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Narrativa

Despertares incómodos

Por: Magdiel Torres

De la primera vez que morí recuerdo el olor del asfalto, un dolor en las costillas y la rara sensación de saber, poco antes de despertar, que un camión me había arrojado más allá de la muerte.

Supe que estaba muerto por las mujeres que habían salido a comprar el pan por la mañana y observaban un charco de sangre que emergía de mi cráneo roto. Lo intuí por los gritos que intentaban detener al conductor que huía y lo advirtió también mi dolor que había adquirido voluntad propia para salir de mi cuerpo y susurrarme al oído que ahí estaba un camión de carga que parecía asustado ante mi cadáver.

Me entregué a la muerte como quien al llegar a casa se tira a la cama tras un día pesado de trabajo. Mi lecho estaba hecho de asfalto y de llovizna.

Después aparecieron otros dolores, sensaciones funestas que recorrían el cuerpo como si lo transformaran para la muerte. El dolor que me advirtió sobre mi nueva condición de cadáver no fue aquel que me habló de la presencia de un automotor tímido y desconfiado, sino uno en el estómago. Un padecimiento incontenible que se empeñaba en salir de mí, como el vómito que desafía la fuerza de gravedad y se prolonga irremediablemente por la nariz y la boca. Así se siente la muerte, como un vómito.

Y así como al acto de vomitar le sigue una sensación de descanso, de igual manera llegó la tranquilidad que supuse tendría el hecho de morir, la paz de no tener piernas ni brazos ni cabeza partida que cargar. Una vez que el dolor me abandonó me encontré en un lugar oscuro, sin nada. Yo era una presencia en un espacio, digamos, muerto. Suspendido ahí tuve la oportunidad de pensar en lo que me podría esperar en mi nuevo estado.

Siempre había creído que tras el último acto existía algo, la vida que tras la muerte nos habían prometido si éramos buenos y humildes. Aquella muerte consciente era lo más parecido a esa promesa. No estaba mal. Sin percibir todas las maravillas que me anunciaron en vida, mi nueva condición era al menos consoladora. Intuí que podía materializar recuerdos agradables a mi antojo y personas que jamás volvería a ver aparecerían ante mí con un simple trazo de mi memoria.

Pero después desperté con la misma nostalgia del sonido del despertador que por una oscura razón no timbró; me descubrí atrasado y apenas tuve tiempo de pensar en ese extraño juego de la muerte mientras bajaba las escaleras de casa y me precipitaba hacia la calle. Las remembranzas de las pesadillas me abandonaron por un instante para volver después con la certeza espantosa de que mi cuerpo en el asfalto no era un sueño, sino el recuerdo de la muerte primigenia.

Desde entonces he muerto cientos de veces. Esta es mi nueva vida, mi vida después de la muerte: mi limbo. Todos los días, al despertar, no importa lo que haga o deje de hacer, poco después de abrir los ojos, caigo muerto en circunstancias absurdas, paradójicas y chuscas, para volver a despertar en mi cama e iniciar un día similar al de la muerte primera. Así que los recuerdos de la muerte, instantánea y puntual, pasaron a segundo plano cuando advertí que al despertar solo tenía un escaso tiempo de vida y los dediqué a salvarme de la muerte, inútilmente. Con tan solo unos minutos salí a la calle para buscar ayuda, pero lo único que pude conseguir fue la impresión de algunos cuantos que se quedaban pasmados ante el cadáver de un hombre extraño que hablaba de un problema incomprensible antes de caer muerto.

El primero que intentó ayudarme fue un desconocido que esperaba el autobús a unos cuantos pasos de mi casa. Inicié la conversación con el pretexto de las lluvias que habían dejado en tan mal estado las calles y cuando él empezaba a hablar de las inexactitudes del servicio meteorológico le hablé de mi problema y morí.

Al despertar corrí a verle nuevamente a la parada del autobús, confiando que ya había avanzado en la explicación de mi problema y que ahora hablaríamos sobre las probables soluciones. Pero el tipo no me conocía, ni recordaba la conversación anterior, pues estaba otra vez en el primer día de mi muerte y el olvido me había devorado para colocarme nuevamente en un tiempo inalterable e inédito.

Al despertar pensé en él y lloré hasta morir.

Pero como la vida es terca y obstinada volví a la parada del autobús. Con el tiempo aquel sujeto que no me recordaba se convirtió, sin saberlo, en mi mejor amigo. Las charlas más intranscendentes se convirtieron para mí en reflexiones profundísimas sobre la naturaleza de los charcos, la insignificancia humana ante el enorme monstruo de la naturaleza que no era capaz de revelarnos siquiera la certeza de la proximidad de una llovizna simple o el sinnúmero de misterios que nos estaban velados detrás de los retrasos del servicio de autobuses urbanos.

Después no sé qué pasó. Debió ser que apestaba a muerte o que la impresión de ver morir a alguien todos los días en un tiempo circular destinado al olvido deja secuelas nunca comprensibles en la gente, pero el tipo no volvió a la parada del autobús. El día en que encontré el espacio vacío me dispuse a buscarlo con fervor. Cuando me desplomé en una calle cercana, muerto, mi rostro debió haber reflejado el rictus del desespero.

El cuerpo es una máquina de vivir que, insensible a los dolores que llamamos profundos o del alma, continúa su misión impostergable hasta la muerte; en mi caso, hacia los despertares incómodos que me colocaban en tiempos inauditos. Cuando me levanté de la cama me fui en seguida a la calle para ver si en esta ocasión tenía suerte. La parada de autobús estaba siniestramente sola. Miré alrededor en busca de alguien, pero era tan temprano que la gente seguramente estaba aún en sus casas.

Confiado de que la calle en la que el día anterior había buscado a mi amigo estaba sola, me encaminé hacia la dirección contraria y pude ver a un trío de señoras charlando en una esquina, pero morí en el intento de alcanzarlas.

Después ya no me importó mi amigo, sino entablar conversación con alguien. Cierto día pasó un chico en una bicicleta y le grité, pero no pareció escucharme. En otra ruta, durante mi búsqueda de gente, vislumbré a un hombre que salía de su casa. Corrí para darle alcance, pero debió pensar que se trataba de un ataque o algo parecido porque huyo de mí y de mi muerte.

Tras tanto intento fallido descubrí que aquel barrio, a esa hora, era particularmente intransitado. Lo irónico era que la gente que podía observar a lo lejos y que me era inalcanzable, una vez que yo moría se acercaba por su propia voluntad a ver mi cuerpo que paulatinamente se iba vaciando de vida.

Como los autobuses no pasaban con la regularidad que me convenía y la gente se encontraba fuera de mi alcance intenté llamar a las puertas cercanas. Pero los vecinos tardaban en abrir o en asomarse por la ventana desconcertados, por lo que solo alcanzaban a verme morir. Un día, al despertar, iracundo y sin temor al pudor que en mi antigua vida había sido una constante, salí de casa y grité tan fuerte a mitad de la calle, que me quedé sin voz poco antes de que la muerte llegara a la cita.

Cuando volví a despertar no lo dudé ni un minuto. Mi terror consistía en perder la capacidad de comunicarme, de olvidarme de las palabras para siempre debido a que no tenía con quien hablar de nada. Aquello no podía continuar y decidí enfrentarme a la muerte con mis propios medios: Tendí una soga en una viga del techo y me colgué. Durante algunos minutos observé mi casa desde la altura y con esa perspectiva encontré algunos objetos que creía irremediablemente perdidos. Después morí, con la puntualidad de siempre.

Desde entonces, y para evitar olvidarme de las palabras, me puse a escribir. Pero mi tiempo es insuficiente para saciar la necesidad de contar cada detalle que pasa, para hablar de esta costumbre de aferrarnos a la vida, de las infinitas posibilidades de la muerte que se vence en aras de la eternidad, de los silencios que acechan en cada predio desolado del alma, de los objetos que confabulan en cada esquina de la casa para matarme, de la noche que solamente existe como una imagen en el recuerdo, de las fotografías enmarcadas en las paredes que ya no me hablan, de la presencia de Dios en los momentos sin palabras, de las ganas a deshoras de escapar por la ventana, de saberse la imagen de un hombre entre dos espejos, del ritual de glorificar a los muertos, de los sueños que no son pesadillas, de los sortilegios que nunca comunicaron nada, de la rabia de la vida, la colección absurda de misterios, las veladas a la orilla del silencio, el coraje de los días, la imagen de una casa en el campo tras una carpeta de polvo vista desde un auto que se aleja, las correrías tras un camión escolar en algún lugar remoto de la memoria, el insomnio siniestro en que descubrí los llantos de mamá, las preguntas que mis padres nunca respondieron, la niña sin nombre que se bañaba con la lluvia tras mi ventana, el sol que acribillaba pelusas en la casa de los abuelos, la tienda de la esquina que ya no tiene nombre, la lluvia quieta de las nueve de la mañana, los tendederos taciturnos de Buenavista, sus calles preñadas de ocasos, los juegos de los besos en la infancia, los dibujos eróticos en los baños de la escuela, la borrosa imagen de la primera mujer desnuda, el olor de Mónica a la hora de la cama, su champú de hierbas, su falda sin misterios, la casa de sus padres, la carne asada, el cáncer, la náusea, la lluvia, la escuela, la tarde, los secretos, el sol, el mar, el

 

 

 

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Autor SEMICH

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