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Narrativa

Patíbulo de masajes

Por: Víctor Manuel López Ortega

No puedes retrasarte para la cita de esta mañana en la Plaza de la Concordia. Miles de personas te esperan en las calles para gritar cuánto te desprecian y ser testigos del momento en que dejes el cuerpo en el patíbulo. “No quiero morir, soy inocente”, lamentas.

Los guardias te levantaron temprano. Uno de ellos cortó tu largo y frondoso cabello con afiladas cuchillas, fue tal su descuido que te tasajeó en repetidas ocasiones. Tus hombros, espalda y cuello están muy tensos, te duelen como si algo te hubiese estado pinchando toda la noche. Apenas sientes las extremidades.

Con las manos atadas hacia atrás con una soga, los custodios te agarran de los brazos y te conducen al patio de la prisión en donde has vivido por nueve meses. Arrastras los pies sobre la arcilla. Haces esfuerzos sobrehumanos para mantenerte erguido. Agachas la mirada y te observas trasquilado en un charco, identificas la muerte en tu rostro. Tu cuerpo tiembla, estás a punto de desfallecer. “Levántate y sé hombre”, te ordenan los guardias mientras te alzan con brusquedad del lodo.

A las afueras de la Conciergerie encuentras el carruaje destinado a los sentenciados a muerte. Te entristece que los malditos jacobinos se empeñen en vejarte como si fueras el criminal más vulgar de tu nuevo país, surgido a partir de los retazos de una Francia monárquica derribada desde los cimientos. Quisieras llorar de impotencia, pero decides no dar a tus enemigos el placer de verte denigrado; aun en tus últimos instantes de vida mantendrás la dignidad intacta.

Te sientan sobre una tabla rígida de la carreta y aferras las manos de manera que no te ladees por el efecto de la sinuosidad del camino. La mandíbula sigue temblándote. Odias sentir esta angustia. Cierras los ojos, relajas las piernas, los brazos y los músculos de la cara. Separas las comisuras de los labios ligeramente. Respiras profundo, concentrándote en el canto de las aves y el ruido del agua que brota de las fuentes. Te enfocas en estos sonidos e ignoras los insultos de la muchedumbre enardecida. Inhalas y mantienes el aire durante unos segundos. Exhalas despacio por la boca. Lo haces de nuevo: inhalas por la nariz, retienes la respiración por cinco segundos y exhalas lentamente por la boca.

Abre los ojos. ¿Cómo te sientes? Tranquilo, estás en mi consultorio. Sé lo que has sufrido, más de una vez mis manos te han sanado. Percibes el olor a sangre, humo y pudrición. Me pides que cierre la ventana y prenda una varilla de incienso. Necesitas un masaje para relajar tus músculos y descansar.

Te dejo solo en la habitación por unos instantes para que te quites la camisa, te descalces y te pongas la bata sin amarrar los nudos.

¿Estás listo?

Sube en el banquillo y acuéstate bocabajo en la cama de masajes. Despacio, con las palmas de tus manos y las rodillas apoyadas para que tu espalda no lo resienta. Pon la cara sobre el cabezal. Lleva atrás las manos, en la posición que te sientas más cómodo. Coloco un cojín bajo tus empeines. Cierra los ojos. No los abras bajo ningún motivo, déjate consentir. Concéntrate en tu respiración. Inhala y exhala por la nariz. Relájate con la música oriental que pongo para ti. Eso es…

Aceite de bebé cae sobre tu espalda, comienzo a masajearte con mis manos, hago movimientos circulares, abriendo y cerrando las palmas, estirando tu piel. Oyes una manifestación popular a lo lejos, pero no comprendes lo que las personas dicen. Ignora… Inhala… Exhala… Recorro tu dorso de arriba hacia abajo con los codos y con los brazos. Me detengo en tu zona lumbar. Tu cuerpo aún está tenso. Relájate.

Respira profundo…

Invadido por el terror das un sobresalto. Tus glúteos son bombos, mis nudillos baquetas. Imaginas el filo de la guillotina ensangrentada. Sales del trance al que ya habías logrado entrar. Abres los ojos. Escuchas el sonido de los tambores y vuelves a aterrarte ante el pensamiento de muerte. Me llamas a gritos, pero me he perdido entre la multitud.

Miras a los palurdos que han acudido a la Plaza de la Concordia para presenciar tu ejecución. Contemplas la guillotina con horror mientras un verdugo te ajusta los dos cinturones de cuero clavados en una tabla de madera: el primero en el pecho, para inmovilizar tus brazos; y el otro en las pantorrillas. Cierras tus ojos y tratas de recordar la sensación de cuando yo recorría tu espalda de abajo hacia arriba con mis hipotenares deslizándose lentamente. Visualizas mis manos en tu cuerpo, reproduces la sensación de mis caricias, pero no logras relajarte.

Los verdugos te acuestan en una báscula apoyada sobre el riel que te deslizará hacia tu último recuerdo: la canasta de mimbre sobre la que rodará tu cabeza. Te apoyan el cuello sobre un borde húmedo y espeso. Quisieras pensar que he untado esencia de pino o lavanda sobre tu frente, mentón y el surco del filtrum, pero tu olfato no engaña, es la sangre de algún infeliz decapitado antes que tú y que nadie, nadie, ha limpiado. Otra vez sientes mareo y te desvaneces.

Aunque sepas que no puedes escapar de la muerte, tu mente intenta fugarse de aquel fatídico 8 de mayo de 1794. Inhalas y exhalas una y otra vez, añoras el aroma de la esencia de tomillo y el sonido de la música tibetana. Ignoras las acusaciones que un jacobino lee ante el pueblo congregado. Te indigna escuchar la misma pamplina: “La República no necesita ni científicos ni químicos, el curso de la justicia no puede ser detenido”.

Imaginas mis manos haciéndote cosquillas en el cuello, pero no es más que el roce de tu piel con la picota. Has cometido el error de abrir los ojos, no podrás cerrarlos y fingir que este no es el final. Nadie recordará tu nombre dentro de cien años, menos aún dentro de doscientos veinte años de distancia, pero no olvidarán el invento que hoy te dará muerte: la guillotina, símbolo del terror francés.

Jalan la cuerda, la cuchilla oblicua baja con soltura. De un solo tajo, tu cabeza se desprende de tu cuerpo, rueda y se impacta contra la canasta. Sigues parpadeando. Tu verdugo la agarra de los cabellos y la exhibe a la muchedumbre que con júbilo aclama tu muerte. Vuelves a encontrarme, necesitas palabras de aliento antes de perder la consciencia del tiempo espacio terrestre.

Deja de parpadear. Tu anonimato empezará cuando te reúnas con los que han compartido el mismo destino que tú y te empareden a cientos de metros bajo el suelo, junto a miles de decapitados en la Plaza de la Concordia. Relájate, has hecho lo que tenías que hacer en este mundo y no puede ser de otro modo. Cierra los ojos para siempre. Descansa en paz.

SEMICH

Autor SEMICH

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