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Narrativa

Debes recordar esto

Por: Víctor Manuel López Ortega

En septiembre de 1978 Agustín Avilés me contó una anécdota que acababa de sucederle en la hoy desaparecida Sala Eréndira II, que estaba en la Avenida Madero Oriente, a un costado del Palacio Legislativo de Morelia. Su historia me hizo gracia, pues no la creí cierta.

Meses después supe que Agustín había renunciado a su plaza de profesor en la escuela normal y ya nadie lo había vuelto a ver en la ciudad. Pensé que había muerto, pero treinta y cinco años después lo encontré en un establecimiento de libros antiguos al aire libre, en el mercado de la calle Brancion de París.

Al reconocerme y saludarnos, le pregunté qué hacía ahí y por qué había desaparecido sin avisar. Agustín Avilés me dijo que, después de la última vez que nos vimos, había decidido alejarse de la ciudad que le había arrebatado su afición al séptimo arte.

Invité a mi viejo amigo a que tomáramos un café en el Lapin Agile, el cabaret más antiguo de París. Ahí, amenizados por la música de un pianista, Agustín me recordó aquella anécdota.

Hojeando el periódico la mañana del 26 de agosto de 1978, Agustín se enteró de que iban a pasar su película favorita, Casablanca, en la Sala Eréndira II, un cine de reestreno. Había funciones cada dos horas, comenzando desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche, pero sólo ese día. Debido a la premura, mi amigo decidió ir solo a la última función, pues creyó que a esa hora se disfrutaba más una película romántica.

Compró su boleto en la taquilla faltando cinco minutos. Entró a la sala sin detenerse en la dulcería y tomó asiento en la butaca más céntrica. Agustín no recuerda haber visto a nadie mientras las luces estaban encendidas.

Llegada la hora, la sala quedó en la más completa oscuridad. Entonces, el proyeccionista pasó avances de otras películas viejas que se exhibirían próximamente en aquella sala. La primera fue El planeta de los simios, que estaba programada para el día siguiente. A continuación, Agustín comenzó a ver tomas aéreas de Nueva York que mostraban la Estatua de la Libertad, el río Hudson, la Quinta Avenida, la calle Broadway y los rascacielos más emblemáticos de la ciudad, incluyendo el Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que hoy sólo son recuerdos. Ignoraba de qué podría tratar dicha película. A los pocos segundos, miró caminar a Julie Andrews con su vestido de novicia por una de las esquinas del Flatiron Building. Cuando la cámara hizo close-up, ella cantó: “The hills are alive with the sound of music, with songs they have sung for a thousand years…”.

            Agustín despreció aquella adaptación del mal; sin embargo, los demás espectadores no estuvieron de acuerdo. Al término del tráiler de La Novicia rebelde contra los gángsters, en vez de los nazis, oyó aullidos de gorila que de momento no supo de dónde provenían. El siguiente avance de cine tampoco tenía ninguna relación: mi amigo recuerda que fue el de Espartaco rebelándose contra la esclavitud en Estados Unidos durante la Guerra de Secesión.

Otra vez Agustín escuchó los chillidos de los monos al término del tráiler de Espartaco, pero esta vez observó cómo, filas más adelante, varios de ellos se pararon de manos sobre las butacas y se pusieron a dar maromas.

Casablanca no puede ser víctima de estas alteraciones. No me hagan esto”, mi amigo repitió  preocupado hacia sus adentros. Empezaba a tener ganas de abandonar la sala de cine.

Justo cuando apareció el viejo logotipo del estudio Warner Bros. en la pantalla, un simio se paró de su lugar y vociferó:

—Estúpidos humanos, no fueron capaces de hacer nada inteligente aun en su época de mayor esplendor, nunca debieron haber tenido cerebro. La lobotomía aplicada en humanos es lo de hoy.

Entonces, Agustín ya no tenía más duda: él era el único humano en la sala.

Incapaz de hablar, amparado por la oscuridad del cine, mi amigo permaneció inmóvil. Si alguien prendía las luces, los simios lo descubrirían y de seguro lo hubieran llevado preso a su planeta para dejarlo tan vegetativo como a los compañeros de Taylor.

Callado, Agustín Avilés comenzó a creer que la película que estaban exhibiendo no era Casablanca, porque en la pantalla reconoció locaciones por las que él caminaba a menudo: la Catedral, la Plaza de Armas, el Jardín de Villalongín, la Fuente de las Tarascas a todo color y el Mercado de San Francisco. ¡Todo en Morelia y a colores, como extraído de los Traveltalks producidos por la Metro-Goldwyn-Mayer en 1943!

Al poco tiempo, descubriría que Rick Blaine era refugiado en Morelia, junto a españoles y personas de otras nacionalidades, a causa de las guerras europeas. El Rick’s Café Americain no era el que él reconocía, ¡era la sala de billares del Hotel Casino, frente a la Catedral!

Si de por sí Agustín ya estaba decepcionado y odiaba cada instante de filme alterado que estaba viendo, el tiro de gracia vino cuando le llegó el turno a su adorada Ilsa Lund de regresar a la vida de Rick. Mi amigo añoraba que por lo menos Ingrid Bergman siguiera en el casting de la película, pero en su lugar apareció una actriz rubia, voluptuosa y sensual, que contoneaba las caderas al caminar. Tan pronto ella apareció en pantalla, Agustín se estremeció al darse cuenta que su Ilsa Lund, a la que Ingrid Bergman había interpretado con exquisitez, había sido reemplazada por ¡Marilyn Monroe!

—¡No! Esto es más de lo que puedo soportar. ¿Qué le han hecho a Casablanca? —Agustín lanzó un grito desesperado en la sala, sin importarle lo que pudiera ser de él en ese instante, despreciando el peligro al que su vida se exponía. Quería volverse chango. Aquello no podía ser.

Para acabar de arruinar la película, cuando Ilsa le pide a Sam, pianista del café de Rick, que vuelva a tocar su canción favorita, él la complace con “Diamonds are a girl’s best friend“.

Minutos después, mi amigo reconoció partes del argumento de la película Niágara entrometidas en Casablanca: Rick e Ilsa planearon el asesinato del esposo de ella para quedarse los dos juntos y huir a Estados Unidos. Plan que ellos pusieron en práctica; pero las cosas no salieron bien. En lugar de matar a su mujer y al amante, el marido de Ilsa -que tanto amaba a su esposa- la perdonó con la condición de que lo acompañara a su exilio al mismo país que él antes tramaba visitar con Ilsa. Rick aceptó su derrota por temor a ir a la cárcel y cedió el boleto de avión a su rival.

Fin de la película. Se desató la tormenta en Morelia. Agustín pensó que estando dentro del cine se protegería del agua, pero en un abrir y cerrar de ojos estaba hecho una sopa. Las luces se encendieron y vio que la sala había quedado con palomitas de maíz, cáscaras de plátano y otras inmundicias regadas por el suelo. Al mirar arriba, descubrió que el aberrante público se había marchado por el techo, no sin antes destrozarlo, dejándolo solo.

Nunca antes Agustín se había sentido tan decepcionado por una función de cine, tanto por los espectadores como por la basura de película y los avances tan raros que había visto. Fue por eso que decidió largarse de Morelia para siempre y no volver a asistir a ninguna sala de cine en lo que le quedara de vida. Por eso se fue a París y ahí ha permanecido. Ha vivido en la nostalgia, buscando a la Ilsa Lund perdida que pudo haberse hospedado en algún hotel de la ciudad. Tal vez Rick la alcanzó en los Estados Unidos y por fin se deshicieron del marido que les estorbaba para su romance.

Nunca lo sabremos. Mientras tanto, no nos queda más que pensar que siempre tendremos París.

SEMICH

Autor SEMICH

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