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Narrativa

Ensayo para perderlo todo

Por: Berenice Hernández

Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. Eso dijo mi padre cuando lo hallamos tirado en las escaleras de su casa. Graciela y yo habíamos ido a la visita trimestral y lo que menos esperábamos era encontrarnos con el bulto inconsciente adornando la escalera de caracol. Nada más verlo corrí hacia él y le pregunté qué le pasaba, cuánto tiempo llevaba en ese estado. Su respuesta fue esa: “Perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. No siento la pierna”.

Graciela puso en el comedor lo que habíamos llevado para almorzar, mientras yo cargaba en brazos a mi padre, como lo había hecho él varias veces conmigo. Subimos al auto y nos fuimos al hospital, donde el médico nos explicó que la pierna estaba fracturada, pero de ahí en fuera mi padre era un hombre muy sano a sus setenta y dos. Él, sin embargo, no dejó de argüir que se sentía muy mal, que su pierna había desaparecido, y le insistía al médico que lo revisara con mayor profundidad antes de que su cuerpo se fuera por completo.

La única opción que nos quedó a Graciela y a mí fue llevarnos a papá con nosotros. Yo me sentía sumamente apenado por haber abandonado a mi padre al punto de que empezara a perder la cordura, o fingiera ese hecho para llamar mi atención. Graciela no se sentía muy cómoda con la decisión que tomé, había sugerido que inscribiéramos a papá en un asilo que vio en un folleto del hospital, pero no logró convencerme.

Volver a vivir con mi padre fue una experiencia que sinceramente me incomodaba. Lejos habían quedado los tiempos en que el viejo y yo nos entendíamos y nos procurábamos cariño. A pesar de ello hice mi mejor esfuerzo para que se sintiera querido y se recuperara de su fractura. Los primeros días en casa continuó con la perorata de que se estaba volviendo invisible y que su pierna era más transparente que su mirada llena de legañas. Procuré convencerlo más de una vez de que las cosas no eran así, que simplemente estaba un poco lastimado. Le mostré los vendajes y los medicamentos que le habían recetado para su recuperación pero todo fue en vano.

El colmo de la invisibilidad de la pierna fueron mis discusiones con Graciela. Veía cómo se esforzaba pero llegaba un punto en que, desesperada, me pedía que al menos por un día dejara a mi padre solo y la llevara a bailar o al cine. No entendía que yo tenía que concentrar mis cuidados en él, que no era tanto porque estuviera mal físicamente, sino porque me preocupaba la estabilidad emocional y los sentimientos de fantasma que parecía tener. Ella dijo que entendía, soportaría estar en casa y ayudaría a cuidarlo con la condición de que en cuanto aquello terminara fuéramos a pasear y su suegro regresara a su casa.

En cuanto la fractura de mi padre sanó fuimos al hospital para que lo revisaran y con ello asegurar la vuelta a su casa y un día de diversión con Graciela. Inmediatamente después de que le hubieron quitado el yeso, comenzó a llorar y a decir que su pierna había desaparecido por completo, que ahora sí estaba totalmente seguro. Graciela y yo tratamos de controlarlo pero no quiso prestarnos atención. Sus lágrimas seniles ocuparon su rostro y sus manos nos empujaron para que saliéramos del consultorio.

Lo dejamos solo con el médico. Graciela, su mala cara y yo nos sentamos en los sillones grises de la sala de espera. Intenté tomar la mano de mi esposa para no sentirme tan miserable, pero ella la esquivó de un solo movimiento. No intenté decir nada porque no quería empeorar las cosas entre nosotros, así que fingí no darme cuenta de su rechazo y hundí la mirada en las manchas de aquel viejo sillón.

El doctor cambió el medicamento de mi padre. Ahora tenía que darle unos antidepresivos y pasar todavía más tiempo con él. Sería difícil cubrir los huecos que nuestra relación familiar tenía desde que yo me había ido de la casa y mi madre había muerto. Nunca me imaginé que mi padre estaría tan mal, tan a la deriva. Salimos de ahí llevándolo en una silla de ruedas; esa fue la sugerencia que nos habían hecho: el hombre, una vez acoplado y querido por Graciela y por mí volvería a la normalidad y andaría sin necesidad de un artefacto.

Una vez que entramos a la casa nos reunimos en el comedor. Graciela y yo intentamos hablar con mi padre y pedirle que se sacara de la cabeza la idea de que estaba solo y que no se podía mover. Quise decirle que su pierna seguía ahí, que la supuesta pérdida estaba afectándonos a todos. Mi esposa insistió de nuevo con lo del asilo, lo que provocó que mi padre se ofendiera y apesadumbrara aun más. Calmado, con la resignación moviéndose de un lado a otro, asida de su cuello, atinó a contestarnos que ya tampoco sentía la mano derecha. Graciela se echó a reír, enfadada, y salió de la casa dejándome solo frente al hombre que me había dado la vida. Admito que en ese momento compadecí a mi padre porque me embargaron unas ganas inmensas de desaparecer y dejarlo de verdad solo.

Graciela pasó unos días con sus padres. No tenía ánimos para las ridiculeces del mío. Por teléfono me echó la culpa de una situación que, según ella, se me había salido de las manos. ¿A mí? Si lo único que hacía era buscar lo mejor para mi padre, darle el apoyo que necesitaba. Discutí con ella muchas veces antes de convencerla de volver a casa. Es verdad que mi padre había estado un poco más tranquilo en su ausencia e incluso se había levantado de la silla un par de veces, pero no estaba dispuesto a decidir entre la salud de mi padre y mi matrimonio. Los tres éramos lo suficientemente adultos para llegar a un acuerdo, a pesar de la lucidez de mi padre, todavía puesta en duda.

Al volver Graciela papá no quiso salir más de la habitación. Pensé que tal vez se había dado cuenta de que lo que estaba haciendo era ridículo. Pensé que también estaría avergonzado y no sabía cómo pedir disculpas y enfrentarse al mundo. Era un como un niño indefenso que se ha quedado solo en medio del bosque. Más de una semana pasé dejándole comida en la puerta del cuarto y recogiendo el plato vacío horas más tarde, más de siete días continuando la rutina de subir a dejar los alimentos y el periódico para que papá no se desconectara del mundo, y no me había preocupado por verificar que tomara su medicamento. Me di cuenta de mi error hasta que Graciela y él se quedaron solos en casa, y al volver me preguntó con qué pulverizaba yo las pastillas. Me le quedé mirando y ambos, por instinto, subimos a verificar que mi padre siguiera con vida.

Tocamos a la puerta para mostrar la mayor parsimonia posible y que mi padre no reaccionara de forma violenta. No contestó. No intentó abrir a pesar de que le dije lo mucho que lo amaba. De no haber sido por Graciela, que se había hecho una copia de la llave, no habríamos podido entrar y apreciar el espectáculo que mi padre había preparado: lo hallamos echado en la silla de ruedas, traía puesta la ropa que usaba cuando lo encontramos en las escaleras y estaba hecho una mancha de mierda y orines. Graciela se tapó la nariz y dijo que buscaría con qué limpiar, mientras unas gotas amarillas se escurrían aún por las piernas de papá.

Lo primero que hizo fue pedir disculpas. Estaba completamente consciente de su aspecto pero, según sus palabras, los miembros no le respondían. Apenas era capaz de mover la boca, y lo hacía como si una parálisis hubiera atacado su cuerpo. Le pedí que se levantara y se dejara de ridiculeces. Insistió que no podía hacerlo, que en verdad estaba pasando: sus extremidades no eran más que un accesorio. Desesperado, sólo atiné a decirle que mi madre estaría avergonzada de su actitud, pero no pareció reaccionar. “Está pasando, hijo, estoy desapareciendo. Quisiera llorar pero ni siquiera eso puedo hacer. Lo único mío que queda aquí es esta voz, no soy más que un bulto”. Se aferraba a la estúpida idea. Mirándolo a los ojos le grité a Graciela que nos íbamos de ahí, ya se encargaría el viejo de limpiar aquel desastre. No podía más con la actitud infantil de papá, así que lo dejamos ahí, a expensas de la mierda que le decoraba las piernas y sin poder moverse, como su desbordante imaginación suponía.

Graciela ya me esperaba en el auto cuando salió el último “No puedo moverme” de los labios de mi padre. Le pedí que se callara y se olvidara de ese juego exasperante. “Gracias a tus estupideces estoy a punto de perder a mi mujer, papá”, le escupí en la cara, esperando que por una vez dejara de ser tan egoísta. Salí de ahí, deseando que de verdad desapareciera y nos dejara en paz.

Cuando volví, otra vez sin Graciela, mi padre ya no estaba. La silla y los orines seguían donde los dejamos. Todavía estaba molesto por su actitud, y porque pudo irse de la casa pero no limpiar. Sin embargo, también me preocupaba que fuera a hacer una locura. Subí de nuevo al coche y me dirigí a su casa, pensando en qué palabras serían las adecuadas para disculparme y pedirle cuentas por su comportamiento. Improvisé un discurso en el umbral de la puerta, y enseguida pasé, con la esperanza de verlo. Sólo me recibió el vacío que sentía mi padre gracias a mi abandono. En el comedor todavía permanecía el almuerzo que habíamos llevado aquella vez que originó todo. Estaba podrido y unas cuantas moscas sobrevolaban a su alrededor.

Todavía hoy pienso en mi padre. Recuerdo que luego de nuestra pelea lo busqué en hospitales, asilos, y pegué carteles con su fotografía en toda la ciudad sin obtener respuesta sobre su paradero. De vez en cuando discuto con Graciela y salgo a buscarlo; no me resigno a creer que era verdad aquello que me decía. Mi mujer dice que olvide todo eso, que mi padre ahora forma parte de nuestro pasado. No insistiré más en mi exploración. Caminar tanto me fatiga, y ya empiezan a dolerme las piernas.

 

 

 

SEMICH

Autor SEMICH

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