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Narrativa

Cinco microrrelatos

micro

Por: Moisés García Hernández

Confesión póstuma

Papá, una voz me decía que te mate. Pensé que al hacerlo se callaría. Pero ahora me pide que haga lo mismo con la sirvienta.

 

 

El ciclo

Mientras Mañana juega en el jardín, Mediodía sale de fiesta, Tarde se queja de artritis y Noche recibe flores en su tumba.

 

 

En el umbral

Toc-toc.

―¿Quién?

―Soy yo… Ábreme.

Trrrrcht, grrrrrt, ¡trac!

―Pasa. ¡No!

¡Bang! ¡Bang!

 

 

Gajes del oficio

Subí al coche atestado de sus pequeños cuerpos: torsos, piernas, zapatos. Había un fuerte olor a aglutinamiento. Tenía que llevarlos antes de que amaneciera. La fosa común estaba a quince kilómetros de mi casa.

 

 

Genésica

Reinaba la paz en la Tierra. Hasta que un día se originó la Vida.

 

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Reseñas

Caminos

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Por: Karen Silva   Damas y caballeros, apunten sus narices hacia arriba: una tormenta se avecina y en una cárcel como cualquiera de los Estados
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Reseñas

Venganza sin sentido

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Por: Nan Martínez   -MUNICH- El 5 de septiembre de 1972 miembros del grupo terrorista Septiembre Negro, tomaron como rehén un equipo deportivo israelí durante
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Ensayo

No se crea ni se destruye, sólo se transforma

ciencia

Por: José Agustín Solórzano

En 1748, el científico Mijaíl Lomonósov envió al matemático Leonard Euler una carta en la que describía la ley de la conservación de la masa. Casi cuarenta años más tarde, Antoine Lavoisier hizo lo propio y enunció la ley de la conservación de la materia. A principios del siguiente siglo, retomando las ideas de Demócrito y Epicuro de Samos, John Dalton propondría su teoría atómica, una que se adecuaba perfectamente a la ley de conservación de la materia e incluso se basaba en ella. La aportación de Dalton fue tan importante para el pensamiento científico que no sólo serviría para pesar los átomos, sino que “heredaba” problemas químicos a los físicos. Fue luego de casi cien años que pudo demostrarse la existencia real del átomo, con el famoso artículo de Einstein sobre el movimiento Browniano. Él mismo, al enunciar la ecuación más famosa del siglo XX: E=mc2, demostraba que la masa y la energía eran una misma cosa. Actualmente sabemos que el átomo no es indivisible, como planteaban los griegos, y se conocen, gracias a la física cuántica, entre 150 y 200 partículas elementales más “pequeñas” que el átomo.

Así hoy, la Ley de Conservación de la Materia también se llama Ley de Lomonósov-Lavoisier, pues se reconoce a ambos la elaboración de la misma. En el campo científico no sólo se comprende, sino que se considera natural que los grandes descubrimientos no surjan por “generación espontánea”, sino que sean parte de un recorrido que comenzó hace muchos años y que seguirá por muchísimos años más. El conocimiento científico se ve como un flujo constante. El átomo no es una aportación de Dalton, como tampoco lo es de Demócrito o de Lucrecio, quien rescató mucho del trabajo filosófico del griego; la gravedad no fue “creada” por Newton, ni la relatividad espacio-temporal por Einstein, ellos sólo fueron “descubridores”, supieron detener unos segundos el río del conocimiento para apreciarlo y sacar de él un poco de lucidez frente a la incertidumbre que era y sigue siendo el Universo para el ser humano. El discurso científico es una construcción colectiva, y entre más penetramos en el flujo del conocimiento más nos es necesario la participación de los otros para generar “grandes hallazgos”. El hombre de ciencia siempre muere inmerso en una frustración insalvable, sabiendo que todavía no lo ha dicho todo; pero también entiende que sus aportaciones serán la piedra angular de nuevos descubrimientos. Quizás, quien ha resumido mejor lo anterior fue el mismo Isaac Newton, quien en una carta a Hooke escribió: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado en hombros de gigantes”.

Pero Lomonósov también fue un hombre de letras, fue el creador de la primera retórica adaptada al ruso y de la primera gramática rusa, que combinaba el eslavo antiguo religioso con la lengua vulgar. Fue poeta oficial, bajo el reinado de la emperatriz Isabel I de Rusia, y compuso odas, epístolas y tragedias. También investigó los idiomas eslavos. En 1760 publicó la primera historia de Rusia, y reglamentó la forma de escribir en los modelos oficiales y temas religiosos. Creó la Universidad de Moscú y, además, sus investigaciones sobre los efectos químicos de los minerales sobre el color lo llevaron a involucrarse en el arte pictórica del mosaico.

Mijaíl Lomonósov, al igual que otros de sus coetáneos, englobaban la búsqueda del conocimiento y la creatividad en una misma esfera. Para este científico ruso, crear arte en mosaico era una consecuencia de sus investigaciones científicas, así como la gramática de una lengua o la belleza de la poesía eran tan necesarias como el estudio geográfico. Lomonósov no sólo nos ofreció una ley de la conservación de la masa, que posteriormente se convertiría también en una de conservación de energía, sino que nos enseñó que el conocimiento es también movimiento, flujo y energía, y que al igual que la materia, tampoco éste se crea ni se destruye. El conocimiento, al igual que la creatividad, al ser movimiento, sólo sufre transformaciones.

Alberto Manguel escribe: “Cualquier gran libro incluye en sus páginas todas las lecturas anteriores, de forma que, después de una primera incursión, la historia […] diluye su sorprendente final, asimila su conclusión a su principio y se reescribe a sí misma en la mente del lector, […] de forma que ya no podemos leer la novela [tal como la leímos antes], sino tal como la leyeron los victorianos, los lectores pre y post-freudianos, los modernistas y postmodernistas y así sucesivamente.” En este fragmento del ensayo “La pantalla de Hal”, Manguel se refiere a la novela  Dr. Jekyll y y Mr. Hyde, de Stevenson, pero bien puede aplicarse a toda obra literaria. ¿No es El Quijote una obra llena de lecturas anteriores? En ella no sólo leemos a Cervantes, sino a todos los comentaristas, anónimos o no, que han pasado por sus páginas. Al abrir esta obra, fundadora de la literatura española, nos hallamos frente a un sinfín de lecturas y de interpretaciones previas a la nuestra, pues al contrario de Cervantes, El Quijote y Sancho Panza no han muerto y siguen transformándose a cada encuentro con cada lector diferente.

El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha ya desde el momento de comenzar a escribirse era una construcción colectiva, la literatura es un intento por sincronizar y sincretizar la realidad; la novela de Cervantes es, en un principio, el retrato de un momento histórico real: la España del siglo XV, y también el diálogo del autor con sus coetáneos, una sátira de las novelas de caballería que los románticos convertirían en un elogio a la libertad, pero también fue una mirada nostálgica de los autores españoles de la generación del 98, entre otras muchas cosas; para hoy, más de 400 cientos años después, considerarse como una obra indispensable en la Literatura Universal.

Borges, uno de los escritores que mejor entendió la literatura como movimiento, escribió un homenaje magistral al Quijote y a lo que significa realmente escribir. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, el argentino nos presenta a un personaje que re-escribe, línea por línea, palabra por palabra, la obra de Cervantes, la vuelve a crear, en un tiempo y en un lugar diferente; pero no es más la misma novela, es otra, porque ésta ha sido vuelta a hacer, no se ha reciclado (como sí pasa con mucha literatura actual), sino que se ha re-inventado, y la diferencia es que Menard no es sólo un copista, sino que es un lector y, para Borges, quien lee crea. En esta brillante e intelectual broma de Borges queda claro que la transformación ha sucedido. La materia literaria se vuelve otra, se transforma a través de la energía de la verdadera lectura.

Al respecto Manguel dice: “La distinción irónica que hace Borges tiene una aplicación práctica. Toda lectura es interpretación, toda lectura revela las circunstancias del lector y depende de ellas.” Y es que la triada escritor-libro-lector, que conecta sus vértices a través de la lectura, no es unidireccional. El libro es el campo físico donde la transformación sucede a partir de la lectura, pero el escritor funge como el primer lector de la obra, mientras que el lector es a su vez el segundo escritor de la misma y así sucesivamente. Tal vez desde esta perspectiva nos quede más claro lo que Manguel escribía sobre que cualquier libro incluye en sus páginas todas las lecturas anteriores, y es que en ese campo de pruebas han sucedido y siguen sucediendo todos los encuentros entre lectores y escritores que invariablemente son uno y otro a la vez. El autor primero se difumina hasta casi desaparecer y queda sólo la lectura, el personaje que se reinventa, como una materia original convertida en energía que volverá, en algún momento a ser materia. “Todos (aun quienes no han leído el libro) saben quién es don Quijote. A su lado Cervantes es casi fantasmagórico, un personaje mucho menos importante en la obra, un intruso que de vez en cuando comenta u opina…”.

Actualmente vivimos en un mundo donde el copyright se impone y la originalidad se oferta en los escaparates, no sólo en las librerías, sino en la mayoría de los proscenios públicos. Ser original parece ser una de las obsesiones de los nuevos artistas y de la gente común que busca sobresalir, no sólo escribir un gran libro “original”, sino cometer la mayor estupidez “original” para ser trending topic o llegar a las millones de visualizaciones en el YouTube, pero la verdadera originalidad no rechaza lo anterior, sino que lo incorpora. La única manera de ser original es asumiéndose parte de un diálogo constante, de una transformación permanente, y generando desde ahí un collage  que integre una propuesta personal con una necesidad compartida, pues la literatura ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

 

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