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Misceláneo

Relato de un viaje a Serbia

Por: Nan Martínez

Todo comenzó en Ámsterdam, después de un vuelo de once horas en el cielo. Mi destino: Serbia.

Antes tendría que recorrer cinco países en menos de cuatro días para llegar a Ruski Krstur, una villa localizada al norte de Novi Sad, una de las ciudades más grandes en Serbia.

Catedral de San Jorse en Novi Sad

Decidí hacer mi ruta de viaje en tren y fue una de las mejores decisiones que pude haber hecho, porque los paisajes me resultaron inolvidables, y aunque no fue cómodo, fue eficiente y económico. Pasé por Alemania, Austria y Hungría. En alguna estación de tren me quedé varada hasta el amanecer; pensé que no lo lograría, pero llegué tal como lo planeé, al comienzo del campamento de verano.

Los Ruthenianos poblaron Ruski Krstur en 1751, la mayoría de sus habitantes provienen del Noreste de Hungría, del Este de Eslovaquia y de Ucrania. Su religión es la greco-católica ucraniana. Esta región hace un gran esfuerzo por mantener su lenguaje, su religión, su cultura y sus costumbres, con el apoyo de instituciones, organizaciones y asociaciones dedicadas a preservar y desarrollar la identidad nacional.

En quince días observé la vida de los Ruthenianos, escuché sus leyendas, derribé algunas barreras culturales, viví sus tradiciones y en mis ratos libres imaginaba diferentes historias en hectáreas llenas de cosecha de girasoles y caracoles de tierra; vi cuervos arribar a campos que se asoleaban a 36 ° C, soñé durante anocheceres tardíos y en medio del ciclo lunar.

Durante el campamento de verano conviví con personas de diferentes países: Turquía, Rusia, Irlanda, Italia y hasta me encontré con otra mexicana. Hice un par de amistades de Serbia que me enseñaron a pronunciar palabras en su idioma. “Buenos días” se dice dobro yutro; “Hola” se dice drago; “¿Cómo te llamas?” se dice kako se sovesh.

En sitios públicos los habitantes de aquella zona solo sonreían entre ellos y a veces ni eso. Mantenían un constante diálogo, fluido y bien estructurado. El perfil de sus rostros estaba delineado con simetría, adornado por ojos muy claros; la mayoría tenía el cabello rubio. Su altura promedio era de 1.90 metros, gracias a un par de piernas heredadas por mismísimos gladiadores romanos.

En Belgrado, la capital y la ciudad más grande en Serbia, los más conservadores no confían en quien no hable serbio; la población es más hermética; a mis oídos el idioma era indescifrable. En los trenes solían ser demasiado quisquillosos, algunos me miraban con curiosidad, el resto era indiferente. Algunas personas se incomodan al estar cerca de extranjeros. Mientras más me adentraba en Serbia, el alfabeto cirílico estaba más presente y menos personas hablaban inglés.

Belgrade

Estuve en la fortaleza Kalemegdan, situada en la confluencia del río Sava que desemboca en el Danubio. Esta es la parte más antigua de la zona urbana de Belgrado y el mirador natural más hermoso que he pisado. Visité el museo de Nikola Tesla: físico e ingeniero mecánico que, influido por diferentes estudiosos, inventó el motor eléctrico y patentó alrededor de 278 inventos.

El dinar serbio es la moneda oficial de Serbia, un euro equivale a 118 dinares, suficientes para comprar una pinta de cerveza.

Me alejé del país con una sensación de agradecimiento, por haber vivido aquella experiencia. Una presión en el pecho hacía crecer en mí el sentido de pertenencia a México. Mi próximo destino sería España…

 

SEMICH

Autor SEMICH

2 Comments

  1. Excelente relato e interesantes fotografías. Siempre es bueno conocer de otras culturas y cuestionarse hasta aprender de todo. Me encantas, Nan. Continúa escribiendo de tus viajes.

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