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EnsayoMisceláneo

Lectores y bibliófilos: mi experiencia como librera

Por Berenice Hernández

Desde que era una niña me gustaron los libros. Lo he dicho siempre: tenía una fascinación por aquellos que hablaran de científicos famosos, de experimentos y de niños que tenían que enfrentar problemas y resolverlos con ingenio. Me sentía identificada con Tom Sawyer y estaba enamorada de Galileo Galilei a los nueve años. A pesar de mi gusto por la lectura, eran pocos los ejemplares que tenía en mi biblioteca, así que leía y releía las enciclopedias que mi padre tenía en su librero y me emocionaba cuando respondía correctamente los “¿Sabías qué?” y las trivias que incluían algunas de ellas. Ya en secundaria, mi hambre lectora se fue saciando con libros prestados y textos escolares, al igual que en la preparatoria, donde pasé mucho de mi tiempo encerrada en la biblioteca leyendo, escribiendo o haciendo tareas.

Con el tiempo y la educación que me dieron en la escuela y en casa comprendí que los libros y la lectura pueden dejarte un gran sabor de boca y un conocimiento infinito, pero también tienen su lado oscuro: gracias a ellos se plantaron frente a mí algunos problemas que ni el más quijotesco personaje podría ayudarme a resolver, o quizá simplemente en aquellas ocasiones no tenía ni la fuerza ni la valentía suficientes para enfrentarlos. Ahora pienso que si hubiera sido Jean Valjean mis problemas serían otros.

Después de la universidad comencé a trabajar en una librería donde me sentí arropada. Quien es lector sabe que tener montones de estantes, libros alrededor y conocer gente con quien compartir las lecturas es lo máximo. Supongo que algo igual lo han de pasar los pamboleros o los coleccionistas de sellos postales, pero la cosa es que no conozco a ninguno. Pues bien, durante mi estancia en la librería aprendí más de lo que mi cerebro hubiera querido almacenar: conocí desde niños a los que no los dejaban ver los libros, hasta profesores de historia del arte que los tocaban como un entomólogo acariciando a sus insectos.

Tras meses ahí, me fui acostumbrando a que llegaran clientes que no saben identificar lo que es una librería. El problema de la poca lectura en México se dejaba ver en pequeños detalles como ese: entraban preguntando si había copias, lapiceros y hojas de colores. Incluso una vez un hombre me preguntó si vendía candelabros. Por increíble o cómico que parezca, situaciones así hablan del desconocimiento que se tiene en cuanto a la función “real” de una librería y más aún de un libro.

Se cree, de manera equivocada, que librería y papelería son sinónimos y que esta última tiene fines más “prácticos” para la vida. Enfrentarse al mundo con unas tijeras en la mano siempre será más funcional que conocer la Tarumba de Sabines o los Hombres necios de Sor Juana.

Las ventajas de un trabajo como el que tuve (hace unos meses ya no laboro ahí) son muchas, además de la posibilidad de leer los ejemplares que por economía te resulta imposible adquirir. Pude ayudar y lo digo sin presunción, a mucha gente que no tenía idea de lo que estaba buscando pero su mente le “exigía” leer. Pude completar bibliografías que algunos clientes requerían para sus tesis o colecciones, y pude ayudarme a mí misma a saber en qué quería enfocar mi conocimiento literario. Supe, gracias a tantos y tantos clientes que se atravesaban en mi camino, que eso de los spots a favor de la lectura, que más que invitar te enjuician por no saber leer o no hacerlo, es igual a gritarle a un mueble que se acaba de plantar enfrente tuyo y te impide el paso. Los no lectores hacen oídos sordos a las peroratas que “los otros” les hacemos. Ni el maestro ni los padres ni los libreros podemos obligarlos a que se apasionen con algo que no les llama la atención en lo más mínimo. Y es que sí, si dejamos de lado el toque mágico y cursi que se le da a la lectura, en afán de ser más objetivos nos daremos cuenta que “ellos” nos ven como individuos con mucho tiempo de vida desperdiciado en hojas y hojas llenas de tinta.

Leer, también lo aprendí, no nos hace ni mejores ni peores personas. Tuve clientes muy ricos que gastaban más de 2mil pesos en una visita a la librería y sin embargo de su boca no salió un “buenos días” o un “gracias”. Otros que, por ejemplo, llegaban con aires de eruditos y exigían que mis lecturas fueran las mismas que las suyas, que mis conocimientos y los suyos partieran de un solo cerebro bifurcado. Y hubo los peores (porque las cosas siempre pueden ir de mal en peor, diría Rulfo), aquellos lectores frustrados que no estaban interesados en hablar con una empleada que además era mujer, que además no era la dueña, que además no sabía lo mismo que ellos y que para colmo no estaba autorizada a hacer rebajas. La misoginia y el clasismo se vivían más de una vez al día en aquel lugar, a pesar de la imagen culta y respetuosa que se ha querido vender de los lectores.

Hay algo que nadie menciona respecto a las librerías y que Héctor Yánover, considerado por muchos el mejor librero del mundo, aclara muy bien en sus Memorias: lo que menos puede hacer un librero es leer, y al igual que el caso de la papelería, librero y vendedor de libros no funcionan como sinónimos. Muchos podrán considerar que son la misma cosa y su papel en la librería no tiene razón de ser: las portadas, los autores y las contraportadas nos lo dicen todo, así que no necesitamos que un sujeto que dice saber de libros venga y nos presuma sus conocimientos, al contrario, su presencia altera el orden natural de la visita a la librería. Esto quizá suceda más frecuentemente con los vendedores. Para ellos vender libros o empanadas es lo mismo. Pero se les olvida que el cerebro y el estómago son órganos diferentes. Lo importante para ellos es sacar la mayor cantidad de dinero posible al día. Esto también pude aprenderlo observando el trabajo de “la competencia” y las reacciones de los clientes. Hay librerías que tratan a sus ejemplares como si fueran cacharros, y lo mismo sucede con casas editoriales que se dedican a ofrecer libros que no tienen calidad ni en forma ni en contenido.

El papel del librero, ese ente que sabe adivinar qué cosa buscas desde que entras, es mucho más complejo que el del vendedor. Un librero antepone la satisfacción del cliente a la ganancia. El librero, al igual que “Mendel el de los libros”, del afamado Stefan Zweig, se apasiona y emprende la búsqueda de los ejemplares precisos que sabe necesita su lector. Lo atiende bien porque comparte con él un vínculo más allá de una transacción monetaria: se identifica, se refleja en aquel que tiene hambre voraz de conocimiento y de papeles, aunque a estas alturas esas personas son las menos.

El interés por la lectura (el librero y el vendedor y las casas editoriales lo saben) ha ido en detrimento de una manera tan rápida que basta dar una vuelta a la página para darnos cuenta de que estamos produciendo más de lo que se puede consumir. Hay tantos libros en el mundo para tan pocos lectores, ya sea por analfabetismo real o funcional (los peores, según mi opinión) que probablemente millones de ejemplares nunca verán abiertas sus hojas gracias a que nosotros y las campañas de fomento a la lectura ignoraremos ese detalle.

Si algo extrañaré de haber cruzado ese sendero será descubrir quién está detrás de la creación y distribución de libros, y las experiencias que me llevé luego de un año de leer, seleccionar, etiquetar, acomodar y sacudir ejemplares que muy probablemente se llenarán de polvo y morirán en las bocas hambrientas de las polillas. Porque la situación es trágica: cada vez hay menos lectores por placer, y más polillas que se intentan alimentar de la lectura.

 

Texto publicado en la Revista “Archipiélago de canteras”, #26 Verano de 2016

 

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Autor SEMICH

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