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Ensayo

La ucronía del narco

oscar

Reseña de La vida de un muerto de Óscar de la Borbolla

(1998; Grupo Editorial Patria/Nueva Imagen)

 

Por: Gerardo Farías

Óscar de la Borbolla es un autor raro. No pertenece a su generación. Creo que nunca fue conocido como “autor joven”, no se le considera tampoco un “referente clásico” de la literatura mexicana. Pero cualquier persona que lo haya leído sabe que es un escritor especial, entrañable, un sabio que no se toma muy en serio. La mayoría de la gente que conozco que lo ha leído siempre cree que es un chaval.

No sé si sea tan leído como lo merece. Sin embargo, es imposible ser indiferente a su literatura una vez que se le conoce. Es un autor que se divierte con las historias y que apuesta siempre por algún experimento literario. El ejemplo más famoso de esto es su libro de cuentos Las vocales malditas que contiene cinco cuentos, cada uno escrito con una sola vocal: “El hereje rebelde” y “Los locos somos otro cosmos” son definitivamente los mejores; es un gran logro creativo y el mismo autor confiesa que esa obra es por la que le gustaría ser recordado.

Ha publicado más de veinte libros. Su formación académica lo llevó a escribir libros de filosofía para rebeldes, inconformes y, sobre todo, pensando en los jóvenes. Lo mismo ocurre con sus cuentos, novelas y el único poemario que publicó. De la Borbolla tiene probablemente más de 60 años, pero nadie sabe a ciencia cierta cuántos; en cada semblanza que he encontrado aparece un año distinto para su nacimiento: 1939, 1949, 1958, 1956, 1961, 1971; su edad es un misterio. Cada uno de sus libros publicados en Grupo Editorial Patria/Nueva Imagen también tiene un año distinto. Esto no es un error editorial, es deliberado: Óscar de la Borbolla no pertenece a ningún movimiento literario de México, a ninguna generación, por lo tanto, no tiene edad, él mismo es ucrónico.

Y ucrónica es también su novela La vida de un muerto; es una gran apuesta que renueva el género de la llamada “narcoliteratura”. Fue publicada en 1998; muchos autores de este género y sobre todo los lectores harían bien en regresar sus ojos a este libro que desde hace más de 20 años ya le había dado un vuelco la típica historia de narcos. Desgraciadamente, ha pasado desapercibida, tanto en el público lector como en la academia especializada. Estamos, probablemente, frente a un autor de culto moderno.

El término ucronía es utilizado por el mismo autor para definir unas crónicas ficticias que publicó durante muchos años en un diario de distribución nacional (es conocido que tuvo varios problemas con los lectores, pues muchos creyeron que sus textos eran realidad). La novela es, por supuesto, una tomadura de pelo pero que va en serio, y es también una novela picaresca posmoderna. Vamos por partes.

Lo ucrónico es lo que no tiene tiempo, un tiempo imposible, así como la utopía que es un no-lugar, así la ucronía es un no-tiempo. La ucronía especula sobre realidades alternativas ficticias, en las cuales los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos. El acontecimiento común que separa a la realidad histórica conocida de la realidad ucrónica se llama punto Jonbar. Un punto Jonbar  es un acontecimiento singular y relevante que determina la historia futura. Se denominan así en honor a John Barr, personaje de una novela de Jack Williamson de 1930, donde una decisión minúscula del personaje —escoger entre recoger un guijarro o un imán del suelo— determina la creación de dos mundos totalmente distintos: uno de esos mundos es la civilización utópica llamada Jonbar. Las ucronías son una rama completa de la ciencia ficción que especulan acerca de las posibles consecuencias de que un punto Jonbar hubiera tenido un resultado diferente al que tuvo en nuestra línea temporal. La vida de un muerto juega con esta herramienta ficcional de una forma sorprendente.

También es una novela picaresca posmoderna porque su personaje principal es un antihéroe y toda la novela habla sobre sus aventuras. Está en la misma línea que las novelas El lazarillo de Tormes, El guardián entre el centeno, Las aventuras de Tom Sawyer o, más recientemente, Diablo guardián. Mi ejemplo fílmico predilecto para ejemplificar la picaresca posmoderna es la película de Danny Boyle, Trainspotting, basada en la novela homónima de Irving Welsh. La película, al ser más lineal que la novela, muestra mejor el viaje del antihéroe.

Sin embargo, es también una tomadura de pelo por todo lo que pone en juego. Desde la primera página, nos encontramos con el rompimiento del típico pacto con el lector: La vida de un muerto no pretende convencernos de que lo que se lee es verdad; al contrario, nos dice desde el principio que todo es un engaño, un mero invento.

Benito Correa, el antihéroe, es un hombre mediocre que trata de suicidarse, pero no lo logra y en el éxtasis de su resurrección termina en la cárcel; para sobrevivir, comienza a contar su vida con la finalidad de convencer a los otros reos de que él es el más peligroso de los maleantes, el más grande delincuente que hayan conocido, el jefe de toda la mafia del narcotráfico. Y ahí comienza toda la invención del personaje: crea una ficción que poco a poco, a lo largo de toda la novela, se irá apoderando de la realidad.

Por supuesto, hay un guiño a Las mil y una noches; es una puesta en abismo, es la vieja técnica confiable de las cajas chinas o de las matrushkas, las muñecas rusas: una historia dentro de otra y dentro de otra.

Es una novela desparpajada que carece de cualquier tufillo intelectual o formal. Va de las escenas más realistas y crudas hasta las más irónicas y ridículas. Está empapada de erotismo y de crítica social que no se toman en serio, pero que golpean al lector seriamente. Y es precisamente ese no tomarse en serio lo que hace de esta historia una de las más memorables que se hayan escrito sobre este tema en el siglo XX. Es laberíntica como un buen cuento de Borges, pero es irreverente como un poema de Bukowski; es entretenida como las novelas de Mark Twain y profunda como una novela de Camus. La filosofía y la trama se dan la mano en toda la literatura de Óscar de la Borbolla. No tiene desperdicio. Igual emociona al lector desinteresado, consumidor de best sellers, como al lector acucioso y selectivo. Esa es la gran virtud de esta novela.

En La vida de un muerto, Óscar de la Borbolla crea la génesis y regeneración de un imperio, el del narcotráfico en México; pero esto lo hace sin imitar ni recrear la vida de algún conocido mafioso, y así como pasa en México podría pasar en cualquier otra parte del mundo. Benito Correa, desde la cárcel, crea varios universos ficticios paralelos que se desbordan y se van contagiando mutuamente. Todas esas historias tienen su punto de enlace en la materialización de las anécdotas secundarias (que poco a poco ganan fuerza e importancia en la trama principal). El giro sorprendente está en que todos los personajes inventados por Correa ya existían en su realidad antes de que el los imaginara. Óscar de la Borbolla le juega una gran broma a su personaje y al lector al mismo tiempo. Y es por ello que soltar la carcajada mientras se avanza en la lectura de esta novela es casi imposible.

 

*Texto publicado en 2016 en el Diario Provincia como parte del proyecto “200 años de la novela mexicana”

 

 

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