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PoesíaReseñas

Dos versiones del libro que no escribí de José Agustín Solórzano

Por: Mariana Orantes

Un día cualquiera regresé de trabajar, abrí la puerta de mi deteriorado departamento y ahí estaban José Agustín y Raúl (quien por cierto escribió la cuarta de forros). Debatían si era ético cogerse un pollo muerto. Llevaban toda la noche dándole vueltas al asunto con charanda, creo. Eso fue hace ya seis años. Chepis, como le digo de cariño, había publicado un libro por aquél entonces y yo me hice su amiga de inmediato, porque me gustan que mis amigos sean así: directos, borrachos empedernidos, alegres y tristes al mismo tiempo, un poco cínicos y tan apasionados al grado de poder discutir toda la noche si es ético cogerse un pollo muerto.

El libro que aquí nos ha reunido es un trozo del hígado de José Agustín. Y usted, señor, señora, damita, caballero, podrá llevarse por la módica cantidad de X pesos un trozo sanguinolento y palpitante del poeta, una herida abierta, un órgano achacoso, cansado y risueño, afligido por la belleza.

Quiero resaltar dos cosas que encontré en el libro de Chepis. Primero: la terrible alegría que desborda. Tal sentimiento a primera vista contradictorio, es una de las tantas dicotomías que han acompañado desde siempre al arte. Dice Pietro Citati: “Con su inagotable amor por la antítesis y las contradicciones, los griegos contrapusieron a los dos dioses (…) Si Apolo era trágico, Hermes era cómico; si a Apolo le gustaba la nobleza del gesto, Hermes tenía una pasión incontenible por todo lo turbio, lo obsceno, lo vulgar (…) Muchas cosas separaban a Apolo y a Hermes, pero al menos una los unía (…) Al poeta que prefiere Apolo lo nutre la luz absoluta y la absoluta tiniebla. El poeta de Hermes es un pequeño demonio nocturno, prefiere la comedia, la ternura, la ligereza, el Eros y puede hacernos sucumbir con un encantamiento melódico más terrible que cualquier muerte”.

En el libro de José Agustín, se encuentra tal tensión: luz, ternura, tiniebla, ligereza.

La segunda cosa es que a lo largo del libro, como idea secundaria, se habla del cuerpo como una ciudad que se habita: en el interior existen cafés, calles, cantinas, borrachos e incluso, mapas.

 

“Yo exhibo mis ruinas

Me paseo dentro de mi piedra

Sonrío y persigo mis propias palomas

En mi propia plaza, no ésta

Y me bebo un café, no éste”.

 

La entrada al cuerpo y el goce se complementan a través de los orificios, en una suerte de escatología, de fin último, de más allá. Una forma de paliar la soledad, el aislamiento que da estar encerrado en ese cuerpo:

“Deja tú que compartamos la cama, hoy vamos a compartir los mismos muertos, las mismas ganas, los mismos agujeros; porque yo no voy a entrar solo a tu cuerpo, tú vas a venir conmigo.”

En ese sentido, sucede la magia de la intimidad donde conocemos a José Agustín y su visión del mundo. Ahí está su poética, recordándonos que lo pequeño es hermoso, que lo poético no está en lo intangible, que un foco es un millón de estrellas.

Una confesión: cuando tengo un amigo o amiga a quien quiero mucho, me entra una especie de enamoramiento. Es decir, me enamoro de mis amigos y los veo brillantes, admirables, guapísimos y únicos. El enamoramiento de la amistad es una cosa fantástica y muy noble, pues no aspira a nada carnal ni sexual. Y Chepis no es la excepción. Cuando leí la parte del Conquistador de cantina me descubrí emocionada, con el corazón latiendo muy fuerte por tener la oportunidad de asomarme a un momento íntimo del poeta, como cuando un niño espía a su maestra favorita. Me reía como si hubiera descubierto una carta que, aunque no sea para ti, te da el morbo y el jijiji adolescente.

Ojalá de verdad que se den el tiempo de leer y disfrutar este libro de poesía tan singular. Para terminar esta breve intervención, quiero decir que me siento afortunada por ser amiga de Chepis, porque este libro haya sido publicado y por invitarme a presentarlo. No sé cuánta poesía más vamos a compartir, cuántas pláticas y debates, cuánta amistad. Lo que sí sé es que hoy al menos tenemos una cerveza.

SEMICH

Autor SEMICH

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