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Narrativa

Relato – El último de los gigantes

Ilustración de LinaMexicana

Por: Laura Karina González

En esta vida siendo una chaparra —según la opinión pública, pues el espejo me proyecta otra cosa— una mira al común de la gente hacia arriba. A los muchachos se siente bien mirarlos. A las muchachas no, pues dan una sensación incomoda y larga, como de alfil de ajedrez. Sin embargo es mejor esa incomodidad a la de tener una chica más chaparra a tu lado, en un espejo, en un baño, donde la comparación te hace sentir como una jirafa deforme.

Volviendo con el tema de los muchachos, hay una clara diferencia entre un alto promedio y un alto gigante. Los altos promedios te abrazan con sus brazos pubertos. Los gigantes tienen brazos que les cuelgan inertes junto a sus caderas y si los abrazas no notan que hay un bulto pegado a ellos, un estorbo entre ellos y el mundo.

A los gigantes les queda la cabeza tan arriba que la depositan en el cielo. La enganchan —click— cual broche y jamás la desatoran. Luego, al corazón lo entierran atrás de las costillas, muy atrás de todo nervio y circulación, lo dejan en la oscuridad y enseguida lo olvidan. Es entonces cuando a una le queda escalar, bajar la montaña, tratar de desenterrar el alma del gigante atorada en el cementerio del cuerpo. Todo esto muy rápido, muy fuerte, al primer intento. Porque si no, ya te jodiste. Si no, solo te queda escalar las kilométricas piernas y buscar un lugar cómodo donde sentarte. No moverte. Esperar. No quejarte. Porque a los gigantes les molesta que andes jugando y deslizándote encima de ellos.

Les parece una falta de respeto.

SEMICH

Autor SEMICH

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