close
Reseñas

Crítica a la novela El nombre de la Rosa de Umberto Eco

Por: Víctor Manuel López Ortega

El nombre de la rosa bien podría ser una novela del género negro porque tiene casi todos los elementos para serlo, a excepción de que está ambientada en una abadía del norte de Italia en el año 1327, durante el periodo histórico de la humanidad conocido como la Baja Edad Media (época de supuesto oscurantismo). La narración está escrita por el anciano Adso de Melk, a manera de memorias, y protagonizada por dos monjes: Fray Guillermo de Baskerville, un fraile franciscano inglés de cincuenta y tantos años de edad, y Adso, quien en ese tiempo era un joven novicio benedictino que se encontraba bajo la tutela de Guillermo. Esta pareja de religiosos terminan desempeñando inadvertidamente los roles de detective y ayudante, ya que investigan una serie de crímenes interrelacionados en los que hay un asesino oculto entre los monjes, y el modo de encontrarlo no parece en absoluto sencillo.

Su autor, Umberto Eco, más allá de enfrentar al bien contra el mal (recurso recurrente en la mayoría de las historias), plantea una interesante lucha antagónica entre el pensamiento científico (encabezado por Fray Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk) y el pensamiento místico-religioso (representado por el inquisidor Bernardo Gui, personaje siniestro que en verdad existió y nos legó un tratado sobre este tipo de juicios —fragmentos de esta obra son transcritos por el propio Eco—, y el perverso Jorge de Burgos, quien teme a la filosofía de Aristóteles y se ha propuesto impedir la difusión de su conocimiento). Los frailes que hojearon el Libro Segundo de Poética de Aristóteles y que luego murieron envenenados por llevarse el dedo índice a la boca son víctimas circunstanciales de los planes siniestros de Jorge. Los pasados heréticos de Remigio de Varagine y de Salvatore son tramas secundarias que no tienen mucho que ver con los asesinatos que se cometieron en la abadía; sus historias sirven como referencia para ilustrar la crisis que vivía la Iglesia Cristiana Romana desde el siglo XIII, la cual fue reprimida precisamente por el implacable tribunal de la Santa Inquisición.

Bernardo Gui hace una investigación muy superficial sobre los acontecimientos macabros que suceden en la abadía y castiga lo más evidente, una verdad que la mayoría de los frailes benedictinos ya sabía; es por eso que Gui fracasa en su intento por esclarecer los acontecimientos; se basó en su vaga idea de la veracidad de las declaraciones de los testigos (sin intentar cuestionarlas), en la superstición (el gallo muerto y el gato negro como signos del Maligno) y en su concepto de justicia divina para amedrentar a los acusados con la posibilidad de la tortura. De esta manera obtuvo la confesión que quería oír, pero realmente no descubrió una verdad absoluta.

En franca oposición a los métodos de conocimiento utilizados por Bernardo Gui, Fray Guillermo de Baskerville, un personaje ficticio creado por Umberto Eco, es indudablemente representado como alguien que se adelantó a su tiempo, porque supo ser un hombre de Dios y sobre todo de ciencia (lo cual daba lugar a sospechas heréticas a inicios del siglo XIV), ya que utiliza el razonamiento deductivo y el método científico para llegar a una verdad confiable, objetiva y verificable. A partir de la constante observación, planteamiento y elaboración de varias hipótesis, experimentación, errores y deducciones, Guillermo logra explicar los siniestros hechos que se están produciendo en la abadía y que en absoluto tienen que ver con un supuesto fin del mundo. Durante los siete días que dura su investigación es asistido por su pupilo Adso de Melk quien es muy inteligente pero todavía inocente y un poco ingenuo; sin embargo, hacia el final del libro, agudiza su mente y hace deducciones que sorprenden a su maestro y le ayudan a descubrir claves para resolver el misterio que encierran los crímenes de la abadía.

Sin embargo, al final del libro, ambos bandos pierden algo: por una parte, los científicos pierden la biblioteca y, en contraposición, los místicos ven desmoronado su centro de recogimiento espiritual.

La novela, a lo largo de todo su desarrollo, da claras muestras de haber sido una concepción de Umberto Eco, ya que está cargada de simbolismo (en especial de semiótica, la disciplina en la cual él ha destacado). Haciendo uso de sus sorprendentes conocimientos de semiótica, Umberto Eco elaboró perfiles completos de todos sus personajes, incluyendo el de la campesina sin nombre de quien Adso se enamora. Sin embargo, me cautivaron aún más sus sincretismos. Por ejemplo, Fray Jorge de Burgos atemoriza a los monjes de la abadía cada vez que ocurre un crimen, les recuerda el fin de los tiempos y asocia cada muerte con una de las trompetas que menciona San Juan Evangelista en el Apocalipsis, cada una de estas trompetas tiene un signo asociado: la primera se relaciona con nieve, la segunda tiene que ver con sangre, la tercera con agua, etc. Eco relaciona estos elementos con las posiciones en las que los monjes muertos son hallados: Adelmo se suicida al arrojarse de una torre y su cadáver es encontrado en la nieve; el ilustrador Venancio muere envenenado al leerle el libro Poética de Aristóteles a Fray Jorge y a Berengario; movido por la culpa de su pasión homosexual hacia este monje, arrastra su cadáver a los chiqueros donde lo sumerge en sangre de cerdo; al día siguiente, Berengario aparece muerto en un baño de lima; el médico Severino es asesinado de un fuerte golpe en la cabeza por custodiar el libro prohibido en su herbario; quien lo mata, el bibliotecario Malaquías, muere envenenado al hojear ese libro; el abad Abbone muere asfixiado al tratar de encontrar en la laberíntica biblioteca a Fray Jorge y finalmente, el malvado Jorge muere envenenado al tragarse pedazos de las páginas del libro de Aristóteles entre las llamas del incendio que él mismo provocó. Esta fue la séptima trompeta apocalíptica, la séptima muerte; por lo tanto, la destrucción del mundo: su propio mundo. El incendio de la biblioteca se propagó a las demás áreas de la abadía y lo consumió todo en tres días, quemando la biblioteca más grande de la cristiandad (según palabras de Guillermo de Baskerville) y terminando con el estilo de vida de toda una comunidad.

Opino que fue todo un acierto bautizar este libro como El nombre de la rosa en lugar de La abadía del crimen, la única pista que el autor da de ello a lo largo de la obra es durante una conversación en el scriptorium entre Guillermo y uno de los monjes, en la que Guillermo recita el último verso de un poema de Bernard de Morlais, el cual dice: “Todo lo que queda de una rosa muerta es el nombre”. Esta frase me despierta la curiosidad por saber el significado que Eco quiso darle a esta figura literaria: ¿Cuál es el nombre de esa rosa? ¿A qué elemento de la historia alude esa rosa muerta?, ¿al segundo libro de Poética de Aristóteles cuyo último ejemplar conocido se perdió en ese incendio?, ¿a la biblioteca de la abadía, la más grande del mundo cristiano, de la cual nosotros únicamente conocemos el nombre, al igual que el de la desaparecida Biblioteca de Alejandría?, ¿al conjunto de edificios y moradores de la abadía, cuyos relatos de herejía y crímenes hacen que nosotros los tengamos en la memoria?

Definitivamente es mucho más rico en contenido el libro que la película, aunque Eco se exceda ligeramente en darnos a conocer los acontecimientos históricos acerca de la crisis del cristianismo, los mecanismos utilizados por el poder religioso para mantener sometida a la religión general por medio de un temor irracional al infierno y al final de los tiempos, las descripciones de la arquitectura de la abadía, el modo de pensar de cada uno de los monjes y las conversaciones tan extensas que ellos sostienen en latín; las cuales, por una parte, provocan la sensación de que eso que el autor está contando pudo haber sido verdad, aunque sitúa al lector en un nivel de intelectualidad elevado. A pesar de estos elementos, que en ocasiones dificultan la agilidad de la narración, considero que el libro está estupendamente escrito y es admirable la cantidad de información que Eco puso en juego para brindarnos este resultado final; él deja muy claro que es un sabio y un genio.

La película más o menos respeta el contenido del libro hasta que cae en el juego típico de Hollywood del “Happy ending”. Annaud aumenta la participación a dos personajes secundarios (Bernardo Gui y la campesina), derrocha sexualidad innecesaria para atraer más dinero a la taquilla (la campesina nunca le dice a Adso que es bello), elimina el caballo Brunello y a Fray Alinardo. Creo que Umberto Eco tenía bien definida la función de cada uno de sus personajes en la historia, sus propósitos, el momento en que cada uno tenía que morir (si ése era el caso) y su importancia. La novela de Eco no aclara si los herejes murieron en la hoguera o no, sólo se sabe que se les condujo a Avignon para continuar con su proceso, lo único que Gui obtuvo de Salvatore y Remigio fue la confesión, de la campesina no se sabe más (el último dato que Eco proporciona de ella es que fue encerrada en una celda distinta a la de Salvatore); en la película se queman a dos de los herejes al mismo tiempo que la biblioteca se consume en llamas y la multitud se enardece ante Bernardo Gui y lo matan. La película tiene el acierto de respetar escrupulosamente el contexto histórico en el cual se desarrolla la trama, otorgarle a Sean Connery y a Franklin Murray Abraham (dos actores maravillosos) los papeles de Guillermo de Baskerville y Bernardo Gui, y a pesar de sus omisiones y malas decisiones al momento de la adaptación, la versión cinematográfica entretiene y funciona como un thriller religioso.

SEMICH

Autor SEMICH

Deja tu comentario