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Narrativa

El primero

Por: Karen Silva Maldonado

 

No sé si comportarse como un idiota en una sala de cine sea razón suficiente para merecer que le corten a alguien la garganta en un estacionamiento. Aún así, eso fue exactamente lo que sucedió.

Había corrido los años sin ninguna novedad. Cada tantos meses me mudaba con lo indispensable dentro de una maleta, sin haber entablado relación con nadie que se preguntara qué habría sido de mí al llegar ese día. Siempre estuve atenta al dar la vuelta en cada esquina, antes de abrir la puerta de mi casa, al sentarme a leer en algún café; esperando que Él estuviera acechándome, pero no sucedió.

La vida que dejé atrás volvió a mí de la mano de un indigente que se acercó cuando estaba por cruzar la calle: “Hécate, sí, eres tú. Nos tienes que ayudar”. Cuando dijo “nos” se refirió a la humanidad. Al parecer hay ciertas consecuencias inherentes al ritual de la inmortalidad -además de la de destrozar la maldita vida del convertido, dejas frío al inframundo, que es el centro de la Tierra, y cuando éste se enfría se acaba la vida en ella, así de simple.

Bueno, tal revelación me convertía en la parcial responsable de la potencial extinción de la humanidad. Eso me hizo sentir culpable, pero lo que realmente me motivó a hacer algo al respecto fue el hecho de que, si se extinguían todas las formas de vida del planeta, solo quedaríamos Él y yo. He escuchado que todos tienen un ex al que detestan. Para fines prácticos, diré que esto es algo así, ¿me entiendes?

En fin, el inframundo se alimenta de almas, y para contrarrestar el efecto de mi conversión, estas debían provenir de sacrificios humanos. Estaba impactada, sí, tenía la misma cara que tú ahora. Le dije al mendigo que sí ayudaría y me fui. Solo se me ocurrió ir a algún lugar donde pudiera pensar. Era mucho por asimilar, incluso para mí.

Compré un boleto para la última función de la noche. Era una película belga o algo así, independiente, con una fotografía notable y un soundtrack imperdible, o eso dijo la chica de la taquilla, yo ni siquiera me acuerdo del nombre. Éramos cinco personas en la sala; ahí fue donde vi a este imbécil con sus gritos, flatulencias, eructos y además acosando a las dos chicas de la fila de adelante, incluso les lanzó un condón, todos dejaron la sala y solo nos quedamos él y yo.

Se levantó, me miró y dijo: “¿Quieres un poco de esto?”. Salí de la sala y él también lo hizo tras de mí. En el sótano me cortó el paso con su auto. Todo un imbécil: postura de imbécil, auto de imbécil y frases de imbécil. “¿Eres mudita? Te llevo a donde quieras”. No había ningún otro auto estacionado, ni cámaras; solo unas cuantas botellas rotas a un costado de su llanta. Tomé una, subí a su auto y, bueno, ya tú viste lo que sucedió después.

Se movía mucho, pateé la guantera por accidente y salieron todas aquellas fotos, el cuchillo y la cuerda; entonces te miré por el parabrisas apuntándole. No me ibas a disparar a mí; hasta pensaste que estabas por salvarme, ¿cierto? ¿Es algo relacionado con las fotos?

 

SEMICH

Autor SEMICH

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