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Poesía

Caótico Cerbero

freny herrera garcia

Por: Frenily Herrera García

 

Posible es verte

arrastrar tus cuatro patas

y el ondular de tu serpiente

mirada oscura

de tres pares de ojos fuego

que deja sin aliento

a este espectador.

Levantando tus cabezas

una, dos, tres

precavido y certero

de que ningún muerto

se escabulla por la puerta de Hades

Y que ningún vivo valiente

atraviese  tu reino.

 

Gran Cerbero

cuidador de la entrada de los infiernos

pintado en acuarela

por William Blake.

 

Posible es escucharte

distinguir tu gruñido rabioso

de entre las llamas abrazadoras

quemando pecadores

de entre los gritos de los que ya

han muerto

tus dientes castañean ansiosos

por los huesos de los maliciosos.

 

Posible es olfatear tu rastro

con aroma del azufre y del carbón crocante

que ha quedado de los exóticos esqueletos

tu rastro se distingue del olor a podredumbre

humana.

 

 

Y por mil años más

seguirás posado a los pies del Dios Hades

que éste no deje de acariciar tu fiel pelaje

que aguardes pasivamente

a recibir millares

de próximos transeúntes

a tu glorioso reino.

 

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Narrativa

Pasajero en trance

20161020_164436

Por: Alfredo Carrera

A fin de huir; y
huir y huir y huir.
César Vallejo
Se marchan siempre sin
pagar los inquilinos de mi vida
y el patio queda nuevamente
solo en este hotel de paso
donde siempre es de noche.
Federico Díaz–Granados

 

No quiero irme de nuevo, quisiera regresar a mi ciudad. Que no me digan que no puedo entrar a la sala de espera sin pase de abordar. ¿Cómo explicarles que desde hace meses me dedico a eso, a esperar? No he concretado ningún encuentro, sigo a la expectativa. ¿Para qué abandoné mi ciudad? Comprar otro pase de salida a fin de huir, y huir y huir, tantas veces sin llegar a ningún lado… Llegar a otra urbe con el ya veremos en la boca, ver las miradas de los que no entienden esto de aguardar en movimiento.

Recuerdo a mi hermano, gritaba desde los andenes que no era necesario huir de esa forma, que la vida sería distinta. ¿Cómo explicarle que ya no había vida en mí, que esa despedida necesitaba algo mayor? Ni siquiera lo volteé a ver cuando, desesperado, gritaba y seguía al autobús. Guardo gratitud hacia mi hermano por su preocupación y también al chofer, que ni siquiera titubeó. «Seguro que le pasa en cada ciudad», pensé; me entristeció ser parte de un conjunto de personas que huyen. Se lo pregunté a la mitad del trayecto, pero ni siquiera lo había escuchado, de lo contrario se habría detenido al instante: le encantan esas películas en las que un personaje detiene un autobús por el amor de su vida o por su hermano, como en mi caso. Hasta mencionó películas de Bruno Martí en las que éste salta a los vehículos para detenerlos, con los pasajeros impactados y molestos por los besos, los abrazos y los te amo. Después de una hora regresé a mi asiento. Saber que la persona que me llevaba a mi destino se hubiera detenido sin pensarlo, que yo no era capaz de dar la vuelta atrás… era como aceptar un mal agüero.

La primera salida fácil provocó que cada salida fuera más difícil, y me refiero al peso que contenía cada trasbordo. Cada vez huía de lo que ya había escapado y no me quedaba claro qué era lo que, entonces, me provocaba hacer tantos viajes. Los retenes en carretera, cuando los soldados rasos suben al autobús buscando droga —esas pausas infortunadas de las que nunca vi resultados—, me recordaban siempre el retén que mi hermano buscó montar y que no había logrado. Lo imaginaba a él como militar, disfrazado con las botas y el casco que siempre ha repudiado. En esa revisión no habría búsqueda de armas ni drogas, sino una pesquisa por sacarme culpas que guardaba dentro. Seguro hubiera querido estar escarbando en mí para que yo me diera cuenta que tantas despedidas, de las que sólo me enteraba al no ser correspondido, no eran culpa de nadie. Las personas, ya me lo habían dicho, a veces huyen por su protección y no de uno; huyen por lo que ellos son a nuestro lado. Cada semana estaría diciendo adiós a una nueva persona que, simplemente, no me toleraría más: un chofer, una cajera, una mesera…

La vida de viaje me parecía lo más adecuado, ser yo el que se despidiera de la ciudad y despedirme, además, de las personas que estuvieran en las terminales. Hacerle plática a una mujer o a cualquier joven en un bar o café o plaza pública, decirle pronto, a media hora de iniciado el diálogo, que partiría, que ojalá no hubiera sido importante aquello porque no se podría repetir más. Quedaba pendiente, además del desplazamiento en sí, terminar de administrar los ahorros con los que pretendía ir marcando el itinerario de viaje. Evitar comprar diarios que no me aportarían nada, limitarme en la comida y esperar a que las líneas de autobuses me alimentaran. Algunas veces tener el mayor cinismo posible para pedir un segundo cuernito con jamón, antes hacerle alguna señal a la mujer de los boletos y asientos, que interpretara como un interés del pobre diablo en el que, seguramente, me podría convertir.

«Pasajeros, favor de abordar» era una frase cierta conmigo; pasajero, me convertí más en ello que en persona. La cartera pronto se me inundó de boletos de viaje, no los quise tirar porque conservarlos era la forma en que mantendría cierto vínculo con las ciudades a las que les decía adiós, como si guardara fotos de las personas que prefirieron no hablarme más. Como si fueran las mujeres que pasaron por mi vida, marcándome, sin conocerlas del todo, sabiendo apenas cómo se llamaban, cómo recibían el sol cada día, cómo eran indiferentes a este forastero en el que me convertía. Decirle adiós a tantas era como una soledad anunciada para un final conmigo, nada más.

Con tantos viajes, aunque no podría establecer cuántos, de algunas ciudades sí quise deshacerme, me daba terror encontrarme a alguien conocido en el asiento de al lado y entonces fue cuando dejé de desplazarme todos los días. El miedo es una raya que separa al mundo: de un lado, los cobardes; del otro, aquellos que son capaces de enfrentarlo.

Encontrarme con el chofer que no titubeó en la primera salida habría sido desastroso. Me preguntaría, estoy seguro, si continúo huyendo, si prosigo haciendo oídos sordos al pasado. Quiero volver a mi ciudad el día que no sea la misma, puede ser hoy, cuando pueda entrar a ella entendiendo que, como un río, ya no es la de antes. Ser el cobarde no me provoca problema alguno, pero sí me causa dificultades el llegar a la misma ciudad, saber desde el principio que todo podría volver a ser igual, que las personas que ya no me toleraban seguirían allí, en cada esquina, que en cada caminata a cualquier lugar me encontraría a alguien cuestionándome sobre mi partida a ningún lado. Tenía y tengo miedo de volver sin haberme ido nunca, me da miedo volver como un ente que, después del viaje, habla de aquello como si fuera la mejor escuela del mundo, ese estarse trasladando de aquí para allá sin itinerario claro, como si en la vida las decisiones se tomaran sin que tuvieran sentido.

Me detengo entonces ante este lugar adonde ya no puedo entrar: la sala de espera. En esta ciudad de paso no está permitido hacer escalas; extraño, pero no doy pie con bola. Veo a las mujeres que están frente a mí, entiendo que pronto se irán, que algunas han llegado junto a la expectativa de los parientes ansiosos de verlas. Sé, y en eso confío, que llegará el día en que alguien me detenga, y me da miedo comprender que el día de hoy haya sido las ganas de ya no moverme más, de esperar, como siempre lo hago, a que alguien llegue a confundirme con algún conocido o pariente lejano. Hace algunas horas saludé a una mujer que me pareció familiar, quizá en algún viaje anterior, aunque ahora pienso que no la había visto antes y llego al límite de confundir a las personas con otras que, al igual que las primeras, no conozco.

Espero a que mi hermano venga por mí, hace algunas horas le hablé, no sé si deba volver a mi ciudad para hacerme de una vida real, pero, sin duda, no quiero volver como me fui de allí.

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