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Narrativa

Historia cíclica de la muerte

Por: Fernando Salgado

La miraba sin distinguir en sus ojos el miedo que nos rodeaba. Cuando estábamos en casa, veíamos una película de terror mientras el ambiente nebuloso salía de los resquicios poco a poco. Ella estaba tirada en la cama con su blusa azul ocultando sus lunas cafés, y entre el cobijo nuestros pies que se cuidaban del cansancio. Todo el vecindario se encontraba suspendido en el tiempo, y yo mirándola a ella, moviendo mi mano, serpiente de tierra, que se deslizaba dejando signos de piel; y sin otra forma de ver su cara, que se contraía llorando por los diálogos de los personajes de la película, sin otra manera de ver la realidad de sus piernas y su cabello planchado; su piel, que al contacto con el terror era dulce para diabético, me convertía en oscuridad a partir de lo negro de mi nombre.

Soltábamos las riendas de nuestros animales casi siempre por designio del placer. En ocasiones recibíamos visitas, las cuales se hospedaban en casa, y a propósito, solíamos encontrarnos más animales. En los siguientes días se incluían parejas o solitarios, para jugar a crear historias de suspenso que nos excitaran a todo lo largo y ancho del relato. Ella y yo salíamos de casa en dirección al centro, íbamos y regresábamos entre las calles para buscar algún videoclub. Ante tanto título quedábamos anonadados en ese pequeño lugar. La mayoría de los días nos buscábamos con menos intuición y más razón en asilo íntimo, muy parecido a caminar a ciegas o enamorarse de una forma instantánea.

Éramos cotidianos, a veces, cuando buscábamos bajar lo más fácil de desabrochar. Ambos tirados en la cama, sabíamos de la historia que nuestras bocas narraban al ver las cicatrices que recorren relampagueantes nuestros cuerpos. Entre los ruidos y juegos que circulaban en casa, estábamos aposentados en el cuarto final que lleva al pasillo. En ocasiones, ella me aventaba de la cama al piso con sus pies o se escondía detrás de las puertas para azotarlas en mi nariz cuando estaba desprotegido; en venganza de mi sangre escurriendo, escondía su calzado, también sus cosméticos para que mostrara su verdadera cara y se sintiera desnuda cuando caminara las calles sin su máscara de polvo, donde la vergüenza le daba achaques con cada mirada de las personas.

Tantas historias de espanto, que había en tantas bocas, nos atraían con un mismo idioma sensible, pareciéndose a un hilo conductor que nos jalara lentamente hacia lo inesperado. Al igual que los otros, nos empleamos en uno de esos trabajos lineales de oficina, llenos de papeles y datos que nos llenaban la cabeza de toda esa estadística que se asemeja a una colina de basura por toda su inoperancia. Era difícil abrir los ojos en las madrugadas, pero terminábamos calentando el café, para desayunar en silencio todos los días, como una tregua, igual o peor que una costumbre, en nuestra cocina compuesta de una mesita de madera multifuncional y tres sillas. Al cruzar la puerta de la casa, acostumbrábamos aplicar doble seguro y doble despreocupación a esa entrada para asegurar nuestra dignidad de no ser robados. La madrugada era a veces tan insegura con sus matices en el horizonte de las calles, donde caminábamos a un paso acelerado. En el trayecto nos encontrábamos con personas cargando su pasado en grandes cobijas, conservando el humor de los errores en sus ropas. Mirábamos igual que el que está frente al televisor, mientras pasaba debajo de nosotros el metro, con su luz blanquecina frenando en la estación subterránea. Cambiábamos de canal sin sentir lo que esos bultos, de huesos y sangre, vivían.

En las horas laborales dejábamos de lado el toqueteo y nos concentrábamos en escuchar; mirarnos y callarnos las faldas que llevaban las compañeras o los pantalones ajustados que uno u otro percibía en la oficina, para sentirnos intactos e inmunes a lo extremadamente normal, porque no se puede ser normal y sexual al mismo tiempo. Entonces optábamos por lo correcto, aunque fuera lo contrario para nosotros. Había leyendas de pánico que surgían de las personas del mercado, de cualquier autobús, de las salas de espera, del vértigo de los que se acercan unos a otros susurrándose… Lo sentíamos al pasar por estas partes somnolientas de la ciudad y al paso de los días: en nuestra casa, las vibras cambiaban igual que la temperatura. Lo que atrajo nuestra atención eran las risitas que en las noches se escuchaban detrás de la puerta de nuestra habitación, después habían sombras oscuras moviéndose en el pasillo que se detenían en la entrada de nuestra habitación para observarnos. En la bañera nos apagaban las luces, uno podía sentir una serpiente subiendo desde las piernas, lo que hacía que saliéramos corriendo. Una noche, la cortina del baño se abrió, se asomó un joven detrás de mí cuando me veía en el espejo, con su cara tiznada y sonriente, y me indujo literalmente un paro cardiaco.

Cuando nos cansábamos de estar juntos, yo iba a comer a la iglesia por su tranquilidad y porque nadie objetaba algo en contra; ella se quedaba en la oficina disfrutando de todo el cubículo, con toda la libertad espacial que podía encontrar.

Al principio del año las contingencias ambientales se habían disparado en la mayoría de las principales ciudades del mundo. La baja calidad del aire se podía notar a la vista y el agua era insuficiente, lo que ya se veía venir desde años atrás. Era cierto que ya comenzaban las amenazas de una nueva guerra donde revivirían a los muertos con el poder de la Divina Providencia, la cual, ya comprobada su existencia, comenzó una guerra campal acompañada de una búsqueda casi traumatizante. En cualquier lugar uno se podía dar cuenta por la gravedad que estaba pasando la humanidad, una crisis para los escépticos o una provocación del fin del mundo. En casa, por la noche, llegaba el final de cada día y cuando por primera vez vimos la tristeza y la inmutabilidad del entorno social, comenzamos a orar en silencio, para que el fin del mundo no nos alcanzara, e indiscretamente cruzábamos los dedos.

Caminaban los días y la seguridad espiritual no estaba siendo protegida por ninguna autoridad, ni tomada como un asunto relevante por ninguno de nosotros, me refiero a casi todos los habitantes de la ciudad o del mundo entero. De por sí ni a nuestros vecinos del edificio conocíamos; en realidad, la cantidad de nuestros amigos rondaban la veintena, y a los cuales casi nunca frecuentábamos; solo a los compañeros de trabajo que eran más de diez, y a algunos nunca les conocimos la voz porque siempre estaban empecinados en su trabajo. De manera que pensé que si estábamos tan alejados de las amistades, también habría personas en la misma situación o en una mucho peor. Esto no nos servía para protegernos como comunidad, pero tampoco estábamos obligados a hacerlo.

Lo más viral en las redes sociales eran los temas místicos, aparecían desde hechos realmente aterradores hasta otros que solo eran una farsa. Recuerdo el último vídeo de un hombre corriendo en la calle a altas horas de la noche, decía que lo estaban siguiendo y que sentía mucho miedo; paró por un momento su marcha, entonces enfocó la cámara hacia atrás y solo se mostró una calle deficiente de luz y una sombra que no se distinguía si era de una persona o una lámpara; el hombre le gritaba que se mostrara y volvió a enfocar hacia el mismo lugar; la sombra que se encontraba estática se movió y se mostró como un payaso corriendo hacia él. En ese instante terminó la grabación. Yo no podía creer que algo así sucediera, pero este mundo era tan imprevisible.

Nosotros siempre tuvimos agudeza para ver la ceguera de la vida. Las personas a lo largo de sus aprendizajes, están propensas a ver sombras que son provocadas por el temor, a veces, la tradición familiar hace creer la existencia de otras vidas que caminan, se confunden y nos hablan, pero lo nuestro es distinto. Si toda la vida hubiéramos visto a los fantasmas que las personas llevan encima, la locura nos habría comido, porque nadie creería que tiene a su padre colgado de su cuello. Lo que sí, es que tuvimos suerte para los sustos, se nos aparecían en cualquier momento, en cualquier lugar. Nos acostumbramos, nos excitamos, pero todo llega a un límite.

Las apariciones que no tenían ningún parentesco con nosotros, se entrometían en nuestra forma de hablar la verdad, nos hacían tartamudear en las juntas y al pasar unos días estábamos en un estado de shock. Al llegar a la entrada de la casa, bajábamos la mirada y no hacíamos más que afirmar que estábamos excitados por tantas figuras que surgían, y a la vez aturdidos porque esto no era un juego, y por más que nuestros gustos fetichistas nos mantuvieran soportando la realidad, sentíamos miedo.

La adrenalina se dispersaba en la cama fluyendo por placer en nuestros pechos. Nos era cercana la muerte. También las historias de asesinatos, de mujeres que arrastraban amarrados con lazos a sus hijos; de demonios que se llevaban la virginidad de las niñas sacrificando a esas vírgenes sin hijo milagroso. El miedo era un ambiente que suspendía toda idea normal; el pan de cada día. Ella me abrazaba y acercaba sus senos redondos a mi pecho; le hablaba a Dios moviendo sus labios detenidamente y sus manos se postraban en las mías para comenzar a rezar: Padre nuestro…

A ella, ya no le gustaba este juego tan bien elaborado que le hacía dudar de la realidad. Sentíamos que la habitación era un refugio contra todo lo extraordinario que nos pudiese habitar, contra el fin de lo que conocemos, el fin del noticiario y el otro fin: cuando terminábamos cansados en la cama.

Con constancia intuíamos el respiro de lo misterioso como si fuera un soplo azaroso en las orejas. Los días no eran para escribir una carta de suicidio ni mucho menos para saber que nuestra vida era una historia de terror; estaban para darnos la oportunidad de disfrutar de nuestros cuerpos y sentir, a cada instante, cómo nuestras emociones se manifestaban en los días de descanso, y después esas vacaciones se postergaron porque ya no había trabajo. Por eso la desnudaba y me desnudaba, entrábamos juntos a la bañera para que corriera el agua en cada parte de nosotros. Mis manos se convertían en río poseedor de una corriente exhaustiva que subía por sus senos y después desembocaba en la presa de su cadera. Un día cuando la cargaba hacia la cama para humedecer sus tierras, la aventé al colchón y al lado de ella había una persona partida a la mitad que comenzó a gritar; le tomé de la mano y salimos corriendo de la habitación para descansar en la cocina. Aunque la sensualidad era una erupción, poco a poco las grandes tormentas nos iban fundiendo hasta que toda práctica sexual nos causó asco.

No es que hayamos leído demasiado a Lovecraft por las noches, es que en realidad estaban surgiendo figuras que no comprendíamos; no era un susto normal, ¿eran demonios, fantasmas, muertos vivientes? Ahora, eran nuestras historias las que nos quitarían las ganas de ver la tevé y los programas paranormales, y también eran las que no podrían contarse ya en otro tiempo.

Sin pedirlo, un hombre obeso apareció en la bañera cuando la buscaba a ella para recordar el coqueteo. La casa, solitaria, sin olor a comida, oscurecía en silencio. Di los primeros pasos, cuando escuché el suave sonido del cierre del grifo sabiendo que era del baño. Me acerqué, bajé mis pantalones con cuidado para sorprenderla y entrar. Al llegar al cancel sentí el aire frío, tan parecido al que hubo cuando ella abortó en la cama a nuestro hijo. Recorrí la puerta y allí estaba el gordo hurgando en la repisa. Olía a muerte. No había ruido y mis nervios inquietaban mi pulso. El hombre era la muerte y no sabía que yo estaba mirándolo. Al verme se cortó el cuello con una navaja para rasurar, lo hizo fuerte y seguro haciendo que su piel comenzara a tirar chorros de sangre. Vi su cara hasta que un tropiezo mío lo hizo voltear. Di la vuelta para correr con mis pantalones abajo, sentía que perdía la vida en un instante sin siquiera asimilar lo sucedido. Con el cuello desollado corría ante mí con cara de susto, con cara de regalar temor sin medida. Sin pensarlo dos veces, fui a protegerme dando brincos a la primera habitación. La casa se llenó de gritos y de noche.

En el cuarto la encontré. Allí estaba ella asustada, con cara de terror. Asombrada, se acercó a mí golpeándome la cara por haber llegado tan tarde para ayudarla a salir de casa. Después comprendió que si seguía, nada valdría la pena y comenzó a recorrer el sofá hacia la puerta. Juntamos más muebles y otras cosas para atrancarla con seguridad mientras el hombre la golpeaba con violencia.

¿Qué estaba pasando?, ¿por qué en todas las casas se escuchaban gritos? Yo solo la miré y volteé callado hacia la ventana; la historia del mundo se caía a suspiros. Entonces ella comenzó a suspirar sentada en la cama, reflexionaba algo profundo o tal vez intentaba reaccionar ante aquellas absurdas situaciones que parecían temas exclusivos de cine de terror. Yo no tenía palabras para dar una explicación a lo evidente, estaba tan asustado como ella. La luz estaba cortada en el edificio y la calle solo contaba con el alumbrado público, amarillento y titilante, que volvía ese instante más tétrico. Mi cuerpo temblaba y el de ella estaba hermoso…

Raúl, dime algo, ¿por qué hay un tipo intentando entrar al cuarto? Lo mismo me pregunto, le respondí. Contesté con el edificio vacío que tengo dentro haciendo escuchar el eco de mi inseguridad. Cuando llegué pensé que me estabas esperando en la bañera y lo encontré allí. ¡Me atacó! Le decía eso al momento de tomarla de los hombros. Así es como llegué aquí contigo. Y ahora ¿qué vamos hacer? Le dije que el mal estaba desatado. Bajo la luz de la calle que llegaba con poca intensidad, me acerqué a ella y la abracé; ella estaba en ropa interior. Así que en silencio comencé a deslizar sus bragas hasta sus rodillas mojando mis dedos del miedo que nos rodeaba. Le dije que la quería, mientras sentía que su piel sudaba. Levanté la vista y vi su cara con lágrimas en sus mejillas. Ella asentía, sin disgustarse; solo asentía en el combate de esta situación fatal. Mis dedos tocaban sin culpa sus areolas, otros se metían entre sus labios y comenzaron a hacerle el amor. Mientras la tocaba, ese fantasma estaba golpeando la puerta como loco. En ese momento, la cara de ella era la de un antílope muriendo en el bosque del cazador herido.

El edificio parecía desolado. Solo con oír los lejanos gritos sentía que nosotros también estábamos lejos de la vida. La noche transcurría sin miedo. Cada hora era un ladrido o un quejido, era el lamento de las flores de este campo marchito.

Cuando surgió la mañana, tenía una buena carta de presentación y cierta tristura que se respiraba en el suspenso evidente. Nunca nos cobijábamos cuando dormíamos con el calor incómodo de la primavera y ese día no fue la excepción. Abrí los ojos, ella estaba en la ventana; parecía haber tenido mucho tiempo viendo el desastre de la noche anterior. Tenía su cabello despeinado y una blusa que no tapaba sus hombros. Los ruidos se habían disipado por completo, sin darnos razón para seguir vivos. Estábamos los dos juntos hasta que la muerte nos separase.

Después de creer lo que vimos, comenzamos a hablar y en la primera sílaba de ella, alguien tocó la puerta, luego comenzaron a tocar en los demás departamentos del edificio. Eran golpes que sonaban como una alarma, que se extendían por todo el lugar.

Alguien comenzó a susurrar nuestros nombres. Yo le preguntaba a ella si lo escuchaba y ella me decía que no la nombrara, que le daba miedo. Nos encontrábamos en la boca de algo siniestro. Era una señal parecida al cambio de temperatura que da paso a una catástrofe. En verdad se estaba terminando el mundo.

De nuevo comenzaron a escucharse gritos y los golpes en las puertas cesaron. La vi con cara de alegría diciendo con los ojos que había más personas. La observaba mientras los gritos daban paso a un movimiento brusco en el suelo que tiraba las cosas de las paredes. Pensamos que sería corto el movimiento telúrico, pero el miedo se transformó en paranoia e instinto de supervivencia. La tomé de la mano y la acerqué a la ventana; agarré una silla metálica y destrocé la estructura para poder salir. Con el impacto de los golpes el vidrio cayó en pedazos al piso.

Claro que la muerte era un acto natural, pero nosotros nos empecinábamos en sobrevivir. Corrimos a la ventana sin precauciones y de nuevo nos quedamos asombrados. La calle estaba plagada de figuras maniáticas; el cielo infestado de demonios con sus alas planeando el aire; el aire sucio. Antes de que nos cayera un mueble de gran peso, la agarré a ella y la aventé al vacío. Yo tuve algunas complicaciones porque el edificio comenzaba a desgajarse. Pude aferrarme a la ventana, pero no salté, caí con toda la pared desde el cuarto piso.

La forma de acabar con todo era ésta, fácil y dinámica. Fue un acto que parecía fotografía del año. Mientras saltaba, otras personas lo hacían desde sus ventanas con el cielo que se había tornado rojizo. El miedo nos daba más segundos en el aire. Nos movíamos con todo el derecho a morir mientras veíamos las sombras que se movían en el cielo. Ya no nos encontraríamos en otra situación hollywoodense, ni en la central de autobuses, ni en el aeropuerto. El impacto no fue lo decepcionante. Sí morimos, sí salió sangre a chorros, sí cerramos los ojos al morir. Pero despertamos muertos, salimos de los escombros y nos encontramos en el mismo lugar.

Yo estaba mirándola a ella acostada en la cama. Me levanté con dificultad y salí de la habitación. En el pasillo me percaté que el edificio estaba partido, destrozado. Regresé a mi cama, me eché las sábanas encima y comencé a reanudar mi sueño, en el que estábamos vivos.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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