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PoesíaReseñas

El acto poético como descenso al infierno en la obra escrita de Jorge Arturo Reyes

A Jorge Arturo Reyes y a Rosario Reyes… por la confianza.

 

Por: Pedro Mata Mendoza

 

Todo acto de escritura poética implica descender al infierno. Todo poeta debe descender al infierno. Pero ¿porqué descender al infierno?, ¿qué es el infierno?, ¿para qué abandonar la tranquila superficie terrestre en dirección a las entrañas del submundo?, ¿tiene sentido dicho recorrido?, y en caso de haber respondido afirmativamente ¿qué esconde el infierno?, ¿qué es tan valioso para el poeta que asume la terrible labor de dirigirse a las puertas del Hades reconociendo la posibilidad de no ascender a la vida terrestre? Las respuestas a dichas preguntas se encuentran tanto en la obra del poeta Jorge Arturo Reyes como en otra obra que funge como antecedente: los Himnos Órficos.

Así pues, para esclarecer las interrogantes planteadas, tomemos por punto de partida al aedo griego. ¿Quién es Orfeo?, ¿por qué desciende al Hades el cantor griego? Aún más, ¿puede haber relación entre el poeta heleno y el poeta michoacano?

Respecto la pregunta que interroga por la identidad de Orfeo, hay que recordar que éste es el brote místico de unión amorosa entre el rey Eagro y Calíope, la más profunda de las nueve musas, la musa poética por antonomasia. De ahí le viene a su hijo el don de las artes. Ahora bien, siendo Orfeo hijo de musa e hijo de rey ¿por qué desciende al submundo?, ¿qué le obliga?, ¿puede regresar del infierno?

Antes de abordar dichas interrogantes como punto de partida, veamos brevemente cómo se entendía el submundo según la mentalidad greco-antigua. La tradición del descenso al infierno nos viene de antaño. Es en la Grecia primitiva de la era de acuario donde hay que buscar uno de los primeros registros al antro de Hades; antro que por razones de distancia histórica y  diferencia cultural tomó el nombre de infierno, ínfero, en lengua latina. Emily Vermeule, en la obra La muerte en la poesía y en el arte de Grecia, nos dice lo siguiente: “Para este lóbrego lugar de reunión, la tradición épica esboza lo que parece esencialmente un reino de la Edad de Bronce, una tierra provista de murallas y puertas, un palacio central y un gran vestíbulo. Las puertas del Hades son difíciles de penetrar y más difíciles de franquear a la salida, con un mastín de afilados colmillos para vigilarlas y un amo experto en cerrar las hojas, Hades”. Así pues, según la conciencia religiosa griega, habiendo descendido al mundo subterráneo nadie puede regresar al mundo de los vivos. Sin embrago, Orfeo desciende al Hades y asciende del Hades. ¿Por qué desciende? ¡Por amor! Por amor a Eurídice. ¿Por qué asciende? ¡Por amor a Eurídice! Es menester recordar que para poder entrar al Hades hubo de poner en juego no sólo sus habilidades musicales sino también un alto sentido de piedad. Sin la piedad jamás hubiera podido descender al infierno. Sólo a los piadosos les es dado conocer el infierno. Ahora bien, el descenso de Orfeo termina en tragedia. Después de haber conmovido al Dios Hades con canto y lira, éste le permite regresar al mundo terrestre con la condición de no volver la mirada, debiendo confiar que Eurídice irá tras él y podrán reencontrarse después de salir de los dominios infernales; pero si Orfeo desconfía y vuelve la mirada perderá a Eurídice para siempre. Sabido es el final del mito: Orfeo desconfía de la palabra de Hades y vuelve la mirada para ver si Eurídice lo sigue. Al verla, ésta queda desvanecida para toda la eternidad, perdiendo la posibilidad de reencontrarse con su amado. Por su parte, la vida del poeta griego termina en homicidio. Las bacantes tracias, ofendidas por el rechazo de Orfeo, lo desmiembran y esparcen por diversos lugares las distintas partes de su cuerpo. Sin embargo, su voz sigue cantando melodías que en el pasado conmovieron por el igual el corazón de animales, hombres y dioses.

Llegados a este punto se vuelve necesario preguntar ¿qué tiene que ver Orfeo con Jorge Arturo Reyes?, ¿existe punto de vinculación entre el aedo griego y el poeta michoacano? El pensamiento filosófico de la española María Zambrano responde afirmativamente esa cuestión. Sí, sí se hay punto de encuentro entre el cantor griego y el poeta uruapense, y la relación es de nivel ontológico. Ahora bien, de todos los entes estudiados por la rama de la filosofía denominada ontología, ¿a qué ente se refiere María Zambrano?, ¿cuál es la entidad que rompe la distancia mito-histórica y posibilita la afirmación identitaria de ambos poetas? La entidad humana, el ser humano. Así pues, el ente humano es el ser por mor del cual se rompen las barreras tempo-históricas. El ser humano es el ente por causa del cual se acorta la distancia histórica que nos separa de los ya sidos, de los que ya existieron.

¿Qué significa esto en relación a la obra Beethoven le habla al río Cupatitzio? Significa que tanto Orfeo como Jorge Arturo Reyes están movidos por el impulso estético que establece semejanza creadora entre ambos autores a pesar de la distancia temporal. ¿Se registra descenso o una manifestación del infierno en la obra del poeta michoacano? Veamos:

“Cupatitzio,

¿te has incendiado

cuando caen sobre ti

las ramas del sol,

o te has dormido

bajo la luna hinchada?

-El diablo se arrodilló

En la frente de tu grandeza-”

Efectivamente, ese piadoso reconocimiento diabólico al Cupatitzio, nivela al poeta michoacano con uno de los maestros del descenso al infierno.

Otro aspecto fundamental para sostener diálogo con Orfeo es la musicalidad, ¿existe sentido de musicalidad en la obra de Jorge Arturo?

“Una sonata es un árbol que crece

Hasta rasgar las costillas del cielo.

Mi música está exenta del silencio divino.

Mi mayor plegaria, partituras danzando.

Dialogué con Dios, lo convencí de llevarme con él.

Me confesó:

De la mezcla entre poesía y música hice la carne del hombre”.

Ahora bien, ¿por qué Jorge Arturo desciende al infierno?, ¿qué entraña el submundo para él?, ¿qué es el descenso al infierno? La respuesta a dichas interrogantes implica la retoma del pensamiento de María Zambrano. La filósofa española no entiende el infierno como infernus cristiano; lugar de castigo y tortura de los muertos que no vivieron conforme la Palabra Revelada; la filósofa no habla de ese espacio de perene ejecución de sufrimiento del que Dante tiene mucho que decirnos. Ella trasciende la cristiana maquinaria de dolor. No parte del término infernus sino de su derivación: inferus, es decir, ínfero, es decir, lo que se encuentra abajo, lo inferior. Ahora bien, ¿qué significa ínfero en términos filosóficos?

El descenso al infierno es la experiencia radical del ser humano por vía de la cual se revela todo lo excluido por la cultura dominante. El descenso revela toda una región fundamental del hombre que había sido ocultada impiadosamente por el pensamiento hegemónico. En las profundidades del infierno yace entrañado todo lo que el hombre de cultura media no puede decir. ¿Qué es lo que no puede decirse?, ¿qué es lo que no puede decir el hombre que vive en constante condición de mediocría y que, al contrario, el poeta sí puede decir?

“En el primer movimiento me puse la soga.

En el segundo, ajusté el nudo.

En el tercer movimiento liberé mi cuello,

No pude cerrar la puerta de mis ojos,

Preferí componer música

Y escuchar partituras con los oídos de la piel”.

Debido a la cantidad significativa de aspectos constitutivos del ser humano que yacen entrañados en la región del ínfero, la labor del poeta consiste en desocultar por medio del habla y de la escritura poética todo aquello que ha quedado cancelado por el pensamiento dominante. De todas las verdades que Jorge Arturo desentraña del infierno y plasma por escrito en su obra Beethoven le habla al río Cupatitzio; sólo será mencionada la siguiente, que afirma el infinito; la necesidad de partir no de lo ya dicho, sino de lo no dicho todavía:

“En este breviario que nombra el silencio

no existe la última página. (Nunca se

escribirá, ni aunque todos estemos en

un rincón del infierno).

El futuro no es de la Voz,

sino del silencio”.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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