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Alejandro Báez

Semblanza

Su nombre completo es Alfredo Alejandro Báez del Castillo, pero siempre se presenta sólo como Alejandro Báez, y todo mundo le dice simplemente Báez, que es como más le gusta ser llamado. Es escritor desde 1980, periodista desde 1986 y comunicador desde 1993. En la desparecida revista Confidencias, entre 1991 y 1992, publicó una veintena de cuentos en la sección Una historia, dos historias, muchas historias… En septiembre de 2011 ganó la segunda emisión estatal de cuento Lic. Eduardo Ruiz, promovido por la organización Detrás del Espejo, AC, con sede en Uruapan, Michoacán. Es Géminis con ascendente en Sagitario y es Mono en el zodiaco chino, pero no cree un carajo en la astrología. Es más: no cree en absolutamente nada que no sea racionalmente demostrable y sustentable por medio de la lógica, la ciencia y las matemáticas.

Conoce a Alejandro Báez en sus propias palabras…

 

¿Qué autores te inspiraron a querer escribir?

Crecí leyendo a los clásicos como Julio Verne, Charles Dickens o Emilio Salgari. Pero lo que realmente me gustaba de niño eran las novelas de Karl May o Mark Twain, tales como Tom Sawyer o Las aventuras de un yanqui en la corte del rey Arturo. Pero en la adolescencia conocí a Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952) y a Giovannino Guareschi (Italia, 1908-1968) y después de leer sus novelas estaba seguro que si ellos pudieron escribir esas obras, yo podría hacer lo mismo, así que lo intenté. Un poco más tarde leí a Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928 – Madrid, 1983) y quedé convencido de cuál era la ruta que debía seguir como escritor. Afortunadamente en el camino descubrí a otros autores como Ernest Hemingway, William Faulkner, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti (al que admiro como narrador y disfruto como poeta de adolescencia), Ítalo Calvino, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Agustín Yáñez, José Agustín, Parménides García Saldaña, Julio Torri, y a fuerza de leerlos e imitarlos encontré mi propia voz. Pero la deuda es enorme: Juan Rulfo, Efraín Huerta, Alfredo Bryce Echenique, James Joyce, Julio Ramón Ribeyro, César Aira, Guillermo Arriaga, Eusebio Rubalcaba, Enrique Serna, Malcolm Lowry, Jerome David Salinger, Lawrence Durrell, Milán Kundera, Fernando del Paso, Luis Sepúlveda y un largo, larguísimo etcétera.

¿Escribir en tu habitación a solas, o en un café?

Siempre he escrito en mi estudio rodeado de mis libros, de mis recuerdos y de mis discos. Alguna vez intenté ser autor de café como los clásicos decimonónicos o de cantina como Charles Bukowski, y fracasé. Necesito el aislamiento físico y la sonoridad de mi música. Escribo al ritmo de rock, de progresivo, de jazz, de blues, de ska, de sinfonías y conciertos, de mantras, de ritmos indígenas de todo el mundo y para ello me es menester estar en mi espacio de confort, con mis elementos y mi estéreo, hoy sustituida por YouTube y otras plataformas musicales.

¿Qué cita resume tu filosofía de vida?

Hay varias, todas girando en torno a lo mismo, que son mis obsesiones. Una de ellas dice: “Words are flowing out like endless rain into a paper cup / They slither while they pass they slip away across the universe / Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind / Possessing and caressing me / Jai guru deva, Om / Nothing’s gonna change my world”, de la canción Across de Universe de John Lennon; del mismo autor británico, de la canción Instant Karma, una que dice:Well we all shine on / Like the moon and the stars and the sun / Well we all shine on / Ev’ryone come on”.

¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?

Difícil pregunta. Un libro, sólo uno, no sabría. Cierto que me llevaría tres. Uno para el placer sensual, otro para el placer intelectual y un tercero para el placer hedonista. El primero sería, indiscutiblemente, Palinuro de México, de Fernando del Paso; el segundo, Ulises, de James Joyce, y el tercero, Les Onze Mille Verges ou les Amours d’un hospodar, de Guillaume Apollinaire.

Si sólo pudieras escribir una obra más, ¿de qué trataría?

De la imbecilidad humana, especialmente en lo relativo a las relaciones humanas. Como Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, creo que el hombre está condenado a sí mismo; como Jean Paul Sartre, creo que el hombre es el infierno del hombre; como Plauto y Thomas Hobbes, creo que Homo homini lupus. Así que mi última obra tendría que ser una exploración del fracaso del hombre por ser un ser relacional. Quizá algo así como Un don Juan llamado Pedro, de Enrique Jardiel Poncela o La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique, o Barón Rampante, de Ítalo Calvino.