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EnsayoMisceláneo

El anhelo de la escritura

Por: Laura Karina “Puerquito”

Sólo tengo dos recuerdos de mi bisabuela. En el primero aparece ella en su silla de ruedas, con sus piernas blanquísimas llenas de venas moradas. Ella estaba junto a la ventana en casa de mi tía. Yo tendría unos cinco años, por lo que apenas mi altura llegaba a los reposabrazos de su silla. Fue la primera anciana que yo vi, seria y maquillada, con un porte que definitivamente no le heredé.

Lo segundo que recuerdo, también alrededor de los cinco años, es cuando me llevaron al asilo a visitarla. Mientras mi madre y mi bisabuela conversaban, me puse a caminar sobre unas jardineras de concreto que había en el patio. Acto seguido, yo brincaba de una a otra. Lo siguiente fue mi cara azotando contra la esquina de la jardinera, tronándome las encías. Entonces, mi madre me llevó al baño y me lavó la cara ensangrentada mientras yo lloraba viéndome al espejo. No sé si mi bisabuela ayudó en algo en mi curación, pero sé que estaba ahí, sentada en su silla, probablemente mirando mi sangrar desde algún rincón de su habitación. Obviamente no le dio gusto mi desgracia, pero, ¿le habrá importado? No sé si yo le significaba algo, ni lo sabré nunca. Ella falleció poco tiempo después y se llevó consigo cualquier interpretación fidedigna que yo pueda darle al asunto.

Y eso es lo que pasa cuando la gente muere; uno se queda a solas con las dudas.  En ese momento de mi niñez no tuve preguntas, pero conforme me convertía en una joven, mis tías y mi madre me dijeron en varias ocasiones que yo me parecía a la bisabuela.

“Ella era muy dramática, teatrera… siempre buscó ser el centro de atención”

Para la clase de niña-muchacha que yo era, tan errante y problemática, las comparaciones no me quedaban claras. Más bien, no me aportaban nada. Lo único que se me venía a la cabeza al imaginarla era esa escena de ella sentada totalmente erguida con el peinado perfecto y un arreglo que no pretendía esconder su edad, sino realzar esa belleza que se forma con los años. O al menos eso creía yo. Mi visión era tan limitada como lo puede ser la visión de cualquiera que no haya tenido oportunidad de conocer a quien está juzgando.

Hace poco mi tío-abuelo, quien fue su hijo, también murió, 20 años después que su madre. Ayudando a arreglar sus pertenencias, encontré algo. Algo que sigo sin entender por qué mi familia no mencionó antes, cuando hacían las comparaciones.

Mi bisabuela era escritora.

O más bien intentó serlo. Quienes piensen que escribir es solo un hobby, lo creen porque no se han sentido atrapados por el yugo enorme del deseo que conlleva. Ahora sé que mi bisabuela quiso con todas sus fuerzas ser algo que logró a medias, pues murió después de decenas de años de ser una burócrata. Digno sí, pero sin más que eso.

No sé qué fue lo que no le alcanzó. No sé si fue la vida, la disciplina o la voluntad. Y no saberlo me asusta. Porque, aunque acepto racionalmente que no puedo hacer nada más por entenderla, mis emociones ahora sí me dictan que hay mucho en común entre nosotras… y lo que temo es que yo haya sacado de ella el impulso artístico, sí, pero que sea una pulsión sucia y llena de defectos.

Y esto lo presiento porque, desde que aprendí a escribir, e intenté hacerlo de una forma más-o-menos-seria, he tenido una desagradable y constante sensación de inadecuación. Es como si no lo mereciera, como si la vida no pudiera ser lo suficientemente amable como para concedérmelo. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor simplemente sería incapacidad. Ansia sin dotes.

Pero aun con todas estas quejas, todo ha cambiado y tiene que ser forzosamente así, ya que ha caído sobre mi una nueva responsabilidad. Ahora sé y estoy segura de que el anhelo escritoril que he tenido desde siempre no me vino de la nada, no surgió conmigo. Lo heredé. Latía en mi bisabuela y ahora está vivo en mí. Y este deseo de honrar lo que fue de ella y que ahora sin querer me pertenece, es lo que me trajo aquí, a este instante en el que decido asumir la obligación de que tengo de hacer lo que me toca.

Y lo que me toca es escribir. Aunque la vida, la disciplina o la voluntad tampoco me alcancen. Pese a que se me reviente una y otra vez, ya no la encía, sino el corazón contra el pavimento. No hay más, no me queda de otra. Y si al final resulto inadecuada, al menos la sangre que derrame en el intento estará repleta con la esencia de ella. Y eso, más que consuelo, me brinda una tibia alegría.

 

ANEXOS, O UN PAR DE LOS TEXTOS QUE ENCONTRÉ

 

Ella era mi bisabuela, con su hijo.

Esta es la carta que le escribió cuando se supo embarazada de él.

Y aquí un concurso que ganó, recorte que su hijo guardó hasta el día de su muerte.

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SEMICH

Autor SEMICH

3 Comments

  1. Es un gusto enorme leerte, saberte en tu camino de esta manera auténtica, genuina…esto es tuyo, herencia que haces tuya al escribir desde dentro. Feliz por ti, por tus hallazgos.

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