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Narrativa

La muerte de Tristán

Por: Nan Martínez

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda, desde el palco balcón la orientación de las luces favorecía mi silueta. Una mujer de no menos de treinta años. La piel de mis brazos permanecía fresca. El rostro terso; la nariz afilada, casi infantil. Mis pestañas castañas y la melena rizada.

Desde su butaca un hombre muy joven me miró sin recato, mientras lo hacía atesoraba una inquietante luz en los ojos. Comencé a sentir incomodidad, una picazón detrás del cuello. El joven me pareció tan familiar, fue como viajar diez años atrás. Moví el brazo de mi esposo y le pedí un cambio de lugar para mejorar el panorama.

Wg. anheló tenerla entre sus brazos, aunque fuera en alguna vida pasada, porque en esta ninguna mujer siquiera lo volteaba a ver, era tan flacucho e inexperto. Imaginó comenzando con el cortejo y por fin ser digno del amor de aquella mujer, se soñó su marido, sonrió al sentirse dentro de un sueño de amor efímero.

Del extremo opuesto Esteban observaba con mirada dura la cara tan patética del embrutecido joven. Escondido tras la sombra de una pilastra volteó hacia el balcón y le llegó el recuerdo del desastre.

Al concluir el segundo acto cerré los ojos y recordé el par brillante. La tensión creció, una línea imaginaria en el aire unía los recuerdos que me anudaban la garganta. Salí muy rápido arguyendo un retoque en el baño. Mi butaca quedó vacía y el joven salió por el pasillo trasero.

Enseguida Esteban se levantó mientras esquivaba las butacas como un sonámbulo. Ambos se aproximaron al verla entrar al baño, como si durante los últimos diez años uno de ellos no hubiera sido un miserable.

Al entrar al baño vi mi rostro en el espejo, estaba pálido, los ojos redondos como platos, retoqué mis pestañas, empolvé mi nariz, el corazón latía demasiado rápido. El destino es cruel, pensé, los recuerdos del pasado se hacen presentes, no creí volver a encontrar una mirada tan intensa como mi amor de hace diez años. Amé con locura.

Me toqué los labios, de nuevo sentí la resistencia que opuse durante meses a sus besos. Pero el deseo y la convicción en la mirada de él encendían mi fuego interno de mujer. Fue en sus brazos que sentí conocer la protección. Con sus palabras coloreó mis tardes grises. En las fiestas reíamos con los amigos. Durante las noches dormí con una sonrisa al pensar en él, en Esteban. Al comenzar a soñar imaginaba sus manos acariciando las mías, haciéndolas sudar por el nerviosismo de la primera vez. Luego me aferraba a él con fuerza, escapábamos juntos, a mis padres no les importaba su bajo estatus social. Soñaba que iban pasando los años. Él extendía su brazo durante cada caída en cada escalón con que nos retaba la vida. Fueron tan reales los sueños, por las mañanas la sensación era la de un recuerdo.

Llegó el día en que le dije que sí, éramos novios y dábamos la vuelta a la plaza, paseábamos de la mano frente a todos. Pero comencé a alejarme de mí, vivía en una esfera de amor en donde giraba sólo pensando en él y todo giraba por él, ya no podía vivir sin la idea de pertenecerle un día completamente y luego por siempre.

Las inseguridades comenzaron a brotar en mí y Esteban se dio cuenta, perdió el interés, parecía que le era imposible dejar de coquetear con cuanta mujer de apellido y fortuna se le apareciera enfrente. Pero yo seguía cegada por la ilusión de un futuro juntos.

Una noche sentí la frialdad en su abrazo, en mí entró una desesperación al saber que algo no andaba bien. Enseguida me preguntó qué tenía, le respondí que nada con una sonrisa forzada y falsamente acarició mi frente. Aparté su mano y con dolor volví a ver sus ojos para darme cuenta de la dureza que ahora existía en ellos.

—Ya no me quieres —le dije. Al escucharme se indignó, pues no era la primera vez que se lo decía. Se molestó mucho, me hizo sentir patética al ser yo quien soltaba la primera lágrima.

De un golpe él se paró y dijo estar harto de “estas cosas”.

Apoyada en el sillón no podía aceptar el silencio sepulcral y la presencia obligada así que contesté con un “como quieras”.

—Me voy… Que seas más feliz…, otra vez —sentenció Esteban.

El peso de mi alma desplomó mi cuerpo sobre el sillón, él se marchó.

Justo igual que hacía diez años ambos saborearon sus nombres en los labios, detrás de la puerta del baño. La prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que ambos querían olvidar.
Fin del idilio.

¿Cómo pudo pensar Esteban que podría volver a tomar lo que hacía diez años había ultrajado? Ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido en sí y acababa de perder con Inés la felicidad de poseer a quien ama como la primera vez.

 

Cuento inspirado en “La muerte de Isolda”

Sinopsis de “La muerte de Isolda”: La historia cuenta la ruptura de una pareja debido a que el amor de él disminuyó. Al tratar de solucionarlo se da cuenta de que es demasiado tarde pues ella está muy dañada y años más tarde surge un reencuentro en donde es imposible la reconciliación.

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Autor SEMICH

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