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Narrativa

Cuento – Señorito Milo

Fotografía vía: Expedia

Por: Mario Emilio Andrade Álvarez

 

FIN DE SEMANA I

Estoy en espera de que sean las tres para dejar la oficina; pero llaman por teléfono. Contesto:

—Juzgado Tercero Civil.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—Señorita, ¿se encontrará Juan López?

—No, se acaba de ir.

—Bueno, gracias, le marcaré a su cel, y oiga, perdóneme, ¿usted es hombre, verdad?, es que tiene una voz exquisita, hermosa, pero bueno, gracias, adiós.

Sonrío brevemente y con un tono varonil, digo: ¡Soy hombre, sí señor! En eso dan las tres y me voy a Las Rosas. Escuché a Vivaldi, leí un buen libro y degusté de mi brandy. Qué buen fin de semana tuve.

 

FIN DE SEMANA II

Nuevamente es viernes, pero por el trabajo son las tres y media, todavía sigo aquí; ni modo, ya casi termino. Escucho que suena el teléfono, levanto el auricular y digo:

—Juzgado Tercero Civil.

—Hola señorita, ¿me puede comunicar con Sofía?

—Ah, sí, permítame.

¿Otra vez señorita? recuerdo el comentario de la vez pasada; voz exquisita, o sea femenina… ¿será? mientras sólo sea eso no habrá problema, aunque… ¡aquella tarde!… con… No, no, ya llama a Sofía y regresa a tu escritorio a terminar lo que te falta. Acabé, vámonos a Las Rosas.

Llegué, menos mal que no está ocupada mi mesa porque, cuando oscurece, me gusta mirar como la luz baña la cantera de la Nueva Valladolid; bueno, ve a tu lugar, no te lo vayan a ganar esos “güeyitos y güeyitas” amantes de Justin Bieber y vampiros fresas de Meyer; pero antes saluda a toda una eminencia de la república de las letras.

—Hola, Sir Cervantes, me quito la boina ante usted, toda una deidad, que sí existe. Ahora bien, sé que no soy digno de dirigirle la palabra pero como un humilde lector, ferviente seguidor de sus líneas buscando ser un gran escritor como usted, oso preguntarle:

 

¿Verdad que soy hombre? o ¿me veo afeminado y con voz… exquisita?

 

No contesta y le agradezco porque, si se levantará de su silla y no me desmayara en el acto, aguardaría que me recriminara por no comprender del todo su magna obra, aunque pensándolo bien yo lo intento, otros no y deberían temer su ira; hay habitantes de la Nueva España que osan desconocerle, si no fuera por esa placa que señala su identidad, claro, si es que no se la roban de nuevo. Bueno, ya hablé demasiado, me retiro. No irrumpo más la plática que pueda tener con su compañero sacerdote que está sentado en la silla de enfrente; permiso.

Ya en mi lugar, pido mi brandy pero sigo intrigado por lo de señorita. En fin, la tarde es joven. A volar por el mundo de la literatura.

Ya ha pasado tiempo y luego de varios capítulos y brandys sin coca ni nada, mi mente no deja de cavilar sobre esas llamadas; ve al baño y revísate. Ves, abajo, mi gran amigo fuerte y vigoroso acompañado con sus escuderos de épicas batallas, en esos lugares a orillas de la ciudad entre Macondo y la Mancha. Bueno, ya viste que tienes dos bolas y un palo como todo macho; falta revisar lo de arriba; todo en orden, dos pezones masculinos normales no están hinchados; regresa a tu mesa.

Chin, ya van como 20 minutos desde que me revisé y sigo dudando de mi hombría, ha de ser por tanto brandy; por eso le doy demasiada importancia a lo que dijeron esas… déjeme le digo que tiene una voz exquisita, esas…esas… sí ¡Pendejas viejas que no saben distinguir! Cuya mayor tragedia ha de ser salir a la calle sin maquillarse; su padre nuestro ha de ser: Sombra, aquí, y sombra allá, maquíllate, maquíllate, un espejo de cristal y mírate y mírate.

Por eso no ponen atención a mi voz, por estarse arreglando el pelo y pintarse los labios mientras atienden el teléfono; son devotas de Sandro de América y si sus labios no son de “rubí de rojo carmesí”, no tendrán un príncipe azul que les diga: “Rosa, Rosa, dame de tu boca, esa furia loca, que mi amor provoca, que me causa llanto, por quererte tanto solo a… ti”. ¡Ay, qué romántico era Sandro! Y guapo… pero ¿qué estoy diciendo? calla… deja… de… mejor ¡ponte a leer!, ¡cabrón éste!

Interesante, la República de Platón, Sócrates refiere la premisa de la gimnasia y la música, como dos circunstancias que debe desarrollar en equilibrio todo hombre, de no ser así, es malo, no es lo justo en la naturaleza masculina, por ende un hombre que se esmere por la música y descuide la gimnasia, terminará siendo muy espiritual, femenino, marica en estos tiempos; por eso será qué…

 

¿Pudiera llegar a ser yo un marica de voz exquisita?

 

En mi tiempo libre interpreto el Ave María de Schuberth, en karaokes. Por otro lado, sueño bailar el cascanueces de Tchaikovsky y me gusta escuchar más a Vivaldi, ¿será entonces bueno dejar de escucharlo? ¿Estaré amariconándome por eso? ¿Qué hago?

No renunciaré a él, concluyo, porque si por el presto roso dejo de ser macho, Vivaldi es Vivaldi; perdóname cura rojo por pensamientos herejes, pediré otra copa a tu salud, pero acompañada de coca y agua mineral.

¡Maldita sea! Este divagar de mi mente no me deja en paz, deja leer y mira a los hombres que estén cerca de tu mesa; sí, son guapos, unos con apariencia de escritores, barbas, bigotes, anteojos, gorros fuera de época, tomando café, leyendo un libro, igual hay músicos con tatuajes artísticos, rastras y playeras de Metallica; no me atraen. ¡Ah! Respiro aliviado.

Ya mejor enfócate en la mujer que está pasando, ¡uy, viene un remolino! Su falda se ha levantado, ¿pero por qué lo mío no? Está bien dormido el canijo, en fin, ya deja de ser sádico contigo mismo, esa vista femenina fue muy placentera. Te calentaste al ver ese culito, cabrón; ¡eres hombre, macho! No dudes más y pide un café para que se te baje el brandy, ¡cabrón este! Y ponte a leer.

Interesante, Dickens refiere que todo joven y soltero es señorito, por lo tanto, cuando llamen al trabajo y piensen que soy mujer les diré, no soy señorita, más sí señorito, pero no homosexual, ideas machistas erradas, y si alguien piensa que por escuchar música clásica, leer Romeo y Julieta de Shakespeare, me dicen marica, están equivocados, pero en eso Miguel viene a mi mesa y le guiño un ojo.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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