close
PoesíaReseñas

La fiebre y los gatos. Un comentario sobre Fiebrerías, de Armando Salgado.

Por: Cecilia Juárez *

 

¿Me extravié en la fiebre?, se pregunta Oliverio Girondo en el poema “¿Dónde?”. Es una pregunta que nos habrá atacado a todos en cierto momento, robándonos el sueño y dejándonos caer desde lo alto: la fiebre como un planeta donde viven las versiones tormentosas de nosotros, ese lugar donde las cosas crecen, ese instante del espacio donde se invocan dioses que se esfuman de un segundo a otro. Y puede ser que alguien se pierda. O se encuentre. Ambas posibilidades aparecen de la mano de Fiebrerías, la diablura número trece de la colección nacional de poetas de esta editorial en crecimiento.

La obra de Armando Salgado está detenida en ese escalón antes de llegar al culmen de la carne que dice su nombre y deja de ser lo físico para transmutar en algo mucho más allá, algo cercano a un pliegue divino. El riesgo de recorrer esa fiebre como un viajante existe siempre y va de la mano con el telón de fondo de los Los autonautas de la cosmopista, ese libro de viaje que Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop hiciesen antes de morir, recorriendo la autopista de París a Marsella.

Fiebrerías está compuesto por dos partes: “Fiebrerías de un gatopista” y “Desnudez cortada en mar”. En el comienzo encontraremos un cajón de imágenes sólidas:

Juego a la ruleta rusa. Agito el ruido del océano: mi cabeza gira como un revólver y el mar se inhala tan rojo al reventar mis venas frente al despeñadero.

 ¿Acaso no es esa la sensación? ¿Dar vueltas como algo no vivo que, además, tampoco obedece a la voluntad? En todo caso, la semántica de Salgado es percutiva, agitada, nos recuerda el estado de febrilidad que evoca en la cabeza paisajes surrealistas. La fiebre tiene vastos territorios (Peggy Lee cantaba que le daba fiebre cada vez que su hombre la apretaba fuerte o la besaba):

 

La fiebre palpita

Soy un gato que pernocta (ola de tus muslos)

 

La fiebre y sus vastos territorios –además del de la enfermedad, la respuesta inmunológica del cuerpo ante un ataque– se van desvelando en una danza de tantos velos como páginas; el velo del erotismo, por ejemplo:

 

Ser poeta. Calentar cada instante:
manos
cama
coxis
pantorrillas

 

Junto a la fiebre, está escondido un gato. La “gatopista” de Salgado, ese entramado inspirado en la cosmopista de Cortázar, parece ser un átopo, un país sin lugar geográfico, un reino que vive sólo en el sonido que produce el roce entre dos cuerpos y que está inspirado en la figura del gato, ese animal amado y odiado, perseguido y cobijado. El gato, a diferencia del perro, se autodomesticó, nunca fue atraído hasta los territorios humanos por la mano de un amo benefactor, sino por su propio instinto de sobrevivencia (donde había humanos había agricultura, por lo tanto grano, por lo tanto roedores, por lo tanto, alimento); el gato, símbolo de la fertilidad para los escandinavos, de la divinidad para los egipcios, del nacimiento para los hindúes, implica también a nivel semántico, sensualidad, independencia:

 

Gata, la mía. Te dejo mi plato, mis cuadernos,
mi bola de estambre. No soporto verte mirándote
las uñas. Extrañaré tu flexibilidad, tu tacto de espuma
los rasguños que afilabas con mi espalda…

 

Lo nocturno se identifica con el tiempo del acecho, el sueño, el lado oscuro, el silencio, la cópula felina. La noche ha sido también momento para amar, por tanto, la carne del otro en el intento infinito de llegar a lo sagrado, a ese momento en el que suenan las campanas como bien nos lo enseñó Linda Lovelace en Garganta profunda… “La iglesia de tu cuerpo/ tiene campanas con forma de pezón…”.

En la segunda parte del libro que Salgado bautizó como “Desnudez cortada en mar”, el autor se mueve cómodamente a través de la prosa poética. Si bien en “Fiebrerías de un gatopista”, la primera parte de este libro, el tono coqueteaba con la secrecía lúdica, con el soplo de lo privado y el momento de lo sensorial, en esta segunda parte hay una manera más pública de decir las cosas, algo parecido al acoplamiento matutino. El lenguaje va descubriendo surcos distintos y la voz parece moverse cómodamente entre sorpresas semánticas:

 

Cuelgo la camisa, me quito la cabeza, entierro mis manos junto a ti. Nace la deriva –tu ropa interior inhalando mi nariz–. Te dije que dejaras Farabeuf, el Marqués de Sade era suficiente…

 

Anamari Gomís escribió en alguna ocasión en “Erotismo y escritura en Farabeuf” que Elizondo mostró en esta obra un claro interés por el lado oscuro de las cosas humanas y, además, hizo lo erótico subversivo con un concepto clínico de lo sexual. La distancia que habría que recorrer entre la subversión y la perversión contenida en los textos de Donatien Alphonse François de Sade es larga, por lo menos cuando hablamos de resignificar una relación amorosa entre cualquiera de esos dos sitios abismales.

Por supuesto, en esta segunda parte se une a la lista otro símbolo, el mar:

 

El océano en forma de cangrejos entra por mi fosa nasal. Elizondo muerde tu escote. En Valparaíso arrancó la raíz de nuestra orgía –mar con cuatro cabezas–…

 

Jean Chevalier dice en su Diccionario de los símbolos que el mar está asociado con el origen de la vida, todo sale de él y hacia él vuelve; es el lugar del nacimiento, la transformación y el renacimiento. Al igual que los viajes, las aguas móviles guardan en su naturaleza la propiedad de cambiar la estructura de las cosas. Salgado oferta este libro como su forma de arrancarse una piel vieja y atraer con ello el nacimiento de la nueva piel que habrá de cubrirlo durante un tiempo indefinido, ese tiempo en el que tendrá que completar un libro distinto y un proceso similar. Otro viaje. Otro cosmos.

 

* Cecilia Juárez nació en México, en 1980. Estudió literatura en la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha publicado: Muerte para el coño dorado de Lavernia, (Mirabilis, 2006); No te desanimes, mátate (Diabluras, 2013); Bar Karaoke (Mirabilis, 2014); Lobos en un corral de lobos, (Mantra, 2016), la plaquette No estoy lista (El Humo, 2016) y “Fábulas serie B” (Diablura, 2017). Ha sido incluida en diversas antologías de poesía. Poemas suyos han aparecido en revistas como Vice y Picnic. Es locutora, guionista y productora de radio.

 

SEMICH

Autor SEMICH

Deja tu comentario