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Narrativa

Cuento – Lupe, stripper y Laura

Por: José Martín García Campos

Los autos son escasos en la colonia, los últimos vestigios de vida vespertina se terminan al caer la noche, y en la esquina, en la casa pintada de marrón, empieza a tejerse el engaño.

Pinche Roberto, si ya lo sabía, cabrón, mi mamá me lo advirtió desde que te conoció: “ese hombre es de los que engaña”. Ay mami, ojalá no te hubieras muerto para que te contara lo que estoy a punto de hacer.

Conque “nos vemos a las ocho, Lupe” y a mí me dices que tienes una reunión importante con un socio, mis nalgas qué, si bien que te la has de estar pasado con Lupita… pinche Roberto.

Pero te la voy a armar buena, no sabes con quién te metiste, “tu tesoro”, sí cómo no… ay, me acordé de la primera vez que me dijiste así, en la playa, acostados en la arena, viéndome a los ojos, con esa hermosa mirada tuya… ay si no fueras tan cabrón, te juro que te lo hacía como esa vez.

¿Bueno?

—Laura, soy yo, ¿estás segura de esto?

—Ya te dije que sí, vi el mensaje en la mañana.

—Pero…

—Pero nada, Mari, ese cabrón me las va a pagar, ya sospechaba de todos modos. ¿No te acuerdas lo que te conté de la ofrecida del otro día? Estoy segura que ya se acostó con esa también.

—Lau, era su prima…

—Ay tú crees que voy a tragarme eso, ¿me vas a ayudar o no?

—Yo le marco, espero no te arrepientas.

—Nunca, Mari. Gracias. Que esté bueno, eh.

La que se te va a armar, Robertito, ya hasta me imaginé tu cara cuando me encuentres bien acá con… cómo se llame, da igual. ¿Qué irás a decir? ¿Serás tan sin vergüenza como para reclamarme?

—¿Bueno?

—Llega en media hora a tu casa, se llama Miguel.

—¿Está bueno? ¿Guapo?

—Sí, lo he visto bailar y la verdad es que tiene unas nalgas que…

—¿Y de frente?

—Pues nunca se lo he visto sin el calzón, pero se ve bien lleno el paquete.

—Gracias otra vez, Mari, eres la mejor amiga que pude pedir.

—Ay, Lau, ojalá no te arrepientas.

Las ocho y media, en lo que llega dan las nueve, a qué hora me dijiste que llegarías… a las diez, creo, lo suficiente como para divertirme un rato con Miguel.

Pinche Mari, si de persignada nada más tiene la cara, quién iba a decir que te vas al tugurio a ver pe…ndeja que soy, cómo pude permitir que pasara esto. ¿Cuándo dejaste de amarme, Roberto? ¿Cuándo? ¿Por qué? Si he sido una esposa ejemplar, tú mismo me lo has dicho, no es justo que me trates de esta manera, yo tanto que te amo y aprecio.

Me va a abandonar, cuando me encuentre me va a gritar, igual y hasta mata a Miguel. No, no, él no es así, es un ángel, un hombre muy diferente a todos, por eso me enamoré, porque es único. Pero sí me va a dejar, jamás me perdonaría, y con justa razón, porque soy una estúpida por hacerle esto. Dios, cómo pude siquiera pensarlo.

—¿Bueno?

—Mi amor, ¿cómo estás?

—Eh, bien… ¿Y tú? ¿Cómo va la junta?

—Para eso te llamo, no ha llegado mi socio, yo creo que voy a llegar más tarde.

—No te preocupes, aquí te espero.

—Gracias.

Hijo de la chingada, ¿más tarde?, cabrón, no te bastan dos horas para cogértela, no, tú me pides más, y encima tienes el cinismo de llamarme. Eres un cabrón, Roberto, no me cabe la menor duda y te mereces lo que te voy a hacer; ah cómo quiero que ya llegues, me veas bien entrada, loca, hasta voy a gemir más para que te ardan los oídos.

¿Qué me pondré? Si vas a llegar tarde igual primero le pido a Miguel que me baile, hasta nos tomamos un café, deja ver si hay.

Apenas alcanza, lo que ya me acabé fueron mis chocolates, debería llamarle a Roberto y pedirle que me los traiga, ¿si verdad? Imagínate: abre la puerta del cuarto, me encuentra con otro y el pendejo con los chocolates en la mano. Sí, bien merecido se lo tiene.

—Tesoro, ¿todo bien?

—Sí, no te preocupes, te quería pedir un favor, ¿me puedes traer chocolates cuando regreses?

—Sí, igual y ya voy de regreso, este cabrón de Lupe no vino, pinche informal… ¿Tesoro? ¿Estás ahí?

Ay no, ay no, soy una estúpida, me va a odiar, jamás me va a perdonar. Soy una puta, la peor. Cómo me pudo pasar por la cabeza que me estaba engañando, si es tan bueno conmigo, siempre hace lo que le pido, me hace reír cuando estoy enojada, me cumple mis caprichos, es el mejor cuando lo hacemos. Me voy a quedar sin nada, sin su amor, su cariño, sus palabras, me voy a morir. Tal vez aún pueda impedir que Miguel llegue aquí.

—¿Hola?

—Mari, Mari, dile a Miguel que ya no venga, por favor.

—¿Cómo crees? No, no puedo, Lau.

—Cómo chingados no vas a poder, solamente llámalo y ya.

—No es que… es que no tengo su número.

—¿Qué? Tengo cara de pendeja, ¿o qué?

—No, Lau, es que yo le llamé al dueño del Esteroides y él me dijo que Miguel estaba disponible, es como… pues, el representante de todos.

Pinche mundo, pinches feministas, no se conformaron con igualar el número de diputadas con diputados, sino que también tenían que convertir a las putas en hombres con representante y todo.

Qué voy a hacer, ¿qué hora es? Ocho cincuenta, ay no mames, ¿cuánto va a tardar Roberto en llegar? ¿Qué hago? Deja voy al baño que me estoy haciendo.

No manches, parezco un pinche fantasma, estoy más pálida que nada, Roberto va a dudar, qué dudar, si va a ver otro hombre aquí, ¿qué le voy a inventar? ¿Qué es esto? “Pastillas para dormir” ¿Y si me encuentra dormida? Que llegue Miguel y no le abro, cuando llegue Roberto igual y ya no está,  y si lo ve, ¿qué le va a decir? Ya deja me tomo una mejor. Pues lo que sea, ¿no? Al cabo le digo que no sé de qué me habla y ya. Esto no hace efecto, otra, ni que me fuera hacer daño. Perdóname, mi Roberto, jamás debí dudar de ti, pero es que debes de entenderme, ¿Lupe? Pinches hombres, se les acabaron los nombres, ¿o qué? Ya, hagan efecto chingaderas, otra, ya es la última. Eres un cabrón de cualquier modo, no porque esta vez me haya equivocado significa que con las otras no te hayas acostado, aunque no, yo sé que no, tú jamás me harías eso. Ni modo que con otras dos no me quede bien dormida. Ay mi cabeza, esto está fuerte. El timbre, es Miguel, sí, le voy a decir que…que…se vaya…y…no…di…ga…

Un hombre de mirada curiosa observa el acabado marrón de la casa mientras espera que le abran la puerta, sonríe. Un auto ocupa el cajón del estacionamiento, de él se baja un tipo de tez morena, vestido de traje, adopta un semblante recio, ¿quién es ese güey? Adentro, en la casa, la mujer que ambos esperaban ver está entrando en estado de coma.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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