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Narrativa

Cuento – La marcha roja

Por: Karen Silva Maldonado

Para Rogelio y Marina

que dejaron sonar

la marcha roja mientras duró la oscuridad.

Mi hermana me advirtió en reiteradas ocasiones que no usara su avalancha, para ello utilizaba argumentos como: “Eres muy pequeña”, “Es peligroso, hasta podrías morir”. Pero todos los días los miraba a ella y a su clan de camaradas, conformado por mis primos y un par de vecinos, lanzarse a vertiginosa velocidad desde la cuesta que se forma en la calle donde está la casa de mis abuelos y que todos llamaban “de Rómulo”. Aquel cachivache verde seco que no se parecía en nada a una nave, cohete o cualquier otra máquina que se pudiera calificar de aerodinámica, volaba sobre el pavimento vibrando con un sonido mecánico que yo percibía desde la banqueta, sentada esperando a que se diera la oportunidad de tomar un turno clandestino en el juego.

Muchas veces fui atrapada in fraganti, como bien lo indicaba mi tía cuando regresaba llorando derrotada, en mis intentos por secuestrar la avalancha. No sé de qué estaba hecha, pero yo la creía de hierro forjado, el material más resistente que conocía.

Una vez mi abuelo, que fue rural, me mostró una foto de un tanque de hierro forjado que su compadre le regaló en una de esas noches de vigilia que pasaban entre los maizales cuidando las fronteras del pueblo. El compadre Tiberio fue a Moscú, encontró la foto tirada en la misma avenida en la que fue tomada, la única diferencia que había entre el lugar donde se encontraba parado y el de la fotografía era un gran tanque en el centro del panorama. Nunca conocí al señor Tiberio, pero mi abuelo me regaló la fotografía. Mi tía alimentaba mi fascinación por la estampa leyéndome historias de zares, guerras, nieve; mostrándome ilustraciones de Siberia, Leningrado, los dorados campos; proyectando para mí películas sobre aquella tierra helada del otro lado del mundo donde los hombres vestían con pieles que los hacían parecer bestias, pero que en interiores estaban cubiertas de telas claras y finas como si hubieran pintado la primavera sobre sus ropas.

Aquel día era nueve de mayo, encontré la avalancha sola en medio de la calle. Su abandono fue ocasionado por la euforia sembrada al paso del carrito de los helados que se había detenido un par de calles abajo. Caminé lentamente hacia ella, como si cada paso que diera pudiera desgajar el piso con un sonido de derrumbe que delatara mis intenciones frente a mis potenciales captores. Tomaría la avalancha como se sitiaría una ciudad, en cuestión de metros consumaría mi operación Barbarroja.

El aire alrededor se sentía frío, para protegerme de él me imaginé con un abrigo de telas rígidas, guantes y un sobrero que pareciera un pequeño oso dormido sobre mi cabeza. A punto de subir a la avalancha me sentí sobre aquel tanque soviético como una generala en busca de la conquista, con una multitud vitoreando en el desfile y del megáfono se anunciaría “la primera niña al mando de un T-34-85”, mientras Stalin me saludaba desde su balcón presidencial, las novias llevaban sus ramos a la torre del Kremlin y ante mí se extendía la cuesta de Rómulo.

El corazón me latía en las sienes, diminutas perlas de sudor se mecían sobre mi labio superior, sentí un leve hormigueo debajo del vientre, un olor a kasha flotó desde lo más bajo de la avenida. Cerré los ojos y ya en el asiento, quité el freno. Si hubiera muerto ese día, habría sido el mejor día para morir de todos los que recuerdo haber vivido.

Las luces se apagaron y las sirenas hicieron de obertura para la marcha marcial del Ejército Rojo que sonó mientras duró la oscuridad.

SEMICH

Autor SEMICH

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