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Narrativa

Cuento – Depredador

Por: Selene Maldonado López

De nuevo se sentía observado por esos ojos de felino acuático. Recordó la primera vez que los sintió sobre su espalda y que luego buscó mientras avanzaba en su barca rompiendo la tensión del agua. Esculcó con los ojos hasta donde la neblina lo dejó ver, y los encontró justo donde el agua se fundía con la niebla en un mismo horizonte, en una sola cosa, como el bien y el mal, pensaba.

Él sólo era un pescador en un pueblo donde era el principal oficio. Donde abundaban leyendas de los seres del mar, historias sobre los caprichos del agua, de su furia. Pero lo que él veía era real. Era real que había entrado a su cuerpo como una enfermedad, una infección del alma, se le había metido a cada célula, lo reconocía dentro de él.

La vida se le fue yendo, primero fue su tacto. Cada día se le confundían más las sensaciones del cuerpo, hasta que casi desaparecieron. Dejó de sentir hambre, sed. Ya no necesitaba cercanía humana, no se reconocía como parte de ellos. Los ojos se le convirtieron en cielo. Caminaba dando pasos como sin orientación. Tropezaba con los muebles de su casa como si no la reconociera. Parecía ya no conocer las dimensiones de los objetos de este mundo. Sus palabras se redujeron a monosílabos y después simplemente dejó de hablar.

Sus cuatro hijos y su esposa decían que le había caído una maldición. Que en la noche mientras dormía, su cuerpo se transformaba en lagarto, luego cambiaba a una enorme rana humanoide, después a un perro, a un pez. Toda la noche parecía sufrir una metamorfosis que no tenía fin, hasta que despertaba.

El último día que entró al agua no dijo nada antes de irse, simplemente se despertó en la madrugada como cualquier pescador del pueblo, se dirigió al muelle y subió todo lo necesario en Mariana, su lancha que había bautizado con el nombre de su primera hija.

Entonces se hizo leyenda el pescador que se convirtió en quimera por capricho del mar y luego se lo tragó. La pesca fue abundante por un buen tiempo. El mar sería generoso con el pueblo, el agua estaría furiosa sólo por las noches, para recibir a los pescadores de madrugada ya serena. Hasta que otro pescador del pueblo entre al mar y sienta sobre su espalda el peso de esos ojos de felino acuático, y al voltear los encuentre justo donde parece fundirse el cielo con el mar.

SEMICH

Autor SEMICH

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