close

Reseñas

Reseñas

Palinuro o el ojo universal

fernando del paso

Por: Albha Nungaray Campos y Óscar Vera López

En Palinuro de México, Fernando del Paso nos invita a leer a través de un orificio, a través de un ojo de vidrio como el del general que aparece en la obra, pues nos devela una especie de caleidoscopio  por el cual, como en el Aleph de Borges, se nos presentan “todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.”

El orificio que da acceso al lector se abre desde el nombre de la novela y su personaje principal: Palinuro; quien antes de ser de México, fue, en la Eneida, el piloto de la nave de Eneas  y, posteriormente, el insepulto errante. Así, Fernando del Paso –si de ojos estamos hablando- nos hace un guiño para advertirnos que será necesaria la complicidad intelectual del lector. Quizás sea esta una advertencia que quienes, reiteradamente, nos han dicho han intentado sin éxito leer Palinuro, no han considerado.

Palinuro de México es, pues, el contenido del diámetro de sus viñetas que la memoria y la percepción a penas pueden recuperar o abarcar: ojo, calidoscopio y Aleph. Así, Palinuro es también la voz que, por la  imposibilidad de abarcarse, se multiplica, y nos hace saltar para preguntarnos quién nos está hablando, pues la historia se construye a través de un narrador polifónico en donde a veces es yo Palinuro y otras él o ella Palinuro. Desde esta polifonía de voces, del Paso construye otra característica trascendental de su obra: la prosa poética.

Palinuro, cuando niño, ha vivido en la casa de la abuela Altagracia, una vieja mansión  porfiriana convertida en casa huéspedes. Uno de estos huéspedes es Don Próspero, quien tiene como quehacer personal la realización de una enciclopedia. Como Próspero, del Paso, es un enciclopedista que, a través de los mundos recorridos por Palinuro, nos presenta, entre muchas otras, la historia de la medicina, de la pintura o estudios sobre el semen gracias a las masturbaciones constantes que el Molkas se profana en nombre de la ciencia. No sólo enciclopedista; Fernando del Paso es un poeta, un novelista y un dramaturgo, de tal modo que en Palinuro de México no sólo nos encontramos ante la mejor de su ya mencionada prosa poética  y destacada narrativa, sino también ante   uno de sus mejores textos dramáticos: Palinuro en la escalera.

Palinuro de México, como muestra máxima de hibridez, es, ante todo, muchas lecturas y, por lo tanto, muchas historias, o al revés. Palinuro es su saga familiar, en la que se atraviesan la amante confesa y una de las pasiones del autor: la Historia y la Medicina. “La ciencia de la medicina fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro” es el íncipit de la novela a partir del cual nos presentará al tío Esteban y, de la voz de éste, a la historia no sólo de la medicina sino también de la primera guerra mundial y, sobre todo, la familiar. Como si fuese la reconstrucción del árbol genealógico de los Buendía en Cien años de soledad, en Palinuro de México,  durante los primeros capítulos, iremos reconstruyendo el de Palinuro y su prima Estefanía.

Palinuro es también un recorrido por el primer cuadro de la Ciudad de México de los años sesenta. Sus personajes se reúnen, filosofan, chacotean y devanean por palacios, calles, cantinas, anfiteatros y plazas. En una de estas plazas, precisamente en la de Santo Domingo, encontramos no sólo la escuela de medicina, sino un lugar aún más importante para la historia: Los ojos azules de la Plaza de Santo Domingo. Es decir, el cuarto que habitan Palinuro y su prima Estefanía, quien sí, como las nomeolvides de la Tía Luisa y de la abuela Altragracia, tiene los ojos azules. El cuarto, espacio privilegiado en la obra, es el sitio para el erotismo, el amor, la pintura, la desacralización del tiempo, de las palabras, del arte y de las cosas; es el lugar para la movilidad. En él Palinuro es capaz de esculpir el cuerpo de Estefanía con la lengua y llenar de semen su rostro; un día las cosas pueden cambiar de función – y el cuchillo ser un libro; el beso de Rodin, una lámina de anatomía que deja a la vista las vísceras; y los huevos fritos, aves-; otro, pueden perderse los adjetivos o inventarse idiomas quizás más placenteros que el guíglico. Si bien, la obra está colmada de la presencia de Estefanía, es en su cuarto donde llegamos a conocer la redondez de sus nalgas, sus juegos,  fantasías, y su escritura. Es en el cuarto, también, en donde a modo de cuerpo del anfiteatro que visitan Palinuro, el Molkas y Fabricio, Estefanía y su primo hacen una disección al lenguaje.

La última autopsia de Palinuro no es a un cuerpo humano; es al movimiento estudiantil del 68. La agonía de Palinuro, durante el capítulo de la escalera, nos hace evidente que, a diferencia del  Palinuro piloto de Eneas, él está despierto: su agonía se vuelve conciencia y bisturí sobre las manifestaciones estudiantiles; eltromusigramas que develan la multiplicidad de voces: de estudiantes, políticos, apáticos, compañeros, burócratas, médicos y madres; estetoscopio sobre los vestigios de la plaza, y megáfono para gritarle a México que despierte.  Tanto estudia el cuerpo social Palinuro que su diagnóstico es certero: “Los verdaderos agitadores, ya lo dijimos hasta el cansancio, son la Miseria, la Ignorancia y el Hambre”, no los estudiantes.

Leer más
Reseñas

Un libro de patos

IMG_0672

Por: Alfredo Carrera

“Los veranos”

Flavio Lo Presti

17g editora

Buenos Aires, 2018

 

Un trío de patos vistos de reojo me detuvo en una esquina de la ciudad de La Plata. Era una librería casi camuflada. Toqué el timbre de Malisia y compré el libro Los veranos de Flavio Lo Presti por la bellísima portada azul con las tres aves al centro. Me prometí que de no gustarme la novela cambiaría un poco la anécdota: me habría equivocado al pagar o había recibido pato por liebre. Como no queriendo lo dejé unos días a lado de la cama, que fuera un cuadro más en el monoambiente.

Ocho días después lo abrí, “leo la primera página a ver si atrapa” me dije. Un epígrafe de Stephen King: “El calendario mentía. El verano sería mucho más largo que la suma de sus días”, después el primer título “La ballena blanca” y abajo el uno en número romano. Avance unas páginas de pie, a un costado de la cama: un tipo toma unas vacaciones con alguien que no soporta, sin mencionarnos sus motivos, a cada paso el viaje se vuelve más difícil y sentí que la historia tenía demasiada velocidad para ser una novela, apareció un número dos romano, unas páginas y la anécdota cierra. “Esto no anda más”, me dije, es un cuento. Fui a la contraportada para leer las primeras dos palabras nada más: “Los relatos…”.

Revisé el índice, la página legal, quién era ese Flavio (el librero me dijo que era muy bueno y que ahí tenía más libros, pero no encontró ninguno, creo que todavía no sabe quién es) y lo que quedaba entonces era leer el resto de los cuentos.

Los personajes que viven en los veranos son los derrotados, los tristes, los aventados para adelante a pesar de las patéticas figuras paternas que les han tocado y ante cualquier cosa son los que construyen lazos con las otras personas, son cuentos construidos desde los otros: en los veranos nos vamos de vacaciones y el mundo decide por nosotros un poco más de lo que quisiéramos.

“Los veranos”, el cuento que le da título al libro, atrapó especialmente mi atención, es un cuento largo, con una anécdota que daría para una novela breve, pero cerrado de manera extraordinaria: lo que puede generar la presencia de tres brasileras en un barrio, la pubertad a todo, un sapo, una diabetes; pero básicamente es un cuento sobre la cobardía acentuada en una sola decisión, aunque no hubiera camino para otra.

La portada en ese azul claro no tiene mucho que ver con su contenido, qué bueno, es sólo para engatusar a los ingenuos. Son siete veranos, siete cuentos, cuyo centro podría ser la estación, creo que el asunto tiene que ver más con la familia, el padre de familia como un centro totalmente desdibujado, los hijos como resultados a esa operación de años que se llama hogar y esos amores de verano que tocan a los involucrados.

En “Los patos” nos lleva de la mano un narrador a conocer la primera infancia de su padre, un niño con tintes de superdotado, pero un abuelo incapaz de entenderlo. El niño se convierte en un amaestrador de esas aves, busca una respuesta para acercarse al mundo, todo desde la vista lejana de un hijo que conoce el resultado final y la historia de oídas. Un chisme familiar grueso con momentos oscuros imposibles de iluminar años después.

“Los veranos” también es un regreso a casa, recorrer el mínimo nido, la casa en decadencia, los espacios ajenos que parecen propios y los propios que nunca nos han pertenecido. El tema está explorado en “Hospitalidad” y “Ratonera”, de manera profunda el primero es un ensayo sobre los motivos para nombrar a un edificio casa y una horda de lunáticos familia.

Finalmente “El sentido de la orientación” y “Una experiencia religiosa” son la exploración sobre las fotografías que las personas eliminan del celular, de las páginas de diario que no olvidamos, pero quisiéramos no haber vivido porque clarifican el futuro.

Flavio Lo Presti escribió un libro sobre esos momentos en que la vida da un vuelco, sobre esas personas que se cruzan en nuestra vida (un minuto o años) y nos la transforman para siempre: si hace un pequeño esfuerzo, cierra los ojos, recordará un rostro en automático que quiere desaparecer de su memoria. Bastará decir, sobre la forma, que el libro se lee en un momento y sin dificultades; aunque en la cabeza nos haga volver sobre nuestro pasos durante los últimos veranos.

 

Bonus track

(Fragmentos del libro)

“El primer caído en la carrera por el amor de las brasileras fue Hugo Fantini. No fue lindo: el diagnóstico era cáncer testicular. Pasó meses internado y fue operado en el Sanatorio Allende para convalecer después en su casa, molestado por las visitas. Era flaco y ojeroso y además recatado y obediente, su único atractivo radicaba en ser un humano completo: después de la significativa desaparición del testículo, ese atractivo se había esfumado. Creo que me alegré con un pensamiento mezquino: uno menos.”

“Esa semana comprendí que el mundo es una máquina de odiar.”

“Yo ya era lo que soy, docente, periodista de cultura, ejercía esos trabajos que están a mitad de camino entre dar orgullo y vergüenza.”

“Fue una especie de túnel: desde que entré a su casa y hablamos de literatura por primera vez, comimos unos fideos con aceite de oliva y nos despedimos en la puerta, prácticamente nos vimos todos los días hasta que empezamos a convivir. “

“Era lógico: yo mismo había sido un niño aterrorizado, inseguro, y después de ser un joven confundido me había alcanzado una enfermedad de la que, cada dos por tres, alguien con propensión al esoterismo me hacía responsable.”

 

Acá un cuento del libro:

https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/hospitalidad-un-cuento-de-favio-lo-presti.html

Leer más
Reseñas

El luto humano o la pluralidad de los seres (José Revueltas)

Jose-Revueltas

Por: Fernando Salgado

 

Desde su mirada fija en las fotografías, nos damos cuenta de que José Revueltas es una persona singular, de cabellos y barba característicos; un disidente auténtico en la política mexicana con la consigna del cambio entre sus letras. Provenía de una familia de artistas, y por ello no es de extrañarnos su sensibilidad y compromiso con la exploración del lenguaje literario, ya sea en el género narrativo, poético o ensayístico. Escribió novelas, cuentos, guiones cinematográficos e incursionó fervorosamente en la crítica política. Sus obras más sobresalientes son El apando (1969), El luto humano (1943), Los muros de agua (1941), entre otras.

Cuando uno comienza a leer El luto humano se crea un ambiente torrencial que permite la comunicación entre el autor y el lector. Pareciera que con solo leer el principio del libro los cielos comienzan a crecer de una manera desmesurada dejando caer los signos de la lluvia en cada parte de nuestras significantes vidas. La lectura de El luto humano debe ser lenta para disfrutar el torbellino de ideas que nos transmite Revueltas con la historia de cada uno de sus personajes, donde los deseos y los anhelos desaparecen y quedan postrados ante la realidad construida por cientos de interpretaciones surgidas de cada uno de los hombres que las comparten indirectamente. “Yo quisiera denominar a toda mi obra Los días terrenales, a excepción de los cuentos…”. Es lo que dice Revueltas en la cuarta página de este libro, donde expresa el tiempo de los hombres cargados de signos y que manifiestan su realidad social y la transición de su conciencia de mexicanos que curan sus males con alcohol como si se tratara de un rito para calmar sus fantasmas, adoptando cierto mimetismo para convertirse en otros seres.

El contacto con la muerte se vuelve un mito que llega desde las ventanas; y llega cargada de extrañezas, ausente o pétrea como un ídolo en el altar de lo inesperado. La figura mortuoria rejuvenece en las mentes de las personas y desaparece en el complejo acto de morir dejando un halo de carencia en la realidad, como si no hubiese sucedido. Solo es un oscuro pasaje dentro de una casa de madera que Revueltas nos hace observar en la reunión de tres formas: Úrsulo, Cecilia y Chonita, la hija desvanecida entre la tierra y la tempestad que sus padres le han heredado. Las relaciones humanas son trascendentales para el presente y el futuro de éstos, marcan los límites, los destruyen, forman familias, los fusilan o los cuelgan, se hacen de tierras desconocidas o salvajes, no son dueños de nada, ni de sí mismos en la adversidad. Utilizan la esperanza como una pócima para calmar los males de un país, y no saben para qué existe una Revolución llena de enemigos. Aceptaron una guerra entre sí mismos en una sociedad desmantelada. Los personajes se dan cuenta de que el país es un extenso desierto en donde lo único que florece son las muertes, el hambre, la incertidumbre y el aire denso que no calma los pensamientos de venganza ante sus victimarios.

La historia está llena de enigmas que no se responden; tanto traiciones como empatías son círculos viciosos de algunos sumisos y otros territoriales, que ya no saben qué defender tras ser dominados, explotados, deshumanizados; olvidan qué tierras invisibles se pueden soñar o a qué ricos se les puede arrancar las joyas de sus cuellos. Los personajes se basan en principios de los hombres terrenales, se vuelven parte del olvido y del cambio que no comprenden.

Adán, la Borrada, Marcela, Jerónimo, Natividad, Calixto y su esposa son personas que dejan el pasado para ser seres dispersos entre las brasas de la Revolución, que les muestra el temor de sus raíces: rasgos del pasado que se niegan a soltarlos. A la vez, ellos aceptan el nuevo credo con su sangre mestiza ante la amenaza-río que está por matarlos. Son personajes con diferentes formas o caras que cambian al igual que este río de pueblo. Algunas veces florecieron y tuvieron algo que podían llamar vida y en otras ocasiones solo vivieron soledad, la soledad que se siente en la muerte que espera desde una azotea en una noche trágica construida por Revueltas.

El autor nos ubica en el contexto revolucionario y posrevolucionario de este país con hombres llenos de conflictos, de religión, de actitudes cotidianas, tan esclavos de sí mismos y tan filosóficos, en la lectura que nos regala.

Cuando se lee El luto humano en estos tiempos, pareciera que todo sigue igual, las consignas, la lucha invisible, el temor de sí ante el de todos. El libro nos recuerda que tenemos un tanto de pasado y de rasgos de estos personajes que están suspendidos en el tiempo. Es una obra destacada en el tema revolucionario. Es un buen libro para comenzar a conocer el inmenso mundo de este escritor, lleno de reflexiones.

Leer más
EnsayoReseñas

300 palabras en defensa del suplemento cultural

alberto_blanco_900

Por: Berenice Hernández

Los cuentos y los suplementos culturales tienen algo en común; desde hace años se ha escuchado la misma perorata respecto a ambos: no deberían existir. Ha salido de boca de escritores y editores, incluso de los lectores. Nadie los quiere porque no tienen un desarrollo natural. Impiden que uno se arrellane en su sillón favorito y pase las horas perdido en los folios.

¿No será más bien que los detractores tienen la venda puesta aún sobre los ojos? Al relegar la existencia de ambos, se pierde la oportunidad de generar mapas lectores inmediatos: el suplemento, a pesar de sus aparentes carencias, abona al reconocimiento de autores y textos de una forma más amena, sin tanta paja. Debería examinarse, además, que la sociedad, la de ahora, empieza a acostumbrarse a una vida fragmentada casi por completo. Se pasa de una red social a otra, se regresa, se pone atención a la plática, se olvida y se regresa a la red social, a lo breve, como si esos pedazos de fugacidad nos construyeran.

Entonces ¿por qué olvidarnos de los suplementos y no hacerlos parte de nuestra rutina de lo efímero? Éstos deberían ser como los alimenticios: explotados a más no poder por aquellos que desean estar saludables, aunque no de manera física, sino intelectual. ¿Cuántos de los que amamos la lectura nos detenemos a hojear los panfletos que dan vitamina extra a nuestro ejercicio mental? ¿Quién ha quitado los ojos de Los miserables o Rayuela para sumergirse en las aguas calmas de aquellos complementos? ¿Qué nos impide ver a los suplementos como ese respiro en medio de la plaza llena de personas?

Creo que La Gualdra aún puede ser un respiro tanto en medio de lo efímero de lo virtual, como en medio de lo monumental de la literatura. Un lugar para pensar y descansar. ¿No?

 

Leer más
Reseñas

Narrar la desolación. José Revueltas y su manera de novelar una crónica

film

Por: Gerardo Farías

El periodismo de José Revueltas es un nudo de su quehacer como escritor que estuvo fuertemente entrelazado tanto con su obra política como con la literaria. Ha sido uno de los pocos escritores en nuestro país que llevó la coherencia intelectual hasta sus últimas consecuencias. Siempre se mantuvo en una posición crítica y beligerante que no daba concesiones de ningún tipo. Fue encarcelado por sus ideales, ninguneado por sus contemporáneos a causa de una literatura que no estaba ad hoc con los tiempos, expulsado del propio partido que él mismo había fundado, pero siempre reconocido por su inapelable congruencia, aunque lo aceptaran después de mucho tiempo o a regañadientes.

José Revueltas creó una obra fundamental para la cultura mexicana. Su forma de apreciar y entender la realidad de este país nos ha brindado visiones llenas de reflexión que vale la pena revisitar.

El año de 1943 fue muy importante para él. Realizó un viaje a Sudamérica en compañía de dos jóvenes reporteros que luego se convertirían en escritores: Fernando Benítez y un adolescente Luis Spota; además, se enfrentó públicamente a Juan Ramón Jiménez para defender las posiciones ideológicas de Pablo Neruda y, sobre todo, escribió El luto humano, la cual ha sido su novela más relevante, la primera que se tradujo a varios idiomas y por la que recibió el Premio Nacional de Literatura.

En ese año, Revueltas trabajaba para el periódico El Popular, en el cual escribía reseñas de libros, críticas de cine, artículos políticos y reportajes sobresalientes que se alejaban por mucho de las prácticas de los reporteros de aquellos tiempos.

Uno de esos reportajes fue “Visión del Paricutín”. A raíz de la erupción del volcán el 20 de febrero de 1943, Revueltas, junto con otros reporteros, fue enviado a cubrir el suceso ocurrido en la región purépecha.

San Juan Parangaricutiro era una comunidad agrícola y ganadera situada al oeste del estado de Michoacán. El lugar desapareció y la población tuvo que ser reubicada a causa del desastre natural; ahora sólo es visible parte de una iglesia: sólo el altar quedó intacto.

El cono volcánico se abrió paso entre los campos de cultivo y su rapidez expansiva fue impresionante. El primer día medía 7.5 metros, el segundo día llegó a los 50, a los 140 en la primera semana y a los 336 al terminar el año 1943. Lo que antes eran sembradíos, se convirtió en poco tiempo en uno de los volcanes más jóvenes del mundo con una altura actual de 2,771 metros sobre el nivel del mar.

Revueltas retrata en su crónica “Visión del Paricutín” un ambiente oscurecido y dominado por la ceniza del volcán. La vida de los habitantes fue totalmente transformada. La desesperanza y la emigración son los motivos fundamentales de El luto humano. En ella se relata, también, un desastre natural, pero en este caso es una inundación. Los campesinos vivían pendientes del río, las sequías eran continuas, así como el hambre y la marginación. El gobierno establece un Sistema de Riego en la región y todo parece prosperar; se construye una presa y los campesinos mejoran temporalmente. Sin embargo, el Sistema está condenado a la ruina, al empobrecimiento de la tierra y a la victoria del río. Estalla una huelga encabezada por el líder comunista Natividad; éste es asesinado y empieza el descenso: la presa se cuartea, la sequía regresa y los campesinos deciden emigrar. Sólo unos pocos se quedan, tan sólo para morir huyendo de las aguas que ahora, contradictoriamente, se han desbordado.

Un éxodo por el luto propio, por la desesperanza que los inunda, es el eje de esta novela, que nos presenta un génesis al revés, plagado de oscuridad y donde la muerte es la principal protagonista. Se destaca su carácter definitorio de lo humano y se propone como conciencia intrínseca de una realidad nacional: esa desesperanza, desposesión y fatalismo que viven sus personajes en las tierras yermas, sumada a un fanatismo religioso vigilante y destructivo. La naturaleza supera al hombre; no pudo la tecnología de los ingenieros del Sistema con el río; no pueden los campesinos de San Juan Parangaricutiro hacer nada frente al volcán.

Es significativo que a pesar de la diferencia de géneros, entre la novela y la crónica periodística existan similitudes. Las causas de la desposesión son diferentes, además de marcarse la diferencia entre ficción y realidad.

En Parangaricutiro, cuando Revueltas escribe su crónica, la tierra está cubierta de ceniza. La tierra es apreciada porque trae la vida; si es infértil trae sus contrarios: hambre, vacío, migración y muerte. En El luto humano el pueblo mexicano ha venido para recoger a sus muertos y comenzar ya una vez más su desesperada y atontada migración hacia la seguridad; hay un pueblo para quien la migración significa salvación. La tierra no es sólo un lugar para cultivar alimento, es el lugar que habitamos porque de ahí somos y, además, en él enterramos a nuestros muertos, nuestro pasado: ¿qué se puede cultivar en una tierra cubierta de ceniza? ¿Qué se puede cultivar con un pasado lleno de violencia?

Los campesinos de Parangaricutiro poseían tierras, vivían de ellas, después de la erupción, no sirve de nada el trabajo anterior, el sentido de propiedad se vuelve cruel:

–¿Qué voy a hacer con mi tierra? –se nos acercó un hombre de Parangaricutiro, los ojos terriblemente enrojecidos–. ¿A comérmela? –y después, con una lamentable sonrisa de apocada dulzura-: ¡Deme un diez, patrón, para la charanda! (“Visión del Paricutín”, 1983: 22).

La tierra ya no da para comer. La tierra no puede comerse. En El luto humano, Úrsulo trata de detener la emigración masiva, les pide a los campesinos que se queden: trepado sobre unas vigas, Úrsulo insta a los huelguistas emigrantes para quedarse, para que permanezcan en su lugar de origen. Es importante el arraigo a la tierra porque representa la supervivencia, pero no cuando esa tierra ha perdido su sentido. La respuesta de los migrantes es la misma del hombre de Parangaricutiro: “–¿Qué? –dijeron ellos–. ¿Vamos a comer tierra?” (El luto humano, 1980: 185).

El falso líder, Úrsulo, no puede separarse de su tierra, prefiere morir, para él el sentido de pertenencia y propiedad es más importante que la vida misma. No debe abandonarse a esa madre dura e inamorosa:

Úrsulo reunió todas las fuerzas de su alma y de su vida.

– ¡Sí! – gritó.

Se bajó de su tribuna, y tomando un puñado de la tierra de sus quince hectáreas se lo echó a la boca para tragarlo (El luto humano, 1980: 185).

La actitud de este personaje, que podría parecer absurda y terca, es producto de la desesperación y la desposesión extremas. Esa carencia constituye la problemática espacial de la novela. Paralelamente, desprovisto de esa seguridad que pudiera brindarle la posesión de la tierra, el campesino de Parangaricutiro pide a los reporteros “un diez” para emborracharse. Explica Revueltas a continuación:

En Parangaricútiro los hombres, en su mayoría, andan borrachos por la calle. Borrachos de una borrachera sombría, silenciosa. Se emborrachan para poder llorar sin que se les haga burla. De cuando en cuando gritan. Invariablemente una mentada, dirigida a quién sabe quién. Luego piden limosna, sin el menor recato (“Visión del Paricutín”, 1983: 22).

El alcohol funciona a la par como una salida al conflicto presente en El luto humano. En la novela los campesinos beben en toda ocasión, un nacimiento, un velorio, todo amerita beber. No hay sentido en lo que hacen, tan sólo una tristeza inmensa, por eso se entregan a la bebida. El alcohol es un elemento ritual por su capacidad de transformar las actitudes; está siempre presente en las fiestas religiosas y paganas, así como a la hora de la muerte.

Durante la huelga, un enganchador emborracha a un grupo de cuarenta indígenas para usarlos de esquiroles. Se relata su transformación por medio del alcohol, porque pidieron alcohol puro rechazando el tequila y el mezcal:

Les daba tristeza pero a la vez una cólera, a medida que el alcohol penetraba. Eran el rencor y el sufrimiento. Aparecían de súbito sus dolores, y la impotencia terrible frente a eso pesado, oscuro y antiguo, les humedecía los ojos, y quién sabe por qué, siempre de agradecimiento, de sumisión y de súplica. […] Ya sentían un odio deforme e inesperado, pues recordaban cosas, desprecios, injurias y toda su vida carente de entusiasmo y de fe. […] Eran libres ahora. Pero, ¿de qué? Libres: podían beber sin descanso su botella de alcohol y caer fulminados. Podían desear a la mujer de su prójimo y mentarle la madre a quien quisieran sin que por ello dejaran de beber, cual bestias, beber con toda el alma, hasta que les saliera sangre (El luto humano, 1980: 158-159).

El campesino de Parangaricutiro pide la moneda con “los ojos terriblemente enrojecidos” y “con una lamentable sonrisa de apocada dulzura”, al igual que los indígenas esquiroles de la novela. A los indígenas de El luto humano, el alcohol les devuelve su odio, su añoranza, sus pérdidas y su memoria. Les da una libertad bárbara, en la que todo está permitido como para el campesino de la crónica, la ebriedad está relacionada con poder mentarle la madre a quien sea, quizá a Dios o a su propia miseria.

José Revueltas fue un observador implacable, conmovido por todo lo que le tocó vivir, minucioso con los mecanismos de la esencia humana. Fue un magnífico reportero que supo conjuntar las mejores partes del trabajo literario con el de cronista, persiguiendo siempre la forma más cruenta de las verdades.

En él (y no sólo lo he dicho yo) podemos encontrar a un antecedente de la llamada non fiction estadounidense, cuyos más importantes representantes fueron Norman Mailer, Truman Capote o Tom Wolfe.

La prosa siempre poética, la militancia rigurosa, el realismo crítico, la historia inmediata y la filosofía incisiva, todo eso se amalgama en el periodismo revueltiano.

 

 

Material de consulta

José Revueltas (1980). El luto humano. México: Era. (Obras Completas, 2).

———————–(1983). Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas). México: Era. (Obras Completas, 24).

Álvaro Ruiz Abreu (1993). José Revueltas: los muros de la utopía. México: Cal y arena.

Elba Sánchez Rolón y Gerardo Farías (2013). Colección Pequeña Galería del Escritor Hispanoamericano. FONCA / Universidad de Guanajuato.

Leer más
Reseñas

El libro salvaje

maxresdefault

Por: Nan Martínez

El libro salvaje es una novela juvenil de la literatura mexicana, escrita por Juan Villoro, escritor y periodista, quien estudió en la UAM. Aficionado al rock, condujo el programa radiofónico “El lado obscuro de la luna” en Radio Ubicación. Nació en la Ciudad de México, en 1956. Ha sido colaborador de numerosos medios, como Vuelta, Nexos, Proceso, Cambio, Unomásuno, La Jornada y Reforma. También ha sido profesor de literatura en la UNAM y profesor invitado en la Universidad de Yale. Participó con Café Tacuba en la escritura de dos canciones. De Villoro destaca su preocupación por establecer un contacto con la juventud. Ha obtenido el premio Herralde (2004) y el Xavier Villaurrutia (1999).

La historia de El libro salvaje comienza cuando Juan, un adolescente sin preocupaciones, recuerda el momento en que un desagradable puré de papa y el repentino tabaquismo de su madre anunciaron una cena con sabor a ceniza y la separación de sus padres. La madre parece no saber cómo reaccionar ante este cambio, muestra una actitud ansiosa y desesperada. Está segura de que necesita un tiempo a solas para recuperar su fortaleza de madre. Durante las vacaciones de verano decide enviar a Carmen, su hija de cinco años, con su mejor amiga, y a Juan a la casona del tío Tito. El ahora exesposo se encuentra demasiado lejos y la madre parece no albergar preocupaciones por ninguno de los tres.

Al principio Juan no acepta la idea de un cambio de casa ni todo lo que conlleva una separación. Por las noches tiene sueños lúcidos que se convierten en pesadillas en las que una mujer sufre y él se angustia. Las circunstancias de esta novela corta o cuento largo obligan a sus personajes a crecer, a enfrentar la realidad, pero sobre todo invita a Juan a la aventura de la lectura. Una lectura que pasará de ser aburrida a ser fantástica y salvaje.

El tío Tito es una persona peculiar, con un modo de hablar ingenioso, divertido y a veces desesperante. Imagínese el lector a un adolescente que aún toma hierro viviendo durante semanas con este excéntrico tío que desde hace años no convive con el mundo exterior y solo lo hace a través de sus miles de libros, escondidos entre los rincones de su enorme casa húmeda.

Un día Juan por fin se da cuenta de que va a vivir en una casona polvienta y laberíntica que parece una biblioteca infinita. Es entonces cuando le propone al tío confesar sus defectos para conocerse mejor, tal como lo haría Sherlock Holmes y el Dr. Watson. Una situación que parece ser bastante aburrida para las vacaciones de un adolescente. De esta forma se entera de que tendrá que soportar la adicción de su tío por el té, su obsesión por la cocina y el nombramiento complicado de sus deliciosos platillos. La situación se pone aún más rara cuando el tío le advierte que los libros ya lo estaban esperando porque últimamente se han movido con más frecuencia de su lugar, cosa que solo hacen ante un “lector prínceps que no es aquel que lee más libros sino el que encuentra más cosas en lo que lee”. Juanito no comprende; cree que su tío se inventa esas cosas tan raras, pero el tío insiste en que los libros son los que piden ser leídos y en que Juan ejerce una fuerza muy especial en su biblioteca viviente. Le entusiasma la idea de que con su ayuda pueda encontrar un mítico libro perdido desde hace muchos años. Uno que no ha podido ser atrapado desde los tiempos de su abuelo.

Durante el primer recorrido por la casona, el tío asegura que “(n)ada tiene tanto carácter como un libro. Una biblioteca es un almario: una colección de almas, sobrino. Los libros se mueven como las almas en los cementerios, para acercarse a alguien o para huir de él”. Así comienza la búsqueda del indomable libro salvaje que parece cobrar vida al escapar y esconderse entre los miles de libros cada vez que es visto.

Durante su estancia en la casa del tío, Juan encuentra lecturas que repentinamente aparecen en secciones que no corresponden, o mejor dicho, se le aparecen, pidiendo ser leídas. Él sigue sus instintos invirtiendo horas en la lectura y moviéndose de un cuarto a otro hasta que se da cuenta de que está perdido dentro de una biblioteca espiral. Gracias a la ayuda de los libros logra salir de la casa, pero las pesadillas vuelven a invadir su mente.

Al pasar las semanas Juanito conoce a Catalina, una muchacha de su edad que atiende la farmacia de enfrente. Inesperadamente se enamora por primera vez, y es gracias al contenido de las obras de la biblioteca del tío que su amistad crece y se hace más fuerte al compartir lo que cada uno percibe de las mismas historias, pues el entendimiento cambia dependiendo del lector. Ambos descubren en cada letra lo importante de no perder detalle. Juntos se encargarán de buscar el libro perdido, una tarea igual de difícil para dos personas que jamás lo han visto. Se reúnen diario con el pretexto de encontrarlo, pero al paso de los días inevitablemente rozan sus pieles y se miran a los ojos con ternura. Intentan ponerle algunas trampas al libro y éste casi es atrapado.

Después de algunas semanas, la búsqueda parece frustrar su relación, pues los días de emociones intensas de las vacaciones están por terminar y el libro apenas ha sido visto durante escasos segundos. El tío teme la partida del sobrino, pues durante semanas aprendieron mucho uno del otro. Pero creen que con la fuerza de todos juntos tal vez el libro se sienta apreciado y deseado de ser leído.

Si por azares del destino o por decisión propia has leído esta reseña, no hay duda de que El libro salvaje te está buscando; ansía que imagines la posibilidad de un mundo en el que “ellos”, los libros, tienen alma y eligen por quién ser leídos. Yo encontré mi libro salvaje en un bazar, pero no imaginé que al leerlo me convertiría en una lectora princeps.

Leer más
Reseñas

Crítica a la novela El nombre de la Rosa de Umberto Eco

rosa

Por: Víctor Manuel López Ortega

El nombre de la rosa bien podría ser una novela del género negro porque tiene casi todos los elementos para serlo, a excepción de que está ambientada en una abadía del norte de Italia en el año 1327, durante el periodo histórico de la humanidad conocido como la Baja Edad Media (época de supuesto oscurantismo). La narración está escrita por el anciano Adso de Melk, a manera de memorias, y protagonizada por dos monjes: Fray Guillermo de Baskerville, un fraile franciscano inglés de cincuenta y tantos años de edad, y Adso, quien en ese tiempo era un joven novicio benedictino que se encontraba bajo la tutela de Guillermo. Esta pareja de religiosos terminan desempeñando inadvertidamente los roles de detective y ayudante, ya que investigan una serie de crímenes interrelacionados en los que hay un asesino oculto entre los monjes, y el modo de encontrarlo no parece en absoluto sencillo.

Su autor, Umberto Eco, más allá de enfrentar al bien contra el mal (recurso recurrente en la mayoría de las historias), plantea una interesante lucha antagónica entre el pensamiento científico (encabezado por Fray Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk) y el pensamiento místico-religioso (representado por el inquisidor Bernardo Gui, personaje siniestro que en verdad existió y nos legó un tratado sobre este tipo de juicios —fragmentos de esta obra son transcritos por el propio Eco—, y el perverso Jorge de Burgos, quien teme a la filosofía de Aristóteles y se ha propuesto impedir la difusión de su conocimiento). Los frailes que hojearon el Libro Segundo de Poética de Aristóteles y que luego murieron envenenados por llevarse el dedo índice a la boca son víctimas circunstanciales de los planes siniestros de Jorge. Los pasados heréticos de Remigio de Varagine y de Salvatore son tramas secundarias que no tienen mucho que ver con los asesinatos que se cometieron en la abadía; sus historias sirven como referencia para ilustrar la crisis que vivía la Iglesia Cristiana Romana desde el siglo XIII, la cual fue reprimida precisamente por el implacable tribunal de la Santa Inquisición.

Bernardo Gui hace una investigación muy superficial sobre los acontecimientos macabros que suceden en la abadía y castiga lo más evidente, una verdad que la mayoría de los frailes benedictinos ya sabía; es por eso que Gui fracasa en su intento por esclarecer los acontecimientos; se basó en su vaga idea de la veracidad de las declaraciones de los testigos (sin intentar cuestionarlas), en la superstición (el gallo muerto y el gato negro como signos del Maligno) y en su concepto de justicia divina para amedrentar a los acusados con la posibilidad de la tortura. De esta manera obtuvo la confesión que quería oír, pero realmente no descubrió una verdad absoluta.

En franca oposición a los métodos de conocimiento utilizados por Bernardo Gui, Fray Guillermo de Baskerville, un personaje ficticio creado por Umberto Eco, es indudablemente representado como alguien que se adelantó a su tiempo, porque supo ser un hombre de Dios y sobre todo de ciencia (lo cual daba lugar a sospechas heréticas a inicios del siglo XIV), ya que utiliza el razonamiento deductivo y el método científico para llegar a una verdad confiable, objetiva y verificable. A partir de la constante observación, planteamiento y elaboración de varias hipótesis, experimentación, errores y deducciones, Guillermo logra explicar los siniestros hechos que se están produciendo en la abadía y que en absoluto tienen que ver con un supuesto fin del mundo. Durante los siete días que dura su investigación es asistido por su pupilo Adso de Melk quien es muy inteligente pero todavía inocente y un poco ingenuo; sin embargo, hacia el final del libro, agudiza su mente y hace deducciones que sorprenden a su maestro y le ayudan a descubrir claves para resolver el misterio que encierran los crímenes de la abadía.

Sin embargo, al final del libro, ambos bandos pierden algo: por una parte, los científicos pierden la biblioteca y, en contraposición, los místicos ven desmoronado su centro de recogimiento espiritual.

La novela, a lo largo de todo su desarrollo, da claras muestras de haber sido una concepción de Umberto Eco, ya que está cargada de simbolismo (en especial de semiótica, la disciplina en la cual él ha destacado). Haciendo uso de sus sorprendentes conocimientos de semiótica, Umberto Eco elaboró perfiles completos de todos sus personajes, incluyendo el de la campesina sin nombre de quien Adso se enamora. Sin embargo, me cautivaron aún más sus sincretismos. Por ejemplo, Fray Jorge de Burgos atemoriza a los monjes de la abadía cada vez que ocurre un crimen, les recuerda el fin de los tiempos y asocia cada muerte con una de las trompetas que menciona San Juan Evangelista en el Apocalipsis, cada una de estas trompetas tiene un signo asociado: la primera se relaciona con nieve, la segunda tiene que ver con sangre, la tercera con agua, etc. Eco relaciona estos elementos con las posiciones en las que los monjes muertos son hallados: Adelmo se suicida al arrojarse de una torre y su cadáver es encontrado en la nieve; el ilustrador Venancio muere envenenado al leerle el libro Poética de Aristóteles a Fray Jorge y a Berengario; movido por la culpa de su pasión homosexual hacia este monje, arrastra su cadáver a los chiqueros donde lo sumerge en sangre de cerdo; al día siguiente, Berengario aparece muerto en un baño de lima; el médico Severino es asesinado de un fuerte golpe en la cabeza por custodiar el libro prohibido en su herbario; quien lo mata, el bibliotecario Malaquías, muere envenenado al hojear ese libro; el abad Abbone muere asfixiado al tratar de encontrar en la laberíntica biblioteca a Fray Jorge y finalmente, el malvado Jorge muere envenenado al tragarse pedazos de las páginas del libro de Aristóteles entre las llamas del incendio que él mismo provocó. Esta fue la séptima trompeta apocalíptica, la séptima muerte; por lo tanto, la destrucción del mundo: su propio mundo. El incendio de la biblioteca se propagó a las demás áreas de la abadía y lo consumió todo en tres días, quemando la biblioteca más grande de la cristiandad (según palabras de Guillermo de Baskerville) y terminando con el estilo de vida de toda una comunidad.

Opino que fue todo un acierto bautizar este libro como El nombre de la rosa en lugar de La abadía del crimen, la única pista que el autor da de ello a lo largo de la obra es durante una conversación en el scriptorium entre Guillermo y uno de los monjes, en la que Guillermo recita el último verso de un poema de Bernard de Morlais, el cual dice: “Todo lo que queda de una rosa muerta es el nombre”. Esta frase me despierta la curiosidad por saber el significado que Eco quiso darle a esta figura literaria: ¿Cuál es el nombre de esa rosa? ¿A qué elemento de la historia alude esa rosa muerta?, ¿al segundo libro de Poética de Aristóteles cuyo último ejemplar conocido se perdió en ese incendio?, ¿a la biblioteca de la abadía, la más grande del mundo cristiano, de la cual nosotros únicamente conocemos el nombre, al igual que el de la desaparecida Biblioteca de Alejandría?, ¿al conjunto de edificios y moradores de la abadía, cuyos relatos de herejía y crímenes hacen que nosotros los tengamos en la memoria?

Definitivamente es mucho más rico en contenido el libro que la película, aunque Eco se exceda ligeramente en darnos a conocer los acontecimientos históricos acerca de la crisis del cristianismo, los mecanismos utilizados por el poder religioso para mantener sometida a la religión general por medio de un temor irracional al infierno y al final de los tiempos, las descripciones de la arquitectura de la abadía, el modo de pensar de cada uno de los monjes y las conversaciones tan extensas que ellos sostienen en latín; las cuales, por una parte, provocan la sensación de que eso que el autor está contando pudo haber sido verdad, aunque sitúa al lector en un nivel de intelectualidad elevado. A pesar de estos elementos, que en ocasiones dificultan la agilidad de la narración, considero que el libro está estupendamente escrito y es admirable la cantidad de información que Eco puso en juego para brindarnos este resultado final; él deja muy claro que es un sabio y un genio.

La película más o menos respeta el contenido del libro hasta que cae en el juego típico de Hollywood del “Happy ending”. Annaud aumenta la participación a dos personajes secundarios (Bernardo Gui y la campesina), derrocha sexualidad innecesaria para atraer más dinero a la taquilla (la campesina nunca le dice a Adso que es bello), elimina el caballo Brunello y a Fray Alinardo. Creo que Umberto Eco tenía bien definida la función de cada uno de sus personajes en la historia, sus propósitos, el momento en que cada uno tenía que morir (si ése era el caso) y su importancia. La novela de Eco no aclara si los herejes murieron en la hoguera o no, sólo se sabe que se les condujo a Avignon para continuar con su proceso, lo único que Gui obtuvo de Salvatore y Remigio fue la confesión, de la campesina no se sabe más (el último dato que Eco proporciona de ella es que fue encerrada en una celda distinta a la de Salvatore); en la película se queman a dos de los herejes al mismo tiempo que la biblioteca se consume en llamas y la multitud se enardece ante Bernardo Gui y lo matan. La película tiene el acierto de respetar escrupulosamente el contexto histórico en el cual se desarrolla la trama, otorgarle a Sean Connery y a Franklin Murray Abraham (dos actores maravillosos) los papeles de Guillermo de Baskerville y Bernardo Gui, y a pesar de sus omisiones y malas decisiones al momento de la adaptación, la versión cinematográfica entretiene y funciona como un thriller religioso.

Leer más
EnsayoReseñas

Releer/reescribir a Borges: un regalo

borges

Por: Gerardo Farías

Cada lenguaje es una tradición,

cada palabra, un símbolo compartido;

es baladí lo que un innovador es capaz de alterar

JLB

 

Si hay algo por lo que admiro a Jorge Luis Borges es por la forma en la que me enseñó a leer. Fue el primer autor que me hizo entender que la lectura es un fenómeno activo, que es el lector el que crea la obra literaria y que los escritores a lo que más pueden aspirar es a contar la misma historia una y otra vez de una forma auténtica. Ser auténtico no es lo mismo que ser original. No hay casi nada original en la creación artística.

Jim Jarmush, el cineasta estadounidense, lo explica en el último de sus consejos para hacer cine:

 

Nada es original. Roba de cualquier lugar que te inspire y nutra tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones azarosas, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, cuerpos acuáticos, luces y sombras. Elige para robar solamente cosas que le hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en cubrir tus robos -celébralos si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: “No importa de dónde tomas las cosas –lo importante es hacia dónde las llevas”.

 

Esto lo dice también Jonathan Lethem en su ensayo Contra la originalidad: “Los lectores son como nómadas recolectores por campos que no les pertenecen”. Borges antes que autor fue un gran lector, de hecho sin sus lecturas no habría podido escribir casi nada de su obra. Sus cuentos, poemas y ensayos se basan en la reapropiación de las literaturas que poblaron su biblioteca y su mente.

La literatura, como todas las demás artes, está ahí frente al espectador como un regalo. De ahí que la idea de propiedad privada se desvanezca en el ámbito artístico. Para Lethem, la diferencia principal entre el intercambio de mercancías y el de los regalos es que los regalos establecen un lazo sentimental entre dos personas, crean una conexión; y el arte es recibido casi siempre como un regalo y no como una mercancía (o así debería ser) porque su objetivo principal apunta a conmovernos, reanimarnos, trastocarnos e infundirnos, sobre todo, una esencia diferente en nuestras vidas. Cosas, definitivamente, invaluables.

Es por ello que a manera de homenaje me he apropiado y rescrito un poema del escritor argentino, con lo cual intento poner en su poema mi propio horizonte vivencial; trato, pues, de reflejar lo que mi lectura ha puesto en su obra.

Y lo ofrezco aquí como un regalo y una invitación a que el lector pruebe a hacer su propia versión de las cosas que son relevantes en su vida y lo dejarán de ser en su muerte.

 

Las cosas

(1969)

Jorge Luis Borges

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

 

Las cosas

(2016)

Gerardo Farías

 Los lentes, la cama, los tatuajes,
el difícil andar de mi auto, las frías
cervezas que ya no tomarán mis días,
los dados, el dominó y los naipes,
un libro que tenía el sentido de mi vida
y que nunca llegué a leer, un atardecer
inolvidable que ya se borra de mi mente,
el espejo que rompí en mi adolescencia,
el alebrije hecho con mis manos de casado.

Cuántas cosas, canicas, puertas, mapas,
botellas, cuadros, plumas, llaves,
me sirvieron como esclavos,
misteriosas en una rebelión muda.

Durarán más allá de esta lectura,
de tus ojos sobre estas líneas,
mas nunca sabrán de este homenaje
y tampoco que ya no estamos.

 

Leer más
Reseñas

Jugando con los hechos

guerra

Por: Felipe Gómez Jacobo

“Juego: Acción y efecto de jugar por entretenimiento”.
Real Academia Española

Recientemente finalicé de leer una novela histórica. Dicho subgénero literario aún está en constante debate: hay quienes la definen como una trama ficticia desarrollada en un momento histórico real y quienes la conciben como una reinvención de un suceso real a partir de una construcción literaria. En esta última perspectiva centraré mi atención.

La primera novela es El nazi y el psiquiatra de Jack El-Hai; la segunda, En el jardín de las bestias, de Erik Larson. ¿Por qué utilizar el verbo jugar? Sencillo, porque sus autores usan los hechos reales para entretener.

El primer título cuenta la historia del Dr. Douglas M. Kelley, psiquiatra a cargo del exmariscal del Tercer Reich; éste último, jefe de la Luftwaffe Herman Göring y uno de los arquitectos del genocidio judío que en el momento de la novela se encuentra detenido para ser juzgado en Nüremberg por sus crímenes en la Segunda Guerra Mundial. El segundo libro narra la historia del Embajador de los Estados Unidos, William E. Dodd, como emisario en la floreciente Alemania Nazi, y las relaciones románticas y políticas de su hija Martha Dodd con la jerarquía alemana.

Mi afición por la Segunda Guerra Mundial me orilló a explorar ambos títulos y me surgió una inquietud: ¿hasta dónde le es permitido a un autor jugar con los hechos para recrear un suceso histórico a modo literario?

Una respuesta fácil podría ser que es una cuestión creativa: encontrar una forma más atractiva de seducir al público contando un evento histórico. Pero no podemos quedarnos en una superficial conclusión. Hay que escarbar un poco más.

El-Hai se enfoca en un argumento periodístico; construye su novela como si fuese un reportaje. No obstante, pone el destino del protagonista en un constante vaivén de suspenso que termina atrayendo al lector hasta su inminente final, como cualquier texto de ficción. El autor destaca literariamente el inicio, el clímax y el desenlace de Kelley. Aprovecha al máximo el tópico “basado en hechos reales” que no resulta exclusivo del cine.

Por otra parte, Larson se va a un extremo que resulta interesante, al grado de visitar los lugares de aquel Berlín estremecido que creía en todo y a la vez en nada. Capta en su mente cada diminuto detalle de lo que ve con ojos propios, fotografías y videos, hasta el grado de sentir que vive en la época con sólo cerrar los ojos.

Lo que es un hecho en ambas obras es la capacidad de recrear el ambiente con base en los documentos y diarios de quienes lo protagonizan; ese partir de una simple línea o textos en los que todos parecen literatos al detallar sus vivencias en una época que agitaba la civilización. Lo que viene a constatar que no está prohibido jugar con los hechos, redefinirlos en la grandiosa literatura que todo ve y atestigua. Muchos de los protagonistas sufrieron el horrible destino que los nazis maquinaron, pero antes de ello dejaron el manifiesto de sus tiempos, mismo que aprovechan autores contemporáneos para echar una mirada a la historia.

Aunque pareciese que nadie puede cerciorase por completo de que eso haya pasado realmente, la balanza siempre se inclinará hacia quien presente las pruebas.

En el fondo, la novela histórica agrada por su realidad, palabras fantasiosas que cuentan hechos innegables. No solo representa una perspectiva creativa, sino también la maravilla de plasmar el deseo de haber vívido ahí y contarlo todo.

Y si bien no es posible viajar en el tiempo, sí podemos explorar el laberinto de la novela histórica, un subgénero poco conocido, pero que siempre resulta un referente de la buena literatura. Estas dos novelas contienen cada una un final que invita a reflexionar sobre qué hubiésemos hecho nosotros en aquellas épocas, para redefinir o aceptar el curso actual de la historia.

No serán las primeras ni las últimas que leo. ¿Conoces alguna otra?

 

Leer más
Reseñas

Caminos

neil

Por: Karen Silva

 

Damas y caballeros, apunten sus narices hacia arriba: una tormenta se avecina y en una cárcel como cualquiera de los Estados Unidos, los prisioneros -mortales y divinos- sienten la electricidad en el ambiente que anuncia la obertura de algo más que un par de rayos y nubes en el cielo.

Estamos en una tierra que es lo contrario a lo sagrado, no se refiere a lo maldito sino a aquella en la que no existe la fe, en la que los dioses son vulnerables, tanto como los mortales. Neil Gaiman habla así de Estados Unidos en su celebrada novela American Gods, en la que nos lleva por las carreteras actuales de Illinois en la travesía de Wednesday -un viejo dios nórdico- y Sombra -un ex convicto misterioso del que tendrás mucho por descubrir a lo largo de la lectura- para encontrar a los dioses que fueron traídos a América hace siglos por los inmigrantes, o por lo menos a aquellos que aún no han sido olvidados.

En la novela, Gaiman nos embarca en distintos viajes, el de los escoceses, rusos, griegos, eslavos, africanos y hombres de distintas latitudes convertidos en esclavos, que por distintos destinos se embarcan rumbo al Nuevo Mundo, llevando consigo su folclor, su fe y sus panteones como única ancla asida a lo que alguna vez fue su hogar. Aquellos dioses se vuelven entes errantes en una tierra extranjera en la que lentamente sus adeptos se olvidan de ellos, mueren o comienzan a adorar a otros dioses: los nuevos mesías de América.

American Gods es una guía de la geografía y el folclor americanos que muchas veces se encuentran sumergidos en la segunda capa de la tierra, esa que ha sido sepultada por el peso de la modernidad y de la historia. En sus páginas aparecen, como referencias directas a los dioses quienes se revelan como habitantes locales, ciudades reales de Illinois que fueron nombradas en honor a sus homónimas del Viejo Mundo: Tebas y el Cairo principalmente; un interesante experimento narrativo para trasladarte de la carretera al pasado, al presente y a los sitios de visita obligada para el curioso turista.

Al leer esta novela tuve la incontenible sensación de tomar carretera para conocer los parajes que se describen en ella, moteles, dinners, centros comerciales y pueblos que conforman el retrato de una América resultado de un pasado, que aunque determina el presente, se desdibuja en su camino hacia el futuro con cada generación. Neil tiene un talento especial para fusionar lo fantástico y lo onírico con la rutina diaria de cualquier ciudad con la finalidad de volver cada capítulo un retrato de colores vivos de las distintas realidades que se superponen en sus universos.

Definitivamente considero a esta novela una lectura altamente recomendada para quienes tengan en mente un viaje largo en carretera por Norteamérica. También puede servir como un reto para visitar ciudades y monumentos en un road trip de aventura, solo o con amigos. Si decides salir a carretera con American Gods como guía de turista, ¡cuéntame sobre tu experiencia! Envíame un correo a: lin.karensilva@gmail.com.

Leer más
1 2 3
Page 1 of 3