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Fiebrerías

La obra de Armando Salgado está detenida en ese escalón antes de llegar al culmen de la carne que dice su nombre y deja de ser lo físico para transmutar en algo mucho más allá, algo cercano a un pliegue divino. El riesgo de recorrer esa fiebre como un viajante, existe siempre y va de la mano con el telón de fondo de los “Autonautas de la cosmopista”, ese libro de viaje que Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop hiciesen antes de morir, recorriendo la autopista de París a Marsella.

Al igual que los viajes, las aguas móviles guardan en su naturaleza la propiedad de cambiar la estructura de las cosas. Salgado oferta este libro como su forma de arrancarse una piel vieja y atraer con ello el nacimiento de la nueva piel que habrá de cubrirlo durante un tiempo indefinido, ese tiempo en el que tendrá que completar un libro distinto y un proceso similar. Su semántica es percutiva, agitada, nos recuerda el estado de febrilidad que evoca en la cabeza paisajes surrealistas.

Cecilia Juárez

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