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Reseñas

Inventario del crimen de Gerardo Farías

Por: Gunnary Prado

Teniendo todo para ser criminales nos conformamos con ser santos. A veces, muy pocas veces reconocemos nuestro crimen y rápidamente lo ocultamos a los otros, al espejo, a la memoria.

Si como el autor afirma, crimen es “tomar una decisión” o “poner en crisis”, entonces el crimen es una obligación y la criminología la verdadera filosofía.

Este Inventario del crimen o de los crímenes es una especie de parte forense donde el escritor ha puesto al trinomio sagrado indivisible “victima/circunstancias/victimarios” a la altura de una mitología personal: el filósofo, el viejo, el niño, la princesa, los enamorados, el sacerdote, el padre o madre, el agresor sexual, el pobre-la rica, el amo y el esclavo, los ángeles, Cristo mismo, todos son víctimas porque son su circunstancia. En esa circunstancia lo obvio salta a la vista, no hay víctima sin victimario: el mimo que muere en su caja imaginaria frente a un público indolente; un dios perverso que le ha dado a su hijo unos seres humanos para que pase esta eternidad sin aburrirse demasiado; voyeristas de la carne y la pasión; amantes sin valentía que se pudren; hasta unos imitadores de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares salvando a Pierre Menard del olvido. Todos ellos grandes crímenes, grandes decisiones, grandes crisis, en pequeñas ficciones.

De cómo se ha abordado el género se pueden decir muchas cosas: sí, efectivamente, estamos frente a la brevedad, y también frente a la condensación que exige que una como lectora participe activamente en el trazado y rellenado de las elipsis necesarias para dar con todo el sentido. También observamos aún presentes las reminiscencias de la fábula y la parábola. Finalmente, la intertextualidad es forzosa.

Este punto me parece el más interesante. En más de una ocasión, en las conversaciones con Gerardo, ha salido al paso el problema de la originalidad frente a la intertextualidad. Él ha afirmado categóricamente que no existe tal cosa como “algo original” en la literatura, todo es intertextualidad. Yo sigo teniendo mis reservas frente a dicha afirmación. Me rehúso a creer que el reciclaje, el pastiche, la paráfrasis, el rizoma, la apropiación y todos los símiles sobresalen por encima de la imaginación, la invención, el mundo interior, la visión de mundo.

El propio Gerardo tiene ejemplos de ambas en su libro. Sin intertextualidad no se entiende algo como este texto:

Tomás, el apóstol

Cada vez que un dedo se incrusta en una vagina, la incredulidad desaparece.

Y podemos encontrarnos gestos como este en varias ocasiones a lo largo del libro.
De repente aparece esto que no se explica más que desde el imaginario personal del propio autor:

Tragedia blanca

El niño salió al patio y vio la nieve por primera vez. La levantó del suelo y luego la puso entre sus brazos. Comenzó a llorar desaforadamente. Su mamá salió y le preguntó qué le pasaba. Su pequeño hijo levantó unos pedazos de nieve con sus manitas y le dijo:

—Mira, mamá, las nubes se cayeron… ¿Qué pasará si se cae el sol?

Es interesante observar que ahí donde la intertextualidad precede al microrelato o microcuento, hay un humor del tipo de la ironía posmoderna. Pero donde flotan los temas del autor verdadero, encuentro, más que ironía, humor negro o parodia; ternura, reivindicación, gratitud, compasión por los ajenos. Les muestro:

Ayuda metafísica

Cuando un delincuente anda suelto por la calle es peligroso. Pero más peligrosas son las almas de los muertos que rondan este mundo buscando que alguien les asegure que no han muerto. Han encontrado miles de formas para comunicarse con nosotros, sólo necesitan que alguien les diga: “No te preocupes, no estás muerto”. Eso siempre los tranquiliza, les da paz, aunque ambas partes sepan que es mentira. Entonces, la próxima vez que escuches el rechinido de una puerta, el crujir de una hoja seca, o el ronquido de quien duerme a tu lado, ya sabes qué decir: “No te preocupes, no estás muerto”.

 

Inclusive, me atrevo afirmar que la generosidad hacia los lectores va más allá de lo literario. Al final la invitación es a que inventes (¿hagas inventario?) de tus propios crímenes. Lo que no sabe el escritor —y no debe, ya que es tarea de la lectura propiamente dicha— es que en el transcurso del libro no es posible evitar pensar: este es aquel. (Este crimen es el mío y este otro lo será algún día) Así es como este inventario del crimen ya no es de él, es de cualquiera que se atreva a ser criminal, es decir, aquel que se atreve a tomar decisiones; y no conformarse con ser un santo, aquel que no hace nada.

 

SEMICH

Autor SEMICH

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