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EnsayoMisceláneo

La mirada en las esferas

MC Portada

Por: Gerardo Farías

A las personas nos gustan las cosas redondas. Hay un placer muy peculiar en la simetría de los círculos. Si encimas varios círculos, obtendrás un disco, quizás una moneda. Gira un círculo (una moneda) y tendrás una esfera.

No es gratuito que la esfera haya sido considerada como la forma geométrica perfecta por las civilizaciones antiguas. Con esa forma incluso concebimos nuestro hogar, el planeta Tierra, aunque no sea en realidad perfecta. Ya los  griegos (algunos, no todos) concebían al universo como una esfera celeste inmensa que contenía a los demás astros —el Sol, la Luna y las estrellas, también en forma esférica— girando alrededor de la Tierra. Leonardo da Vinci encerró en un gran círculo a su hombre de Vitruvio, ese hombre que al mirarnos con sus proporciones perfectas, ¿nos invita o nos reta a imitarlo? M. C. Escher dibujó un autorretrato en el cual se ve su mano sosteniendo una bola de cristal que lo refleja sosteniendo su propio rostro. Todos lo hemos hecho alguna vez: mirar nuestro rostro a través de dos espejos y disfrutar de la repetición: eso nos hace sentirnos infinitos.

La forma aparece en un sinnúmero de creaciones humanas: en el transporte, en el arte, en el deporte, en nuestros sueños y pesadillas. Y cuando la hallamos en la naturaleza, nos sorprende tanto que dudamos de que sean “naturales”.

Por eso las esferas navideñas nos hipnotizan en la infancia: es una forma perfecta que está al alcance de nuestra mano. A las esferas las escogemos sin prisa a través de un cristal, las transportamos con mucho cuidado en una caja, y las sacamos con la supervisión de los ojos de nuestros padres o abuelos. Mientras nuestra mano va de la caja a la rama indicada, nuestro rostro se acerca y se aleja en el reflejo de una superficie tan frágil que da miedo destruirla con un pequeño apretón de nuestros dedos emocionados y nerviosos.

A pesar de no ser un gran fanático de la navidad, reconozco que necesito de los rituales —como cualquier otro ser humano— porque necesitamos que la vida esté rodeada por ciclos que se abren y se cierran. Poder reconocer el inicio y el fin de las cosas nos causa satisfacción, nos relaja y nos anima a seguir (¿hacia dónde?); es la única manera de darle sentido a nuestras vidas: dibujar círculos sobre el caos.

Hay en nuestro país gente experta en el arte de dibujar círculos en el espacio, son capaces de hacer esferas perfectas. Hacia el noreste de Michoacán, enclavado entre montañas y niebla, existe un pueblo mágico en el que se dice que siempre es navidad, donde con algo de suerte uno puede ver duendes, y donde se respira una mezcla de nostalgia e inocencia que el aire helado empuja dentro de nuestro cuerpo. No exhalamos humo, exhalamos añoranza. Tlalpujahua significa “tierra esponjosa”,  se forma de las palabras Tlalli (tierra) y Poxohuac (esponja). Quien ha estado ahí no necesita de la etimología para entenderlo. Este lugar se estableció sobre un pasado prehispánico que persiste hasta nuestros días. Sus primeros pobladores eran indígenas mazahuas cuyas tradiciones y leyendas siempre han hecho referencia, entre otros temas recurrentes, al de la mirada. Cuenta la historia que antes de la llegada de los españoles, este pueblo fue un punto de conflicto, ya que estaba en medio de lo que fueron dos grandes imperios: el tarasco y el azteca. Los mazahuas observaron el conflicto y lo comprendieron, pero sabían que el conflicto no era de ellos, sabían que la respuesta no estaba afuera.

Hay una leyenda mazahua que habla de un viejo sabio que pasaba la mayor parte de las horas del día sentado a la orilla de un lago, mucha gente acudía a él para pedirle consejos sobre varios problemas relacionados con la cosecha, los hijos desobedientes, los desacuerdos en la pareja, qué hacer ante la guerra, y muchos otros asuntos. A todos les daba el mismo consejo. Les decía: “La solución a tus problemas está dentro de ti mismo” y las personas se marchaban sin entenderlo muy bien. Dicen que aún ahora, a pesar de que murió hace mucho tiempo, se le ve sentado a la orilla del lago, dando consejos a las personas que tienen problemas y repite siempre el mismo consejo: “La solución está en ti mismo”. Imagino la mirada del viejo clavada en el agua buscando su rostro reflejado.

Las tradiciones mexicanas, como todas en el mundo, están conformadas por mezclas de otras tradiciones provenientes de culturas anteriores. Nuestros festejos están llenos de puentes y de espejos. La misma navidad es un sincretismo de creencias paganas nórdicas y credos cristianos. Nada hay que sea puro y original, pero he ahí la satisfacción de encontrar puentes y espejos. Así como Tlalpujahua hay otros pueblos en el mundo que pueden presumir de tener una navidad siempre viva. Mientras escogemos nuestro árbol de navidad, millones de otras personas hacen lo mismo: un árbol natural plantado en la tierra o uno talado y puesto dentro de la casa o uno artificial, los hay verdes, blancos y hasta azules. Todos buscamos la perennidad a través de los ritos, buscamos sentirnos felices. Justo como el zorro en El Principito que le pide siempre regresar a la misma hora, para que así él pueda sentir la emoción de la espera: su felicidad se irá conformando y creciendo mientras llega la hora acordada. Así nos acercamos a las fechas decembrinas, la felicidad no nace de ver a nuestra familia en la noche del 24 de diciembre, sino de la espera. Contamos los días, compramos adornos, preparamos la comida. ¿Qué buscamos y en dónde?

Antes de terminar, permítanme tender un puente más, miremos otro espejo, otro lago. Un escritor sueco casi desconocido en español, Stig Dagerman, escribió un cuento llamado “La mirada en las esferas”. En ese breve texto de no más de dos páginas se relata la fascinación de una niña mientras observa su rostro reflejado en una esfera de cristal que está por poner en su árbol. Cuando la esfera es colocada en su lugar, la niña es ya una anciana. La transformación ocurre mientras su rostro es descrito lentamente, pero hay un detalle inmenso: sus ojos nunca cambian. A pesar de todo, sigue o quiere seguir siendo la misma.

Repetimos ciclos empeñándonos en no morir y sentimos que somos siempre la misma persona, el mismo ser pequeño fascinado por la redondez de las esferas, pero hay una premisa flagrante en la historia y en la vida: el tiempo pasa, sin que le importe nada.

Las esferas navideñas nos ayudan a olvidar eso. Buscamos en su reflejo la mirada que se quedó adentro. La forma geométrica perfecta debe ser capaz de guardar nuestros mejores momentos.

Distinto a lo que se dice normalmente del significado de las esferas, no creo en la supuesta representación de los pecados en ellas, ni tampoco siento ya que haya relación con los dones o virtudes que hemos cultivado a lo largo de un año más. Para mí, las esferas siempre representarán la posibilidad de encontrar la mirada de un niño que ya no soy, pero presiento que está en alguna esfera, esperando para saludarme desde lejos.

Ustedes, queridos lectores, estoy seguro que también buscan lo mismo. ¿Por qué no ir a la Tierra Esponjosa llena de nostalgia a encontrar la esfera indicada?

 

*Texto publicado en el suplemento turístico INNBUS del diario Provincia el 1 de diciembre de 2016.

 

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Narrativa

Cuento – El origen

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Por: Selene Maldonado López

Desperté empapada en llanto, tenía entonces sólo nueve años. Corrí al cuarto de mi madre y le conté mi sueño todavía vivo, que por unos segundos me mantuvo contenida en una apnea justo antes de despertar. Soñaba que con violencia rompían puertas y ventanas, vaciaban nuestra casa, nos perseguían. Yo corría mientras observaba la ciudad incendiada, por todos lados veía rostros con miedo y hambre. Entonces, mi madre me acogió en la cama a su lado, me envolvió en sus brazos tibios, y me narró la historia de Helena, su hermana mayor que murió cuando mamá apenas empezaba a entender el mundo.

Hija, antes de que Helena falleciera tenía varios días sin lograr dormir bien, decía que algunas noches cerraba los ojos y entonces se abrían las pesadillas. Un día, así nada más, se quedó como atrapada en un profundo sueño. En ese momento pensamos que su muerte era lo peor y mas extraño que nos había pasado. No hallábamos explicación ni consuelo. Todos alrededor de su cama observamos por largos minutos su cuerpo aún flexible. Luego clavamos la mirada al suelo como si la gravedad hubiera sido hecha sólo para nuestros ojos. Yo trataba de formular las preguntas correctas para después encontrar respuestas.

De pronto, nuestras miradas húmedas fueron atraídas por el espacio que iba ocupando el vientre de Helena mientras se hinchaba rápidamente. Y como si sus delirios nocturnos estuvieran a punto de materializarse, ocurrió lo mismo con sus extremidades y su cabeza. Algo parecía moverse dentro de ella, de su cuerpo salía un rumor como de mandíbulas y dientes. Sin poder desviar la mirada vimos cómo de su vagina y ano comenzaron a salir, como gusanos, lo que parecían ser extremidades de otro cuerpo, que enseguida se reconocieron y se unieron formando un nuevo ser, de corta estatura, magro, envuelto en una piel clara, lisa, casi aterciopelada. Ese cuerpo era coronado con una cabeza de nariz prominente y ojos pequeños que se abrieron después de parecer recobrar consciencia de que estaba ahí. De reojo vi el cuerpo de Helena, la piel estirada hasta el extremo ahora totalmente flácida como un globo sin aire, como si dentro de ella no hubiera quedado nada, ni carne, ni huesos.

Los ojos de la criatura nos recorrieron uno a uno, yo apenas me podía sostener  por el temblor de mis piernas. Nadie se movió por un buen rato, hasta que Raúl rompió nuestro estado pétreo dando el primer movimiento, de lado avanzó unos pasos hasta llegar a la puerta para salir del cuarto, con menos lentitud lo seguimos los demás, y al final, el pequeño cuerpo nos siguió. Nadie sabía qué hacer, incluso aquella criatura tampoco parecía saber por qué estaba ahí. Esperaba a que nosotros hiciéramos algún movimiento, alguna acción, para realizar la misma, como si fuera un espejo.

Después de un tiempo lo dejamos de percibir como un intruso, o siquiera como algo vivo, más bien nos empezó a parecer como una sombra. Al principio ese ser pequeño y mudo no salía de la casa, y cuando regresábamos estaba en la misma posición de cuando nos fuimos.

Tiempo después comenzamos a ver mas de esos seres en la calle, les decíamos los imitadores. Vivían poco y se reproducían mucho. Todos nos acostumbramos, de manera que no nos dimos cuenta cuándo parecieron tomar conciencia propia. Aprendieron a hablar nuestras lenguas, nuestros oficios, luego formaron sus propias costumbres y hogares. Con el tiempo impusieron sus leyes, hasta someternos, para entonces nosotros ya éramos menos. Nos hicieron la guerra, hasta desterrarnos. Entonces se proclamaron la especie humana, los habitantes de la Tierra.

Mi madre respiró profundo, luego soltó el aire como quien se deshace de un gran peso y continúa, nosotros colonizamos el mundo subterráneo, éste ahora es nuestro hogar, pero es sabido que todos los seres permanecemos conectados por medio de los sueños. Nos derrotaron en la tierra, pero en realidad, ellos siguen siendo los imitadores, pero ahora de nuestros sueños. Tus pesadillas y sueños más estremecedores alguien más los vive allá arriba. Sus paisajes están hechos de nuestra más desbordada imaginación, sus guerras de nuestros rencores, sus muertes de nuestra ira, el movimiento de sus cuerpos son nuestras ideas.

Me acaricia mi cabeza escamosa y continúa, olvida esa pesadilla, duerme tranquila, tu realidad es que estás aquí conmigo ahora, todo está bien, tu sueño es la realidad de otros. Me quedé callada por varios minutos,  cuando entendí lo que me decía sonreí con todo el cuerpo. Tomé su mano de escamas obscuras y surcos espesos, y entre sus brazos me volví a dormir.

Mientras tanto, en el mundo existente debajo de los subterráneos, una niña sueña que muere una mujer de cuerpo extraño cubierto de escamas; y que de su vagina y ano salen, como gusanos, lo que parecen ser extremidades de otro cuerpo que enseguida se reconocen y forman un nuevo ser. Entonces despierta de súbito con la cara empapada de llanto.

 

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Poesía

Anatema

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Por: Ignacio Torres Te hablé de mi vida y me condenaste a muerte. Te dije lo que sentía, lo que por mucho había callado, eso
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