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Narrativa

Cuento – Instante distante

Por: Alejandro Báez

 

We built this city, we built this city on rock and roll

Built this city, we built this city on rock and roll

—“We Built This City”, Starship

A Sergio El Frenético Flores

 

 

Las sillas, dispuestas en el patio del Centro Universitario México, frente al escenario, estaban vacías. Las puertas de la preparatoria, aunque ya abiertas, no significaban nada. Eran las cinco de la tarde. El póster que invitaba al concierto de recaudación de fondos para los damnificados era muy claro: a las siete, como telonero, tocaría Felix and The Cats. A las ocho, empezaba el gran toquín con Ritmo Peligroso; después Luzbel y de cierre, El Tri. Faltaban dos horas. En letra pequeña, muy pequeña, el cartel decía que a las cinco tocaría El Umbral, la banda anfitriona de la prepa. Pero no se veía. Resaltaban las chidas. La local era una cagaturra de mosca ilegible.

—El rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí —se decía Rodrigo, el guitarrista, letrista y vocalista de El Umbral, sentado en el suelo del escenario, abandonado por su banda—. Son las rentas de la crisis de su civilización.

Dos meses antes, el sismo del 19 de septiembre había destruido buena parte del Distrito Federal. Con los edificios también se había ido otro gran Rodrigo, el Profeta del Nopal, Rockdrigo González, quien había muerto de un pasón de cemento. A los adolescentes de El Umbral, el fallecimiento del tamaulipeco los impactó más que la devastación de la ciudad. Lo habían conocido un año antes cuando grabó, frente a la catedral metropolitana, el videoclip de “Balada del asalariado” y le habían pedido su autógrafo.

—También somos músicos —le habían dicho.

—Ser joven y no ser roquero es una contradicción hasta biológica —contestó.

Cotorrearon sobre las bandas que se escuchaban y sobre los grandes del rock. De los Beatles pasaban a los Doors; de Led Zepellin a Def Leppard; de Mecano a Botellita de Jerez; de Bob Dylan a Jaime López. De lo que escuchaban en Rock101 como los Talking Heads, a-ha y rolas de otras bandas.

—Se ven bien fresas, chavos. Neta, ¿son roqueros?

Simón —exclamaron los muchachos.

Pus echémonos un palomazo rupestre y mentémosle la madre a De la Madrid, por hojaldra y puñal.

Y allí, en la calle de José María Pino Suárez, frente a las rejas de la catedral, coreado por los desempleados y desesperados, cantaron, entre risas y desafinos, “Este es un asalto chido / saquen las carteras ya / bájense los pantalones / que los vamos a basculear.

“Presten medallas y aretes / anillos y pulseras también / somos vagos gandalletes / y nadie nos va a detener…”.

Rieron a carcajadas. Rockdrigo los invitó a quedarse a ver cómo grababa el video. Allí está El Umbral, en medio de la gente que ve cantar al Profeta del Nopal la crisis económica que agobiaba a México.

—Recuerden —les dijo— que los rupestres no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio.

Esa noche se corrieron con Rockdrigo una parranda fenomenal. Los llevó del Zócalo a un hoyo funky colindante con el metro Balderas, donde escucharon a los Dugs Dugs, a Javier Bátiz y a Cecilia Toussaint.

Bailaron, bebieron cerveza, gritaron y se pusieron como locos con el sudor, el patchuli, el chemo y la mota que flotaba en el ambiente encerrado de ese galerón que ni ventanas tenía; aunque sí se cortaron de meterse algo más fuerte, disparado por Rockdrigo.

Por eso ahora, abandonado, Rodrigo suspiraba por el que hubiera sido su primer concierto y que El Umbral no daría. Con todo el daño al DF, los prepos decidieron hacer una tocada para recaudar dinero para el albergue que el CUM mantenía. Para él y su banda era el gran homenaje a Rockdrigo, quien les enseñó que el rock no es música sino una actitud ante la vida.

— ¿Qué tan bien sabes tocar la guitarra? —le había preguntado Rockdrigo esa noche— ¿Eres un clásico como Chuck Berry, un diletante como Jimmy Page o juegas con las cuerdas como Eddy van Halen?

— Sólo me sé el círculo de sol —contestó apenado.

— ¡Excelente! Para tocar rock hay que alocarse aunque los recursos sean pocos. Hay que ser rupestre. La estética viene después. Primero, la pasión, la locura, las letras desgarradas. Todo debe nacer del ritmo; después, los arpegios y los rifs.

El Umbral se había citado temprano en el CUM para ver el escenario armado. Pero nadie llegó. “Mi mamá no me dejó ir —fue el pretexto que dio uno, al cabo de los días— pues va a haber muchos mariguanos locos”. “Me dijeron que si no me cambio de ropa ya no puedo ir a tocar pues tengo un mes con el mismo pantalón”, argumentó el otro. “Yo me quedé dormido”, fue la excusa del tercero.

—¿Por qué quieren ser roqueros? —preguntó Rockdrigo envuelto en una nube de la verde.

Esa vez no hubo respuesta de nadie. Todos se miraron a los ojos. Solo se juntaban para tocar covers de Lennon y de los Rolling. Rodrigo llevaba, a veces, sus letras y medio las armaban.

—El rock debe devolverles la fe perdida y saber quiénes son cada uno de ustedes. Pero cuidado, chavitos, porque el rock puede traerles eso tras lo que están, como chicas atractivas. Deben ser siempre unos chicos ordinarios que solo incendian su casa.

En ese momento no le entendieron. Sentado en el escenario vacío, frente a un montón de sillas vacían, Rodrigo tarareaba “Burning down the house” de Talking Head y captaba el testamento que Rockdrigo le había heredado esa noche, entre vasos de cerveza y rechidas.

Cambió de rola y se cantó la entrada de “Psycho Killer”: “Can’t seem to face up to the facts / I’m tense and nervous and I / Can’t relax / I can’t sleep ‘cause my bed’s on fire / Don’t touch me I’m a real live wire”. Sabía perfectamente qué debía hacer.

Se levantó. Se posicionó en el escenario vacío. Tomó su guitarra y ante el micrófono aún apagado, dijo al aire:

—Ahora que ya nos conocemos, sé que yo soy yo. Somos los chavos floreros viajando en trineo como hombres de las nieves: en verano sobre el pasto, en otoño sobre un arcoíris, en invierno sobre una flor especial. Sé que yo soy yo. Me gusta llegar arriba de cualquier montaña pero lo que más me gusta, lo que más me gusta, y no me asusta es la velocidad ¡Simón!

Rodrigo cantó esa tarde sus mejores canciones. Rasgueó la guitarra como un poseso. Gritó. Alucinó. Nadie lo escuchaba. Tocaba para su alma y para que el Profeta del Nopal lo escuchara.

Fue su primer y único concierto.

SEMICH

Autor SEMICH

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