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Narrativa

Cuento – Fábrica de colchones

Por: Alfredo Carrera

El cuarto está a oscuras. Me quité los zapatos y los aventé sin pensar en dónde caían. Cerré las cortinas y puse el cerrojo. Desde que me descalcé sólo he pensado en matarme. La cama es suave. Me gusta pensar cómo es que hacen las cosas que veo todos los días. Me imaginó cómo fue que hicieron este colchón. No era un lugar limpio de dónde salió. Cierro los ojos y veo una inmensa nave industrial, yo estoy en ella. Tengo un uniforme que es una pieza café que me cubre toda, como el de los presos, pero soy una obrera, me pagan por hacer colchones. Cargo en un montacargas un rollo de tela y lo acerco a la máquina dónde dos hombres lo colocarán en su sitio. Cuando se acabe el rollo que ahora está puesto ya estará el otro a espera de ser colocado y yo llevaré para entonces otro más. La fábrica es enorme, los colchones que salen de aquí se les llaman hoteleros. La gente espera que duren más.

Abro los ojos. Me doy cuenta que no sé cómo se hacen los colchones, ni siquiera sé si adentro de ellos todavía hay resortes y vuelvo a la habitación. En la mochila traigo comida, nada para suicidarse. Vuelvo a cerrar los ojos y estoy otra vez en la fábrica. Decido cambiar de puesto, soy supervisora de calidad. Me doy cuenta qué elegí y me río y abro los ojos. Hace mucho que no me reía. Hace mucho que no me sentía tranquila. Hace mucho tiempo, y por eso estoy aquí, no quería matar a Esmeralda. Apenas cerré la puerta del cuarto y me olvidé que en el camión cerraba los ojos a momentos; que a ella la empujaba al suelo para que suplicara que la dejara en paz, para que la dejara de golpear. Nos rodearon otras mujeres, pero ni una sola dijo algo para detenerme. Las que observaban sabían que yo traía una navaja y había amenazado a varias sobre meterse en mi pleito. Al girar la llave, al abrir el cuarto, todavía me dolían los nudillos. Siguen rojos ahora, no importa.

La aventé contra un poste. Se puso a llorar. Estaba enamorada de mí, tal vez estaría feliz aquí conmigo. Me acerqué para comprobar que lloraba y le di una patada en la entrepierna. Si fuéramos obreras la pelea hubiera sido afuera de la fábrica; las dos estaríamos enamoradas del capataz, a lo mejor tendríamos sexo con él en los descansos. Pero no, el timbre de salida era el de la preparatoria. No se defendió. Cuando era chica me imaginaba que cada poste de luz era un árbol que habían cortado. Si después de haber chocado Esmeralda hubiera corrido no hubiera tenido que golpearla. Me levanto un poco, alzo la cadera y las piernas en el colchón para quitarme la ropa. Primero me quito la falda. La aviento sin cuidar dónde caiga. Sé que la encontraré antes de irme. Después la blusa. El sostén. El calzón. Me duelen los brazos. Veo los zapatos acostado en el rincón a lado de la puerta.

Antes quería a Esmeralda, cuando era más lista. O yo más tonta. No nos separábamos, las personas pensaban que éramos hermanas o novias. No le dije nunca que la quería cerca porque olía bonito, lo dicen en tantas películas que me sentía estúpida. La razón para tenerla a mi lado siempre era esa. Yo no sé porqué estaba conmigo. Nos abrazábamos, pero yo abrazo a todas. También a todas las que me han insultado las he pateado. Ojalá hubiera sido como lo soñé. Después de golpearla en la entrepierna se quedó en posición fetal y no pensé. La pateé cuanto pude. Ojalá se hubiera puesto a suplicarme y nos hubieran rodeado tantas que no me hubiera atrevido a clavarle la navaja, a dejarla ahí sangrando como no quería.

En la fábrica ni se hubieran inmutado, el capataz se hubiera conseguido a otra para cogérsela también, como sucede en la vida. Esmeralda se equivocó. Las mejores amigas no deben acostarse con el hombre de la otra. Sólo que fuera con permiso o por petición, o en un trío. Siempre encima de un colchón. Nada de ir a coger al baño como si fuéramos putas. De tener que trabajar ahora no podría apretar las palancas, ni dar vuelta al volante. Ni podría irme con Juan, el capataz, a coger en el descanso.

Siento en mis pies mi pulso. Toco las rodillas y están hirviendo. Sigo desnuda y quisiera tener al que era mi hombre encima, antes de que lo encontrara con Esmeralda en el baño de mujeres. Aunque no cogiéramos me estaría acariciando el pubis. Yo escurriendo. Él chupándose los dedos. Yo acariciándome los pezones. Le pediría que me dejara acariciarlo. Nada. El jefe de la fábrica me llamaría a su oficina para mostrarme videos. En los videos se me verían nada más las nalgas moviéndose. Él diría algo muy sexual, después se reiría. Yo me vería saliendo de la fábrica, sin empleo y sin hombre y sin amiga. Voltearía a ver su entrepierna, en la que su pantalón de vestir se humedecería. Tendría mi problema resuelto, pero él no es mi hombre. Saldría del lugar. Me amenazaría el jefe con mostrar los videos en cualquier lado. “Sólo se ven las nalgas, pendejo”.

Aprieto más los ojos y siento las manos sucias, llenas de sangre: Esmeralda. Me faltó matarlo a él también. A mi hombre y a Juan y al jefe. Practicar con un colchón y clavar y desclavar la navaja. Meter mis dedos en los hoyos. Conocerlos y descubrir cómo se sienten, como si fueran vaginas que van naciendo. Imaginar que una de ellas es la de Esmeralda llena del semen de Juan. La navaja entrando y saliendo. Siento que me humedezco más. Chupo mis dedos índice y medio, los introduzco imaginando que quién lo hace es Esmeralda. Levanto la cara. En el baño hay un espejo enorme. Me levanto para verme y me es difícil reconocerme. Imagino que la policía está en mi casa unos días después del incidente en la fábrica y también puedo ver una patrulla que va a alta velocidad en dirección al hotel. Puedo ver a la mujer de la recepción espantada al descubrir la sangre en mis manos y más espantada al decirle que cuando me masturbaba me vino la regla. Al entrar al elevador la vi tomar el teléfono.

Desnudo el colchón y lo acaricio. Me gustaría ser parte de él, me sostiene y toca, pero no siente, no importa que le pase. Escucho los golpes en la puerta, a la recepcionista diciendo mi nombre y asegurando que estoy sola. Intento llegar a los interiores del colchón. Clavo mis uñas sin lograr hacerle daño. Saco el encendedor de mi mochila. Afuera siguen los gritos. Quieren entrar a la habitación como hubieran entrado a mi casa buscando a la mujer de las nalgas en los videos, a la que desapareció a su compañera de trabajo, a la que se acostaba con Juan y está embaraza. Le prendo fuego a la etiqueta del colchón, no pasa nada. Escuchó a los policías diciendo mi nombre y el de Esmeralda. Me acuesto. Me pongo las sábanas encima y se llena de humo el cuarto. No hay alarmas contra fuego.

 

 

SEMICH

Autor SEMICH

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