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El vértigo de la existencia

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Por: Gerardo Farías

 

Reseña de El libro vacío de Josefina Vicens

(1958; Fondo de Cultura Económica)

 

La creadora y su relevancia

Josefina Vicens es una figura extraña en el mundo de las letras mexicanas. De perfil discreto, aspecto duro y una carrera literaria breve: sólo publicó dos libros. No es una sorpresa que mucha gente sepa poco o casi nada sobre ella. Sin embargo, como sucedió con Juan Rulfo, sus dos libros bastaron para que recibiera el reconocimiento de sus contemporáneos. En 1958 recibió el premio Xavier Villaurrutia por El libro vacío, su primera novela. Ese mismo año se publicó La región más transparente de Carlos Fuentes y en esa misma década, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, y los archiconocidos libros del ya mencionado Juan Rulfo. En aquella época los autores mexicanos buscaban renovar la forma de contar sus historias, pero la temática seguía anclada en lo rural y en la búsqueda de la identidad mexicana. El libro vacío inició un camino por nadie transitado hasta entonces: su forma era innovadora pero sobre todo su temática. Sorprendió tanto a iniciados, como a consagrados y hasta a los indiferentes. Escribió una historia sin trasfondo histórico, en el centro colocó a un personaje que no era político ni rural ni indígena y creó un relato sencillo, nada fantástico, casi lineal, pero que escondía un juego estructural inquietante.

 

La apuesta

El personaje principal es José García y nos confiesa que poco se puede decir de él, pero aun así nos resulta trágico y enternecedor. Octavio Paz le escribió a Josefina Vicens al respecto: «Pues, ¿qué es lo que nos dice tu héroe, ese hombre que “nada tiene que decir”? Nos dice: “nada”; y esa nada —que es la de todos nosotros— se convierte, por el mero hecho de asumirla, en todo: en una afirmación de sí mismo y, aún más, en una afirmación de la solidaridad y fraternidad de los hombres».

Una afirmación. La gran apuesta literaria de Josefina Vicens es hacer una afirmación a través de la vacuidad. Pero ahí encontraremos un espejo, como lo hizo Narciso, y nos quedaremos atónitos presenciando una cotidianidad que nos atrae y nos hiere. Josefina Vicens escribió este libro como terapia, para liberarse de su inseguridad al momento de escribir. Decidió pasarle esa inseguridad a José García: un hombre en sus cincuenta con un trabajo anodino, una vida gris y superficialmente estable. La autora misma lo confesó en una entrevista: «Ese problema de escribir y el no escribir, por los motivos que José García expresa, es completamente autobiográfico; no es una invención, es una cosa sentida por mí y que he padecido y sigo padeciendo».

El objetivo de José García es escribir un libro y para ello ha ideado un plan. Ha comprado dos cuadernos. En uno escribirá todo lo que venga a su mente, sin filtros ni preocupaciones, como quien no quiere la cosa. Una vez llenado ese cuaderno, pasará a escribir el otro, el que sí tendrá mérito y cuidado. Llegar a ese otro cuaderno es la gran proeza. El plan es sencillo y suena efectivo. Pero José García sufre con sólo escribir en el primer cuaderno. Entonces, la existencia se le vuelve incómoda y pesada. Y son precisamente sus sueños nunca alcanzados y su mediocridad lo interesante y sorprendente de esta gran confesión. José García se vuelve a ratos un malabarista del lenguaje, un poeta y un filósofo, y nos lanza frases que no podemos evitar subrayar para hacerlas parte de nuestra propia vida.

Imagino que así empezó a escribir Josefina Vicens, pretendiendo que no era tan importante, para evadir la presión. No escribió ese libro pensando en una historia sino en una forma de lidiar con la ansiedad de no poder escribir. Del mayor bloqueo creativo nació una gran obra.

 

El vértigo

Al hacer una revisión de su vida, José García hace una revisión de nuestras propias vidas. No se ofendan, sus vidas no son mediocres… Bueno, sí lo son, probablemente, porque nuestras vidas siempre son algo mediocres en algún momento. Hay miles de cosas intrascendentales en nuestra vida: tender la cama, formarse en una fila, esperar y esperar, tomar el camión, firmar una nómina, checar la entrada y la salida del trabajo del hotel de las redes sociales, revisar el correo, comer casi todos los días casi lo mismo. LOMISMO diría César Vallejo. Nada heroico, nada genial ni extraordinario. De eso están hechas nuestras vidas, al menos, gran parte de ellas.

Y, sin embargo, ésta es una lectura de vértigo. Uno cae enredado por la intimidad de la novela. Novela que sabemos no es una novela terminada, sino un libro vacío que está llenado con el intento de otro posible libro. Hay preguntas que ponen nervioso al lector: ¿el segundo cuaderno será llenado?, ¿José García se suicidará en un arranque de frustración?, ¿morirá su hijo enfermo?, ¿lo dejará su esposa fastidiada? ¿La escritora nos engaña? ¿Nos hace leer algo que no es una novela pero en realidad sí lo es? Lo cierto es que leemos algo prohibido, nos robamos la confesión de un hombre frustrado, y siempre hay un extraño placer en ese tipo de indiscreciones; más si pretendemos que José García es el alter ego de Josefina Vicens.

Si alguna vez han sentido las ganas de emprender algo imposible o inalcanzable y se han torturado por no hacerlo, este libro vacío es para ustedes. Si se sienten como artistas frustrados o se han sentido así alguna vez, este libro es para ustedes. Si no se han sentido así nunca, pero conocen a alguien que sí, también este libro es para ustedes. Leer es ser otro y, por lo tanto, sentir el vértigo de la existencia.

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  • El mal de Montano de Enrique Vila-Matas
  • El país de las últimas cosas de Paul Auster
  • Mr. Gwyn de Alessandro Baricco
  • La metamorfosis de Kafka
  • Los años falsos de Josefina Vicens
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EnsayoReseñas

Severiana o el turismo literario

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Por: Berenice Hernández 

 

Cuando somos niños es complicado que viajemos solos. Por lo general nuestros padres nos llevan con ellos para todos lados: viajamos en coche, en transporte público o en autobús, siempre asidos de la mano de alguien mayor, que de algún modo coarta nuestra independencia en un afán de protegernos del ruido de allá afuera, de las ciudades monstruo y la sociedad misma. Esto pasa no sólo en la realidad, sino también en la ficción. Claro ejemplo de ello es Severiana, novela juvenil del mexicano Ricardo Chávez Castañeda.

Severiana es una utopía. Una isla a la que llega un grupo de amigos para protegerse de la catástrofe que azota la ciudad en la que viven. Son niños que utilizan los libros como un puente para comunicarse en un espacio seguro: el de las páginas. Cuando la realidad los apabulla y el ánimo decae, descubren que sumergiéndose en las palabras son capaces de encontrarse, siempre y cuando lean el mismo libro, la misma página, el mismo párrafo e igual línea. Se encuentran, así, en un constante ir y venir por el papel, y sortean los mismos caminos que personajes de Harry Potter o Las crónicas de Narnia.

Es difícil que un niño viaje solo, es cierto. Eso lo saben los personajes de esta novela, en la que el miedo los ha petrificado a todos. Por eso recorren la isla sin prisas pero con cautela, como debieran recorrerse todas las ciudades a las que viajamos: siempre alertas y disfrutando como la primera vez.

Crecer no significa que debamos dejar de ilusionarnos con la lectura por concentrarnos en el viaje. Al contrario. ¿Qué hay mejor que acomodarse en el asiento y sacar de la maleta aquel libro que ha sido nuestro acompañante durante semanas? Los libros, como nuestra familia, están ahí, fielmente a nuestro lado, a pesar de que no siempre nos descubramos hojeándolos. ¿Quién sino un viajero-lector se llena de la mayor dicha cuando lee la última página un par de kilómetros antes de llegar a su destino?

Con Severiana, Ricardo Chávez nos invita a explorar, a no permitir que nadie –ni los niños desaparecidos, ni los seres más malvados, ni una urbe en decadencia- se interponga en nuestro camino, impidiéndonos con ello hacer lo que deseamos: movernos, ser libres, viajar en las palabras, la imaginación o los autobuses.

 

**Texto publicado en el Suplemento INNBUS, en abril de 2017

 

 

 

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Reseñas

El imperio de la fortuna

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Por: Víctor Manuel López Ortega

 

El Imperio de la Fortuna es una producción mexicana de 1986 dirigida por Arturo Ripstein (célebre por cintas como El Castillo de la Pureza, El Lugar sin Límites, Principio y Fin, Profundo Carmesí, entre otras), protagonizada por Ernesto Gómez Cruz, Blanca Guerra y Alejandro Parodi, con guion de Paz Alicia Garciadiego, y argumento de Juan Rulfo, basándose en su segunda y última novela, El Gallo de Oro (escrita entre 1956 y 1958, registrada en la oficina derechos de autor en 1959).

Cabe mencionar que a El Gallo de Oro, aunque Rulfo no la escribió a manera de novela o guion cinematográfico, sí la concibió con la idea de que fuese llevada al cine, lo cual sucedió por vez primera en 1964, con la película homónima dirigida por Roberto Gavaldón, protagonizada por Ignacio López Tarso, Lucha Villa y Narciso Busquets, y guion de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón.

Después de muchos años de haberse estrenado el filme de Gavaldón, el argumento de Juan Rulfo por fin fue publicado como novela en 1980.

El Imperio de la Fortuna mantiene en gran medida el contexto rural característico en la narrativa de Rulfo, pero sitúa la trama en los años ochenta del siglo pasado, lo cual significa una actualización del ambiente en que la historia original y su primera adaptación cinematográfica se desarrollan, sin que esto signifique que la ubicación cronotópica del filme esté fuera de contexto.

En la obra de Arturo Ripstein, Dionisio Pinzón (interpretado por Ernesto Gómez Cruz) es un pregonero tullido de una mano que vive en un jacal junto a su madre enferma en el pueblo de San Miguel del Milagro. Aunque Dionisio desempeña bien su trabajo, nadie se lo remunera, ni siquiera el sacerdote del pueblo. La impotencia que el protagonista siente al no tener dinero para dar cristiana sepultura a su madre que muere en las primeras escenas, lo motivan a buscar una manera de superar la pobreza. Lo cual parece casi imposible, si tomamos en cuenta otros relatos de Rulfo, como, por ejemplo, Es que somos muy pobres o Nos han dado la tierra.

No obstante, contra todo pronóstico, la suerte del pregonero comienza a cambiar a partir de que salva del sacrificio a un gallo de pelea herido que le regalan en una feria. El gallero accede a dárselo para que se lo coma, pero Dionisio lo cura, lo entrena y se lo lleva de vuelta a los palenques, consigue quien se lo apadrine y empieza a ganar un porcentaje de comisión por cada triunfo.

En las ferias en diferentes pueblos a las que Dionisio va, ya sea como pregonero o como gallero, conoce a Bernarda Cutiño, La Caponera (interpretada por Blanca Guerra), una cantante muy atractiva quien al principio lo rechaza, pero después, intenta seducirlo para que venda su gallo a su amante, don Lorenzo Benavides (interpretado por Alejandro Parodi), un tahúr mucho mayor que ella, y después, cuando su gallo de oro es derrotado en combate y muere, para que entrene a los gallos de pelea de este señor, quien también introducirá a Dionisio en los juegos de azar y las apuestas.

Más adelante, La Caponera, harta de sus amoríos con Lorenzo Benavides, entabla una relación sentimental con Dionisio, quien, al igual que don Lorenzo, cree que ella es su talismán de buena suerte. Dionisio se casa con ella, retirándola de su vida licenciosa y teniéndola cerca en cada partida de cartas. Tal parece que la fortuna favorece a Dionisio durante los siguientes años, es el hombre más rico del pueblo y tiene a la mujer que quiere, con quien además engendra una hija. Sin embargo, La Caponera ha pasado de dominante a dominada y esto la hace sentir infeliz y prisionera, esta vez de Dionisio. Intenta fugarse de su realidad, pero acaba descubriendo que el paso del tiempo no perdona y ya no puede recuperar su modo de vida de cuando era joven.

Tanto Dionisio como La Caponera como Don Lorenzo, y otros personajes secundarios, presentan una intriga de degradación, en la que su desarrollo en lugar de ser positivo a lo largo de la historia, es negativo, hundiéndose cada vez más en los antivalores, lo que los conduce a un destino trágico como consecuencia de la inmoralidad de sus actos.

Si atendemos a la interpretación de que si uno se conforma con lo que tiene y no busca prosperar, se quedará siempre en el mismo sitio; me atrevo a decir que el personaje de Dionisio es admirable porque luchó para cambiar su destino y fue capaz de dejar atrás la pobreza al haber tenido la visión de rehabilitar a un gallo moribundo, convirtiéndolo en ganador. Su perdición estuvo en no haber puesto un freno a sus ambiciones a tiempo y al no haberse dado cuenta de que los juegos de azar a la larga lo destruirían, tal como lo anticipó el tiro de gracia que el mismo Dionisio propinó a su mentor, don Lorenzo Benavides, al despojarlo de la hacienda Santa Gertrudis y de su amante.

Los juegos de azar y la suerte son los ejes temáticos fundamentales en la trama de esta película, más realista, por su crudeza, que el argumento original de Juan Rulfo. La premisa sobre la cual están sustentadas El gallo de oro y El Imperio de la Fortuna bien podría ser la siguiente:

Quien hace una fortuna de manera mal habida, basada en los juegos de azar, la perderá abrupta y malamente también.

El realismo mágico de Rulfo en El gallo de oro y, por ende, en El Imperio de la Fortuna, radica en que no parece posible que grandes fortunas se obtengan y se pierdan por la afición por los juegos de azar. Sin embargo, en estos ambientes y en aquellas épocas, me queda la impresión de que estas ruinas financieras eran tan reales como los fraudes fiscales millonarios de Wall Street que se destaparon en 2008 y generaron una serie de bancarrotas.

El Imperio de la Fortuna es una versión bastante fiel al argumento original de Rulfo. A diferencia de la película de 1964, la versión de Ripstein sólo se permite algunas licencias creativas, siendo la temporalidad la más evidente. Se trata de un drama al estilo de las grandes tragedias clásicas, universal por el asunto que muestra, pero con una identidad mexicana profunda.

Para finalizar, quiero destacar que El Imperio de la Fortuna ganó 8 Premios Ariel en 1987: Mejor Película, Mejor Dirección, Arturo Ripstein, Mejor Actuación Masculina – Ernesto Gómez Cruz, Mejor Coactuación Masculina – Alejandro Parodi, Mejor Actor de Cuadro – Ernesto Yáñez, Mejor Argumento Original – Juan Rulfo (reconocimiento póstumo), Mejor Edición – Carlos Savage, y Mejor Ambientación – Ana Sánchez y Patrick Pasquier. Adicionalmente, obtuvo dos nominaciones más: Mejor Actuación Femenina – Blanca Guerra, y Mejor Tema Musical.

No ahondaré en más valoraciones personales para que cada uno de ustedes juzgue por sí mismos. Disfruten la función.

 

Película presentada por Víctor López el 16 de mayo de 2017, durante el ciclo El Cine en Llamas.

 

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Reseñas

¿Deberíamos creer en la Resurrección?

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Por: Nan Martínez

Durante la gira de documentales Ambulante, asistí a ver la proyección titulada “Resurrección”. Llegué a la Casa natal de Morelos sin expectativa alguna, solo con la intención de conocer el talento y la sensibilidad mexicana. Fue impactante ver la documentación del río Santiago en Jalisco; a principios de los 90’s éste era un santuario apodado “El Niagara mexicano” tan solo imaginen eso. Pero con la llegada de empresas nacionales y transnacionales que se instalaron a orilla del río, quitaron a los pobladores una vida autosustentable desarrollada por la pesca.

Los desechos de estas empresas comenzaron a ser tirados en el río, hasta acabar con el agua limpia de poblados enteros y orillar a los lugareños a ser empleados de dichas fábricas, al mismo tiempo adelantaban la llegada de su muerte al ser diagnosticados con cáncer en el riñón e insuficiencia renal. La ambición de los capitalistas destruyó vidas y las sigue destruyendo.

El constante ataque audiovisual de este documental nos incomodó a más de uno: comezón en el cuello de la persona de adelante, sudoración de manos en el de atrás y  movimiento ansioso de piernas del de al lado fueron algunos de los síntomas. Otros optaban por salir de ahí. ¿Qué esperaban? Que hubiera fotos en las que se muestra que el mundo mejora. Así como en las telenovelas estúpidas en donde el rico saca a la pobre de su depresión y tienen hijos, ¿hijos? Lo que menos necesita el mundo son más niños no planeados, hijos de adolescentes, engendrados solo para ser productores de más basura.

Y así la realidad de este documental que incluso rebasó los límites de la imaginación. Ahora “El Salto” es uno de los municipios más pobres de Jalisco. Una mujer con cáncer afirma la llegada de la muerte como alivio de la vida.

El agua no tiene más movimiento, solo cobija lentamente el cadáver de un pato que flota en la orilla.

Lo único que da esperanza es que las aves aún cantan.

Documental Ambulante A.C. es una organización sin fines de lucro, fundada en 2005 por Gael García Bernal, Diego Luna, Pablo Cruz y Elena Fortes, dedicada a apoyar y difundir el cine documental como una herramienta de transformación cultural y social. Ambulante viaja a lugares que cuentan con poca oferta de exhibición y formación en cine documental, con el fin de crear una audiencia participativa, crítica e informada, y abrir nuevos canales de expresión y reflexión en México y en el extranjero”

 

 

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PoesíaReseñas

La poesía como insecto o ¿qué cosas son los poemas de José Agustín Solórzano?

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Por: Gerardo Farías

INTRO

Un poeta. Vaya usted a saber qué cosa es un poeta.

La verdad es que nosotros llamamos a las cosas con muchas palabras y de muchas maneras, y nunca atinamos a nombrarlas como se debe. Siempre hay algo que se nos escapa, algo que no queda claro.

El poeta, empecemos por ahí, lo sabe muy bien: él sabe que no se puede: él está consciente de no saber cómo decir las cosas.

¿Cómo decir algo, cualquier cosa, de la forma más precisa? No lo sabe y es entonces cuando nace su curiosidad. Un poeta es alguien que es nuevo al lenguaje. No es cierto que un poeta conozca el lenguaje a la perfección. Lo que sucede es que el poeta se enfrenta al lenguaje como un arqueólogo o un antropólogo que está descubriendo algo donde los demás veían cosas comunes.

Donde la mayoría de la gente ve una piedra, el arqueólogo ve un hueso, una nueva especie, un pedazo de historia. Pero, dejemos esto en claro, nunca sabe qué cosa es exactamente, al menos no a primera vista. Habrá de pasar su escobetilla sobre el polvo y limpiar la pieza, excavar, extraer; sacarla, pesarla y medirla.

Así, el poeta se enfrenta a las palabras: como cosas nuevas y desconocidas. Las des-cubre. Y luego, nos muestra su hallazgo.

 

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Conocí a Agustín en una zona arqueológica donde abundan los poetas: en un bar. Estoy seguro de haberlo visto antes, pero para mí esa ocasión fue cuando lo dejé de ver como un borracho más y, por un breve momento, no sé si le vi el aura o fue un olor medio fétido… Vaya usted a saber cómo huele un poeta… pero por un breve instante algo me dijo que estaba tomándome una cerveza con un hombre de esa calaña. Después de los tres segundos de revelación, lo volví a ver como lo que es: un hombre chistoso, enojón y que le gusta tomar.

Qué clase de arqueólogo es Agustín, me pregunto. Después de haber leído sus cinco libros, creo que he llegado a una pequeña conclusión: me disculpo. Él es un entomólogo.

La palabra insecto viene de la palabra latina que significa “incisión”. Esto por la forma en que parecen estar divididos los insectos: en varias partes. Muchos insectos tienen exoesqueletos, es decir, están invertidos, los huesos los tienen de fuera. Los poemas de Agustín muestran cosas de él, del ser humano, de cualquiera de nosotros, que nos emocionan y molestan.

Todos —siendo honestos— nacemos poetas y científicos, todo nos causa curiosidad: las cosas y las palabras. Agarramos el reloj de papá y lo rompemos para ver qué tiene adentro, ¿de dónde viene ese tic-tac?; agarramos el lenguaje y hacemos malabares, ¿qué cosa es el amor y cuánto pesan sus letras?

Agustín escribe para las cosas nimias y la gente nimia, por eso me gusta su poesía. Después de que nos muestra un bicho raro, nos lo permite ver e incluso tocar, no se detiene en los tecnicismos ni en las etimologías (así como yo). A veces, los bichos son interesantes y magnéticos, en otras, son espeluznantes o viscosos. A ratos, sus poemas-insecto nos hacen cosquillas, nos dan ternura pero seguimos arrugando la nariz.

 

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En su primer libro, Versos, moscas y poetas, Agustín nos deja muy claro cómo es su poesía. Se le nota a leguas que es su primer libro. El libro tiene prólogo y epílogo. Sólo los escritores muy conscientes o muy temerosos o los falsos modestos prologan o epilogan sus propios libros. Ahí está Borges, ¿no? (Y siendo honesto, yo mismo he cometido el mismo feliz atrevimiento).

Su prólogo tiene tres poemas: “Acto preparatorio”, “Advertencia” y “Advertencia II”. ¿Por qué hace esto? Quiere preparar al lector. El lector que tiene este poeta en la mente es un lector ñoño y desenfadado, un lector que le gusta leer hasta las notas al pie, pero que reniega de ellas. Porque sí, hay notas al pie en este poemario.

Me sorprende que sea un estudiante de letras no titulado. Bien que le gusta lo académico, pero le gusta lo lúdico de la academia. Esa palabra le revolotea en la cara como una mosca, de vez en cuando, y lo molesta. Se la espanta con burlas o versos agresivos o, como en su último libro, con un verso de Shakira. Tengo entendido que esos poemas, los del último libro, los escribió por el mismo tiempo que el de Versos, moscas y poetas, pero fue hasta hace poco que encontraron lugar en una editorial.

Leer su último libro es como leer el primero; eso está bien, así es en la literatura, porque es falso eso de que la escritura de uno evolucione. Los mejores insectos no han cambiado su morfología en siglos, qué vamos a andar nosotros transformando unos cuantos balbuceos finitos.

Así como las hormigas nos remiten a un ejército pero sin las matanzas masivas. O así como la mosca nos recuerda a las palabras aburridas y molestas. O así como las cucarachas nos recuerdan nuestros mayores temores (más si vuelan). Así se aparecen los poemas de José Agustín en nuestro rostro y se quedan revoloteando en la mente un buen rato.

En “Adán y Edén”, la primera parte de Versos, moscas y poetas, encontramos una voz lírica (Adán) que se encuentra solo en su “paraíso” y no le queda otra que pensar en la soledad, en la tristeza, en la muerte, en el silencio….todo esto mientras se rasca las pelotas. La ironía le hace cosquillas a la melancolía. Como lo hace cualquier otro hombre o mujer cuando están solos y se ponen a pensar. Casi todos sus poemas parten de ahí: de una voz solitaria que se rasca las ideas y luego se las saca de la nariz, las hace bolita y las avienta en la página.

El soliloquio reaparecerá en su Monomanía del autómata. Un hombre solo que se mira hacia ADENTRO y hacia AFUERA. Es un poema de largo aliento, así se les dice a los poemas que tienen muchísimas páginas. El aliento de ese poema es entrecortado, la verdad, como que a ratos no puede respirar bien, a ratos bosteza, tose, escupe, tararea o murmura.

Sin embargo, hay tres voces claras: es un diálogo extraño entre tres entes. El yo lírico que puede ser o no el poeta, un tú lírico que es una tal B, que puede ser o no Berenice, su pareja, y un ente abstracto que es la libertad.

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En Ni las flores del mal ni las flores del bien pasan dos cosas muy interesantes.

Es gracioso usar la palabra “pasan” para hablar de un poemario. Normalmente en los poemarios no pasan cosas, hay imágenes, hay metáforas, hay perplejidad, hay meditación, hay contemplación del mundo. Todo eso se puede encontrar en la poesía de Agustín, no se espante ávido lector, pero pasan también cosas. Y eso se agradece.

La primera es que los muertos regresan de sus tumbas y se ponen a escuchar lo que Agustín les tiene que decir: los muertos son poetas. A veces les reclama y en otras les pide perdón. Pasa que Agustín no tiene con quién jugar a cazar bichos y se pone a jugar con sus amigos del cementerio poético. Y ahí salen Neruda, Paz, Nogueras, Baudelaire, pero también algunos amigos vivos que, como él, son o tratan ser poetas y borrachos: Armando Salgado y Alejandro Ontiveros, entre otros no mentados. Al leer, compartimos unas trasnochadas conversaciones con todos ellos.

La otra cosa que pasa es que los poemas nos hablan de una cotidianidad inmediata, que no podemos evadir y que traemos todos encima. Ahí aparecen las redes sociales: el Facebook, el Twitter, el OXXO, el videojuego, el cajero.  Eso mal llamado “posmodernidad”. Todas esas cosas que vemos diariamente como cosas comunes y aburridas. Bueno, pues Agustín, arqueólogo-entomólogo las des-cubre como animales que nos pueden hacer pensar en los fósiles del pasado. Así como un avestruz nos puede hacer pensar en un velociráptor; así, un videojuego nos hace pensar en las dudas existenciales.

Agustín nos habla de su vida diaria y la va convirtiendo en un poema, escribe listas para el supermercado y la lista se le convierte en poema. O le pasa al revés: quiere escribirle un poema de amor a su mujer y le sale un chiste.

 

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En su más reciente libro, Dos versiones del libro que no escribí, nos encontramos con otro juego que me permite extender la analogía del investigador de campo que va pasando su escobetilla sobre unos pedacitos de pasado. Este libro es un manuscrito comprado. “El compilador” nos dice que se lo agenció gracias a un poco de dinero, y que el poeta le dio sus poemas sin chistar, casi gustoso por deshacerse de ellos.

Es un libro que es dos en uno, como un casete con sus lados A y B. El primer lado, Antología de papeles rotos, tiene poemas varios en verso y en prosa, algunos con título y otros sin él, con el primer verso en negritas; algunos empiezan con mayúscula y otros no. Efectivamente, uno siente que está leyendo poemas hechos en papeles rotos. Ése es el tono, muy bien logrado por Agustín: melancolía echa bolas de papel. De todo lo que quiso tirar en el 2012, hubo varias cosas que valían la pena y las rescató.

La segunda parte, como su título lo dice, es una crónica cantinera, El lado alcohólico del corazón. Tiene más de treinta pequeños textos escritos en prosa que simulan la conversación del poeta con una mujer que conoció en una cantina. Me parece una burla genial del Mario Benedetti de “El lado oscuro del corazón” y sus intentos por ligarse a una mujer en un bar, recitando uno de sus poemas más cursis, “Corazón coraza”, y, además, en alemán (¡!).

Creo que a José Agustín le pasó lo mismo que a mí: no nos gusta la película argentina por cómo echa a perder la poesía de Oliverio Girondo. La poesía no sirve para comprar comida ni para salvarte de la muerte. Eso no lo entendieron quienes hicieron el filme. Pero la poesía sí nos puede servir para crear empatía con las aversiones, ¿por qué no?

En este libro aparece de nuevo un soliloquio, porque nunca leemos lo que la mujer dice, pero lo entendemos, está sugerido en el “hablar” del poeta borracho. Este poeta borracho, a pesar de que sabe que la poesía no le servirá para ligar, insiste. Y es, precisamente, en la negación de la poesía como herramienta para conquistar a la dama con lo que se forman poemas divertidos, sorprendentemente profundos y que a cualquiera lo pueden llegar a conmover; como cuando uno está crudo y ve el atardecer, y llora. La ridiculez asumida de lo cursi, la autoparodia, eso es lo que salva a estos poemas.

Es un intento por borrarse a sí mismo. José Agustín reniega del “joven poeta” que alguna vez fue. Lo interesante es que al renegar de sí mismo, no hace otra cosa que devolverse, reiterarse, ¿renovarse?, ¿acaso eso se puede? Para no contradecirme diré que no, que no hay renovación, sólo juego, trucos y jiribillas. De eso va la poesía y cualquier arte, como la magia: va de hacer creer al espectador que siente (ve, huele, toca, oye o prueba) algo que no está ahí. El lector hace un pacto y de eso depende que haya o no poesía. La poesía es el elogio de una ausencia.

Quiero citar, para concluir este texto, las líneas finales que ese “compilador” hace para presentar el libro:

En parte traición, en parte homenaje, Antología de papeles rotos y Crónica de un conquistador de cantina —ambos títulos míos— son los vestigios de un hombre que hoy sólo nos queda en palabra.

Esa madrugada, antes de irme de su casa le pregunté si estaba seguro de darme sus textos y él me dijo:

“Cuando abras la puerta asegúrate de que el perro no se escape”

En este libro el perro sigue adentro.

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Reseñas

Horacio Quiroga: entre lo terrorífico y lo fantástico

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Por: Berenice Hernández

Reseña de Cuentos de amor de locura y de muerte

 **Reseña publicada en Diario Provincia de Michoacán, el 26 de febrero de 2017

 

La vida de Horacio Quiroga bien podría ser uno de sus cuentos. Esa es la idea que nos meten en la cabeza cuando apenas vamos a acercarnos al autor uruguayo, o al menos así pasó conmigo, y ahora vengo a repetir la historia: conocí “La gallina degollada” cuando estaba en preparatoria, gracias a mi profesor de taller literario, y a ella siguieron “El almohadón de plumas”, “El hombre muerto” —uno de mis favoritos, a la fecha—, “A la deriva” y otros que se hallaban principalmente en Cuentos de la selva. Me llamaba la atención, desde ese entonces, la capacidad de un autor de explotar a sus personajes, de hacerlos sufrir en un ambiente que a todas luces les resultaba desfavorable, y la ausencia de temor, el escribir sin resquemores una situación en la que cualquiera podría estar, y hacerlo con una naturalidad inaudita. Fue por eso que luego de conocerlo comencé a recomendarlo en charlas con amigos, en talleres, y acepto que en alguna de aquellas ocasiones tuve que recurrir a cuestiones biográficas más que a la capacidad narrativa de Quiroga, con el afán de que otros lectores lo conocieran, y efectivamente, no me avergüenzo de presentar así a un autor que vale la pena.

Horacio Quiroga bien podría ser uno de sus personajes. Y aunque parezca presuntuoso, lugar común, si se quiere, dicha aseveración tiene la cualidad de ser terriblemente cierta: bien podría considerársele uno más de los protagonistas de Cuentos de amor de locura y de muerte, con toda esa vida —¿o la ausencia de?— inmersa en la tragedia. Tanto en el plano real como en el ficcional, Horacio es el rey de los hechos siniestros. Es sabido por la mayoría de sus lectores que el escritor se vio rodeado por la muerte de sus seres queridos, y el dolor y el desconsuelo no se alejaron de él como pareja, como amigo, como padre y como individuo. En todos los estratos pareciera que la miseria tiene un problema personal con Quiroga, y en el ámbito literario no hay ninguna excepción; será por eso que a pesar de los años, y la aparente “simplicidad” de su obra, el uruguayo destaca como una de las mejores voces latinoamericanas, y como autor a recomendar para aquellos lectores interesados en la literatura de sufrimiento y desgarre, con tintes fantásticos y llenos de crudeza.

Cuentos de amor de locura y de muerte es el libro que pone en la mira a Quiroga y la fatalidad. Formado en un inicio por dieciocho cuentos, fue modificado tiempo después de su publicación, y las historias se redujeron a quince —“Los ojos sombríos”, “El perro rabioso” y “El infierno artificial” son los relatos ausentes en las ediciones posteriores—, aunque no por ello se vio afectada la calidad del libro. Las historias de Quiroga deambulan entre lo terrorífico y lo fantástico de una manera magistral, al igual que ocurre en la literatura de Edgar Allan Poe, uno de sus maestros. Sin embargo, la forma en que cada uno desarrolla sus historias más que a unirlos tiende a separarlos: Poe, el maestro del horror, imbuye al lector en un ambiente caótico y escalofriante desde las primeras líneas, mientras que Quiroga, por el contrario, narra con un tono pausado, calculado, que de poco en poco presenta un resquebrajamiento: su literatura es como una cuarteadura en la pared, que comienza pequeña pero se expande de manera acelerada hasta que todo termina por romperse.

Como ejemplo de lo anterior puede verse “La gallina degollada”, uno de los cuentos que menos pasan desapercibidos debido a su extraordinaria manera de ser contado, pero además porque en él permanece latente la sensación de angustia, que explota por completo en uno de los párrafos finales. Este relato es el puro ejemplo del estilo sencillo pero crudo de Horacio Quiroga, quien nos cuenta la vida de una pareja deseosa de tener un hijo, y cuando consigue procrear, el pequeño enferma y pasa a convertirse en un imbécil, como lo serán también tres hermanos que vendrán después de él. La excepción, sin embargo, luego de los mutuos reproches de los padres, y el abandono a los cuatro hijos enfermos y débiles mentales, será una quinta hija en la que recaerán las atenciones de los padres y la servidumbre, aunque también de alguien que devolverá la fatalidad a la familia.

Los personajes de Quiroga intentan siempre mantener la esperanza de algo. En “Una estación de amor” descubrimos a un par de enamorados que por causas ajenas no pueden estar juntos. Ambos, pasado un tiempo, siguen interesados en formalizar su relación, aun a costa de sus padres: el padre de él es explícito en informarle que no aceptará un matrimonio con esa mujer, y la madre de ella vive y acepta la relación de su hija por un tremendo anhelo de riqueza económica. Éste y el cuento mencionado anterior dan cuenta de los tres tópicos por los que deambula el libro. En las dos historias hay sendos amor, locura y muerte que logran la combinación perfecta para generar el drama que mantiene al lector expectante.

El toque característico de Horacio Quiroga es el medio en el que coloca a los personajes: Sus historias se ambientan mayormente en la selva, lugar al que hay que tenerle respeto, se viva en ella o no. La selva y la naturaleza serán sinónimo de aventura, de miedo y peligro en la mayoría de los cuentos, y aunado a ello en Cuentos de amor de locura y de muerte el lector se encontrará con el valor de los animales: En “A la deriva”, un hombre sufrirá una fatal mordedura de víbora; en “El almohadón de plumas” una mujer verá la muerte gracias a un extraño bicho; en “La insolación”, unos perros intentarán alejar de su amo lo inevitable para cualquier ser, y en “La miel silvestre” tendremos  ejemplos claros de cómo el hombre, a pesar de todos los esfuerzos por vivir en sociedad, por contener sus deseos, por mantenerse firme y sentirse superior, se verá supeditado a la naturaleza, al grado de mostrarnos cómo aun pasado el tiempo, la humanización de los animales es directamente proporcional a la brutalidad del hombre.

Todos los Cuentos de amor de locura y de muerte se verán empapados por esa sensación de fatalidad tan característica de Horacio Quiroga. Basta leer algunos para descubrir que no siempre las historias felices son las mejores, y que en mayor o menor escala, la muerte, la tragedia saldrán ganando gracias a la maestría de una de las ya clásicas plumas latinoamericanas: la del hombre que entre el sufrimiento y la demencia se dio el lujo de poner punto final a su vida.

 

 

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Reseñas

El miedo a los animales, Enrique Serna

miedo

Por: Berenice Hernández

Leer a Enrique Serna no es aconsejable si el ánimo personal y la fe en la humanidad se encuentran trastocados. Sus obras, ya sean cuento, ensayo o novela, se alimentan del dolor ajeno y lo escupen a manera de sarcasmo, de crítica rancia directo en los lectores. El miedo a los animales no es la excepción, se trata de una novela negra donde el protagonista, Evaristo Reyes, experiodista de nota roja que ha terminado trabajando en la policía judicial, decide aventurarse por cuenta propia a resolver el asesinato de Roberto Lima, un escritor marginal de notas de cultura en las que subrepticiamente lanza consignas en contra del presidente, el sistema político y las corruptelas.

En principio, encontrar al articulista le corresponde a Evaristo por órdenes de su jefe, quien se presagia ya como el favorito del presidente al ser quien le entregue a Lima, sano y salvo, para que reciba el castigo ejemplar que todo antisistémico merece, sin embargo sus planes se ven frustrados cuando luego de reunirse con Evaristo Lima es asesinado en su departamento y no se conoce al asesino.

Evaristo, en un afán de mantener la dignidad que va en decadencia, se cuela en el mundillo intelectual donde se desenvolvía Lima para descubrir quiénes y porqué se encargaron de ejecutarlo, más que por cumplir las órdenes de Maytorena, su superior, y favorecer al sistema político traicionando nuevamente aquellos ideales que perdió junto a su juventud. Será así que se encuentre con personajes como Fabiola Nava, Osiris Cantú, Palmira Jackson y Rubén Estrella, mismos que representan lo más inmundo en el ámbito literario: son los que traicionan, mienten, se humillan con tal de conseguir la tan ansiada publicación de un libro que ni el más neófito juzgaría como bueno; son los que fingen amistad y en cualquier momento clavan un cuchillo en la espalda; los que se alimentan de habladurías y no de trabajo constante, y los que de a poco mataron a Roberto Lima.

El miedo a los animales es más que un retrato de las mafias políticas y culturales en México. Si bien es cierto que el gran conflicto de la novela gira en torno a éstas, a lo largo de la narración, ligera y consistente como en todas las obras de Serna, nos encontramos con personajes que parecieran retratar a la sociedad con todas sus aristas, mismos que nos hacen recordarnos que, como ellos, nosotros también somos proclives a la decadencia. Uno de los grandes logros es ese, el humanizarlos y conseguir que nos identifiquemos con ellos, los animales marginados que arrancan la capa de moralismo que traemos encima y nos invitan a sentarnos a su lado para tomar lecciones de lealtad en un bar de mala muerte. Es esto lo que hace increíble y arriesgada la obra de Enrique: en un juego de ironías te hace ceder al presentarte a Dora Elsa y el Chamula, que si bien son planteados como “personajes de mal gusto”, los últimos en el escalafón, presumen una característica que no logran poseer los demás: son leales hasta la muerte.

Aunque al final del día nada los salvará de andar a rastras, la pareja de Evaristo y la mano derecha de Maytorena son capaces de matar a quien se les ponga enfrente con tal de defender aquello en lo que confían, dejando de lado sus propios intereses. Por un lado, la lealtad de Dora Elsa corresponde a todas luces por el amor y confianza que tiene a Evaristo, a pesar la traición de éste, y los insultos que le ha dedicado a la mujer luego de su rompimiento. Por su parte Chamula permanece incorruptible (valga la ironía) cuando de hablar mal de Maytorena se trata. Para él aquel judicial que le da patadas en el piso y lo obliga a cuidarlo desde un rincón con aroma a meados es como el padre que nunca tuvo. No ha considerado, sin embargo, que su existencia está supeditada al éxito de éste.

Mucho se ha interrogado a Enrique sobre esta novela publicada en 1995, y el porqué escudarse en nombres falsos en lugar de arriesgarse a “decir la verdad”, decir con todas sus letras quiénes son los buenos y los malos a los que retrata. Él, a toda respuesta dice que a El miedo a los animales no le corresponde hacer una lista de los intelectuales y políticos que formaban las mafias de aquel entonces, pues pretende, ante todo, la exhibición de conductas que nos demuestran cómo, a pesar de nuestra seudoevolución, hay una parte de nosotros que se ha quedado rezagada, y que los animales son más humanos que cualquiera.

La novela concluye con un Evaristo recluido en un penal de máxima seguridad, acusado por la muerte de Roberto Lima. Así, veremos la historia de un hombre que termina estando más a gusto en la cárcel que viviendo “libre”, perseguido por los recuerdos y la culpa. Sin embargo, aunque a Evaristo le corten las alas no conseguirán callarle la boca ni pararle la altanería.

Dos cosas sorprenderán al llegar a las últimas páginas: la recapitulación que hace Enrique para que no perdamos detalle de qué ocurrió con cada uno de los personajes, y la más importante: el verdadero e inesperado final, con el que aprenderemos a, como él dice en Las caricaturas me hacen llorar, no quejarnos de las mafias sólo porque la nuestra tiene poco poder.

 

Reseña publicada en Diario Provincia, el 8 de abril de 2016, y en Gaceta Nicolaita Número 97, el 25 de abril de 2016.

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MisceláneoReseñas

Deadpool y el irresistible encanto del Súper-antihéroe

deadpool

Por: Víctor Manuel López Ortega

 Mucha gente ha leído el comic de Marvel en el que se basa la cinta Deadpool, ha acudido al cine para verla y más de un amigo me la había recomendado porque es muy divertida. Admito que a veces a mí me ha hecho falta acercarme a las obras, tanto literarias como cinematográficas, encumbradas por la cultura pop de nuestro tiempo; tiendo más a preferir los clásicos y descuidar la actualidad, lo cual no es bueno porque uno se aísla de los temas de conversación en las reuniones. Consciente de ello y determinado a romper con mis propios esquemas, me di a la tarea de verla.

            La trama de Deadpool, con sus particularidades, se enmarca en las convenciones que le dicta el género de superhéroes. Wade Wilson es un mercenario (antes fue militar) que se enamora de una bailarina exótica y tiene una relación pasional y casi perfecta con ella, hasta que a él le diagnostican cáncer en etapa terminal. La única opción que Wade encuentra para sobrevivir es que lo conviertan en un mutante con poderes extraordinarios, casi inmortal, con la capacidad de autorregenerarse; no obstante, su piel sufre alteraciones que lo hacen ver como un monstruo, es por eso que Wade decide confeccionar su propio disfraz y enfrentar al científico que lo transformó en un superhéroe, quiere recuperar la belleza perdida, a la mujer que ama y que abandonó, teme no poder recuperarla cuando ella se dé cuenta en qué acabó; es por eso que lo vemos como un asesino despiadado durante la película, los flashbacks que vemos en el trayecto justifican los motivos de Wade para actuar como antihéroe e incluso consiguen que el espectador empatice con él.

Primero que nada, es necesario aclarar que el héroe es un arquetipo. En su libro El viaje del escritor, Christopher Vogler define arquetipo como un conjunto de funciones flexibles que un personaje desempeña a lo largo de una historia, máscaras que los personajes portan temporalmente y que permiten que las tramas progresen.

Para Vogler, un héroe es alguien capaz de sacrificar sus propias necesidades en beneficio de los demás. El valor más arraigado a este concepto es el sacrificio personal para proteger y servir.

El antihéroe es una variante del arquetipo del héroe. De acuerdo a Vogler, un antihéroe no es lo opuesto a un héroe, sino un tipo de héroe muy concreto, que tal vez pueda considerársele un villano por encontrarse fuera de la ley, según la percepción de la sociedad, pero el público siente empatía por él.

Esto es precisamente lo que observamos en Deadpool. Wade sacrifica su vida convencional para aferrarse a la vida y evitar el sufrimiento de su pareja, la autoridad lo considera un villano porque actúa fuera de la ley, vive marginado, en la casa de una mujer negra y ciega, enfrenta tanto a policías como a secuaces del científico que deformó su apariencia física e intentó matarlo; pero el espectador, después de ver una serie de flashbacks del pasado del personaje, empatiza con su causa.

Los antihéroes pueden presentar un fuerte toque de cinismo y arrastran alguna herida. Ambas características son evidentes en Deadpool. Una persona cínica es alguien que se comporta de manera descarada, impúdica y deshonesta. Así es Wade Wilson. En la película Deadpool el espectador tiene acceso a sus pensamientos, habilidad que el antagonista no posee; nosotros, como público, somos privilegiados. Podemos oír y ver la relación pasional con su novia, sabemos en dónde han dado balazos a Deadpool durante sus enfrentamientos con la autoridad y hay especial énfasis cuando el personaje ha sido herido en partes impúdicas. La deshonestidad también está presente, Wade Wilson era asesino a sueldo, transformado en super héroe en la clandestinidad, él no quiere hacer el bien común, quiere vengarse y rechaza terminar como cualquier mutante de los X-Men. Y aunque es ayudado, y hace amistad, por dos super héroes convencionales, Deadpool se resiste a seguir haciendo equipo con ellos para futuras misiones. Cuando compré mi boleto en taquilla, no me di cuenta de que entraría a la versión doblada al español, así que me tocó escuchar el lenguaje vulgar, altisonante, irreverente y políticamente incorrecto, personalizado al mexicano. Para mí queda pendiente, para otra ocasión, ver la versión original en inglés.

Vogler menciona que el antihéroe herido es un heroico caballero en su armadura deslustrada, un solitario que rechaza a la sociedad y que ha sido rechazado por ella; son personajes que pueden vencer en la última instancia y podrían gozar de la simpatía del público en todo momento, pero a los ojos de la sociedad son marginados y proscritos. El autor también señala que podemos adorar a estos personajes porque son rebeldes, porque desafían a la sociedad como a cada uno de nosotros nos gustaría hacer.

Con esto dicho, se demuestra que la trama alrededor de Deadpool es una fórmula que se ha repetido en innumerables ocasiones, la única particularidad que presenta es que el anti héroe actúa como un súper anti héroe, capaz de hacernos reír con su cinismo, entretenernos y hacernos empatizar con su causa. Deadpool es una excelente opción para verse con amigos y con simpleza, es una película que no admite mentalidades demasiado críticas.

Los antihéroes están de moda, cada vez es más común encontrar historias narradas desde la perspectiva del personaje antagónico. Son las circunstancias las que orillaron tanto a Deadpool, como a Furiosa de Mad Max: Furia en el Camino, o a Walter White de Breaking Bad, a hacer el mal, o, como coloquialmente se diría, a salirse del huacal.

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Reseñas

Algunas palabras sobre Roberto Jauregui

roberto

Por: José Agustín Solórzano

Algunas palabras sobre Roberto, a propósito de la presentación de su libro “En los bordes del silencio”.

Roberto es un tipo raro. Quizás no hace falta decir que lo conocí gracias –o a pesar- de la poesía. Gracias a ella porque él asistió a un taller que impartí hace más de un año en el MACAZ. Venía llegando a Morelia y no se le ocurrió otra cosa mejor que inscribirse a un taller de poesía. Les digo, es un tipo raro. Y a pesar de ella porque luego de conocernos leyó un libro mío y a pesar de eso siguió respetándome; incluso, me dijo, le gustaron los poemas.

Pero no es por su mal gusto que Roberto es un tipo raro. En el tiempo que llevo conociéndolo me ha contado algo sobre su vida (aunque no lo parezca tiene más de 50) y  debo decir que muchos de nosotros quisiéramos haber hecho al menos la mitad de lo que este jovenzuelo de 5 décadas ha hecho. Desde viajar por la mitad del continente americano hasta ser cocinero, fotógrafo, pintor, correveydile, escritor y dibujante de comics, creador de juegos de mesa y ahora, luego de tanto poeta. O al menos poeta publicado.

Y eso es precisamente lo raro de un tipo como Roberto Jauregui (además de su nombre completo, se llama Rubén Roberto), que un sujeto con tantas posibilidades creativas, con un potencial que evita la pasividad hasta el punto de que no ha parado de moverse en toda su vida, no haya publicado un libro antes. Roberto, me cuenta, ha leído desde que recuerda. Me consta que es un gran lector, y a un gran lector no lo hace sólo la cantidad de libros que ha leído, sino la pasión con la que habla de sus lecturas, la manera en la que sus lecturas lo conforman. Roberto es un hombre hecho de libros. Cada que habla salta de la literatura a la vida como si se trataran de lo mismo, sus recuerdos se mezclan entre lo que ha vivido y lo que ha leído. Ateo de hueso colorado pero creyente religioso de Jorge Luis Borges, Jauregui es un perseguidor de la vida y un perseguido, viaja constantemente porque no se jacta de vivir.

Esa es la respuesta a la rareza de Rubén. No ha publicado no porque no quiera, sino porque el oficio de vivir no le ha dejado tiempo. Escribir sí lo ha hecho y mucho, pero publicar no es realmente un acto literario, es más bien una necesidad narcisista, un acto público que de cierta manera nos legitima ante un público que no te acepta escritor si no le entregas un libro al mercado literario. Y no tiene nada de malo; pero Roberto, les decía, Roberto no ha tenido tiempo de lanzarse a esa faena de la literatura pública. Ha “perdido” demasiado tiempo viviendo y se ha olvidado de las mieles de los escenarios literarios.

Hoy es un día tan extraño como el mismo Jauregui. Porque hoy presentamos en sociedad, cual quinceañera, a un autor adulto que ha escrito muchísimo y ha publicado muy poco. Nada del otro mundo, tampoco, a la lista de los raros podemos agregar al nobel portugués, José Saramago (que público su primer novela pasados los 50), o la tardía fama de Bukowski, que le llegó cuando ya estaba muy envejecido por el alcohol y muy cansado para los excesos de las fans busconas. Esperemos que esto último no le pase a Roberto, lo que sí debe pasarle es que su obra sea leída, y que quienes la lean le pidan más. Debe sucederle que desempolve todos los manuscritos y que los revise, que ahora divida su tiempo entre la vida solitaria y la vida pública de la literatura; claro, que escriba más, que se canse de escribir para que En los bordes del silencio sea sólo un telón en la obra de un escritor que es más joven que otros jóvenes escritores que apenas han vivido dos o tres palabras y ya quieren escribir una novela llena de años de experiencia.

No quise hacer esta breve presentación sobre el libro. Si se fijan sólo lo he mencionado una vez. No es necesario. Quería hablar del autor, porque hay libros que son inseparables del escritor y quizás éste sea uno de ellos. También hay libros que basta leerlos, En los bordes del silencio no necesita gran presentación, sus poemas hablan por sí mismos, son capaces de venderse solos y eso lo agradecerán los lectores cansados de los libros que necesitan intermediarios. Los poemas de Roberto no necesitan prólogos ni estudios preliminares, nada más una voz dispuesta a hacerlos propios.

En fin, yo ya lo leí y me gustó tanto que lo compraría de no ser porque ya me lo regalaron. Qué más les digo, cualquier otra cosa –y esto va para los críticos literarios- podría ser usada en mi contra.

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