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Por: Luis Bracamontes

12/08/2016

Parte del poemario “Roto pero con cinta adhesiva” (Inédito)

Lo que te voy a decir ahora no es una verdad universal. Son pedazos de tiempo atrapados en una opinión, que puede que no compartas, aunque puede que siempre sí. Te digo esto para que sepas si ofenderte mucho o poco.

A algunos de nosotros se nos enseñó a sentir culpa cuando sentimos placer. Ya sea la cantidad de calorías que consumimos en el desayuno, o las siestas que nos hemos tomado, los momentos que hemos pasado sin hacer nada o incluso la cantidad de personas con las que nos hemos acostado.

Sentir placer es un acto de autonomía y poder. Es sentirse digno de experimentar dicha y llevar nuestro sistema nervioso a otro terreno.

Aprendimos que el placer es algo que debe ser ganado o algo en lo que hay que ser mesurado.

Luego llegaste tú y me enseñaste a desbordarme.

Fuiste la grieta decisiva que rompió la presa de mis mariposas. Inundación instantánea.

Te vi y lo primero que pensé fue:
“Me gustas como para ver un maratón de clásicos de Disney juntos”, que no se lo digo a cualquiera. Y así lo hicimos.

Luego me dije: “Necesito a alguien con quien pueda ser feo en las mañanas y sentirme bien al respecto”. Y tú estabas más feo, así que me sentía con ventaja.

Nunca hice caso a mis amigos. No me quería hundir con ellos. Ellos me decían que esto era pasajero. Pero ¿no todo lo es? ¿No al final de cuentas todos morimos y cada aliento que cobramos es uno menos de los que nos dio el destino?

Al principio, no quería dejarte entrar. Es mi espacio personal y no lo comparto. No me hiciste caso. Y te hiciste la Shakira. Sí, la Shakira.
Bruta, ciega, sordomuda. Torpe, traste y testaruda.
Necio. Avanzando en una avalancha de bisontes a través de mis paredes.
Hasta que tuve que ceder y admitir que me tenías.

Y me tuviste. Y me rendí. Y caí de rodillas. Y también volví a sentir. Y también volví a llorar, pero esta vez para sanar. Y reímos. Y me apapachaste. Y nos acurrucamos. Y luego, me hartaste. Y luego ya no. Y luego me fui.

Me tuve que ir. Porque mis amigos tuvieron razón y sí fue pasajero. Se rompió la inercia de la magia. Nos extirpamos del momento.

Pero aquí no se acabó la historia. Porque la vida nos hizo coincidir otra vez. Y nosotros decidimos tomar el relevo y seguir haciéndonos coincidir.

Me hace feliz saber que sigues latiendo… lejos… pero… sigues latiendo.

Y ahora busco un camino que me lleve a ti desde cualquier lado. Y lo estoy encontrando.

Porque vale la pena luchar por ciertas cosas. Porque nunca me había sentido así. Porque sigo inundado de tus mariposas. Porque derribaste toda excusa que podía tener.

Pero sobre todo, porque me enseñaste más de lo que una enciclopedia podía. Más de lo que en todo Wikipedia encontraría. Algo que no podría aprender ni en el mejor de los diplomados o cursos en línea del Gobierno del Estado.

Me enseñaste mucho, mucho más. Me enseñaste el sutil placer de compartir toda una vida. Y de ese placer sí que me desbordaría.

SEMICH

Autor SEMICH

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