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Poesía

Cofre de pájaro muerto

 

Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida, UNAM, 2014;

Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza para obra publicada 2015),

los cuales fueron traducidos al inglés por Stephanie Crayne.

 

Por: Armando Salgado

 

LIMONERO CON PENTAGRAMA ENTERRADO

 Llevo cinco perros en los ojos

sepultados bajo la sombra del árbol

a quince milímetros del pecho.

También una casa de adobe

y una estampa del río Cupatitzio.

Así de fácil regresar.

Como sintonizar en las venas: Infinity de Guru Josh

y el Remember na na na hey en los ojos de Elva.

Así de sencillo, así la rueca

y el cruce de caminos en la mano.

Ahora, antes de fundar

relámpagos en sangre

levanto el rostro y miro el polvo en las huellas.

Mis ojos saben

que ante el respiro y la distancia

los hombres somos los mismos.    

 

RED LABEL

Mi gusto por el whisky es el mismo por los perros.

Los veo por la sala a través del vaso

y al hurgar su rastro recuerdo dónde están.

Afuera el árbol cruje y la ceniza

desentume el patio.

Yacen un metro bajo tierra.

Son gerberas que la abuela cosecha.

Durante las tormentas

sueñan morder la parte inferior de los relámpagos.

Para soñarlos duermo sin camisa sobre el piso.

Mi hijo los dibuja aunque no los conoció.

El recuerdo los arde y con sus restos

escribo mis párpados.

 

AUTORRETRATO CON TRES PUNTADAS

Tenía un año cuando quise recoger el silencio de un perro.

Debajo del ojo izquierdo

una cicatriz me crece como olvido.

Moriré de una pulmonía o de un paro cardiaco.

Mi madre cree en mí y bebe el río

que sembró bajo mi frente.

Mi padre es hierba que creció sin nombre.

En tiempos de melancolía mi sollozo

recuerda la obra de Wolf Erlbruch.

Aprendí a robarle respiros al asma

y tuve que dejar mis manos

en el neumático la primera vez que me ahogué.

Encontré en Baja California

la forma de atrapar el sol en un vaso de vino.

Nunca arrinconaré el nombre de mis difuntos

ni el aroma de un cempasúchil.

Escucho Wizard motor y me dan ganas de llorar.

Mi cabeza no tiene bastilla

y por eso el mar se derrama a veces.

No tendría gatos aunque devoren mis pesadillas.

La sangre me desmaya.

No sé leer las manos de Gorety

pero adivino su tacto aún sin mi aliento.

Mi paz pende de un hilo

y la angustia

y la ansiedad duermen bajo mi almohada.

Aprendo del desencanto

y reconstruyo el muro de mis creencias.

Un día, no muy lejano

mi padre me abrazará fuerte y podrá sonreír.

Creo en el sonido de la locomotora.

Sé que al cerrar los ojos

no evitaré el arrullo de los rieles.

La poesía me despierta y veo el borde del precipicio.

Mi prioridad, no dejar de creer.

 

LEO EL PATO Y LA MUERTE

 Los libros de Barbara Fiore me gustan.

En voz alta los leo y los regreso al viento

para que mis hijos puedan escucharlos al nacer.

Uno en especial truena focos y lágrimas.

Tiene la textura de un zorro rondando como frío

y la ternura de un libro recién hallado.

Desde entonces los patos son diferentes.

Pienso en la cuerda delgada que nos separa del precipicio

y en el agua debajo de los pies:

por eso las huellas humedecen el corazón

por ello el surco debajo del llanto.

Porque la tierra donde yacen nuestros perros

absorbe toda la melancolía.

A lo lejos, la muerte lo lleva entre sus brazos.

Lo recuesta en el gran río.

Incluso ella sintió tristeza al ver cómo se perdió a lo lejos.

Así la vida, así los cuentos que quiebran.

 

 80`S

Algunos describen esta generación

y no hacen otra cosa que vernos como perros ciegos.

No conozco los límites del olfato

pero intuyo que lejos de la calle

la mierda de los otros canes sigue oliendo

igual que nuestro excremento.

Lo importante de escribir no es el color de los desechos

ni la forma ni la corriente estética.

Lo mejor de este camino

es tener la certeza de asir guadaña y corazón.

Cortar latidos de la mala hierba.

Latir como locomotora ante la vida.

Al final hojearemos nuestros libros

y quizá podremos sonreír.

 

EL MAR

¿Tendrá el mar

un cementerio de perros ahogados?

¿No llegarán de la alcantarilla ni los arrastrará el río?

Son barcos de hueso en depresión:

creencias hundidas.

*

Teo López es amigo de Kelly Slater. Surfean. La espuma de las olas es flor de nube, desbaratándose, disgregada por la orilla de la playa. Teo vive en el Sauzal de Rodríguez en Ensenada, Baja California. Por la boca del mar cruzan el cilindro de la vida. La segunda ola más grande del mundo está en San Juanico, Comondú, en la Bahía Escorpión. En este lugar la melancolía y las ballenas cruzan por el ojo de la aguja. El color turquesa en la arena es huella del mar que anda descalzo todos los días.

 

¿El miedo crece en las entrañas del mar?

¿Es un tiburón blanco

leñando la sombra de los peces?

¿Tendrá cobalto esparcido en su coraza?

No es miedo, es la mordida de un perro.

*

La ola más grande del mundo está en DungeonsSudáfrica.

Los tiburones son pesadillas que llegan muertas a la costa de Ciudad del Cabo. Mastico una crásula y siento cómo el otoño se enrosca en mi lengua para florecer, entonces, mis dientes caen uno tras otro como tiburones desprendidos de un árbol de jade. Los cuento. Son los mismos surfistas que está mañana encontraron sin vida en la costa. Sus cuerpos incompletos tenían el cielo gris y la mordida de una blanca tempestad.

 

¿El mar es un perro con rabia?

¿Un potro desbocado,

perseguido por la niebla?

El rastro de sus pesadillas

son legañas en los ojos de la muerte.

*

Teo López nos dice que Mike Parsons logró montar la ola más grande de la historia, midió 23.4 metros. También nos contó que estudió Oceanografía en la UABC. Su padre fue pescador. Sufrieron juntos el embargo atunero que impuso Estados Unidos en 1980 y 1990. El mar es una cicatriz en las viejas calles del Sauzal. A pesar de que las cortes internacionales de La Haya apoyaron a la industria atunera de México, el bloqueo económico y la difamación fueron arpones diestros. Teo ha surfeado junto a delfines. Sabe que ellos no tienen pesadillas y que ningún pescador de su pueblo les provocó daño alguno. Algún día estará en la costa de Sudáfrica. Recordará los desechos de los barcos y la forma en que un tiburón devora a su presa, tan fácil. Tenemos que vivir, nos dice antes de romper los huesos del océano —al surfear con su tabla— en la bahía de El Vizcaíno.

 


 

 

LEMONTREE WITH BURIED PENTAGRAM

I have before my eyes five dogs

beneath the shade of a tree interred

fifteen millimeters deep in my chest.

Likewise an adobe house
and a vignette of the river Cupatitzio.

So easy to return to.

As is auscultating in my veins: Infinity by Guru Josh
and Remember na na na hey in my Elva’s eyes.

So simple, like a distaff
and a crossroads at hand.

Now, before loosing
lightning in blood
I lift my face and examine the dust in my fingerprints.

My eyes know
that in light of breath and distance
we men are the same.    

 

RED LABEL

My taste for whiskey is the same for dogs.
I see them in the room through my glass
and upon tracing their trail I remember where they are.
Outside the tree creaks and ashes
rejuvenate the yard.
They lie a meter underground.
They are gerbera daisies that a grandmother harvests.
During tempests
they dream of biting the underbelly of lightning bolts.
To dream with them I sleep shirtless on the floor.
My son draws them even though he did not know them.
Memory of them smolders and their ghosts
I write upon my eyelids.

 

SELF-PORTRAIT WITH THREE STITCHES
I was a year old when I yearned to mirror the silence of a dog.
Beneath my left eye
a scar grows like amnesia.
I will die of pneumonia or heart attack.
My mother believes in me and drinks the river
flowing from my forehead.
My father is grass that sprouted namelessly.
In times of melancholy my weeping
is like a work by Wolf Erlbruch.
I learned to steal breaths from asthma
and I had to leave my hands
on the tire the first time I drowned.
I found in Baja California
how to catch the sun in a glass of wine.
I will never pin down the names of my dead
nor the fragrance of an Aztec marigold.
I listen to Motor Wizard and it makes me want to cry.
My mind is unhemmed
and that’s why the sea spills over sometimes.
I would not have cats though they might devour my nightmares.
Blood makes me faint.
I cannot read my Gorety’s hands
yet I can still feel her touch when I am dispirited.
My peace hangs in the balance
and anguish
and anxiety sleep beneath my pillow.
I learn from disenchantment
and rebuild the bulwark of my beliefs.
One day soon
my father will hug me tightly and be able to smile.
I believe in the sound of the locomotive.
I know when I close my eyes
I will not avoid the murmuring of the rails.
Poetry awakens me and I see the edge of the precipice.
My priority, is to not stop believing.

 

UPON READING DUCK, DEATH AND THE TULIP
Barbara Fiore’s books I like.
I read them aloud and return them to the wind
so that my children might hear them as they blossom.
One especially trumpets spotlights and tears.
It has the texture of a fox prowling like the cold
and the tenderness of a newly discovered book.
Since then ducks seem different.
I think of the thin cord that separates us from the precipice
and in the water beneath our feet:
therefore tracks bedew the heart
therein the furrow that underlies the weeping.
Because the grounds where our dogs lie
absorb all melancholy.
In the distance, death carries it away in her arms.
She lays it down in the mighty river.
Even she felt sad to see it fade in the distance.
Thus is life, thus the tales that cleave us.

 

 80`S

Some describe this generation
and they see us as nothing more than blind dogs.
I do not know the limits of scent
but I sense that far from the street
the shit of other dogs still reeks
just like our own excrement.
The important thing to write about is neither the color of offal
nor the form or the aesthetic trend.
The best thing about walking this path
is having the determination to seize scythe and heart.
To carve heartbeats from weeds.
Pulsing like a locomotive coming to life.
In the end we will riffle through our books
and perhaps we might smile.

 

THE SEA

Will the sea
have a cemetery of drowned dogs?
Will they float out from the gutters or be carried by the river?
They are bone boats in depression:
sunken beliefs.

 

*

Teo López is friends with Kelly Slater. They surf. The foam of the waves is cloud flower, falling apart, it disintegrates along the shore of the beach. Teo lives in Sauzal de Rodríguez in Ensenada, Baja California. From the mouth of the sea they cross the cylinder of life. The second largest wave in the world is in San Juanico, Comondú, in Scorpion Bay. In this place despondency and whales pass through the eye of the needle. The turquoise color in the sand is the sea’s footprint, who walks barefoot every day.

 

Does fear grow in the bowels of the sea?
Is a white shark
mincing the shadows of shoals?
Will he have cobalt diffused throughout his armor?
It is not fear, it is the bite of a dog.

*

The largest wave in the world is in Dungeons, South Africa.
Sharks are nightmares that arrive dead at the coast of Cape Town. I chew a crassula and feel how the autumn coils on my tongue to bloom, and then, my teeth fall one after the other like sharks detaching from a jade tree. I count them. They are the same surfers that were found this morning lifeless on the coast. Their incomplete bodies evidenced a gray sky and the bite of a white storm. 

 

Is the sea a rabid hound?
A runaway colt,
haunted by the fog?
The trace of your nightmares
Are rheum in the eyes of death.

 

*

Teo Lopez tells us that Mike Parsons was able to ride the biggest wave in history, measuring 23.4 meters. He also said that he studied Oceanography at the UABC. His father was a fisherman. Together they suffered through the tuna embargo imposed by the United States in 1980 and 1990. The sea is a scar on the old streets of Sauzal. Although the international courts in The Hague supported the Mexican tuna industry, the economic blockade and defamation were adroit harpoons. Teo has surfed alongside dolphins. He knows that they have no nightmares and that no fisherman in his village has ever caused them harm. Someday he will reach the coast of South Africa. He will remember the flotsam of ships and the way a shark devours his prey, so easily. We have to live, he tells us before breaking the bones of the ocean – surfing with his board – in the bay of El Vizcaíno.

 

 

SEMICH

Autor SEMICH

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