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Reseñas

Palinuro o el ojo universal

Por: Albha Nungaray Campos y Óscar Vera López

En Palinuro de México, Fernando del Paso nos invita a leer a través de un orificio, a través de un ojo de vidrio como el del general que aparece en la obra, pues nos devela una especie de caleidoscopio  por el cual, como en el Aleph de Borges, se nos presentan “todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.”

El orificio que da acceso al lector se abre desde el nombre de la novela y su personaje principal: Palinuro; quien antes de ser de México, fue, en la Eneida, el piloto de la nave de Eneas  y, posteriormente, el insepulto errante. Así, Fernando del Paso –si de ojos estamos hablando- nos hace un guiño para advertirnos que será necesaria la complicidad intelectual del lector. Quizás sea esta una advertencia que quienes, reiteradamente, nos han dicho han intentado sin éxito leer Palinuro, no han considerado.

Palinuro de México es, pues, el contenido del diámetro de sus viñetas que la memoria y la percepción a penas pueden recuperar o abarcar: ojo, calidoscopio y Aleph. Así, Palinuro es también la voz que, por la  imposibilidad de abarcarse, se multiplica, y nos hace saltar para preguntarnos quién nos está hablando, pues la historia se construye a través de un narrador polifónico en donde a veces es yo Palinuro y otras él o ella Palinuro. Desde esta polifonía de voces, del Paso construye otra característica trascendental de su obra: la prosa poética.

Palinuro, cuando niño, ha vivido en la casa de la abuela Altagracia, una vieja mansión  porfiriana convertida en casa huéspedes. Uno de estos huéspedes es Don Próspero, quien tiene como quehacer personal la realización de una enciclopedia. Como Próspero, del Paso, es un enciclopedista que, a través de los mundos recorridos por Palinuro, nos presenta, entre muchas otras, la historia de la medicina, de la pintura o estudios sobre el semen gracias a las masturbaciones constantes que el Molkas se profana en nombre de la ciencia. No sólo enciclopedista; Fernando del Paso es un poeta, un novelista y un dramaturgo, de tal modo que en Palinuro de México no sólo nos encontramos ante la mejor de su ya mencionada prosa poética  y destacada narrativa, sino también ante   uno de sus mejores textos dramáticos: Palinuro en la escalera.

Palinuro de México, como muestra máxima de hibridez, es, ante todo, muchas lecturas y, por lo tanto, muchas historias, o al revés. Palinuro es su saga familiar, en la que se atraviesan la amante confesa y una de las pasiones del autor: la Historia y la Medicina. “La ciencia de la medicina fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro” es el íncipit de la novela a partir del cual nos presentará al tío Esteban y, de la voz de éste, a la historia no sólo de la medicina sino también de la primera guerra mundial y, sobre todo, la familiar. Como si fuese la reconstrucción del árbol genealógico de los Buendía en Cien años de soledad, en Palinuro de México,  durante los primeros capítulos, iremos reconstruyendo el de Palinuro y su prima Estefanía.

Palinuro es también un recorrido por el primer cuadro de la Ciudad de México de los años sesenta. Sus personajes se reúnen, filosofan, chacotean y devanean por palacios, calles, cantinas, anfiteatros y plazas. En una de estas plazas, precisamente en la de Santo Domingo, encontramos no sólo la escuela de medicina, sino un lugar aún más importante para la historia: Los ojos azules de la Plaza de Santo Domingo. Es decir, el cuarto que habitan Palinuro y su prima Estefanía, quien sí, como las nomeolvides de la Tía Luisa y de la abuela Altragracia, tiene los ojos azules. El cuarto, espacio privilegiado en la obra, es el sitio para el erotismo, el amor, la pintura, la desacralización del tiempo, de las palabras, del arte y de las cosas; es el lugar para la movilidad. En él Palinuro es capaz de esculpir el cuerpo de Estefanía con la lengua y llenar de semen su rostro; un día las cosas pueden cambiar de función – y el cuchillo ser un libro; el beso de Rodin, una lámina de anatomía que deja a la vista las vísceras; y los huevos fritos, aves-; otro, pueden perderse los adjetivos o inventarse idiomas quizás más placenteros que el guíglico. Si bien, la obra está colmada de la presencia de Estefanía, es en su cuarto donde llegamos a conocer la redondez de sus nalgas, sus juegos,  fantasías, y su escritura. Es en el cuarto, también, en donde a modo de cuerpo del anfiteatro que visitan Palinuro, el Molkas y Fabricio, Estefanía y su primo hacen una disección al lenguaje.

La última autopsia de Palinuro no es a un cuerpo humano; es al movimiento estudiantil del 68. La agonía de Palinuro, durante el capítulo de la escalera, nos hace evidente que, a diferencia del  Palinuro piloto de Eneas, él está despierto: su agonía se vuelve conciencia y bisturí sobre las manifestaciones estudiantiles; eltromusigramas que develan la multiplicidad de voces: de estudiantes, políticos, apáticos, compañeros, burócratas, médicos y madres; estetoscopio sobre los vestigios de la plaza, y megáfono para gritarle a México que despierte.  Tanto estudia el cuerpo social Palinuro que su diagnóstico es certero: “Los verdaderos agitadores, ya lo dijimos hasta el cansancio, son la Miseria, la Ignorancia y el Hambre”, no los estudiantes.

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Autor SEMICH

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