close
Misceláneo

Gendarmería

Por: Berenice Hernández

Llegó la Gendarmería. Pasan y pasan puñados de policías acá afuera. Voltean y siguen su camino. No les importo. Se asoman unos quince, una sola mujer, cabello platinado. Van pellizcándole la panza unos dos, jalándole los pelos otros. Ella ríe y la sonrisa provoca que se muevan las orejas y se deslicen los pasadores que apresan su boina. Yo la miro. Tuerce las caderas porque le hacen cosquillas. Se dobla toda. No deja de reír. Su risa es melódica, parece enamorar a sus compañeros, todos tras ella. Es la líder. Ellos también sonríen e interrumpen su canto. Por fin me notan, descubren la librería. Descubren, también, mis ojos impávidos atravesándoles los poros. “Vénganse, muchachos, hay que ser cultos”, dice uno, y los invita a plantarse con sus botas, a germinar acá adentro. Los miro. Inspecciono su espalda ancha, su manera de quitarse la gorra. Me muestran sus costumbres. Recorren el sendero trazado gracias a las mesas. Pienso a cuánta gente habrán pateado esas botas, cómo se llamaba aquel al que replegaron. Doy los buenos días. Responden brusco, parece que me escupen sus voces en la cara. Adiós a las cosquillas y al reír bonito. Ni ella ni los machos se interesan en nada. Los libros tienen miedo. A quién engaño: Los libros, la rubia y yo tenemos miedo. La Gendarmería sale cuidando sus espaldas, sin miramientos. De a poco los hombres se instalan en la calle. Sólo queda uno conmigo. Voltea. En la mano derecha trae su arma, en la otra El arte de la guerra. Lo veo hecha un nudo en la garganta. El cabrón me sonríe.

SEMICH

Autor SEMICH

Deja tu comentario