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Narrativa

Cuento – Dataniel Merrick

Por: Édgar Omar Avilés

I

El gato Zak ha escapado de los brazos del niño Dataniel Merrick, que lo persigue hasta al desván por cuyo ventanal gótico entra un murmullo de Luna.

Libros con tratados de alquimia, muebles cuajados de polillas mimetizadas, óleos con sonrisas muertas; todo lo que en algún momento dejó de servir. Entre las sombras, Dataniel voltea a todas partes, sorprendido con las cosas que por generaciones los Merrick han ido olvidando.

Un maullido descubre a Zak: está en una esquina arañando el cristal de un polvoso espejo con marco de latón. Dataniel va por el gato y, mientras lo agarra, se asoma al reflejo: los mismos muebles, los óleos, los relojes de péndulo… Pero todo burdamente confeccionado con retazos de tela zurcidos con puntadas desiguales, como si un Dios pordiosero intentara hacer pasar aquello por un reflejo. También hay un Dataniel, aunque es un tosco muñeco con pelo de estambre y dos cruces de hilo por ojos. Zak es un guiñapo al que le sale borra por entre las costuras.

Dataniel observa muy extrañado al muñeco de trapo, y éste lo mira muy fijamente también. Están consternados por el encuentro. Cada uno empieza a caminar hacia atrás, lento, cuidando de no dar la espalda, abrazando muy fuertemente a su gato.

 

II

Los párpados del niño Dataniel Merrick se abren prestos, como el telón de un espectáculo de monstruos de feria. La puerta de su cuarto cruje, sierva del viento que se cuela por los ventanales rotos del caserón, cerrando y abriendo el intersticio por donde el niño ve el cuarto de baño, muy al fondo del pasillo: necesita orinar, pero sabe que el monstruo que habita bajo la cama lo agarrará de un pie tan pronto toque suelo. Temeroso, Dataniel se aplica con la cobija un torniquete al cuerpo, lo que bloquea los flujos de lágrimas y orina. Al final se cubre el rostro, orejas y hasta el último pelo, sabedor que ningún monstruo puede dañar a quien se guarece por completo con una cobija.

Las ganas de orinar crecen con cada tic tac del reloj cucú que anida sobre la cabecera. Las lágrimas bajan por sus mejillas rojas de miedo, y mejor que sea llanto lo que escurre, porque lo que papá y mamá le digan, si descubren que mojó la cama, será peor que aquel monstruo que lo tomará de un pie, arrastrándolo a su guarida donde le sorberá las venas como espaguetti. Resignado, Dataniel saca su cuerpecillo enfundado en camisón blanco y calcetines rojos. Hay un ulular de lechuzas, un frío que se filtra hasta el esqueleto y Zak, su gato, maúlla nervioso en el tejado.

Mientras su pie, esclavo de los riñones, baja tembloroso, sus ojos, a través del ventanal, miran la espesa madrugada donde flota la Luna. Entonces ve que una enorme pierna de trapo, enfundada en calcetín rojo, baja temblorosa del tejado: algo siente el niño Dataniel en las entrañas y de un manotazo abre el ventanal y rabioso la atrapa del tobillo; a la par la Luna, con antifaz de nubes negras, parece sonreír mientras bajo la cama surgen unas manos de trapo que rabiosas apresan a Dataniel del tobillo.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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