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Narrativa

Cuento – Los mensú

Por: Norma Maritza Vázquez Domínguez

A los cuatro años, Úrsula, una niña de ojos grandes y mirada inquisidora, se preguntaba quién había hecho el cielo, la tierra y todas las cosas. Durante su infancia, ni las respuestas de sus padres ni las de la iglesia lograron responder a su curiosidad. Luego, quiso saber quién había hecho a Dios. Sus preguntas la llevaron al mundo de los libros y la ciencia. Todos los adultos a su alrededor trataron de disuadirla, pero ella insistió empujada por el fuego de su curiosidad.

A los 19 años ingresó a la universidad para estudiar una carrera en la cual podría emplear un nuevo sistema para indagar sobre el origen del universo. Sus profesores le enseñaron cómo, a partir de un método de cálculos matemáticos, era posible crear galaxias sintéticas. En el laboratorio había una galaxia que llamaba especialmente la atención de Úrsula porque contenía un planeta similar a la Tierra. Ese planeta semiesférico y azulado estaba habitado por seres artificiales apodados los mensú, eran unos modelos antropomorfos, un tipo evolucionado de los primates, de complexión robusta y un tamaño promedio de un metro setenta centímetros. Para alguien no iniciado, resultaban idénticos a los humanos.

Con un lenguaje propio y costumbres repetitivas, los mensú solían realizar trabajos en unas minas para extraer carbón. Empleaban sólo su fuerza bruta, que tenía un bajo costo, lo cual les permitía vivir con lo mínimo; su comportamiento era predecible. Trabajaban sin descanso siete días a la semana y, cada nueve meses, cuando recibían su pago, les esperaban las urú en casa. Las urú eran una versión femenina de su especie, quienes con algarabía satisfacían su sed, su hambre y la urgencia de su locura. A los mensú se les daba bien derrochar más dinero de lo que ganaban, bebían alcohol de manera desmedida y compraban lujos que les duraban poco o perdían en las apuestas.

Una tarde en que Úrsula se quedó escondida en el laboratorio descubrió dos mensús que le parecieron especiales. Les dio nombres y los siguió a lo largo de su jornada. Manuel y Esteban habían llegado juntos pero se separaron al llegar al poblado, con su ganancia Manuel se compró un revolver 44, una urú llamada Malena, y un collar de perlas para ella. Esteban compró una barrica de alcohol de caña y tabaco, luego se embebió con el mayordomo (una especie de ser artificial que no había tenido éxito en el planeta) y otros mensú en un juego de baraja que duró hasta el momento de su regreso a la mina, y en el cual perdió toda su ganancia.

Manuel caminó con Malena por el sendero hasta internarse en el bosque, ella lo guío a una gruta, ahí dentro lo amó por siete noches y sus días, se olvidaron de las responsabilidades para las que estaban programados. En el séptimo amanecer, Manuel salió sin su naturaleza brutal, con un lúcido brillo en los ojos, al igual que Malena; Úrsula se dio cuenta de que ese brillo representaba su libertad, algo que no conocían, algo para lo que no estaban programados. No tenían por qué regresar, se fugarían.

Hasta entonces, Úrsula ignoraba que un error en el programa de esta galaxia había creado algunas especies con un DNA distinto, Manuel y Malena eran dos de estos seres, su fuga alteraba las fórmulas del sistema con el que se regulaba la sincronicidad del programa, el cual, en forma automática reinició una secuencia que matizó la imagen de la galaxia de color azul índigo. Úrsula observó la imagen, analizó los datos y supo que algo distinto estaba ocurriendo.

La vida de los mensú no había sido programada para tener iniciativas ni pasiones, mucho menos para preguntarse sobre el orden de ese universo ni desear la libertad, eran seres artificiales, algo diferente había sucedido en la configuración de esos seres en ese planeta tan parecido al nuestro.

En el valle donde los campos se tornan tranquilos, sobre un tronco caído, se sostenía el cuerpo de Manuel, el único entre miles de mineros que había escapado de la esclavitud. Aún inconsciente, su cuerpo mostraba la fuerza de un instinto indomable, durante cinco días había caminado con Malena entre la espesura de las montañas.

Los árboles de alturas impresionantes tocaban el cielo con sus brazos, reían con tono burlesco, eran sordos y ciegos ante la miseria de un ser que desde su nacimiento estaba destinado a una vida artificial.

De manera alucinatoria, Manuel pudo verse a sí mismo como un ser engendrado en el vientre de un planeta mordaz, desde sus pies sintió un cosquilleo que le carcomía la piel y los huesos. No tenía ninguna posesión, excepto la brutal fortaleza de su instinto que había soportado los trabajos y la inhumanidad de la bestia que gobernaba las minas. Diecinueve años eran ocultados por las arrugas de un rostro carcomido por el polvo del carbón.

Una convulsión le devolvió el aliento, de tajo abrió los ojos como quien nace en un nuevo mundo, intentó moverse pero fue imposible, sintió la pesadez del cielo en su cuerpo. Malena, acercándole un cuenco, le mojó los labios con agua y rezó (¿cómo habían aprendido aquello los mensú?).

Tuvieron que pasar varías décadas para que Úrsula descubriera que un error en la ecuación que describía el movimiento de los cuerpos celestes de aquella galaxia, estaba relacionada con la configuración casi humana de algunos modelos artificiales que poblaban aquel planeta. Ella escribió una tesis explicando esas anomalías, pero sus resultados no fueron aceptados inicialmente por la comunidad científica. Sin embargo, permitieron demostrar, mucho tiempo después, que la galaxia en la que nosotros vivimos también está llena de anomalías.

Al mismo tiempo en que Úrsula observaba y analizaba a los mensú, alguien más, en otra galaxia un poco menos sintética, escribía una tesis sobre Úrsula y cómo el virus curiosidad, con el que había sido infectada desde pequeña, la había hecho comportarse de esa manera.

 

 

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Autor SEMICH

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