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Eventos

Taller de Fomento a la Lectura – 25 a 29 septiembre

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Taller de Fomento a la Lectura

Dirigido a promotores de lectura, maestros, bibliotecarios y público en general, el Taller en Fomento a la Lectura es un espacio de especialización en la promoción y formación de nuevos mediadores de lectura, así como la creación de actividades y espacios para la difusión de la literatura.

Objetivo:

La formación y especialización de nuevos promotores de lectura que desarrollen actividades en sus espacios. Dotar de herramientas y habilidades que faciliten la práctica del fomento a la lectura en el área de los asistentes. Que a través de la literatura se fortalezca el tejido de la comunidad o público al que se dirigen.

Sede: Galeería Librería Infantil / juvenil y fomento a la lectura
Ubicación: Av. Madero #567, Centro. Morelia
Horario: del 25 al 29 de septiembre, de 4 a 7 pm
Inversión: 650 pesos
Incripciones y registros: bibliotecagaleeria@gmail.com
Teléfono: 44 32 24 33 01

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El viejo del veintinueve

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Por: José Martín García Campos

 

Todos conocían a Egidio, aunque realmente no lo hicieran, pero es que no había mucho que encontrar en su día a día. En la mañana, antes de que el gato de la señora Montés la hiciera de gallo (muchos dicen que fue a raíz de que se comió un huevo con un feto adentro, como si el animalucho sin vida se hubiera apoderado de él, pues cuando el sol empezaba a acariciar la punta del edificio, el felino maullaba al ritmo de canto de gallo, de esos que se escuchan en las granjas o ranchos antes de las cinco y media de la madrugada) en fin, decía que antes de eso, Egidio ya estaba despierto. Lo sabían por el ruido de la licuadora: dos huevos, una cucharada de germen de trigo, un plátano casi podrido (pues decía que los nutrientes estaban a lo máximo que daban en ese estado) y una pizca de canela.

Después ocurría lo que los vecinos denominaron más tarde como “El par de horas muertas”, porque eran las únicas en las que no sabían realmente qué hacía el hombre. Desde luego, no faltaron las acusaciones que contenían el adjetivo chismoso provenientes de otros inquilinos quienes acusaban de improperio y fisgonería a los desdichados que en el accionar del viejo depositaban su plática del día, aunque ésta resultara la misma de siempre. De hecho, eso era lo que la hacía interesante: la expectación de que en algún momento se relatara algo que no le sabían a Egidio. Sin embargo, la docena de hombres y mujeres y el perro Chucho que se juntaban a platicar pasadas las noticas del once, se disolvía con un común “Buenas noches”.

Al culminar las horas muertas, el viejo salía de su departamento y caminaba exactamente cinco pasos, pues ese número era suficiente como para mantener la fuerza en las piernas, no fuera a ser que por dar de más se le designara a una asquerosa silla de ruedas. Al terminar de caminar esa cifra, tocaba la puerta del primer vecino, para continuar con la siguiente y así seguir con el vendaval mañanero para concluir con la puerta uno. Rara vez le abrían; Margarita Chávez, la del doce, tuvo un día la decencia de invitarlo a pasar a su casa, a lo que el viejo respondió que sería un honor aceptarle un vaso con agua después de terminar de tocarle a los demás. Rosita Duarte, más o menos de la edad pero con la mala suerte de aparentar diez años más, le ofrecía el periódico: era lo único que Egidio aceptaba de alguien sin pagar.

Egidio solo leía veintiséis hojas del diario, las razones solo él las sabía. Un día decidió prenderles fuego al montón de papeles pues la página veintisiete  normalmente contenía el crucigrama, y debido a la muerte de una tal estúpida Rosario Zaldívar, la cual quién sabe quién demonios era, una página entera del periódico estaba ocupada con su noticia lo cual impidió al viejo realizar una de sus actividades favoritas. Alguna vez escuchó de un concurso de crucigramas. Cada vez que terminaba uno, se preguntaba si todavía lo seguirían haciendo y lamentaba no poder recordar la información que pertenecía al lugar y hora de su realización.

Vestía de negro, muchos aseguraban que siempre portaba el mismo traje hasta que Robertito, un chiquillo lampiño que vendía chicles en la esquina, divulgó que había visto al viejo lavando la ropa diariamente, lo que contribuyó a la acertada idea de que efectivamente no era el mismo traje, sino una copia exacta. Su camisa era blanca, solía no abrocharse los dos últimos botones, lo que le ocasionó, según Margarita Chávez, un atrevido bronceado en forma de triángulo.

Los lentes se los ponía solo para leer, cosa que hacía con el periódico y con El viejo y el mar, obra que leía de inicio a fin acompañado de una botella de agua natural sin etiqueta. Una de las tragedias que contaban acerca del viejo, era la que se remitía al día en que la obra de Hemingway quedó empapada gracias a las tormentas de primavera; porque sí, aunque el cielo llorara, Egidio no perdonaba su sesión con los pescadores; es más, se le veía más contento, como si estuviera contemplando la marea alta, sintiendo las gotas salinas y dirigiéndose a una nueva aventura. Al ver el libro prácticamente en coma, Susana Mendoza, que en aquel tiempo debió haber tenido siete años y que de vez en cuando pasaba por las calles aledañas a su hogar de la infancia, le compró un nuevo ejemplar de la obra. Después de llamar a su puerta, Susana le ofreció el regalo que con tanta inocencia y bondad le había comprado. Sin embargo, Egidio la recibió arrugando la frente para después decirle que era una niña estúpida que no entendía de tesoros familiares; tomó el texto ofrecido y lo escupió en la portada. La niña lloró por una semana hasta que prefirió leer lo que le habían rechazado. Susana, cuando pasa por las calles cercanas a su hogar de la infancia, siempre recuerda el día en el que decidió ser escritora. De ese hecho solo Margarita Chávez sabía, aunque la mañana en la que había ocurrido, ella tuvo el antojo de un jugo de naranja del mercado de Santo Niño; por suerte, su hermana Casemira, que había muerto hacía dos años, le había contado del inverosímil hecho.

El momento designado a la comida, era en el que Egidio tomaba su libro para comenzar su camino siempre por la acera derecha de la avenida; la izquierda, para su disgusto, tenía una serie de desperfectos representados en las múltiples fisuras del concreto. Llegaba a las tres a la fonda de doña Lupe, justo cuando el último comensal de la tarde se había devorado el par de albóndigas bañadas en salsa de tomate que el viejo nunca escogía. Para él había algo diferente: un plato de arroz, plátano casi echado a perder, frijoles de la olla y tortitas de papa; su comida solo cambiaba cuando en vez de arroz era sopa de pasta o cuando a los frijoles los sustituía un pedazo de machaca. Lupe jamás lo había visto comer otra cosa de lunes a sábado, pues el domingo iba a misa y no había tiempo para preparar la comida, no vaya ser que Dios le hiciera la travesura de dejarla sin clientes por no dedicarle ese sagrado día. El domingo, por lo mismo, Egidio se compraba un helado de pistache servido en cazuelita. Una vez, cuando le informaron que la heladería dejaría de servir cazuelas porque nadie las prefería en lugar de los barquillos, el viejo amenazó con demandarlos. El dueño, seguro de que ese hombre significaba todo menos que una amenaza, se burló ofreciéndole el helado de pistache servido en barquillo. Egidio lo aceptó, los buenos modales se vinieron abajo cuando volteó el postre y con el pico del cono, descontó el ojo del dueño haciéndole usar lentes por el resto de su vida y un parche de pirata por dos semanas. La heladería siguió ofreciendo cazuelitas.

En un punto de la tarde, los vecinos apagaban la radio o le ponían mudo a la televisión porque sabían que al viejo no le gustaba ser molestado mientras escuchaba a Javier Solís, en primer lugar, para luego sustituirlo con lo que Saúl Trejo, el del veinte, identificó como blues. Una hora duraba el concierto, y solo una canción era acompañada por la tosca voz del viejo: “No sé, qué tienen tus ojos…”; unos decían que la acompañaba con whiskey, otros con brandy, y algunos alegaban que estaba muy anciano como para poder seguir ingiriendo alcohol, hasta que Margarita les dijo que cuando uno es borracho lo es toda su vida. A todos les quedó claro que no debían mezclar la música de Egidio con la suya cuando Ramón Zenteno, un joven de cabello largo y obscuro, medio moreno, de sonrisa tímida y perforaciones como accesorios, se atrevió a subirle a su, según la mayoría de los vecinos, música del infierno, la cual no entendían, porque no había cómo entender el montón de gritos y ruido injustificado de las canciones. La Totis, hija de Saúl, un día pensó que estaban matando cerdos al escuchar la música del infierno y le preguntó a su papá si ese día iban a comer carnitas. Al tercer día de interrumpir la hora musical de Egidio, el viejo hizo llamar a la policía acusando a Ramón de intento de homicidio, pues para él Javier Solís seguía vivo y ese muchacho lo estaba matando con sus escándalos. La ley, al escuchar la razón, le deseó un buen día al viejo y a su compadre Javier. Tras su fallida acusación, intentó razonar con el joven, tocó su puerta más de doscientas veces, las contó, y se dio cuenta de que era suficiente cuando encontró sangre en sus nudillos. Los vecinos se preocuparon, ellos sentían lo mismo que el viejo con respecto a la música del infierno, pero los más paranoicos e ignorantes no se atrevían a hablarle al joven por miedo a que les hiciera una brujería; otros se lo pidieron amablemente, a lo que el muchacho les respondió que le bajaría a la música pero no lo hizo. Cuando por fin se dieron por vencidos sintiendo que el diablo había ganado llegó una muchacha similar físicamente a Zenteno, pero con sus partes de mujer. Traía consigo una criatura en brazos, que en sus ojos encontró a los de su padre haciéndose uno mismo al instante en el que éste lo vio. Aunque la aceptación de su parentesco llegó después de una semana de discusiones, al final comenzaron a vivir como una familia bendecida por Dios y la música del infierno desapareció del edificio.

Al caer el lienzo de la noche, Egidio subía cuidadosamente las escaleras de caracol que llevaban a la azotea; lo hacía subiendo primero la pierna izquierda escalón por escalón, para que la derecha, cuando la otra se manifestara vieja, estuviera como nueva. El viejo se sentaba en un banquito de madera que nadie se había atrevido a mover aunque obstaculizara el colgar de la ropa en el tendedero. Un puro cubano presumía su belleza de cantina fina al ser encendido; Egidio sabía que los humanos eran incapaces de no tener alguna adicción, por eso él escogió una que por lo menos disfrutara y lo hiciera sentir tranquilo. Al consumir la mitad del puro el viejo lo desechaba, pues estaba seguro que el buen sabor no podía mantenerse por completo y no soportaría comprobarlo. Le gustaba ver el barrio, las luces, algunos autos olvidados, otros presumiendo su novatez. Escuchar. Nunca entendía a ciencia cierta los susurros, pero los disfrutaba, como si fueran parte de él. Se perdía dos horas en las bondades de sus recuerdos.

Joaquín Trejo, el inquilino más esperado de la noche, llegaba anunciando las piezas de pan que le habían quedado del día. En la lista figuraban conchas, cuernitos, almohadas, cocoles y bolillo. Uno por uno, los vecinos tomaban su pieza por solo tres pesos; al panadero le convenía, pues más valía un pan en el estómago de un cliente que en el basurero. Joaquín siempre apartaba un pan especial: una concha de vainilla, la cual dejaba en la puerta del viejo, quien siempre ofrecía una moneda de diez pesos y se rehusaba a quedarse con el cambio. El panadero aprendió eso de mala gana. Un día esperó a Egidio para entregarle los siete pesos que le correspondían, el viejo al verlo negó con la cabeza y le pidió que se retirara; Joaquín tomó la decisión de la insistencia. Egidio entonces arrugó el rostro, tomó la bolsa con el pan y la arrojó por la ventana. Jamás se volvió a ver al panadero esperando regresar el cambio de nuevo.

Al entrar con el pan a su departamento, el viejo se despedía de los quehaceres del día, los cuales todos los inquilinos conocían y no se atrevían a deshacer o inventar algo más que hiciese después de esa hora, pues un hombre como él seguramente cenaría y se iría a la cama; o eso comentaban cuando se juntaban a hablar después del noticiero de las once.

La muerte de Egidio llegó de la forma más inesperada, pues a pesar de su edad, para todos él era como algo implícito, algo que jamás se acabaría y que se mantendría de pie para recordarles que los años llegan, pero nunca terminan. Margarita Chávez le lloró todo un día, era la que más lo conocía, aunque jamás lo hubiera hecho del todo; recordó esa vez que vio entrar al edificio a un hombre de cuarenta años, solo, con la vida resumida en sus tristes ojos negros, con una pena que jamás compartiría y que ella intentaría remediar en balde, encontrando en él una perdición que solo ella conocía, un amor que jamás confesaría, porque los amores imposibles nunca se confiesan. Los inquilinos pagaron el féretro, lo velaron esperando que en algún punto alguien se apareciera diciendo que era familiar de aquel viejo, cosa que nunca sucedió.

Se dieron cuenta de que algo estaba mal cuando eso que todos habían estado esperando sucedió. Algo fuera de lo común en el día a día de Egidio: su ausencia. A pesar del temor a molestarle que había instaurado el viejo, los inquilinos forzaron su puerta después de tocarla por más de diez minutos. Se encontraron con un departamento perfectamente ordenado, una mesa de madera, una alacena con café, galletas, azúcar y botellas de agua, una sala con grabados de barcos azul marino, un orden exacto en el librero de acuerdo al año de edición de los ejemplares, una mesita con un tablero de ajedrez presumiendo un jaque mate, una limpieza exuberante y un viejo tirado, boca abajo en el suelo, con la respiración ausente.

La Totis fue quien descubrió el misterio de las horas muertas cuando entró a una habitación, cuya puerta era especial, pues no se asemejaba a todas las demás; parecía como mandada a hacer para ocultar lo que había ahí. La niña encontró el interruptor de la luz entre la sugerente oscuridad, la sorpresa se mostró en su boca abierta cuando la imposibilidad se hizo presente: había un auto, un Ford negro de esos que ella solo había visto en fotos. Se dio cuenta que el vehículo estaba incompleto, pues le faltaban un par de llantas, vidrios y algo que cubriera la serie de cajas y compartimientos que tenía enfrente. La Totis encontró en las paredes una serie de fotografías de lo que parecía un periódico antiguo: “Accidente en carretera deja a tres muertos”. A su lado, había otra foto de un hombre de ojos pequeños, al lado de una mujer sonriente sosteniendo en sus brazos a un bebé que aún no distinguía la realidad.

Los inquilinos jugaban con la imposibilidad de encontrar un carro dentro de uno de los departamentos, unos sugerían que Egidio había mandado a construir su departamento y que el auto había sido trasladado como los pianos, con un par de cuerdas bien macizas. Margarita lo desmintió al instante. Otros decían que el carro siempre había estado ahí; era una explicación que permitía la tranquilidad por su simplicidad. Pero fue Ramón Zenteno quien encontró la verdad contada a partir de las fotografías pegadas en la pared: Egidio tuvo una esposa y un bebé en algún tiempo hasta que un fatal accidente se los llevó; según la noticia, el viejo también había muerto en aquel suceso, pero aunque Ramón fuera el portador de la música del infierno, no creía en fantasmas, ni en la locura. Por último, resolvió la complejidad que suponía encontrar un auto en un departamento: el auto en el que el viejo había perdido a su familia era ese que estaba ahí, o bueno, parte de él, porque lo que hacía Egidio durante las horas muertas era reconstruirlo desde cero como si eso le pudiera traer a su esposa e hijo de vuelta.

La mayoría de los inquilinos aceptaron esta explicación, aunque algunos seguían fantaseando y le atribuían al viejo cualidades fantásticas. Los más centrados hicieron lo posible por bajar el vehículo, aunque esto sucedió diez años después, cuando la tecnología y la amabilidad se hicieron presentes. El viejo Ford fue llevado hasta al cementerio convirtiéndose en parte del mobiliario, cerca de la tumba del que alguna vez fue su dueño.

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