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Misceláneo

Gioconda

Por: Norma Maritza Vázquez

 

Mona se despertó cansada, más de cinco siglos de no decir la tenían harta, una vida rutinaria, mantener una sonrisa inoxidable, la depilación frecuente, y un pesado velo de castidad, su imagen estaba desgastada, desde hacía tiempo había empezado a odiar ser esa, la que estaba pintada. Definitivamente tendría que hacer algo, limpió la cocina después del desayuno, luego se acercó a Leonardo, quien en ese momento leía el diario, él giró la mirada y le sonrió con ternura, Leonardo seguía siendo un genio barroco, aunque ahora se dedicaba a los negocios. Quiero dejar Paris, quiero dejar de ser un cuadro en Louvre, dijo Mona. Leonardo la miró sorprendido: ¿De qué estás hablando?

Ven, le dijo ella, y lo tomó de la mano para conducirlo por el pasillo. Desde su creación hasta ahora, La Salpêtrière ha cambiado, sin embargo, no termino por sentirme cómoda, me molesta que sólo me autoricen las salidas al museo y que la mayor parte de las regalías sean en beneficio de este recinto, de la hospitalidad y la atención, no me quejo, de hecho el cocinero que contrataron actualmente ha mejorado los menús, adoro sus Big Steamed Mussels pero bien sabes que puedo durar meses sin probar bocado, por lo que una buena cocina no es una razón suficiente para quedarme, espero que mi sinceridad no te ofenda, sé que desde mi llegada a Francia te has hecho cargo de mí y me has procurado  extremos cuidados con la temperatura ambiental, la luz y el nivel de humedad para conservarme en perfecto estado, no obstante espero que mi fama haya retribuido tu generosidad con el reconocimiento merecido y una buena cantidad en tu bolsillo. Extrañaré tu buen sentido del humor, aunque sabes que mi sonrisa enigmática tiene más origen en el rubor que te causaba mirarme las piernas. Por otro lado, no dije nunca, las reglas aquí son ofensivas. Me he preguntado ¿por qué tanta rigidez en los horarios?, ¿por qué las puertas se cierran a las seis de la tarde?, ¿por qué las paredes tan frías? Si no fuera por ti, no permitiría que me tomaran como parte del decorado de tu cuarto. ¡Ah!, cuánta vida la de los residentes del pabellón de neurología, pero son arrogantes, sus voces son imperativas, no soporto su actitud en las consultas, temo que un día me salgan con que me trasladarán con el neurocirujano, espero entiendas cómo me siento, me iré, salta a la vista que no te agrada lo que te estoy diciendo, lo sé por la manera en que frunces el ceño, nada podemos ocultarnos, Leonardo, lo nuestro desde un inicio fue una especie de amor profundo, un amor cortés, una conexión telepática entre el artista y su obra. Siempre fuiste perfeccionista, pero eso nada te costaba, es tu naturaleza, en cambio a mí, llevo siglos con este mismo gesto, pero, sobre todo, este no decir es el que ha terminado por colmar mi paciencia, te confesaré algo, Paris no es mi sitio, nunca lo fue, pero lo que más quiero es que la gente deje de mirarme enmarcada, irme de aquí, ser una mujer anónima, decir lo que se me dé la gana, me voy, Leonardo, pero debes guardar el secreto o empezarán a buscarme, dame tiempo de llegar a la Parodia del Bosque sagrado, ahí decidiré lo que sigue, a ti quizá te haría bien volver a pintar, no lo sé, es un decir.

Por minutos, se hizo un silencio, luego entró el enfermero: Bon jour, Monsieur, ¿cómo se siente? Le tomaremos la presión arterial, hoy es un lindo día, abriré las ventanas.

Un brillante sol matutino entró e iluminó un cuadro vacío frente a la cama.

 

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Autor SEMICH

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