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Narrativa

Podrirse por dentro

Por: Berenice Hernández

Le parecía que se estaba pudriendo a causa de una enfermedad lenta. Despertó una mañana y el aroma dulzón le entró a la nariz mientras se tallaba los ojos. No tenía idea de dónde provenía pero en un principio le había ayudado a levantarse con buen humor. Se preguntó si las vecinas utilizaban un nuevo aromatizante, tan potente como para llegar a su departamento, o si una flor perfumada estaría creciendo debajo de su cama. Se sintió estúpido de sólo pensar en buscar la planta entre los calcetines y la pelusa en el piso, y sonriendo se dirigió al lavabo. “Los hombres, por muy bien que olamos, también debemos ir a trabajar”, pensó, y se desnudó debajo de la regadera. Un chorro de agua más o menos caliente le recorrió el cuerpo. Se bañó, se puso ropa limpia, tomó una manzana del frutero y emprendió su camino.

Cuando entró en la oficina no hubo nadie que se percatara del aroma que lo acompañaba. Decidió entonces quedarse en su cubículo y esperar a que alguien se le acercara directamente, quizás para otra cosa, y terminara descubriendo con sorpresa el mismo tufillo que se le había revelado a él por la mañana. Luego de unas horas fue al baño, parado frente al mingitorio se olió las manos antes de orinar: el dulzor seguía ahí, y además se estaba acrecentando. Si de algo se dieron cuenta sus compañeros fue de la ansiedad que demostraba. Se restregaba las palmas contra el pantalón, en afán de que no se le empaparan. En lugar de que el aroma desapareciera, fue acrecentándose más, y ya no sólo se percibía en su piel, sino también en su boca.

No tomó el transporte porque tenía miedo de asustar a los demás con su tufo. Decidido a encontrar de dónde provenía el dulzor, entró a su casa y cerró con llave. Se llevó una gran sorpresa cuando su nariz reconoció ahí dentro el olor todavía más penetrante. No sólo él, sino todo lo que le pertenecía estaba siendo invadido. Corrió al baño, revisó en el inodoro y la ducha, pero el aroma seguía en el ambiente, sin permanecer en un sitio fijo. Retiró las plantas, la ropa de cama, la comida del refrigerador, sus lociones, pero aquella destrucción no dio los resultados esperados. Olió sus dedos, rebuscó entre la tierra de las macetas. Tal vez el hedor estaba en la basura: fue hacia el cesto y lo vació en medio de la sala. Lo único que consiguió fue mezclar la pestilencia de la basura podrida con el tufo que emanaba su cuerpo.

Derrotado, abandonó el departamento. No sabía a dónde ir, decidió apresurar el paso rumbo al médico. Ahí tampoco encontró respuesta, le dijeron que no tenía nada. Sólo él se daba cuenta de su condición, y aquel aroma lo estaba volviendo loco.

Se sentó en una fuente y su reflejo le hizo percatarse de su aspecto, cual indigente. Tomó un poco de agua haciendo una cuenca con sus manos, y se lavó los brazos, la cara. Se calmó por un momento, pero cuando el agua que le había ayudado a lavar su mugre se hubo evaporado por el calor de su cuerpo, el aroma, el dulce volvió a emanar y saludarlo.

Gritó atormentado y sumergió su cuerpo en el agua. Una mujer que iba con su hijo lo amenazó con llamar a la policía si no salía de ahí. Él, llorando, pidiéndole su compasión, le dijo que estaba enfermo, que estaba pudriéndose por dentro y necesitaba ayuda. La madre y el niño se alejaron de ahí, gritando a la gente que estaba cerca que un indigente se había metido a la fuente.

Lloró tirado en el pasto y empezó a dar vueltas para que la tierra y las hojas se le pegaran a la ropa. No se le ocurrió nada más hasta que vio un perro, igual de solo que él, cagando en medio del pasto. Se le lanzó encima y con una mano tomó el pedazo de mierda que acababa de salir por el culo del animal. Todavía estaba caliente cuando lo aplastó con sus dedos y lo restregó por su cara. Lo invadió un sentimiento de alivio, por un momento la pestilencia de las heces le hizo olvidar la dulzura que lo atormentaba, pero ni un par de segundos después el olor regresó y volvió a llorar, al tiempo que se quitaba los pantalones húmedos y llenos de lodo.

Cuando la policía llegó él ya se había echado dos botes de basura encima, y sin embargo el tufillo permanecía en la punta de su nariz. Un patrullero le dijo que no opusiera resistencia, y así lo hizo.

El hospital siquiátrico lo recibió con indiferencia. Todo había sido tan rápido y a las autoridades les había parecido tan nefasto que no lo dejaron comunicarse con nadie. A cada oportunidad él explicaba que un parásito, que una enfermedad estaba invadiendo su cuerpo. Extendía los dedos a los especialistas y a las enfermeras que intentaban atenderlo, para que por sí solos se dieran cuenta de que no mentía. Hartos de él, y mientras averiguaban si realmente estaba loco o si alguien más podía hacerse cargo, lo pusieron en una habitación junto con otro paciente. Éste, sin inmutarse por la entrada del recién llegado, simplemente aspiró profundo, sonrió y dijo como para sí mismo: “¡Qué rico huele!, ¡hoy será un gran día!

 

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Autor SEMICH

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