días con el otro de Magdiel Torres, y al cerrar el libro mi corazón quedó un poquito más lleno de nuevas sensaciones. Soy parte de la gran cantidad de lectores que no acostumbra leer poesía, pero he decidido comenzar, no dejarme intimidar por el halo deslumbrante que se le ha creado alrededor. Considero que la poesía es para terrenales como yo, para seres solitarios, soñadores. Sé que en ti también existe algo de esto, y entonces ¿por qué no intentar acercarnos un poco más al alma oscura de un Rimbaud que escribe mientras es el otro, como en los poemas de Magdiel? Y ¿por qué no leer a Magdiel Torres mismo, ganador del Premio de Poesía Carlos Eduardo Turón 2011?

Y luego ¿a dónde se va todo lo que fuimos con el otro? Yo seré ausencia mientras mire mi imagen en el espejo, las viejas memorias regresarán, comenzaré a recordar vidas pasadas, seguiré esperándome en otra parte de la ciudad pensando que allá sí soy feliz. Lo que diga de los otros será mi reflejo, será lo que más me costará aceptar que soy. Seré lo que anhele, lo que quiera ser, seguiré esperando por mí en una banca, sola y sin fe. Cuando me reencuentre estaré confundiendo el pasado, el presente y el futuro, me estaré viendo a través del abismo y del engaño, brillando desde las tinieblas, como en estos versos de Magdiel:

 

“No se trata de máscaras

se trata de las señales de la muerte

pero no se trata de la muerte hipotética

que puede esperarnos en cada esquina

se trata de señales de muerte y de vida

de señales en todas partes

porque cada objeto que tiene luz y sombra

es indicio de algo

de un equilibrio siniestro

en el que caminamos sin más

con la presencia del otro”.

 

En este poemario, después de algunos lamentos de soledad, el autor me devuelve la esperanza de que la mañana siguiente será fresca, me peinaré y saldré a la calle, no me importará ser el transeúnte con alas que no se detiene en las esquinas a pensar qué chingados fue de tu vida. Aunque de pronto, el autor nos sumerge en una atmósfera de nostalgia:

 

“Hoy me encontré a una amiga en común

y no me preguntó por ti

Qué lejos te sentí entonces

y qué lejos me sentí de aquello.

Qué lejos me sentí de aquel otro que ya no…

… ¿de cuántas muertes estamos hechos?”.

 

 

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